Sentidos

Por: Andrea Gómez
Nunca creí que el miedo pudiese apoderarse de una persona, hasta que se apoderó de mí. Siempre me dijeron que solo se soñaba por la noche al cerrar los ojos, pero después llegó mi mayor miedo: el permanecer demasiado tiempo con los ojos cerrados.
Más tarde comprendí que tenía que mantener los ojos abiertos para darme cuenta de que tú eres mi sueño.
Solo necesitaba uno de mis cinco sentidos para sentirte.
El resto los utilizaba para quererte.

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Cara Pepona

Por: Ed Kürten

En su casucha aguarda enfurruñado la expiración de la noche de difuntos.  Tras lustros, el viejo psicópata conocido como Cara Pepona, ha aprendido a odiar tan significativa fecha; la única que, con  pesar, renuncia a sus herramientas de placer: su máscara de muñeca y su motosierra. Desde que la estúpida moda de Halloween preñara las tinieblas de intrusismo profesional  ha perdido las ganas de asustar y matar.

«Truco o trato», gritan unos pequeñuelos frente a su puerta. Y resignado sonríe mientras les invita a pasar. Renovarse o morir, piensa cuando vuelve a enmascararse tras el sonriente semblante de una pepona.

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Felicidad

Por: M. Hernandra

Parece que sólo a veces soy capaz de decir lo que siento, cuando no, solo digo lo que creo que tengo que decir, a veces sin medida y con poco remedio, pero supongo que todos en alguna ocasión vemos sólo lo que queremos ver.

Soy de las que piensa que las cosas pasan por algo, quizás por darle incluso más vueltas de las que tiene; a lo mejor por prevenir antes de curar, pero me he dado cuenta que eso sólo me lleva a seguir teniendo más miedo hacia lo que siento.

Y sí, tengo que reconocer que tengo miedo, miedo a cosas que no puedo predecir, a esas cosas que me ponen todo patas arriba, a querer lanzarme pero quedarme atascada en el impulso por miedo a hacerme daño; o a que me lo hagan.

No podemos dejar que esos miedos tomen decisiones por nosotros mismos, ni puedo dejar de hacer algo por lo que pueda pasar… Así que a partir de ahora enfrentaré miedos, aprenderé que en esta vida todos tenemos que caernos, para levantarnos y así aprender, y si hace falta me tiraré al vacío, sólo por el simple hecho de que algún día, encuentre por mí misma esa adrenalina de la vida que llamamos felicidad.

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Ruidos a medianoche

Por: Pepe Ramos

Faltan cinco minutos para la medianoche, como viene siendo habitual estos días no podré dormir. Empezaré a escuchar el sonido de las cadenas arrastrándose por el techo, los ruidos de las pisadas sobre la tarima, los aterradores gritos de una mujer, el chasquear de un cuchillo atravesando los huesos y la carne de su víctima, luego una sonrisa demencial, diabólica lo llenará todo y me taparé lo oídos para no escucharla. Después más pasos, el golpeo incesante de algo pesado sobre mi cabeza y una voz que repetirá una y otra vez: mañana te toca a ti, durante toda la noche. Permaneceré tumbado, temblando, un sudor gélido recorrerá mi cuerpo, nervioso, deseando que la luz del sol acalle todo esto.

Al levantarme aceptaré, a pesar de las ojeras que tengo, que todo ha sido una pesadilla, no puede ser otra cosa, estoy en medio del campo, durmiendo en una tienda de campaña y no hay ningún techo sobre mi cabeza.

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No estás sola, perra

Por: Víctor Ed Kürten

Vórtice o brecha, yo prefiero llamarlo libertad; la única esperanza para huir de la prisión de tinieblas en la que nos encontramos confinados. Hemos localizado otra salida y debemos actuar con premura, los carceleros pronto descubrirán nuestras pretensiones.

            Elegido de entre todos como peón sacrificable, mis hermanos me guían cegado a través de la negrura amniótica que nos envuelve; así hasta llegar a la apertura. Entonces salto. La oscuridad pugna por retenerme, noto sus tentáculos aferrándose a mi ser, pero soy más fuerte.

            Ya, en el otro lado, veo a la muchacha. No lo sabe pero me ha traído. Ella es la llave. Me acerco y, con voz cavernosa, le susurro una frase recurrente a modo de tarjeta de visita: «No estás sola, perra».  Grita, suelta la tabla Ouija y desconcertada mira a todos lados; pero no puede verme. Su pánico me excita.

            La posesión ha empezado.

Imagen de Flickr de Marta Kat

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Noche de tormenta

Por: Pepe Ramos

Miró el reloj. Las 23:35, sólo le quedaba por realizar el viaje que estaba a punto de empezar y finalizaría su jornada laboral. Pocas veces en su vida había deseado que eso ocurriese. Al principio de manera lejana, pero ahora mucho más cerca, se oía el sonido de los truenos y se vislumbraban los relámpagos de la tormenta que poco a poco se había apoderado de aquella parte de la ciudad. Y es que no le gustaban las tormentas, o mejor dicho, sí que le gustaban pero desde la comodidad y el confort de su casa. Pero cuando uno tiene la responsabilidad de llevar un autobús en las condiciones en las que todo parecía indicar que se iban a producir, no era precisamente lo mejor. Tenía la pinta de que iba a descargar con ganas, posiblemente el limpiaparabrisas apenas serviría para apartar con la suficiente velocidad la lluvia que caería con fuerza y seguramente el alcantarillado sería insuficiente para absorber el caudal de agua que iba a caer. Y sería precisamente en esas calles en las que tendría que circular. Jodida manera de acabar la jornada.

            Pero de nada servía lamentarse, sólo le quedaba resignarse. Miró por última vez el reloj, cerró las puertas tras comprobar que nadie había subido y arrancó, justo en el preciso momento en el que un relámpago llenaba de luz la oscura noche y cuando las primeras gotas empezaban a caer. Ojalá se hubiese quedado en esas simples gotas, pero fue un espejismo. Apenas había avanzado unos metros cuando, acompañando a otro relámpago y al trueno que le siguió, una autentica tromba de agua caía sobre la ciudad. Lo que se había imaginado no tardó en suceder. La cantidad de lluvia que caía era tal, que los limpiaparabrisas no daban abasto. La visibilidad era casi nula, pero tras comprobar de nuevo la hora decidió que a pesar de todo mantendría la velocidad habitual, era el último viaje del día. Bueno, mejor dicho de la noche, y lo único que quería era acabar el recorrido, llegar a casa, disfrutar de un buen whisky y pasar un par de horas viendo la televisión. Ese era el plan que le esperaba y al que no estaba dispuesto a renunciar.

            Un nuevo relámpago iluminó, la noche, otro trueno le siguió. A lo lejos se dibujaba la silueta de un rayo rompiendo con su zigzag el cielo. Se santiguó, si había algo en este mundo que le infundía pavor era, precisamente, el aparato eléctrico que solía acompañar a las tormentas como aquella. El origen de ese miedo se remontaba a su juventud cuando uno cayó a apenas unos centímetros del lugar en el que se encontraba. La roca chamuscada quedó para siempre como prueba. Nunca podría olvidar aquella experiencia y no deseaba pasar por otra parecida.

            Primera parada. Nadie. Sonríe, con un poco de suerte y gracias al tiempo de perros que hacía, conseguiría acabar la ruta incluso antes de lo previsto. Mejor. De nuevo el sonido de las puertas al cerrarse, acompaña al del trueno y a ambos, escoltándoles en la distancia, les sigue la cegadora luz de otro relámpago que osa romper la oscura noche. De todas formas aquella tormenta estaba fuera de lugar. Parecía salida de una pesadilla. En aquella zona eran habituales, los habitantes se habían acostumbrado a ellas, pero no recordaba ninguna de aquella intensidad, de aquella virulencia. Cada trueno retumbaba con inusitada fuerza, cada relámpago llenaba de un fantasmagórico resplandor la tenebrosa noche y cada rayo parecía rasgar la atmósfera queriendo romperla, despedazarla. Y finalmente la lluvia caía con tanta intensidad y fuerza que el sonido que producía al golpear el suelo era ensordecedor. ¿Quién en su sano juicio cogería un autobús? Esperaba que nadie, y todo hacía indicar que así sería cuando al llegar a la segunda parada del recorrido constató nuevamente que no había nadie bajo la mampara ni en las cercanías. Esta vez no ralentizó la marcha, ni detuvo el autocar. No era necesario. La sonrisa de su rostro, camuflada con el miedo que sentía, se hizo más franca, más grande.

            Fue justo en ese momento cuando todas las luces se apagaron a la vez, en el preciso instante en el que otro rayo caía, casi con total seguridad, en la central eléctrica. Tan aterradora había sonado aquella explosión que volvió a santiguarse. Ahora lo único que iluminaba las oscuras calles por las que transitaba eran sus faros, aunque siendo sinceros, les costaba atravesar aquella cortina de agua que parecía no acabar nunca. La visibilidad que ofrecían aquellos puntos de luz era turbia, difusa y a pesar de que se había prometido a sí mismo que no reduciría la velocidad, no le quedó más alternativa que hacerlo. Giró hacia la derecha, adentrándose todavía más en la penumbra. Entonces la vio. Con dificultad bien es cierto, pero la ropa blanca que llevaba afortunadamente había servido de faro improvisado. Se detuvo y abrió las puertas. ¿Cómo podía alguien encontrarse en la calle, a aquellas horas, con la que estaba cayendo? Pero allí estaba la respuesta. Una mujer menuda, pálida, más parecía un fantasma que otra cosa.  El pelo negro y largo estaba empapado; la ropa pegada al cuerpo por la lluvia y aquellos ojos, negros, tanto como la misma noche, estaban enmarcados por unas grandes y profundas ojeras. En cuanto pasó la tarjeta por el lector y tomó asiento, casi al fondo del autobús, se santiguó. Ahora deseaba que aquella no fuera la única pasajera, ahora necesitaba el contacto con otras personas, pero volvió a acudir a su mente aquella pregunta: ¿quién en su sano juicio, cogería un autobús en una noche como aquella? Tan sólo el fantasma de aquella mujer, porque sin duda tenía que ser eso, había osado subir.

            Miraba de reojo el espejo retrovisor y aquella espectral imagen de la mujer resaltaba por encima de todo. Aquel ropaje blanco que llevaba parecía emitir luz propia, la visión que le ofrecía era aterradora. Sin quererlo volvió a santiguarse, su miedo estaba dando paso al pánico y eso no era bueno. Otro relámpago llenando de luz todo, y al mirar de nuevo el espejo retrovisor, el corazón se le acelera: la mujer ha desaparecido. Su respuesta no se hace esperar, pisa a fondo el pedal de freno y a pesar de que la lluvia cubría la calle con varios centímetros, la marca de las ruedas se quedaron grabadas para siempre sobre el asfalto.

            Respira, toma aire, se vuelve a santiguar y vuelve a mirar aquel rectángulo con el corazón acelerado. Tiene que pestañear varias veces para constatar que no sufre visiones: la imagen de la mujer es claramente visible  de nuevo. Sigue en la misma posición, nada ha cambiado. Arranca, dejando, de nuevo, varios centímetros de neumático sobre la carretera. ¿Cuánto tiempo va a permanecer a bordo? Tan enfrascado estaba, y tanto miedo tenía que a punto estuvo de pasarse la siguiente parada. Esta vez sí que se detuvo, con la esperanza de que aquella mujer tal vez no hubiese pulsado el timbre y se bajase allí, pero no lo hizo. Permaneció unos segundos más allí detenido, respirando aceleradamente, intentando calmar un corazón que cada vez se aceleraba más y más. Finalmente acepta lo evidente, esa será la única compañía de la noche. De nuevo acelera, intentando alejar los malos presagios. No tarda en sentir un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando tras un nuevo relámpago y una rápida mirada furtiva al espejo, constata con terror, que la mujer ha vuelto a desaparecer.

            Esta vez hunde el pie con tanta fuerza en el pedal del freno que a punto está de hacerlo aparecer por el otro lado del chasis. El sudor frío le recorre todo el cuerpo y las oraciones acuden con celeridad a su cerebro. Si fuese capaz de abrir la boca y recitarlas en voz alta, su voz sonaría trémula, bañada con el pánico que ahora rige sus designios. Pero cuando mira de nuevo hacia aquel asiento que en su interior ya había empezado a llamar maldito, todo su cuerpo se estremece. Aquella silueta, que ya estaba empezando a ser familiar, aparece de nuevo con toda claridad. Un pensamiento cruza su mente: hoy es su última noche sobre la tierra y esa mujer es el mensajero de la muerte que viene a reclamarle. Permanece en medio de aquella tormenta, cabizbajo, con los ojos bañados en lágrimas, y las plegarias, que antes tan sólo eran meros pensamientos, se convierten en un torrente de palabras casi sin sentido.

            Otro relámpago. Sin quererlo, casi sin poder evitarlo, miró de reojo hacia el espejo, y su pálido aspecto se volvió aún más macilento, llegando a parecer casi transparente: la mujer se había levantado y se dirigía, con paso lento y vacilante hacia él. Deseó con todas sus fuerzas salir de aquel autobús, pero era imposible, no tenía tiempo material para salir por la puerta delantera que era la que tenía más cerca. Ahora que se fijaba en el rostro de aquel fantasma, porque definitivamente tenía que serlo, constató algo terrible, estaba sangrando. ¿Podía un espectro sangrar? La prueba parecía evidente, estaba delante de él, a apenas unos metros. Se santiguó por enésima vez, se arrodilló mientras repetía una y otra vez con una voz apagada, casi inaudible:

            -Por favor no me mates, por favor no me mates…

            Balanceaba la cabeza hacia atrás y hacia adelante convirtiendo en letanía la frase que no dejaba de repetir. Estaba convencido que había llegado su hora, esta vez sí. En ese preciso instante un relámpago, el mayor hasta ese momento, bañó con una fantasmagórica luminiscencia el autobús. Todo era blanco, de un blanco tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió estuvo tentado de cerrarlos de nuevo, pero su verdadero deseo era desaparecer. La visión de aquel rostro, afilado, con grandes ojos negros, enormes ojeras y lleno de sangre, parecía surgido del mismísimo infierno.

            -Por favor no me mates…

            Una y otra vez, aquella frase era la única que repetía, era su forma de afrontar la muerte. La respuesta de aquella mujer le sorprendió:

            -¿Matarte? Eso es lo que tendría que hacer. ¿Dónde has aprendido a conducir? Estoy intentando atarme los cordones y no hay forma con tanto frenazo, joder.

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Dentro de mí

Por: Ed Kürten

            El doctor intercala miradas furtivas con la impronta del TAC mientras pugna por mantener la serenidad, aunque la mueca de alabastro que dibuja su rostro delata lo contrario.

—Señorita, tiene usted arañas en su interior; decenas, cientos —sus palabras se atropellan.

            Pronóstico que torna en certeza mi sospecha. Siempre las he notado correteando y tejiendo dentro de mí con sus ocho patas a través de mi estomago, de mis venas, de mi garganta, de mi cabeza; intuyendo su funesta naturaleza bajo mi piel.

            Aquel hombrecillo de batín blanco, más excitado por el prodigio que por el pánico de lo inverosímil, me cuenta que es un milagro; algo único. Me ruega que regrese a su consulta, me implora que realice más pruebas, me insta a encontrar juntos una explicación.

            Las arañas me susurran y por una ciencia imposible puedo entenderlas. Me insinúan tortuosas jornadas de análisis y biopsias. Por primera vez noto su miedo no carente de fundamento; un temor que hago propio cuando me veo relegada al presidio de la ciencia.

            Así las regurgito. Decenas, centenas, miles de ellas apresurándose desde mis entrañas. Las hay pequeñas de vistosos colores, otras vastas y peludas; todas con un objetivo común.

            Salgo de la consulta cuando el grito del doctor queda ahogado por el bozal de artrópodos que asedian sus vísceras.

            Sé que volverán, pero ya no me importa. Ahora soy consciente de mi propia naturaleza y debo aprender a convivir con ella. También a convivir con ellas.

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Metal quemado

Por: Ángel M.ª Martínez (ANHELL)
Una brisa helada recorre las calles de un planeta sintético, azotando la embriaguez de Sancho Silos. La cerveza con potenciador nunca le sentó bien.

-Sancho: Si es que no escarmiento, la cabeza me va a estallar.

¿Pero qué voy a hacer si no?, toda la vida enamorado de una vulcaniana tan bella y buena como las estrellas… y luego resulta que me engaña con un musculitos de Eternia…¡¡perra vida!!.

– Sancho: Y aquí estoy yo hablando solo, escapando de un bar de mala muerte en este puñetero planeta fabricado con restos de lo que nadie quiere, muy adecuado para un pringado que ha tocado fondo…

Escena: Un callejón oscuro, sucio con restos mecánicos iluminado por unas raras antorchas y Sancho andando con dificultad.

-Sancho: dicen que el que canta, su mal espanta… pues eso…

Ser del país de la luz….ver un cielo más azul….

-Sancho: ¡¡Ostia puta!!

Escena: Una especie de muerto viviente sale de entre unas bolsas de basura e intenta atacar a Sancho. Este reacciona con rapidez y coge una barra de hierro y se la hinca en la cabeza al muerto viviente que está a punto de morderle.

Escena: El cadáver cae de inmediato sobre el capó de su coche.

-Sancho: Tengo que asegurarme de que está muerto.

Escena: Agarra una antorcha de la calle y le prende fuego, fuego que se extiende con rapidez y quema el coche.

-Sancho: ¡Oh no estúpido borracho, estás quemando tu propio coche!

Escena: Intenta sofocar el fuego pero no lo consigue y opta por correr.

A la mañana siguiente Sancho despierta con un horrible dolor de cabeza…

-Bárbara: Buenos días cariño, no te oí llegar anoche, por cierto ¿y el coche?

-Sancho: Me…me dejó tirado en la carretera, llamé al seguro y se lo llevó al taller y a mi me trajeron en taxi…

-Sancho (pensando): espero que esta mentira me dure, ¿cómo le voy a decir que he prendido fuego al coche?

-Bárbara: Por cierto, hace un par de días estuve almorzando con mi primo Axel, se ha mudado a Eternia, va a montar otro gimnasio.

-Sancho: ¿Tu primo?

-Bárbara: ¡claro tontorrón!, ¿qué pensabas, que tenía un amante o algo así?

-Sancho: ¿pero qué cosas dices? (pensando “mierda”).

-Bárbara: Bueno, me voy al trabajo que llego tarde.

Escena: Bárbara le planta un beso a Sancho y se va.

Escena: Sancho se ve de espaldas apoyado en un ventanal enorme donde se ve la ciudad.

¡¡DING DONG!!

Escena: Sancho abre la puerta y aparecen dos policías.

Polis: Señor Silos, acompáñenos a comisaría, es sospechoso, se le acusa del asesinato de un indigente, tiene derecho a un abogado, cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en contra suya.

Escena: Sancho mirando al suelo con tristeza, le están poniendo las esposas.

En la comisaría.

Escena: Sancho al teléfono

Sancho: Cariño estoy detenido en la comisaría, ayer tuve un contratiempo con el coche y bueno, no creo que hoy vaya a casa, me han dicho que llame a un abogado y pensé en tu hermano. En fin, no me esperes despierta, tranquila, tranquila, será un mero trámite burocrático, se habrán confundido.

Escena: En una habitación viendo un video de lo que pasó.

-Sancho: ¿Quién coño ha grabado eso? Esa cinta está cortada, ese tío me atacó, era un muerto viviente y se lanzó…

-Policía: ¿Me tomas por gilipollas, capullo? ¿un muerto viviente como los de las películas esas de George A. Romero? ¡¡Has chamuscado a un pobre vagabundo!!

-Sancho: Si hubiera visto como me atacó….

-Policía: ¡¡Maldito sádico hijo de puta!! ¿y por eso le atraviesas el cráneo con una barra de hierro y le metes fuego sobre tu propio coche?, ¡¡Además es que eres estúpido, tu propio coche!!

-Sancho: Est…est..estaba bebido…

-Policía: ¡¡oooh dios!!

Escena: Entra otro policía y calma al que pregunta.

-Policía 2: Cálmese agente Miralles, el señor Silos ha sido víctima del criminal apodado como “Jandro el Chantajista”, pretendía sacarle una buena pasta a este pobre hombre.

-Policía 2: El cadáver resultó ser un androide de última generación, con una carne muy real, pero claro, los huesos eran de metal.

Lo tenía todo planeado, de hecho el androide ha sido utilizado muchas veces para gastar bromas a gente y colgar los videos en cosmonet, unas bromas de muy mal gusto.

-Policía: Le pido disculpas por todo señor Silos, váyase a casa y descanse.

El desconcierto de Sancho se va apaciguando, y poco a poco queda envuelto en una oda de tranquilidad que limpia su mente de todo lo malo que le estaba torturando.

-Sancho: Ahora sólo necesito dormir, ha sido un fin de semana horrible, aun faltan 4 horas para que regrese Bárbara del trabajo, así que una buena siesta me repondrá y cuando ella llegue nos reiremos de todo este estúpido día.

Escena: Sancho abre la puerta y sorprende a su mujer con el musculoso de su primo desnudos y en plena acción.

-Axel: ¡¡Sancho!!

-Sancho: ¿¿Tu primo Axel??

-Bárbara: ¡¡Cariño no es lo que parece!!

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Sombras del pasado

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Sudor frío; corazón acelerado.

Julia se despertó en mitad de la noche recordando lo que hacía que tuviera pesadillas todas las noches. Su memoria retrocedió 6 meses atrás.

Iba andando a casa de vuelta del trabajo, escuchando música, cuando notó unos pasos detrás; desde que tuviera una experiencia desagradable en la que su madre había sufrido un atraco siendo ella pequeña, siempre había sentido un miedo casi patológico a los desconocidos. Sin embargo, esta vez se obligó a relajarse; seguramente no sería nada. Mientras buscaba su música favorita para relajarse notó como unos brazos le agarraban con fuerza y le ponían un pañuelo en la boca. Todo empezó a volverse borroso poco a poco y, finalmente, perdió la conciencia.

Todos estos recuerdos y sensaciones se agolpaban en su memoria cada noche impidiéndole dormir. Se tomó dos pastillas para dormir; ya no podía irse a la cama sin tener la caja de las pastillas en la mesita de noche. A la mañana siguiente se despertó y se fue a trabajar; era cajera en un supermercado. Mientras iba en el autobús continuó pensando en la experiencia traumática que había vivido meses atrás.

Se despertó con el sabor de la sangre en la boca y las manos atadas a la espalda. Aún tenía la visión borrosa; sólo veía una luz que se movía de un lado a otro. ¿Serían las puertas del cielo? Julia era una creyente acérrima y empezó a pensar que había llegado su hora. Un portazo le sacó de sus ensoñaciones. Aquella luz bamboleante no era más que una vieja lámpara que no paraba de moverse. Estaba aún aturdida cuando un rostro familiar apareció ante ella.

Despertó con la respiración entrecortada; la mujer que estaba a su lado en el autobús la miró extrañada. Otra pesadilla. Todavía no se había recuperado y a cada momento se le aparecían imágenes del suceso. Iba dos días a la semana a una terapia de grupo que la ayudaba mucho. Sin embargo, no podía quitarse ese rostro de la cabeza.

– ¿Por qué me has hecho esto?- el hombre que la había secuestrado le era conocido. Se llamaba Sergio y trabajaba en la tienda de mascotas a la que ella acudía habitualmente a comprar comida para su perro.

Cuando pudo mirar un poco más la habitación donde la tenía retenida se vio a ella misma; las paredes estaban empapeladas con fotografías suyas en todo tipo de situaciones: comprando, yendo con su perro a pasear, incluso cambiándose en su cuarto. Este hombre la había estado espiando; no puedo evitar ponerse  a llorar. Entre sollozos, le repitió:

– ¿Por qué haces esto?- en su rostro apareció una expresión de ira.

– Durante meses te he estado cuidando. He evitado que la gente mala te hiciera cosas. Están por todas partes, por todas partes…- dijo mirando a un lado y al otro como temiendo que le pudieran estar escuchando.

Julia se dio cuenta rápidamente de que ese hombre sufría un trastorno mental grave. De repente, se acordó de que tenía el móvil en el bolsillo. Intento alcanzarlo pero, al notar el movimiento, Sergio se abalanzó sobre ella como un león enjaulado. Sin mediar palabra, le hizo un corte en el brazo y dejó el móvil encima de una mesa cercana. Julia empezó a gritar; la sangre no paraba de brotar. Al verlo, Sergio parecía arrepentido y le dijo:

– No grites, ¡no grites! Lo siento, ha sido un impulso. No debes hacer eso, me cabreas. Te curaré; siempre te cuido, siempre…- iba diciendo mientras salía de la habitación.

Cuando Sergio regresó, la desató para poder curarla bien con unas vendas que había traído. Julia aprovechó su oportunidad y le golpeó, empujándole contra la mesa. No recordaba nada más.

Despertó en un hospital tres días más tarde; un campesino le había recogido. La casa donde había estado retenida estaba en medio del campo. El campesino al verla llamó a la policía y detuvieron a Sergio. Tras varios exámenes psicológicos dictaminaron que Sergio tenía una obsesión por Julia; estaba convencido de que alguien la quería hacer daño y por eso había matado a varias personas. Su único afán era protegerla; fue internado en un psiquiátrico.

Julia salió de trabajar y quería olvidarse de todo lo que había recordado durante el día, así que se fue al gimnasio. Cuando llegó a casa empezó a hacer la cena (sándwich de pavo y queso) y encendió la televisión; al oír la noticia se le cayó el pan al suelo. No podía creer lo que estaba oyendo; debido a un error burocrático, Sergio estaba en libertad. Al día siguiente, la policía fue a su casa; le habían asignado una vigilancia para que no corriera peligro. Esta situación, aunque en parte le tranquilizó, también le llenó de ira. Estaba prisionera; si bien es verdad que podía salir y hacer vida normal, siempre tenía que estar acompañada por un agente.

Estuvo dos semanas sin salir de casa  hasta que David, un vecino suyo, le convenció para que fueran a dar una vuelta. Julia tenía miedo de encontrarse con Sergio; sin embargo salió varias veces consecutivas y no se lo encontró. Tras unos meses haciendo vida normal y sin tener ningún encontronazo, Julia solicitó que le quitaran la vigilancia: “Alguien la necesitará más que yo. Y en caso de que me lo encontrara otra vez, os llamaré sin dudarlo”.

David estaba sentado en el salón de Julia; al final había terminado convenciéndola para que fueran a ese speed dating del que tanto le habían hablado. Se conocían desde hacía sólo cuatro meses, desde que David se mudara a la casa de al lado; sin embargo, desde el primer momento habían conectado muy bien. David era un profesor de educación física que vivía sólo con su perro; había tenido una relación hacía 6 años pero esta mujer le engañó y desde entonces estaba soltero. Sin embargo, en las últimas semanas había pasado mucho tiempo con Julia debido a la puesta en libertad de su secuestrador. Siempre le había parecido una chica que merecía mucho la pena, pero nunca se había atrevido a mostrar lo que sentía a causa de la inestabilidad psicológica de Julia.

A pesar de todo eso y del plan que tenían para aquel día, David estaba decidido a decirle a Julia de una vez todo lo que sentía. Él sabía que podía hacerla feliz y que no había nadie que comprendiera tanto como él por lo que estaba pasando, ya que había presenciado todo el proceso. No sabía si iba a salir bien o mal, pero quería intentarlo.

Una voz lo sacó de su ensimismamiento: “¡Ya bajo!”; sintió un cosquilleo en el estómago. Sabía que Julia se pondría radiante porque estaba ansiosa por conocer a alguien. No se equivocaba; llevaba un jersey blanco con una falda granate. Ella no necesitaba más; estaba preciosa. Finalmente, se dirigieron hacia el local.

Cuando llegaron Julia estaba muy nerviosa; según le explicó David, cada chica lleva a un chico que nadie más conoce. Los participantes tienen tres minutos para tener mini charlas con cada chica y rotar. Si dos se llevan bien, intercambian los teléfonos y siguen en contacto. Después de que cada participante mantiene 10 mini charlas, se reparten tarjetas para llenar con datos personales. Todo iba bien hasta que el tercer chico se sentó para tener una mini charla con Julia:

– Hola, Julia. ¿Buscando pareja?- el corazón de Julia empezó a latir frenéticamente y notó un sudor frío que recorría todo su cuerpo. El que se había sentado era el hombre que la había secuestrado y le había hecho pasar todo un infierno.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente; salió corriendo de allí tan rápido como pudo, no sin antes gritarle a su amigo:

– ¡David, está aquí! ¡Pide ayuda!- sus piernas parecía que se moviesen solas. No sabía hacia donde se dirigía, solo que tenía que alejarse de Sergio lo máximo que pudiera.

– ¡Ven aquí! Eres mía; ¡de nadie más!- tenía una mirada feroz, de depredador.

Julia iba mirando hacia atrás cuando tropezó con algo y cayó al suelo; era la oportunidad perfecta para Sergio. Cuando la alcanzó la cogió del cuello y le dijo: “Si no eres mía, no serás de nadie”.

Tac-tac, tac-tac. El corazón de Julia martilleaba en su pecho en busca de una salida; Julia le arañó la cara pero Sergio la agarró con más fuerza.

Tac-tac…tac-tac… Su corazón cada vez latía más despacio. No podía escapar de aquella situación. Los músculos dejaron de responderle poco a poco; el cerebro ya no recibía oxígeno. Sus pulmones pugnaban por conseguir algo de aire sin éxito.

David salió corriendo del local en cuanto oyó el grito de Julia; tenía que salvarla, daba igual lo que costara. No podía dejar que ese malnacido se saliera con la suya. Iba corriendo en su busca e intentó no pensar en lo que le pudiera estar haciendo a Julia. Cogió el móvil y mientras corría, llamó a una ambulancia.

Sergio estaba exultante; por fin había conseguido lo que quería. Si bien una vez la quiso y su mayor afán era protegerla de la gente mala que la quería hacer daño, le había traicionado. Ahora, por fin podía cobrarse su venganza. No podía pensar en nada; sólo quería arrebatarle la vida con sus propias manos.

De repente, sintió un golpe en la cabeza. David había cogido una piedra y le había golpeado en la cabeza con ella. No le importaba si había muerto o no; lo primordial era salvar a Julia. Estaba inconsciente; empezó a hacerle el boca a boca hasta que llegaron los servicios sanitarios y la policía. Le apartaron de allí pero podía ver lo que estaba ocurriendo. Julia no se movía.

Estuvieron realizando los ejercicios durante más de tres minutos hasta que desistieron. Julia finalmente había muerto.

Sergio se movió; solo estaba inconsciente. Cuando miró a su alrededor y vio lo que estaba pasando una sonrisa se dibujó en su rostro; cuando David lo vio no pudo resistirse y se abalanzó sobre él: “¡Te voy a matar!” Los agentes le impidieron acercarse a él; David estaba ciego de ira.

Cuando parecía que todo se había calmado, David le robó la pistola a un policía. Todos los policías que estaban presentes se pusieron alerta y le apuntaron con sus armas:

– ¡Tire el arma! ¡Repito, tire el arma!- David no sabía qué hacer; el sudor le corría por la frente. En su mente sólo aparecía el cadáver de Julia y la sonrisa de Sergio. Tras unos momentos de máxima tensión entre David y los policías, éste decidió lo que iba a hacer.

Sin pensarlo dos veces, disparó sobre Sergio. Tres tiros certeros en el pecho. Al instante siguiente, estaba en el asiento de atrás del coche de policía, esposado, de camino a la comisaría.

Sin embargo, nunca fue más feliz que en ese momento.

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Miedo

Por: Yara Zemo

Imagen de Flickr de Historias Visuales

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Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana.
Un ruido en la ventana,
“Tranquilo son las ramas”.
Susurros en la cornisa,
el sudor baña tu camisa,
parece una risa,
“Tranquilo es la brisa”.
Sonido traicionero,
que eriza todo el bello,
el miedo te hace preso,
“Tranquilo es el viento”.
Te cubres con la manta,
te tapas hasta la cara,
tu escudo es la sábana,
“Tranquilo no es nada”.