Carta del maestro a su amante

Por: Hector Cediel

Recordada Vera:

Me fascina la inocencia de la ignorancia, cuando pretende que uno escriba, lo que se ansia leer o escuchar. Opino entonces que todo lo que sé por ese desorden, sólo generará una constelación de bostezos o conceptos absurdos. Cada verso tiene que ser una liberación de la cárcel de los sueños, cuando observo el paradójico mundo como un evento del absurdo de la miseria; mientras la hambruna desesperada de unos pocos débiles, pretende agarrarnos a todos, enlazándonos con alambres con púas.

El sexo prostituido se pavonea con una triste voluptuosidad raptora y murte, provocando la risa de los dedos que señalan sus partes eróticas envejecidas y caídas. No hay esperanza en nada ni en nadie. Los papeles se van a amarillear sin haber cumplido con su misión: Dejar un mensaje claro y pragmático. Desnudo intento cerrarle con desesperados besos y caricias a una esperanza herida, sus laceraciones. Luce cual amante desteñida embestida por la angustia del ritmo, que intenta hacerte olvidar que las cenizas de tus tragedias y de las huellas que no alcanzó a borrar de la memoria del tintero. Luce como una muñeca triste que sólo supo encarnar historias trágicas y turbias. Juega al azar siempre con los mismos números, con la fe y la perseverancia de los perdedores. Es injusto que la lotería de la vida no te regale un chance, ya que un premio muchas veces es una oportunidad más justa, para soportar con una mínima dignidad: la vida. No sé si existan los números que puedan enmendar todo el daño; pero de lo que si estoy seguro es que de tanto tentar la buena suerte, algún día podrás abandonar la madriguera o simplemente te sorprenda la muerte, como a algunos temerarios.

Sé que tu vida está llena secretos, incluyendo mi presencia en tu vida. Tienes que aprender a correr riesgos, pero más calculados. No puedes creer más en promesas necias, ni en rezos o oraciones, ni en esas amistades que son como nubes que se convierten en plumas de bruma. Pienso que estás ligada por un conjuro de tu ex amante, que te impide vivir con libertad tu destino; es como la sombra de un enano, lo que te molesta y angustia. Esa lobreguez es la tormenta que oscurece tus sueños. Tienes que releer los sonidos del viento, para que puedan irrumpir tu alma las buenas intenciones. No creas en los juegos de palabras, que intentan mostrar un sol de verdad, para que ocultes tus deseos o para poder de penetrar el viejo hombre, ese mediocre que no puede pasar de incognito por la vida, sin que griten sus lágrimas poseídas por el miedo. Deja que tu alma llore y la ventana disuelva tu tristeza, cuando se evapore toda la confusión de tu cabeza.

Soy como una mosca intrusa que revolotea por toda tu alma o el iluso enamorado que siempre va a una cita a ciegas, con el desencuentro o el fracaso. Ya no eres dueña de nada y la hora fatal te ha llegado. Déjate arrastrar a la deriva, a merced de las aguas del destino. Todos los que podían hacerte daño, ya te lo hicieron. Ahora tienes que callar y seguir hacia adelante como las bestias arreadas o como los enamorados que conocen el camino de su querencia. Nada de ti ha sobrevivido para la lujuria, ni tienes nada de honor, de vergüenza, ni de orgullo para defender.

Escribiste a tu manera el guión de tu destino, así intentes con lágrimas borrar el sucio por tus errores, atemorizados por la sombra de los gritos. Ahora comprendo cómo te domesticó la retórica necia de tu amante, que se pretendía sabio y te imponía rencores para dominar tu razón. Por eso, escribo lo que pienso; ya que mi voz, sólo es viento que navega por el aire como el sahumerio. No te pierdas en el oficio milenario de las perdedoras, de las guerras necias y absurdas, de las pérdidas, de las putas murtes, que a pesar de su astucia, vagabundean por los caminos más absurdos y peligrosos.

Deja de temblar como los labios ante el inminente beso, ya que conoces los rituales del amor y el baile de las borrascas, cuando encaran hacia la luna su desvergonzado rostro. La sonrisa de la noche es triste y te he escrito para arrebatarle a la soledad, tu alma de las tentaciones mundanas. Tienes que soltarte de la primera estrella salvavidas que conociste y asumir con valor tus responsabilidades. Recuerda que la razón puede confundir a un girasol con una rosa, ya que la ceguera del alma es peor que la de los ojos.

Hay ceremonias que son peores que un asesinato. Hay recuerdos que degüellan los días más hermosos, para intentar con la sombra de los derroches, ocultar los días grises que nos devoran por dentro. Se puede fracasar sin perder el alma; claudicar frente a la aurora de las esperanzas. Tienes que aprender a pedir con amor, para que se te den las cosas y puedas festejar sin gritos, el precio de tus entregas. Entiendo que es por culpa de la ingratitud, tu desconfianza. No es fácil parir una ilusión, ante un porvenir tan cambiante e imperfecto, que sólo deja una estela de cenizas y la violencia de un fuego sin calibrar, como la mirada confundida de tus fantasmas.

Voy a respetar tu sueño y te aguardaré desnudo a la intemperie, en este absurdo camino sin árboles ni destino. La vida está llena de monigotes y los días terminan convertidos en páginas en blanco por escribir; pienso que yo soy uno de ellos en tu mundo.

No sé si puede interrumpir tu soledad o si te has dedicado a vivir simplemente para descubrir, las consecuencias de tus travesuras. Todos te presagian un futuro oscuro, si continúas por el mismo camino. Todo se puede presagiar, si se aprende a observar y a dar el primer paso con el pie correcto. No encendamos las alarmas del amor antes de tiempo, si pretendemos escapar de los sentimientos carcelarios. No te mires en ningún espejo, ni siquiera intentes verte en el espejo de otro, ya que nada se parecerá a la imagen que verás y en cambio sí tendrás que desmentir, los engaños del artificio y los pasatiempos del ocio, que son más peligrosos que los pensamientos que muerden, cuando se ensañan como perros rabiosos contra nosotros; puedo sentir los pasos de los sueños que nos enloquecen y desvelan.

Con todo amor, quedo en espera de tu respuesta.

Tu animal de vuelo,

Marzo del 2010

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Noche de tormenta

Por: Pepe Ramos

Miró el reloj. Las 23:35, sólo le quedaba por realizar el viaje que estaba a punto de empezar y finalizaría su jornada laboral. Pocas veces en su vida había deseado que eso ocurriese. Al principio de manera lejana, pero ahora mucho más cerca, se oía el sonido de los truenos y se vislumbraban los relámpagos de la tormenta que poco a poco se había apoderado de aquella parte de la ciudad. Y es que no le gustaban las tormentas, o mejor dicho, sí que le gustaban pero desde la comodidad y el confort de su casa. Pero cuando uno tiene la responsabilidad de llevar un autobús en las condiciones en las que todo parecía indicar que se iban a producir, no era precisamente lo mejor. Tenía la pinta de que iba a descargar con ganas, posiblemente el limpiaparabrisas apenas serviría para apartar con la suficiente velocidad la lluvia que caería con fuerza y seguramente el alcantarillado sería insuficiente para absorber el caudal de agua que iba a caer. Y sería precisamente en esas calles en las que tendría que circular. Jodida manera de acabar la jornada.

            Pero de nada servía lamentarse, sólo le quedaba resignarse. Miró por última vez el reloj, cerró las puertas tras comprobar que nadie había subido y arrancó, justo en el preciso momento en el que un relámpago llenaba de luz la oscura noche y cuando las primeras gotas empezaban a caer. Ojalá se hubiese quedado en esas simples gotas, pero fue un espejismo. Apenas había avanzado unos metros cuando, acompañando a otro relámpago y al trueno que le siguió, una autentica tromba de agua caía sobre la ciudad. Lo que se había imaginado no tardó en suceder. La cantidad de lluvia que caía era tal, que los limpiaparabrisas no daban abasto. La visibilidad era casi nula, pero tras comprobar de nuevo la hora decidió que a pesar de todo mantendría la velocidad habitual, era el último viaje del día. Bueno, mejor dicho de la noche, y lo único que quería era acabar el recorrido, llegar a casa, disfrutar de un buen whisky y pasar un par de horas viendo la televisión. Ese era el plan que le esperaba y al que no estaba dispuesto a renunciar.

            Un nuevo relámpago iluminó, la noche, otro trueno le siguió. A lo lejos se dibujaba la silueta de un rayo rompiendo con su zigzag el cielo. Se santiguó, si había algo en este mundo que le infundía pavor era, precisamente, el aparato eléctrico que solía acompañar a las tormentas como aquella. El origen de ese miedo se remontaba a su juventud cuando uno cayó a apenas unos centímetros del lugar en el que se encontraba. La roca chamuscada quedó para siempre como prueba. Nunca podría olvidar aquella experiencia y no deseaba pasar por otra parecida.

            Primera parada. Nadie. Sonríe, con un poco de suerte y gracias al tiempo de perros que hacía, conseguiría acabar la ruta incluso antes de lo previsto. Mejor. De nuevo el sonido de las puertas al cerrarse, acompaña al del trueno y a ambos, escoltándoles en la distancia, les sigue la cegadora luz de otro relámpago que osa romper la oscura noche. De todas formas aquella tormenta estaba fuera de lugar. Parecía salida de una pesadilla. En aquella zona eran habituales, los habitantes se habían acostumbrado a ellas, pero no recordaba ninguna de aquella intensidad, de aquella virulencia. Cada trueno retumbaba con inusitada fuerza, cada relámpago llenaba de un fantasmagórico resplandor la tenebrosa noche y cada rayo parecía rasgar la atmósfera queriendo romperla, despedazarla. Y finalmente la lluvia caía con tanta intensidad y fuerza que el sonido que producía al golpear el suelo era ensordecedor. ¿Quién en su sano juicio cogería un autobús? Esperaba que nadie, y todo hacía indicar que así sería cuando al llegar a la segunda parada del recorrido constató nuevamente que no había nadie bajo la mampara ni en las cercanías. Esta vez no ralentizó la marcha, ni detuvo el autocar. No era necesario. La sonrisa de su rostro, camuflada con el miedo que sentía, se hizo más franca, más grande.

            Fue justo en ese momento cuando todas las luces se apagaron a la vez, en el preciso instante en el que otro rayo caía, casi con total seguridad, en la central eléctrica. Tan aterradora había sonado aquella explosión que volvió a santiguarse. Ahora lo único que iluminaba las oscuras calles por las que transitaba eran sus faros, aunque siendo sinceros, les costaba atravesar aquella cortina de agua que parecía no acabar nunca. La visibilidad que ofrecían aquellos puntos de luz era turbia, difusa y a pesar de que se había prometido a sí mismo que no reduciría la velocidad, no le quedó más alternativa que hacerlo. Giró hacia la derecha, adentrándose todavía más en la penumbra. Entonces la vio. Con dificultad bien es cierto, pero la ropa blanca que llevaba afortunadamente había servido de faro improvisado. Se detuvo y abrió las puertas. ¿Cómo podía alguien encontrarse en la calle, a aquellas horas, con la que estaba cayendo? Pero allí estaba la respuesta. Una mujer menuda, pálida, más parecía un fantasma que otra cosa.  El pelo negro y largo estaba empapado; la ropa pegada al cuerpo por la lluvia y aquellos ojos, negros, tanto como la misma noche, estaban enmarcados por unas grandes y profundas ojeras. En cuanto pasó la tarjeta por el lector y tomó asiento, casi al fondo del autobús, se santiguó. Ahora deseaba que aquella no fuera la única pasajera, ahora necesitaba el contacto con otras personas, pero volvió a acudir a su mente aquella pregunta: ¿quién en su sano juicio, cogería un autobús en una noche como aquella? Tan sólo el fantasma de aquella mujer, porque sin duda tenía que ser eso, había osado subir.

            Miraba de reojo el espejo retrovisor y aquella espectral imagen de la mujer resaltaba por encima de todo. Aquel ropaje blanco que llevaba parecía emitir luz propia, la visión que le ofrecía era aterradora. Sin quererlo volvió a santiguarse, su miedo estaba dando paso al pánico y eso no era bueno. Otro relámpago llenando de luz todo, y al mirar de nuevo el espejo retrovisor, el corazón se le acelera: la mujer ha desaparecido. Su respuesta no se hace esperar, pisa a fondo el pedal de freno y a pesar de que la lluvia cubría la calle con varios centímetros, la marca de las ruedas se quedaron grabadas para siempre sobre el asfalto.

            Respira, toma aire, se vuelve a santiguar y vuelve a mirar aquel rectángulo con el corazón acelerado. Tiene que pestañear varias veces para constatar que no sufre visiones: la imagen de la mujer es claramente visible  de nuevo. Sigue en la misma posición, nada ha cambiado. Arranca, dejando, de nuevo, varios centímetros de neumático sobre la carretera. ¿Cuánto tiempo va a permanecer a bordo? Tan enfrascado estaba, y tanto miedo tenía que a punto estuvo de pasarse la siguiente parada. Esta vez sí que se detuvo, con la esperanza de que aquella mujer tal vez no hubiese pulsado el timbre y se bajase allí, pero no lo hizo. Permaneció unos segundos más allí detenido, respirando aceleradamente, intentando calmar un corazón que cada vez se aceleraba más y más. Finalmente acepta lo evidente, esa será la única compañía de la noche. De nuevo acelera, intentando alejar los malos presagios. No tarda en sentir un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando tras un nuevo relámpago y una rápida mirada furtiva al espejo, constata con terror, que la mujer ha vuelto a desaparecer.

            Esta vez hunde el pie con tanta fuerza en el pedal del freno que a punto está de hacerlo aparecer por el otro lado del chasis. El sudor frío le recorre todo el cuerpo y las oraciones acuden con celeridad a su cerebro. Si fuese capaz de abrir la boca y recitarlas en voz alta, su voz sonaría trémula, bañada con el pánico que ahora rige sus designios. Pero cuando mira de nuevo hacia aquel asiento que en su interior ya había empezado a llamar maldito, todo su cuerpo se estremece. Aquella silueta, que ya estaba empezando a ser familiar, aparece de nuevo con toda claridad. Un pensamiento cruza su mente: hoy es su última noche sobre la tierra y esa mujer es el mensajero de la muerte que viene a reclamarle. Permanece en medio de aquella tormenta, cabizbajo, con los ojos bañados en lágrimas, y las plegarias, que antes tan sólo eran meros pensamientos, se convierten en un torrente de palabras casi sin sentido.

            Otro relámpago. Sin quererlo, casi sin poder evitarlo, miró de reojo hacia el espejo, y su pálido aspecto se volvió aún más macilento, llegando a parecer casi transparente: la mujer se había levantado y se dirigía, con paso lento y vacilante hacia él. Deseó con todas sus fuerzas salir de aquel autobús, pero era imposible, no tenía tiempo material para salir por la puerta delantera que era la que tenía más cerca. Ahora que se fijaba en el rostro de aquel fantasma, porque definitivamente tenía que serlo, constató algo terrible, estaba sangrando. ¿Podía un espectro sangrar? La prueba parecía evidente, estaba delante de él, a apenas unos metros. Se santiguó por enésima vez, se arrodilló mientras repetía una y otra vez con una voz apagada, casi inaudible:

            -Por favor no me mates, por favor no me mates…

            Balanceaba la cabeza hacia atrás y hacia adelante convirtiendo en letanía la frase que no dejaba de repetir. Estaba convencido que había llegado su hora, esta vez sí. En ese preciso instante un relámpago, el mayor hasta ese momento, bañó con una fantasmagórica luminiscencia el autobús. Todo era blanco, de un blanco tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió estuvo tentado de cerrarlos de nuevo, pero su verdadero deseo era desaparecer. La visión de aquel rostro, afilado, con grandes ojos negros, enormes ojeras y lleno de sangre, parecía surgido del mismísimo infierno.

            -Por favor no me mates…

            Una y otra vez, aquella frase era la única que repetía, era su forma de afrontar la muerte. La respuesta de aquella mujer le sorprendió:

            -¿Matarte? Eso es lo que tendría que hacer. ¿Dónde has aprendido a conducir? Estoy intentando atarme los cordones y no hay forma con tanto frenazo, joder.

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Carta del Maestro antes de partir hacia la isla

Por: Hector Cediel

Para Vera, ni abnegada y dadivosa estrella:

Deseo morir de tristeza y de olvido. No hay luz en el horizonte, ni colores en el arco iris. El silencio tu piel, es un abismo profundo. Los suspiros se desvanecen sobre la agonía. Me horroriza el futuro que nace huérfano y da traspiés profanos. ¡Todos sus pasos son juerguistas e intrascendentales! El vivir se ha tornado en una inmoral e impúdica costumbre. Día a día las actuaciones son más escandalosas y obscenas; es como si avanzamos hacia la autodestrucción o un suicidio colectivo. Hemos quedado en manos de un dios liberticida o cancerbero de nuestro tanatorio de sentimientos. Un dios que fomenta la anarquía y nos encarcela en mundanas pasiones. La realidad es incoherente con la lógica de la razón. El desvergonzado se ha declarado libre, para entregarse al desenfreno. Sobre el caos y la confusión general, se edifica. Los tiranos, los más calaveras, asumen los déspotas roles de la deshonestidad. Tenemos que abandonar el barco, así tengamos que saltar hacia la muerte. Los chacales nos acechan ahora que nos ven heridos o resignados a la bestialidad de la suerte. El paraíso se encuentra en llamas y casi nada se intenta para salvarlo el desencanto es inimaginable. De nada valen algunas esporádicas buenas intenciones. El meduseo cáncer se ha regado sobre la faz de la tierra. La continencia innata también ha desaparecido. Todo se ha convertido en una torpe y absurda orgía.

El vivir el ahora es privilegio muy pocos. El hombre se ha convertido en legiones de insectos, que vagabundean desesperados en un diario rebusque. La mayoría ya no piensa, ni se detienen para cuestionarse. Vivimos sin tiempo para nada, pero ni siquiera el tiempo nos pertenece. Estoy cansado y triste. Me siento desilusionado, desencantado. Pienso que todo fue en vano, se perdió el tiempo y desperdicie mi vida luchando por utopías. Se despilfarró y desaprovecharon los mejores momentos de esta vidorria; tal vez el error fue el pensar demasiado o cuestionarnos más de la cuenta. No entiendo como muchos pueden bloquear sus sentidos, insensibilizarse y simplemente dejarse arrastrar por los vientos.

Día tras día, la emancipación del hombre será una utopía. Nadie aspira o intenta evadirse de las murallas invisibles del destino; ninguno trata de fugarse de la caravana de los conformistas; la sumisión es absoluta y la esclavitud es universal. La sanguijuela se ha libado, lo mejor de mi sangre. Se ha difamado la buena intención de los sueños emancipadores o paladines.

Mi amor, estoy asfixiado por tanta inmundicia. No quiero desembarazarme de ti, pero quiero que tengas toda la libertad para volar hacia donde lo desees hacer. Analiza tus opciones y exhibe con autonomía plena lo que consideres óptimo o más conveniente. Tienes que atreverte a volar con osadía; ahora nadie te volverá someter a su voluntad. Tu destino desde ahora depende de tu libre albedrío, ahora que te has zafado de las garras que te esclavizaban. Recuerda que el amor jamás muere, simplemente anida en otro corazón.

Con el más profundo sentimiento,

El Maestro, tu animal de vuelo.

Marzo 2010

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La alegría

Por: Miguel Madrid

La verdadera concepción y la verdadera esencia de los todos los significados, siempre se ocultan al ojo humano por pura modestia. Lo que es bueno y lo que es malo suele estar bajo la interpretación de ilusiones. Se tarda en despertar de las ilusiones, pero una vez hecho, se sabe que nunca más vivirán de igual modo que un día lo hicieron.

Marcus era un joven intérprete de la vida, vivía bajo todas esas ilusiones. Esperando, como todos, un futuro mejor al que vivía. Como siempre, lo mejor está en el futuro y nunca en el presente. Caso erróneo, pero socialmente aceptado como verdad. A raíz de esto, Marcus no labraba por un futuro mejor. Todo lo contrario, se empalagaba sin saberlo, esperanzado de ilusiones que pensaba que un día llegarían. Así, por mera casualidad, un día conoció en internet a una magnífica chica llamada Eleanor. En su perfil, vio una foto de ella. ¡Qué ojos! ¡Qué bonita cara! ¡Qué preciosidad! Nunca conocería a nadie como ella. Sin esperanzas, mandó un mensaje presentándose y ella contestó. ¡Ella contestó! De esta forma, poco a poco se fue formando amistad entre ellos. Él no sabía cuán especial era ella, decidió no fijarse en ella porque su corazón ya tenía dueña. Pero, como el tiempo pone todo en su correspondiente lugar, Marcus empezó a ver en ella lo que nunca antes había visto en nadie. Era agradable, risueña, increíble… ¿Qué le faltaba a ella? ¡No le faltaba nada! Su inteligencia era tan grande como el Everest, pero vivía en discordia, pues él sabía que ella no le quería.

Con el paso de los meses, ella se olvidó de él. Pero él de ella, nunca. Dejaron de hablar, ella cerró su cuenta de internet y desapareció. Entonces, Marcus, en un día de alto desespero, decidió viajar a la ciudad donde ella vivía. Las largas horas de avión pasaron volando, bajo la esperanza todo se ve muy bonito. Pensaba en la sorpresa que le daría, en la alegría que le daría. Pero al llegar allí, no hubo nada de eso. La buscó en su casa, ya no vivía allí. La buscó por todo el pueblo, ya no vivía allí. Se compró una moto y recorrió hasta el último centímetro del enorme país, ya no vivía allí.

¿Dónde estaba? ¿Dónde te has metido Eleanor? Con esa misma moto, emprendió un viaje por todo el continente. País tras país, año tras años, todo esfuerzo parecía poco frente a la gran recompensa. Poco importaban las noches sin comer o sin dormir. Poco importaba ya la vida para él, pues ella, ya no vivía allí. Ya desesperanzado, empezó a darle a la bebida. Todo empezó con una copa en una noche. Luego en una borrachera. Luego en emborracharse todos los días, pues, ella ya no vivía allí. Residía en todos los bares, hasta que era echado por borracho. Acabó por volver a su casa, pensando que ya poco tiempo le quedaba a su vida. Un amigo de la familia, tenía un bar y Marcus, descorazonado de la vida, acudía todos los días hasta que se hacía de noche. Todos lo odiaban, sabían que su vida estaba acabada. Pero un día, cuando ya todo estaba perdido. Marcus fue al bar, pidió un whisky y empezó a emborracharse. Al cabo de unas horas, todas las personas se le parecían a Eleanor. Todas, menos una. Era una chica que acababa de entrar al bar, una chica que tenía el pelo de oro y los ojos tan bonitos como el cielo. Una chica que ya no vivía allí, pero que tenía el rostro más real que las fotos. Una chica que venía a salvarlo, una chica que se llamaba Eleanor, pero se pronunciaba “alegría”.

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Huida

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost.

Eso pensó Jack cuando recorrió con la mirada su avión con ruta Madrid – Colombia. Durante el viaje estuvo repasando la situación: desesperado por conseguir dinero se había convertido en traficante. Llevaba a Colombia 200 gramos de cocaína pegados al cuerpo. Podía notar el rápido latido de su corazón.

Demasiados asientos vacíos; eso era lo que le preocupaba. Sólo había una mujer con su hijo. En un momento del viaje, la mujer se levantó, pasando al lado de Jack. Éste se percató de que su hijo, al que había dejado solo en el asiento, cayó al suelo.

Sólo silencio. Jack se levantó para averiguar qué pasaba y se dio cuenta de que el supuesto hijo era un muñeco. De repente, sintió como le agarraban por detrás. Iban a por él. Se zafó de su atacante y, con la mente en blanco, hizo lo único que se le ocurrió: saltó al vacío.

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La princesa de Praga

Por: Juan Manuel Aguilar

Te despiertas, hoy es el día. Apenas si puedes creerlo, ¡vas a viajar a Praga! Es difícil para ti ya que has soñado con la ciudad de los castillos cientos de veces y te cuesta imaginar que en pocas horas podrás verla.

Tu equipaje está listo, tu pase de abordaje impreso y bajo tu brazo. Tomas un taxi que te lleva al aeropuerto internacional de la Ciudad de México y lo primero que haces al llegar es preguntar dónde está tu terminal. Observas como imprimen tu boleto y te lo entregan, ese es el pase que te llevara a la ciudad de Franz Kafka y Milán Kundera.

Es una sensación extraña la que te aborda con aquel objeto en tus manos, la emoción es intensa, no puedes esperar. Quieres ver el Gueto de la ciudad e imaginar al Golem caminando por sus calles, visitar el café Louvre donde Kafka se reunía con Max Brod y otros tantos de sus amigos a discutir de literatura, así como ver las avenidas por las que desfilaron los fatales tanques soviéticos que aplacaron las revueltas de la primavera de Praga.

Podrías seguir delirando pero oyes en las bocinas el número de tu vuelo, ya es hora, debes abordar. Compras un par de cosas indispensables, una botella de agua, un libro para entretenerte, quizá una barra de chocolate. Después te diriges al avión que te llevara a tu destino.

Una vez en tu lugar las aeromozas te dan las indicaciones pertinentes. El avión despega y ves convertirse a tu país en un sinfín de puntos lejanos. El servicio es bueno y cómodo, a la par que el personal es atento y amable. No obstante, lo que más te agrada es la compañía de la persona que se encuentra sentada a tu lado. Una hermosa mujer de rasgos eslavos la cual es cordial e inicia una conversación contigo.

Estás nervioso, balbuceas y hablas sin parar. Te preocupa hartarla pero ella es demasiado condescendiente. Le dices que visitar Republica Checa, y en especial Praga, ciudad de la que es nativa, es un sueño para ti.  El tiempo pasa y no logras callarte hasta que te das cuenta de tu falta de educación. No has preguntado su nombre.  Libuše, responde ella con una hermosa sonrisa y sigues con tu conversación hasta que los dos deciden dormir un poco.

Cuando despiertas todos han bajado del avión. Libuše no está y piensas que su existencia fue solo una fantasía. Pero lo que es real es que ya estás en Praga.

Sales a la calle y quieres conocer todo: el jardín del Palacio Wallenstein, el teatro Nacional, la ciudad Vieja, así como las sinagogas y el cementerio Judío. Es un día largo y pese a que tus pies amenazan con matarte no te detienes. Terminas el día con un par de cervezas en el santuario de uno de tus escritores favoritos de todos los tiempos: Kafka y su tan querido Café Louvre.

Te quedas ahí hasta muy tarde, incluso cuando ya no hay nadie. Cuando te dispones a irte un desconocido entra al local y se ofrece a hacerte compañía, es algo muy extraño, o el habla español o de la nada parece que entiendes el checo.

Te cuenta una historia: “una vez una princesa soñó con esta ciudad, dijo que estaría en medio de un bosque donde un empinado acantilado se eleva sobre el rio Moldava, en un sitio donde su gloria tocaría las estrellas” ¿Cómo se llamaba aquella princesa?, lo cuestionas. Libuše, es su respuesta.

Sales a caminar en el fresco de la madrugada y piensas en lo que te ha pasado. ¿Es una extraña coincidencia? La duda te vuelve loco y sólo la corriente de las aguas del Moldava que ves sobre el puente Carlos logran calmarte. Piensas en las dos Libuše, la princesa y la que conociste en el avión. Ambas son de Praga, la ciudad que con su gloria  parece tocar el cielo. La ciudad a la que has llegado y es más bella a cómo la idealizaste en tus sueños.

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Las estrellas me esperarán

Por: Rafael Azgra

Santiago de Compostela fue el final de una aventura, pero también fue el principio de otra. No niego que el Camino de Santiago fuese apasionante, pero lo que vino después sí que fue una experiencia única.

Apenas me quedaba dinero, aunque eso nunca había sido un impedimento para mí. Nadie me esperaba en casa y decidí continuar con el plan original desde Astorga. Allí fue donde comencé mi travesía hacia Santiago. En el albergue para peregrinos de la ciudad se ofrecieron para guardarme la mayoría de mis pertenencias, las pocas que me quedaban. La dificultad residía en cómo iba a volver allí.

Fue asombroso cómo, en un par de viajes como autostopista y otros tantos trechos a pie, llegué a mi destino. Tardé tres días, pues di un buen rodeo. Hice noche en un pueblo que es lo más parecido a un pueblo fantasma que había visto, llamado Mondoñedo. No vi más habitantes que los dueños del albergue. Llegué al caer la noche y me marché al alba. Durante todo ese tiempo, el pueblo estuvo cubierto de una espesa neblina que le daba un aspecto fantasmagórico.

Una vez recuperadas mis cosas del albergue de Astorga, emprendí el camino que me separaba de Matavenero. Cargar con la mochila de viaje, el petate y una maleta llena de libros era una tarea agotadora, así que envolví el petate en un poncho impermeable y lo escondí bajo unos matorrales a un lado de la carretera.

Apenas me quedaban fuerzas cuando llegué al último lugar donde podían acceder los coches. Era una explanada con una plataforma unida a través de cables con la aldea que emergía entre la verde vegetación del valle. La vista era asombrosa. Los colores vivos de las edificaciones reconstruidas contrastaban con el verdor de los árboles. Una enorme cúpula amarilla y negra coronaba un prado. Parecía algo propio de un cuento.

Bajé por los riscos con cierta dificultad. La ausencia de caminos transitables imposibilitaba la entrada a cualquier vehículo a motor. Era mejor así. El movimiento Rainbow había devuelto la vida a lo que fue un pueblo abandonado y en ruinas, sin alterar la belleza del valle. Pensé que aquella era la mejor herencia que nos había dejado el Verano del Amor de Woodstock, pues fue entonces cuando se fundó Rainbow.

Me maravillé al ver que la gente de allí, casi todos alemanes, era completamente distinta a la que había conocido hasta el momento. Las casas estaban construidas en madera y piedra. Sus colores eran deliberadamente desiguales y llamativos.

Una mujer me saludó. Afortunadamente para mí era española. Para entonces yo temía que nadie hablase mi idioma. Se presentó como Mar. Le pregunté a quién tenía que pedir permiso para quedarme. Me habló con un deje de aversión de Bea, la más veterana del lugar y que, seguramente, estaría ocupándose del edificio de la cafetería. Me señaló donde estaba, tan sólo a unos metros. Sin perder un segundo más, me despedí de ella y fui en busca de Bea.

Me reconfortó ver el cartel de Escuela y Biblioteca en dos edificios de piedra. La apariencia primitiva, a la vez que alegre, de Matavenero no era incompatible con la cultura. Encontré la puerta del edificio de la Cafetería. Tenía unas escaleras y un porche de madera, pero el edificio en sí era de piedra. En el interior, el café que se servía era soluble y el agua y la leche se calentaban en el fuego. Al fondo, el fuego de una chimenea crepitaba con un par de aldeanos hipnotizados por las llamas. Había un espacio con cojines en el suelo y las paredes estaban cubiertas de coloridos tapices artesanales. Del techo colgaba una bombilla cuyo cable transportaba la electricidad generada en el panel solar del tejado. Era uno de los pocos edificios que contaban con instalación eléctrica.

Bea era una mujer de pasados los cuarenta años, muy delgada y activa. Tenía el pelo corto, con una finísima trenza y canoso. Hablaba muy deprisa y parecía severa, pero al mismo tiempo se mostraba amigable. Me comentó que en Matavenero siempre había algo que hacer. No se toleraba la vagancia.

Me condujo hasta la cocina común, debajo de la cafetería. Había un horno de leña y varias literas de madera, donde extendí mi saco de dormir y dejé mis pertenencias. A cambio, me comprometí a ayudar a despejar caminos, reparar edificios, descargar las mercancías de la plataforma que colgaba de los cables que iban hasta la explanada, último lugar de acceso para automóviles. Me pareció alucinante que hubiesen sido capaces de construir algo así con sus propias manos. No obstante, las numerosas familias alemanas que residían allí, percibían prestaciones del gobierno de su país por tener hijos, con lo que contribuían a la reconstrucción del pueblo aportando dinero con el que comprar materiales y cosas necesarias.

Los habitantes de la aldea no eran menos alucinantes que el lugar en sí. Había un catalán que había sido Cabo Primero de infantería de marina ¡Cuántas charlas recordando viejos tiempos habremos mantenido, bajo la atónita mirada de nuestros vecinos hippies! Aunque no había nada que recriminar en aquellas conversaciones cargadas de nostalgia. Ambos habíamos pertenecido al ejército, pero no tenía nada que ver con guerra ni patria, sino con camaradería. Era un vínculo poderoso.

También había un gallego muy místico. En mi opinión, excesivamente místico. Una mañana estaba él sentado, con los ojos cerrados, junto a la hoguera apagada en el centro de la aldea. Le ofrecí una taza de café con leche.

-Deja, que estoy meditando –me dijo con tono tranquilo.

Yo, que soy muy cabezón, le demostré que se podía meditar igual de bien con una taza de café caliente, viendo salir el sol. Aquella era una de las cosas que me enamoraron de aquel lugar y el estilo de vida que conllevaba. Cada noche me dormía viendo las estrellas a través de la ventana de la cocina común  y me despertaba a tiempo para poder asistir al momento mágico en el que sale el sol. Jamás había visto tantas estrellas. La polución y las luces de la ciudad me las ocultaban.

Tim era uno de los alemanes. Llevaba un sombrero vaquero, parecido al que llevaba yo cuando llegué a la aldea, pero de mejor calidad. Su barba rubia presentaba algunas canas, igual que su melena. Solía estar en el porche de la cafetería tocando la harmónica. Era una delicia escucharle. Ulrich era otro alemán. Tenía un caballo llamado Pasha, era marrón y con una mancha blanca en el pecho. Era el caballo más bonito que había visto jamás. Ulrich también tenía una larga melena rubia, pero era más joven que Tim, de unos treinta y tantos, y siempre iba con su caballo a todos lados.

Anna era también teutona. Perdí la cuenta de todos sus hijos. Su hija mayor, Hannah era la sensación entre los adolescentes del lugar, los cuales se reunían en una casa habilitada para su esparcimiento.

Además de los trabajos comunes, también hacía trabajos para los vecinos de la aldea. Les ayudaba con reparaciones, recogía leña y la colocaba para el invierno, etc. Hacía todo a cambio de comida u objetos que me fuesen de utilidad. El dinero había perdido su valor para mí y adopté el trueque como forma habitual de comercio. Tampoco eché de menos los lujos como la televisión, el ordenador o un interruptor que, al pulsarlo, me proporcionase luz artificial. Quizá notase la ausencia de agua caliente, pero todavía no había terminado el verano y el sol lucía con fuerza, obligándonos a agradecer el agua fresca de los aljibes o del río.

Un día Mar me pidió ayuda con algunos trabajos que prefería terminar cuanto antes. Fui a su casa al día siguiente. Estaba pasada la encina que marcaba el final del camino hasta los riscos, algo alejada del resto de la aldea. Estaba hecha de madera blanca. Era completamente distinta al resto de las casas, aunque estaba sin terminar. En la parte baja de la edificación había un porche con un caos de trastos de diversa índole. Sobre él se alzaba el resto de la edificación, a la que se accedía a través de unas escaleras esculpidas en la tierra. En aquella casa había mucho trabajo que hacer.

Mar me preguntó si comía carne, a lo que respondí que sí. Oculté con escaso éxito mi ansia por volver a comer partes de animales, pues llevaba varios días limitándome a verduras, legumbres y huevos. Se metió en el interior de la casa para preparar la comida mientras yo me quedé fuera con todo lo necesario. Había algo de leña amontonada frente a la entrada de la casa, pero necesitaba ser cortada para colocarla bien. Me puse manos a la obra y casi había terminado cuando Mar me avisó de que la comida estaba lista.

El cocido que había preparado olía riquísimo. En aquel momento pocos placeres de la vida podían compararse al cocido maragato que reposaba sobre la mesa de madera. Me limpié las manos en un barreño que había en la cocina para tal fin y me senté a la mesa. Mar sirvió dos platos generosos de cocido y yo di buena cuenta del mío. Casi lloré de lo bueno que estaba y fui agradecido. En lugar de echarme la siesta que hubiese sido menester tras semejante manjar, volví al exterior y terminé de colocar, gustoso e ignorando las protestas de Mar, el resto de la leña. La tapé con una lona y entonces fue cuando decidí que había terminado de ganarme aquel cocido, que debía saber igual que la ambrosía.

Bajé al pueblo después de despedirme de Mar y me tumbé en el prado junto a la cúpula. Me fumé un cigarro y me di cuenta de que toda aquella sencillez estaba cerrando las heridas de mi vida pasada. Había abandonado la mayor parte de lo que tenía en mi ciudad. El proceso no fue tan duro como esperaba. Durante el Camino de Santiago había puesto mi cabeza en orden. Comprendí que había pasado todos aquellos años centrándome en los problemas, esperando siempre que alguien me dijese qué hacer. Lo que debía hacer era apartar los ojos del problema y su origen y buscar la solución por mí mismo. La estancia en Matavenero completaba mi rehabilitación mental.

Llevaba varios días trabajando en casa de Mar cuando vi el primer amanecer lluvioso desde que había llegado a la ecoaldea.  La mujer me propuso bajar a la cafetería. Acepté a regañadientes, pues la única otra vez me produjo vergüenza ajena cuando se puso a insultar y lanzar cosas a Ulrich. Anna me explicó que en el pasado habían sido pareja, pero que Ulrich la había dejado porque era demasiado inestable.

Cuando llegamos al pueblo, todo el mundo estaba en la cafetería. El ambiente estaba cargado. Tim estaba sentado en su sitio de siempre del porche, pero no tocaba la harmónica. Me quedé con él y Mar se metió dentro. Llegó Ángel, el catalán y se sentó con nosotros.

-Oye ¿ha pasado algo? –pregunté con indiferencia de cuál de los dos me fuese a responder.

El silencio era agrio e insoportable. Olía a lágrimas y lluvia. Ángel me sirvió una taza de café que había dejado Juanjo, el gallego, en el quicio de la ventana.

-Pasha ha tenido un accidente –me dijo

Al parecer, el caballo de Ulrich pasó la noche atado al porche de la casa, como solía hacer, junto a un barranco. Nunca había tenido problemas el animal con la pendiente, pero aquella noche la tormenta lo asustó y se precipitó, quedando enredadas las riendas a su cuello. Según me siguió contando Ángel, Ulrich estaba asimilándolo todavía y por la tarde le preguntarían que prefería hacer con el cadáver del animal. Decidí no darle el pésame hasta que se hubiese hecho a la idea. Al fin y al cabo, yo no era más que un desconocido.

Al final Ulrich decidió celebrar una fiesta en honor a Pasha, en la que se serviría su carne. Puede parecer algo bestial, pero en aquel contexto era lo más hermoso que podríamos hacer por el caballo, dado que no dejaríamos que se pudriese.

La fiesta parecía cualquier cosa menos eso. Nadie comió ninguno de los platos elaborados con la carne de Pasha hasta que Ulrich dio su permiso. No hubo risas. Algunos vecinos dedicaron unas palabras de despedida a Pasha, otros escuchaban con los ojos llorosos. No cupo duda de que era un caballo muy querido por todos.

A principios de Octubre telefoneé a mi madre desde el único teléfono disponible en la aldea. No lo hacía muy a menudo. Una vez cada diez días aproximadamente. Me contó lo que sucedía fuera de mi paraíso particular. Por enésima vez la había engañado un hombre, dejándola en la ruina. Parecía tener un imán infalible para ese tipo de compañeros.

El sueño se había terminado. Mi madre necesitaba mi ayuda para salir adelante. Debía regresar al infierno para intentar salvarla. El problema residía en que carecía de medios para hacerlo. Mar fue mi aliada. Me ayudó a recoger mis pertenencias y dejé la mayor parte de mis libros como donativo a la Biblioteca. Por la tarde fuimos con su coche hasta el lugar donde había dejado el petate. Seguía allí con todo su contenido intacto. Después me llevó hasta Ponferrada, donde buscamos la forma de llegar a mi ciudad. Había un autobús, pero no salía hasta la noche.

Mar y yo tomamos la última cerveza en un pub cercano a la estación, donde la escasa clientela y el camarero nos miraban con extrañeza. Fue cuando fui al baño cuando comprendí por qué. Durante los meses que estuve en Matavenero no me había afeitado ni cortado el pelo. Mi cara estaba asilvestrada y comprendí que los sujetos del pub estaban alucinando tanto como lo hice yo al llegar a la aldea.

El autobús llegó pocos minutos antes de las once de la noche. Abracé a Mar y le di mi más sincera y eterna gratitud. Dadas las circunstancias, no podía sino esperar que nuestros caminos volviesen a cruzarse.

Me despedí del Bierzo, de Matavenero y sus excelentes vecinos, todo en silencio. No me avergüenza decir que lloré al decir adiós a las estrellas. Mi consuelo fue pensar que ellas siempre estarían allí esperando que yo decidiese volver a vivir en el paraíso, en libertad.

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