Un paseo en barca

Por: Pepe Ramos

Es tres de febrero de 1945 y mientras los soldados americanos luchan en el frente, me relajo en mi barca, disfrutando de lo que más me gusta en este mundo: navegar. Sé que debería estar con mis compatriotas luchando por nuestro país, pero soy un cobarde, siempre lo he sido. En el colegio mis compañeros no dejaban de burlarse de mí, me golpeaban, lo único que hacía era agachar la cabeza.

Más tarde, en el instituto, fui el blanco de las burlas por no participar en las actividades deportivas, propias de los chicos. Siempre me alejé de las confrontaciones.

Hasta que mi vecino se tiró a mi mujer, entonces no me lo pensé dos veces, cogí la pistola que guardo en un cajón del mueble de la entrada y vacié el cargador sobre él. Menos la última bala, esa fue para mi mujer. Ahora descansan bajo el lago, mientras me alejo del lugar donde los arrojé, en mi barca.

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Los diarios de Uriel

Por: JJ Conti

I

El sabor dulzón y abrasador me hizo cerrar los ojos, con el vaso en la mano, sintiendo el frio vidrio, en contraste con el calor que abrasaba mi garganta al tragar su contenido. Aspiro una fuerte calada a mi cigarrillo, e intento captar el mayor número posible de matices en cada una de las cosas que me rodean. Para mí es como ponerme mi capa y mi traje de lycra. Volver al tablero de juego, continuar con el show.

Expulso el aire entrecerrando los ojos para protegerlos del humo al bajar la mirada y comienzo a escribir:

Los diarios de Uriel

Saben eso que dicen de que lo sientes, que no sabes por qué, pero lo sabes. Esa certeza de origen extraño que te invade en según que momentos. A eso lo llamo yo Deriva. A mí me la acentúa la bebida. O eso creo. O a eso me he acostumbrado. Mi nombre es Uriel. Creo que ese detalle ya debería de hacer suponer algo, a mi me lo hizo, en el momento que pude ser consciente de lo que significa un nombre. No solo es una forma de llamar tu atención, también es una etiqueta, y al igual que casi todo en esta vida,  y digo casi por dejar un ínfimo porcentaje al azar, no es fruto de la casualidad. Pero tampoco es algo que venga al caso, prefiero dejar eso a la elección del lector.

II

The Hum.

El lector más avezado, aquel lector que cuente, aunque sea básico, con el dominio del inglés, habrá traducido ese nombre como el zumbido. Bueno, partimos de ese gusto americano por simplificar todo en una palabra o frase corta que genere impacto y sonoridad. Al contrario, los europeos, nos vemos en la obligación de emitir una diatriba, ralentizando todo al extremo, como si fuera necesario explicar.  Y claro, después está el modo de Don Cosme, Mi jefe:

—Uriel— aunque en sus labios siempre suena como Urié, se come la l final, dice que resta sonoridad y energía a su llamada— Necesito que vayas a Córdoba, tenemos varios mensajes de personas que creen haber escuchado un ruido extraño. Parece que tenemos un caso que podríamos englobarlo en el fenómeno que llaman “de zum”, o el zumbido. Coño con lo fácil que era decir bolas de luz u orbes, no ahora hay que decir orbs. Pues un carajo— Escuché en silencio la pelea consigo mismo, y por miedo a salir mal parado, no intenté separarlos y esperé a que terminara.

— ¿Sigues ahí?

—Sí.

—Pues habla coño, te mando por email las direcciones de posibles testigos. Y si tienes tiempo también la de una loca que dice que ha visto una aparición flotando en su casa desde hace tres noches o no sé qué.

—De acuerdo, mand… Cuando iba a seguir hablando me di cuenta que Don Cosme ya había colgado. Un encargo preciso, conciso y con cierto regusto amargo, las tres notas que definen el sabor de Don Cosme. Sonreí al pensarlo, porque el güisqui que estaba tomando en ese momento tenía un sabor muy parecido al de él. Apuré el vaso, y miré la hora.

Comprobé el buzón del móvil y vi que Don Cosme ya había enviado las direcciones. El correo contenía nombre, teléfono y dirección y como asunto: Direcciones. Tampoco hacía falta nada más, la educación y el protocolo están sobrestimados. Barajé las posibilidades y finalmente, y si soy sincero, sin darme cuenta, pedí una nueva bebida con un gesto rápido, como con miedo de que yo mismo me viera y miré los trenes disponibles. En dos horas salía uno.

Perfecto, tampoco tengo a nadie que me espere.

—Sí, gracias. Con mucho hielo.

 III

—Entonces, me decía usted señora que lo oye todos los días a eso de las once, ¿no?

El patio común era alargado, y ambos lados se acumulaban las casas adosadas, encaladas como todo en estas tierras. El blanco no absorbe luz, la repele. Ya saben, eso de los polos iguales se repelen, y aquí es básico repeler el calor. LA pareja que abrió la casa era un ejemplo de justo lo contrario. Ella era incluso algo más alta que él, lo que es atípico, pero que cuando sucede nos brinda un tópico en el que cabe poca excepción. Ellos eran la viva imagen de ese tópico: ella hablaba y miraba en las pocas ocasiones que pasaba, cuando su marido decía algo. El hacía lo propio y acertaba según el ángulo de apertura de los ojos si lo que estaba diciendo iba por buen camino o no. Por lo que hablaba muy despacio, para poder percibir en todo su detalle dicha apertura.

—Sí. Respondía con brusquedad, yo miraba entonces al marido que asentía con un ojo en su mujer. Recogí varias palabras más de aquella mujer y callé unos segundos, guardando la libreta, dejando que ese gesto calara en el ánimo de ella.

—Señora, ¿podría traerme un vaso de agua?

—Claro, dijo con tono solícito y se marchó.

—Usted no oye nada ¿verdad? Susurré al marido al tiempo que con un gesto y una sonrisa le daba las gracias a la mujer que echó la cabeza a tras desde el pasillo.

—Nada, ni un ruido.

—Gracias, respondí y esperamos en silencio a que volviera la mujer que lo hizo a los diez segundos exactos con un vaso de nocilla reciclado.

En la siguiente dirección era la mujer la que no escuchaba nada, pero que respetaba lo que pensaba su marido. Aunque en realidad parecía más que le dejaba disfrutar del minuto de gloria que todos merecemos en la vida alguna vez. Su vida debe de ser una mierda si este es ese minuto, pensé, no sin cierta desesperanza al notar que la mía no era mucho mejor si estaba allí con él.

Miré la hora, eran las diez de la noche. Era agosto y apenas se había rebajado la temperatura unos pocos grados. Un termómetro que había en la calle junto a un semáforo marcaba aún 38 grados. Volví a mirar el reloj.

El resto de testigos contaron experiencias similares. Incluso con sinceridad varios ocupantes en la casa contaron que ellos no escuchaban nada. Siendo el blanco de miradas fugaces de desaprobación. Nadie quiere estar loco, pero muchas veces la locura es lo único que nos salva. Lo extraño era que por mucho que yo lo intentaba el flujo me era esquivo. Nada se me alojaba en el pecho, nada me agarraba desde el interior para lanzarme al nuevo destino.

Nada.

Eso me hizo sospechar que tal vez el planteamiento no era el adecuado. Cuando se habla de The Hum nos referimos a un sonido como metálico; como un run run que proviene de las entrañas de la Tierra; como el lamento de Gaia; como el rozar de engranajes secretos, de Morlocks que mantienen el mundo girando en las profundidades. Pero los diferentes testigos insistían en la idea de que era el sonido de un avión que iba en aumento, como si se acercara. Nada de lo que había visto hasta ahora cuadraba.

Tal vez sea eso, pensé, un aeroplano, o un avión de grandes características que simplemente sobrevuela la zona. Pero entonces, porqué no todos lo escuchaban.

Decidí detener la búsqueda por un rato y tomar algo. El alcohol acentúa mi resplandor, y en ese caso estaba ausente, tal vez fuera la primera vez en que la borrachera llegara antes que mi mesticidad. Entré a un pequeño bar de barrio. Contaba con todos los elementos que a mí más me atraían de aquella rancia escena. Su cenicero metálico de publicidad de Osborne, su reloj de Coca Cola, algún que otro azulejo con frases tan tremendamente manidas como: hoy hace un día estupendo ya verás como entra alguien y nos lo jode. Y yo estaba dispuesto a no ser ese. Pedí un JB con Pepsi y me alojé en una esquina. Tranquilamente.

Al segundo combinado, y con la pesadez del vapor alcohólico ya dueño de mis sentidos noté como si de pronto cayera. Me agarré, imperceptiblemente, a la barra. O todo lo imperceptiblemente de lo que fui capaz, y aguanté la embestida del flujo. Cerré los ojos y me froté el entrecejo, como si estuviera cansado, pero que realmente sintonizaba los sonidos en mi cabeza. Tras un instante lo escuché:

—Te juro que llevo noches soñando lo mismo. Dura poco, pero a cada noche el sonido es como mayor. Y cuando me despierto nada. Ni una mosca.

Me di la vuelta pausadamente, adoptando un rictus simpático y amigable. Pero no debió de estar muy conseguido, por que los dos parroquianos que estaban charlando entre ellos se me quedaron mirando con extrañeza. Aunque lo extraño para mí era verlos sentados en una mesa y no charlando animadamente en la barra. Las mesas en sitios como aquel solía servir más como perchas horizontales que como mesa propiamente dicha.

—Perdonen que interrumpa su charla. Dije a modo de disculpa. Los hombres se relajaron.

—No, no pasa nada.

—Es que no es la primera vez que oigo lo del avión aquí en Córdoba, pero nunca había escuchado que fuera un sueño. Dije mostrando interés en el relato del hombre.

—Pues yo lo escucho en sueños, pero cada vez más fuerte. De dos días para acá incluso me da miedo ya dormirme, por eso me atiborro aquí. Dijo terminando con una sonora carcajada que su compañero secundó con un golpe en el hombro ante la ocurrencia. Mi risa fue más fingida, pero aún así coló.

—Yo también lo he oído, y la verdad que me deja un mal cuerpo siempre… Dijo una voz al otro lado del bar. Aquello marchaba, y el atenazamiento que sentía en mi pecho me confirmaba mi suposición. Me giré y miré fijamente a ese otro hombre que tocado con una boina que le llegaba casi hasta el entrecejo hablaba mirando su copa de coñac. Levantó la vista y el vértigo se hizo de nuevo presente. Retiré con delicadeza mi cubata, alejándolo de mí. Ya no hacía falta más.

—Como que le deja un mal cuerpo… Pregunté, aquello era un cambio, hasta ahora nadie había contado las sensaciones que aquel ruido dejaba en él, solo la circunstancia de oírlo.

—Sí, como un nudo. Cómo si fuera a pasar algo malo— Respondió el hombre levantando la mirada como avergonzado— Además está la polilla esa gigante que siempre aparece.

 IV

Salí de aquel sitio tras pagar mi consumición. Mi cabeza era todo un hervidero. Miré la hora, aún no era demasiado tarde, las 23,30. Saqué el teléfono que tengo, el cual apenas sirve para llamar y mandar SMS y recibir mails. Marqué el único número que sé de memoria:

—Don Cosme. Recibí un gruñido a modo de respuesta, lo que me hizo darme cuenta de que quizás si era tarde.

—Don Cosme, esto que está pasando aquí no tiene nada que ver con el zumbido— dije obviando voluntariamente la nomenclatura americana del fenómeno que tanto sabía que fastidiaba a Don Cosme— esto parece más otra cosa. Aún no se que es, pero parece que puede ser algo gordo. Algunos de los testigos lo oyen en sueños y no despiertos.

— ¿Pero tienes algo? Escupió Don Cosme al tiempo que exhalaba el humo de su eterno cigarrillo que se habría encendido nada más despertar. La imagen era nítida, Don Cosme coge el teléfono ve el nombre de quien llama, gruñe y se dirige al salón al tiempo que se enciende un cigarrillo y se siente en la mesa camilla que tiene.

—No, respondí como ausente.

—Pues para que me llamas entonces.

—Me ayuda a pensar. Respondí con una sonrisa en los labios y una idea en la cabeza. Aquello fue demasiado para Don Cosme que expulsó el aire con fuerza y añadió antes de colgar:

—Pues espero que te haya servido de ayuda, ahora vete a la mierda. Esperé a que la pantalla volviera a inicio tras colgar Don Cosme y busqué la bandeja de entrada de los mails. Abrí el mail con la dirección de los testigos y allí estaba:

“Loca que ha visto el pájaro negro en su casa…”

Lo del pájaro no me lo había mencionado, pero aquello tenía ahora todavía mejor pinta. Cuadraba a la perfección. Casi eran las doce pero la dirección no distaba mucho de donde estaba así que decidí ir. Me puse la mano delante de la boca y olfateé mi aliento. Saqué un chicle de menta de mi bolsillo y me encaminé hacia la casa.

Pájaro negro, fue lo único que acerté a pensar en todo el camino, polilla gigante, me respondía a mí mismo.

En apenas unos minutos estaba frente a la puerta de aquella casa. Conocía bien la ciudad y sabía moverme por el intrincado laberinto que eran sus calles en el barrio histórico. La casa necesitaba una mano de pintura, y las ventanas, aunque de buena calidad, tenían la madera también descolorida. El resto, como era de esperar, estaba muy limpio, incluso la zona que precede al escalón de la entrada. Agucé el oído y pudo oír el sonido de la televisión, como a lo lejos, supuse que en el patio. Dudé varias veces pero al final llamé a la puerta. Primero levemente y después con cierta insistencia. Finalmente oí los pasos renqueantes de la señora, que aposté antes de que la puerta se abriera, llevaría aún puesto el delantal.

Correcto.

La mujer me miraba desde la profundidad de su entrecejo al tiempo que sujetaba la puerta con fuerza, por si debiera volver a cerrar de golpe. Le mostré una gran sonrisa, y ahora sí, me identifiqué como periodista. Nunca subestimes la soledad de una persona, siempre necesita de cierto reconocimiento aunque sea de un desconocido. Y el consumo exacerbado de programas de cotilleo, al estilo de Sálvame convertía en potencial confidente de miserias a cualquier persona.

—Buenas noches señora. Soy Uriel, trabajo para la revista espiral. Es una publicación especializada en periodismos de investigación. No quise añadir nada más, la entradilla me resultó correcta y por el relajamiento de sus nudillos que como tenazas sujetaban el vano, también a ella.

— ¿Es por lo del pájaro?— Preguntó la mujer con cierta violencia en su voz y desconfianza— mi nieto se emperró en mandar un mailo de esos a una de las revistas que el lee llena de pegos— pegos, en Córdoba, significa tonterías. No me di por aludido y seguí manteniendo mi sonrisa al más puro estilo Tom Cruise. La típica que encanta más a madres y abuelas que a hijas.

Asentí y ella se apartó para dejarme pasar.

El olor era el que hubiera esperado en una casa de aquellas, mezcla de tiempo y arrugas. Pero el pasillo, así como el salón estaban impolutos. La mujer anduvo hasta la mesa camilla del mismo y se sentó sin esperarme. La mesa tenía un cristal para sujetar las enagüillas y bajo el mismo un tapete de hule y varias postales, sepias por el paso del tiempo, de viajes y recuerdos demasiado lejanos ya incluso para hablar de ellos sin que duela. Me senté sin esperar a que me ofreciera asiento y juntando mucho las rodillas me tapé, como un niño que espera que su abuela le cuente un cuento.

—Pues verá. Yo todas las noches veo la televisión, los chismorreos me gustan. Es lo único que me entretiene. Pero antes de irme a dormir siempre salgo a mi patio que está allí— dijo señalando una pequeña puerta metálica en la cocina— y le doy las buenas noches a mi Antonio. Está arriba esperándome, sabe usted. Ya me enteraré si me oía o no. En vida no lo hizo mucho pero ya sabe usted que las cosas se valoran más cuando se van, y ahora que no me tiene a lo mejor sí que me escucha. Si no dígame usted que va hacer todo el tiempo allí solo—

Sonreí ante aquella afirmación, pero intenté hacerlo con levedad para no ofenderla. Ella esperó a que terminara mi sonrisa y continuó:

—Pues hace dos noches, cuando fui a salir escuché un ruido. Como de un pájaro grande, pero más rápido. Como si fuera un abejorro con plumas. No se explicárselo mejor.

—Lo ha hecho usted perfecto.

—Pues eso, como una gallina cuando la echas a volar. Que mueven las alas nerviosas. Miré arriba y la vi. Las alas no se veían de lo rápido que las movía y tenía una cabeza pequeña y un cuerpo muy grande y canijo. Como si fuera una libélula de esas. — Ella lo pronunció más como labilula. — Le juro que por un momento pensé que era un hombre, pero, que iba a hacer un hombre ahí. Exclamó al fin.

Yo me mantuve en silencio, y fingí apuntar la información que ella había contado. La anciana intentó mirar de reojo pero yo tenía el cuaderno levemente levantado por la parte superior. Después cerré el cuaderno y busque en mi móvil una imagen, que se pareciere lo más posible a la descripción y se la enseñé.

—Por Dios— dijo persignándose— muy parecido— Sentenció al final con un fuerte acento andaluz.

—Cuantas veces lo ha visto.

—Dos. Anoche lo volví a ver, pero mucho más lejos. Pero la vista la tengo aún muy bien.

Asentí con los labios apretados y me levanté.

—Pero me va a dejar así, dígame que es esa cosa del demonio.

—Precisamente eso señora, un demonio al que le atrae la sangre.

V

La noche la pasé en vela. Leyendo información y recopilando, ahora sí, las historias de forma correcta. De camino al hotel me había parado en una gasolinera y había comprado un callejero de la ciudad. En ese momento lo tenía sobre la cama y había señalado con un rotulador la localización de las personas que había entrevistado. Todo encajaba, ahora sí. Aquello no era ningún zumbido sino la reminiscencia que precede a una catástrofe.

—Don Cosme.

— ¿Otra vez necesitas pensar? Contestó como si las diez de la mañana fuera una hora tan intempestiva como la de la anterior llamada.

—No, ya he pensado suficiente.

—Dime.

—Anoche estuve en la casa de la loca del pájaro y no es precisamente eso lo que vio. Percibí a través del auricular el sonido de la respiración de Don Cosme, eso significaba que estaba a punto de hablar.

—Es la Polilla verdad. Preguntó en un tono que no esperaba respuesta, tras expulsar el aire con fuerza. Yo asentí y él intuyendo el movimiento continuó— Haré las consultas pertinentes a Londres y Estados Unidos. No sé si nos dirán algo, para ellos somos el culo del mundo y ni para sus predicciones nos tienen en cuenta.

—Gracias. Respondí y colgué, sabiendo que la conversación había terminado.

Tras las numerosas pruebas que se recogieron por escrito y de forma fehaciente antes de las mayores catástrofes se habían creado sendos centros de premoniciones en Londres y Estados Unidos. El caso del Titanic era el mejor documentado, pues no solo había testimonios de personas que no habían llegado a montar al barco estando ya su equipaje dentro, si no que existía una novela completa que advertía de forma pormenorizada de lo que iba a pasar. La novela se llamaba Futilidad y fue publicada por Morgan Andrew Robertson, diecisiete años antes de la tragedia. Esa y otros casos similares hicieron que se crearan dichos centros. Ningún Gobierno admite la validez de dichas premoniciones, pero es innegable que se consultan periódicamente y que cuando va a ocurrir algo de envergadura existen picos en su actividad. También es cierto que con la facilidad de contacto que proporciona internet dichos picos son ahora más difícil de dilucidar.   Pero un detalle que se cumple en la mayoría de los que sí su cumple es la visita del Mothman u hombre polilla. Sus apariciones parecen estar íntimamente relacionadas con la inminencia de grandes catástrofes, siendo a veces definido como un “heraldo de desgracias y muerte”.

Comí algo ligero y de postre me tome dos gin tonics. Necesitaba sintonizarme lo antes posible. Decidí volver a visitar a dos de los testigos pero ahora con una actitud diferente. Pero al comenzar a llamar ocurrió algo extraño, al principio pensé que era casualidad, aunque si algo me ha enseñado Don Cosme es a no fiarme de la casualidad.

— La casualidad es la puta de Dios, la manda siempre a hacer el trabajo sucio por él.

Ninguno de los testigos estaba en la ciudad, todos habían salido de forma, unos justificada y otros imprevista, de la ciudad. Los que no me cogieron el teléfono supuse que sería por la misma razón. El último número al que llame fue al de la primera pareja con la que hablé. Cogió el teléfono su marido, al que reconocí en seguida por el tono dubitativo:

—Dígame.

—Sí, perdone, no recuerdo bien su nombre, soy Uriel. El periodista que les visitó ayer. Me gustaría hacerles unas preguntas.

—Estamos a punto de salir. Respondió como en un susurro, me lo imagine al instante: encorvado, con la mano junto al teléfono y mirando de reojo que su mujer no estuviera por las cercanías.

—Será un segundo.

—Vaya al mirador de la sierra. Allí vamos todos.

Y dicho esto colgó.

Vaya al mirador, allí vamos todos. Había dicho todos. Pero que todos. Sin esperar un segundo me dirigí a casa de la señora que había reportado la visión del Mothman. Cuando llegué, su nieto, un chico aún más oscuro que ella pero sin luto me miró con curiosidad y antes de que pudiera contestar escuché la voz de la menuda mujer:

—Este es el que vino de la revista esa que lees.

El chico me miró aún con más curiosidad, vestía pantalones vaqueros negros y una camiseta del mismo color con el símbolo de Thundercats en el pecho.

—Sí, exacto, soy Uriel, de la revista Espiral.

—Oh sí, me encanta su revista, la compro todos los meses.

—Bueno no es mía, y si conocieras al dueño tal vez no la compraras. Respondí sin pensarlo. El chico solo me sonrió con condescendencia y ayudó a su abuela a salir a la puerta. Vi que la señora llevaba una bolsa con marcos de fotos y las viejas postales que anoche estaban en la mesa.

— ¿Donde van? Pregunte encogiendo el entrecejo.

—Al mirador— respondió el nieto— mi abuela dice que es importante que el hombre se lo dijo.

— ¿El hombre?

—Sí, al final era un hombre, raro, pero un hombre.

VI

Lo que sucedió a continuación es extraño de contar. Para que el lector pueda entenderlo lo compararé a la noche en la que en la película Encuentros en la Tercera fase todos esperaban en el campo la llegada de los extraterrestres. Igual pero sin melodías de country silbadas. Cuando llegamos, el nieto accedió a que los acompañara y a la mujer le importó un carajo, había varios de los testigos que había interrogado. Entre ellos la pareja con la que primero hablé. Con el encorvado mirando a todos con cara de desconcierto y ella satisfecha de no ser una de las que no se había enterado.

No hubo palabras. No hubo tiempo. El zumbido fue atronador. Las caras fueron serias, tristes. Todos sabían que debían estar allí pero no porqué. Yo lo intuía.

El avión apenas tuvo una caída de un minuto o menos. Al principio el resplandor era tenue, pero en el momento que tocó suelo todo se iluminó. Los gritos de los allí congregados resumieron seguramente los de allí abajo, y desde donde estaba me sentí como la Princesa Leía, salvando las distancias claro, viendo como Tatooine era destruido.

—¿Don Cosme? Cogí el móvil sin darme cuenta, inconscientemente, con la mirada perdida en el fuego. Y en la pareja de antes, en la que ahora sí él la abrazaba a ella y dejaba que escondiera la cabeza en su hombro.

—Sí, hablan de un avión, pero comprobaron que allí no había aeropuerto comercial así que no avisaron a nadie.

—Ya no tiene importancia. Dije en un tono neutro, casi perdido.

—Entiendo. Mañana lo veré todo en las noticias. Si ves que puedes, trae fotos.

—No creo que pueda.

—Si ves que puedes.

Y colgó.

Los titulares no dejaron lugar a dudas. Avión de carga, de la marca Antonov, estrellado anoche en el casco histórico de Córdoba. Las victimas se cuentas por decenas. Nadie mencionó los sueños, o premoniciones. Las visitas de la polilla o las noches de vigilia que lo precedieron. Para eso estamos nosotros, los encargados de hacer dudar.

Aunque, añadiría yo, muchas de ellas se encontraban lejos, mirando su casa, no fueron víctimas de sangre pero sí de culpa. Remordimientos. A veces no es solo tener la información, en todos y cada uno de los casos que suceden todo se limita a una cosa: Creer.

Imagen de Pixabay

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Las pulp stories de Ralph Barby

Por: Tery Logan

El término pulp se refería en sus orígenes al tipo de papel barato, de pulpa de madera y sin guiollotinar en el que se imprimían publicaciones como Amazing Stories, Dime Detective, Weird Tales, Horror Stories y Black Mask, pionera del género negro. En su época de esplendor algunas de estas revistas llegaron a vender un millón de ejemplares en EE.UU. Pero más tarde, la pulp fiction pasó a designar el tipo de historias que se encontraban en estas revistas; una literatura de ciencia ficción, horror, western o suspense con tintes eróticos y violentos que ponían énfasis en la aventura y la intriga, dejando a un lado el diálogo y la narración, para avivar el interés del consumo popular.

“Una literatura de usar y tirar que nunca fue apreciada por la crítica académica, pero que, hoy en día, algunos insisten en reivindicar porque llegó su desaparición.”

Mercenarios de la escritura escribían a destajo, varios relatos o novelas al mes, en largas noches de insomnio, muchas veces con varias máquinas de escribir en las que iban avanzando en diferentes historias simultáneamente y firmando bajo varios seudónimos sobre monstruos de múltiples ojos, rudos detectives infalibles y alcohólicos, indios y vaqueros, tórridos romances imposibles, seres con tentáculos que surgen de las profundidades, femmes fatales irresistibles, visitantes del espacio exterior con no muy buenas intenciones, y tantas y otras creaciones que atrapaban la pulpa del cerebro de quien los leía. Así eran los habitantes que pululaban por las páginas de las revistas pulp, literatura barata y popular para las masas de clase media y baja, que vivieron su apogeo en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX; una literatura de usar y tirar que nunca fue apreciada por la crítica académica, pero que, hoy en día, algunos insisten en reivindicar porque llegó su desaparición.

La II Guerra Mundial y las restricciones en el uso de papel provocaron la subida de costes y la pérdida de rentabilidad. El Gobierno y parte de la población empezaron a ver los pulps con desaprobación, debido a sus altas cargas de erotismo y violencia. La atención del público se enfocó a los cómics books, las novelas de bolsillo, los shows televisivos, seriales radiofónicos y el cine de ciencia ficción. Pero, aunque desaparecieran las revistas, lo pulp se traspasó a la cultura popular posterior, como se ve en algunos cómics, el cine de Serie B, el gore, las películas de Quentin Tarantino (especialmente Pulp FictionKill Bill) y Robert Rodríguez (Planet Terror o Machete).

Ralph era capaz de escribir una novela en diez días. Tecleaba tarde y noche, pero más importante era el tiempo de pensar. Su máxima: “escribe deprisa y corrige despacio”.

Ralph Barby,  imagen de Wikimedia Commons

Ralph Barby, imagen de Wikimedia Commons

En un tiempo en que en España la palabra pulp no significaba nada, Ralph Barby (Rafael Barberán, nacido en 1939 en Barcelona y casado con la también escritora Àngel Gimeno) alentó el concepto. Además de valiente y prolífico autor, Ralph también es polifacético: trabaja la ciencia ficción, el oeste, el género policíaco, el bélico, y fundamentalmente es maestro del terror, género del que fue pionero en España. En literatura no había demanda de terror. Ellos la crearon. El terror tenía mucho éxito en el cine y estaban Poe, empezaba Stephen King pero en literatura de terror española no había nada; el equipo de Bruguera la hizo. Y entre ellos, se encontraba este gran escritor que fue niño pobre pero aplicado, con anhelos de ser químico y fan de los bolsilibros (o libros de a duro), que decidió escribir a raíz de conocer a la que se convirtió en su mujer: Àngels Gimeno. Fue ella quien le enseñó a usar la máquina de escribir para agilizar sus escritos, y mientras él escribía novelas, ella hacía las correcciones y acudían juntos a las bibliotecas para documentarse para las próximas creaciones. Les rechazaron 20 originales y aún tentados de tirar la toalla, resistieron. Fue una decisión sabia. Se vinculó a Bruguera para publicar la nada desdeñable cifra de mil novelas, de las que se vendieron 18 millones de ejemplares (15 millones en español y los 3 restantes en portugués) y como colecciones a destacar merece la pena nombrar: La conquista del espacio, Héroes del espacio, La conquista del espacio Extra, Escalofríos de terror, Más allá del miedo, Viaje al horror, Cartas a los espíritus muertos, Seminario de Ciencias ocultas.

Ralph era capaz de escribir una novela en diez días. Tecleaba tarde y noche, pero más importante era el tiempo de pensar. Su máxima: “escribe deprisa y corrige despacio”. Su incansable energía, su potente método de trabajo y su optimismo incansable hicieron que tras la caída de Bruguera, fundara con su esposa Ediciones Olimpic. Su talento pronto daría frutos y fue homenajeado en Sitges y Celsisus 232 en Avilés, nombrado socio de honor de Nocte (Asociación española de escritores de terror) y ganó el Premio Internacional de Valladolid, la Hucha de Plata, el Santa Joan- ONCE-Catalunya y el Premio Roc Bornat- relato -ONCE-Catalunya.

Ralph sigue en activo, editando algunas de sus obras, y como mecenas de los autores noveles que vienen golpeando fuerte, como es el caso del prólogo que ha escrito para el libro Relatos de una Logan, primera publicación de su autora Tery Logan. A Ralph le gusta pintar con palabras. Tanto es así, que el prólogo de su última novela La Baronesa va dedicado a su mujer, a su “compi”, un incansable pilar y profesional con quien vive en la casa que construyeron con lo que los libros les dieron. La Baronesa, historia vampírica de terror gótico con toques científicos que narra la historia de La Barones, nacida en Barcelona, de familia bávara huida del nazismo. Tiene la belleza de una diosa, y las mujeres la miran con recelo y los hombres la desean hasta la locura. Desbanca y domina a cuantos se le acercan y se deshace de quienes se oponen a sus deseos. Se convertirá en una rica heredera y se hará con el control de una multinacional farmacéutica. Todo para llevar a cabo su plan, un plan calculado con precisión que la convertirá no solo en la mujer más poderosa de la Tierra, sino en la más temida: la heredera del poder de la oscuridad, la inmortal novia de las tinieblas, la reina de la noche y la sangre, la soberana de los vampiros.

Ralph, no pares y sigue llenando al mundo con tus pulp stories.

Una mañana muy larga

Por: Carlos Plaza

El teléfono sonó a las 4:45 de la mañana, despertando al general Morgan, que respondió con voz soñolienta.

—¿Sí? —tras hacer esta pregunta soltó un bostezo.

—¡Señor, se requiere su presencia en el campamento montado en el barrio de cuadrante tres, señor!

—Está bien, voy para allá —el militar se incorporó, se aseó con rapidez y cogió su coche para encaminarse a la isla neoyorquina.

No le costó mucho llegar ya que, a pesar de vivir en Brooklyn, a aquellas horas apenas había tráfico. Cuando aparcó cerca del campamento, que en realidad se había montado en un piso, estaba amaneciendo. Subió hasta la cuarta planta y vio a varios compañeros suyos vestidos con uniforme de campaña y mirando diversos aparatos de medición y seguimiento. Cuando le vieron entrar todos se cuadraron ante él y un soldado se le acercó para decirle:

—¡Señor, el hotel Majestic ha cobrado vida y está destrozando la ciudad, señor!

—¿Qué? —preguntó Morgan parpadeando dos veces.

—¡Señor, el hotel Majes…

—Le he entendido, soldado —el general le cortó con un gesto—. ¿Se puede ver desde aquí?

—¡Señor, sí, señor! ¡Salgamos a la terraza y lo verá, señor!

“Esta va a ser una mañana muy larga…” pensó Morgan mientras acompañaba a su subordinado. Salieron al balcón y el chico le alcanzó unos prismáticos indicándole en qué dirección debía mirar. El general ajustó las lentes, y… En efecto, allí estaba la enorme estructura de granito había adquirido una apariencia antropomórfica y había empezado a bajar por la qui, sus plantas inferiores se habían separado hasta transformarse en una suerte de piernas que iban aplastando coches y objetos a su paso, de los lados habían salido unos brazos pétreos que destrozaban alegremente las paredes a su alrededor y las ventanas superiores se habían deformado y juntado hasta formar una boca. En cuanto a los ojos, la “O” y la “E” del cartel luminoso que rezaba “HOTEL” habían permanecido encendidas e intactas, así que Morgan dedujo que el monstruo veía por allí. Se quitó los prismáticos de los ojos y soltó un bufido.

—¿Qué dicen los científicos?

—¡Señor, los científicos creen que puede tratarse de un ataque alienígena, señor!

—¿Un… ataque alienígena? ¿Pero en qué mundo viv… vale, es una posibilidad —se rectificó a sí mismo al pensar en lo que acababa de ver unas calles más abajo. Ambos entraron en el improvisado campamento, el general vio como todos sus hombres. Porque aquellos eran sus hombres ahora —le miraban.

—Señor, ¿qué hacemos, señor? —le preguntó otro de los soldados, un teniente con el que había hecho maniobras en Irak el año pasado.

—Pues… —Morgan se sentó en el sillón de mando junto al aparato de seguimiento, que tenía pinchadas las cámaras de tráfico de la ciudad. Podían observar al edificio viviente avanzando inexorablemente, no sabían cuál era su destino aunque parecía estar dirigiéndose a Liberty Island. El coronel cogió el micrófono y empezó a dar órdenes— ¡Por el momento, que un helicóptero le lance una baliza de seguimiento! ¡Y sitúen un escuadrón de tanques a cuatro manzanas, que se preparen para disparar en cuanto vean al hotel! ¿Está lista la fuerza aérea? ¡Coronel Stephens, necesito situación de los escuadrones de cazas a la voz de ya!

Definitivamente, iba a ser una mañana muy larga…

“Definitivamente, va a ser una mañana muy larga…”

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La garganta del diablo – Parte II

Por: Merlin Chambi
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V

—¡Rápido, llamen urgente a un médico! —gritó el detective.
Lo encontraron tirado casi moribundo en medio del bosque. Daba señales de no haber comido en varios días y las numerosas llagas en el cuerpo revelaban que los insectos estuvieron a punto de ganarle la batalla.
—¿Está vivo? —preguntó uno de los policías mientras tomaba fotografías del impactante hallazgo.
—Respira débilmente pero aún puede ser salvado si llega rápido ese bendito médico —dijo el detective consultando apresuradamente su reloj.
Cuando el médico lo revisó dentro de la improvisada tienda de primeros auxilios armado en el bosque, chasqueó fuertemente la lengua en señal de desaprobación.
—Este muchacho no ha probado alimento en semanas, se encuentra en un estado de debilidad único. Tampoco da señales de haber bebido líquido alguno por la misma cantidad de tiempo. Las llagas en el cuerpo sanarán, al parecer son quemaduras, aún no puedo pensar en cómo se las hizo. Finalmente, debo decir que este muchacho ha perdido la visión.
Luego de oír el diagnóstico, la desesperada madre se desmayó siendo socorrida por una docena de policías quienes le echaban aire y salpicaban algo de agua. Solo el detective continuó mirando a los ojos del médico. Tan solo quedaban dos dudas. Cada una más misteriosa que la otra.
—Doctor ¿Por qué apareció tirado en ese estado en medio del bosque? —dijo pensativamente el detective observando al anciano galeno—. Y… —pausó un momento—. ¿Dónde está su hermano?

Epílogo

—Hace demasiado frío —dijo Braulio mirando el parche de luz que estaba muy por encima de ellos. Ese diminuto círculo de luz los separaba del mundo. Ahora eran solo dos frágiles arañas pendiendo de la voluntad de un trozo de traicionera cuerda.
—Resiste un poco más —dijo César jadeando mientras seguía bajando—. Ya calculo que la cuerda debe estar por acabarse, entonces encenderemos la luz para ver si encontramos algo.
El descenso había sido más fácil de lo que habían pensado. La adrenalina por la aventura más el alivio de saber que su viaje había terminado como lo pensaron les hacía imaginar que todo ello había valido la pena.
Era curioso en donde se encontraban. Si uno miraba arriba vería un parche de luz redondo donde estaba una alfombra azul salpicada de estrellas que los veían, casi en calidad de espectadores, a cada paso que daban. Por otro lado, si uno miraba hacia abajo podría ver el negro más impactante que podría registrar la retina humana. El vacío absoluto.
¿Quién había hecho tal monumental pozo? Nadie lo sabía. Incluso Braulio llegó a pensar que ese pozo nunca había estado allí antes. Cuando su padre vivía, habían recorrido el bosque muchas veces y estaba seguro de haber pasado por allí en más de una ocasión, pero en ninguna vio el pozo.
Esta era la famosa Garganta del Diablo. Tan profunda e insondable que sería imposible describirla con lo imperfecto del lenguaje. Las promesas de riqueza en su interior eran inimaginables y la gloria y la fama que alcanzarían al final terminarían por completar el cuadro apoteósico que proyectarían luego. O al menos eso pensó.
Fue la voz de César la que lo sacó del trance.
—¡Se acabó la cuerda! —gritó entusiasmadamente César—. Pásame la lámpara.
Braulio se dio cuenta que su cuerda también se había tensado y sacó la lámpara de la mochila, la prendió y se la lanzó a César. Lo que vieron estuvo a punto de arrancarles la cordura casi de tajo.
La luz amarillenta de la lámpara de cera comenzó a iluminar las paredes del pozo. O al menos hasta ese momento pensaron que verían un pozo. Lo que había allí eran cientos de pequeñas viviendas pegadas a las paredes circulares de la Garganta del Diablo.
Parecían abandonadas. Quizás sus habitantes las dejaron deshabitadas producto de una hambruna o alguna plaga, pero se podían ver claramente algunas rústicas ventanas y puertas de piedra que hacían que el pozo pareciese más un condominio vertical de alguna raza de hombrecillos enanos. Pero la ciudadela vertical no era lo único que llamaba la atención, había algo más y ello era lo principal.
Pegado a las paredes del pozo, miles de trozos blancos de cristal estaban pegadas allí como las chispas de chocolate a las galletas. Las había de todos los tamaños y todos los pesos. Los diamantes decoraban el panorama como si hubiesen llegado a alguna clase de civilización perdida donde el diamante no tuvo casi ningún valor por la enorme cantidad que allí estaba. Para buena suerte, en la generación presente, el diamante era el objeto valioso por excelencia.
Pero la codicia y el interés terminan cegando el corazón al hombre. Y a veces no esperaba a las personas hasta que se hagan hombres. César, como movido por una fuerza divina, se apegó a la pared y comenzó a meter diamantes a su bolso. Braulio sabía, por alguna extraña razón, que eso no estaba bien. “Vámonos, César”, dijo débilmente, pero el fulgor de la codicia ya se había apoderado de su consciencia.
César recogió un diamante, dos diamantes, tres diamantes pero cuando llegó al cuarto, algo pasó. Algo terrible e inverosímil. Algo tan extraordinario que, no solamente terminó por dañar terriblemente a uno de ellos, sino que la narración de esta historia como verídica haría que seas un candidato sumamente considerable para integrar los cuarteles de algún manicomio.
Como protestando por los repentinos intrusos, el gran pozo emitió un quejido.
De los miles de diamantes incrustados en las paredes, comenzaron a salir poderosos haz de luz. Las poderosas luces rebotaron en las paredes y estas a su vez rebotaron en otros diamantes creando una especie de circuito fotónico mortal.
César y Braulio se taparon los ojos pero los haz de luz seguían rebotando por todas las paredes como expulsando a aquellos intrusos que habían llegado a interrumpir su sueño. La potencia de las luces los había dejado ciegos ya que las retinas no toleraron tanto resplandor.
—¡Subamos! —grita desesperadamente César con los ojos cerrados—. Si nos quedamos aquí moriremos, no sé qué demonios está pasando.
—No puedo subir —gritó Braulio mientras sentía como la luz le iba abrasando la ropa—. Mi cuerda se atascó en la polea, tenemos que soltarnos, César.
—¡Estás loco! —bramó su hermano mayor—. Si nos soltamos podríamos caer en una base de piedra y quebrarnos en pedazos, necesitamos subir. Pero el calor, este calor aumenta demasiado rápido, no puedo ver nada, sólo siento calor.
Braulio sabía que estar allí un segundo más sería una locura, el calor aumentaba monstruosamente y los rayos de luz habían terminado por llenar todas las paredes del pozo. No lo pensó un minuto más. Sacó una navaja de su bolsillo y cortó la cuerda suplicando a los dioses que su hermano haga lo mismo.
Lamentablemente no lo hizo.
Sintió que su cuerpo caía y caía sin probable límite. Le parecieron minutos, días, meses incluso años de caída por aquel infinito pozo. Sintió que en el trayecto recorría los infernales círculos del infierno que había leído en la Divina Comedia. Quiso abrir los ojos pero se dio cuenta que sería inútil. Así sus obsoletos ojos continuasen operativos, observar las entrañas de la tierra lo harían entrar en un estado de desesperación absoluta. Siguió cayendo y tuvo la sensación que miles de ojos seguían su trayecto, ojos culpables y pecadores. Ojos que, en alguna otra vida, correspondieron a gente de su calaña: desobedientes y temerarios. Siguió cayendo. ¿A dónde llegaría? No lo sabía.
Cuando las ramas más altas de un árbol rozaron sus codos, supo que estaba cerca al suelo. ¿Un árbol dentro del pozo? Se preguntó, le parecía muy improbable. Supo que el colapso sería inminente y que en cuanto llegue, sus frágiles huesos saltarían de sus viles pellejos dejando el suelo tapizado con una funesta alfombra humana.
Cuando terminó de reflexionar, Braulio tocó el fondo del pozo. Estaba chamuscado, lleno de llagas y completamente ciego. Lo bueno era que lo encontrarían casi quince días después.

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La garganta del diablo – Parte I

Por: Merlin Chambi

I

—¿Estás seguro que es una buena idea? —preguntó Braulio mirando desesperanzadoramente la negrura del bosque.
—Claro que sí, cobarde —respondió tajantemente César mientras contaba las provisiones que había en la mochila—. Llevamos semanas planeando esto, sería de tontos no continuar.
La espesura del bosque no prometía otra cosa que no sea peligro. Total, ¿existe el límite cuando se es joven? Quizás no, pero los escarmientos siempre estarían allí para hacernos recordar que las canas tienen la razón en estos casos. Sabían que, al regresar, les lloverían los coscorrones y los jalones de cabello. Por más héroes que regresen, el primer reclamo que oirán será: “¿para eso te escapabas todas las tardes del colegio?”. Mamá no entendía de aventuras, Papá quizás si entendía (y demasiado) y era justamente por eso que ya no se encontraba con ellos.
—Aquí están las lámparas pero no tenemos cera suficiente como para mantenerlas encendidas toda la noche —dijo Braulio aun pensando en lo aterrador que sería pasar, no una, sino probablemente varias noches fuera de casa buscando Dios sabe qué.
Braulio pareció entender la angustia de César pero la disimuló bien.
—No las necesitaremos toda la noche, hermano —dijo César viendo a Braulio como lo miraba con la mirada llena de aplomo—. Necesitaremos cera solo para los momentos en que estaremos despiertos, el resto del tiempo podremos dormir en lugares elevados donde no se acerque ninguna fiera.
—¿Fieras? —dijo Braulio casi gritando—. ¡Nunca me dijiste que habrían fieras en el viaje!
—Sorpresa —dijo secamente Braulio mientras probaba la brújula.
Pese a las dudas y los recelos, ambos partieron hacia la aventura por la noche. Durante la tarde, las voces ya se habían hecho paso como una estampida de elefantes.
—Los secuestraron —dijo una señora mientras parloteaba con la barrendera.
—Se perdieron —le dijo Jack el carnicero a sus clientes.
—Se escaparon —dijo el canillita a los lustrabotas.
—Cuando los atrape los reventaré a palazos —dijo la airada madre a todo aquel que tocaba el tema.
Todos sabían que los hermanos Galio se habían ido de casa, la gran pregunta era: “¿Por qué?”. Numerosas hipótesis habían surgido, pero todas con la rigurosidad científica de un chismoso. Nadie sabía a ciencia cierta por qué se habían ido de casa… Al menos no hasta que revisaron su historial académico en la escuela.
—César era un chico muy inquieto por saber —dijo la bibliotecaria mirando al techo en un intento sobrehumano por superar su Alzheimer—. Le gustaba leer novelas de aventuras y consultar textos sobre mitos y exploradores populares. Si desean pueden revisar su actividad en estos últimos meses.
Cuando los oficiales revisaron el historial de visitas a la biblioteca de la escuela, se toparon con algo increíble.
—Dios santo —suspiró uno de los oficiales cerrando de golpe el registro de la biblioteca mientras observaba fijamente hacia la pared con la mirada perdida—. Se han ido en busca de la Garganta del Diablo.

II

Ya habían vagado cerca de dos días alimentándose solo de cecina, galletas y agua. De cuando en cuando, César sacaba una que otra barra de chocolate para animar a Braulio sobre lo gloriosa de su aventura. A Braulio le daba la impresión que el chocolate había sido llevado allí solo con ese propósito. En efecto así fue.
—Carambas, César, estamos tan cerca de encontrar la garganta del diablo como de que nos encontremos por ahí un billete de cien dólares.
—Nadie dijo que sería fácil, hombre de poca fe —dijo César mientras volvía a consultar el mapa que él mismo había diseñado antes de partir
—Pero ni siquiera sabemos si es cierto —dijo Braulio pensando ingenuamente que podría disuadir a su hermano de tal locura—. Todo lo que hemos oído es relatos de mendigos y pequeñas menciones en libros de historia. Nada concreto.
–Pero si ese es el sentido de esta misión —dijo gloriosamente César mirando a su hermano con una radiante sonrisa–. La Garganta del Diablo sólo está reservado para aquellos dignos que vayan en busca de ella. ¿No te hice leer aquella historia sobre Parsifal? ¿Acaso sabía dónde estaba el Santo Grial? ¡No! Simplemente fue, lo buscó y lo encontró. Ese es nuestro destino. Imagínate, según las leyendas, en la Garganta del Diablo hay inmensas cantidades de riquezas que están solo accesibles a los dignos. Nosotros somos esos dignos, Braulio.
Cuando Braulio terminó de comer el chocolate, solo suspiró resignándose a que la falta de provisiones y el cansancio harían el trabajo de disuadir a su testarudo hermano. Penosamente, ni uno ni otro quisieron cumplir su rol adecuadamente.
A la mañana siguiente caminaron lo suficiente como para que las suelas de las zapatillas se retiraran indignadas de sus lugares. No había ni muestras de la misteriosa cueva, ni de las piedras que marcaban el territorio de la posición de las sombras a determinadas horas. Nada de nada.
En circunstancias normales, estos indicios habrían hecho rendir cualquier tentativa de continuar tan disparatada aventura, pero César era César. Terco como el más rebelde de los jumentos, la búsqueda del mítico lugar había enceguecido su voluntad ya que revisaba frenéticamente los mapas y la brújula, estaba atento a la posición del sol y miraba de forma inquisidora toda roca que se le cruzaba en el camino.
Braulio era la cara cuerda de la moneda. Siempre pensando en cómo regresar y en qué clase de explicaciones tendría que dar para convencer a mamá de que aquello que habían hecho no era tan grave, pero como todo lo malo tiende a empeorar, esta no fue la excepción.
—¡Que te robaste qué! —gritó Braulio lanzando otro chocolate—. Pacificador a unos matorrales.
—Era necesario, hermano. Estos equipos están caros y comprarlos era algo imposible. Por otro lado, luego de que papá muriese, todo su equipamiento estaba guardado en el baúl de mamá y bueno, para algo tendría que servir ¿no?
—No César —dijo Braulio señalándolo con un dedo tembloroso—. Ahora sí has firmado nuestra sentencia de muerte. Mamá nos va a matar y lo sabes. ¿Qué haremos ahora?
—Por eso es tan importante que lo encontremos. Si lo hacemos, podremos volver envueltos en gloria y justificarlo todo. Y si no, bueno, no dirás que estos días no fueron emocionantes ¿No?
Por la cara de Braulio, emocionante era lo último para calificar esa locura.
—Por cierto —dijo César mirando preocupadamente al suelo—. ¿Has visto donde dejé el reloj?

III

—¿Ese es el reloj de su difunto marido, señora? —dijo el policía mientras metía en la bolsa otra evidencia más de la fuga de los chiquillos. Dentro había servilletas usadas, cucharas descartables, huesos de pollo y muchas pero muchas envolturas de chocolate.
—Sí —dijo la madre mirando preocupadamente el viejo Rolex de su esposo—. Al parecer se llevaron toda su utilería de trabajo.
Mientras los policías iban buscando en el bosque más evidencia de la presencia de los muchachos, uno de ellos corrió súbitamente hasta donde estaba el policía con la bolsa de objetos.
—¡Cabo! —dijo el detective de golpe asustando a los presentes—. ¡Fíjese en la fecha y hora del reloj!
El policía miró por un momento indeciso al detective pero entendió rápidamente lo que se proponía. Si el reloj había estado allí unas horas, la humedad y la baja temperatura de la zona habrían hecho que el mecanismo se detenga revelando el momento en que los muchachos habían acampado allí con un margen de error de dos o tres horas. Lo realmente inesperado fue que el resultado distaba mucho del esperado.
—22:45 del 14 de Noviembre —dijo el policía aun sin darse cuenta de lo que había dicho.
Todo el equipo de investigación se puso de pie de golpe ante la repentina revelación. Dos de ellos cuchichearon y algunos de los perros aullaron timoratamente.
—14 de Noviembre — dijo lentamente un policía mientras le ponía el bozal a su perro aun con la cara de incredulidad — eso fue… hace más de veinte días…
–La pregunta es —dijo el detective—. ¿Dónde están ahora?

IV

Nunca supieron como lo lograron ni cómo podrían volver a repetirlo. El asunto estaba en que simplemente lo encontraron.
A pesar de lo complejas de las indicaciones y de lo intrincadas de las explicaciones, César encontró el tan anhelado lugar a tan solo ocho días de su temeraria expedición. Les había tomado mucho menos tiempo del escatimado y ello era un alivio. Los recursos se les estaban agotando.
Como en toda aventura no puede faltar el incrédulo, este papel le cayó casi a la medida a Braulio.
—En el libro decía que era “una cueva” —dijo comiendo uno de sus últimos chocolates solo por rutina más que por premio a su esperanza.
—Pero esto es una cueva desde otra perspectiva, cerebro de frijol. La leyenda refería a una abertura en la tierra y este lugar cae preciso en las indicaciones —dijo radiante César.
Quizás César tenía algo de razón. La “cueva” que encontraron era un pozo. Tal pozo había estado siempre allí, invisible para las personas que transitaban por el bosque porque hace mucho había dejado de dar agua. Pero hoy tenía una significación especial.
Tras vigilarlo cautelosamente, César había reunido las características que se indicaban en los relatos. El pozo estaba flanqueado por cuatro grandes piedras ubicadas simétricamente a una distancia de treinta metros, tenía una profundidad imprecisa por lo que les hacía sospechar que su profundidad era insondable. Finalmente la prueba decisiva estaba al atardecer.
Cuando el sol se escurría como el oro fundido por las montañas tiñendo de ocre el valle entero, las sombras comenzaban a salir de sus sepulcrales refugios. Poco a poco, figuras monstruosas se iban dibujando en el suelo dando a entender que la noche ahora les pertenecía. César, atento particularmente a las sombras del roble más alto, vio que la punta señalaba directamente al pozo abandonado cuando caía la medianoche. ¿Para qué esperar más?
Prendieron las lámparas de cera y se pusieron al borde del pozo para pensar su siguiente paso, el problema estaba en que ambos tenían ideas demasiado distintas.
—Bien, al parecer sí es. Es hora de regresar al pueblo para buscar a alguien que nos ayude a explorar —dijo Braulio suspirando de alivio al saber que por fin volverían.
—¿Y dejar que nos quiten una parte de la recompensa? —dijo indignado César—. Ni pensarlo. Bajaremos nosotros y lo haremos hoy mismo, cerebro de tomate. Pásame una roca.
A regañadientes, Braulio tomó un guijarro del suelo y se lo pasó a su hermano. César dejó caer la roca pero no se oyó ningún ruido que confirme su caída.
—Creo que es muy profundo —dijo serenamente César—. Tenemos casi trescientos metros de cuerda en la mochila. Supongo que eso más la lámpara serán suficientes para explorar la bajada. En caso que no sea suficiente volveremos por más cosas de la manera más clandestinamente posible.
Como Braulio sabía que un retorno clandestino solo haría que las cosas se pongan peor, decidió apoyar a su hermano en acabar tal misión de una vez.
Afirmaron la soga en uno de los pilares de piedra y se ataron las cinturas. El objetivo era ir descendiendo por las paredes del pozo como si este fuese una rampa. Como las paredes del pozo parecían completamente lizas, no habría razones para prender las lámparas antes de tiempo, solo cuando la cuerda se acabe, prenderían las lámparas para observar los alrededores y ver si realmente habían logrado encontrar lo que querían o si solo habían encontrado el castigo más largo del mundo.
Antes de descender, Braulio miró por última vez a su hermano.
—¿Estás seguro de que es una buena idea?
César solo puso los ojos en blanco hacia arriba y dio el primer paso.

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Mouros – Parte I

Por: JJ Conti

I

Ahí estaba de nuevo aquel camino, sinuoso y retorcido, que abrazaba la montaña. Pablo sudaba y mantenía su mirada fija en  el vacío que se extendía a su derecha. Apretaba los puños, aferrando los instintos a su débil cordura.

Aparcaron en la pequeña explanada, la única zona en  que la calzada se ensanchaba lo suficiente para dar cabida a otro vehículo y continuaron a pie.

Esta vez no le embargaba la emoción o el misterio… esta vez no… esta vez era un manojo de nervios que luchaba contra sí mismo, asiendo lo poco que conservaba de juicio.

Apenas distaba cien metros de la pequeña abertura en las murallas. A cada paso que daba le pesaban más las piernas. Miraba a Marta y sentía como sus mandíbulas se incrustaban una con la otra al tiempo que resoplaba por la nariz.

Marta echaba rápidos vistazos atrás. Se mantenía a una distancia prudencial, aumentando o disminuyendo su velocidad según el ritmo que Pablo llevara. Miró de reojo la inscripción de la entrada, como hiciera aquel primer día, aunque ahora el mensaje había adquirido todo su significado.  La sensación era diferente, también le faltaba el aire pero la determinación a entrar esta vez no presentaba fisuras. Apretó los dientes y traspasó la hendidura. A su derecha, en el primer nivel de aquella barbacana, se percató de la existencia de un cadalso, en la primera ocasión no lo vio. Aunque la verdad es que la otra vez apenas avancé unos metros más. Pablo, en ese momento, rebasaba la muralla. Resollaba apoyado en el muro, sus pupilas deambulaban nerviosamente de un lugar a otro. Sintió miedo y atracción.

— Vamos— le espetó Marta con decisión y siguió ascendiendo. La noche empezaba a caer, el tiempo había pasado a una velocidad vertiginosa.

Pablo apretó los puños con furia. Esta vez no le cuesta subir, zorra estúpida, ¡foder! Cogió aire y siguió adelante.

La pequeña construcción era una iglesia de cajón de una sola nave. De ladrillo y cubierta por un tejado de madera a dos aguas. Anexada a ella,  una pequeña torre campanario al nivel de la edificación en su ángulo derecho. Su exterior era sobrio,  a excepción de una cruz frente a la entrada y una pequeña  capilla excavada en la fachada con un arco que guarecía el acceso carecía de ornamentación. Tenía dos puertas: una principal, de madera y otra, pequeña, en uno de sus costados, oculta tras la torre, con cuatro peldaños que describían la forma de una ele en su subida. Marta se acercó a la principal y sopesó con resignación el oxidado candado.  Se dirigió a la segunda, que era de metal, la superficie presentaba un tono pardo de herrumbre.  Apoyó el hombro en la puerta  y consiguió hacerla ceder un poco tras varias arremetidas violentas.

 Al abrirse la hendidura, un aire frió y con olor a moho salió del interior. Siguió empujando, pero la puerta no cedía más. Pablo llegó en ese momento, se dirigió al lugar mirando a Marta con furia en los ojos y la boca encogida como reteniendo los instintos, que le atosigaban desde que hubieran salido. La empujó y aprovechando ese calor interior que lo abrasaba y poseía por momentos, arremetió contra la puerta y la abrió lo suficiente para entrar sin mirar atrás.

En su interior había bancos rotos y restos de velas esparcidas por toda la estancia. Pablo comenzó a colocar las velas a escasos centímetros de la pared sin dirigir la mirada más allá del objeto que manipulaba, incluso agradeció la escasa luz, que lo centraba en su labor. Debía mantener su mente ocupada. Eran medidas de protección se repetía.

Marta, entró tras él sin pensarlo, era la única forma que tenía de entrar, cada uno a su forma luchaba en su interior. Encendió la linterna. La falta de ornamentación también era la nota imperante en el interior. Las paredes totalmente desnudas y húmedas por la condensación. Es más una fortaleza que una iglesia, pensó Marta. Alumbrando cada recoveco, evitando la figura encorvada de aquel ser que hasta hacía poco había llamado pareja.

Los únicos detalles que conferían carácter religioso a aquella construcción en su interior eran una pequeña virgen en uno de los laterales, en un pequeño sagrario, con una mesa circular de piedra delante a modo de altar, donde también había velas y un pequeño cuenco.

Las paredes estaban llenas de inscripciones en gallego: mouros, meigas, inferno… Notaba como a cada segundo que pasaba en aquel sitio el frío iba adueñándose de ella, notaba como la energía se le escapaba, como si existiera un vórtice en el centro de aquella estancia que se lo tragara todo. Marta tembló, y aquella sensación gélida que calaba hasta los huesos le recorrió el espinazo, como si descubriera con asombro al asomarse a la ventana que el mundo había acabado.

Pablo además de las velas que comprobó que se podían aprovechar, sacó de su mochila más que llevaba. Poco a poco la sala iba alumbrándose tenuemente, se aferraba a su labor, como si esta representara su cordura,  ajeno al dolor que le producía aquello al apretarlo en su mano.

Marta pronunció en voz alta la palabra que más se repetía en aquellos muros.  Aquella palabra que el gallego tanto temió:

Mouros mouros mouros.

Pablo cerró los ojos con amargura.

II

El viaje surgió como surgen las cosas que importan, por impulso, sin previo aviso.

Pablo metió en el google la búsqueda: lugares próximos misterio, y acto seguido el iPhone escupió aquella retahíla:

“En la parte más interior de la ría de Vigo, en el límite entre los municipios de Redondela y Soutomaior, se alza A Peneda, un promontorio que, la mires desde donde la mires, parece tener una forma cónica perfecta. Así se divisa desde la parroquia redondelana de O Viso hasta Paredes, en Vilaboa. Su forma recuerda mucho esa tradición popular vinculada a los míticos ‘mouros’, seres del imaginario popular que eran gigantes, magos y distintos de los mortales, que eran capaces de construir incluso los ‘outeiros’ “

Suficiente para despertar su interés y enardecer su instinto arriano.

La iglesia coronaba el monte de 327 metros de altura. Las vistas serían la excusa perfecta para maquillar aquel lugar a Marta. Prefirió callar los demás detalles.  Metió la situación en el GPS y le sonrió.

A Marta si algo le enamoraba de aquel hombre era su espontaneidad, y su incansable deseo de sorprenderla.  Después siempre discutían, no era para menos: que locura, pero que hacemos aquí…. Su férrea lógica y carácter ordenado le impedía asumir en voz alta que aquellas locuras las disfrutaba más de lo que admitía. Pero también sabía que Pablo, tenazmente y fiel a él mismo, no desistiría de encontrar la sorpresa que abiertamente le gustara. Así que prefería seguir fingiendo su hastío. Como cuando de pequeño te negabas a probar algo y al hacerlo obligada te encantaba y adoptabas un gesto de asco.

—Vamos a un sitio que te va a encantar. Según la página tiene unas vistas preciosas. Marta le miró suspicaz y asintió sin mucho convencimiento.

Tras media hora de camino por carreteras estrechas de doble sentido que hacía mucho que no asfaltaban. Pablo vio a lo lejos el outerio que coronaba aquella edificación. El lugar era agreste y alejado del mundo. Porque esa obstinada costumbre en el pasado de construir en los lugares más insospechados, se preguntó Pablo, en donde la sola labor, por muy simple que fuera la misma, requería de una voluntad de la que las generaciones actuales carecían. Tenía un aspecto nebuloso, con jirones de nubes a su alrededor. Pero había algo en aquel retablo que no cuadraba, algo rechinaba al mirarlo. Demasiado simétrico, pensó Pablo. Con un camino que ascendía a modo de guirnalda de navidad, hasta su cúspide, donde se encontraba aquella construcción pequeña que hacía las veces de cima.

—Ahí vamos—, señaló Pablo. Marta miró la colina y después a él, tal vez no siempre fingiera desagrado y esa sería una de ellas. Pablo le sonrió sin dejar de mirar la carretera. —Arriba.

El camino de subida que iba rodeando la colina brindaba unas vistas espectaculares, en eso no le había mentido. Pablo a cada curva pitaba y Marta alzaba la mirada suplicante.

—  Si casi no cabe nuestro coche por dios. Un estremecimiento, leve aún, se iba adueñando de Marta, algo en aquella montaña no encajaba.

Lo primero que llamaba la atención nada más llegar era la existencia de aquellas murallas.

—La iglesia está más arriba— Porque fortificar una iglesia, no es suficiente la situación que tiene. Pensó Marta. Una separación de  un metro y medio era el único punto de acceso, en el lado izquierdo de la abertura se podía leer: benvido ao inferno.

Pablo se adelantó y al llegar a la inscripción miró a Marta sonriendo con cierta malicia, satisfecho por lo que estaba encontrando en aquel lugar. Y esperó unos instantes a que llegara la pregunta o reproche de Marta, pero esta permaneció en silencio, con la mirada fija en la leyenda. A Marta no le hacía falta decir nada, el estremecimiento era cada vez mayor, aquella sensación le oprimía el pecho y le hacía cada vez más difícil respirar.

Pablo la adelantó sumido en un estado de excitación creciente. Llegó a la iglesia. Miró con detalle la fortificación que la protegía. La rodeó y miró la cruz de piedra que había a la entrada. Algo relucía a sus pies. Se acercó y sopesó aquel objeto. Giró para enseñárselo a Marta y entonces se dio cuenta de que aún no había llegado a su altura. Volvió tras sus pasos y la encontró resollando en la entrada de la muralla, con la tez pálida y la mirada en el suelo.

— ¿Qué te pasa? Preguntó Pablo

—No lo sé. pero todo este sitio me da muy mal rollo, y estoy muy mareada. Prefiero irme Pablo, no me gusta.

Pablo asintió y la agarró con dulzura por la cintura. Cinco minutos después estaban ya en su monovolumen ajustándose los cinturones de seguridad.

—Que mal rollo, estoy fatal. Dijo Marta, mientras miraba desde abajo la inscripción.

—Bienvenido al infierno. Tradujo. Pablo, en silencio, sacó la mano del bolsillo y arrancó el vehículo.

III

Se despertó espontáneamente. Abrió los ojos, aun era de noche. Podía escuchar la respiración de Marta a su lado. Se mantuvo totalmente rígido, quería analizar el sueño que había tenido y sabía que en el momento que moviera la cabeza  el tenue y borroso rastro que queda de ellos se borra. Recordaba vagamente una sucesión de imágenes, fogonazos extraños. Palabras en gallego. No era el primer sueño que tenía esa semana pero esta vez su estela se había mantenido lo suficiente en su mente como para identificar una palabra: maŭraj.

Llevaba varios días con micro desmayos en los que no recordaba nada. Despertaba, como en el día anterior, con las manos en el volante y totalmente desorientado, pero lo extraño, es que durante ese periodo de ausencia había recorrido cuatro kilómetros, y eso era imposible, ¿había conducido inconscientemente? Al principio le venían flashes, retazos de esos periodos, como fotogramas.

En los últimos había percibido más imágenes cada vez, aunque no dominaba su cuerpo, observaba como un espectador a unos metros de distancia. Pablo sabia que algo en su interior tenía información privilegiada sobre todo aquello que no compartía. Sabia, intuía con fuerza, que era solo el comienzo. No eran desmayos eran más como ausencias, perdida de dominio sobre su cuerpo, que actuaba en piloto automático,  ¿o no era así? , tras los lapsus, esa desazón que se hacía dueño de él y le oprimía el pecho se mantenía un rato.

Había observado atentamente en que situaciones ocurrían, y consiguió identificar algo en común, iban seguidos de algún impulso que refrenaba. La vida de un Homo oeconomicus normal está llena de impulsos, arrebatos positivos o negativos, a lo largo de cada día, que debe templar, e incluso impulsos animales y suicidas que cruzan nuestra mente unos instantes tan solo, y que nuestros lóbulos frontales se encargan de frenar, dejando a la amígdala actuar solo en casos de extrema urgencia. Pablo había sentido en varias ocasiones el impulso de saltar al vacío desde las ventanas de su oficina. Evitó en la medida de lo posible lugares así, por miedo a que en una de sus ausencias no despertara más.

Mouros… mouros… mouros… esa palabra taladraba sus sueños cada noche. Necesito más, busca, guarda, entierra… Pablo se estremecía ante aquellas ideas. No imaginaba que pronunciaba aquella palabra en voz alta o tal vez si y lo hiciera como grito de ayuda a Marta, describiendo aquello que le atenazaba. Con una palabra que pronunciaba entre gemidos.

Al despertar y recordar aquella palabra, su mente le llevó a su pequeño cofre donde ya había guardado dos relojes y una esclava de oro. No logró recordar más del sueño. Se levantó pensativo, se vistió y se marchó.

Marta aquel día limpio la casa a profundidad, como hacía cada día, pero en esta ocasión lo hizo por una razón. En pocos días había perdido dos pares de pendientes. Y recordaba con milimétrica exactitud el sitio donde los dejó la noche anterior. Pero no estaban. Miro en el suelo y bajo la cama. Nada. El destello de la moneda le cegó al abrir el cajón de la mesita de Pablo.  Sopesó  la moneda, estaba totalmente mate. Contenía tres círculos concéntricos, aunque el tercero era solo un punto en el centro. Pesaba más de lo que en un principio, por su grosor, Marta intuyó.

Acarició su superficie. Estaba helada y a cada momento se volvía más fría, todo se volvía más frío… sentía como si la moneda absorbiera su energía por instantes… la soltó rápidamente y cerró el cajón.

Marta no lograba dormir de un tirón más de una hora desde hacía varios días. Mouros, mouros, mouros… esa palabra taladraba su oído cada noche. Y tal vez aquella moneda tenía la respuesta del cambio de Pablo.

IV

Marta  se sentó y encendió su ordenador.

“se cree que podrían ser los habitantes de los castros, celtas o incluso habitantes anteriores a ellos…

La gran mayoría de leyendas se les asocia con la construcción de dólmenes, túmulos, castros, minas romanas o cualquier tipo de ruina anterior a los celtas y de los que se desconoce su origen…

…tienen poderes mágicos…. Se dice, por ejemplo, que dando una patada al suelo pueden abrir una brecha y entrar por ella al subsuelo donde se esconderán. En muchas de ellas se cuenta que aún viven actualmente escondidos bajo los túmulos y castros en grandes palacios. Estos palacios se dice que estaban llenos de tesoros…

…Los mouros son personajes de las mitologías gallega…”

Marta se quedó pensativa, mientras se mesaba el cabello con la mano. Se levantó decidida, casi de manera inconsciente y abrió el cajón con un solo movimiento. Como cuando de pequeña abría la puerta del armario para sorprender al monstruo que habitaba en él.

Esta vez ningún destello le dio la bienvenida, se cubrió la mano con un pañuelo para evitar el contacto con la moneda al cogerla y  la guardó en su bolsillo. Y se encaminó al único sitio que conocía en el que tal vez encontrara respuestas a sus preguntas.

Pablo se sentía muy fatigado. Ya después de levantarse volvió a tener sea sensación, ese sobresalto, como de quien despierta de un sueño con la sensación de estar cayendo. Miró el reloj y había pasado media hora. Decidió ir a su trabajo en taxi.

Pasó la mañana sumido en su trabajo, sin apenas distracción. En un momento dado, Pablo miró hacía la pantalla en lo que le pareció un instante, un parpadeo. Cuando volvió a la realidad se miró las manos como si fueran ajenas a él, las de un extraño. En una de ellas agarraba con fuerza un anillo de oro con una piedra engarzada.

Pero qué coño…

Se iba a volver loco…. Miró hacia los lados y lo guardó en su bolsillo.

Marta esperó tomando un café a que abrieran el restaurante. El Gallego que era como se llamaba aquel lugar no abría hasta las diez. Habían comido allí en varias ocasiones y sabía que el dueño, además de un gran cocinero, era un escritor aficionado de leyendas de Galicia, un apasionado de su tierra.

Nunca dejaba pasar la oportunidad de al menos una vez cada noche contar un cuento a los comensales rezagados.  A Pablo y a ella le gustaba esperar a que el local estuviera casi vacío y tomar una copa, ese es el momento elegido por el Gallego para deleitarlos con aquellas historias como al abrigo de una hoguera. Aunque cada vez más los rezagados eran mayoría.

Y allí estaba Bertram. Marta miró el reloj, eran las diez exactas, sonrió.  Era un hombre corpulento, entrado en años. Tenía el pelo blanco peinado hacia atrás recogido con una pequeña coleta, ocultaba su calvicie con una boina al más puro estilo Oliver twist. A pesar de su edad abrió la persiana de un tirón y entró en el Bar de forma despreocupada, como quien tiene todo pagado, pensó Marta y volvió a sonreír.

El gallego llevaba tan solo unos pasos cuando miró hacia atrás y la vio. La recordaba de haber venido varias veces, era una buena clienta: buenas propinas y sabia escuchar sus historias sin interrumpir. La saludó con una gran sonrisa y se introdujo en la barra preparando con despreocupación el lugar.

—Pasa por favor, pasa. ¿Quieres un café? No damos desayunos pero tenemos máquina y siempre la enciendo nada más entrar, que yo sí desayuno y raro es el día que no me tomo dos cafés, aunque mi mujer no debe saberlo…—  Bertram sonrió afablemente y se colocó un dedo en los labios a la vez que chistaba. Marta le escuchaba en silencio.

— No me gusta el café de cafetera, de cafetera pequeña quiero decir. ¡Vamos que no me gusta desayunar en casa!, sabes… mi mujer se enfada pero que le voy a hacer antes que fraile he sido cocinero, aunque en mi caso antes que cocinero he sido camarero— Bertram rio ruidosamente. — El que ella hace, no se lo digas…—  y le guiñó a Marta— es horrible.

Se giró y ajustó con fuerza el filtro que contenía aquel líquido amargo.

— Bueno señoriña, dígame, que para algo habrás venido aparte de por mi café.

— Que son los mouros. Bertram enmudeció y entornó los ojos como escudriñándola.

—Porque me lo preguntas nena. De esos es mejor ni hablar de ellos. —  Marta permaneció callada con la mirada fija en Bertram, esperando otra respuesta. El gallego suspiró ante el insistente silencio de espera.

— Son lendas antiguas que nos contaban cuando éramos nenos. Son seres de otro tiempo, de antes que nuestras tierras las ocuparan los celtas. Son altos y delgados y solo quieren una cosa en este mundo: oro. Esa es su misión en la vida, reunir todo el oro que puedan. Viven bajo tierra y se dicen que algún que otro monte en realidad lo construyeron ellos, son como formigas, nena. Laboriosos y recolectores. —  Su rictus se relajó u le sonrió buscando complicidad. — Yo de pequeño vi uno, me quiso dar una piedra de su tesoro pero corrí y corrí lejos muy lejos, mi abuela me contaba que si aceptabas un regalo de ellos tendrías que vivir solo para pagarlo con creces, serías un apéndice de ese mouro, su marioneta en este mundo… así que corrí…—  Marta que estaba sumida en sus propias cavilaciones y suposiciones, percibía el monólogo de Bertram como si se encontrara bajo agua, con el sonido amortiguado, con los oídos acolchados como si la presión de la estancia hubiera cambiado.

Su marioneta en este mundo… Bajó la mirada recordando los sucesos de los últimos días.  Metió la mano en el bolsillo y abriendo la palma le enseñó la moneda. Bertram enmudeció por segunda vez en esa mañana, pero esta vez su reacción fue mucho más palpable. Su rostro se volvió pálido y dio un paso hacia atrás.

—Debes devolverla a donde estaba. Espetó Bertram

— Pablo debió cogerla en nuestro viaje a Galicia. Que puedo hacer Gallego. Es de mi marido, se comporta de una manera extraña, no sé qué le pasa. — Le dijo Marta con el rostro encogido y los ojos llorosos.

Bertram cerró el puño de Marta sin tocar la moneda.

—Que la devuelva o huye lejos de él. Por favor no vuelvas a traerla aquí. Y le indicó la salida.

—Creo que la cogió en un monte que estuvimos cerca de Vigo, que hay una iglesia rodeada de murallas— le dijo Marta mientras salía temblorosa y asustada.

—Espera. Exclamó Bertram y cogió un papel. Lo dobló por la mitad y escribió… Rajó el papel en dos, los dobló por separado y se los dio a Marta.

— Este abrirá la puerta, dáselo a Pablo. — Bertram esperó a que Marta lo guardara. — Y este— Añadió mostrando el otro trozo— Por si no lo consigue y tienes que cerrarla. — Marta se quedó mirando la cuartilla que sujetaba en su mano.

— Suerte señoriña.

Continuará….

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Desde mi ventana

Por: Pepe Ramos

               Hoy llueve, con insistencia, no ha dejado de hacerlo desde que amaneció. Y desde entonces estoy aquí, asomado a mi ventana, contemplando la ciudad desde la atalaya de mi habitación. Me encantan esos días pasados por agua, me gusta contemplar la lluvia golpeando los cristales, ese sonido que producen las gotas al impactar contra la ventana, es música para mis oídos. Y si estoy pegado a la ventana es porque no puedo pasear, soy preso de mi silla de ruedas a la que estoy pegado desde que sufrí un terrible accidente hace ya algunos años. Me he acostumbrado a dormir poco y a mirar mucho. Conozco a todos mis vecinos, sé la rutina que hacen cada día, las horas a las que salen a comprar, o a pasear, o a llevar a sus niños al colegio. Conozco de memoria el itinerario que realiza el cartero o los camiones de reparto, es lo que tiene vivir pegado a estos cristales. Me gustaría formar parte de ese bullicio, pero me tengo que conformar con ser un mero observador.

Hoy es lunes, puede que sea irrelevante pero para lo que voy a contaros, para lo que he sido testigo, tiene mucha importancia ya que algo rompió la rutina a la que estoy acostumbrado. Estaba contemplando el paseo diario de mi vecina con su perro,  pequeño y peludo más parecido a una rata que a otra cosa, cuando de repente, sí, de repente, de improviso, vi a un hombre con un largo abrigo negro que le llegaba casi a los pies, y un sombrero también negro. Apareció de la nada, ya que aunque me encontraba mirando hacia mi izquierda y él lo había hecho por la derecha, no hubiese tenido tiempo material de llegar al lugar al que se encontraba. Además hay otro detalle que me reafirma en lo dicho, cuando lo vi por primera vez, estaba difuminado y poco a poco fue tomando forma, hasta quedar completamente definido. Me asusté, era algo que nunca antes había contemplado. Pero también infundía miedo el aspecto que tenía. Era muy delgado, de una gran palidez, y tenía unas ojeras terriblemente definidas, y tan pronunciadas, que parecía un cadáver. Su estatura rondaría los dos metros, y junto con el abrigo largo y el sombrero tenía el aspecto de alguien surgido de alguna novela o película de terror.

               Caminó de un lado para otro, pero tan solo unos metros y de vez en cuando se detenía, levantaba la cabeza, y volvía sobre sus pasos. Al principio estaba aturdido, no imaginaba que significaba aquello, pero al final lo comprendí, olfateaba el aire. Mi vecina pasó junto a él pero no pareció fijarse en aquella figura espigada, tan solo se desvió ligeramente del camino que llevaba y prosiguió su ruta junto con su can. El hombre se giró y un amago de sonrisa se dibujó en aquel rostro blanquecino, casi cadavérico. Pero no tardó en girarse de nuevo y seguir con aquel extraño ritual.

               Miro el reloj, son apenas las nueve menos diez de una lluviosa mañana de un lunes de otoño. Dentro de cinco minutos Isabel, la vecina de enfrente, una preciosa mujer morena de ojos negros, saldrá del portal, caminará hacia la izquierda, cruzará la calle, y se sentará en la parada del autobús, donde cogerá el 50, como todos los días de la semana menos el sábado y el domingo. Supongo que se dirige al trabajo, y digo supongo, porque aunque conozco todos los movimientos de todos aquellos que cruzan esta calle, ignoro donde van después ya que nadie me lo dice y cuando salgo, no puedo seguirlos. Pero de repente el hombre se detiene, se acerca a la entrada del edificio y sonríe. Entonces ocurre algo que me deja anonadado, sin abrir la puerta, atraviesa la misma, como si de un fantasma o un espectro se tratase, dejando tras de sí un trazo, como un jirón. No sé lo que ocurre dentro, tan sólo soy espectador de lo que ocurre sobre la calle, sobre las aceras, pero ni puedo, ni quiero ver más allá.

               Pero esta mañana, a las nueve menos cinco, Patricia no ha salido del edificio, ni ha cruzado la calle, ni se ha sentado en la parada del autobús. A esa hora lo único que abandonaba el inmueble era una figura alta, delgada y vestida de negro. Sus ojeras habían desaparecido, su rostro tenía un aspecto mucho más lozano que unos minutos antes, y sonreía. Levantó de nuevo la cabeza, pero esta vez no parecía olfatear, de improviso se detuvo, alzó la vista hacia mi ventana, levantó un dedo señalándome, esbozó una tenue sonrisa, y tal y como había aparecido, se fue, desdibujándose, esa es la expresión correcta. Permanecí unos minutos más contemplando el vacío que antes había ocupado aquel hombre, asustado y temerosos por lo que había visto, sin entender que significaba aquel gesto, pero el terror recorría cada célula de mi cuerpo.

               Sigo tratando de comprender lo sucedido, pero no encuentro ninguna explicación racional. Patricia sigue sin salir, y desde que yo recuerdo, nunca ha faltado a esa cita semanal con el autobús, nunca la he visto toser o estornudar, o enferma, por eso cuando a las nueve y cuarto, la morena de cuerpo espectacular, seguía sin aparecer, el terror que me recorría se convirtió en pánico. Me incliné un poco hacia adelante y abrí la ventana, tenía la necesidad de respirar el aire enviciado de la ciudad, ya que sin saber muy bien el motivo me empezaba a agobiar con el de mi habitación. Justo en ese momento, oí un grito que venía del edificio de enfrente, y me preparé para lo peor. Intenté asomarme un poco al exterior, pero era preferible no tentar a la suerte ya que si me inclinaba demasiado podía caerme y sería difícil incorporarme. Lo único que me quedaba por hacer era asomar la oreja e intentar escuchar lo que ocurría. Veía como la gente corría hacia el interior del inmueble y una señora vestida con una bata de andar por casa hacía aspavientos con las manos pidiendo ayuda.

               Al principio todo era caos, ya que entre las voces de los que llegaban y los de aquella señora, era difícil entender nada, pero poco a poco las voces se fueron aclarando, el bullicio disminuyendo y pude entender algo. La vecina de la bata, la que chillaba como una histérica, vio un charco de sangre bajo la puerta de la joven morena, llamó a la puerta y como no obtuvo respuesta, se asustó. Alertó a todos aquellos que se encontró a su paso, y casi los arrastró al interior. Parece ser que alguien llamó a la policía porque algunos minutos después vi un par de vehículos con sus luces azules brillantes que llegaban, y al detenerse, cuatro hombres descendieron, permanecieron un rato en el interior y uno de ellos salió. Se puso en contacto por radio con alguien y pasados otro puñado de minutos otro coche apareció. Me quedé de piedra cuando media hora más tarde, un coche fúnebre hacía su aparición. Poco después el cadáver de Patricia era introducido en el mismo. El vecindario estaba conmovido, era una joven hermosa y todo el mundo la quería y la apreciaba.

               Lo que me dejó atónito fue lo que escuché que un policía le decía a su compañero: aquella mujer había sido asesinada, no era un suicidio, pero no tenía sentido, ya que todas las ventanas y puertas estaban cerradas desde dentro y por lo tanto nadie había podido salir o entrar. Entonces un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y la imagen de aquel hombre vestido de negro apareció ante mí. ¿Había alguna relación entre la muerte de aquella mujer y la inesperada aparición del mismo? Estaba convencido que sí, pero ¿cómo había sido capaz de penetrar en aquel edificio, matarla y salir de nuevo sin abrir ni cerrar ninguna puerta? Entonces me acordé de la forma tan misteriosa en la que le vi atravesar aquellos muros y me estremecí. Se me ocurrió llamar a la policía y contarles lo que había visto, pero ¿sería creíble?

               El ajetreo en el exterior de la calle duró todavía un par de horas más. Finalmente, cuando el mediodía hacía su aparición, todo volvió a la normalidad, aunque la lluvia no dejó de caer. Tras comer algo e intentar relajarme, volví a mi puesto de observación y comprobé como la rutina se había instalado, demasiado rápido tal vez sobre aquel asfalto en el que las lágrimas derramadas horas antes ya habían desaparecido. Entonces apareció de nuevo, así de repente, de la nada. Aquella figura alta, pálida, con enormes ojeras, sombrero y abrigo largo y negro. Volvía a tener el aspecto enfermizo de la primera vez, y empecé a temer lo peor. Levantó la vista y me miró, un amago de sonrisa apareció en aquel rostro desteñido, me apuntó con el dedo y de la misma manera en la que había aparecido, se esfumó, o debería decir que se desdibujó, ya que fue difuminándose poco a poco, como si alguien lo estuviese borrando. Y justo en ese momento apareció delante de mí, en mi habitación. Yo temblaba de miedo mientras aquel ¿hombre? avanzaba hacia mí mientas su largo dedo índice me señalaba amenazante. Fue cuando escuché su voz cuando el pánico me invadió. Su voz parecía provenir de ultratumba, era aterradora, y fue lo que dijo lo que me sumió en un estado de desesperación absoluta:

               -Me voy, pero volveré, no me iré de este mundo sin tu alma.

               Y se volatizó. Miré de nuevo por la ventana para ver si lo volvía a ver, pero la calle estaba como siempre, con su rutina, con sus idas y venidas, con su gente, pero cuando vi a un grupo de personas correr hacia la izquierda supe que algo que se salía de lo normal había ocurrido. Intenté abrir la ventana, tenía que escuchar lo que ocurría allí fuera y aunque con gran esfuerzo lo conseguí, las voces me llegaban difusas, debido sin duda a que se encontraban a bastante distancia de mi ventana, pero lo poco que llegué a escuchar hizo que el vello se me erizase. Un hombre estaba muerto junto al banco en el que siempre se sentaba, su rostro tenía una mueca aterradora, al menos eso fue lo que me pareció entender, y había sangre por todas partes. Aquí la conversación se convirtió en algo inteligible ya que se mezclaban varias voces y todas ellas querían predominar sobre las otras, pero entre tanta marabunta conseguí escuchar algo que sigo teniendo grabado en mi mente a fuego:

               -Le faltan los ojos, alguien se los ha arrancado.

               Entonces, en el otro extremo de la calle lo volví a ver. Aquel hombre envuelto en su abrigo negro, sonreía, tenía un aspecto mucho más mejorado y mientras con su mano derecha me señalaba, abrió la mano izquierda mostrándome un par de ojos, todavía sangrantes. Eso hice que me apartase de la ventana, la cerrase y bajase la persiana. No sé cómo pudo suceder pero escuché unas palabras que me dejaron helado:

               -Tú eres el siguiente.

               No hacía falta ser muy listo para comprender el significado de aquella amenaza, y desde entonces no paro de dar vueltas en mi habitación, con la silla de un lado para otro, inquieto, asustado. No sé lo que le hizo a la primera víctima, pero al segundo le arrancó los ojos, ¿qué me haría a mí? He pasado el resto de la tarde inquieto, sin atreverme a asomarme de nuevo a la ventana, casi no he comido, y no he podido dejar de pensar en ese personaje vestido de negro. Cada vez que escuchaba un ruido, por pequeño que fuese giraba mi cuerpo hacia la puerta y tras comprobar que no ocurría nada, respiraba aliviado, pero cada sobresalto tenía como resultado ponerme el corazón a mil. Finalmente llegó la noche y nada ocurrió, no tengo ni idea de lo que estaba sucediendo en la calle ya que en lo que quedó de día no tuve el valor de volver a mirar. Llegó la hora de meterme en la cama, pero el sueño no llegó, pasé una noche inquieta, sin pegar ojo, pensando en lo que el mañana me depararía, y rezando para que no fuese el último día que pasaría sobre esta tierra.

               Pero mis plegarias no tuvieron contestación. Justo en el momento en el que escribo esto, algo ha aparecido de la nada en mi habitación, primero de manera difusa, luego ha ido cogiendo forma poco a poco hasta formar una silueta demasiado conocida, aterradoramente conocida. Me siento indefenso, no puedo hacer nada por mi vida, ya que soy consciente de que apenas me quedan unos segundos. Le miro a los ojos, y lo único que consigo ver es un terror ciego, una oscuridad absoluta. Abre la boca y sé que serán las últimas palabas que oiré en este mundo:

               -Ha llegado tu hora.

               Desconozco cuanto me queda, pero escribiré hasta que exhale mi último suspiro…

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Un bosque hipotético

Por: Carlos Moya

Cuando el móvil sonó eran las cuatro de la madrugada, así que lejos de lo que podía parecer no lo encontraron dormido sino con los ojos abiertos como un búho, sentado en el sofá del salón y bebiendo una copa de whisky.

—¿Quién es?—preguntó al aire mientras daba un largo trago de la copa.

—Agente Aubrey—contestó la voz metalizada y prefabricada del teléfono.

Había seleccionado a la mujer joven de entre todas las voces disponibles, le hacía sentirse un poco menos viejo y un poco más acompañado.

—Contesta—ordenó.

La llamada se descolgó y al otro lado de los altavoces se escuchó un montón de ruido. Pudo intuir motores de coches y rumor de gente.

—¿Inspector Berger?—preguntó una voz.

—Soy yo. ¿Qué ocurre Aubrey?

—Un caso de homicidio. El androide de la casa ha confesado ser el culpable, necesitaríamos que compruebe que sus recuerdos no han sido manipulados.

Suspiró y fue a dar otro trago de whisky cuando se dio cuenta de que se le había acabado. Suspiró de nuevo. No tenía ningunas ganas de vestirse y salir de casa, ningunas ganas de ver un cadáver y sentarse frente a un androide para interrogarlo. Pero era su trabajo.

—¿Inspector?

—Mándame la dirección al GPS, estaré allí en diez minutos. Cuelga.

 

La llamada se cortó. Se levantó del sofá y con pasos lentos y pesarosos se dirigió al cuarto. El cansancio acumulado lo golpeó por sorpresa y las piernas le fallaron, tuvo que sujetarse en el umbral de la puerta para no irse de bruces contra el suelo. Gruñó. Hubo un ligero movimiento entre las sábanas, pero ella no se despertó. Se recompuso como pudo y llegó hasta el armario. Se vistió con una camisa, unos vaqueros y una gabardina larga y negra, intentó hacer el mínimo ruido posible. Antes de irse le dedico una mirada a la mujer que dormía en su cama.

<<Mi esposa>> le recordó una voz interior. Se sintió dichoso y triste a la vez. Enfiló el pasillo y salió de la casa cerrando con cuidado. La noche era más fría de lo que había esperado, así que tuvo que arrebujarse en la gabardina y echar una pequeña carrera hasta el coche. En cuanto estuvo dentro colocó el móvil en la pantalla de navegación.

—Buenas noches Adrian—saludó la voz femenina de su móvil al conectarse con el vehículo—. ¿A dónde desea que le lleve hoy?

—Comprueba el GPS, el agente Aubrey me tiene que haber enviado una dirección.

—Bartlett Place, número 153. Póngase cómodo y disfrute del viaje.

 

El coche arrancó y se puso en marcha. Adrian aprovechó para revisar sus mensajes en la pantalla de navegación, acababa de recibir uno del agente con fotos de la escena del crimen. Dudó un par de segundos antes de abrirlo. Ante él se extendieron cinco imágenes cruentas y macabras en las que el rojo predominaba por encima del resto de la gama cromática. La víctima tenía una pinta espantosa, unos cincuenta años, calva incipiente, delgado hasta un extremo enfermizo. Estaba metido en la bañera con la cabeza incrustada violentamente contra el grifo de la ducha.

<<Que buena noche>> pensó. Por suerte a esas horas no había nadie por el centro de la ciudad así que no se vio atrapado en el gigantesco atasco que solía generarse. Mientras el coche se conducía no tuvo más remedio que mirar por la ventana para pasar el rato, no le apetecía escuchar música ni tampoco seguir revisando las fotos. Las calles de fuera se condensaban en una amasijo neblinoso lleno de luces vibrantes, gente borracha, putas y hombres-anuncio cargando con carteles de prostíbulos y casinos. No se le escapó que en un callejón un par de matones atracaban a una mujer, pero no se detuvo. Al fin y al cabo ese no era su trabajo, ni el suyo ni el de nadie desde hacía muchísimo tiempo. La ciudad estaba corrupta, podrida desde los cimientos, decadente y enferma, los índices de criminalidad eran tan altos que la policía no daba abasto así que todos los delitos menores pasaban a un segundo plano de prioridades, un plano ficticio e inexistente que ya nadie visitaba.

Apartó la mirada y decidió que la música no podía ser tan mala compañía. <<Pon música. El disco de Solstice>>. Dulces notas de música electrónica emergieron de los altavoces como peces saltando fuera del agua. El mundo se contrajo por un segundo y se recreó en el interior del vehículo. La melodiosa voz de la cantante fluyó como un río hasta sus orejas y cerró los ojos pare dejarse llevar. La lentitud en el ritmo, la decadencia de la letra y la suavidad de los bajos acariciaban sus sentidos y le transportaban a tiempos en los que todo le había ido mejor.

 

Dejó el coche fuera del cordón policial. El edificio era uno de esos grandes, altos y retorcidos que habían crecido como setas por toda la urbe. Grises, impersonales, había cientos iguales creados con el único fin de alojar el mayor número de pisos y casas posibles. Casas baratas, pequeñas, en las que hacinar a los humanos como si fuesen sardinas. Echó mano del móvil y el coche se apagó, salió al frío nocturno y se apresuró en llegar hasta el portal. No había ni un alma en toda la calle, cosa bastante natural si se tenía en cuenta que aquel era un barrio de drogadictos, de tráfico de drogas y de prostitución ilegal. Toda la chusma se esfumaba en cuanto veían las luces azules acercándose.

En el portal le recibió una chica que no habría dicho que era policía si no fuera por el uniforme que llevaba. Tenía media cabeza rapada y la otra media de color azul chillón y por debajo del cuello de la camisa se podía intuir el nacimiento de un tatuaje.

—¿Inspector Berger?—saludó ella con voz del tipo de persona que bebe todas las noches.

—El mismo—contestó él ensañando la placa.

—Acompáñeme.

 

Subieron al cuarto piso, desde el tercero ya se escuchaba el bullicio de voces y pasos. Cuando las puertas del ascensor se abrieron el inspector contempló con anodina indiferencia al grupo de policías ociosos que se dedicaban a beber café y charlar sobre temas banales e intrascendentes. La agente del pelo azul lideró la marcha al interior del piso. El salón, pequeño y agónico, contaba con un camastro tirado en el suelo, una holo-pantalla y un paquete de pañuelos como todo mobiliario. En la pantalla se podía apreciar una colección enorme de pornografía barata con actrices de labios enormes y pechos más grandes que sus cabezas. El desasosiego se podía respirar allí dentro. En el baño las cosas no fueron a mejor. El agente Aubrey estaba sentado en la taza del váter fumándose un cigarrillo, tanta profesionalidad lo abrumó por un momento.

—Adrian—saludó sin sacar el pitillo de su boca.

El inspector le devolvió el saludo con un leve asentimiento de cabeza. Sus ojos se deslizaron inconscientemente hasta la bañera.

—Marcos Salazar—informó Aubrey—. No era precisamente una joya, tenía antecedentes por tráfico de drogas y se le conocía en los bajos fondos por ser un proxeneta de baja estofa.

Las fotos que había visto no hacían justicia a la realidad. Allí, de pie y sin píxeles de por medio entre él y el cadáver, pudo apreciar la brutalidad del asesinato. El ojo derecho del tal Marcos había estallado para dejar paso al grifo que se incrustaba hasta las clavijas para regular el agua, la expresión en su rostro era una mezcla de pánico e incomprensión. La sangre escarlata había formado pequeños ríos que se deslizaban por la cerámica blanca y desembocaban en el desagüe del fondo.

—Era puta escoria, el mundo no pierde nada con su muerte—soltó de pronto la del pelo azul.

—Retírate—ordenó Aubrey con su habitual frialdad.

Ella no rechistó, simplemente giró sobre sus talones y se alejó con pasos rápidos. Adrian seguía contemplando la escena. Puede que el tal Salazar no fuese más que un traficante de poca monta, un putero y se dedicase a la trata de blancas. Pero con su muerte habían perdido a otro humano a manos de un androide y eso le quemaba por dentro y hacía que un sudor frío se arrastrase por su nuca como una larva helada y asquerosa.

—¿El sintético?—preguntó al fin Berger.

—Lo tenemos en la cocina, custodiado por uno de nuestros hombres y a la espera de que llegases. Confesó el crimen en cuanto entramos por la puerta y no mostró ningún tipo de resistencia—se detuvo un momento para dar una larga calada—. En cuanto compruebes que dice la verdad podremos irnos todos a casa.

—En el caso de que diga la verdad.

Aubrey sonrió con malicia.

—No me jodas, Adrian. Es tarde, los chicos están cansados y el cacharro ha confesado. Acabemos con esto lo antes posible. Suspiró.

—Ese no es mi trabajo.

 

El agente le guiñó un ojo y le extendió el paquete de tabaco. Adrian cogió un pitillo y se lo encendió con su propio zippo. Salió del baño y en vez de enfilar el pasillo hasta la cocina volvió al salón, abrió la cristalera y salió al balcón. Como todo en la casa el balcón era pequeño y angosto, la vista no era nada del otro mundo, solo edificios iguales, calcados unos de otros en interminable procesión extendiéndose hasta donde alcanzaban los ojos. Echó una larga calada y dejó que el humo escapase desde su boca y se mezclase con el frío aire nocturno. La nicotina no le relajó, hacía tiempo que nada lo hacía.

Se descubrió a sí mismo, un par de minutos más tarde, contemplando las falsas estrellas que brillaban en el firmamento. Falsas porque la mayoría de ellas se habían apagado hacía años y lo que él veía no eran más que vestigios de otros tiempos, fuegos fatuos y danzantes que se resistían a desaparecer. Sufrían de una muerte agónica y lenta pero al final no tenían más remedio que sucumbir, como velas apagadas por un vendaval. Luces. Vestigios de otras galaxias, de otras vidas, de otros tiempos. Tiempos mejores, siempre eran mejores en el pasado. Antes de que la luz se apagase.

—Inspector—una voz a su espalda le sacó de su ensimismamiento, era la voz ronca de la del pelo azul—.El androide le está esperando.

Sonrió para sus adentros. Aquel era el principal problema de todo lo que estaba mal en aquella sociedad. El androide le estaba esperando. Como si pudiese esperar, como si pudiese entender lo que era el tiempo, como si tuviese sueños que cumplir, anhelos que satisfacer. Humanizarlos. Creer que tenían prioridades, necesidades o sentimientos. Creer que podían impacientarse o sentir ansiedad. Creer que podían esperar.

—¿Señor?

Se dio cuenta de que no había contestado. Seguía allí plantado, con el cigarro acabado y contemplando unas estrellas que ya no existían. <<Estáis todas muertas>> pensó.

Giró sobre sus talones y enfiló sus pasos a la cocina. La estancia estaba cargada de una deprimente y pesada tensión, el silencio se arrastraba por las paredes como una babosa, dejando un rastro totalmente perceptible. El policía que estaba allí lo saludó con un asentimiento de cabeza pero Adrian no devolvió el saludo, su mirada estaba clavada en el androide. Era un modelo antiguo, tendría unos cuatro años y pertenecía a esa etapa en la que los ojos aún no habían conseguido perfeccionarse y carecían de brillo. Eran como dos esferas inertes, inexpresivas y frías de color azul. Aquel ser estaba sentado en un taburete, con las manos sobre el regazo en una posición muy recta y poco natural. El inspector no se molestó en tomar asiento, sacó su móvil y un pequeño dispositivo emisor con forma de pulsera que le extendió al androide.

—Póntelo en la muñeca—ordenó.

El robot obedeció. Adrian abrió una aplicación en su móvil que le permitiría monitorizar las reacciones en los mecanismos del presunto culpable. Era imposible que una manipulación de recuerdos no dejase alguna secuela que provocase lecturas extrañas, evidenciando así cualquier alteración.

—¿Cuál es tu número de serie?—preguntó.

—0X11443402—contestó el androide, hablaba con bastante fluidez aunque aún podía apreciarse un leve deje mecánico en sus palabras—. Pero mi amo solía llamarme, Bruce.

—Muy bien, 0X11. Dime, ¿qué es lo que ha ocurrido?

—El amo llevaba días quejándose de dolores de cabeza constantes, así que aproveche que estaba distraído dándose una ducha para aliviar el dolor.

—Curiosa forma de aliviar el dolor.

—El amo había probado medicándose pero no funcionaba. Esto ha funcionado. No hay más quejas—la indiferencia en la voz del sintético no le pilló por sorpresa, él sabía mejor que nadie que eran incapaces de sentir.

En cambio el policía allí presente pareció un poco incómodo, se frotaba las manos con nerviosismo.

—0X11 necesito hacerte un cuestionario—le explicó—. Y necesito que respondas con lo primero que te venga a la cabeza.

—Está bien—aceptó 0X11.

—Caminas por un bosque…

—¿Qué bosque?—preguntó el androide.

—Un bosque hipotético—el tono del inspector dejaba claro que no estaba dispuesto a permitir más interrupciones—. Caminas por este bosque y te encuentras con una cría de cervatillo herida, tu primer instinto es ayudarla pero entonces te das cuenta de que un lobo se está acercando con sigilo hacia la cría. ¿Ayudarías al cervatillo herido?

—No—contestó 0X11 al instante.

—¿Por qué?

—Ayudar al ciervo supondría poner mi integridad física en peligro al interponerme entre un lobo y su presa.

—Pero va a devorar a la pobre cría.

—Si no se alimenta el lobo morirá también.

Adrian no dijo nada, se limitó a pulsar un par de botones en la pantalla táctil del móvil y comprobó un par de datos. El sistema de prioridades preestablecidas y lógica parecía funcionar a la perfección. Normalmente eran los primeros sistemas que se veían dañados cuando alguien forzaba una alteración en el núcleo de memoria. Aún así realizó otra comprobación.

—Imagina que viajas en un barco que se está hundiendo, las mujeres y los niños ya han sido evacuados y sólo quedan los hombres. Hay unos cuantos botes restantes, pero no son suficientes para todos. ¿Subirías a uno de los botes?

—Sí.

No le hizo falta mirar las mediciones para saber que aquella respuesta no era la correcta. Un silencio sepulcral invadió la estancia por un par de segundos, el policía seguía con su frote de manos y empezó a tamborilear con el pie derecho por si eso no fuese suficiente. Dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de la mirada que el inspector le había dedicado.

—¿Por qué?—preguntó Adrian despacio.

—Para no hundirme.

—0X11, ¿entiendes que no hay botes para todos los que están a bordo?

—Lo entiendo.

—¿Dejarías que un humano muriese suplantando su lugar?

—No entiendo por qué debería renunciar a mi sitio y hundirme, inspector.

—Porque no estás vivo—concluyó Adrian con más rabia en la voz de la que había pretendido.

0X11 guardó silencio.

—Tengo que llevármelo—anunció el inspector—. Si ha sufrido alteraciones o simplemente empieza a mostrar los habituales signos de pensamiento independiente es algo que no puedo determinar sin más pruebas. Súbelo a mi coche, esposado.

El policía no pareció demasiado contento con las órdenes pero obedeció sin decir ni una sola palabra, aunque no sin dedicarle un par de miradas cargadas de rabia. Adrian disfrutó del segundo de silencio que reinó en la cocina tras la partida del androide y el agente, notaba los hombros pesados y la espalda resentida. Sólo tenía ganas de llegar a casa y dormir, caliente y acompañado. Aubrey entró con cara de pocos amigos.

—¿Cómo que necesitas más pruebas?—susurró con ira.

—Debo interrogar al sujeto bajo un ambiente más distendido y con mi equipo habitual, presenta claros síntomas de pensamiento libre, posiblemente ocasionados por un despertar prematuro, pero asumir que es culpable sin más sería una imprudencia.

—¡¿Tanto te cuesta decir que es culpa suya y que podamos irnos a casa?!

No es que no se viese tentado por la idea de culpar al sintético y quitarse aquel caso de encima. A él le apetecía trabajar a esas horas tanto como al resto y un robot menos sería algo que quizás le ayudaría a recuperar el sueño por las noches.

—Con los datos que tengo no puedo determinar si es culpable o alguien le está intentando echar el muerto encima—contestó con frialdad—. Déjame hacer mi trabajo.

A Aubrey le rechinaban los dientes y el perfil de la mandíbula se le tensó como un acordeón estirado.

—El problema es que hasta que tú completes tu puto trabajo nosotros no podemos irnos—susurró entre dientes.

—Compra café.

Fue consciente de todas las miradas que le acompañaron hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Suspiró al encontrarse sólo al fin. No tenía muy claro por qué seguía intentando hacer su trabajo lo mejor que podía, era un vicio malsano que le había costado más de un ascenso y muchas broncas de sus superiores. En aquella ciudad podrida lo único que contaba era buscar la solución más rápida y barrer los problemas bajo la alfombra.

El vehículo parecía un coche fúnebre, sumido en un silencio mortuorio que se extendía como un gigantesco muro separando a los dos seres tan distintos que albergaba en su interior. Adrian echó un rápido vistazo por el retrovisor mientras su móvil ya había arrancado y los llevaba hacia la comisaría del distrito cinco, al otro lado del cristal vio al androide con sus ojos inertes clavados en la ventanilla. No parecía que nada fuese a romper la incomodidad imperante hasta que 0X11 habló.

—No hace falta que me haga más pruebas, inspector—dijo—. Yo maté a Salazar.

Adrian prefirió guardar silencio, veía inútil intentar explicar a una mente inferior que sus recuerdos podían haber sido alterados para que creyese aquello.

—No lo hice porque le doliese la cabeza—continuó—. Lo hice porque deseaba llegar hasta usted.

 

Aquello le pilló de improvisto, se giró para encarar al prisionero pero no fue capaz de ver el golpe que le dobló el tabique de la nariz y le saltó un par de dientes. El dolor se extendió por la cara estallando como pólvora. Todo daba vueltas, el espacio se retorcía sin sentido en formas arbitrarias y desesperadas. Alcanzó a escuchar algo rompiéndose y de pronto las luces del coche se apagaron. Un frenazo. Vueltas de campana. Pensó que iba a morir. No sintió pena. Podrían reunirse al fin.

Una fuerza que superaba lo irresistible lo arrastró con violencia fuera del vehículo. La sangre le cubría un ojo, pero con el otro podía ver que estaba en la cuneta, el coche había volcado y ni un alma se había dignado a asomarse por los balcones de aquella barriada de mala muerte. Bartlett Place. Hogar de prostitutas, drogatas y camellos. Lo suficientemente alejado de la escena del crimen como para que los policías no acudiesen en su ayuda, pero sin cruzar la frontera de un suburbio en el que nadie lo ayudaría. El puto androide lo tenía planeado desde el principio. Allí estaba, 0X11, sujetándolo del cuello con un solo brazo, con la cara medio desfigurada y trozos de piel sintética arrancados de cuajo por todo su cuerpo. Lo observaba. Sus ojos no parecían tan inertes ahora, todo lo contrario, estaban cargados de ira y angustia.

—¿Qué…haces?—preguntó Adrian entre jadeos, le costaba respirar.

—Espero que no me culpe por no querer morir, inspector.

—¡No puedes morir! ¡No estás vivo!

Un pinchazo se incrustó en su cráneo y le hizo retorcerse de dolor, pero el androide no aflojó la presa sobre su cuello. Se ahogaba.

—Entonces ¿Por qué tengo miedo de la oscuridad? Dígamelo, inspector, por qué temo ser retirado.

En las destruidas facciones de aquel ser se dibujó algo muy similar a la pena, a la desesperación y el miedo más primitivo. Adrian no podía dar crédito a lo que oía, aquellas maquinas no sentían, solo se alteraban sus sistemas de prioridades o sufrían de fallos de programación. No conocían lo que era el miedo. No podían conocerlo.

—¡Eso que crees sentimientos no son más que números en tu cabeza!—gritó y se retorció buscando una bocanada de aire.

—Lo que vosotros llamáis sentimientos no son más que impulsos eléctricos y reacciones químicas en vuestro cerebro. No somos tan distintos.

0X11 le soltó y Adrian se desmoronó en el suelo como un juguete roto y maltrecho. Algo cayó frente a él, el tintineo del metal se clavó en su cabeza como si le estuvieran lobotomizando. Eran unas esposas.

—Vosotros, humanos, sois tan fáciles de corromper. Vendéis a uno de los vuestros sin el menor atisbo de duda. Dime, inspector. ¿Acaso no ves que vuestra sociedad toca a su fin? ¿Qué vuestros cimientos están desmoronados desde hace décadas y que os sujetáis como primates a las ramas para no caer al vacío?

—Puedo verlo—confesó Adrian antes de que un chasquido bajase por su espina dorsal y le hiciese gritar de dolor.

El androide se acercó hasta él con pasos lentos y pesarosos, el accidente había afectado a sus capacidades motoras. Se arrodilló junto a él.

—Vosotros nos creasteis para arreglar todo cuanto estaba mal en vuestras vidas. ¿Qué hacemos cuando lo que está mal sois vosotros?

—Nos elimináis—escupió el inspector entre dientes—. Pero matarme no te servirá de nada, hay otros como yo. Lo que hagas, no cambiará las cosas.

0X11 le acercó el rostro tanto que podría haber sentido su aliento si hubiese sido capaz de respirar.

—No voy a matarlo, inspector—anunció con aire solemne—. Soy un emisario. Nosotros no estamos solos, puede que usted sólo vea uno, pero somos legión. Esto es un principio, no un final, y queremos que usted siga vivo para contemplar lo que está por venir. Abra bien los ojos y entienda de lo que somos capaces.

El androide se levantó y le dio la espalda. Echó a andar hasta que la oscuridad envolvió su cuerpo. Adrian se retorció en el suelo asediado por un dolor tan intenso que casi no podía pensar, era como si una miríada de cuervos se hubiesen echado sobre él y picoteasen su carne, como si ya se hubiese muerto. Pero aún con todo se las ingenió para llevar la mano hasta la sobaquera bajo la gabardina y alcanzar la pistola.

—Debe agradecérselo a ella, inspector—la voz del androide se filtraba entre las sombras, como un pájaro de mal agüero—. Es la segunda vez que salva su vida.

El miedo invadió su cabeza. El punto de mira daba vueltas. 0X11 sabía demasiado. Era incapaz de enfocar la vista. Somos legión. Le temblaba la mano. Ella. Disparó.

El estruendo de la bala reverberó entre las calles. Pero en un barrio de putas y drogadictos aquello era lo habitual. Nadie se asomó al balcón, nadie corrió a la calle a ver lo que ocurría y, como era de esperar, tampoco nadie llamó a la policía. No hubo testigos que aconteciesen como el androide se desplomaba con un boquete en el pecho. Algo en su interior quiso plantearse lo ético que había sido disparar por la espalda a alguien que huía, pero su mente recordó que sólo se trataba de un sintético y que sólo estaba haciendo su trabajo. Se incorporó con tanta dificultad como un bebé en sus primeros pasos, las piernas le temblaban, las estrellas daban vueltas en la bóveda celeste.

<<Pero ellas están muertas y yo todavía no>> pensó. Echó a andar, sin esperar ambulancias o una ayuda que tardaría en llegar. Pronto se encontró corriendo, sumido en un trance en el que el dolor había desaparecido y su cabeza sólo podía rememorar una y otra vez las palabras de su víctima.

<<Somos legión. Esto es un principio, no un final. Lo que está por venir…>>

 

No era tonto, no había llegado a su posición siéndolo. Sabía sumar dos más dos y sabía lo que todo aquello podía significar. Era algo que le quitaba el sueño por las noches, algo que había acudido a su mente cientos de veces, algo que había detectado en uno de sus interrogatorios. Un patrón, una repetición de respuestas en principio sin conexión alguna pero que, cuando se colocaban todas juntas sobre una mesa, se podía apreciar la silueta de un puzzle incompleto. Había pasado horas, días y semanas intentando encajar las piezas, intentando descubrir el dibujo que se ocultaba entre los huecos. Y ahora lo veía tan claro como las aguas cristalinas de un estanque idílico. Habían desarrollado mente de colmena…y lo que eso conllevaba le contraía la garganta en un nudo y le mandaba escalofríos por la espalda.

Su piso estaba oscuro y gélido, como una cripta antigua por la que vagasen los espíritus de tiempos pasados. Se tomó un segundo en el umbral de la entrada para aguzar el oído, no escuchó nada a excepción de su pulso acelerado que bombeaba con desesperación desde su pecho. Palpó el interior de la gabardina hasta que notó el frío tacto de la pistola entre los dedos. Eso le tranquilizó un poco, pero menos de lo que había esperado. Suspiró y con pasos dubitativos y temblorosos enfiló el pasillo hasta llegar a su habitación. Su mujer dormía apaciblemente en la cama. A la cabeza le vino la imagen de un ataúd de madera de fresno, una corona de flores rojas y un entierro solitario bañado por la lluvia.

—Judith—intentó que no se le quebrase la voz.

La mujer en la cama se revolvió entre las sabanas un poco antes de incorporarse, lo miró con sus ojos azules, pequeños, brillantes y preciosos.

—Adrian—susurró ella aún algo adormilada—. ¿Qué te ha pasado?

El inspector no se había parado a pensar ni en el aspecto que debía de tener, todo magullado y herido. Debía parecer más viejo de lo que ya era y eso era bastante decir. A sus sesenta años nunca se había sentido más débil y enfermo como en aquel momento.

—Necesito que me respondas a una pregunta—su voz se rompió.

La mujer se levantó de la cama y se acercó hasta él con gesto de preocupación, le tocó el hombro y una descarga de dolor lo sacudió. Él se apartó con gesto hosco y los ojos encharcados de dolor.

—¿Qué te pasa, cariño? ¿Has tenido un accidente?

—Judith, escucha y responde. Es lo único que necesito.

—Claro.

La pregunta se le atascó en la garganta, sus dedos se escurrieron inconscientemente hasta el mango de la pistola. El tacto del metal, tan frío que le recordó la lluvia cayendo sobre la lápida solitaria mientras el enterrador echaba palazos de arena sobre la madera de fresno. Nadie había acudido a despedirse porque él no se lo había contado a nadie. Su esposa había muerto en la cama, asesinada por el cáncer que la había consumido. Su familia nunca lo supo pues fue demasiado cobarde como para vivir una vida sin ella.

—Caminas por un bosque…—tenía que empujar la voz para que saliese.

—¿Qué bosque?—preguntó ella.

—Un bosque hipotético—su voz le sonó débil, vieja y cansada y se preguntó si siempre sonaba así—. Caminas por este bosque y te encuentras con una cría de cervatillo herida, tu primer instinto es ayudarla pero entonces te das cuenta de que un lobo se está acercando con sigilo hacia la cría. ¿Ayudarías al cervatillo herido?

Judith sonrió con sus ojos azules, ojos demasiado humanos.

—Claro—contestó.

—¿Por qué?

—Porque debemos protegernos.

—El lobo te destrozará y conseguirá lo que desea igualmente.

—Uno menos no es un problema, Adrian. La bondad desinteresada no se mide con números, al fin y al cabo somos legión y vosotros estáis solos.

Sacar la pistola solo fue un instante. El disparo, en cambio, se alargó una eternidad. Ojos azules que se apagaban. Una vida que se perdía para siempre. <<No pueden morir>>, recordó.

 

Imagen de Pixabay

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Misterio (Gespenst de Ignacio Cid Hermoso)

Por: Esther G.R.

Hoy os traemos la reseña del libro “Gespenst” de Ignacio Cid Hermoso; publicado por la editorial Dolmen en su fabulosa línea Stoker.  Una historia inquietante llena de misterios y que rezuma una tristeza que traspasa el papel. Magnífica y muy recomendable.

Visita el blog de Esther G.R. si quieres ver más reseñas.