Un paseo en barca

Por: Pepe Ramos

Es tres de febrero de 1945 y mientras los soldados americanos luchan en el frente, me relajo en mi barca, disfrutando de lo que más me gusta en este mundo: navegar. Sé que debería estar con mis compatriotas luchando por nuestro país, pero soy un cobarde, siempre lo he sido. En el colegio mis compañeros no dejaban de burlarse de mí, me golpeaban, lo único que hacía era agachar la cabeza.

Más tarde, en el instituto, fui el blanco de las burlas por no participar en las actividades deportivas, propias de los chicos. Siempre me alejé de las confrontaciones.

Hasta que mi vecino se tiró a mi mujer, entonces no me lo pensé dos veces, cogí la pistola que guardo en un cajón del mueble de la entrada y vacié el cargador sobre él. Menos la última bala, esa fue para mi mujer. Ahora descansan bajo el lago, mientras me alejo del lugar donde los arrojé, en mi barca.

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Fisioterapia

Por: Pepe Ramos

Había leído que era el mejor centro de fisioterapia de la ciudad, barato y con profesionales cualificados, y del que no se conocían quejas. Tal vez el único punto negativo era que se encontraba en las afueras. Ya hacía más de media hora que había dejado atrás la urbe propiamente dicha y me había adentrado en las pequeñas urbanizaciones que pululaban aquí y allí. Estaba claro que en una de aquellas casas estaría mi destino. Y no me equivocaba, un bonito cartel, visible desde cierta distancia, lo anunciaba.

Aparqué el coche, descendí y crucé la corta distancia que me separaba de la puerta de entrada. La sorpresa que sentí al cruzar el umbral fue mayúscula: todo era de un blanco, tan blanco que cegaba. Una chica en recepción me preguntó si tenía cita. Asentí y tras darle mi nombre me dijo que esperase un momento a que me llamasen. Me senté en una de las impolutas sillas y cogí una revista de las muchas que había sobre la mesa de cristal, impecable sin una mota de polvo, en el centro de la sala de espera en la que me encontraba. Frente a mí, la recepción, y un pequeño pasillo por el que se accedía, sin duda, a las salas donde se realizaba la rehabilitación.

Todo era perfecto, incluso las revistas que formaban el montón del que cogí la primera, estaban apiladas formando dos grupos iguales. E incluso éstas eran nuevas, como si nadie las hubiese ojeado jamás. Las paredes, como ya he dicho, pintadas en un blanco radiante y sin una sola mancha de suciedad. Para ser una clínica de la que tan bien hablaban los anuncios, no había nadie más en aquella sala. Apenas dos minutos tardó una bella mujer rubia de blanco en llamarme e indicarme que la acompañara. Tenía una sonrisa tan hermosa, que no hubiera dudado en seguirla al mismísimo infierno.

En el pasillo pude distinguir tres puertas, una de ellas era el lavabo, la otra podría ser un pequeño almacén o una oficina y estaban situadas a mi derecha, y por la que cruzamos, situada a la izquierda, daba a una sala mucho más grande, en la que pude contabilizar al menos seis camillas, y varios aparatos de electro estimulación, pero todas estaban vacías.

-Quítese la camisa y túmbese boca abajo, por favor, ahora me pongo con usted y esa lumbalgia.

¿Cómo podía saber qué es lo que me dolía sino se lo había comunicado ni siquiera a la chica de recepción? Iba a hacerle esa pregunta, pero cuando me giré para mirarla, aquel pelo rubio, aquellos ojos azules y esa sonrisa encantadora me hipnotizaron y sin darme apenas cuenta, me encontraba tumbado en una de aquellas camillas, que estaba nueva, sobre una sábana incluso más blanca que las paredes.

-¿Es aquí donde le duele, verdad?- preguntó ella mientras sus manos se deslizaban por mi espalda con extremada dulzura.

-Sí- fue lo único que pude balbucear.

De hecho eso fue todo lo que pude decir. Sus colmillos blancos y alargados se clavaron en mi cuello y me dejé llevar. Ahora sé el motivo por el que nadie se quejaba de aquel centro de fisioterapia, nadie volvía con vida.

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Cara Pepona

Por: Ed Kürten

En su casucha aguarda enfurruñado la expiración de la noche de difuntos.  Tras lustros, el viejo psicópata conocido como Cara Pepona, ha aprendido a odiar tan significativa fecha; la única que, con  pesar, renuncia a sus herramientas de placer: su máscara de muñeca y su motosierra. Desde que la estúpida moda de Halloween preñara las tinieblas de intrusismo profesional  ha perdido las ganas de asustar y matar.

«Truco o trato», gritan unos pequeñuelos frente a su puerta. Y resignado sonríe mientras les invita a pasar. Renovarse o morir, piensa cuando vuelve a enmascararse tras el sonriente semblante de una pepona.

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¿Hay alguien aquí? de Pepe Ramos

Titulo: ¿Hay alguien aquí?
Autor: Pepe Ramos
Editorial: Egarbook

portadahayalguienaqui¿Hay alguien aquí? ¿Alguien valiente, que se atreva a bucear en las gélidas aguas del terror? ¿Alguien alegre, con ganas de reírse un rato? ¿Alguien que simplemente quiera pasar un momento con un libro entre sus manos y olvidarse de los problemas del día a día? Si es así hoy es tu día de suerte ya que todo eso y mucho más es lo que vas a descubrir entre las páginas de este volumen. Sumérgete en un cúmulo de sensaciones, desde el terror más profundo, a la caricia más suave, pasando por el estremecimiento del primer amor.

Si consigo transmitirte, querido lector, al menos uno solo de esos sentimientos, podré dormir tranquilo y pensar en el siguiente relato, si por el contrario quedas indiferente, que las pesadillas me acosen y no dejen que Morfeo me acune entre sus brazos. Y ahora, ¿te atreves con el desafío? No dejes que los malos sueños me arrastren…

De venta en la página de la editorial y en la página del autor.

Las pulp stories de Ralph Barby

Por: Tery Logan

El término pulp se refería en sus orígenes al tipo de papel barato, de pulpa de madera y sin guiollotinar en el que se imprimían publicaciones como Amazing Stories, Dime Detective, Weird Tales, Horror Stories y Black Mask, pionera del género negro. En su época de esplendor algunas de estas revistas llegaron a vender un millón de ejemplares en EE.UU. Pero más tarde, la pulp fiction pasó a designar el tipo de historias que se encontraban en estas revistas; una literatura de ciencia ficción, horror, western o suspense con tintes eróticos y violentos que ponían énfasis en la aventura y la intriga, dejando a un lado el diálogo y la narración, para avivar el interés del consumo popular.

“Una literatura de usar y tirar que nunca fue apreciada por la crítica académica, pero que, hoy en día, algunos insisten en reivindicar porque llegó su desaparición.”

Mercenarios de la escritura escribían a destajo, varios relatos o novelas al mes, en largas noches de insomnio, muchas veces con varias máquinas de escribir en las que iban avanzando en diferentes historias simultáneamente y firmando bajo varios seudónimos sobre monstruos de múltiples ojos, rudos detectives infalibles y alcohólicos, indios y vaqueros, tórridos romances imposibles, seres con tentáculos que surgen de las profundidades, femmes fatales irresistibles, visitantes del espacio exterior con no muy buenas intenciones, y tantas y otras creaciones que atrapaban la pulpa del cerebro de quien los leía. Así eran los habitantes que pululaban por las páginas de las revistas pulp, literatura barata y popular para las masas de clase media y baja, que vivieron su apogeo en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX; una literatura de usar y tirar que nunca fue apreciada por la crítica académica, pero que, hoy en día, algunos insisten en reivindicar porque llegó su desaparición.

La II Guerra Mundial y las restricciones en el uso de papel provocaron la subida de costes y la pérdida de rentabilidad. El Gobierno y parte de la población empezaron a ver los pulps con desaprobación, debido a sus altas cargas de erotismo y violencia. La atención del público se enfocó a los cómics books, las novelas de bolsillo, los shows televisivos, seriales radiofónicos y el cine de ciencia ficción. Pero, aunque desaparecieran las revistas, lo pulp se traspasó a la cultura popular posterior, como se ve en algunos cómics, el cine de Serie B, el gore, las películas de Quentin Tarantino (especialmente Pulp FictionKill Bill) y Robert Rodríguez (Planet Terror o Machete).

Ralph era capaz de escribir una novela en diez días. Tecleaba tarde y noche, pero más importante era el tiempo de pensar. Su máxima: “escribe deprisa y corrige despacio”.

Ralph Barby,  imagen de Wikimedia Commons

Ralph Barby, imagen de Wikimedia Commons

En un tiempo en que en España la palabra pulp no significaba nada, Ralph Barby (Rafael Barberán, nacido en 1939 en Barcelona y casado con la también escritora Àngel Gimeno) alentó el concepto. Además de valiente y prolífico autor, Ralph también es polifacético: trabaja la ciencia ficción, el oeste, el género policíaco, el bélico, y fundamentalmente es maestro del terror, género del que fue pionero en España. En literatura no había demanda de terror. Ellos la crearon. El terror tenía mucho éxito en el cine y estaban Poe, empezaba Stephen King pero en literatura de terror española no había nada; el equipo de Bruguera la hizo. Y entre ellos, se encontraba este gran escritor que fue niño pobre pero aplicado, con anhelos de ser químico y fan de los bolsilibros (o libros de a duro), que decidió escribir a raíz de conocer a la que se convirtió en su mujer: Àngels Gimeno. Fue ella quien le enseñó a usar la máquina de escribir para agilizar sus escritos, y mientras él escribía novelas, ella hacía las correcciones y acudían juntos a las bibliotecas para documentarse para las próximas creaciones. Les rechazaron 20 originales y aún tentados de tirar la toalla, resistieron. Fue una decisión sabia. Se vinculó a Bruguera para publicar la nada desdeñable cifra de mil novelas, de las que se vendieron 18 millones de ejemplares (15 millones en español y los 3 restantes en portugués) y como colecciones a destacar merece la pena nombrar: La conquista del espacio, Héroes del espacio, La conquista del espacio Extra, Escalofríos de terror, Más allá del miedo, Viaje al horror, Cartas a los espíritus muertos, Seminario de Ciencias ocultas.

Ralph era capaz de escribir una novela en diez días. Tecleaba tarde y noche, pero más importante era el tiempo de pensar. Su máxima: “escribe deprisa y corrige despacio”. Su incansable energía, su potente método de trabajo y su optimismo incansable hicieron que tras la caída de Bruguera, fundara con su esposa Ediciones Olimpic. Su talento pronto daría frutos y fue homenajeado en Sitges y Celsisus 232 en Avilés, nombrado socio de honor de Nocte (Asociación española de escritores de terror) y ganó el Premio Internacional de Valladolid, la Hucha de Plata, el Santa Joan- ONCE-Catalunya y el Premio Roc Bornat- relato -ONCE-Catalunya.

Ralph sigue en activo, editando algunas de sus obras, y como mecenas de los autores noveles que vienen golpeando fuerte, como es el caso del prólogo que ha escrito para el libro Relatos de una Logan, primera publicación de su autora Tery Logan. A Ralph le gusta pintar con palabras. Tanto es así, que el prólogo de su última novela La Baronesa va dedicado a su mujer, a su “compi”, un incansable pilar y profesional con quien vive en la casa que construyeron con lo que los libros les dieron. La Baronesa, historia vampírica de terror gótico con toques científicos que narra la historia de La Barones, nacida en Barcelona, de familia bávara huida del nazismo. Tiene la belleza de una diosa, y las mujeres la miran con recelo y los hombres la desean hasta la locura. Desbanca y domina a cuantos se le acercan y se deshace de quienes se oponen a sus deseos. Se convertirá en una rica heredera y se hará con el control de una multinacional farmacéutica. Todo para llevar a cabo su plan, un plan calculado con precisión que la convertirá no solo en la mujer más poderosa de la Tierra, sino en la más temida: la heredera del poder de la oscuridad, la inmortal novia de las tinieblas, la reina de la noche y la sangre, la soberana de los vampiros.

Ralph, no pares y sigue llenando al mundo con tus pulp stories.

Sombras del pasado

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Sudor frío; corazón acelerado.

Julia se despertó en mitad de la noche recordando lo que hacía que tuviera pesadillas todas las noches. Su memoria retrocedió 6 meses atrás.

Iba andando a casa de vuelta del trabajo, escuchando música, cuando notó unos pasos detrás; desde que tuviera una experiencia desagradable en la que su madre había sufrido un atraco siendo ella pequeña, siempre había sentido un miedo casi patológico a los desconocidos. Sin embargo, esta vez se obligó a relajarse; seguramente no sería nada. Mientras buscaba su música favorita para relajarse notó como unos brazos le agarraban con fuerza y le ponían un pañuelo en la boca. Todo empezó a volverse borroso poco a poco y, finalmente, perdió la conciencia.

Todos estos recuerdos y sensaciones se agolpaban en su memoria cada noche impidiéndole dormir. Se tomó dos pastillas para dormir; ya no podía irse a la cama sin tener la caja de las pastillas en la mesita de noche. A la mañana siguiente se despertó y se fue a trabajar; era cajera en un supermercado. Mientras iba en el autobús continuó pensando en la experiencia traumática que había vivido meses atrás.

Se despertó con el sabor de la sangre en la boca y las manos atadas a la espalda. Aún tenía la visión borrosa; sólo veía una luz que se movía de un lado a otro. ¿Serían las puertas del cielo? Julia era una creyente acérrima y empezó a pensar que había llegado su hora. Un portazo le sacó de sus ensoñaciones. Aquella luz bamboleante no era más que una vieja lámpara que no paraba de moverse. Estaba aún aturdida cuando un rostro familiar apareció ante ella.

Despertó con la respiración entrecortada; la mujer que estaba a su lado en el autobús la miró extrañada. Otra pesadilla. Todavía no se había recuperado y a cada momento se le aparecían imágenes del suceso. Iba dos días a la semana a una terapia de grupo que la ayudaba mucho. Sin embargo, no podía quitarse ese rostro de la cabeza.

– ¿Por qué me has hecho esto?- el hombre que la había secuestrado le era conocido. Se llamaba Sergio y trabajaba en la tienda de mascotas a la que ella acudía habitualmente a comprar comida para su perro.

Cuando pudo mirar un poco más la habitación donde la tenía retenida se vio a ella misma; las paredes estaban empapeladas con fotografías suyas en todo tipo de situaciones: comprando, yendo con su perro a pasear, incluso cambiándose en su cuarto. Este hombre la había estado espiando; no puedo evitar ponerse  a llorar. Entre sollozos, le repitió:

– ¿Por qué haces esto?- en su rostro apareció una expresión de ira.

– Durante meses te he estado cuidando. He evitado que la gente mala te hiciera cosas. Están por todas partes, por todas partes…- dijo mirando a un lado y al otro como temiendo que le pudieran estar escuchando.

Julia se dio cuenta rápidamente de que ese hombre sufría un trastorno mental grave. De repente, se acordó de que tenía el móvil en el bolsillo. Intento alcanzarlo pero, al notar el movimiento, Sergio se abalanzó sobre ella como un león enjaulado. Sin mediar palabra, le hizo un corte en el brazo y dejó el móvil encima de una mesa cercana. Julia empezó a gritar; la sangre no paraba de brotar. Al verlo, Sergio parecía arrepentido y le dijo:

– No grites, ¡no grites! Lo siento, ha sido un impulso. No debes hacer eso, me cabreas. Te curaré; siempre te cuido, siempre…- iba diciendo mientras salía de la habitación.

Cuando Sergio regresó, la desató para poder curarla bien con unas vendas que había traído. Julia aprovechó su oportunidad y le golpeó, empujándole contra la mesa. No recordaba nada más.

Despertó en un hospital tres días más tarde; un campesino le había recogido. La casa donde había estado retenida estaba en medio del campo. El campesino al verla llamó a la policía y detuvieron a Sergio. Tras varios exámenes psicológicos dictaminaron que Sergio tenía una obsesión por Julia; estaba convencido de que alguien la quería hacer daño y por eso había matado a varias personas. Su único afán era protegerla; fue internado en un psiquiátrico.

Julia salió de trabajar y quería olvidarse de todo lo que había recordado durante el día, así que se fue al gimnasio. Cuando llegó a casa empezó a hacer la cena (sándwich de pavo y queso) y encendió la televisión; al oír la noticia se le cayó el pan al suelo. No podía creer lo que estaba oyendo; debido a un error burocrático, Sergio estaba en libertad. Al día siguiente, la policía fue a su casa; le habían asignado una vigilancia para que no corriera peligro. Esta situación, aunque en parte le tranquilizó, también le llenó de ira. Estaba prisionera; si bien es verdad que podía salir y hacer vida normal, siempre tenía que estar acompañada por un agente.

Estuvo dos semanas sin salir de casa  hasta que David, un vecino suyo, le convenció para que fueran a dar una vuelta. Julia tenía miedo de encontrarse con Sergio; sin embargo salió varias veces consecutivas y no se lo encontró. Tras unos meses haciendo vida normal y sin tener ningún encontronazo, Julia solicitó que le quitaran la vigilancia: “Alguien la necesitará más que yo. Y en caso de que me lo encontrara otra vez, os llamaré sin dudarlo”.

David estaba sentado en el salón de Julia; al final había terminado convenciéndola para que fueran a ese speed dating del que tanto le habían hablado. Se conocían desde hacía sólo cuatro meses, desde que David se mudara a la casa de al lado; sin embargo, desde el primer momento habían conectado muy bien. David era un profesor de educación física que vivía sólo con su perro; había tenido una relación hacía 6 años pero esta mujer le engañó y desde entonces estaba soltero. Sin embargo, en las últimas semanas había pasado mucho tiempo con Julia debido a la puesta en libertad de su secuestrador. Siempre le había parecido una chica que merecía mucho la pena, pero nunca se había atrevido a mostrar lo que sentía a causa de la inestabilidad psicológica de Julia.

A pesar de todo eso y del plan que tenían para aquel día, David estaba decidido a decirle a Julia de una vez todo lo que sentía. Él sabía que podía hacerla feliz y que no había nadie que comprendiera tanto como él por lo que estaba pasando, ya que había presenciado todo el proceso. No sabía si iba a salir bien o mal, pero quería intentarlo.

Una voz lo sacó de su ensimismamiento: “¡Ya bajo!”; sintió un cosquilleo en el estómago. Sabía que Julia se pondría radiante porque estaba ansiosa por conocer a alguien. No se equivocaba; llevaba un jersey blanco con una falda granate. Ella no necesitaba más; estaba preciosa. Finalmente, se dirigieron hacia el local.

Cuando llegaron Julia estaba muy nerviosa; según le explicó David, cada chica lleva a un chico que nadie más conoce. Los participantes tienen tres minutos para tener mini charlas con cada chica y rotar. Si dos se llevan bien, intercambian los teléfonos y siguen en contacto. Después de que cada participante mantiene 10 mini charlas, se reparten tarjetas para llenar con datos personales. Todo iba bien hasta que el tercer chico se sentó para tener una mini charla con Julia:

– Hola, Julia. ¿Buscando pareja?- el corazón de Julia empezó a latir frenéticamente y notó un sudor frío que recorría todo su cuerpo. El que se había sentado era el hombre que la había secuestrado y le había hecho pasar todo un infierno.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente; salió corriendo de allí tan rápido como pudo, no sin antes gritarle a su amigo:

– ¡David, está aquí! ¡Pide ayuda!- sus piernas parecía que se moviesen solas. No sabía hacia donde se dirigía, solo que tenía que alejarse de Sergio lo máximo que pudiera.

– ¡Ven aquí! Eres mía; ¡de nadie más!- tenía una mirada feroz, de depredador.

Julia iba mirando hacia atrás cuando tropezó con algo y cayó al suelo; era la oportunidad perfecta para Sergio. Cuando la alcanzó la cogió del cuello y le dijo: “Si no eres mía, no serás de nadie”.

Tac-tac, tac-tac. El corazón de Julia martilleaba en su pecho en busca de una salida; Julia le arañó la cara pero Sergio la agarró con más fuerza.

Tac-tac…tac-tac… Su corazón cada vez latía más despacio. No podía escapar de aquella situación. Los músculos dejaron de responderle poco a poco; el cerebro ya no recibía oxígeno. Sus pulmones pugnaban por conseguir algo de aire sin éxito.

David salió corriendo del local en cuanto oyó el grito de Julia; tenía que salvarla, daba igual lo que costara. No podía dejar que ese malnacido se saliera con la suya. Iba corriendo en su busca e intentó no pensar en lo que le pudiera estar haciendo a Julia. Cogió el móvil y mientras corría, llamó a una ambulancia.

Sergio estaba exultante; por fin había conseguido lo que quería. Si bien una vez la quiso y su mayor afán era protegerla de la gente mala que la quería hacer daño, le había traicionado. Ahora, por fin podía cobrarse su venganza. No podía pensar en nada; sólo quería arrebatarle la vida con sus propias manos.

De repente, sintió un golpe en la cabeza. David había cogido una piedra y le había golpeado en la cabeza con ella. No le importaba si había muerto o no; lo primordial era salvar a Julia. Estaba inconsciente; empezó a hacerle el boca a boca hasta que llegaron los servicios sanitarios y la policía. Le apartaron de allí pero podía ver lo que estaba ocurriendo. Julia no se movía.

Estuvieron realizando los ejercicios durante más de tres minutos hasta que desistieron. Julia finalmente había muerto.

Sergio se movió; solo estaba inconsciente. Cuando miró a su alrededor y vio lo que estaba pasando una sonrisa se dibujó en su rostro; cuando David lo vio no pudo resistirse y se abalanzó sobre él: “¡Te voy a matar!” Los agentes le impidieron acercarse a él; David estaba ciego de ira.

Cuando parecía que todo se había calmado, David le robó la pistola a un policía. Todos los policías que estaban presentes se pusieron alerta y le apuntaron con sus armas:

– ¡Tire el arma! ¡Repito, tire el arma!- David no sabía qué hacer; el sudor le corría por la frente. En su mente sólo aparecía el cadáver de Julia y la sonrisa de Sergio. Tras unos momentos de máxima tensión entre David y los policías, éste decidió lo que iba a hacer.

Sin pensarlo dos veces, disparó sobre Sergio. Tres tiros certeros en el pecho. Al instante siguiente, estaba en el asiento de atrás del coche de policía, esposado, de camino a la comisaría.

Sin embargo, nunca fue más feliz que en ese momento.

Imagen de Pixabay

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Miedo

Por: Yara Zemo

Imagen de Flickr de Historias Visuales

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Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana.
Un ruido en la ventana,
“Tranquilo son las ramas”.
Susurros en la cornisa,
el sudor baña tu camisa,
parece una risa,
“Tranquilo es la brisa”.
Sonido traicionero,
que eriza todo el bello,
el miedo te hace preso,
“Tranquilo es el viento”.
Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana,
“Tranquilo no es nada”.