Lo que de verdad importa

Por: Pablo León Alcaide

Me siento en medio de una amplia habitación, lo suficiente como para que resuene el eco de mis pensamientos; dejo abiertos ambos grifos: el de las desgracias y el de las alegrías, lentamente mi piel se va empapando de todo lo que veo y lo que recuerdo haber visto, proyecciones que me ahogan si no consigo abrir la válvula de lo que verdaderamente importa: que seguimos en pie, que aún tengo ojos para ver y manos para tejer mis propias conclusiones.

Me sorprende cómo todo llega a ser sumamente sencillo, a veces la felicidad es algo tan simple como pasar la noche entera con alguien que encaja con tu manera de pensar tan cómodamente como dos piezas de puzle, otras veces la desgracia irrumpe con una ecuación tan elemental como que uno mas uno dejan de ser dos, o que nuestra afición no se convirtió en nuestro oficio. Humildes experiencias como un café a la orilla del mar, una cerveza tumbado a la luz de la luna, o encontrar la paz interior al rimar un par de versos nada recargados… Me gusta pensar que todo lo que puede destruirnos o alzarnos pueda depender de cuestiones sencillas pues, de este modo, pienso que encontrar la felicidad puede no ser otra cosa que construir nuestra vida a base de pequeñas piedras fáciles de corregir o moldear cuando alguna termine por mellarse o desprenderse de nuestra estabilidad.

Hace años pensaba que la felicidad debía compartirse con muchas personas, debía demostrarse a los cuatro vientos que estabas contento, gritarlo bien alto para que nadie pudiera instalar un No por encima de tu voz… Pero me equivoqué, la felicidad solo es real cuando se comparte, pero no significa que debamos compartirla con cualquiera, no significa que debamos demostrarle nada a nadie, se cuela en nuestra vida a través de los pequeños gestos, y a través de pequeños gestos debe seguir fluyendo. El problema de querer complicar este tráfico es que no todos (a veces ni siquiera la mayoría) compartirán tu visión, no tienen por qué opinar igual que tu o querer lo mismo que tu para estar a gusto; entonces entra en juego el equilibrio, hacer malabares con la forma de ser de cada uno de aquellos que te rodean y tratar de encontrar el término medio en el que todos estéis medianamente bien. A veces ya es demasiado complicado compaginar tu vida real con aquello que te hace feliz (y eso que “solo estudio” como dicen algunos) como para también incluir en la ecuación la realidad y los sueños de muchos otros individuos… Sin contar con esa irritante costumbre que los medios de comunicación y la sociedad que nos envuelve  tienen de decirnos y tratar de convencernos de qué es lo que necesitamos para ser felices, qué es lo que queremos y anhelamos… Lo siento, pero aún no he hipotecado mis sueños a CityBank.

Y a pesar de todo lo que de verdad importa no es lo mucho o poco que nos compliquemos para ser felices, sino que logremos serlo, tenemos una sola vida, mejor o peor, pero es lo único que tenemos y a veces nos pasamos tanto tiempo preocupados en bobadas que después no nos queda tiempo para disfrutar, para sonreír… Lo que de verdad importa no es lo mal que lo hemos pasado o si cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que tenemos un presente, y en él podemos decidir si resolver las ecuaciones o seguir odiando las matemáticas, si  confiamos en que desde lo más sencillo hasta lo más enrevesado puede conducirnos a una explosión de Serotonina que invada nuestro cuerpo de alegría…
Lo que importa es lo que hacemos con el tiempo que nos toca.
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El precio de la libertad

Por: Crono Axel

 

Hola, mi nombre es lucia tengo 19 años y soy estudiante de la facultad de derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El actual presidente e integrante del Partido Revolucionario Institucional, es el señor de gran dentadura, Gustavo Díaz Ordaz, mejor conocido como, la Changa Díaz Ordaz.

Hoy es 2 de octubre de 1968 y una de mis mejores amigas y yo, nos dirigimos a la plaza de las 3 culturas en el barrio central de Tlatelolco; Ahí nos disponemos a realizar un mitin en donde estudiantes de preparatoria y universitarios pedimos de manera pacífica que se nos brinde un poco de libertad de expresión.

El pasado 26 de julio dio inicio nuestra revolución, salimos a la calle a marchar, ya que la juventud vivimos en un estricto régimen de conducta; La manera de vestir, la música que escuchamos, como pensamos, todo, es impuesto por nuestro gobierno. Nosotros dimos el primer paso y con esto hemos dejando a nuestro presidente, con un mal sabor de boca.

El primero de septiembre, el descontento de parte del gobierno se hizo público, tropas militares se dirigieron hasta las escuelas y detuvieron a muchos de nuestros compañeros, afortunadamente los líderes de las manifestaciones escaparon, entre ellos Adrián, un chico que gracias a esta situación he podido conocer, él me gusta.

Creo que si seguimos de esta manera podremos llegar a un acuerdo favorable para nosotros, no creí que tantos jóvenes pensáramos de la misma manera. Antes de esto me sentía fuera de lugar, pero ahora que veo que no estoy sola, puedo decir lo que me gusta y lo que no, teniendo por seguro que por lo menos uno de mis compañeros estará de acuerdo conmigo.

En algunos días más se llevaran a cabo los juegos olímpicos, aquí, en nuestro país. A pesar de ser un evento de gran importancia, no vamos a desistir.

Me sorprende que haya tantas personas, en un inicio éramos estudiantes contra el mundo, jóvenes con una voz desesperada por ser escuchada, ahora, se nos han sumado profesores, trabajadores e inclusive nuestras familias. Esto es un impulso más para nosotros, seguir al pie del cañón.

La plaza de las 3 culturas es un lugar histórico y es bastante amplio. Son casi las 4 de la tarde, miles de personas han llegado y como siempre ya hay militares en los alrededores, no falta mucho para que el mitin de inicio y tampoco pasará mucho para que termine.

Ingenua que fui; pero quién se iba a imaginar que todo se trataba de una trampa.

Mientras que nuestros líderes estudiantiles daban inicio a la manifestación, un helicóptero se acercó de entre los edificios, sobrevolando una iglesia que ahí se encuentra. De la nada este dejo caer una bengala verde. Todos mirábamos con extrañeza, realmente no sabíamos de qué se trataba, o qué era lo que nos esperaba. Muchos echaron a correr, quizás por instinto, y sin previo aviso una ráfaga de balas golpeó a la multitud. Los militares comenzaron a rodearnos, parecíamos un rebaño de ovejas siendo guiado hacia un acantilado y a una muerte segura.

Los disparos provenían del mismo edificio donde se encontraba Adrián. Mi amiga me jalaba fuerte del brazo, me encontraba en estado de shock mientras veía fijamente la ventana donde se encontraba el muchacho que yo quería abrazar. El silencio de la multitud se volvió en una temible sinfonía de balas, gritos y llantos. No podía moverme, veía anonadada como muchos de mis compañeros caían al suelo, algunos muertos y muchos otros heridos.

Mi mejor amiga estaba desesperada no quería dejarme ahí, por reflejo me dio una fuerte bofetada ayudándome a reaccionar, aún sin poder pronunciar palabra alguna corrimos lo más rápido que pudimos, tropezábamos con cuerpos y nuestros pasos eran muy torpes a causa del miedo. Su mano sostenía la mía con fuerza, claro, no por nada, éramos inseparables. Había algo, una sensación extraña, poco a poco bajé la velocidad, el mundo se movía en cámara lenta, los gritos se convirtieron en ecos y comencé a sentir mucho sueño.

Lucia, era mi mejor amiga, ella, fue asesinada el 2 de octubre de 1968 durante la manifestación pacífica en la plaza de las 3 culturas. Ella murió en mis brazos, nosotros estábamos en busca de un poco de libertad. Hoy en México las cosas son muy distintas, pero Lucia ya no está aquí para darse cuenta de eso. Sangre, ese es el precio de la libertad.

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El alma nunca muere

Por: Hector Cediel

Regresé demolido del cementerio. Me senté solo a escuchar nuestra música. Me serví uno tras otro, varios vasos de whisky para ahogar mis penas y asegurarme así, que no sobrevivirían. Siempre viví rodeado de personas maravillosas, aunque subsistía llevando una vida absurda en una isla casi solitaria urbana; mientras uno a uno, iban partiendo sin avisar, mis grandes amigos. Ya la vida me ha acostumbrado a que mis “pecaditos mortales y veniales” no mueren, simplemente: ¡desaparecen!, como si todo hubiera sido un sueño o una nueva pesadilla; ahora a las ilusiones amorosas las llamo: ilusiones de verano. Además llamaba cariñosamente “brujitas” a estas hechiceras de sentimientos. Todas parecían tener o gozar del don, de transformar en “mierda” al hombrecito enamorado o a sus sentimientos; a algunas, a las más malosas, las llamaba “las químicas”, por esta misma virtud.

Nunca tomé conciencia de haber envejecido; pienso que me hice a un lado para que la vida fluyera y ni siquiera me preocupé por madurar o asumir responsabilidades. Desde siempre tomé la vida “easy” y me refugié en el amor para no declinar o degenerarme como un obsoleto vetusto. El amor y el sexo, son la fórmula ideal para jamás envejecer. Elegí amar a mi manera muchas veces y me enredé en relaciones que recuerdo con nostalgia. Mis seres más queridos y cercanos, terminaron aceptando y perdonando “el lesbianismo de su viejo loco”; así nadie me crea, “mi corazón puto y vagabundo, siempre fue fiel y honesto, así tuviera dos o tres amores al mismo tiempo. Tuve un Gran Amor en mi vida como todos y muchos parecidos a ese”.

“Voy a irme al rincón del poeta, a pensar pensamientos”, les dije, “necesito encontrarme con el pasado, beber lo necesario hasta despertar los sentimientos y escribir un poco embriagado, para disfrutar de los apasionadores atardeceres y esas auroras románticas”.

No sé si podría volver a soportar las paredes blancas, las blusas blancas, sintiéndome atrapado y sin salida, en un absurdo laberinto blanco. No es fácil acostumbrarse a que se nos miren y trate como animales de laboratorio. La salud mental huele a carroña o ha miseria humana. Nada hay más interesante que la vagina de una psiquiatra o de una psicóloca… ¡Cómo las extraño!

Ahora mi compañera sentimental, no es más que otro fastidioso accesorio en mi vida; odia la literatura, la poesía y solo le aporta a mi vida: zozobra y angustia. A veces siento remordimiento con mi “adorada mecenas”, mi “pequeña mecenitas” y con mi amante o “novia”; es como ella prefiere que le llame. ¿Será que los escritores y los poetas, somos como los bipolares o esos enfermos mentales, que no sirven para nada? Nuestra vida como todo en esta vidorria, tiene dos caras: una cumbre y un demencial abismo. Desde que mi vida se partió en dos, vivo en el infierno o en el abismo. Nadie me escucha, nadie cree en mis sueños ni en mi gran proyecto; es como si me hubiese vuelto invisible para todos; antes era admirado y considerado un ganador, ahora siento todo lo contrario, salvo por un par de amigas. Solo ellas me ven y me escuchan. Solo para ellas, soy real. Para mis hijos soy una mascota apreciada, consentida, amaestrada para divertir y cuidar a sus hijos; no sé si me alcance el tiempo para ser “su filosofo de cabecera”. Hoy más que nunca los adolescentes necesitan de sueños e ideas. Sé que serán muy afortunados por tener unos padres amorosos y una abuela que les dejará asegurada su educación y bienestar en gran parte; aunque sus padres sean exitosos y amorosos, “el mundo da muchas vueltas” decía mi abuela y vaya si volteó mi vida, como una  arepa.

No es fácil aprender a hablar en pasado y sé que será más difícil, el acostumbrarme a hablar en tiempo futuro, cuando la noción de tiempo, desaparezca. Me duele ver o imaginar, si una vez más he generado: lágrimas y lástima; sé que soy apreciado, que les hago falta y que me extrañan con verdadero sentimiento. Quizás su exceso de amor les impidió, el permitirme vivir con más libertad la vida. Mi libertinaje desde hace ya un buen tiempo, no es más que una sana bohemia.

No es fácil el acostúmbrame a verme, sin cuerpo; extraño hasta las necesidades físicas básicas y sobre todo: por las que renegué en vida, ¡cientos de veces! No hay cielo ni infierno. Nadie vino a recibirme. No supe lo que era el túnel azul. No me cruzo ni con un alma en pena. Me teletransporto con el solo hecho de intentar un pensamiento. Traspaso el océano, atravieso paredes, estoy en todas las partes que deseo. Esto es bueno y es malo. Me hacen daño estas primeras experiencias voyeristas, pero sé que tendré que acostumbrarme ¡afortunadamente no sufrí de celos enfermizos en vida! El deseo es insoportable, me enloquece. Creo que morí a medias, así o muy parecido a como viví siempre. Cuando uno se acostumbra a medio vivir o a sobrevivir medio muerto, aprende a soportar al tedio del matrimonio, los absurdos de algunas relaciones, a las noviecitas cansonas, a la amante de turno. Vivir y dejar vivir, viviendo con pasión el momento, fue siempre una buena opción de vida, para esos hoy y ahora, que conforman nuestra existencia. “No haga la guerra, haga el amor” fue algo más que el hermoso slogan de una primavera de la vida. Todo parece como si hubiese sido ayer y más ahora. En verdad extraño mi cuerpo. Era un amigo incondicional; gozamos y sufrimos a la par. Pensaba que él era un sinvergüenza y él decía, que yo ya no tenía arreglo, que era un árbol que había nacido torcido. Los dos conformábamos a ese maravilloso ser: El perro vagabundo; bautizado así por la reina de las fruticas, mi amada mogollita. En verdad me sentí muy orgulloso representando a este personaje o al viejo loco, en la obra de este absurdo teatro en donde todo parece ser irracional, ilógico, desatinado o paradójico. Cada uno actúa y representa su propio monologo. Aquí uno es cuerpo y alma, interpretando el mismo guión y representando a veces, varios papeles simultáneos. Afortunadamente siempre viví convencido que somas carne y espíritu. Necesito un buen trago. No sé cómo podría hacerlo, ni siquiera sé si aquí se bebe. No deseo ni pensar, si se puede tener sexo. ¿Será que no se me desconectaron los sentidos o será que no desaparecen? No veo a Dios, ni a un santo siquiera o una maldita alma. Si esto es así de tedioso, me daría lo mismo, si esto es el cielo, el paraíso, el infierno, el averno, el purgatorio o como se llame. No sé si soportaré la muerte.

La luz es la corneta de la vida. Una vez más despierto y soy consciente que he llorado un poco. Hay demasiado de verdad en los sueños y por eso, es inevitable ver con tristeza o con cierta nostalgia, a esa vida que se aleja. Amar siempre fue delicioso ¡sensacional!, pero entre tres o cuatro es ¡fantástico! Sonrío cuando me llaman el Señor Roa, personaje árabe de un comercial televisivo que aparecía con su haremcito. (Pienso si debo o no explicar, qué es la televisión. Puede ser otro término que desaparezca entre muy poco, como ya lo hicieron algunas palabras como betamax, diskette, Nintendo, Vespa, “la negrita” Singer, Topolino, Constelletion, cuchilla Guillete, radio de onda larga y corta, radio transistor,etc).

—Abue, ¿ustedes se amaban mucho?

—¡Mucho! Aprendimos a querernos a nuestra manera. Aprendimos a sobrevivir, gracias a los recuerdos de cada uno. Dicen que recordar es vivir. A veces se resucita recordando y muchos vuelven a morir haciéndolo.

Jamás debí a haber donado mi cuerpo, para la experimentación científica. He despertado para enfrentar la peor pesadilla. Éste no es mi mundo, ni mi vida. Todos mis seres queridos han muerto y calculo que han pasado seis u ocho generaciones. Soy un ser extraño para todos. Todo es nuevo. Jamás me imaginé que el espíritu estuviera presente, en cada parte viva de nuestro cuerpo. Llevo casi un año “resucitado” y en verdad me siento demasiado deprimido. Ahora sólo pienso en el suicidio. Desde hace unos meses me han confinado a terapias de sueño, pero sólo veo paredes blancas, personas vestidas de blanco, es como si intentaran dejar mi mente en blanco ¡recuperarme!- Dicen ellos- y yo sólo deseo morir.

—¿Lo desconectamos?

—¿Está usted seguro que desea morir?

—Desde que desperté, lo he estado. Siempre he pensado y actuado como un muerto en vida. Ahora simplemente deseo soñar.

—Piense en algo agradable. Para ayudarle le hemos editado estas imágenes con sonidos de la naturaleza que usted conoció. Buen viaje, querido amigo.

—Yo sólo… Deseo…

Un pito anuncia que el proceso ha terminado.

Ellos incumplieron con mi última voluntad. Han vuelto a tomar mi cuerpo para investigación científica ¡qué horror! ¡Qué desgracia! ¡Qué tristeza!

Ahora estoy allí. Desnudo. Me observan como un conejillo de indias o a un mono de laboratorio, completamente rasurado. Sé que generó demasiada curiosidad en los noveles cibernéticos galenos, que sólo practicaban su medicina mecatrónica con robots. Aquí el pudor se pone a prueba: no deseo ni imaginar una erección o ver cómo me deshuesan como si fuese chatarra. Sólo le pido a mi cuerpo que se relaje y que por favor: no se fije en los senos de las urólogas. La vida me enseñó que si una mentira se repite 100 veces, termina convertida en verdad. ¿Qué pasaría si repitiera, 100 veces esta verdad?

—Yo sólo deseo…

—”Perrito vagabundo” o si quiere lo llamamos “Animal de vuelo”. Pórtese bien y no tenemos que amarrarlo ni inyectarlo. Tómese juicioso la droga.

La vida me ha enseñado que luchar contra los loqueros o los enfermeros, es una pelea de león contra burro amarrado.

—¿Está bien doctor? ¿Se mejorará? ¿Qué necesita?

—Papel y lápiz o mejor unos cuadernos rayados, argollados y varios bolígrafos. Ahora dice que escribe versos. Que es escritor y poeta. Pienso que no lo hace tan mal.

—¿Usted lo ha leído?

—¡Jamás escuché de él! Será porque solo leo artículos científicos.

—Doctor ¿Volverá a ser, el mismo “loquito”? ¿Volverá a sonreír y a bromear?

—Simplemente se cansó de vivir. Se suicidó en vida. Solo desea vivir muerto en vida. Pienso que se acostumbró a vivir, muerto en vida.

—El alma nunca muere, doctor.

—Conozco miles de personas con el alma muerta. A veces pienso que soy más un brujo resucitador de almas, que un médico.

Qué difícil es ser un poeta y qué fácil es ser, un hijo de puta murte con suerte. Me siento como un Ferrari sin motor. A la mujer la alucina el dinero y un buen sexo ¿por qué me enamoré de las palabras?

El alma nunca muere. El alma nunca muere. Mi alma no ha muerto. No estoy muerto. Si no estoy muerto, mi alma no ha muerto. El alma nunca muere. El alma nunca muere. No estoy muerto… no estoy muerto… el alma nunca muere…

—¿Doctor, ya estoy bien? ¿Ya me puedo ir, a casa?

—Su alma aun está muerta… ¡Pero la estamos resucitando!

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Un millón de amigos

Por: Rafael Azgra

Recuerdo los walkie talkies que tenía cuando era niño. La primera vez que los vi, en el escaparate de una compra-venta llamada La Tortuga de Plata, se me presentaron como la puerta a la popularidad que tanto necesitaba.

Eran asombrosos, aunque tuvieran el tamaño de dos ladrillos. Costaban mil quinientas pesetas, mi paga de cinco semanas. Pero el cristal me devolvía el reflejo de una escena que casi me hizo sonreír. Aparecía yo en el patio del colegio, rodeado de los compañeros que normalmente me desdeñaban, todos compitiendo por ser el custodio de uno de los walkies.

Bien merecía la pena sacrificar algunas chuches y los sobres de cromos para mi colección de Dragon Ball.

 

Por fin llegó la quinta semana. Entré en La Tortuga de Plata con aire triunfal y, como un forajido en un saloon del Lejano Oeste, dejé todo mi dinero sobre el mostrador.

-Buenas tardes -dije al longevo tendero que me observaba con diversión -, quiero los walkie talkies del escaparate.

Hasta yo me sorprendí de la decisión que rebosaba. El tendero caminó hacia el panel de madera que protegía la mercancía a la venta y abrió el candado con una llave que, mediante una fina cadena, llevaba unida al cinturón.

El sol se reflejaba en el plástico negro y en los rebordes de metal y me sentí como si me fueran a entregar dos lingotes de oro.

-Pues parece que vas a tener suerte -dijo el hombre mirando la etiqueta que colgaba de uno de los aparatos-. Están rebajados.

Separó con un dedo una moneda de cien pesetas y la deslizó hacia mí arqueando las cejas. Aquello ya era lo más. Podía invertir cinco duros en un sobre de cromos y el resto en chuches para acompañar la noticia de mi nueva adquisición. Entonces sí que me aclamarían.

 

Al día siguiente, a la hora del recreo, fue cuando puse en marcha mi plan. Me acerqué a tres compañeros con los que nunca había tenido problemas y saqué los walkies de la mochila.

-¡Qué chulos! -oí exclamar a mi derecha. Era Adrián, el más popular y cruel de la clase-. ¿Me dejas ver?

Perfecto, aquello podía ser perfecto. Que quien más influencia tenía se convirtiera en mi aliado al otro lado de las ondas podría suponer el fin de mis problemas de popularidad. Me apresuré en sacar la bolsa de chucherías mientras Adrián examinaba uno de los aparatos y le ofrecí.

-¿Quieres?

Adrián se rio y tomó toda la bolsa de un tirón.

-Mira esto, eh -me dijo y acto seguido lanzó el walkie talkie contra la pared, haciendo que sus piezas salieran volando en todas direcciones.

Me quedé helado y el resto de los presentes no dijo nada. Adrián masticó una fresa de gominola mientras se reía y se largó en el mismo momento en que comenzaron a caer espesas gotas de lluvia.

Recogí todas las partes del maltrecho walkie lo más deprisa que pude mientras no recibía más que miradas de lástima de cuantos pasaban por mi lado para ponerse a cubierto.

El resto de las clases las pasé en silencio e intentando no llorar. Y cuando llegó la hora de la salida tomé la puerta que se usaba para los cursos de preescolar. No quería volver a enfrentarme a las mismas miradas de antes o algo peor, así que di un rodeo antes de tomar el camino hacia mi casa.

 

Me costó toda una tarde volver a ensamblar cada pieza en su sitio. Para ello abrí con cuidado el walkie talkie sano y tomé su mecanismo como modelo. Tuve que unir las partes de la cubierta con cinta aislante, pero conseguí que funcionase.

 

Descubrí canales en los que escuchaba conversaciones de diversos radioaficionados, aunque yo no podía emitir más que entre mis dos walkie talkies. Poco a poco me fui sumergiendo en mi solitario mundo de escuchas en la sombra. Transcribía cuanto escuchaba y tenía el mínimo interés. Trasladaba vidas ajenas al papel.

Después comencé a llevar siempre conmigo uno de los walkies y, mediante unos auriculares, escuchaba otras tertulias cercanas.

Los demás acabaron asumiendo que yo era un niño solitario, pero se equivocaban. Yo tenía un millón de amigos, aunque no lo supieran.

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Chica Selva

Por: Álvaro Fernández

Elevada a diez o quince centímetros del piso, la chica selva se viene.

Tira de su cuello una cadena reluciente que la une a un albino y excéntrico caniche.

La sensación de ruedas bajo sus pies, y el resplandor grisáceo de donde parece emerger, responden a hipótesis que Ángel no puede analizar tan temprano. La madrugada dejó su lucidez a contramano y no son horas de enarbolar conjeturas disparatadas.

Varios pájaros ya cantaron, y una vida sana trota alrededor de la plaza. Es una mañana de sol, con una muchacha bonita que se aproxima. Solo eso ¿Qué más pensar?

El trayecto que la señorita recorre, se interrumpe en los árboles.

Un olfateo por allí, un chorrito por allá y la correa que vuelve a jalar…

Montada a cúmulos voladores que le nublan las caderas, la mujer esmeralda le ofrece a Ángel su perfil más sensual.

De la cintura hacia arriba, ella es pura actitud, y sin pestañear, Ángel concentra su atención en sus marcados hombros que sostienen pechos firmes y altaneros.

No se advierte rebote, y Ángel no comprende la insistencia en unas tetas que no se menean.

Todo es deslice sobre un torbellino de tinieblas que la centrifuga hasta la altura del ombligo, y las piernas de la hembra son parte de lo incomprendido de esta mañana.

No deja huellas y nadie viene tras sus pasos. No trota, no camina, no hay tobillos… ¿Qué lleva en los pies? ¿Zapatillas o tacos? ¿Está descalza? ¿Tiene pies?

Con la visión alterada por los nubarrones, los interrogantes invaden a Ángel, que a esta altura, se siente bajo amenaza, pero excitado. Caliente.

Siempre en silencio, Ángel elucubra instantáneas respecto los detalles faltantes.  «Se la ve bajita, debe calzar treinta y seis, treinta y siete, cómo mucho, y seguro que viene descalza» Arriesga y cae en la trampa de un consuelo estúpido.

Cuando quien pasea a la encadenada, decide marcar territorio en cerca de Ángel, las nubes se disipan y el sol comienza a dejar a la chica selva en evidencia.

La anónima y ¿descalza? trae un bosque encima. El verde la cubre por donde se la mire.

Ahora, con la necesidad de sentirla hasta por los poros, Ángel, el que disfrutaba de una mañana de sol en la plaza de su barrio, no se siente decepcionado por las partes bajas de la mujer verde que viaja atada a la cadena.

En igual sintonía que sus tetas vienen sus ancas. Un verde vinilo encaja a la perfección sus piernas y las caderas. Le cuelgan anillos con flores de toda variedad, pero todas, y cada una de ellas de color verde. Rosas, calas, orquídeas, claveles, todas del color de sus hojas. Los pétalos, el cádiz, el estigma, las espinas, todo verde.

El azar de un perro decide las escalas de su viaje hacía él.

No echa raíces, no la dejan, y efectivamente, sus pies están desnudos…

A poco del cara a cara, los aromas frescos de su aspecto, desconciertan a Ángel, que se siente víctima de una bendición. Él, que había madrugado sin pedir ayuda, recibe una inesperada  dosis de naturaleza.

Pero no solo las ropas de la muchacha traen maleza.  Sus pies, talla no mayor a treinta y siete, también vienen teñidos de tanto pasto deslizado.

De entre las uñas asoman restos de césped que entró allí para quedarse, y los dedos, preciosos como uvas de vino blanco a punto de emborrachar, llamaron tanto o más la atención de Ángel, que la quietud de pechos de aquel primer contacto visual.

Si por él hubiese sido, se habría masturbado a sus pies.

Con una pésimamente disimulada inocencia, y advertida del asombro que Ángel encierra en la mirada, la chica selva decide encararlo con decisión.

— ¡Hola! — su voz es dulce y dueña del control.

Ángel, que en circunstancias de vidas pasadas o por venir, se habría desenvuelto con eficaz seducción, destroza cualquier hipotético acto de galantería, detrás de un triste y bobo balbuceo…

—   Odra, — con el pánico contenido hasta donde puede, Ángel demanda respuestas. Intenta continuar con la charla pero su voz no pronuncia. Precisa tenerle fe, confiar en ella, que se brinda generosa a los sentidos. — Pero si estás toda verde…

La mujer vegetal, con una sonrisa triste pero con

el alivio de la costumbre, apoyó un dedo en los labios de Ángel y lo silenció. Él pasó su lengua libidinosa por aquel tallo divino. Ella se dejó chupar unos instantes, y le quitó la fruta de la boca…

—   No ¿Ves? Mirá mis ojos, son verdes, por eso me ves así…

Olvidado hasta la inminente despedida, el caniche excéntrico que encadenaba a la chica selva, tiró como buey a la rama a la que está sujeto.

Separada de su presencia, Ángel sintió que se la arrancaban de un brazo, como si le deshojaran la piel de los codos con broches para la ropa. Como si le tallaran en el pecho el silencio de una despedida, el milagro sin revelar.  El milagro de la madreselva.

Ángel quedó mutilado, y el sol no volvió a salir hasta la tercera mañana desde aquel día.

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Cartoon trip

Por: Álvaro Fernández

No todo es lo que ves, no todo es lo que parece. Y menos esta noche, donde las estrellas se ofrecen como las uvas de un parral de adornos navideños, que solo encienden y encienden.

Otra iluminación empaña el ambiente y los sentidos la asumen con una intensidad de improvisto y accidentada.

Y encandilado con los detalles, siento el cielo aterrizar en el techo de mi humilde plataforma de despegue.

Turbinas, hélices y azafatas de sex shop anuncian la partida y el traslado a un universo que irriga sangre en las sienes enfermas.

Las personas que proyectan sus imágenes de ausencia, brindan tonalidades anti age, y un hueco en la cama que no pienso ocupar esta noche.

Profundos pero sin relieve, los poros de esas entidades se sudan la vida en cada gesto. Hay tensión en las comisuras de sus labios, y la anestesia de una juventud indestructible, los vuelve maniquíes insensibles pero excitantes.

Sus  movimientos se congelan y las postales de piedra se exhiben en la dinámica de un film en 3D.

Lo que se escucha, va de la respiración del estruendo, hasta el silencio de las músicas que recuerdan lo que hoy quiero olvidar.

Y de nada sirve escapar. Es inútil quitar la mirada. Cerrar los ojos es ver más de lo aconsejable, es ver el infinito en caída libre, es viajar oscuro en un cielo rojo y equivocado.

Es buscar el alivio ciego y de cara al sol.

Luz, ruidos y calor me entusiasman, me ajustan el aire en el pecho. Soy una bomba de huesos y músculos apunto de agarrar a alguien del cuello ¿Es conmigo?  Y la confusión, los malos entendidos, las voces que pronuncian cacofonías que hechizan mi nombre. Pero esos gritos no son para mí.

Mejor es ajustar el cinturón y disfrutar…

Los flashes son dardos certeros y alucinantes que dan en el fácil blanco de mi mente, que luego de su ráfaga lisérgica, engendra un arcoíris de neuronas que sobreviven al cofre de oro de uno de sus génesis.

Un enano de jardín primitivo, pone a prueba las caries de sus muelas, dándole un mordisco a los dieciocho quilates de una moneda que gira en el aire.

Sol y agua ejecutan la fantasía, y hasta tengo las manos manchadas con la sangre de sus colores, pero…

¿El arcoíris no viene tras la lluvia?

¿Es verdad lo del cofre de oro?

¿Y el enano y la azafata del sex shop?

Pretendo entender lo que imagino.

Las hélices guillotinan el viento y la partida es inminente.

Atravesaré las lágrimas a pura carcajada. Esa lluvia que no moja, que no duele, que no existe…

Tu lluvia, hoy no me duele.

Dragones, Simpsons y Popeyes, todos juntos, en el mismo dibujo animado, en la misma pantalla que esconde a sus héroes bajo la lengua, o detrás de un ojo audaz y ensangrentado, dispuesto a ver las realidades y las fantasías juntas, bajo el mismo lente y en un mismo trago.

La oscuridad me encandila y las luces me ocultan en tinieblas, parecen haberse pegado al revés las postales de este viaje, las fotos de este ácido álbum.

Nada de fotos, por favor…

A®F – 2016

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La noche es para cazar conejos

Por: Rafael Azgra

La noche es cerrada y fría, pero yo lo ignoro. El aire vaporoso emerge de mis fauces de forma rítmica al tiempo que sigo un rastro claro. El instinto me dice que a pocos metros un conejo zigzaguea intentando darme esquinazo.

“La noche es para cazar conejos”, suele decir el hermano Alfa. Y eso hago: procurarme una buena pieza para subsistir esta noche.

Voy ganando terreno. No lo veo, no necesito verlo. Su olor es intenso, puede distinguirse fácilmente entre los demás aromas del bosque.

Al saltar por encima de un matorral atisbo por primera vez mi presa. Su pelaje es pardo, un poco más claro que el mío, lo suficiente para contrastar con la negra superficie de la arteria de alquitrán que divide en dos nuestro hogar. Ya casi lo tengo. Un par de zancadas más y cumpliré mi deber como depredador de la naturaleza.

Súbitamente, al comenzar a cruzar sobre el asfalto, algo me ciega. Los dos deslumbrantes ojos de una de esas bestias de metal se acercan rápidamente. No consigo reaccionar y recibo el golpe en mi pata izquierda.

Mi lamento se expande por el aire nocturno mientras el monstruo se aleja sin siquiera aminorar la marcha. El conejo me lanza una última mirada burlona desde el otro lado, antes de alejarse en dirección a la laguna.

Tengo que salir de aquí. Podría haber más de aquellas temibles bestias, cuya letalidad aumenta a medida que se hacen cada vez más silenciosas.

Con enorme esfuerzo y dolor consigo ponerme en pie y mantenerme sobre mis tres patas medianamente sanas. Y me oculto entre la maleza, hacia la oscuridad.

No consigo reprimir algún aullido lastimero, pero no me detengo. El sabor de mi propia sangre me inunda la boca y cada vez siento más frío y cansancio.

Llego a un claro. Este podría ser un buen lugar para tumbarme un rato y descansar.

Escucho a los hermanos de mi manada llamándome. A todos: los pasados y los presentes.

Yo les respondo: “Estoy aquí” y me doy cuenta de que ya no me duele nada.

Es una sensación como no he experimentado antes. Corro al tiempo que me elevo. Mi pata está perfectamente y, por primera vez, contemplo el mundo por encima de las copas de los árboles.

Veo a mis hermanos acercándose al claro. Mis ancestros aúllan como uno solo a la luz de la luna y yo me reúno con ellos. Me despido de la vida y a mis hermanos les digo: “Hasta la vista, soy uno con el viento”.

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Buen gusto

Por: Álvaro Fernández

Buen gusto, lo que se dice buen gusto.

¿Quién lo define?

¿Hay normas que establezcan el buen gusto?

Dalí decía que era sencillo reconocer a una persona con buen gusto porque la alfombra debería combinarle con las cejas.

Tengo placeres que horrorizarían a más de uno, pero también —por qué no—  darían ganas de probar o celebrar la coincidencia.

La decencia de aquél es escándalo en el paladar del hipócrita.

Es picante y dulce. Es el lunar que succionan los infames, el ácido que los atraganta, el bocado que chupan sin digerir. Es el reflejo del espejo que no aceptan, su proyección personal de lo prohibido, los ojos que no se atreven a mirar.

No les gusta.

Hay buenos gustos que definitivamente no me gustan.

¿Protocolo?

Sí. Lo interpreto con tolerancia y hasta lo disfruto con gusto, siempre y cuando no sea en exceso. Me empalaga, como mucha de la literatura que consumo a diario.

“Hasta los papeles que hay en el piso”, como sugería Cervantes.

Y así voy.

Leyendo buenas historias mal contadas, y auténticos bodrios, que de lo bien escrito que están, dan ganas de volver a leerlos.

También están los poemas. Las metáforas a mano armada, las imágenes desempolvadas, los sonetos usurpados y las rimas patrimonio de la humanidad.

Porque verso sobra, lo que faltan son poetas.

La subjetividad tiene esa magia: nos da la razón a pesar de ser opuestos. Aunque vos blanco y yo negro. No importa. Los dos la pegamos con el color, los dos dimos en el blanco, dimos en el negro.

Tu verdad es igual o más absoluta que la mía.

Pero hoy no…

Por eso ese cuento, ese relato que a vos te partió la cabeza, o ese poema que iluminó de abstractos tu alma soñadora, para mí es una auténtica porquería.

Y viceversa, claro.

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Recuerdos

Por: Carolina Peña

Sigo preguntándome cómo estás, sí tan sólo pensaras en mí de la manera en la que yo lo hago. Sí aún queda algo del inmenso amor que nos profesamos. Sí aún se acelera tu corazón al escuchar mi nombre tal como lo hace el mío cuando escucha el tuyo.

Ha pasado más de una década desde que te fuiste y aún no logro olvidarte, ha sido imposible sacarte de mi mente; de mi corazón.  Sigo anhelando tus besos y tus caricias; tan dulces como el cáliz y tan frescas como la tinta en el papel, tu sonrisa; esa que le daba luz a mi vida, tan brillante y esplendorosa como ninguna otra, tu cabello; un bosque de rizos en el que me perdía intentando explorarte, tu boca; la única que despertó en mí mucho más que fuego, aquella que me llevó al borde de la locura tantas veces.

Recuerdo todo de ti; el tono de tu voz y la suavidad de tus “te amo” en mi oído. Recuerdo el sabor de tus labios y tu piel. Es un acto de masoquismo recordarte,  pero al recordar tu risa y tu mirada mis días dejan de ser grises, sin embargo… los recuerdos duelen.

Podría intentar olvidarte, pero eso es tan doloroso como si laceraran mi corazón porque mi piel aún está impregnada con tu olor; como a fresas silvestres y libertad. Si, libertad porque cuando estuve a tu lado jamás me sentí cautivo. Tu amor era mi oxígeno. Y mentiría sí digo que no fuiste importante cada vez que me preguntan por ti, mentiría sí te digo que ya no te amo y lo haría otra vez sí dijera que ya no significas nada para mí. Y mentir duele, duele más que la verdad. Sí fingir amor es difícil, no quiero imaginar la idea de tener que fingir olvido. Sí buscaran en el diccionario el antónimo de la palabra olvidar, seguramente tu nombre estaría allí. Eres como ese libro que he leído mil veces, del cual conozco todos los detalles, pero que aun así jamás dejaría de sorprenderme. Eres hielo y fuego, tristeza y alegría, atardecer y amanecer, sol y lluvia… Tú eres todo y nada.

Puedo decir quién eres sin omitir detalles. Decir que odias que las personas te llamen por tu primer nombre, que te encanta el chocolate y que jamás te gustaron los champiñones. Puedo mencionar que tu sonrisa es tan blanca que contrasta perfectamente con el rojo de tus labios, dándole a tu rostro sensualidad y picardía.  Y no estaría de más decir que preferirías morir antes de lastimar a un animal o de romper un libro. Podría quedarme aquí escribiendo sobre ti, sobre tu tersa piel o las maravillosas curvas que tiene tu cuerpo. Podría sentarme horas a hablar sobre tu belleza, sin embargo, ninguna pieza de papel sería suficiente para plasmarla.

¿Qué sí recuerdo el día en que nos conocimos? Si, por supuesto que lo hago, o tal vez tan sólo recuerdo la manera en la que te sonrojaste cuando dije que eras hermosa.

O quizá solo tengo en mi mente el momento en el que te  besé por primera vez, el delicado roce de tus labios con los míos y las punzadas de electricidad que se extendieron por todo mi cuerpo, el leve temblor de tu cuerpo en mis brazos y la bella sensación de tener alguien como tú a quien aferrarme.

Hoy escribo todo esto porque no quiero olvidarte, quiero inmortalizarte, que todo el mundo vea cómo te veo yo a través de mis ojos. No quiero olvidarte nunca porque es la única manera de poder revivir los momentos que pasamos juntos una y otra vez. Creo que no sólo es que no puedo olvidarte, es que no quiero, y tengo muy claro que querer es diferente a poder. Olvidarte significaría perderte; perderte para siempre. Y créeme no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

*******

 El otro día caminaba por el parque observando los frondosos árboles y te vi. Estabas tan hermosa como la primera vez, en esta ocasión llevabas un vestido corto de flores, unas sandalias de tacón y tu bella sonrisa puesta. Me quedé congelado al verte y podía escuchar el eco de los latidos de mi corazón. No estabas sola, estabas con él, quien ocupó mi lugar, quien te dio lo que yo jamás pude. No sentí rabia ni celos porque sabía que estabas feliz; que lo estabas sin mí. Al marcharme, no pude evitar mirarte una vez más, grabarte en mi mente, así, con sonrisas en lugar de lágrimas, con esperanza en tus ojos en lugar de tristeza. Caminé con la cabeza gacha y una lágrima rodó por mi mejilla, la enjugué con mi pulgar, y supe que ningún sufrimiento podría compensar el daño que te hice.

Te pido perdón por lastimarte, por romper tu corazón, por jugar con tus sentimientos, por no amarte como lo merecías. Te pido perdón por no curar tus heridas aun cuando pude hacerlo. Pido perdón por no ser lo qué necesitabas. Sé que nunca será suficiente y que es tarde, pero tan sólo al perderte me di cuenta de tu valor, del amor que sentía por ti, ese que jamás te entregué por miedo, por cobardía…

Y al grabar estas palabras en el papel lloro, lloro porque no aproveché la enorme fortuna de haberte encontrado. Lloro porque tan sólo a unos pasos de la muerte pude realmente apreciar el tesoro que tuve a mi lado, aquel que dejé escapar por ir en busca de más. La muerte llama a mi puerta, sé que está cerca, puedo sentirla, el hielo recorre mis venas, tengo miedo, miedo porque no sé qué me espera más allá, pero sobretodo, miedo de no toparme contigo en mi próxima vida. Ya casi llega, mi fin está cerca, intentaré llevar esta carta conmigo, ya sabes, para recordarte allá, en lo lejano, donde te esperaré. Una densa oscuridad se posa tras mis ojos, creo que ya llegó, es hora de partir hacia un viaje sin retorno.

Allí está mi cuerpo inerte con una pluma en una mano y un pergamino en la otra con sus ojos cerrados y su piel pálida y languidecida.

Adiós o mejor, hasta luego.

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Tras el cristal, la lluvia – Primera parte

Por: Samuel J. Noé

PRIMERA PARTE

Ella tenía que hacer esfuerzos para acompasar sus pasos a los de él. Sus piernas eran más cortas, sin embargo, andaba más rápido. Cuando se daba cuenta ya se encontraba dos o tres pasos por delante. Entonces, con disimulo, ralentizaba su paso y volvía a intentarlo. Izquieeerda, dereeecha, izquieeerda, dereeecha. Se podría decir que los movimientos de él eran de elefante y los de ella de lagartija. Le resultaba dificultoso adoptar una manera de caminar tan pausada y uniforme. Le dio la impresión de que los pasos de él estaban calculados. Cada uno de ellos. En cada paso avanzaba la misma distancia que en el paso anterior y la misma que en el paso siguiente. ¿Cómo podía hacerlo? Ella no se veía capaz. El afán de controlar sus pasos la llevaba a dar, inconscientemente, pequeños saltitos, simulando el avanzar de un caballo en un tiovivo.

Lo miró de soslayo. Tenía la vista fija en el frente y parecía no estar pendiente de la situación. Si ella hubiera podido observar su rostro con detenimiento habría percibido un pequeño movimiento en su ojo izquierdo. Un leve temblor espasmódico en el párpado que él trataba de controlar, sin éxito, evitando pestañear con demasiada frecuencia y abriendo los ojos un poco más de lo habitual.

A ella no le habría molestado.

–¿Qué tal le va el trabajo, Jesús? –se aventuró a preguntar. Al escuchar su propia voz salir de su cuerpo notó una extraña sensación.

Él esperó unos segundos antes de responder.

–No me hables de usted, que me haces más viejo.

Ella soltó una risita nerviosa.

–¿Qué tal te va el trabajo, Jesús? –dijo con una voz impostada.

–Bien, como siempre.

Se preguntó si él también se encontraba nervioso, si ese andar tan monótono respondería a una intención de aparentar tranquilidad.

Siguieron andando en silencio. A Jesús no le importaban los silencios, pero para ella eran trágicos. Como si cada minuto que pasaran sin hablar fuese una derrota. Su mente bullía incansable imaginando posibles temas de conversación. Volvió a mirarlo de reojo y observó que apretaba los músculos de la mandíbula. Visualizó la situación desde fuera y le resultó cómica. Eso la tranquilizó un poco. Al fin y al cabo, se podía esperar que Jesús no empezase una conversación de cortesía para romper el hielo.

–¿Sabes que terminé de leer El desdén, con el desdén?

–Ah, ¿y qué tal? –Jesús seguía mirando al frente.

–Me ha gustado. Está muy bien –mintió.

Se cruzaron con una mujer de mediana edad que llevaba de la mano a un niño pequeño. La mujer saludó a Jesús con cortesía. Este apenas la miró, le devolvió el saludo y retomó, raudo, la conversación.

–¿Te fijaste en los saltos temporales?

–Sí, sí, me gustó mucho, todo en general –mintió de nuevo.

Jesús sabía que no se había apercibido de ellos. A él le gustaba mucho esa obra.

–¿Recuerdas la regla de las tres unidades del teatro? –le preguntó, haciendo evidente que no se había creído su respuesta.

–Acción, lugar y tiempo –respondió, seca. El tono brusco de Jesús la había incomodado.

–Moreto respeta dos de ellas: acción y lugar. No así la de tiempo. Para esta sigue la recomendación de Lope de Vega. ¿Recuerdas la transición del primer al segundo acto? –Jesús la miró por primera vez desde que habían empezado a caminar–. Hay un salto importante. Es curioso, un escritor de la escuela de Calderón siguiendo una idea de Lope. Un claro ejemplo de la influencia de este –La expresión de Jesús mostraba un rostro más relajado.

Ella asentía con la cabeza. No sabía qué era peor, si soportar los incómodos silencios o un monólogo acerca de teatro barroco español. Le asaltaron dudas sobre si había sido buena idea quedar, pero se acordó de una película que había visto hace algunos años: ¿En qué piensan las mujeres? En ella, Mel Gibson, después de un accidente, puede escuchar los pensamientos de todas las mujeres. Le entró un escalofrío y apartó esa idea de su cabeza. No quería que Jesús se marchase, así que decidió dejarle terminar.

–Y una cosa muy importante. ¿Viste que no hay ningún elemento innecesario en la obra? Todo lo dispuesto contribuye en la trama. Para que veas, el arma de Chéjov ya estaba inventada más de doscientos años atrás.

Ella no sabía qué era el arma de Chéjov. Le molestó un poco que Jesús hablase dando por hecho que entendía todo aquello que él decía. No sabía si él era consciente de eso y aun así no le importaba o es que en realidad no se daba cuenta.

Pasaron por un puesto de castañas. Ella se quedó mirando; le encantaban. Cuando era pequeña, su madre solía comprarle un cucurucho de castañas cada vez que salían a pasear en invierno. Le gustaba el olor, el sabor, el calor que le aliviaba el frío de las manos, todo.

–¿Te gustan?

Ella recibió el cambio de tema con alegría, tanto que le respondió con una sonrisa desmedida.

–Mucho.

–Vamos a comprar.

Ella dudó. No quería comportarse como una niña pequeña.

Horas antes de salir de su casa había ensayado cómo comportarse para dar una apariencia de mujer interesante. No debería mostrarse demasiado alegre ni demasiado risueña ni moverse demasiado. Todo en ella sería comedido, decidió. También tenía intención de parecer enigmática y, para eso, nada mejor que hablar poco y sugerir serenidad, e incluso una pizca de altivez.

No sabía si un simple cucurucho de castañas podría bastar para acabar con la imagen que quería dar. «¿A Jesús le gustarán las castañas? –pensó–. No hay muchas personas adultas que compren castañas en la calle». Era imposible saberlo. No conocía nada de su vida aparte de su pasión por la literatura. ¿Cuál era su rutina? ¿Cuáles sus gustos? Se entristeció al pensar que ella se empeñaba en proyectar una imagen de persona misteriosa y él, en cambio, lo era de manera natural.

            –¿A ti te apetece?

            Jesús no pudo evitar pensar en su hijo, Rubén. El nombre le sonó impersonal. Rubén. Lo sintió ajeno, poco familiar. Como aquellas veces en las que una palabra de uso ordinario se deforma hasta que su pronunciación causa extrañeza. Rubén. Ru-ben. Rrruuubbbeeennn. Rubenrubenrubenrubén. Rubén.

Recordó un día de Navidad, hace años, en el que él y su mujer, Ana, salieron a dar un paseo con su hijo, como acostumbraban a hacer cada domingo. A Rubén le gustaban mucho las castañas. Ese día, su madre le compró un cartucho, peló una y se la dio, pero Rubén la rechazó y pidió pelarlas él. Ana no le prestó atención y siguieron paseando, gesto que provocó un enfado de Rubén y un posterior llanto. Ana se excusó recriminándole su ineptitud. Rubén miró a su padre; sus ojos estaban húmedos, llenos de impotencia y rabia contenida. Ante los sollozos de su hijo, Jesús decidió sentarse con él en un banco y, con paciencia, explicarle paso a paso cómo se pela una castaña. Los deditos torpes de Rubén no acertaban a quitar la cáscara de una sola vez, y como las castañas estaban calientes, se quemaba los dedos y se soplaba las manos por turnos. La izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha. Ana miraba con atención sin pronunciar palabra. Rubén tardó cinco minutos en pelar una castaña completa. Cuando lo consiguió, alzó el brazo mostrando a sus padres la castaña, libre de cáscara. Un triunfo. Jesús le felicitó y le pasó la mano por la cabeza, despeinándolo. Finalmente, Rubén consiguió pelar todas las castañas él solo.

–Sí, sí me apetece –respondió Jesús esbozando una sonrisa. Las arrugas que se le formaron en las comisuras de los labios le daban un aire cálido y sereno.

Compró un cucurucho y reanudaron la marcha. Él sostenía el cucurucho, de modo que cuando ella quería una castaña tenía que acercar su mano a él para cogerla. Cada vez que tomaba una, lo miraba y sonreía. Se encontraba más tranquila. Jesús se preguntó si a su hijo aún seguirían gustándole las castañas. Ambos siguieron caminando, alejándose del puesto de castañas. Él con su paso regular, ella intentando acompasar su paso al de él.

De repente, una gota cayó en el cristal de las gafas de Jesús.

–Parece que va a llover –dijo, y antes de terminar la frase empezó a caer una tromba de agua.

–¿Has traído paraguas? –preguntó Jesús, alzando la voz.

–¡No! –gritó ella cubriéndose la cabeza con sus brazos y mirando hacia los lados, buscando un lugar donde refugiarse–. ¡No sabía que iba a llover!

Jesús la cogió de la mano y empezó a correr tirando de ella.

            –¡Vamos!

Alba corría tras Jesús y miraba cómo la agarraba. Era la primera vez que se tocaban, ni siquiera se habían rozado casualmente antes. Sintió los dedos de Jesús gruesos y ásperos. Pensó que no habría adivinado que esas manos pertenecían a un profesor de literatura. Le apretaba tan fuerte la mano que sintió mucho calor en los dedos y le empezaron a doler los nudillos, pero no le importó. Tampoco le importó que la lluvia le arruinase el peinado y el poco maquillaje que llevaba. A lo largo de la acera se habían formado grandes charcos de agua que Jesús intentaba esquivar con desigual fortuna. Pasaron deprisa delante de una multitud de personas que se agolpaban bajo una parada de autobús, afanados en resguardarse de la lluvia torrencial. Jesús se distrajo un instante y casi se choca con una pareja que corría en dirección opuesta y llevaban los abrigos por encima de sus cabezas. Ella iba ajena a todo; aferrada a su mano, dejaba que Jesús la guiara.

Corrieron unos minutos esquivando personas y charcos. Jesús se metía por calles estrechas y giraba brusco sin previo aviso. La escena era divertida para ella, hasta que Jesús se detuvo en seco.

–Aquí es –Jesús separó su mano con brusquedad–. Pasa.

Entraron. El bar estaba lleno de gente que se resguardaba de la lluvia y el olor a humedad era intenso. Jesús la invitó a sentarse en la única mesa que quedaba libre. Una mesa pequeña con dos taburetes, uno enfrente del otro, pegada a una cristalera enorme que separaba el bar de la calle. Jesús se dirigió a la barra y ella tomó asiento. A través del cristal observó la calle engalanada con las luces de Navidad. Este año el ayuntamiento había escogido unas luces con forma de velas de diferente tamaño y grosor que se encendían intermitentes. Por mucho que las miraba, no lograba encontrar una secuencia. Dedujo que debía ser aleatoria. Algunos balcones estaban decorados. Unos eran elegantes y otros no tanto. En el edificio de enfrente, un balcón del primer piso estaba adornado con un manto rojo oscuro con los bordes dorados. En el centro había un dibujo del niño Jesús. Ese le gustaba. En el mismo edificio, en el tercer piso, había un balcón adornado con decenas de lucecitas de muchos colores que se encendían y apagaban muy rápido y llamaban demasiado la atención. Colgados del mismo balcón, tres muñecos de los reyes magos. Ella sentía más simpatía por Papá Noel. Le parecía más bonachón. Recordó a su abuela preparando la comida de Nochebuena. Le daba tantas vueltas a la cabeza valorando tantas cenas posibles que siempre se le echaba el tiempo encima. Al final, todos los años hacía lo mismo: besugo al horno y leche frita de postre. «Hoy habría salido, con prisas, a comprar la comida», pensó. La echaba mucho de menos.

–¡Alba!, ¿qué vas a tomar?

            Alba se giró con rapidez. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Sintió un escalofrío que la devolvió al mundo real. Pidió una cerveza y Jesús un vaso de vino tinto. Alba no solía beber cerveza, pero, después de comerse las castañas, había decidido no pedir una Coca-Cola por temor a parecer una cría. Pensó que resultaba curioso que Jesús la hubiese cogido de la mano antes de pronunciar su nombre.

El bar le pareció un sitio confortable. Al fondo de la barra había una estantería con decenas de botellines vacíos de diversas cervezas. Las paredes estaban abarrotadas de reproducciones de cuadros famosos. Los había más grandes y más pequeños, cuadrados, redondos, rectangulares. Alba intentó reconocer alguno sin éxito. El sitio era alternativo, «quizás demasiado para Jesús», pensó Alba. Dudó si era un bar frecuentado por él o lo había escogido solo porque había quedado con ella. De fondo, sonaba música a un volumen muy bajo. Alba tuvo que aguzar el oído para escucharla con claridad entre el murmullo de los clientes. Dedujo que era jazz. No entendía mucho de jazz. No le gustaba. Lo detestaba, de hecho. No podía comprender cómo podían existir personas que escuchasen una música que no tenía ritmo. Se imaginó un típico bar de jazz de los que salen en las películas, lleno de clientes blancos, con sombrero y bigote, disertando, en medio de una nube de humo, sobre la técnica de un saxofonista heroinómano.

Jesús puso la cerveza y el vino en la mesa y se sentó. Miró hacia el cielo a través de la cristalera.

–Vaya cómo llueve.

–¿Este era el sitio al que me ibas a traer? –preguntó Alba.

–Sí… ¿Por qué? ¿No te gusta? –respondió Jesús, removiéndose en su asiento.

–Sí, sí. Lo decía porque como nos ha sorprendido la lluvia, no sabía si habías improvisado el plan.

            –Este era el sitio –Jesús sonrió.

–¿Vienes mucho a este bar?

            –No suelo salir mucho, pero sí he venido algunas veces.

            –Son bonitos –Alba señaló la pared llena de cuadros que quedaba a la espalda de Jesús. Este se giró.

            –¿Verdad que sí?

            –Sí –respondió.

Los cuadros no le interesaban, solo quería iniciar una conversación.

–Mira –dijo Jesús señalando un gran cuadro en el centro de la pared–. ¿Ves ese de ahí, el azul grande? Se llama Impresión, sol naciente, de Monet. Es considerada la primera pintura impresionista. –Alba asentía mientras Jesús, que estaba girado observando el cuadro, hablaba–. Al inventarse la fotografía, ya no tenía sentido buscar la realidad al pintar, razón que impulsó a un grupo de pintores a dedicarse a buscar otros motivos en sus pinturas. En este caso es la luz. La luz y el color. Observa el color del cielo. Mira cómo desprende sensación de humedad –Alba pensó que en el bar había más humedad que en el aquel paisaje–. Es el primer movimiento pictórico en el que prima la impresión por delante de la copia. En su momento fue un verdadero escándalo, tuvo que soportar muchas burlas y desprecios –Jesús se volvió y bebió un trago de vino. Alba no sabía qué decir, así que siguió asintiendo.

–¿Y ese? ¿Lo conoces? –Se le ocurrió preguntar a Alba, que señalaba un cuadro al lado de la pintura de Monet.

–Eh…, no…, ese no –Jesús se ruborizó.

A Alba le hizo gracia la reacción de Jesús y tuvo que reprimir la risa. Jesús se había sonrojado y procuraba disimularlo bebiendo un trago de vino.

–Pues es muy bonito. Es el que más me gusta –dijo Alba.

El cuadro era No. 61 de Mark Rothko.

–¿Tú lo conoces? –preguntó Jesús en voz más baja de lo habitual.

–No…, pero puedo inventármelo –Alba apoyó los codos en la mesa y acercó su cara a Jesús. Este se acercó a Alba con los ojos muy abiertos. En su frente se formaron tres profundas arrugas. Alba empezó a hablar más despacio y en voz baja, teatralizando sus gestos–. El pobre Monet estaba desolado. Todo el mundo se había reído de su cuadro del barquito. Monet estaba convencido de que era por pura envidia, ya que él era el mejor pintor de la ciudad. No obstante, la opinión de que su barquito parecía una caca de paloma se instauró de inmediato en toda la población. Hasta su mujer le decía… ¿Cómo se llamaba Monet?

–Claude –respondió Jesús atento.

–Su mujer le decía: «Claude, cariño, no puedes ir por ahí pintando barquitos que ni se distinguen. Mira Velázquez, que pintó a la familia real hasta con perros y todo. Así no te vas a ganar la vida». Y es que a Monet le gustaba su cuadro. Quería que la gente entendiese su arte. Él erre que erre. Justificaba su pintura diciendo que no era un maldito fotógrafo y que habría sido mejor si algunos de los personajes del cuadro de Velázquez hubiesen salido con la cara tan borrosa como su barquito. Ya ni su mujer lo comprendía. Una persona incluso indicó que a lo mejor Monet quería pintar un paisaje realista, pero quizás sufría de miopía galopante –Alba hizo una pausa solemne y continuó con una voz más profunda–. Al cabo de un mes, uno de los críticos de Monet se encontró un cuadro en la puerta de su casa. Estaba firmado por un tal… François…, ¡François Tenom! –Gesticulaba histriónica Alba. Jesús soltó una carcajada–. ¡Qué maravilla de pintura! ¡Qué trazos! Pronto se lo enseñó a todos sus amigos pintores. Todos quedaron maravillados por aquella pintura tan vanguardista del enigmático François Tenom. La expectación acerca del pintor misterioso crecía por momentos. Sin previo aviso, apareció una nota en la que se anunciaba que el gran François llegaba a la ciudad a presentar su nueva creación. Todos enloquecieron. Cuando llegó el día, cientos de personas se congregaron para ver en persona al artista. En esto, apareció Monet y les dijo: «Señores, yo soy François Tenom. Criticasteis con vehemencia mi trabajo anterior, firmado por mí, y alabáis este, que no tiene ni barquito ni nada, pero está firmado por otro. Con esto queda demostrado que sois unos cochinos envidiosos» –Jesús no paraba de reír–. La gente se quedó perpleja y Monet dijo: «Os he impresionado, ¿eh?», y de ahí viene lo de Monet como padre del impresionismo –Alba se recostó en su silla.

–¡Fantástico! ¡Me ha encantado! –Aplaudió Jesús, con los ojos llorosos a causa de la risa.

Detrás de Jesús, un chico muy atractivo miraba fijamente a Alba. Ella le esquivó la mirada. Hacía seis meses que había conocido a un hombre muy parecido a ese. Un chico de una noche. De una tarde, en realidad. No tenía nada que ver con Jesús. Lo conoció en una discoteca. Hablaron poco, se cayeron bien y quedaron para tomar café al día siguiente. A Alba le gustaba más la cafetería de aquella cita. Apenas tenía decoración. Todo el local estaba pintado en tonos grises: las paredes, gris perla; las mesas, gris marengo; la barra, gris antracita. Le parecía elegante. El chico también le parecía elegante. Se fijó en Jesús. Vestía como un hombre de su edad. Por el hueco que dejaba el último botón de la camisa sin abrochar se asomaban algunos pelos negros y otros blancos. Se lo imaginó sin ropa. ¿Tendría mucho vello en el cuerpo? ¿Se mantendría en forma? Miró sus brazos. La camisa no le quedaba estrecha, no podía adivinar si se le notaban los bíceps. Al chico-de-una-tarde sí se le notaban. A él no le interesaba Mateo Alemán ni la literatura del siglo de oro, sin embargo, para Alba no era el típico guaperas de gimnasio sin cerebro. Le gustaba el deporte y la música. No era tan culto como Jesús, pero se podía mantener una conversación con él. Y también había que tener en cuenta el físico, claro, y el chico-de-una-tarde tenía un gran físico. ¿Por qué tuvo que inventarse una excusa para no quedar otro día? ¿Tan mal se lo había pasado? ¿No le resultó atractiva a la luz del día? Si bien sabía que esa era la mejor solución posible si quería evitar problemas, la intranquilizaba no saber cuál era el motivo para no querer verla más. Fuera cual fuese la causa, Alba no lograba apartar de sus pensamientos a ese chico.

Continuará…..

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