Reloj cucú

Por: Crono Axel

El bolígrafo se reía de mi, el papel era indiferente y mis ideas incontrolables, el momento estaba en mi contra, en el instante, tan solo pensaba más allá de las letras y escuchaba muy adentro de mi obscuro egoísmo, el eco de la voz del reloj cucú al decirme…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

La puerta del enorme reloj crujía con cada palabra. Los maderos se astillaban con cada coma, se quejaban en cada asentó y descansaban en cada punto… no era un viejo reloj, tan solo su mal uso lo llevo hasta la descompostura, esa frase repetirse una y otra vez, me llevo al borde de la imprudencia, no la entendía…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

Era frustrante escuchar el tic tac solo en mi recuerdos… no quería el pasado en mi presente, y la hora tan solo estaba mal. Cuando pensaba que mis recuerdos eran lo peor, ahí estaba de nuevo esa frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Mientras el día transcurría, yo seguía en el mismo sitio, congelado en el tiempo. Mi espacio era infinito y mi locura inevitable; Ver volar el sol, pero no el tiempo y mucho menos al pequeño jilguero… me deprimía cada vez más. Seguía sin entender la temática del mundo, y el por qué ese hinchado reloj de madera repetía una y otra vez las misma frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Me harte que las voces del ayer tomasen el lugar de la mía…

Me harte de ver que ese enorme reloj no diera la hora…

Y la aburrida quietud extrañaba, el dulce canto del jilguero para acompañarla a dueto.

Y con el no tiempo, la tinta de mi bolígrafo se había secado, mi indiferente papel se volvió amarillento y mis ideas marchitas estaban… y ni así y de ninguna forma me di cuenta que los engranes y cabos estaban sueltos, que el segundero no avanzaba, y el pequeño jilguero había muerto.

Imagen de Pixabay

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De los cuentos y otras divinidades

Por: Jonathan Muñoz Ovalle

Nombres como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Edmundo Valadés, Rosario Castellanos, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, entre otros, forman parte de una lista que se considera inmortal y excelsa. Bendito sea el momento en que cada una de esas plumas latinoamericanas plasmaron sus letras.

Cómo olvidar El llano en llamas [Rulfo], El Guardagujas [Arreola], La mosca que soñaba que era un águila [Monterroso], La muerte tiene permiso [Valadés], Ciudad Real [Castellanos], Casa tomada [Cortázar], La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada [García Márquez], Chac Mool [Fuentes], El Aleph [Borges], entre otros cuentos magistrales.

Todos ellos, hijos pródigos de Cervantes, admiradores de Don Quijote, conciudadanos de La Mancha, de una u otra forma ya hicieron lo suyo, nos labraron y regalaron un camino con huellas de tinta indeleble. Ahora es el turno —y la oportunidad— de nuevos talentos.

Tengo la noción y la esperanza de que el cuento, en todas sus modalidades, tomará fuerza, resurgiendo como no se ha visto hasta hoy. Digo “la esperanza” porque nunca se debe perder, México y Latinoamérica necesitan más lectores, y el cuento es una opción formidable. Pero también digo “la noción” porque día a día los cibernautas —tal vez sin darse cuenta— leen más que nunca. Y si le sumamos que la narrativa breve, sobre todo la hiperbreve, se presentan con más frecuencia en las redes sociales, estamos hablando de una ventana que se abre para atraer nuevos lectores.

Minificción, microcuento, minitexto, ficción súbita, son solo algunos nombres que se le dan a este brevísimo género literario. Y no solo en los nombres hay una variedad que se podría traducir en discrepancia, también la hay en cuanto a su naturaleza, pues algunos dicen que no es un género, sino un subgénero del cuento. La verdad me parece que importan poco estos datos, en comparación con la cantidad de lectores que atrae y que está por atraer este estilo literario. Sin embargo, no es nueva la minificción (como le llamaré para evitar un caos entre tanto nombre), sus raíces datan desde hace siglos. Una minificción de mis predilectas es “El dedo”, escrito en el siglo XVI por Feng Meng-Lung:

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

Pero la brevedad no queda ahí, el maestro Tito Monterroso (Guatemala) es autor del que se considera el cuento más corto en castellano: El dinosaurio.

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Esta creación literaria es polémica. Algunos la consideran magistral, otros, una mafufada (me consta porque lo he oído) y otros tantos opinan que no le entienden.

Otra minificción igual de breve, escrita por Luis Felipe Lomelí (México) es El emigrante:

¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!

Independientemente de cómo se le llame, o cómo se le denomine (género o subgénero), esta modalidad toma fuerza y no parece detenerse. Yo festejo el que se abra una nueva ventana para leer y escribir minificciones, gracias a internet. En los blogs, en Facebook y, en especial, en Twitter, se practica la minificción, donde se debe narrar algo en 140 caracteres o menos.

Estoy seguro que de la web nacerá una etapa de narradores y lectores tan fructífera, sincera y trascendental como lo fue hace muchos años, cuando era más común leer que ver televisión. Así que la gran ventana está abierta, ¿quién se quiere asomar y leer, o mejor aún, quién se quiere lanzar y escribir?

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