La noche es para cazar conejos

Por: Rafael Azgra

La noche es cerrada y fría, pero yo lo ignoro. El aire vaporoso emerge de mis fauces de forma rítmica al tiempo que sigo un rastro claro. El instinto me dice que a pocos metros un conejo zigzaguea intentando darme esquinazo.

“La noche es para cazar conejos”, suele decir el hermano Alfa. Y eso hago: procurarme una buena pieza para subsistir esta noche.

Voy ganando terreno. No lo veo, no necesito verlo. Su olor es intenso, puede distinguirse fácilmente entre los demás aromas del bosque.

Al saltar por encima de un matorral atisbo por primera vez mi presa. Su pelaje es pardo, un poco más claro que el mío, lo suficiente para contrastar con la negra superficie de la arteria de alquitrán que divide en dos nuestro hogar. Ya casi lo tengo. Un par de zancadas más y cumpliré mi deber como depredador de la naturaleza.

Súbitamente, al comenzar a cruzar sobre el asfalto, algo me ciega. Los dos deslumbrantes ojos de una de esas bestias de metal se acercan rápidamente. No consigo reaccionar y recibo el golpe en mi pata izquierda.

Mi lamento se expande por el aire nocturno mientras el monstruo se aleja sin siquiera aminorar la marcha. El conejo me lanza una última mirada burlona desde el otro lado, antes de alejarse en dirección a la laguna.

Tengo que salir de aquí. Podría haber más de aquellas temibles bestias, cuya letalidad aumenta a medida que se hacen cada vez más silenciosas.

Con enorme esfuerzo y dolor consigo ponerme en pie y mantenerme sobre mis tres patas medianamente sanas. Y me oculto entre la maleza, hacia la oscuridad.

No consigo reprimir algún aullido lastimero, pero no me detengo. El sabor de mi propia sangre me inunda la boca y cada vez siento más frío y cansancio.

Llego a un claro. Este podría ser un buen lugar para tumbarme un rato y descansar.

Escucho a los hermanos de mi manada llamándome. A todos: los pasados y los presentes.

Yo les respondo: “Estoy aquí” y me doy cuenta de que ya no me duele nada.

Es una sensación como no he experimentado antes. Corro al tiempo que me elevo. Mi pata está perfectamente y, por primera vez, contemplo el mundo por encima de las copas de los árboles.

Veo a mis hermanos acercándose al claro. Mis ancestros aúllan como uno solo a la luz de la luna y yo me reúno con ellos. Me despido de la vida y a mis hermanos les digo: “Hasta la vista, soy uno con el viento”.

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El sueño de William

Relato encadenado escrito por: Rafael Azgra, Camila Contreras, Carlos Ortega, Ian Gómez, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Matteo Barbato y Esther G.R.

cabeceraRelatoEncadenadoEl joven William, ensimismado en los futuros romances y tragedias de los que su genio sería padre, pasea lentamente bajo la luna estival. Un sopor le atenaza, y cae en un profundo sueño de una noche de verano.

 Entre fantasías, magia y amor la ingravidez del mundo de los elfos envuelve a William en espirales de ensueño.

¡Qué caprichoso es el amor! Que entra y sale del escenario onírico para trascender en el alma del hombre.

 Inquieta se pone tu pluma mi querido Willliam cuando se acerca aquel moro de Venecia, un Otelo que pide a gritos:

 “Te lo ruego, háblame en la lengua de tus propios pensamientos y dale al peor de todos la peor de las palabras”.

 Sobre todo a ese bufón de Christopher Marlowe. Protegido de la reina, niño mimado de la corte. Cabrón con suerte. No contento con tu fama inmerecida, osas robarme los favores de la niña Juliette. No sé si por cuyo rostro zarparon más de mil naves, pero buena parte de mi generosa heredad sí me han costado sus insaciables caprichos. A ti, en cambio, te habrá valido con verter un poco de esa basura italianizante ―sonetos, los llamáis… ¡Sonetos! Jesús― en su oído, más acostumbrado al tintineo de las monedas que a los buenos versos. Sin embargo, cualquier día la fortuna dejará de sonreírte. Te verás envuelto en otra reyerta tabernaria de la que no saldrás tan bien parado como de la anterior. De hecho no verás la luz del alba esta vez. La espada ―o en su defecto la daga― de la justicia se abatirá sobre ti. Y entonces el mundo sabrá por fin quien es William Shakespeare.

Incluso mi querida Juliette, que tantas noches observé desde la lejanía. Ese pequeño balcón testigo de las miradas furtivas, de los versos a la luz de tu ventana y que respondías con dulces y pícaras sonrisas. Todos conocerán al poeta, al autor, al valiente y joven William, esa fue la promesa que durante aquel sueño del dulce ocaso se hizo a si mismo. No importan las promesas de los noctámbulos, pues al segundo un nuevo sueño envuelve al soñador, y de nuevo empieza el subconsciente a atraparlo.

En el acertijo de las ausencias, su rostro se difumina. Apenas recuerda los rasgos. La evocación del hijo reclama para sí ardiente soledad. El dolor de su pérdida se vierte en desafiante ternura, “Mas si entonces viviera un hijo tuyo / mi rima y él dos vidas te darían / para darla a la muerte y los gusanos“. La brevedad del gozo, la infinitud de la pérdida. En  años anteriores la huella vital del escritor nacido en Strafford-upon-Avon se extravía y reaparece en Londres. Hamlet está a punto de emerger. El ritual de escritor le impele a proseguir, a no cejar en su empeño creador. La sombra le acompaña. El Príncipe dirigiéndose a su madre, la Reina de Dinamarca, habla por él, “Lo que yo llevo dentro no se expresa: lo demás es  de la pena

Y tras cubrirse de pena y sombras, mi arte se viste de dudas y de eterno: mi conciencia grita al mundo desde el teatro el acertijo más arduo, y mi voz resuena en la historia a través del talento. Londres se balancea sobre mí, actor mediocre, para convertirme a imperecedero recuerdo…

Y todas las penas, las sombras y las dudas fluyen, deambulando de obra en obra, hasta volatilizarse en sueño.

Soy el amor caprichoso que se viste de mujer, y de sus promesas fértiles: mientras ansío al ángel blanco revivo la ilusión de una noche de verano… Y el deseo, languidecido, se pierde entre miradas homófobas…

Entonces, tras largo y placentero paseo la flora parece moverse, acercarse. William se sobresalta, movido por el instinto primario de la huída; mas no lo hace. De entre los árboles tres figuras oscuras emergen como proyecciones del propio bosque. Tres mujeres, extrañas, cautivadoras. Le rodean y él, aterrado y atraído, se queda quieto contemplándolas. Son sus voces en su mente las que le hablan sin despegar sus labios. «Habla. Pregúntanos. A todo te responderemos». William las mira fascinado. «¿Seré admirado?, ¿querido?, ¿un gran genio?» Las ancianas comenzaron a girar alrededor de él, bañadas por la luz de luna. «Todo te llegará» dice una. «Todo llega en la vida» contesta otra. «Amores, fama, tristeza y alegría» sentencia la tercera parándose en seco frente a William. Baja la cabeza y la capucha ensombrece su tez, al levantarla la cara de una joven doncella conocida aparece frente a él.
―¿Qué hace a mi esposo salir de nuestro lecho a estas horas de la madrugada?
William contempla a Anne, su vientre cada vez más abultado. No hay brujas que le rodeen en la noche veraniega, ni sueños por cumplirse. Y en su interior se gesta una batalla mayor que las habidas hasta la época. Ser padre, esposo y hombre o dejarse volar por los versos que le elevan y le convierten en Dios. Esa noche el dilema concluye como las anteriores veces, acompañando a su esposa de vuelta a la calidez de las sábanas; pero algún día cambiará. Porque el destino es quien baraja las cartas, pero nosotros somos quienes las jugamos.

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Una noche contigo

Por: Carolina Peña

Aquellos momentos en los que sus labios rozaron los de ella, sintió una inmensa necesidad de él, de embriagarse con su aroma y perderse en el mar de sus ojos. Se acercó a su cuerpo, le rodeó la cintura con las piernas y devoró sus labios poco a poco, lentamente, sin prisa, pero con hambre y ansiedad. Deseaba locamente enredarse en sus labios y sentir la calidez de su piel contra la suya. Su imaginación voló y en tan sólo unos imperceptibles segundos se encontraba a horcajadas sobre él, acariciando su rostro con los dedos temblorosos, la emoción y los nervios se adueñaban de ella, recorrió con delicadeza cada milímetro de su torso desnudo, con las yemas de sus dedos repasó la línea de su clavícula y el contorno de sus músculos que se tensaban bajo su toque. Pasaron algunos minutos en esta posición, sus miradas se cruzaban llenas de esperanza e inocencia, cómo podía ella, una chica tan común tener a alguien tan perfecto en sus brazos, al alcance de un solo beso. Él era un compendio de ironías, era egocéntrico, pero a la vez humilde, tierno, pero a la vez apasionado, inteligente y prudente al mismo tiempo…, eso era él, era todo lo que ella deseaba, y sin embargo, lo que sabía no podría tener.

Él, con desesperación acunó el rostro de la chica entre sus manos, la besó con pasión absorbiendo el cáliz de su boca. En cuestión de instantes, y sin saber exactamente cómo, su torso y pecho estaban desnudos, la mirada del chico oscilaba entre aquellas curvas y el rostro esperanzado de ella, un leve e imperceptible rubor se expandía por sus mejillas y pómulos, debería sentirse avergonzada, o eso creía, pero con él sentía que podía ser ella misma. En realidad, era casi imposible para ella describir la singular manera en la que se sintió a su lado, su corazón era una mezcla de sensaciones en ese momento; ternura, cariño, deseo, pasión, hambre, desesperación, etc. Todo sucedió así, de repente y a la vez mesuradamente lento, las prendas cayeron, sus cuerpos se exploraron como por instinto propio, sus manos se movieron al unísono como sí de tocar un instrumento se tratara, las yemas de sus dedos quemando la piel a su paso, dejando el rastro inequívoco del fuego de la pasión.

Él se detenía en cada una de sus formas maravillándose de las curvas que observaba, repasaba cada relieve con la punta de sus dedos queriendo memorizar hasta el más mínimo detalle de aquella chica. Seguramente en el mundo habrían chicas más hermosas que ella, con cintura definida y cuerpo de diosa, pero ella, ella era especial, su estructura perfecta, sus bordes y curvas únicos por sobre los demás, sus ojos y su sonrisa  hipnotizarían a cualquiera y lo llevarían a la locura sí quisieran. Su corazón se aceleraba irremediablemente cada vez que la tenía cerca, sus labios en los suyos hacían que estallaran fuegos artificiales dentro de su estómago y que la llama del amor se instalara en los aposentos de su alma. Se declaraba adicto a sus besos, podría quedarse en esa boca una eternidad sí fuese necesario, suaves como el terciopelo y tan provocadores como ningunos otros podrían ser.

Ella, por su parte se encontraba concentrada en su cuerpo, en las suaves líneas que las sombras dibujaban en su abdomen y cuello, con un estremecimiento llevó su boca a la suya, deslizando su lengua entre sus labios, probando de su miel y embriagándose con ella. Su boca se movió suavemente a su cuello, a su clavícula, a sus bíceps, sus dientes haciéndose presentes en algunos momentos. ¡Dios, esto era perfecto! Lo había soñado muchas veces, pero esto era increíble, fuera de serie, parecía magia. ¡Oh, esperen! ¿Sería magia? Chasqueó sus dedos unas cuantas veces y murmuró “kaboom”, pero nada sucedió, la escena permaneció intacta, pero acaso… ¿sería un sueño? Con sus dedos pulgar e índice pellizcó al chico en un brazo, este levemente se quejó, lo cual indicaba que no lo era. Ya más tranquila continúo su camino, sus labios se deshicieron en el abdomen del chico, en sus montañas y líneas se perdieron los besos tiernos y delicados que le dio.

Las prendas cayeron al suelo como una gota de agua resbala por un cristal. El momento estaba lleno de contrastes, de una cascada de cabello negro por acá y rizos castaños por allá, de ojos color avellana en este lado y café oscuro en este otro, de piel tostada por el sol aquí y blanca como la leche allí. El pudor quedó atrás, tan sólo existían ellos dos, y la luna como único testigo de aquellos breves minutos de felicidad.

Los brazos de él se encontraron rodeándola y de algún modo protegiéndola de lo que fuere que quisiera herirla. Sus dedos rozaron su barbilla y posó un suave beso en aquellos labios que lo llevaban al borde de la locura. Sus ojos la recorrieron con interés y cuidado, como sí la pequeña chica fuera tan frágil y pudiera romperse, la habitación se encontraba en total silencio, tan sólo perturbada por el ruido que producía el contacto de sus labios. Sus pieles parecían irradiar en la oscuridad, brillar con luz propia, el fuego se expandía por sus cuerpos. Las yemas de sus dedos se movían por el cuerpo de ella como sí tocara un instrumento, tocaba un DO por aquí y un RE menor por allí, la tonada que producía era tan deliciosa y armoniosa a sus oídos que podría pasar su vida entera en aquellos brazos, en medio de aquellos sonidos.

Su corazón latía muy rápido, golpeaba contra sus costillas amenazando con perforar su pecho, sus uñas se clavaron en la espalda del chico mientras escuchaba sus respiraciones agitadas cerca de sus oídos. Lentamente los suspiros de placer se acompasaron y sus corazones latieron al unísono. La chica le deslizó las manos por su espalda y enredó sus dedos en el cabello disfrutando de la agradable sensación. Él hundió la cabeza en el hueco de su clavícula dejando que el aroma que emanaba de su piel lo dominara.

  • ¿Dónde está tu corazón? – preguntó ella moviendo sus dedos buscándolo. En medio de suspiros el chico levantó la cabeza lentamente y mirándola a los ojos respondió  – te lo robaste tú. –

Una sonrisa se expandió por el rostro de la chica y lo besó, la sensación de sus labios en los suyos siempre haría que su pulso se acelerara, se perdió en el fuego y la pasión, en el tierno y delicado roce de las pieles, en aquel momento.

  • Ven aquí – dijo ella con una sonrisa traviesa rodeándolo con sus brazos y trazando patrones informes en su espalda, mientras repasaba con besos cada parte de su cuerpo – Esto aún no termina. –
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Duerme con la luna

Por: Isabel Anhara

Duerme con la luna;
reposa junto a la luz de mi amor,
que mis suaves besos te acunan,
arrullando tus anhelos con primor.
Ea, ea, ea…., pequeña zalamera,
con flores de esmeralda sueñas,
las que el rocío besó en la primavera.

Me observas con mirada almibarada
mientras mi corazón se regocija,
al compás del danzar de las cascadas;
como la alondra, que a sus polluelos cobija.
Ea, ea, ea…., blanca paloma,
aparta de ti cualquier temor,
que nardos y rosas anhelan tu aroma.

Te susurro al oído cánticos de gloria;
la de gozosos querubines,
que velan por ti más allá de la memoria;
un mágico hechizo que te besa en la frente.
Ea, ea, ea…., niña de estrellas,
hasta los trigales envidian tus cabellos,
que me traen recuerdos de caricias bellas.

Admiro la pureza de tu corazón,
tan veraz como la noche sucede al día;
me muestras la senda de la perfección,
cual horizonte arcoíris en la lejanía.
Ea, ea, ea…, niña de lluvia,
estrecho tus manos entre las mías;
me regodeo en el iris de tu mirada rubia.

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Concédeme esta pieza

Por: Crono Axel

Al ritmo del silencio y bajo la luz de la luna como reflector, nuestras sombras se abrazaron y lentamente iniciaron un vals. Nuestro escenario una calle poco transitada, nuestro público las ventanas de aquellos noctámbulos que insisten en evadir a Morfeo, observando curiosos que algo interesante suceda. Dos sombras apasionadas, bailando en una estela de luz de luna puede resultar algo muy usual pero, lo usual es, que pertenezcan a alguien. Sí, nuestras sombras están juntas, sin embargo tú y yo, no dormimos en la misma cama. Y nuestros sueños en conjunto muestran a los atentos, una interesante escena.

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Noche de tormenta

Por: Pepe Ramos

Miró el reloj. Las 23:35, sólo le quedaba por realizar el viaje que estaba a punto de empezar y finalizaría su jornada laboral. Pocas veces en su vida había deseado que eso ocurriese. Al principio de manera lejana, pero ahora mucho más cerca, se oía el sonido de los truenos y se vislumbraban los relámpagos de la tormenta que poco a poco se había apoderado de aquella parte de la ciudad. Y es que no le gustaban las tormentas, o mejor dicho, sí que le gustaban pero desde la comodidad y el confort de su casa. Pero cuando uno tiene la responsabilidad de llevar un autobús en las condiciones en las que todo parecía indicar que se iban a producir, no era precisamente lo mejor. Tenía la pinta de que iba a descargar con ganas, posiblemente el limpiaparabrisas apenas serviría para apartar con la suficiente velocidad la lluvia que caería con fuerza y seguramente el alcantarillado sería insuficiente para absorber el caudal de agua que iba a caer. Y sería precisamente en esas calles en las que tendría que circular. Jodida manera de acabar la jornada.

            Pero de nada servía lamentarse, sólo le quedaba resignarse. Miró por última vez el reloj, cerró las puertas tras comprobar que nadie había subido y arrancó, justo en el preciso momento en el que un relámpago llenaba de luz la oscura noche y cuando las primeras gotas empezaban a caer. Ojalá se hubiese quedado en esas simples gotas, pero fue un espejismo. Apenas había avanzado unos metros cuando, acompañando a otro relámpago y al trueno que le siguió, una autentica tromba de agua caía sobre la ciudad. Lo que se había imaginado no tardó en suceder. La cantidad de lluvia que caía era tal, que los limpiaparabrisas no daban abasto. La visibilidad era casi nula, pero tras comprobar de nuevo la hora decidió que a pesar de todo mantendría la velocidad habitual, era el último viaje del día. Bueno, mejor dicho de la noche, y lo único que quería era acabar el recorrido, llegar a casa, disfrutar de un buen whisky y pasar un par de horas viendo la televisión. Ese era el plan que le esperaba y al que no estaba dispuesto a renunciar.

            Un nuevo relámpago iluminó, la noche, otro trueno le siguió. A lo lejos se dibujaba la silueta de un rayo rompiendo con su zigzag el cielo. Se santiguó, si había algo en este mundo que le infundía pavor era, precisamente, el aparato eléctrico que solía acompañar a las tormentas como aquella. El origen de ese miedo se remontaba a su juventud cuando uno cayó a apenas unos centímetros del lugar en el que se encontraba. La roca chamuscada quedó para siempre como prueba. Nunca podría olvidar aquella experiencia y no deseaba pasar por otra parecida.

            Primera parada. Nadie. Sonríe, con un poco de suerte y gracias al tiempo de perros que hacía, conseguiría acabar la ruta incluso antes de lo previsto. Mejor. De nuevo el sonido de las puertas al cerrarse, acompaña al del trueno y a ambos, escoltándoles en la distancia, les sigue la cegadora luz de otro relámpago que osa romper la oscura noche. De todas formas aquella tormenta estaba fuera de lugar. Parecía salida de una pesadilla. En aquella zona eran habituales, los habitantes se habían acostumbrado a ellas, pero no recordaba ninguna de aquella intensidad, de aquella virulencia. Cada trueno retumbaba con inusitada fuerza, cada relámpago llenaba de un fantasmagórico resplandor la tenebrosa noche y cada rayo parecía rasgar la atmósfera queriendo romperla, despedazarla. Y finalmente la lluvia caía con tanta intensidad y fuerza que el sonido que producía al golpear el suelo era ensordecedor. ¿Quién en su sano juicio cogería un autobús? Esperaba que nadie, y todo hacía indicar que así sería cuando al llegar a la segunda parada del recorrido constató nuevamente que no había nadie bajo la mampara ni en las cercanías. Esta vez no ralentizó la marcha, ni detuvo el autocar. No era necesario. La sonrisa de su rostro, camuflada con el miedo que sentía, se hizo más franca, más grande.

            Fue justo en ese momento cuando todas las luces se apagaron a la vez, en el preciso instante en el que otro rayo caía, casi con total seguridad, en la central eléctrica. Tan aterradora había sonado aquella explosión que volvió a santiguarse. Ahora lo único que iluminaba las oscuras calles por las que transitaba eran sus faros, aunque siendo sinceros, les costaba atravesar aquella cortina de agua que parecía no acabar nunca. La visibilidad que ofrecían aquellos puntos de luz era turbia, difusa y a pesar de que se había prometido a sí mismo que no reduciría la velocidad, no le quedó más alternativa que hacerlo. Giró hacia la derecha, adentrándose todavía más en la penumbra. Entonces la vio. Con dificultad bien es cierto, pero la ropa blanca que llevaba afortunadamente había servido de faro improvisado. Se detuvo y abrió las puertas. ¿Cómo podía alguien encontrarse en la calle, a aquellas horas, con la que estaba cayendo? Pero allí estaba la respuesta. Una mujer menuda, pálida, más parecía un fantasma que otra cosa.  El pelo negro y largo estaba empapado; la ropa pegada al cuerpo por la lluvia y aquellos ojos, negros, tanto como la misma noche, estaban enmarcados por unas grandes y profundas ojeras. En cuanto pasó la tarjeta por el lector y tomó asiento, casi al fondo del autobús, se santiguó. Ahora deseaba que aquella no fuera la única pasajera, ahora necesitaba el contacto con otras personas, pero volvió a acudir a su mente aquella pregunta: ¿quién en su sano juicio, cogería un autobús en una noche como aquella? Tan sólo el fantasma de aquella mujer, porque sin duda tenía que ser eso, había osado subir.

            Miraba de reojo el espejo retrovisor y aquella espectral imagen de la mujer resaltaba por encima de todo. Aquel ropaje blanco que llevaba parecía emitir luz propia, la visión que le ofrecía era aterradora. Sin quererlo volvió a santiguarse, su miedo estaba dando paso al pánico y eso no era bueno. Otro relámpago llenando de luz todo, y al mirar de nuevo el espejo retrovisor, el corazón se le acelera: la mujer ha desaparecido. Su respuesta no se hace esperar, pisa a fondo el pedal de freno y a pesar de que la lluvia cubría la calle con varios centímetros, la marca de las ruedas se quedaron grabadas para siempre sobre el asfalto.

            Respira, toma aire, se vuelve a santiguar y vuelve a mirar aquel rectángulo con el corazón acelerado. Tiene que pestañear varias veces para constatar que no sufre visiones: la imagen de la mujer es claramente visible  de nuevo. Sigue en la misma posición, nada ha cambiado. Arranca, dejando, de nuevo, varios centímetros de neumático sobre la carretera. ¿Cuánto tiempo va a permanecer a bordo? Tan enfrascado estaba, y tanto miedo tenía que a punto estuvo de pasarse la siguiente parada. Esta vez sí que se detuvo, con la esperanza de que aquella mujer tal vez no hubiese pulsado el timbre y se bajase allí, pero no lo hizo. Permaneció unos segundos más allí detenido, respirando aceleradamente, intentando calmar un corazón que cada vez se aceleraba más y más. Finalmente acepta lo evidente, esa será la única compañía de la noche. De nuevo acelera, intentando alejar los malos presagios. No tarda en sentir un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando tras un nuevo relámpago y una rápida mirada furtiva al espejo, constata con terror, que la mujer ha vuelto a desaparecer.

            Esta vez hunde el pie con tanta fuerza en el pedal del freno que a punto está de hacerlo aparecer por el otro lado del chasis. El sudor frío le recorre todo el cuerpo y las oraciones acuden con celeridad a su cerebro. Si fuese capaz de abrir la boca y recitarlas en voz alta, su voz sonaría trémula, bañada con el pánico que ahora rige sus designios. Pero cuando mira de nuevo hacia aquel asiento que en su interior ya había empezado a llamar maldito, todo su cuerpo se estremece. Aquella silueta, que ya estaba empezando a ser familiar, aparece de nuevo con toda claridad. Un pensamiento cruza su mente: hoy es su última noche sobre la tierra y esa mujer es el mensajero de la muerte que viene a reclamarle. Permanece en medio de aquella tormenta, cabizbajo, con los ojos bañados en lágrimas, y las plegarias, que antes tan sólo eran meros pensamientos, se convierten en un torrente de palabras casi sin sentido.

            Otro relámpago. Sin quererlo, casi sin poder evitarlo, miró de reojo hacia el espejo, y su pálido aspecto se volvió aún más macilento, llegando a parecer casi transparente: la mujer se había levantado y se dirigía, con paso lento y vacilante hacia él. Deseó con todas sus fuerzas salir de aquel autobús, pero era imposible, no tenía tiempo material para salir por la puerta delantera que era la que tenía más cerca. Ahora que se fijaba en el rostro de aquel fantasma, porque definitivamente tenía que serlo, constató algo terrible, estaba sangrando. ¿Podía un espectro sangrar? La prueba parecía evidente, estaba delante de él, a apenas unos metros. Se santiguó por enésima vez, se arrodilló mientras repetía una y otra vez con una voz apagada, casi inaudible:

            -Por favor no me mates, por favor no me mates…

            Balanceaba la cabeza hacia atrás y hacia adelante convirtiendo en letanía la frase que no dejaba de repetir. Estaba convencido que había llegado su hora, esta vez sí. En ese preciso instante un relámpago, el mayor hasta ese momento, bañó con una fantasmagórica luminiscencia el autobús. Todo era blanco, de un blanco tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió estuvo tentado de cerrarlos de nuevo, pero su verdadero deseo era desaparecer. La visión de aquel rostro, afilado, con grandes ojos negros, enormes ojeras y lleno de sangre, parecía surgido del mismísimo infierno.

            -Por favor no me mates…

            Una y otra vez, aquella frase era la única que repetía, era su forma de afrontar la muerte. La respuesta de aquella mujer le sorprendió:

            -¿Matarte? Eso es lo que tendría que hacer. ¿Dónde has aprendido a conducir? Estoy intentando atarme los cordones y no hay forma con tanto frenazo, joder.

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Crónica de una azotea

Por: Hiram Rangel

– ¿Volverás a Los Ángeles, Henry?

– En un par de días- le dije. Ella me vio con mirada de preocupación. Se estaba volviendo un hábito perder a mis mujeres. No creí que para perderla a ella tenía que dejar la cuidad. Suele pasar. La vi desde el avión, el bar estaba llenó de jubilados y prostitutas. Estaba volando a Ensenada.

Jacobo ya estaba esperándome. Odiaba saludar a las personas, mirarlos, pero él era un buen tipo. Lo saludé.

– Henry, es un honor para mí recibirlo- me dijo tocando mi hombro.

– ¿Dónde es?

-Oh, primero es la lectura, Hank, después una pequeña fiesta.

– Odio las fiestas Jacobo- dije con repulsión.

– Vamos, Hank, organicé todo. Hay mucho que beber.

-Bien, vamos.

Me hospedé en su casa. Una casa promedio con vista al mar. Era parecido a mi cuidad caótica. Sólo podía escribir ahí, algo pasaba, aun así no quería descubrir qué era.

La librería era de Jacobo. Pagó el boleto de avión y me hospedaba, además del licor gratis. -Podría hacer más esto- pensé.

Antes de salir a la lectura me miré en el espejo. Ahí estaba todo: las cejas, la barba, los ojos. La cara de un perdedor.

El público aplaudió después del último poema, me bebí el último trago de la botella.

-¿Siempre bebes así?- me preguntó una mujer. Tenía buena pinta, piernas fantásticas, cabello vivo. Sus ojos eran excéntricos. Debía tener menos de dieciocho años.

– Cuando estoy así de dispuesto, sí- respondí.

-Ellas son mis dos amigas. Las tres vinimos a verte- parecía asombrada.

-Un gusto, mira me tengo que ir a por otra bebida.

-Vale, adiós.

Nunca sabía qué decir con las mujeres. Firmé algunos libros y me dispuse a beber más. Jacobo me incitó a ir a la fiesta. Bebí aún más.

-Henry, mierda, tienes que controlarte. No puedes andar por la vida así.- dijo Jacobo.

-Me ha funcionado.

Se acercó la chica de antes y me tocó el hombro.

-¿Ya tienes tu bebida? me llamo Dana. Ellas son Melanie y Esther.

– Disculpa por hace rato- dije.

– Vamos arriba.

Mi alcoholismo tomó en ese momento la decisión. Íbamos los cuatro a la segunda planta. Melanie y Esther comenzaron a besarse. Dana me sacó de ahí.

– Lo lamento, es la bebida- me dijo, disculpándose.

– Pasa, a mí me pasa. Sólo con mujeres.-

La azotea tenía una buena pinta. Dos cervezas, la mitad de un cigarrillo y ella estaba contemplando mi rostro.

– Eres hermoso- dijo Dana.

– Soy mayor- dije.

– Y yo menor. No escapes de las mujeres, Hank.

Me bebí la cerveza de un trago y ella se me lanzó. Era su prisionero, en ese momento, de su piel y labios. Mi lengua borracha hacía lo suyo. Me aparté un poco.

– Toma el tren- dijo quitándose la ropa.

Tomó sus manos y sus dedos pasaron por varias cicatrices de mi espalda. Las recorría y las sentía. Me pertenecían. Caímos al suelo y de repente ella se levantó.

-¡MIERDA!- exclamó asustada.

– Hay un nido de alacranes- dije

-Malditos insectos- refunfuñó.

Estás equivocada…-comencé- Tocaron tu piel unos cuantos y no tienes ni una picadura. Ahí yace el secretó de éstas criaturas extraordinarias.

-¿Qué dices?- preguntó confundida.

Los alacranes no pueden picarle a alguien que siente amor.

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Miedo

Por: Yara Zemo

Imagen de Flickr de Historias Visuales

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Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana.
Un ruido en la ventana,
“Tranquilo son las ramas”.
Susurros en la cornisa,
el sudor baña tu camisa,
parece una risa,
“Tranquilo es la brisa”.
Sonido traicionero,
que eriza todo el bello,
el miedo te hace preso,
“Tranquilo es el viento”.
Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana,
“Tranquilo no es nada”.

Luna

Por: Desirée Bogado

La luna llena, ese hermoso satélite que ilumina un mar en calma, está llorando.
Las lágrimas corren por su cara, convirtiéndose en estrellas de un cielo oscuro.
Creando un bello paisaje de luces y sombras, de sueños e ilusiones, de magia.
Siendo testigo de los relatos más terroríficos y de los más románticos sueños.
Creando el escenario de las más bellas historias de amor.
Es cuando deja de llorar y comienza a apagarse cuando la magia desaparece.
Su corto reinado termina y tiene que ocultarse, dando paso al amanecer.

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Halo lunar (cuando te vas)

Por: Jonathan Lozada
De tiempos livianos en tu mirar,
flores hermosas nacen sin más.
Has hecho cóncavo lo convexo.
Has navegado en mares desiertos.
Llevando cuentos por terminar,
hojas vacías por colorear,
ojos rodeados de halo lunar,
el mundo pesa cuando te vas.

Tú tienes esa complicidad
que juega limpio y sabe ganar.
Tú has dado vida a lo que estaba muerto,
Has hecho alquimia con lo incorrecto.
Le pido al tiempo que no sea cruel,
que se haga el loco y te vuelva a ver.
Ojos rodeados de halo lunar,
el mundo llueve cuando te vas.

Que se haga noche para que brilles,
que se haga cierto lo que se finge.
¡Tiempo maldito que no termina!
Cuando te marchas, se va la vida.
Que no hayan horas si así te quedas,
que no hayan letras en mi quimera.
Ojos rodeados de halo lunar,
el mundo duele cuando te vas.

Imagen de Cristóbal Alvarado Minic

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