De olores traídos por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

A hierro mojado me huelen tus dedos,

será de borrar con el simple roce de tus manos

las cadenas que me mantenían preso,

será de quebrar esta jaula de ser humano

y llevarme un poco más alto, un poco más lejos.

A café intenso me huelen todos los poros,

quizás interrumpimos nuestra merienda

y te perdiste entre mi piel a medio sorbo,

quizás mi cuerpo gastándote una tetera

para que acudas como el rebaño hacia los lobos.

A un otoño lleno de hojas doradas, tu pelo,

como perdido en un bosque de cabellos marrones

adornado de briznas áureas queriendo tocar el cielo,

como el verano queriendo usurpar estaciones,

y abrazado a tu melena, contigo amor, me quedo.

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Brindis

Por: Ana Rodríguez
Anoche brindé por ti en la terraza,
y decidí regalarte en secreto el polvo de después.

Brindé por mi mayor logro y mi mayor fracaso,
y por todo lo que tengo que contigo no iba a ser,
por mi vuelta a viejas costumbres de dormir sola,
de comer y follar deprisa.

Contigo me tomaba mi tiempo para todo, menos para mí.

Brindé y encendí un cigarro, y como siempre, volví a pensar en dejarlo,
quizá ya empiece estar preparada, antes no,
hubieran sido demasiadas pérdidas, la nicotina y tú,
aunque de todos mis vicios creo sin duda que fuiste el más perjudicial
pero con el que mejor alucinaciones tuve.

Así que en esto se resume, sintigo y con más,
pero con un mono tremendo de tu piel.

Imagen de pixabay

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Tu mano es mi ombligo

Por: Ana Rodríguez

Me gustan los encuentros insensatos
recordando el sabor de aquellos meses,
cuando las horas duraban un rato
creyéndonos a veces superhéroes.
Arrancando la tristeza de un mordisco,
esperando sin temor esa distancia,
haciéndonos cosquillas como niños,
y empatando de una vez esta batalla.
Hablando de nuevo, como antes,
de que la vida nos doliera y enseñase
que quizá nuestro cruce de caminos,
fue tan “sólo” otra parte del viaje.

(Buscando tu mano mi ombligo,
y bailando muy lento en la ducha
al ritmo de Madrid y su ruido.)

Imagen de Marta ... maduixaaaa (Flickr)

Imagen de Marta … maduixaaaa (Flickr)

Atrapado en la oscuridad

Por: Rafael Azgra

El croissant del buffet estaba seco y, aunque hacía media hora que habían terminado de desayunar, Antonio todavía notaba el último trozo atravesado en su pecho. Se sirvió un vaso de agua del lavabo y tragó el croissant notando con alivio cómo bajaba hacia su estómago.

—Vamos, date prisa o llegaremos tarde.

Antonio respondió con un gruñido a su esposa. Percibió el gesto de contrariedad de Mari Carmen y no se lo reprochó. Él, que con su labia había hecho suya a la chica más guapa del barrio, apenas cruzaba con ella cuatro palabras. Ni con ella ni con nadie. Sobre todo durante los últimos meses.

Cuando se jubiló un par de años antes, pensó en hacer todo aquello que su trabajo como chófer de autobús no le había permitido. Pero no tardó en darse cuenta de que no sería fácil. Cada vez se sentía más cansado, incapaz de cumplir su deseo de construir maquetas. Se había comprado una, muy sencilla de montar, de un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial. Comenzó a hacerse un lío con las instrucciones y el barco acabó pareciéndose más a un naufragio del que sobraban piezas. Después de una semana decepcionante se dio por vencido.

Se miró al espejo y no le gustó ver su cuerpo fofo y arrugado bajo la camiseta interior de tirantes. El poco pelo que le quedaba era blanco y muy fino y las orejas y la nariz parecían haber crecido de una forma inusitada, igual que su papada.

Se puso una camisa de seda de color verde claro y se la abrochó distraídamente.

—Mari Carmen ¿y la corbata? —preguntó saliendo del baño.

—Toma, aquí está —Su mujer se acercó a él. Parecía un pavo real, tan adornada como iba—. Pero mírate, te has abrochado mal la camisa. Ven aquí, anda.

Mari Carmen dejó la corbata sobre la cama ya hecha. A pesar de estar en un hotel, la mujer no podía evitar arreglar las sábanas y la colcha en cuanto tenía oportunidad. Abrochó la camisa de su marido con sus dedos rechonchos mientras continuaba con el mismo gesto de disgusto.

—La verdad, no sé dónde tienes la cabeza últimamente.

Antonio volvió a gruñir y su mujer se tomó la licencia de hacerle también el nudo de la corbata.

—Ya está. Venga, coge la chaqueta y vámonos, que quiero ver llegar a la novia.

Antonio obedeció. No quería arriesgarse a una semana como mínimo de reproches por su tardanza.

Cuando estaban a punto de tomar un taxi, Mari Carmen tomó a Antonio del brazo, provocándole un sobresalto.

—¿Has cogido el sobre con el dinero?

Antonio se palpó los bolsillos y su expresión fue suficiente para que su mujer estallase en aspavientos.

—Lo sabía —dijo airada—. Ya voy yo a por ello, espérame aquí.

Antonio asintió y se quedó mirando las baldosas cuadradas que conformaban el pavimento. Estaba enfadado consigo mismo. ¿Qué diablos le pasaba? Nunca había sido tan desastroso. ¿Acaso sería cierta la creencia de que con la edad las personas se vuelven más inútiles? Eso le enfurecía todavía más. No estaba para bodas ni fiestas. Ni siquiera recordaba quién se casaba. Pero debía ir por su bien. Mari Carmen estaba ya al límite y no era aconsejable echar más leña al fuego.

—Ya estoy aquí —Mari Carmen llegó sofocada— Corre, coge ese taxi.

Antonio sabía que no era necesario correr. El conductor del taxi estaba apoyado sobre el capó conversando con unos compañeros y no parecía tener intención de moverse sin pasajeros. Antonio le hizo una seña y el chófer corrió a ocupar su puesto.

La pareja montó en la parte trasera. El interior del taxi tenía el olor característico del limpiador de salpicaderos. A Antonio nunca le había gustado.

—Ya verás: llegaremos y la boda habrá empezado —reprendió Mari Carmen—. ¡Qué vergüenza!

Antonio no la escuchaba. Sólo observaba los autobuses de aquella gran ciudad desconocida. Eran máquinas modernas, de esas que indicaban cuál iba a ser la siguiente parada mediante una misteriosa voz de mujer.

Al mirar los edificios que flanqueaban le pareció extraño que hubiera construcciones tan grandes y a la vez tan antiguas. En su pequeña ciudad de origen las casas de más de cincuenta años no solían sobrepasar las tres alturas. ¡Qué lugar tan peculiar!

Cuando llegaron a la iglesia, la gente todavía esperaba la llegada de la radiante protagonista del día.

—Menos mal —dijo Mari Carmen sacando un billete de diez de un bolso ridículamente pequeño.

Nada más salir del taxi, Mari Carmen inició un sucesión de besos y abrazos a numerosos familiares, mientras Antonio la seguía en silencio. Todo el mundo le saludaba, pero sólo conseguía recordar el nombre de unos pocos.

Una cuadrilla de hombres le hizo sitio en su corro. Antonio escuchaba una aburrida conversación sobre fútbol y el de su izquierda le dio un toque en el brazo.

—Hermano, estás muy raro. ¿Te pasa algo?

Antonio se encogió de hombros y, antes de que pudiera responder, se armó un enorme revuelo. Un coche adornado con lazos blancos y flores se detuvo casi enfrente de ellos.

Al abrirse la puerta salió un hombre al que Antonio reconoció como su primo Mateo y por fin recordó que aquella boda era la de su sobrina segunda. Antonio se sintió algo más aliviado.

Mateo ayudó a su hija a salir del coche. Estaba fabulosa. Antonio vio en aquel momento a Mari Carmen. Siempre se emocionaba en las bodas y él sonrió con diversión.

Los invitados fueron ocupando su lugar dentro de la iglesia, donde esperaba un novio atacado de los nervios según había podido escuchar. Antonio se acercó a su esposa y la tomó de la mano, como cuando eran jóvenes.

Las ceremonias religiosas siempre el aburrían y hubiera dado lo que fuera por poder salir de aquel lugar frío y oscuro. Cuando llegó el momento de rezar un Padrenuestro, Antonio permaneció en silencio, incapaz de recordar la letra de este.

Vio por el rabillo del ojo que Mari Carmen le dedicaba una mirada de reproche por su involuntaria herejía. Pero ninguno de los dos mencionó después el asunto.

Fueron trasladados en un autobús privado hasta el lugar donde se celebraría el banquete. Antonio hizo un par de comentarios en voz baja manifestando la torpeza del conductor, el cual no parecía contar con más de cinco años de experiencia.

El menú consistió en crema de faisán, besugo al horno y chuletón a la brasa. Antonio se vio en serias dificultades para usar los cubiertos mientras intentaba comer el pescado. Sus dedos no respondían como era debido.

Mari Carmen le habló al oído.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes —la tranquilizó Antonio—. Voy al servicio un momento.

—No se te habrá subido el vino…

—Sí, eso será.

Sabía que no era así. Llevaba un tiempo sintiéndose extraño, pero nunca como en aquel momento.

Salió del salón-comedor y se metió en el baño de caballeros. Estaba solo. Se miró a sí mismo en el espejo y se pidió en silencio una explicación.

Sintió un ligero vahído y se lavó la cara, pero no fue suficiente. Necesitaba algo de aire fresco. Se aflojó el nudo de la corbata y salió del lujoso restaurante.

Entre la ceremonia, el aperitivo y todo lo demás, eran alrededor de las seis de la tarde y la actividad era la propia de un sábado.

De repente se fijó en un autobús cuyo conductor fumaba un pitillo junto a la puerta abierta, antes de volver a iniciar su itinerario. El vehículo parecía más antiguo que el resto. Antonio se emocionó al comprobar que era de la misma marca y modelo que el que solía conducir él.

Deslizó los dedos por la chapa hasta el botón de apertura de la puerta trasera. Lo pulsó y el autobús bufó sonoramente antes de permitir el acceso de Antonio a su interior.

El conductor se sobresaltó y tiró su cigarro.

—¡Eh! ¿Qué hace?

Antonio se dirigía hacia adelante cuando el chófer subió por la puerta delantera cortándole el paso.

—¿Pero qué se cree que está haciendo? Baje inmediatamente.

Antonio se sintió amenazado.

—Este es mi autobús ¡Es mi autobús!

Antonio se abalanzó sobre el hombre veinte años más joven que él y forcejearon.

—¡Suélteme! —dijo el conductor.

Se liberó de la furia de Antonio y este perdió el equilibrio. No acertó a colocar bien el pie sobre el escalón y cayó de espaldas sobre la acera.

Se formó un corro alrededor de él y una chica joven se agachó al lado de Antonio.

—¿Es que se ha vuelto usted loco? —reprendió al conductor— Debería darle vergüenza. ¡Es un anciano!

—Yo…

El chófer estaba pálido y no hacía más que llevarse las manos a la cabeza.

—¡Antonio! —Mari Carmen corrió asustada hasta ellos.

Antonio no entendía qué había sucedido.

—Cariño —su esposa se arrodillo junto a él—, soy yo: Mari Carmen.

Pero él no la reconocía. Estaba muy asustado y el dolor de la espalda le impedía levantarse y huir. Todo estaba borroso, pero sacó la voluntad suficiente para intentar ponerse en pie. Mari Carmen intentó ayudarle y él se apartó desconcertado.

—Antonio, amor mío…

Miró a su alrededor. El corro de gente había crecido. Algunos de los invitados habían acudido a ver qué estaba ocurriendo. Mateo y el hermano de Antonio ayudaron a Mari Carmen a sostener a su marido en pie. Pero para Antonio sólo eran tres desconocidos que intentaban agarrarle.

No entendía nada. Se asustó y volvió a caer. La sirena de la ambulancia sonó lejana mientras perdía la consciencia. Y Antonio se quedó ahí de bruces, confuso, asustado y atrapado en la oscuridad.

Imagen de Pxabay

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Carta a la mudez de una amiga

Por: Héctor Cediel

No sé si poner misivas a navegar, gracias al aire dúctil del viento, no sea más que otra arcaica ilusión, o un fingir inútil para intentar borrar las huellas, de esos absurdos recuerdos románticos, que muchas veces nos arrugan el alma. Ahora le encuentro razón a tu pasión por los tonos ocres y otoñales de las hojas secas, para el cuadro que deseas. Quizás la vida sea para ti, un bosque sin poesía, sordo al canto de la orgía amorosa de los fantasmas del bosque, indiferente al eco de las sinfonías que le aportan con los colores primarios de la vida, toda una paleta de lujuriosos contrastes… Sé que el otoño es paráfrasis de nuestras soledades y nostalgias.

Me siento cansado. Envidio a quienes han partido y disfrutan de la música de los astros. ¿Quién dijo que la vida es corta, Amorita mía? Solo un gran milagro me podría rescatar, de esta infernal vida. Siento que hasta mi cuerpo está perdiendo esa insaciable sed, ávida de besos, esos pensamientos turbios de la epidermis, esos recuerdos que me permitían cantar la profundidad y honduras de mis pensamientos, de las vivencias fosforescentes, de los silencios íntimos e insondables del alma al desnudarse, o los fuegos fuera de control de la intimidad y sus demoníacas sombras.

Me fascina la música sacra de las agonías del alma. La poesía rojiza que brota de las heridas o del dolor que fluye cual néctar, del sufrimiento de los desencantos.

Pienso que los artistas sublimamos nuestras búsquedas, en los vientos de los volcanes de los horizontes, en los discursos de nuestras instalaciones u obras artísticas, porque allí plasmamos nuestras conflagraciones y las escarchas de nuestras desventuras. Siento que en tus ojos y en tu piel, aun vibra la pura esencia de la vida, la fuerza natural de la naturaleza, los sensuales suspiros represados de los crujientes pétalos y esa fragancia fresca y sabrosa a paraíso o Chanel No.5. Quisiera ser abeja o colibrí, para libar y embriagarme con el néctar de tu rosa.

Querida amiga: ¿Cuándo me compartes un poco más de tus conocimientos? La pintura y las palabras, ahora son una maravilla opción de vida para mí. Una estrella purpura para mis agonías, una razón para ignorar el cansancio, un embeleso que me permite aferrarme con avidez al guiño de las esperanzas tardías. Toma los versos que necesites de mis textos o poemas, para acompañar algunas de tus obras, no para que hablen por ellas, ya que son fruto de tu madurez artística, sino para que se enamoren hasta el cansancio, quienes las observen y degusten con un sincero y verdadero sentir. Ojala repartan nuevas luces, como lo debe hacer toda novedosa propuesta estética. Que impacten y seduzcan, como tu hermosa cabellera de hembra en celo o de mujer en primavera. Quiero ver ondear esa melena de rizos, como cuando les permites volar y disfrutar de la magia, del encanto de ese sueño cósmico, que nos aporta el nudismo.

Te envío una lluvia de besos y te llevo en mis impías oraciones, o mejor: Meditaciones.

El perro vagabundo

Agosto 2014

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Hace un año

Por: Ana Rodriguez

Ya hace un año de esas noche de teatro,
de esconder nuestro secreto por Preciados,
de arrancarnos aquel frío de Noviembre
con la manos, con los ojos, y a bocados.
Ya hace un año que probé esa cuesta abajo,
y subidas como puertos de montaña,
yo llevando tu mochila en mi espalda,
tú dudando cada noche entre dos camas.
Ya hace un año que reté hasta a mi sombra
gritando a todo el mundo, sin creerlo,
que yo sería más fuerte que tus sueños,
que esta vez, ganaría en este juego.
Y es curiosa la medida de los tiempos,
que hace un año eras todo mi camino,
y renové mi pasaporte olvidando,
que jamás pensaste en que fuera contigo.

Y hace un rato, revolvía mis pensamientos
intentando averiguar por qué este día,
me sonaba que tenía algún evento.
Y sonrío de reojo al calendario,
recordando que jamás he sido de esas,
que marcaba y celebraba aniversarios.

Ima

Ima

Mes tras mes

Por: Fernando Bermúdez

            Mes tras mes corrían los días, las semanas y tu ausencia lloraba bajo la lluvia decadente, tal vez estás demasiada ocupada, tal vez estás en espera de un nuevo amor, tal vez ya sueñas diferente, tal vez tienes una vena en el corazón que esta caducada, tal vez ya eres de mente singular, tal vez tus labios experimentan otro vicio, tal vez  yo ya no existo en tu vida, tal vez solo soy un ayer, un antier o un mes completo en tu vida, tal vez solo fui lo que hoy ya es ser un fantasma en tu memoria.

            Solo tengo fotografías que corren por la habitación, que ríen, que me miran, que me seducen y mueren en mi realidad, he salido con un par de amores de improviso tal vez porque se parecen a ti, me gustaría verte y hacer una alianza, me gustaría que esta historia tuviera un final, una moraleja, unos cuantos besos y volver empezar, pero este enero agoniza y se ve a lo lejos el febrero que me pregunta por ti.

            Que me hace un collage con nuestros besos y el pasado que deja mientras el calendario corre un maratón con ganas de llegar al marzo y este enero no me sale, este enero me consume en su eternidad, me deja cartas contigo, me deja letras de aperitivo mientras suicido  mi amor todos los días al despertar y no verte a mi lado y comienzo a pensar y entre mis pensamientos agonizo con el día, esperando a la noche para morir nuevamente con la luna.

            A veces me gustaría cerrar los ojos y no abrirlos jamás solo ahí eres mía, eres perfecta, eres eterna, no te marchas, no me dejas, no lloro por las noches, no te extraño, no te añoro, no vas del suspiro al lamento, te quedas en mi cuerpo el tiempo que deseemos, te quedas en la magia, te quedas en el silencio, te quedas en lo que hoy es imposible de retener cuando tengo que volver a mi soledad.

            Y tengo una vena averiada en el corazón, que está muy mala, que esta caducada, que te quiere pero no te quiere, que te necesita pero puede sola, que te vive pero muere, que te piensa pero no sabe cómo hacerte eterna, que está hecha una loca, que late como todas, pero se para, que llora sangre, que grita tu nombre hasta olvidarlo, que sonríe con muy pocas alegrías, que mira a las otras y se mira diferente, que no sabe cómo funcionar, que no te olvida, que vives en sus entrañas, que se siente vacía, que te necesita y no sabe cómo regresarte a su vida de nuevo.

“Necesito una hoja y una pluma, para decirle mis secretos, para escribir sobre usted, contarle lo que siento, decirle un susurro de punto y coma que usted me encanta”.

mestrasmes

Maldita noche

Por: Desirée Bogado

Observo ese lugar donde el cielo se funde con la tierra,
separados por la belleza de un sol que,
poco a poco, se va escondiendo.
Apagando la luminosidad de un bello día,
dando paso a la oscuridad de una eterna noche.
Maldita la noche cuando tu recuerdo es lo único que me queda,
tu sonrisa es mi único sueño, tu silencio mi gran lamento.
Aquí continuaré, otra noche más, esperando el paso del tiempo.
Deseando volver a ver esa luz comenzando a brillar en lo lejos,
terminando con mi soledad y sacándome de este infierno.

Imagen de Juantiagues

Imagen de Juantiagues