De olores traídos por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

A hierro mojado me huelen tus dedos,

será de borrar con el simple roce de tus manos

las cadenas que me mantenían preso,

será de quebrar esta jaula de ser humano

y llevarme un poco más alto, un poco más lejos.

A café intenso me huelen todos los poros,

quizás interrumpimos nuestra merienda

y te perdiste entre mi piel a medio sorbo,

quizás mi cuerpo gastándote una tetera

para que acudas como el rebaño hacia los lobos.

A un otoño lleno de hojas doradas, tu pelo,

como perdido en un bosque de cabellos marrones

adornado de briznas áureas queriendo tocar el cielo,

como el verano queriendo usurpar estaciones,

y abrazado a tu melena, contigo amor, me quedo.

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Lo que de verdad importa

Por: Pablo León Alcaide

Me siento en medio de una amplia habitación, lo suficiente como para que resuene el eco de mis pensamientos; dejo abiertos ambos grifos: el de las desgracias y el de las alegrías, lentamente mi piel se va empapando de todo lo que veo y lo que recuerdo haber visto, proyecciones que me ahogan si no consigo abrir la válvula de lo que verdaderamente importa: que seguimos en pie, que aún tengo ojos para ver y manos para tejer mis propias conclusiones.

Me sorprende cómo todo llega a ser sumamente sencillo, a veces la felicidad es algo tan simple como pasar la noche entera con alguien que encaja con tu manera de pensar tan cómodamente como dos piezas de puzle, otras veces la desgracia irrumpe con una ecuación tan elemental como que uno mas uno dejan de ser dos, o que nuestra afición no se convirtió en nuestro oficio. Humildes experiencias como un café a la orilla del mar, una cerveza tumbado a la luz de la luna, o encontrar la paz interior al rimar un par de versos nada recargados… Me gusta pensar que todo lo que puede destruirnos o alzarnos pueda depender de cuestiones sencillas pues, de este modo, pienso que encontrar la felicidad puede no ser otra cosa que construir nuestra vida a base de pequeñas piedras fáciles de corregir o moldear cuando alguna termine por mellarse o desprenderse de nuestra estabilidad.

Hace años pensaba que la felicidad debía compartirse con muchas personas, debía demostrarse a los cuatro vientos que estabas contento, gritarlo bien alto para que nadie pudiera instalar un No por encima de tu voz… Pero me equivoqué, la felicidad solo es real cuando se comparte, pero no significa que debamos compartirla con cualquiera, no significa que debamos demostrarle nada a nadie, se cuela en nuestra vida a través de los pequeños gestos, y a través de pequeños gestos debe seguir fluyendo. El problema de querer complicar este tráfico es que no todos (a veces ni siquiera la mayoría) compartirán tu visión, no tienen por qué opinar igual que tu o querer lo mismo que tu para estar a gusto; entonces entra en juego el equilibrio, hacer malabares con la forma de ser de cada uno de aquellos que te rodean y tratar de encontrar el término medio en el que todos estéis medianamente bien. A veces ya es demasiado complicado compaginar tu vida real con aquello que te hace feliz (y eso que “solo estudio” como dicen algunos) como para también incluir en la ecuación la realidad y los sueños de muchos otros individuos… Sin contar con esa irritante costumbre que los medios de comunicación y la sociedad que nos envuelve  tienen de decirnos y tratar de convencernos de qué es lo que necesitamos para ser felices, qué es lo que queremos y anhelamos… Lo siento, pero aún no he hipotecado mis sueños a CityBank.

Y a pesar de todo lo que de verdad importa no es lo mucho o poco que nos compliquemos para ser felices, sino que logremos serlo, tenemos una sola vida, mejor o peor, pero es lo único que tenemos y a veces nos pasamos tanto tiempo preocupados en bobadas que después no nos queda tiempo para disfrutar, para sonreír… Lo que de verdad importa no es lo mal que lo hemos pasado o si cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que tenemos un presente, y en él podemos decidir si resolver las ecuaciones o seguir odiando las matemáticas, si  confiamos en que desde lo más sencillo hasta lo más enrevesado puede conducirnos a una explosión de Serotonina que invada nuestro cuerpo de alegría…
Lo que importa es lo que hacemos con el tiempo que nos toca.
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De nuevo en la brecha, ruego que me disculpen

Por: Pablo León Alcaide

Había tropezado, un traspiés inoportuno en la brecha que separa la cortesía de la estupidez, y al acuse del dolor decidí sentarme y dejar mis pies colgando en aquella sima. Contemplé el relieve a mi alrededor y todo parecía difuso, como las pinceladas de un Van Gogh  en el que solo descubren su auténtica forma cuando nos alejamos lo suficiente del lienzo.

Mis pies, a veces distraídos, me han llevado en ocasiones a este tipo de depresiones en las que la estrecha línea de lo socialmente correcto se vuelve accidentada y peligrosa para la integridad de uno mismo, comienzas por agradecer un gesto amable y si no tienes cuidado puedes acabar por descubrir un yugo que rodea tu piel con la mayor naturalidad.

Es difícil caminar en el término medio cuando los vértices de ambas caras resultan tan afilados e incisivos; aquellos que optan por la incondicional pleitesía hacia cualquier gesto, real o figurado, o los que optan por la ingratitud generalizada se liberan, por así decirlo, del continuado juicio de valor que supone contemplar cada conducta de la cual seamos foco. Pero esta respuesta rápida implica meter a todos en el mismo saco, vanagloriar sin mérito a unos o menospreciar la buena acción de otros, al fin y al cabo, ni todo lo que reluce es oro ni todo el oro brilla. A menudo nos balanceamos y ponemos un pie al otro lado por miedo a caer, por miedo a no hacer lo correcto, pero en este empeño por congraciar a los demás nos perdemos a nosotros mismos e incluso perdemos a quienes menos gritan pidiendo un más que merecido agradecimiento, sólo porque creemos que quien mas alce la voz será quien más atención requiera, solo porque vivimos en una sociedad en la que quien no llora no mama y no importa de donde saquemos la leche, pero hay que saciar los estómagos hambrientos y excusarnos si el plato llegó frío.

Me gustan las personas con un claro sentido de la justicia, las que aplauden solo porque lo creen merecido y dan las gracias una sola vez por cada acto que deba ser agradecido. Me asusta caer en un valle de reverencias inmerecidas o de silencios que eclipsen cualquier conducta elogiable, quizás porque crecí con la enseñanza de que debían felicitarme por mis méritos y reprochar mis errores; y de acuerdo a esto es como me gusta actuar, tratando de ser justo en un mundo atiborrado de convenios y acuerdos sobre quien será ensalzado y quien caerá en el olvido, tratando de no vender a bajo coste mis principios ni mis ideas y así, si algún día la vida me brinda hijos a los que legar alguna experiencia, poder decirles que hagan lo que consideran correcto y no lo que otros decidan que es correcto.

Había tropezado en aquella brecha y al levantarme, al cubrir la distancia hasta la colina cercana pude ver en perspectiva donde tantos caemos, pude ver donde me precipité, pero también el camino que sigue mas allá y una nota en mi diario de descubrimientos, otra pista en la búsqueda del hombre sabio.

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Entumecido por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

Sentado frente a la ventana en este día de chubascos me he asomado a la acera y he descubierto que bajo los paraguas había tanta lluvia como la que estaba cayendo desde el cielo, decenas, cientos y miles de gotas idénticas desplazándose pasivamente y creyendo tomar un camino propio y personalmente escogido, como si esa elección, igual que la mayoría, les perteneciera sin que ninguna fuerza mayor les empujara realmente.
Sin embargo, a pesar de toda la inercia que nos va guiando, siento cierto alivio esperanzador cuando se oye la tormenta y los imprevisibles vientos hacen danzar los aguaceros con la suficiente rebeldía como para empapar el fino papel que se despliega altivo en intramuros.
Somos seres sociales y sociables pero a veces debo girarme, pedir a la gravedad un respiro porque individuos singulares hacen de la sociedad un hábitat demasiado hostil para vivir, vivir en el sentido más profundo de su acepción y que se aleja del logro de enlazar el hoy con el mañana en una consecución tediosa en el calendario. Buscamos la libertad creyendo saber donde encontrarla, pero a menudo nuestros pasos nos llevan una y otra vez a callejones sin salida en un laberinto de decisiones supuestamente propias.

Imagen de Pixabay

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