El alma nunca muere

Por: Hector Cediel

Regresé demolido del cementerio. Me senté solo a escuchar nuestra música. Me serví uno tras otro, varios vasos de whisky para ahogar mis penas y asegurarme así, que no sobrevivirían. Siempre viví rodeado de personas maravillosas, aunque subsistía llevando una vida absurda en una isla casi solitaria urbana; mientras uno a uno, iban partiendo sin avisar, mis grandes amigos. Ya la vida me ha acostumbrado a que mis “pecaditos mortales y veniales” no mueren, simplemente: ¡desaparecen!, como si todo hubiera sido un sueño o una nueva pesadilla; ahora a las ilusiones amorosas las llamo: ilusiones de verano. Además llamaba cariñosamente “brujitas” a estas hechiceras de sentimientos. Todas parecían tener o gozar del don, de transformar en “mierda” al hombrecito enamorado o a sus sentimientos; a algunas, a las más malosas, las llamaba “las químicas”, por esta misma virtud.

Nunca tomé conciencia de haber envejecido; pienso que me hice a un lado para que la vida fluyera y ni siquiera me preocupé por madurar o asumir responsabilidades. Desde siempre tomé la vida “easy” y me refugié en el amor para no declinar o degenerarme como un obsoleto vetusto. El amor y el sexo, son la fórmula ideal para jamás envejecer. Elegí amar a mi manera muchas veces y me enredé en relaciones que recuerdo con nostalgia. Mis seres más queridos y cercanos, terminaron aceptando y perdonando “el lesbianismo de su viejo loco”; así nadie me crea, “mi corazón puto y vagabundo, siempre fue fiel y honesto, así tuviera dos o tres amores al mismo tiempo. Tuve un Gran Amor en mi vida como todos y muchos parecidos a ese”.

“Voy a irme al rincón del poeta, a pensar pensamientos”, les dije, “necesito encontrarme con el pasado, beber lo necesario hasta despertar los sentimientos y escribir un poco embriagado, para disfrutar de los apasionadores atardeceres y esas auroras románticas”.

No sé si podría volver a soportar las paredes blancas, las blusas blancas, sintiéndome atrapado y sin salida, en un absurdo laberinto blanco. No es fácil acostumbrarse a que se nos miren y trate como animales de laboratorio. La salud mental huele a carroña o ha miseria humana. Nada hay más interesante que la vagina de una psiquiatra o de una psicóloca… ¡Cómo las extraño!

Ahora mi compañera sentimental, no es más que otro fastidioso accesorio en mi vida; odia la literatura, la poesía y solo le aporta a mi vida: zozobra y angustia. A veces siento remordimiento con mi “adorada mecenas”, mi “pequeña mecenitas” y con mi amante o “novia”; es como ella prefiere que le llame. ¿Será que los escritores y los poetas, somos como los bipolares o esos enfermos mentales, que no sirven para nada? Nuestra vida como todo en esta vidorria, tiene dos caras: una cumbre y un demencial abismo. Desde que mi vida se partió en dos, vivo en el infierno o en el abismo. Nadie me escucha, nadie cree en mis sueños ni en mi gran proyecto; es como si me hubiese vuelto invisible para todos; antes era admirado y considerado un ganador, ahora siento todo lo contrario, salvo por un par de amigas. Solo ellas me ven y me escuchan. Solo para ellas, soy real. Para mis hijos soy una mascota apreciada, consentida, amaestrada para divertir y cuidar a sus hijos; no sé si me alcance el tiempo para ser “su filosofo de cabecera”. Hoy más que nunca los adolescentes necesitan de sueños e ideas. Sé que serán muy afortunados por tener unos padres amorosos y una abuela que les dejará asegurada su educación y bienestar en gran parte; aunque sus padres sean exitosos y amorosos, “el mundo da muchas vueltas” decía mi abuela y vaya si volteó mi vida, como una  arepa.

No es fácil aprender a hablar en pasado y sé que será más difícil, el acostumbrarme a hablar en tiempo futuro, cuando la noción de tiempo, desaparezca. Me duele ver o imaginar, si una vez más he generado: lágrimas y lástima; sé que soy apreciado, que les hago falta y que me extrañan con verdadero sentimiento. Quizás su exceso de amor les impidió, el permitirme vivir con más libertad la vida. Mi libertinaje desde hace ya un buen tiempo, no es más que una sana bohemia.

No es fácil el acostúmbrame a verme, sin cuerpo; extraño hasta las necesidades físicas básicas y sobre todo: por las que renegué en vida, ¡cientos de veces! No hay cielo ni infierno. Nadie vino a recibirme. No supe lo que era el túnel azul. No me cruzo ni con un alma en pena. Me teletransporto con el solo hecho de intentar un pensamiento. Traspaso el océano, atravieso paredes, estoy en todas las partes que deseo. Esto es bueno y es malo. Me hacen daño estas primeras experiencias voyeristas, pero sé que tendré que acostumbrarme ¡afortunadamente no sufrí de celos enfermizos en vida! El deseo es insoportable, me enloquece. Creo que morí a medias, así o muy parecido a como viví siempre. Cuando uno se acostumbra a medio vivir o a sobrevivir medio muerto, aprende a soportar al tedio del matrimonio, los absurdos de algunas relaciones, a las noviecitas cansonas, a la amante de turno. Vivir y dejar vivir, viviendo con pasión el momento, fue siempre una buena opción de vida, para esos hoy y ahora, que conforman nuestra existencia. “No haga la guerra, haga el amor” fue algo más que el hermoso slogan de una primavera de la vida. Todo parece como si hubiese sido ayer y más ahora. En verdad extraño mi cuerpo. Era un amigo incondicional; gozamos y sufrimos a la par. Pensaba que él era un sinvergüenza y él decía, que yo ya no tenía arreglo, que era un árbol que había nacido torcido. Los dos conformábamos a ese maravilloso ser: El perro vagabundo; bautizado así por la reina de las fruticas, mi amada mogollita. En verdad me sentí muy orgulloso representando a este personaje o al viejo loco, en la obra de este absurdo teatro en donde todo parece ser irracional, ilógico, desatinado o paradójico. Cada uno actúa y representa su propio monologo. Aquí uno es cuerpo y alma, interpretando el mismo guión y representando a veces, varios papeles simultáneos. Afortunadamente siempre viví convencido que somas carne y espíritu. Necesito un buen trago. No sé cómo podría hacerlo, ni siquiera sé si aquí se bebe. No deseo ni pensar, si se puede tener sexo. ¿Será que no se me desconectaron los sentidos o será que no desaparecen? No veo a Dios, ni a un santo siquiera o una maldita alma. Si esto es así de tedioso, me daría lo mismo, si esto es el cielo, el paraíso, el infierno, el averno, el purgatorio o como se llame. No sé si soportaré la muerte.

La luz es la corneta de la vida. Una vez más despierto y soy consciente que he llorado un poco. Hay demasiado de verdad en los sueños y por eso, es inevitable ver con tristeza o con cierta nostalgia, a esa vida que se aleja. Amar siempre fue delicioso ¡sensacional!, pero entre tres o cuatro es ¡fantástico! Sonrío cuando me llaman el Señor Roa, personaje árabe de un comercial televisivo que aparecía con su haremcito. (Pienso si debo o no explicar, qué es la televisión. Puede ser otro término que desaparezca entre muy poco, como ya lo hicieron algunas palabras como betamax, diskette, Nintendo, Vespa, “la negrita” Singer, Topolino, Constelletion, cuchilla Guillete, radio de onda larga y corta, radio transistor,etc).

—Abue, ¿ustedes se amaban mucho?

—¡Mucho! Aprendimos a querernos a nuestra manera. Aprendimos a sobrevivir, gracias a los recuerdos de cada uno. Dicen que recordar es vivir. A veces se resucita recordando y muchos vuelven a morir haciéndolo.

Jamás debí a haber donado mi cuerpo, para la experimentación científica. He despertado para enfrentar la peor pesadilla. Éste no es mi mundo, ni mi vida. Todos mis seres queridos han muerto y calculo que han pasado seis u ocho generaciones. Soy un ser extraño para todos. Todo es nuevo. Jamás me imaginé que el espíritu estuviera presente, en cada parte viva de nuestro cuerpo. Llevo casi un año “resucitado” y en verdad me siento demasiado deprimido. Ahora sólo pienso en el suicidio. Desde hace unos meses me han confinado a terapias de sueño, pero sólo veo paredes blancas, personas vestidas de blanco, es como si intentaran dejar mi mente en blanco ¡recuperarme!- Dicen ellos- y yo sólo deseo morir.

—¿Lo desconectamos?

—¿Está usted seguro que desea morir?

—Desde que desperté, lo he estado. Siempre he pensado y actuado como un muerto en vida. Ahora simplemente deseo soñar.

—Piense en algo agradable. Para ayudarle le hemos editado estas imágenes con sonidos de la naturaleza que usted conoció. Buen viaje, querido amigo.

—Yo sólo… Deseo…

Un pito anuncia que el proceso ha terminado.

Ellos incumplieron con mi última voluntad. Han vuelto a tomar mi cuerpo para investigación científica ¡qué horror! ¡Qué desgracia! ¡Qué tristeza!

Ahora estoy allí. Desnudo. Me observan como un conejillo de indias o a un mono de laboratorio, completamente rasurado. Sé que generó demasiada curiosidad en los noveles cibernéticos galenos, que sólo practicaban su medicina mecatrónica con robots. Aquí el pudor se pone a prueba: no deseo ni imaginar una erección o ver cómo me deshuesan como si fuese chatarra. Sólo le pido a mi cuerpo que se relaje y que por favor: no se fije en los senos de las urólogas. La vida me enseñó que si una mentira se repite 100 veces, termina convertida en verdad. ¿Qué pasaría si repitiera, 100 veces esta verdad?

—Yo sólo deseo…

—”Perrito vagabundo” o si quiere lo llamamos “Animal de vuelo”. Pórtese bien y no tenemos que amarrarlo ni inyectarlo. Tómese juicioso la droga.

La vida me ha enseñado que luchar contra los loqueros o los enfermeros, es una pelea de león contra burro amarrado.

—¿Está bien doctor? ¿Se mejorará? ¿Qué necesita?

—Papel y lápiz o mejor unos cuadernos rayados, argollados y varios bolígrafos. Ahora dice que escribe versos. Que es escritor y poeta. Pienso que no lo hace tan mal.

—¿Usted lo ha leído?

—¡Jamás escuché de él! Será porque solo leo artículos científicos.

—Doctor ¿Volverá a ser, el mismo “loquito”? ¿Volverá a sonreír y a bromear?

—Simplemente se cansó de vivir. Se suicidó en vida. Solo desea vivir muerto en vida. Pienso que se acostumbró a vivir, muerto en vida.

—El alma nunca muere, doctor.

—Conozco miles de personas con el alma muerta. A veces pienso que soy más un brujo resucitador de almas, que un médico.

Qué difícil es ser un poeta y qué fácil es ser, un hijo de puta murte con suerte. Me siento como un Ferrari sin motor. A la mujer la alucina el dinero y un buen sexo ¿por qué me enamoré de las palabras?

El alma nunca muere. El alma nunca muere. Mi alma no ha muerto. No estoy muerto. Si no estoy muerto, mi alma no ha muerto. El alma nunca muere. El alma nunca muere. No estoy muerto… no estoy muerto… el alma nunca muere…

—¿Doctor, ya estoy bien? ¿Ya me puedo ir, a casa?

—Su alma aun está muerta… ¡Pero la estamos resucitando!

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Voces en mi cabeza

Por: Pepe Ramos

Cae la lluvia con fuerza, el viento que la acompaña es recio, frío y el barro del camino me impiden andar con la rapidez que desearía. El hecho de llevar a cuestas una pala no ayuda mucho. Pero tengo que llegar al cementerio; ella me llama. Es imposible, ya que la maté, pero su voz sigue atormentándome, gritándome que la libere de su tumba, que no está muerta, y no puedo dormir.

Tengo que trepar la valla para acceder al interior. Ahora la oigo con más claridad, y me estremezco, no puede ser su voz, y sin embargo es inconfundible.

Avanzo con dificultad entre las lápidas hasta que encuentro el lugar donde ella descansa para siempre. Empiezo a cavar, a cada palada que doy, su voz es más nítida. Finalmente llego a su ataúd, lo abro y su voz me atormenta, pero es imposible, está muerta, le corté la lengua y le cosí los labios.

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Hora de partir

Por: Crono Axel

– ¿y si hace frío?
– Prometo que no será así.
– ¿Y si me siento solo?
– No sentirás frio ni hambre. El estar solo, no será un problema.
– Tengo miedo.
– No tienes de que temer.
– Quiero volver.
– Ya terminó tu tiempo.
– Y, mi familia, mis amigos, ¿qué, que será de ellos?
– En algún momento vendré por ellos. También su tiempo va a acabar…
– ¿Sabes mi nombre?
– No hace falta, te conozco desde que llegaste al mundo.
– Sabía que vendrías, creo saber adónde nos lleva esto…   sólo te pido un favor.
– No estoy en disposición de cumplir deseos.
– Créeme, no será difícil para ti.
– Esta bien, ¿De qué se trata?
– Tarda todo lo posible en venir a por mi hija, aún es muy inocente. Deja que sepa que tú no eres tan malo.

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Muere por leer un libro sin signos de puntuación

Por: Yara Zemo

El pasado miércoles Antoni G. L. , de 23 años de edad,  apareció muerto en su casa sin signos de violencia y con un libro en sus manos. Los primeros indicios apuntaban a una muerte natural. La autopsia reveló que la causa era falta de oxígeno, lo cual sorprendió a la familia que declaró que no tenía problemas respiratorios previos.

En la escena solo se había encontrado el libro que sostenía la víctima y la habitación se encontraba ordenada y bien ventilada, por lo que era un misterio para la policía. Tras la investigación la policía ha realizado las siguientes declaraciones: “Es sorprendente pensar que algo así podía suceder. Al parecer el libro carecía de signos de puntuación. La víctima se quedó sin aire al no realizar ninguna pausa y se ahogó. Estamos en busca del autor del libro y se va a proceder a hablar con la editorial para paralizar su venta hasta que se remedie el error. Esperamos que no haya más víctimas por este libro.”

La familia está consternada: “Sabíamos que leía habitualmente, pero quién se iba a imaginar esta tragedia.” Están planteándose denunciar a los responsables de esta tragedia: “Si hubiera estado revisado y publicado correctamente, no hubiera sucedido”.

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Desde mi ventana

Por: Pepe Ramos

               Hoy llueve, con insistencia, no ha dejado de hacerlo desde que amaneció. Y desde entonces estoy aquí, asomado a mi ventana, contemplando la ciudad desde la atalaya de mi habitación. Me encantan esos días pasados por agua, me gusta contemplar la lluvia golpeando los cristales, ese sonido que producen las gotas al impactar contra la ventana, es música para mis oídos. Y si estoy pegado a la ventana es porque no puedo pasear, soy preso de mi silla de ruedas a la que estoy pegado desde que sufrí un terrible accidente hace ya algunos años. Me he acostumbrado a dormir poco y a mirar mucho. Conozco a todos mis vecinos, sé la rutina que hacen cada día, las horas a las que salen a comprar, o a pasear, o a llevar a sus niños al colegio. Conozco de memoria el itinerario que realiza el cartero o los camiones de reparto, es lo que tiene vivir pegado a estos cristales. Me gustaría formar parte de ese bullicio, pero me tengo que conformar con ser un mero observador.

Hoy es lunes, puede que sea irrelevante pero para lo que voy a contaros, para lo que he sido testigo, tiene mucha importancia ya que algo rompió la rutina a la que estoy acostumbrado. Estaba contemplando el paseo diario de mi vecina con su perro,  pequeño y peludo más parecido a una rata que a otra cosa, cuando de repente, sí, de repente, de improviso, vi a un hombre con un largo abrigo negro que le llegaba casi a los pies, y un sombrero también negro. Apareció de la nada, ya que aunque me encontraba mirando hacia mi izquierda y él lo había hecho por la derecha, no hubiese tenido tiempo material de llegar al lugar al que se encontraba. Además hay otro detalle que me reafirma en lo dicho, cuando lo vi por primera vez, estaba difuminado y poco a poco fue tomando forma, hasta quedar completamente definido. Me asusté, era algo que nunca antes había contemplado. Pero también infundía miedo el aspecto que tenía. Era muy delgado, de una gran palidez, y tenía unas ojeras terriblemente definidas, y tan pronunciadas, que parecía un cadáver. Su estatura rondaría los dos metros, y junto con el abrigo largo y el sombrero tenía el aspecto de alguien surgido de alguna novela o película de terror.

               Caminó de un lado para otro, pero tan solo unos metros y de vez en cuando se detenía, levantaba la cabeza, y volvía sobre sus pasos. Al principio estaba aturdido, no imaginaba que significaba aquello, pero al final lo comprendí, olfateaba el aire. Mi vecina pasó junto a él pero no pareció fijarse en aquella figura espigada, tan solo se desvió ligeramente del camino que llevaba y prosiguió su ruta junto con su can. El hombre se giró y un amago de sonrisa se dibujó en aquel rostro blanquecino, casi cadavérico. Pero no tardó en girarse de nuevo y seguir con aquel extraño ritual.

               Miro el reloj, son apenas las nueve menos diez de una lluviosa mañana de un lunes de otoño. Dentro de cinco minutos Isabel, la vecina de enfrente, una preciosa mujer morena de ojos negros, saldrá del portal, caminará hacia la izquierda, cruzará la calle, y se sentará en la parada del autobús, donde cogerá el 50, como todos los días de la semana menos el sábado y el domingo. Supongo que se dirige al trabajo, y digo supongo, porque aunque conozco todos los movimientos de todos aquellos que cruzan esta calle, ignoro donde van después ya que nadie me lo dice y cuando salgo, no puedo seguirlos. Pero de repente el hombre se detiene, se acerca a la entrada del edificio y sonríe. Entonces ocurre algo que me deja anonadado, sin abrir la puerta, atraviesa la misma, como si de un fantasma o un espectro se tratase, dejando tras de sí un trazo, como un jirón. No sé lo que ocurre dentro, tan sólo soy espectador de lo que ocurre sobre la calle, sobre las aceras, pero ni puedo, ni quiero ver más allá.

               Pero esta mañana, a las nueve menos cinco, Patricia no ha salido del edificio, ni ha cruzado la calle, ni se ha sentado en la parada del autobús. A esa hora lo único que abandonaba el inmueble era una figura alta, delgada y vestida de negro. Sus ojeras habían desaparecido, su rostro tenía un aspecto mucho más lozano que unos minutos antes, y sonreía. Levantó de nuevo la cabeza, pero esta vez no parecía olfatear, de improviso se detuvo, alzó la vista hacia mi ventana, levantó un dedo señalándome, esbozó una tenue sonrisa, y tal y como había aparecido, se fue, desdibujándose, esa es la expresión correcta. Permanecí unos minutos más contemplando el vacío que antes había ocupado aquel hombre, asustado y temerosos por lo que había visto, sin entender que significaba aquel gesto, pero el terror recorría cada célula de mi cuerpo.

               Sigo tratando de comprender lo sucedido, pero no encuentro ninguna explicación racional. Patricia sigue sin salir, y desde que yo recuerdo, nunca ha faltado a esa cita semanal con el autobús, nunca la he visto toser o estornudar, o enferma, por eso cuando a las nueve y cuarto, la morena de cuerpo espectacular, seguía sin aparecer, el terror que me recorría se convirtió en pánico. Me incliné un poco hacia adelante y abrí la ventana, tenía la necesidad de respirar el aire enviciado de la ciudad, ya que sin saber muy bien el motivo me empezaba a agobiar con el de mi habitación. Justo en ese momento, oí un grito que venía del edificio de enfrente, y me preparé para lo peor. Intenté asomarme un poco al exterior, pero era preferible no tentar a la suerte ya que si me inclinaba demasiado podía caerme y sería difícil incorporarme. Lo único que me quedaba por hacer era asomar la oreja e intentar escuchar lo que ocurría. Veía como la gente corría hacia el interior del inmueble y una señora vestida con una bata de andar por casa hacía aspavientos con las manos pidiendo ayuda.

               Al principio todo era caos, ya que entre las voces de los que llegaban y los de aquella señora, era difícil entender nada, pero poco a poco las voces se fueron aclarando, el bullicio disminuyendo y pude entender algo. La vecina de la bata, la que chillaba como una histérica, vio un charco de sangre bajo la puerta de la joven morena, llamó a la puerta y como no obtuvo respuesta, se asustó. Alertó a todos aquellos que se encontró a su paso, y casi los arrastró al interior. Parece ser que alguien llamó a la policía porque algunos minutos después vi un par de vehículos con sus luces azules brillantes que llegaban, y al detenerse, cuatro hombres descendieron, permanecieron un rato en el interior y uno de ellos salió. Se puso en contacto por radio con alguien y pasados otro puñado de minutos otro coche apareció. Me quedé de piedra cuando media hora más tarde, un coche fúnebre hacía su aparición. Poco después el cadáver de Patricia era introducido en el mismo. El vecindario estaba conmovido, era una joven hermosa y todo el mundo la quería y la apreciaba.

               Lo que me dejó atónito fue lo que escuché que un policía le decía a su compañero: aquella mujer había sido asesinada, no era un suicidio, pero no tenía sentido, ya que todas las ventanas y puertas estaban cerradas desde dentro y por lo tanto nadie había podido salir o entrar. Entonces un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y la imagen de aquel hombre vestido de negro apareció ante mí. ¿Había alguna relación entre la muerte de aquella mujer y la inesperada aparición del mismo? Estaba convencido que sí, pero ¿cómo había sido capaz de penetrar en aquel edificio, matarla y salir de nuevo sin abrir ni cerrar ninguna puerta? Entonces me acordé de la forma tan misteriosa en la que le vi atravesar aquellos muros y me estremecí. Se me ocurrió llamar a la policía y contarles lo que había visto, pero ¿sería creíble?

               El ajetreo en el exterior de la calle duró todavía un par de horas más. Finalmente, cuando el mediodía hacía su aparición, todo volvió a la normalidad, aunque la lluvia no dejó de caer. Tras comer algo e intentar relajarme, volví a mi puesto de observación y comprobé como la rutina se había instalado, demasiado rápido tal vez sobre aquel asfalto en el que las lágrimas derramadas horas antes ya habían desaparecido. Entonces apareció de nuevo, así de repente, de la nada. Aquella figura alta, pálida, con enormes ojeras, sombrero y abrigo largo y negro. Volvía a tener el aspecto enfermizo de la primera vez, y empecé a temer lo peor. Levantó la vista y me miró, un amago de sonrisa apareció en aquel rostro desteñido, me apuntó con el dedo y de la misma manera en la que había aparecido, se esfumó, o debería decir que se desdibujó, ya que fue difuminándose poco a poco, como si alguien lo estuviese borrando. Y justo en ese momento apareció delante de mí, en mi habitación. Yo temblaba de miedo mientras aquel ¿hombre? avanzaba hacia mí mientas su largo dedo índice me señalaba amenazante. Fue cuando escuché su voz cuando el pánico me invadió. Su voz parecía provenir de ultratumba, era aterradora, y fue lo que dijo lo que me sumió en un estado de desesperación absoluta:

               -Me voy, pero volveré, no me iré de este mundo sin tu alma.

               Y se volatizó. Miré de nuevo por la ventana para ver si lo volvía a ver, pero la calle estaba como siempre, con su rutina, con sus idas y venidas, con su gente, pero cuando vi a un grupo de personas correr hacia la izquierda supe que algo que se salía de lo normal había ocurrido. Intenté abrir la ventana, tenía que escuchar lo que ocurría allí fuera y aunque con gran esfuerzo lo conseguí, las voces me llegaban difusas, debido sin duda a que se encontraban a bastante distancia de mi ventana, pero lo poco que llegué a escuchar hizo que el vello se me erizase. Un hombre estaba muerto junto al banco en el que siempre se sentaba, su rostro tenía una mueca aterradora, al menos eso fue lo que me pareció entender, y había sangre por todas partes. Aquí la conversación se convirtió en algo inteligible ya que se mezclaban varias voces y todas ellas querían predominar sobre las otras, pero entre tanta marabunta conseguí escuchar algo que sigo teniendo grabado en mi mente a fuego:

               -Le faltan los ojos, alguien se los ha arrancado.

               Entonces, en el otro extremo de la calle lo volví a ver. Aquel hombre envuelto en su abrigo negro, sonreía, tenía un aspecto mucho más mejorado y mientras con su mano derecha me señalaba, abrió la mano izquierda mostrándome un par de ojos, todavía sangrantes. Eso hice que me apartase de la ventana, la cerrase y bajase la persiana. No sé cómo pudo suceder pero escuché unas palabras que me dejaron helado:

               -Tú eres el siguiente.

               No hacía falta ser muy listo para comprender el significado de aquella amenaza, y desde entonces no paro de dar vueltas en mi habitación, con la silla de un lado para otro, inquieto, asustado. No sé lo que le hizo a la primera víctima, pero al segundo le arrancó los ojos, ¿qué me haría a mí? He pasado el resto de la tarde inquieto, sin atreverme a asomarme de nuevo a la ventana, casi no he comido, y no he podido dejar de pensar en ese personaje vestido de negro. Cada vez que escuchaba un ruido, por pequeño que fuese giraba mi cuerpo hacia la puerta y tras comprobar que no ocurría nada, respiraba aliviado, pero cada sobresalto tenía como resultado ponerme el corazón a mil. Finalmente llegó la noche y nada ocurrió, no tengo ni idea de lo que estaba sucediendo en la calle ya que en lo que quedó de día no tuve el valor de volver a mirar. Llegó la hora de meterme en la cama, pero el sueño no llegó, pasé una noche inquieta, sin pegar ojo, pensando en lo que el mañana me depararía, y rezando para que no fuese el último día que pasaría sobre esta tierra.

               Pero mis plegarias no tuvieron contestación. Justo en el momento en el que escribo esto, algo ha aparecido de la nada en mi habitación, primero de manera difusa, luego ha ido cogiendo forma poco a poco hasta formar una silueta demasiado conocida, aterradoramente conocida. Me siento indefenso, no puedo hacer nada por mi vida, ya que soy consciente de que apenas me quedan unos segundos. Le miro a los ojos, y lo único que consigo ver es un terror ciego, una oscuridad absoluta. Abre la boca y sé que serán las últimas palabas que oiré en este mundo:

               -Ha llegado tu hora.

               Desconozco cuanto me queda, pero escribiré hasta que exhale mi último suspiro…

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Romina

Por: Jonathan Muñoz Ovalle

Imagen de zuarte bolsas

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Ella… desnuda, inerte, liberada. Yo… aterrado, absorto, preso de la carne. La acaricio con mesura, como si tuviera que pedirle permiso, desde el rostro hasta los pies, en un último recorrido, cual beso del adiós. Mis dedos tiemblan. Ella, Romina, ahora sueña y nunca más despertará: Romina soñadora, Romina eterna.

La sigo acariciando aunque tengo en la memoria cada zona de su cuerpo. Mis dedos no dejan de temblar, ya no quiero seguir. Me detengo y separo mis manos. Respiro hondo, tomo valor y contemplo su cuerpo por última vez: Romina hermosa, Romina siempre mía. Saco la navaja, empiezo de manera temblorosa a cortar un trozo de su muslo y me lo llevo a la boca para calmar el hambre.

Nunca imaginé comerme a otra persona, mucho menos a mi novia, pero no conocía las reacciones del ser humano en una situación como esta. Estamos perdidos en las montañas, con fríos intolerables y al parecer nadie nos rescatará. Los víveres se han terminado y no es el primer día que como carne humana. Éramos varios, ahora somos dos y un cadav… Y Romina. Extiendo mi mano para darle la navaja a mi compañero, sé que tiene que alimentarse pero no estoy muy convencido. Siento que Romina, incluso así, es solo mía. Me levanto, salgo del refugio y el recuerdo que me perturba desde ayer vuelve a invadir mi mente.

—Voy a morir y terminarás comiéndome —me dijo Romina.

—No, no lo haré.

—Sí lo harás, con los demás lo hicimos.

—Pero tú eres diferente, Romina.

—Somos iguales. Sé que lo harás.

—Por favor, no te mueras.

Sus ojos azules empezaban a apagarse. Contemplé su rostro y lo acaricié mientras me decía con dificultad:

—Anoche me dijiste que querías que fuera tuya para siempre.

—Sí. Y lo sigo diciendo.

—Pues lo seré mañana o pasado mañana, cuando el hambre sea insoportable.