Recuerdos

Por: Carolina Peña

Sigo preguntándome cómo estás, sí tan sólo pensaras en mí de la manera en la que yo lo hago. Sí aún queda algo del inmenso amor que nos profesamos. Sí aún se acelera tu corazón al escuchar mi nombre tal como lo hace el mío cuando escucha el tuyo.

Ha pasado más de una década desde que te fuiste y aún no logro olvidarte, ha sido imposible sacarte de mi mente; de mi corazón.  Sigo anhelando tus besos y tus caricias; tan dulces como el cáliz y tan frescas como la tinta en el papel, tu sonrisa; esa que le daba luz a mi vida, tan brillante y esplendorosa como ninguna otra, tu cabello; un bosque de rizos en el que me perdía intentando explorarte, tu boca; la única que despertó en mí mucho más que fuego, aquella que me llevó al borde de la locura tantas veces.

Recuerdo todo de ti; el tono de tu voz y la suavidad de tus “te amo” en mi oído. Recuerdo el sabor de tus labios y tu piel. Es un acto de masoquismo recordarte,  pero al recordar tu risa y tu mirada mis días dejan de ser grises, sin embargo… los recuerdos duelen.

Podría intentar olvidarte, pero eso es tan doloroso como si laceraran mi corazón porque mi piel aún está impregnada con tu olor; como a fresas silvestres y libertad. Si, libertad porque cuando estuve a tu lado jamás me sentí cautivo. Tu amor era mi oxígeno. Y mentiría sí digo que no fuiste importante cada vez que me preguntan por ti, mentiría sí te digo que ya no te amo y lo haría otra vez sí dijera que ya no significas nada para mí. Y mentir duele, duele más que la verdad. Sí fingir amor es difícil, no quiero imaginar la idea de tener que fingir olvido. Sí buscaran en el diccionario el antónimo de la palabra olvidar, seguramente tu nombre estaría allí. Eres como ese libro que he leído mil veces, del cual conozco todos los detalles, pero que aun así jamás dejaría de sorprenderme. Eres hielo y fuego, tristeza y alegría, atardecer y amanecer, sol y lluvia… Tú eres todo y nada.

Puedo decir quién eres sin omitir detalles. Decir que odias que las personas te llamen por tu primer nombre, que te encanta el chocolate y que jamás te gustaron los champiñones. Puedo mencionar que tu sonrisa es tan blanca que contrasta perfectamente con el rojo de tus labios, dándole a tu rostro sensualidad y picardía.  Y no estaría de más decir que preferirías morir antes de lastimar a un animal o de romper un libro. Podría quedarme aquí escribiendo sobre ti, sobre tu tersa piel o las maravillosas curvas que tiene tu cuerpo. Podría sentarme horas a hablar sobre tu belleza, sin embargo, ninguna pieza de papel sería suficiente para plasmarla.

¿Qué sí recuerdo el día en que nos conocimos? Si, por supuesto que lo hago, o tal vez tan sólo recuerdo la manera en la que te sonrojaste cuando dije que eras hermosa.

O quizá solo tengo en mi mente el momento en el que te  besé por primera vez, el delicado roce de tus labios con los míos y las punzadas de electricidad que se extendieron por todo mi cuerpo, el leve temblor de tu cuerpo en mis brazos y la bella sensación de tener alguien como tú a quien aferrarme.

Hoy escribo todo esto porque no quiero olvidarte, quiero inmortalizarte, que todo el mundo vea cómo te veo yo a través de mis ojos. No quiero olvidarte nunca porque es la única manera de poder revivir los momentos que pasamos juntos una y otra vez. Creo que no sólo es que no puedo olvidarte, es que no quiero, y tengo muy claro que querer es diferente a poder. Olvidarte significaría perderte; perderte para siempre. Y créeme no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

*******

 El otro día caminaba por el parque observando los frondosos árboles y te vi. Estabas tan hermosa como la primera vez, en esta ocasión llevabas un vestido corto de flores, unas sandalias de tacón y tu bella sonrisa puesta. Me quedé congelado al verte y podía escuchar el eco de los latidos de mi corazón. No estabas sola, estabas con él, quien ocupó mi lugar, quien te dio lo que yo jamás pude. No sentí rabia ni celos porque sabía que estabas feliz; que lo estabas sin mí. Al marcharme, no pude evitar mirarte una vez más, grabarte en mi mente, así, con sonrisas en lugar de lágrimas, con esperanza en tus ojos en lugar de tristeza. Caminé con la cabeza gacha y una lágrima rodó por mi mejilla, la enjugué con mi pulgar, y supe que ningún sufrimiento podría compensar el daño que te hice.

Te pido perdón por lastimarte, por romper tu corazón, por jugar con tus sentimientos, por no amarte como lo merecías. Te pido perdón por no curar tus heridas aun cuando pude hacerlo. Pido perdón por no ser lo qué necesitabas. Sé que nunca será suficiente y que es tarde, pero tan sólo al perderte me di cuenta de tu valor, del amor que sentía por ti, ese que jamás te entregué por miedo, por cobardía…

Y al grabar estas palabras en el papel lloro, lloro porque no aproveché la enorme fortuna de haberte encontrado. Lloro porque tan sólo a unos pasos de la muerte pude realmente apreciar el tesoro que tuve a mi lado, aquel que dejé escapar por ir en busca de más. La muerte llama a mi puerta, sé que está cerca, puedo sentirla, el hielo recorre mis venas, tengo miedo, miedo porque no sé qué me espera más allá, pero sobretodo, miedo de no toparme contigo en mi próxima vida. Ya casi llega, mi fin está cerca, intentaré llevar esta carta conmigo, ya sabes, para recordarte allá, en lo lejano, donde te esperaré. Una densa oscuridad se posa tras mis ojos, creo que ya llegó, es hora de partir hacia un viaje sin retorno.

Allí está mi cuerpo inerte con una pluma en una mano y un pergamino en la otra con sus ojos cerrados y su piel pálida y languidecida.

Adiós o mejor, hasta luego.

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Tras el cristal, la lluvia – Segunda parte

Por: Samuel J. Noé

SEGUNDA PARTE

Se quedaron unos segundos en silencio. Jesús creyó ver, apoyada, al final de la barra, a una mujer que conocía y entornó los ojos para enfocar mejor. Alba entendió que Jesús quería otra copa.
–Mi turno –dijo Alba, que se levantó y fue hacia la barra.
Jesús no hizo ademán de levantarse de su asiento. Observó a Alba alejarse. Aún seguía teniendo el pelo mojado, lo que provocó que la camiseta estuviese mojada en una franja que recorría su espalda desde el cuello hasta la cintura. Movía las caderas con gracia al caminar. Tenía una cadencia particular. Sus glúteos subían y bajaban, danzarines, pero la redondez de su trasero era inmutable al movimiento. Apartó la vista y dirigió su mirada hacia la calle. Un anciano intentaba tirar al contenedor de basura un vetusto árbol de Navidad artificial, de tamaño mediano y ramas casi desnudas. El contenedor rebosaba bolsas de basura y el anciano no encontraba hueco para colocar su árbol. Después de varios intentos, lo depositó con cuidado a los pies del contenedor y se marchó.
Hacía muchos años que Jesús no celebraba la Navidad. Recordó la última que celebró. Su relación con Ana ya se encontraba sumida en la crisis y ninguno tenía ganas de festejos. Ese año dejaron que Rubén decorase, él solo, el árbol de Navidad. El día 25 de diciembre le regalaron una bicicleta sin ruedines. Rubén se alegró mucho, dio saltos de alegría y abrazó a sus padres con efusividad. Ana y Jesús no se miraron.
Más tarde, el mismo día, los tres salieron a dar un paseo para que Rubén estrenase su bicicleta nueva. Volviendo a su casa se encontraron de frente con un hombre. Ana se puso nerviosa y empezó a hablar con su hijo fingiendo que no lo había visto. El hombre fingió no conocerla y miró, aparentando naturalidad, hacia el lado contrario de la calle. Los dos buscaban camuflarse entre la gente. Pero Jesús no pudo reprimirse. Cuando pasó a su altura se abalanzó sobre él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. Él reaccionó rápido y ambos se enzarzaron en una pelea. Ana intentó separarlos, sin conseguirlo. Rubén, de pie e inmóvil, lloraba desconsolado viendo a su padre pelear con otro hombre. La gente se alejaba del foco de la pelea y se quedaba a mirar. Solo se escuchaba el sonido de los golpes y un sonoro murmullo. Nadie intervenía ayudando a Ana en su intento de separarlos. Jesús perdió la conciencia del tiempo que pasó peleando, solo recordaba revolcarse por el suelo, dar y recibir puñetazos. Finalmente, Ana logró separarlos. Rubén seguía sin moverse, con un llanto incontenible. Ese mismo día Ana tomó una decisión.
Una angustia repentina le subió por la garganta al descubrir que no recordaba con exactitud la cara de su hijo. Recordaba a Rubén saltar, abrazarle, llorar. Recordaba acciones, no imágenes. Recordaba verbos, no adjetivos.
Jesús miró a Alba, que regresaba con las bebidas. Se preguntó si su hijo haría buena pareja con ella.
–Está bonita la calle adornada para Navidad, ¿verdad?
–Sí –dijo Jesús–, muy bonita.
Alba se sentó. Pasaron unos minutos en silencio. Él pasaba la yema de su dedo índice por el borde de la copa de vino, trazando círculos. A Alba no se lo ocurrió un tema de conversación interesante, por lo que no tuvo más remedio que recurrir de nuevo a su trabajo.
–¿Qué tal van las otras clases? –le preguntó, sacando a Jesús de su ensimismamiento.
–Un poco liado preparando exámenes y trabajos.
–¿Sabes a qué escritor he escogido para hacer el trabajo de este cuatrimestre?
–Sorpréndeme.
–A Mateo Alemán.
Jesús no sabía qué pensar acerca de eso. Hacía una semana que había mandado hacer un trabajo a cada alumno sobre una obra en prosa de un autor, a escoger, del siglo de Oro. Estaba convencido de que la mayoría de los alumnos iba a escoger a Cervantes o a Quevedo. Él había expresado en clase varias veces su interés por Mateo Alemán y su obra Guzmán de Alfarache. ¿Por qué Alba había escogido ese autor? Esa pregunta no le gustó e intentó apartarla de su mente.
–No hablemos de eso. Cuéntame algo de ti –La exhortó Jesús de improviso.
–¿Qué? –El ex abrupto la había descolocado.
–Cuéntame algo de ti. No sé dónde vives, si tienes hermanos… Lo que sea. ¿Tienes animales en casa?
–Eh… –Alba tardó unos segundos en responder–. Sí, tengo un gato.
–Me gustan los gatos. Yo tuve uno. ¿Cómo se llama?
–Se llama Duda.
–¿Es gata?
–No, no. Es gato. ¿Qué le pasó a tu gato? ¿Murió?
–Se lo llevó mi mujer –dijo Jesús con una franqueza que a Alba le resultó incómoda.
–Lo siento. ¿Cómo se llamaba?
–No tenía nombre. Lo llamábamos Gato.
–Bueno, Gato ya es un nombre en sí –dijo Alba. Jesús entorno los ojos y perfiló una sonrisa.
–Hay gente que dice que las personas inteligentes prefieren los gatos a los perros –dijo Jesús.
–Nunca lo había escuchado. He de reconocerte que yo no escogí a mi gato, se lo regalaron a mi hermano hace años.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Solo ese; Pablo.
–Muchos grandes escritores tuvieron gato: Poe, Scott Fitzgerald, Hemingway, Cortázar… ¿Es mayor?
–¿Mi gato?
–No, tu hermano.
–Cinco años menor.
–¿Menor que el gato?
–¡No, menor que yo! –Alba rio.
–Ajá.
–Ahora está en la típica época rebelde y no le hace ningún caso al pobre gato.
–Claro, está en la edad.
–Sí.
–Duda es más nombre de gata que de gato, ¿no?
–No veo por qué.
–¿Quién escogió el nombre?
–Yo. ¿Por?
–Me desconcierta. Siendo una niña, lo normal es que lo hubieras llamado Manchitas, Pelusa o Bigotes –dijo Jesús. Alba soltó una carcajada.
–Ya ves, así soy yo.
–Me gusta –Jesús sonrió.
Ella bajó la mirada.
–Voy al servicio –dijo Alba levantándose.
En el servicio, Alba se miró en el espejo. Se inclinó para observarse con detalle. Su cara no le resultó familiar. Le recordó al cuadro que vio en el castillo de Skokloster, el año anterior, en el viaje a Suecia que hizo con sus padres. El país le gustó tanto que desde su vuelta guardaba el deseo de ir a trabajar allí en cuanto acabase la carrera. Para llegar al castillo tuvieron que coger un tren desde Estocolmo hasta Bälsta, y de allí un autobús hasta el castillo. Durante la hora que duró el trayecto creyó estar viviendo en un cuento. A un lado y a otro solo veía bosques frondosos. Le resultó muy curioso ver paradas de autobús en medio del bosque, sin rastro alguno de civilización, y a la gente bajarse en ellas y avanzar a través de los bosques con una expresión tan cotidiana en sus rostros que Alba pudo adivinar que lo hacían a menudo. El castillo, por dentro, parecía más bien un palacete, y aunque su decoración era muy untuosa, lo que más llamó la atención de Alba fue un cuadro de Arcimboldo en el que, con frutas y verduras, había compuesto el retrato de un emperador. Así veía su cara en ese momento. Allí donde antes estaban las mejillas, veía dos melocotones, suaves y con una leve pelusa blanca que se veía al trasluz. Notaba sus pómulos rojos y muy marcados. No eran pómulos, sino cerezas. Al maquillarse antes de salir de su casa no se había dado cuenta de las grandes bolsas que le colgaban bajo los ojos. Se acercó un poco más al cristal y notó que eran dos gajos de naranja. Los tocó; estaban blandos. Se acercó aún más, hasta casi tocarlo con la nariz. Los ojos le parecían dos pequeñas cabezas de ajo. Consideró que así era imposible resultarle atractiva a algún hombre. Recordó que sus amigas siempre le reprochaban que tuviese una autoestima muy baja. «Al fin y al cabo a casi todo el mundo le gusta el ajo», pensó, justo antes de que a su mente acudiese sin avisar la imagen de Saturno devorando a un hijo, de Goya, y le entrasen arcadas. Bajó la taza del váter y se sentó. Tardó bastante en salir del cuarto de baño.
Al regresar, Jesús estaba escribiendo en el móvil. En la mesa había una nueva ronda de bebidas. Cuando Alba se sentó, pudo leer de pasada «… esta noche». Jesús guardó el móvil. Alba pensó que el bar ya no olía tanto a humedad.
Siguieron hablando del hermano de Alba y de su gato. La conversación derivó a El gato negro de Poe, porque Jesús supuso que ese cuento le gustaría a Alba. Jesús siguió hablando sobre la vida de Poe y de ahí pasó a la literatura del Romanticismo. Habló largo y tendido sobre eso. Alba solo lograba escuchar fragmentos sueltos sin conexión. «¿Quién se acuerda de alguna obra de Lord Byron?», «… postrománticos como Bécquer y…», «¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir…». Alba dijo que ella se consideraba romántica, aunque pensaba que estaba pasado de moda, y Jesús le respondió que él no se consideraba exactamente un hombre romántico. Alba logró que Jesús hablase un poco sobre sus sentimientos y su vida pasada; su relación con su ex mujer y con su hijo.
–Se nota que quieres mucho a tu hijo –dijo Alba.
Él no respondió. Una mujer pasó a su lado y se tropezó con la pata de la silla, provocando que Jesús estuviese a punto de caer al suelo.
–¿Sabes qué? Creo que eres una persona sensible –continuó Alba.
–¿Por qué lo piensas?
–Creo que eres ese tipo de persona que parece dura, pero no lo es. Aparentas ser una persona seria y estricta. E insensible también, como si nada te afectara. Tú eres consciente de eso. Todos en la universidad tienen esa imagen de ti. La tienen porque tú la proyectas. La imagen de un hombre que no siente, recto en sus costumbres e inamovible en sus pensamientos.
–¿Tú pensabas eso de mí?
–Al principio sí. Luego noté que había algo más. Muchos hombres quieren dar esa imagen, pero es solo fachada. Pronto me di cuenta de que dentro de ti vivía el verdadero Jesús y cambié mi forma de verte. Quizás mezclé algo de realidad con mi imaginación, no lo sé. Ahora creo que eres alguien más sentimental, que cuida y se preocupa por la gente a la que quiere, una persona compasiva y buena. Siempre me recordaste… No te enfades, ¿eh? Siempre me recordaste a Bukowski. Tu apariencia es solo una coraza que te pones conscientemente para que no te hagan daño, para no sufrir. En realidad tú no eres insensible. Lo veo en tus ojos.
–Sabes que no me gusta Bukowski, ¿no? –Jesús sonrió.
–Me lo imaginé. No te gusta nada que haya existido después del siglo XVII –respondió ella en tono jocoso.
–Ahí te equivocas –Jesús la miró a los ojos y Alba se sonrojó.
Se fijó en la silueta de la cara de Alba. Trazó mentalmente una línea por su contorno. Las facciones de su cara eran suaves y armoniosas. Jesús imaginó su mano subir, con los dedos extendidos, por su nuca. La realidad y la ficción se mezclaron en su cerebro. Vio como sus dedos se perdieron entre los mechones de su pelo que, travieso, le provocaron cosquillas. Se asió a su nuca con firmeza. Con la otra mano, deslizó el dedo índice desde su frente hacia su nariz, llegando a sus labios y los bordeó, sin tocarlos. Se acercó peligrosamente a la comisura y sintió el calor leve de su aliento. Llegó a la barbilla y bajó muy despacio por su cuello. Notó que ella tragaba saliva. Subió por el lateral de su cuello y pulsó el lunar que lo esperaba, escondido, debajo de la oreja derecha, rozando su lóbulo con el pulgar.
–Me gustan tus pendientes.
–¿Ah, sí? –Se sorprendió Alba–. Gracias.
Jesús creyó verla más nerviosa que antes, como si hubiera podido adivinar sus pensamientos.
–Son originales –Estiró el brazo y tocó el pendiente, acariciándole el lóbulo de la oreja con su pulgar derecho.
–Me los regaló una amiga hace una semana –Alba se tocó el otro pendiente.
–Tienes unas orejas muy bonitas –dijo Jesús, que tardó un poco en retirar la mano.
–A mí no me gustan.
–¿Por qué?
–No me gustan las orejas que tienen el lóbulo despegado.
–A mí sí. Mucho más que las que lo tienen pegado, de hecho.
–Los hombres creéis que os dividís entre los que sois más de tetas y los que sois más de culo, pero realmente os dividís entre los que os gustan el lóbulo separado y los que no.
Jesús no pudo adivinar si lo decía en serio.
–Una vez leí que los hombres nos dividimos entre los que nos enamoramos de la Maga y los que no.
–¿Y tú en qué grupo estás? –preguntó Alba entornando los ojos.
–Con mi edad debería decirte que estoy entre los que no.
–Pero no es así, ¿verdad?
–No, no es así.
–¿Te ha pasado alguna vez? ¿Hubo alguna Maga en tu vida?
–Te mentiría si te dijese que no.
–¿Y no quieres encontrar otra Maga?
–La Maga no es tan maravillosa como parece, Alba. La literatura suele mostrar la vida sesgada. Enfoca retazos; buenos o malos, que no se corresponden con la totalidad del comportamiento, del pensamiento. Convivir con la Maga día a día genera muchos quebraderos de cabeza.
–¿Y prefieres llevar una vida monótona y aburrida?
–La vida real es aburrida –Jesús enfatizó el verbo es.
–No estoy de acuerdo.
–Mira los personajes de la novela. Oliveira solo puede existir en la ficción. La vida de Cortázar no ha sido como la de Oliveira. Ni siquiera ha sido como la de Morelli. La vida real es aburrida y los problemas suelen terminar mal, al contrario que en las novelas.
–No digas eso.
Jesús suspiró.
–Ya me dirás cuando tengas mi edad –le respondió.
A Alba le molestó el comentario y no se afanó en fingir normalidad. Giró la cabeza hacia la cristalera.
–Alba, tienes menos edad que yo. Es difícil que puedas encontrar una sola persona de mi edad que haya vivido más alegrías que tristezas. Es normal que yo sea más cauto que tú.
–Nadie aquí está hablando de cautela. Estamos hablando de vivir la vida o verla pasar ante tus ojos.
–Pero vivir la vida puede acarrear muchos problemas, Alba.
–La gente relativiza los problemas, Jesús. Aún recuerdo la frase de Woody Allen que nos dijiste en clase: «Una comedia es…
–… un drama con el paso del tiempo» –Terminó Jesús.
–Y Woody Allen ha tenido muchos problemas personales a lo largo de su vida.
–Al menos él ha tenido reconocimiento. Desde su posición quizás es fácil no ser tan pesimista.
–Siempre ves la parte buena de los demás, pero no la tuya. ¿Qué es lo que te hace ser pesimista? Dímelo.
–La existencia misma, Alba. El peso de la vida y el paso de los años. Vivir solo para trabajar, trabajar para comer y comer para no morir. ¿Acaso no es eso vivir para nada?
–Jesús, necesitas encontrar un motivo para ser feliz.
–Pero ¿qué motivo?
–Uno que dé un giro a tu vida, que te haga sentir ilusión y puedas levantarte por las mañanas con una sonrisa.
–Algo co…
–Tienes que encontrar a la Maga. A la verdadera Maga –interrumpió Alba.
–¿Tú crees que me conviene?
–Te conviene ser feliz. Eso es. Te conviene dejar los prejuicios a un lado –Estiró los brazos y envolvió las manos cerradas de Jesús con las suyas.
–Dime cómo.
Alba recordó su cumpleaños, una semana atrás. Marcos la llevó a cenar a un restaurante italiano. Era la primera vez en los dos años de relación que no se olvidó de su cumpleaños. No era un auténtico restaurante italiano, solo una mala y cara imitación. Por todas partes había candelabros de hierro forjado. Las servilletas eran de tela y estaban amarillentas. Alba las prefería de papel. El camarero se les acercó y adivinó que iban a pedir. A ella no le extrañó demasiado; de toda la carta, solo conocía tres o cuatro platos. También supuso que no tenían pinta de ir con asiduidad a cenar a un sitio caro y que el camarero ya se habría encontrado con muchas parejas jóvenes iguales a ellos. Durante la cena, Marcos le regaló unos pendientes. A Alba le molestó la interrupción porque se enfriaron sus espaguetis, pero no lo manifestó. Miró a Marcos a los ojos y le dijo que lo dejaba. Sin lágrimas. Él respondió que se lo esperaba, aunque no era cierto. Después llegaron las explicaciones, las excusas y los reproches. Alba no se encontraba triste ni enfadada y desconocía el motivo. No se terminó sus espaguetis y se marchó, llevándose los pendientes.
–Solo tienes que dejarte llevar, Jesús.
–Eso es fácil de decir –contestó con pesar.
Alba inclinó su cuerpo hacia delante y entrelazó sus dedos con los de Jesús.
–Eres un hombre muy interesante.
–Alba… –Jesús notó que perdía el control de sus pensamientos y se le humedeció la vista.
–Mira aquellos chicos –Alba señaló con la mirada una pareja de jóvenes sentados ambos al mismo lado de la mesa, al final del bar, muy juntos. Estaban leyendo un cómic. El chico pasaba las páginas y ella apoyaba su cabeza en el hombro de él–. ¿Crees que piensan en el qué dirán?
–Ellos lo tienen más fácil, Alba.
Ella sonrió, compasiva.
–Mírame –Jesús no la obedeció–. Mírame, Jesús.
Los dos se miraron en silencio. De fondo, el murmullo de varias conversaciones en el resto de mesas del bar ahogaba la música jazz. Alba apretó las manos de Jesús. En el exterior, las gotas de lluvia repiqueteaban incesantes en la cristalera; mientras, los balcones adornados esperaban que llegase Navidad.

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Otra vez 15 de abril

Por: John Sebastián Castrillón Correa

Aquí estás, 15 de abril, ¿me herirás como la última vez? Te recuerdo muy bien, y mucho más lo que en ti viví.

Recuerda, sí, hazlo, recuerda la última vez que llegaste. Claro, ahí me ves; por supuesto, se me notan las ansias. Mira el rostro palidecido, pero que sonríe y se sonroja al son de un pensamiento. Mira la ropa: más lustrada no pudo haber existido. Huele, sí, hazlo, huele el fino perfume reservado para la ocasión; huele el sudor que se mezcla con él. No te olvides de aquel tonto papel que llevaba en mis manos. ¡Pensar que árboles y pulpos fueron triturados para brindarme papel y tinta y lograra escribir lo que habría de ser mi sentencia de muerte!

¿Recuerdas el largo viaje que tuve que hacer? Obviamente lo haces. Allí lo ves: todo un recorrido; un completo calvario. Lo recuerdo como el camino en el que yo dejaba de ser yo, y me entregaba al pozo sin fin en el que me encuentro.

Mira los ojos alegres y vivos que no sabían de maldad o traición; mira cómo se pierden en bastos lugares desconocidos por la raza humana. El éxtasis y lo que los griegos llamaban hybris estaban allí.

Sé valiente y sigue mirando los hechos; deja la cobardía y observa con el mismo placer morboso que tuviste aquella vez.

Mira al joven enamorado; ve la estupidez que cometerá.

Ahí está el texto: no tiene una sola falla, pues el joven se percató de haberle dedicado las suficientes lunas y soles para que en él no existiese la mácula. La esperanza de su existencia se hallaba en aquel texto; no dudó en hacer su mayor, y más vano, esfuerzo.

¿Aún puedes acordarte de mí cuando lo entregué? ¡Claro que sí, mísero burlón! Ve fijamente, sí, ahí se pasan de unas manos a otras los siete párrafos perfectamente escritos; ahí se van los Siete Grandes que no habrán de recibir ni la más mínima prueba de gratitud.

El joven sonríe decentemente después del rechazo, pero puedes ver cómo los colores de la escena parecen mezclarse con ácido, y se van derritiendo mientras espumean para pasar a tonos otoñales y terminar en escala de grises.

La muerte había venido en forma de rechazo y obtuvo sus ojos.

¡Mira, mira al hombre joven cómo envejece y se queda sin alma; mira cómo pierde la lámpara que encendía su ser!

Ahora le ha llegado la noche, y las tinieblas le han sofocado hasta las lágrimas. Ve cómo pierde sus fuerzas y se reduce a casi un cadáver maloliente; mira la ropa cómo se destiñe para luego desintegrarse.

¡Oh, destructor imperante, ¿cómo te atreviste a abatir a un alma así? Ya no importa, ya no importa.

Hoy estás aquí de nuevo, 15 de abril; mira las cenizas que quedan de mi ser cómo vuelan, sin sentido, tratando de encontrarla; mira mis moléculas restantes perderse rumbo a la nada.

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Marcas amarillas

Por: Loreto Liz (Lilith)

Yo creía que de tu paso por mi vida
no quedaban señales,
creía esto porque apenas recuerdo
ni el porqué de que te fueras,
pero se ve que en realidad impregnaste mi interior
como el humo a los pulmones,
porque ahora que te veo de nuevo
aparecen nuevas marcas,
como las que dejan los cigarrillos
en el borde del lavabo
de los bares en que nos besamos.
Marcas que no salen aunque frotes,
que pasan del ocre al malva, lo mismo
que las ojeras que me produce
pensar en ti demasiadas noches,
en las frías calles de noviembre,
en los domingos de la mano,
en aquella última tarde en que decidimos
que ya no nos amábamos.

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Recuerdos de arena y sal

Por: Matteo Barbato

Recuerdo estar frente al mar
entre el son de las olas
y el vaivén de la conciencia,
en un territorio sin fronteras
hablando con su melodía sin verbo,
oyendo resonancias
que sobreviven a las distancias.

Recuerdo el sol desnudo caerse
y el mar de sombra vestirse
en un bucle de amor
que acariciaba mis pies
en un paseo de orilla y luna.

Recuerdo agradecido
los pensamientos escurridizos
que volaban con la brisa,
los abrazos abandonados al agua
y la transparencia de la calma,
aquella blanca espuma
que te cubría con sus huellas,
y la marca de tus pies
que la mano del mar borraba
junto a la orilla.

Recuerdo de aquellos días de amor,
tejidos y después desechos
como el olor del mar,
aquel cántico de aguas sedosas,
aquellas canciones de sentimientos y estrellas,
aquella espiral de cielo y marea
que suspiraba silenciosa.

Y hoy
vestido de agua y de recuerdos,
—como si me bañase en su literatura—,
entro en el abismo de una mirada sin idiomas,
en la biblioteca del corazón de las aguas,
llena de rincones y respuestas,
y vuelvo a recordar
como el mar me bautizó al amor
junto con la sal de su tierra.

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El jardín de la nostalgia

Por: Pablo León Alcaide

Siento la extraña obligación de regar este jardín y, por malos recuerdos que me traiga, no dejar que se marchiten estas flores. Fue aquí donde papá cogió su pistola y tiñó los narcisos de color carmesí, supongo que que es la sensación de que parte de él se ha quedado entre sus tallos.

Mi padre había sido soldado y aunque llevaba varios años retirado, me confesó en secreto que había traido la guerra con él a casa, que por más que bebía en el salón, no lograba zafarse de ella.

-Es duro perder a tus compañeros y amigos, y se que algún día pasaras por eso, pero rezo a Dios para que jamás debas encañonar a un niño con tu arma, da igual si el te está apuntando con la mirada alienada.

Solía venir al jardín y pasaba las horas construyendo juguetes y arreglando el columpio del arbol una y otra vez, sin importar que ni mi hermana ni yo tuvieramos ya edad para jugar, el sólo quería mantenernos a salvo y evitar a toda costa que crecieramos… Lo cierto es que echo de menos aquello, despertar los fines de semana con su voz cargada de café sugiriendonos ir a pescar al pantano, ahora ya nunca voy por allí, no puedo.

En la familia solían murmurar que papá siempre había estado loco, que solo un demente escogería ese tipo de vida dejando en casa a su muer y sus hijos sin mayor amparo, especialmente la tía Elena:

-Debería haberse preocupado más por su familia y no por la de otros.

Vieja amargada… Mamá se había enamorado de él con galones en la camisa y muchos sueños en la cabeza, y el lo dio siempre todo por dejar un futuro mejor a su familia, eso es algo que nosotros sabíamos, siempre estuvimos orgullosos de su esfuerzo, y jamás olvidaba un cumpleaños, por muy lejos que estuviera.

Sin embargo hizo cosas horribles, era su deber y no le permitian cuestionar nada de lo que se le encomendaba desde arriba, “jerarquía y deber”, el precio por tratar de construir un mundo más seguro donde poder estar, ¿Valía la pena?. Despues de Senegal ya nunca lograba descansar, dormía a base de pastillas y se despertaba aterrorizado a media noche, creyendo que ninguno de nosotros le oía.

En los últimos días, solía confesarse con mamá en la cocina mientrasn osotros desayunabamos en el salón, suspiraba y le preguntaba de qué había servido todo lo que hicieron allí cuando encendía la televisión y veía que todo seguía igual, hileras de cuerpos maltratados e inertes a las puertas de cualquier edificio.

No considero que fuese un heroe por lo que hizo en aquellos paises o en este, pero se que vivió con una sombra que los demás no podrían ni imaginar, que sacrificó tanto de sí mismo para que otros, nosotros, solo experimentaramos el horror de la guerra cuando encendieramos la televisión.

Me siento aquí, ante el jardín y me pregunto por qué no logrué hacer que se encontrara a salvo entre nosotros, traerle una taza de café al porche, ayudarle a reparar algo o dejarle ganar al ajedrez; esta no es la partida que quería perder.

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Intervalo

Por: Virginia Tello

Aquellos soliloquios susurrados de tiempos remotos trajeron de nuevo a tu hogar deseos de lugares lejanos que alumbrados están. La reminiscencia de la borrasca denotaba sabor antiguo en papeles guardados en el desván, el espejo escondido refleja la época en donde los vestidos llegaban a los talones y los reinos dominaban la tierra.

En el otro extremo llegaba a nuestros oídos reverberaciones de un lugar de números distantes, mientras tu reflejo en la ventana está, con sus marcos oxidados, rendidos y olvidados vendían imágenes de tu presente.

Tus arrugas expresan senderos de piel estirada con recorridos de palabras mutuas de otro feudo. Mis manos no existen aún pero la sensación de ausencia la sientes, viajes en líneas de diferentes lapsos se acurrucan en el recóndito lugar de tus recuerdos.

Los tiempos nos separan y la máquina que nos llevó al punto de encuentro dañada está, cerrando los ojos tal vez podamos recordar las caminatas dadas en 1914 y en 2096. Pero en la actualidad solo gritos de clemencia nos quedan para pedirle al Dios del tiempo que nos de una oportunidad más.

Un reloj llevamos en nuestra espalda, arrastrándolo de un lado al otro sin cesar, para que abra con misericordia el umbral, aquel que nos conectó y nos brindó una forja en la vida con nuestros cuerpos en paz.

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La vida

Por: M. Hernandra

Y de repente me choco de frente con la realidad, delante de un abismo que no sé qué me deparará. Y me di cuenta que ya no es el tiempo sino lo que los recuerdos traen consigo, que nos cuesta a veces encontrar la felicidad en esta vida que llevamos, viendo sin mirar, buscando siempre un remedio contra cualquier desbancamiento. Remodelando los distintos caminos sólo porque abren nuevas oportunidades, nuevas vidas… Cambios que quisiéramos realizar y a veces no encontramos la salida a simple vista. Y que a veces basta con que después de un traspiés recuerdes que, aunque dolió, eso te hizo más fuerte, que siempre nos quedan las risas, los silencios eternos, los cientos de momentos guardados, incluso las horas, que recordadas son pintadas en un reloj tardío, al que quieres volver una y otra vez, y del que no puedes dejar escapar las viejas palabras tiradas al olvido. Supongo que eso atraen los nuevos ciclos, hacen llegar otras etapas para recordar las antiguas, para saber qué quieres pero también lo que no quieres, un nuevo círculo sobre el que avanzar y nuevas personas con las que compartir. Creo que muchos también piensan que para abrir puertas, es mejor a veces cerrar algunas ventanas.

Imagen de Pixabay

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Recuerdos

Por: Kazumy Skyler

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Cuando te acuerdes de mí 
piensa en aquello que no te pude dar
olvida todo aquello que te di con el alma
no sueñes con volverme a encontrar
y piensa que fui lo peor de tu vida.

Cuando pienses en mí
recuérdame como a un extraño
que pasó una parte de su vida
tras una ilusión de antaño
y al final se dio cuenta que fue en vano.

Cuando pienses en mí
no pienses en ti
porque nuestros caminos
hoy los separa el destino
mientras yo intento proseguir.