De olores traídos por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

A hierro mojado me huelen tus dedos,

será de borrar con el simple roce de tus manos

las cadenas que me mantenían preso,

será de quebrar esta jaula de ser humano

y llevarme un poco más alto, un poco más lejos.

A café intenso me huelen todos los poros,

quizás interrumpimos nuestra merienda

y te perdiste entre mi piel a medio sorbo,

quizás mi cuerpo gastándote una tetera

para que acudas como el rebaño hacia los lobos.

A un otoño lleno de hojas doradas, tu pelo,

como perdido en un bosque de cabellos marrones

adornado de briznas áureas queriendo tocar el cielo,

como el verano queriendo usurpar estaciones,

y abrazado a tu melena, contigo amor, me quedo.

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Tras el cristal, la lluvia – Segunda parte

Por: Samuel J. Noé

SEGUNDA PARTE

Se quedaron unos segundos en silencio. Jesús creyó ver, apoyada, al final de la barra, a una mujer que conocía y entornó los ojos para enfocar mejor. Alba entendió que Jesús quería otra copa.
–Mi turno –dijo Alba, que se levantó y fue hacia la barra.
Jesús no hizo ademán de levantarse de su asiento. Observó a Alba alejarse. Aún seguía teniendo el pelo mojado, lo que provocó que la camiseta estuviese mojada en una franja que recorría su espalda desde el cuello hasta la cintura. Movía las caderas con gracia al caminar. Tenía una cadencia particular. Sus glúteos subían y bajaban, danzarines, pero la redondez de su trasero era inmutable al movimiento. Apartó la vista y dirigió su mirada hacia la calle. Un anciano intentaba tirar al contenedor de basura un vetusto árbol de Navidad artificial, de tamaño mediano y ramas casi desnudas. El contenedor rebosaba bolsas de basura y el anciano no encontraba hueco para colocar su árbol. Después de varios intentos, lo depositó con cuidado a los pies del contenedor y se marchó.
Hacía muchos años que Jesús no celebraba la Navidad. Recordó la última que celebró. Su relación con Ana ya se encontraba sumida en la crisis y ninguno tenía ganas de festejos. Ese año dejaron que Rubén decorase, él solo, el árbol de Navidad. El día 25 de diciembre le regalaron una bicicleta sin ruedines. Rubén se alegró mucho, dio saltos de alegría y abrazó a sus padres con efusividad. Ana y Jesús no se miraron.
Más tarde, el mismo día, los tres salieron a dar un paseo para que Rubén estrenase su bicicleta nueva. Volviendo a su casa se encontraron de frente con un hombre. Ana se puso nerviosa y empezó a hablar con su hijo fingiendo que no lo había visto. El hombre fingió no conocerla y miró, aparentando naturalidad, hacia el lado contrario de la calle. Los dos buscaban camuflarse entre la gente. Pero Jesús no pudo reprimirse. Cuando pasó a su altura se abalanzó sobre él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. Él reaccionó rápido y ambos se enzarzaron en una pelea. Ana intentó separarlos, sin conseguirlo. Rubén, de pie e inmóvil, lloraba desconsolado viendo a su padre pelear con otro hombre. La gente se alejaba del foco de la pelea y se quedaba a mirar. Solo se escuchaba el sonido de los golpes y un sonoro murmullo. Nadie intervenía ayudando a Ana en su intento de separarlos. Jesús perdió la conciencia del tiempo que pasó peleando, solo recordaba revolcarse por el suelo, dar y recibir puñetazos. Finalmente, Ana logró separarlos. Rubén seguía sin moverse, con un llanto incontenible. Ese mismo día Ana tomó una decisión.
Una angustia repentina le subió por la garganta al descubrir que no recordaba con exactitud la cara de su hijo. Recordaba a Rubén saltar, abrazarle, llorar. Recordaba acciones, no imágenes. Recordaba verbos, no adjetivos.
Jesús miró a Alba, que regresaba con las bebidas. Se preguntó si su hijo haría buena pareja con ella.
–Está bonita la calle adornada para Navidad, ¿verdad?
–Sí –dijo Jesús–, muy bonita.
Alba se sentó. Pasaron unos minutos en silencio. Él pasaba la yema de su dedo índice por el borde de la copa de vino, trazando círculos. A Alba no se lo ocurrió un tema de conversación interesante, por lo que no tuvo más remedio que recurrir de nuevo a su trabajo.
–¿Qué tal van las otras clases? –le preguntó, sacando a Jesús de su ensimismamiento.
–Un poco liado preparando exámenes y trabajos.
–¿Sabes a qué escritor he escogido para hacer el trabajo de este cuatrimestre?
–Sorpréndeme.
–A Mateo Alemán.
Jesús no sabía qué pensar acerca de eso. Hacía una semana que había mandado hacer un trabajo a cada alumno sobre una obra en prosa de un autor, a escoger, del siglo de Oro. Estaba convencido de que la mayoría de los alumnos iba a escoger a Cervantes o a Quevedo. Él había expresado en clase varias veces su interés por Mateo Alemán y su obra Guzmán de Alfarache. ¿Por qué Alba había escogido ese autor? Esa pregunta no le gustó e intentó apartarla de su mente.
–No hablemos de eso. Cuéntame algo de ti –La exhortó Jesús de improviso.
–¿Qué? –El ex abrupto la había descolocado.
–Cuéntame algo de ti. No sé dónde vives, si tienes hermanos… Lo que sea. ¿Tienes animales en casa?
–Eh… –Alba tardó unos segundos en responder–. Sí, tengo un gato.
–Me gustan los gatos. Yo tuve uno. ¿Cómo se llama?
–Se llama Duda.
–¿Es gata?
–No, no. Es gato. ¿Qué le pasó a tu gato? ¿Murió?
–Se lo llevó mi mujer –dijo Jesús con una franqueza que a Alba le resultó incómoda.
–Lo siento. ¿Cómo se llamaba?
–No tenía nombre. Lo llamábamos Gato.
–Bueno, Gato ya es un nombre en sí –dijo Alba. Jesús entorno los ojos y perfiló una sonrisa.
–Hay gente que dice que las personas inteligentes prefieren los gatos a los perros –dijo Jesús.
–Nunca lo había escuchado. He de reconocerte que yo no escogí a mi gato, se lo regalaron a mi hermano hace años.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Solo ese; Pablo.
–Muchos grandes escritores tuvieron gato: Poe, Scott Fitzgerald, Hemingway, Cortázar… ¿Es mayor?
–¿Mi gato?
–No, tu hermano.
–Cinco años menor.
–¿Menor que el gato?
–¡No, menor que yo! –Alba rio.
–Ajá.
–Ahora está en la típica época rebelde y no le hace ningún caso al pobre gato.
–Claro, está en la edad.
–Sí.
–Duda es más nombre de gata que de gato, ¿no?
–No veo por qué.
–¿Quién escogió el nombre?
–Yo. ¿Por?
–Me desconcierta. Siendo una niña, lo normal es que lo hubieras llamado Manchitas, Pelusa o Bigotes –dijo Jesús. Alba soltó una carcajada.
–Ya ves, así soy yo.
–Me gusta –Jesús sonrió.
Ella bajó la mirada.
–Voy al servicio –dijo Alba levantándose.
En el servicio, Alba se miró en el espejo. Se inclinó para observarse con detalle. Su cara no le resultó familiar. Le recordó al cuadro que vio en el castillo de Skokloster, el año anterior, en el viaje a Suecia que hizo con sus padres. El país le gustó tanto que desde su vuelta guardaba el deseo de ir a trabajar allí en cuanto acabase la carrera. Para llegar al castillo tuvieron que coger un tren desde Estocolmo hasta Bälsta, y de allí un autobús hasta el castillo. Durante la hora que duró el trayecto creyó estar viviendo en un cuento. A un lado y a otro solo veía bosques frondosos. Le resultó muy curioso ver paradas de autobús en medio del bosque, sin rastro alguno de civilización, y a la gente bajarse en ellas y avanzar a través de los bosques con una expresión tan cotidiana en sus rostros que Alba pudo adivinar que lo hacían a menudo. El castillo, por dentro, parecía más bien un palacete, y aunque su decoración era muy untuosa, lo que más llamó la atención de Alba fue un cuadro de Arcimboldo en el que, con frutas y verduras, había compuesto el retrato de un emperador. Así veía su cara en ese momento. Allí donde antes estaban las mejillas, veía dos melocotones, suaves y con una leve pelusa blanca que se veía al trasluz. Notaba sus pómulos rojos y muy marcados. No eran pómulos, sino cerezas. Al maquillarse antes de salir de su casa no se había dado cuenta de las grandes bolsas que le colgaban bajo los ojos. Se acercó un poco más al cristal y notó que eran dos gajos de naranja. Los tocó; estaban blandos. Se acercó aún más, hasta casi tocarlo con la nariz. Los ojos le parecían dos pequeñas cabezas de ajo. Consideró que así era imposible resultarle atractiva a algún hombre. Recordó que sus amigas siempre le reprochaban que tuviese una autoestima muy baja. «Al fin y al cabo a casi todo el mundo le gusta el ajo», pensó, justo antes de que a su mente acudiese sin avisar la imagen de Saturno devorando a un hijo, de Goya, y le entrasen arcadas. Bajó la taza del váter y se sentó. Tardó bastante en salir del cuarto de baño.
Al regresar, Jesús estaba escribiendo en el móvil. En la mesa había una nueva ronda de bebidas. Cuando Alba se sentó, pudo leer de pasada «… esta noche». Jesús guardó el móvil. Alba pensó que el bar ya no olía tanto a humedad.
Siguieron hablando del hermano de Alba y de su gato. La conversación derivó a El gato negro de Poe, porque Jesús supuso que ese cuento le gustaría a Alba. Jesús siguió hablando sobre la vida de Poe y de ahí pasó a la literatura del Romanticismo. Habló largo y tendido sobre eso. Alba solo lograba escuchar fragmentos sueltos sin conexión. «¿Quién se acuerda de alguna obra de Lord Byron?», «… postrománticos como Bécquer y…», «¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir…». Alba dijo que ella se consideraba romántica, aunque pensaba que estaba pasado de moda, y Jesús le respondió que él no se consideraba exactamente un hombre romántico. Alba logró que Jesús hablase un poco sobre sus sentimientos y su vida pasada; su relación con su ex mujer y con su hijo.
–Se nota que quieres mucho a tu hijo –dijo Alba.
Él no respondió. Una mujer pasó a su lado y se tropezó con la pata de la silla, provocando que Jesús estuviese a punto de caer al suelo.
–¿Sabes qué? Creo que eres una persona sensible –continuó Alba.
–¿Por qué lo piensas?
–Creo que eres ese tipo de persona que parece dura, pero no lo es. Aparentas ser una persona seria y estricta. E insensible también, como si nada te afectara. Tú eres consciente de eso. Todos en la universidad tienen esa imagen de ti. La tienen porque tú la proyectas. La imagen de un hombre que no siente, recto en sus costumbres e inamovible en sus pensamientos.
–¿Tú pensabas eso de mí?
–Al principio sí. Luego noté que había algo más. Muchos hombres quieren dar esa imagen, pero es solo fachada. Pronto me di cuenta de que dentro de ti vivía el verdadero Jesús y cambié mi forma de verte. Quizás mezclé algo de realidad con mi imaginación, no lo sé. Ahora creo que eres alguien más sentimental, que cuida y se preocupa por la gente a la que quiere, una persona compasiva y buena. Siempre me recordaste… No te enfades, ¿eh? Siempre me recordaste a Bukowski. Tu apariencia es solo una coraza que te pones conscientemente para que no te hagan daño, para no sufrir. En realidad tú no eres insensible. Lo veo en tus ojos.
–Sabes que no me gusta Bukowski, ¿no? –Jesús sonrió.
–Me lo imaginé. No te gusta nada que haya existido después del siglo XVII –respondió ella en tono jocoso.
–Ahí te equivocas –Jesús la miró a los ojos y Alba se sonrojó.
Se fijó en la silueta de la cara de Alba. Trazó mentalmente una línea por su contorno. Las facciones de su cara eran suaves y armoniosas. Jesús imaginó su mano subir, con los dedos extendidos, por su nuca. La realidad y la ficción se mezclaron en su cerebro. Vio como sus dedos se perdieron entre los mechones de su pelo que, travieso, le provocaron cosquillas. Se asió a su nuca con firmeza. Con la otra mano, deslizó el dedo índice desde su frente hacia su nariz, llegando a sus labios y los bordeó, sin tocarlos. Se acercó peligrosamente a la comisura y sintió el calor leve de su aliento. Llegó a la barbilla y bajó muy despacio por su cuello. Notó que ella tragaba saliva. Subió por el lateral de su cuello y pulsó el lunar que lo esperaba, escondido, debajo de la oreja derecha, rozando su lóbulo con el pulgar.
–Me gustan tus pendientes.
–¿Ah, sí? –Se sorprendió Alba–. Gracias.
Jesús creyó verla más nerviosa que antes, como si hubiera podido adivinar sus pensamientos.
–Son originales –Estiró el brazo y tocó el pendiente, acariciándole el lóbulo de la oreja con su pulgar derecho.
–Me los regaló una amiga hace una semana –Alba se tocó el otro pendiente.
–Tienes unas orejas muy bonitas –dijo Jesús, que tardó un poco en retirar la mano.
–A mí no me gustan.
–¿Por qué?
–No me gustan las orejas que tienen el lóbulo despegado.
–A mí sí. Mucho más que las que lo tienen pegado, de hecho.
–Los hombres creéis que os dividís entre los que sois más de tetas y los que sois más de culo, pero realmente os dividís entre los que os gustan el lóbulo separado y los que no.
Jesús no pudo adivinar si lo decía en serio.
–Una vez leí que los hombres nos dividimos entre los que nos enamoramos de la Maga y los que no.
–¿Y tú en qué grupo estás? –preguntó Alba entornando los ojos.
–Con mi edad debería decirte que estoy entre los que no.
–Pero no es así, ¿verdad?
–No, no es así.
–¿Te ha pasado alguna vez? ¿Hubo alguna Maga en tu vida?
–Te mentiría si te dijese que no.
–¿Y no quieres encontrar otra Maga?
–La Maga no es tan maravillosa como parece, Alba. La literatura suele mostrar la vida sesgada. Enfoca retazos; buenos o malos, que no se corresponden con la totalidad del comportamiento, del pensamiento. Convivir con la Maga día a día genera muchos quebraderos de cabeza.
–¿Y prefieres llevar una vida monótona y aburrida?
–La vida real es aburrida –Jesús enfatizó el verbo es.
–No estoy de acuerdo.
–Mira los personajes de la novela. Oliveira solo puede existir en la ficción. La vida de Cortázar no ha sido como la de Oliveira. Ni siquiera ha sido como la de Morelli. La vida real es aburrida y los problemas suelen terminar mal, al contrario que en las novelas.
–No digas eso.
Jesús suspiró.
–Ya me dirás cuando tengas mi edad –le respondió.
A Alba le molestó el comentario y no se afanó en fingir normalidad. Giró la cabeza hacia la cristalera.
–Alba, tienes menos edad que yo. Es difícil que puedas encontrar una sola persona de mi edad que haya vivido más alegrías que tristezas. Es normal que yo sea más cauto que tú.
–Nadie aquí está hablando de cautela. Estamos hablando de vivir la vida o verla pasar ante tus ojos.
–Pero vivir la vida puede acarrear muchos problemas, Alba.
–La gente relativiza los problemas, Jesús. Aún recuerdo la frase de Woody Allen que nos dijiste en clase: «Una comedia es…
–… un drama con el paso del tiempo» –Terminó Jesús.
–Y Woody Allen ha tenido muchos problemas personales a lo largo de su vida.
–Al menos él ha tenido reconocimiento. Desde su posición quizás es fácil no ser tan pesimista.
–Siempre ves la parte buena de los demás, pero no la tuya. ¿Qué es lo que te hace ser pesimista? Dímelo.
–La existencia misma, Alba. El peso de la vida y el paso de los años. Vivir solo para trabajar, trabajar para comer y comer para no morir. ¿Acaso no es eso vivir para nada?
–Jesús, necesitas encontrar un motivo para ser feliz.
–Pero ¿qué motivo?
–Uno que dé un giro a tu vida, que te haga sentir ilusión y puedas levantarte por las mañanas con una sonrisa.
–Algo co…
–Tienes que encontrar a la Maga. A la verdadera Maga –interrumpió Alba.
–¿Tú crees que me conviene?
–Te conviene ser feliz. Eso es. Te conviene dejar los prejuicios a un lado –Estiró los brazos y envolvió las manos cerradas de Jesús con las suyas.
–Dime cómo.
Alba recordó su cumpleaños, una semana atrás. Marcos la llevó a cenar a un restaurante italiano. Era la primera vez en los dos años de relación que no se olvidó de su cumpleaños. No era un auténtico restaurante italiano, solo una mala y cara imitación. Por todas partes había candelabros de hierro forjado. Las servilletas eran de tela y estaban amarillentas. Alba las prefería de papel. El camarero se les acercó y adivinó que iban a pedir. A ella no le extrañó demasiado; de toda la carta, solo conocía tres o cuatro platos. También supuso que no tenían pinta de ir con asiduidad a cenar a un sitio caro y que el camarero ya se habría encontrado con muchas parejas jóvenes iguales a ellos. Durante la cena, Marcos le regaló unos pendientes. A Alba le molestó la interrupción porque se enfriaron sus espaguetis, pero no lo manifestó. Miró a Marcos a los ojos y le dijo que lo dejaba. Sin lágrimas. Él respondió que se lo esperaba, aunque no era cierto. Después llegaron las explicaciones, las excusas y los reproches. Alba no se encontraba triste ni enfadada y desconocía el motivo. No se terminó sus espaguetis y se marchó, llevándose los pendientes.
–Solo tienes que dejarte llevar, Jesús.
–Eso es fácil de decir –contestó con pesar.
Alba inclinó su cuerpo hacia delante y entrelazó sus dedos con los de Jesús.
–Eres un hombre muy interesante.
–Alba… –Jesús notó que perdía el control de sus pensamientos y se le humedeció la vista.
–Mira aquellos chicos –Alba señaló con la mirada una pareja de jóvenes sentados ambos al mismo lado de la mesa, al final del bar, muy juntos. Estaban leyendo un cómic. El chico pasaba las páginas y ella apoyaba su cabeza en el hombro de él–. ¿Crees que piensan en el qué dirán?
–Ellos lo tienen más fácil, Alba.
Ella sonrió, compasiva.
–Mírame –Jesús no la obedeció–. Mírame, Jesús.
Los dos se miraron en silencio. De fondo, el murmullo de varias conversaciones en el resto de mesas del bar ahogaba la música jazz. Alba apretó las manos de Jesús. En el exterior, las gotas de lluvia repiqueteaban incesantes en la cristalera; mientras, los balcones adornados esperaban que llegase Navidad.

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Tras el cristal, la lluvia – Primera parte

Por: Samuel J. Noé

PRIMERA PARTE

Ella tenía que hacer esfuerzos para acompasar sus pasos a los de él. Sus piernas eran más cortas, sin embargo, andaba más rápido. Cuando se daba cuenta ya se encontraba dos o tres pasos por delante. Entonces, con disimulo, ralentizaba su paso y volvía a intentarlo. Izquieeerda, dereeecha, izquieeerda, dereeecha. Se podría decir que los movimientos de él eran de elefante y los de ella de lagartija. Le resultaba dificultoso adoptar una manera de caminar tan pausada y uniforme. Le dio la impresión de que los pasos de él estaban calculados. Cada uno de ellos. En cada paso avanzaba la misma distancia que en el paso anterior y la misma que en el paso siguiente. ¿Cómo podía hacerlo? Ella no se veía capaz. El afán de controlar sus pasos la llevaba a dar, inconscientemente, pequeños saltitos, simulando el avanzar de un caballo en un tiovivo.

Lo miró de soslayo. Tenía la vista fija en el frente y parecía no estar pendiente de la situación. Si ella hubiera podido observar su rostro con detenimiento habría percibido un pequeño movimiento en su ojo izquierdo. Un leve temblor espasmódico en el párpado que él trataba de controlar, sin éxito, evitando pestañear con demasiada frecuencia y abriendo los ojos un poco más de lo habitual.

A ella no le habría molestado.

–¿Qué tal le va el trabajo, Jesús? –se aventuró a preguntar. Al escuchar su propia voz salir de su cuerpo notó una extraña sensación.

Él esperó unos segundos antes de responder.

–No me hables de usted, que me haces más viejo.

Ella soltó una risita nerviosa.

–¿Qué tal te va el trabajo, Jesús? –dijo con una voz impostada.

–Bien, como siempre.

Se preguntó si él también se encontraba nervioso, si ese andar tan monótono respondería a una intención de aparentar tranquilidad.

Siguieron andando en silencio. A Jesús no le importaban los silencios, pero para ella eran trágicos. Como si cada minuto que pasaran sin hablar fuese una derrota. Su mente bullía incansable imaginando posibles temas de conversación. Volvió a mirarlo de reojo y observó que apretaba los músculos de la mandíbula. Visualizó la situación desde fuera y le resultó cómica. Eso la tranquilizó un poco. Al fin y al cabo, se podía esperar que Jesús no empezase una conversación de cortesía para romper el hielo.

–¿Sabes que terminé de leer El desdén, con el desdén?

–Ah, ¿y qué tal? –Jesús seguía mirando al frente.

–Me ha gustado. Está muy bien –mintió.

Se cruzaron con una mujer de mediana edad que llevaba de la mano a un niño pequeño. La mujer saludó a Jesús con cortesía. Este apenas la miró, le devolvió el saludo y retomó, raudo, la conversación.

–¿Te fijaste en los saltos temporales?

–Sí, sí, me gustó mucho, todo en general –mintió de nuevo.

Jesús sabía que no se había apercibido de ellos. A él le gustaba mucho esa obra.

–¿Recuerdas la regla de las tres unidades del teatro? –le preguntó, haciendo evidente que no se había creído su respuesta.

–Acción, lugar y tiempo –respondió, seca. El tono brusco de Jesús la había incomodado.

–Moreto respeta dos de ellas: acción y lugar. No así la de tiempo. Para esta sigue la recomendación de Lope de Vega. ¿Recuerdas la transición del primer al segundo acto? –Jesús la miró por primera vez desde que habían empezado a caminar–. Hay un salto importante. Es curioso, un escritor de la escuela de Calderón siguiendo una idea de Lope. Un claro ejemplo de la influencia de este –La expresión de Jesús mostraba un rostro más relajado.

Ella asentía con la cabeza. No sabía qué era peor, si soportar los incómodos silencios o un monólogo acerca de teatro barroco español. Le asaltaron dudas sobre si había sido buena idea quedar, pero se acordó de una película que había visto hace algunos años: ¿En qué piensan las mujeres? En ella, Mel Gibson, después de un accidente, puede escuchar los pensamientos de todas las mujeres. Le entró un escalofrío y apartó esa idea de su cabeza. No quería que Jesús se marchase, así que decidió dejarle terminar.

–Y una cosa muy importante. ¿Viste que no hay ningún elemento innecesario en la obra? Todo lo dispuesto contribuye en la trama. Para que veas, el arma de Chéjov ya estaba inventada más de doscientos años atrás.

Ella no sabía qué era el arma de Chéjov. Le molestó un poco que Jesús hablase dando por hecho que entendía todo aquello que él decía. No sabía si él era consciente de eso y aun así no le importaba o es que en realidad no se daba cuenta.

Pasaron por un puesto de castañas. Ella se quedó mirando; le encantaban. Cuando era pequeña, su madre solía comprarle un cucurucho de castañas cada vez que salían a pasear en invierno. Le gustaba el olor, el sabor, el calor que le aliviaba el frío de las manos, todo.

–¿Te gustan?

Ella recibió el cambio de tema con alegría, tanto que le respondió con una sonrisa desmedida.

–Mucho.

–Vamos a comprar.

Ella dudó. No quería comportarse como una niña pequeña.

Horas antes de salir de su casa había ensayado cómo comportarse para dar una apariencia de mujer interesante. No debería mostrarse demasiado alegre ni demasiado risueña ni moverse demasiado. Todo en ella sería comedido, decidió. También tenía intención de parecer enigmática y, para eso, nada mejor que hablar poco y sugerir serenidad, e incluso una pizca de altivez.

No sabía si un simple cucurucho de castañas podría bastar para acabar con la imagen que quería dar. «¿A Jesús le gustarán las castañas? –pensó–. No hay muchas personas adultas que compren castañas en la calle». Era imposible saberlo. No conocía nada de su vida aparte de su pasión por la literatura. ¿Cuál era su rutina? ¿Cuáles sus gustos? Se entristeció al pensar que ella se empeñaba en proyectar una imagen de persona misteriosa y él, en cambio, lo era de manera natural.

            –¿A ti te apetece?

            Jesús no pudo evitar pensar en su hijo, Rubén. El nombre le sonó impersonal. Rubén. Lo sintió ajeno, poco familiar. Como aquellas veces en las que una palabra de uso ordinario se deforma hasta que su pronunciación causa extrañeza. Rubén. Ru-ben. Rrruuubbbeeennn. Rubenrubenrubenrubén. Rubén.

Recordó un día de Navidad, hace años, en el que él y su mujer, Ana, salieron a dar un paseo con su hijo, como acostumbraban a hacer cada domingo. A Rubén le gustaban mucho las castañas. Ese día, su madre le compró un cartucho, peló una y se la dio, pero Rubén la rechazó y pidió pelarlas él. Ana no le prestó atención y siguieron paseando, gesto que provocó un enfado de Rubén y un posterior llanto. Ana se excusó recriminándole su ineptitud. Rubén miró a su padre; sus ojos estaban húmedos, llenos de impotencia y rabia contenida. Ante los sollozos de su hijo, Jesús decidió sentarse con él en un banco y, con paciencia, explicarle paso a paso cómo se pela una castaña. Los deditos torpes de Rubén no acertaban a quitar la cáscara de una sola vez, y como las castañas estaban calientes, se quemaba los dedos y se soplaba las manos por turnos. La izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha. Ana miraba con atención sin pronunciar palabra. Rubén tardó cinco minutos en pelar una castaña completa. Cuando lo consiguió, alzó el brazo mostrando a sus padres la castaña, libre de cáscara. Un triunfo. Jesús le felicitó y le pasó la mano por la cabeza, despeinándolo. Finalmente, Rubén consiguió pelar todas las castañas él solo.

–Sí, sí me apetece –respondió Jesús esbozando una sonrisa. Las arrugas que se le formaron en las comisuras de los labios le daban un aire cálido y sereno.

Compró un cucurucho y reanudaron la marcha. Él sostenía el cucurucho, de modo que cuando ella quería una castaña tenía que acercar su mano a él para cogerla. Cada vez que tomaba una, lo miraba y sonreía. Se encontraba más tranquila. Jesús se preguntó si a su hijo aún seguirían gustándole las castañas. Ambos siguieron caminando, alejándose del puesto de castañas. Él con su paso regular, ella intentando acompasar su paso al de él.

De repente, una gota cayó en el cristal de las gafas de Jesús.

–Parece que va a llover –dijo, y antes de terminar la frase empezó a caer una tromba de agua.

–¿Has traído paraguas? –preguntó Jesús, alzando la voz.

–¡No! –gritó ella cubriéndose la cabeza con sus brazos y mirando hacia los lados, buscando un lugar donde refugiarse–. ¡No sabía que iba a llover!

Jesús la cogió de la mano y empezó a correr tirando de ella.

            –¡Vamos!

Alba corría tras Jesús y miraba cómo la agarraba. Era la primera vez que se tocaban, ni siquiera se habían rozado casualmente antes. Sintió los dedos de Jesús gruesos y ásperos. Pensó que no habría adivinado que esas manos pertenecían a un profesor de literatura. Le apretaba tan fuerte la mano que sintió mucho calor en los dedos y le empezaron a doler los nudillos, pero no le importó. Tampoco le importó que la lluvia le arruinase el peinado y el poco maquillaje que llevaba. A lo largo de la acera se habían formado grandes charcos de agua que Jesús intentaba esquivar con desigual fortuna. Pasaron deprisa delante de una multitud de personas que se agolpaban bajo una parada de autobús, afanados en resguardarse de la lluvia torrencial. Jesús se distrajo un instante y casi se choca con una pareja que corría en dirección opuesta y llevaban los abrigos por encima de sus cabezas. Ella iba ajena a todo; aferrada a su mano, dejaba que Jesús la guiara.

Corrieron unos minutos esquivando personas y charcos. Jesús se metía por calles estrechas y giraba brusco sin previo aviso. La escena era divertida para ella, hasta que Jesús se detuvo en seco.

–Aquí es –Jesús separó su mano con brusquedad–. Pasa.

Entraron. El bar estaba lleno de gente que se resguardaba de la lluvia y el olor a humedad era intenso. Jesús la invitó a sentarse en la única mesa que quedaba libre. Una mesa pequeña con dos taburetes, uno enfrente del otro, pegada a una cristalera enorme que separaba el bar de la calle. Jesús se dirigió a la barra y ella tomó asiento. A través del cristal observó la calle engalanada con las luces de Navidad. Este año el ayuntamiento había escogido unas luces con forma de velas de diferente tamaño y grosor que se encendían intermitentes. Por mucho que las miraba, no lograba encontrar una secuencia. Dedujo que debía ser aleatoria. Algunos balcones estaban decorados. Unos eran elegantes y otros no tanto. En el edificio de enfrente, un balcón del primer piso estaba adornado con un manto rojo oscuro con los bordes dorados. En el centro había un dibujo del niño Jesús. Ese le gustaba. En el mismo edificio, en el tercer piso, había un balcón adornado con decenas de lucecitas de muchos colores que se encendían y apagaban muy rápido y llamaban demasiado la atención. Colgados del mismo balcón, tres muñecos de los reyes magos. Ella sentía más simpatía por Papá Noel. Le parecía más bonachón. Recordó a su abuela preparando la comida de Nochebuena. Le daba tantas vueltas a la cabeza valorando tantas cenas posibles que siempre se le echaba el tiempo encima. Al final, todos los años hacía lo mismo: besugo al horno y leche frita de postre. «Hoy habría salido, con prisas, a comprar la comida», pensó. La echaba mucho de menos.

–¡Alba!, ¿qué vas a tomar?

            Alba se giró con rapidez. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Sintió un escalofrío que la devolvió al mundo real. Pidió una cerveza y Jesús un vaso de vino tinto. Alba no solía beber cerveza, pero, después de comerse las castañas, había decidido no pedir una Coca-Cola por temor a parecer una cría. Pensó que resultaba curioso que Jesús la hubiese cogido de la mano antes de pronunciar su nombre.

El bar le pareció un sitio confortable. Al fondo de la barra había una estantería con decenas de botellines vacíos de diversas cervezas. Las paredes estaban abarrotadas de reproducciones de cuadros famosos. Los había más grandes y más pequeños, cuadrados, redondos, rectangulares. Alba intentó reconocer alguno sin éxito. El sitio era alternativo, «quizás demasiado para Jesús», pensó Alba. Dudó si era un bar frecuentado por él o lo había escogido solo porque había quedado con ella. De fondo, sonaba música a un volumen muy bajo. Alba tuvo que aguzar el oído para escucharla con claridad entre el murmullo de los clientes. Dedujo que era jazz. No entendía mucho de jazz. No le gustaba. Lo detestaba, de hecho. No podía comprender cómo podían existir personas que escuchasen una música que no tenía ritmo. Se imaginó un típico bar de jazz de los que salen en las películas, lleno de clientes blancos, con sombrero y bigote, disertando, en medio de una nube de humo, sobre la técnica de un saxofonista heroinómano.

Jesús puso la cerveza y el vino en la mesa y se sentó. Miró hacia el cielo a través de la cristalera.

–Vaya cómo llueve.

–¿Este era el sitio al que me ibas a traer? –preguntó Alba.

–Sí… ¿Por qué? ¿No te gusta? –respondió Jesús, removiéndose en su asiento.

–Sí, sí. Lo decía porque como nos ha sorprendido la lluvia, no sabía si habías improvisado el plan.

            –Este era el sitio –Jesús sonrió.

–¿Vienes mucho a este bar?

            –No suelo salir mucho, pero sí he venido algunas veces.

            –Son bonitos –Alba señaló la pared llena de cuadros que quedaba a la espalda de Jesús. Este se giró.

            –¿Verdad que sí?

            –Sí –respondió.

Los cuadros no le interesaban, solo quería iniciar una conversación.

–Mira –dijo Jesús señalando un gran cuadro en el centro de la pared–. ¿Ves ese de ahí, el azul grande? Se llama Impresión, sol naciente, de Monet. Es considerada la primera pintura impresionista. –Alba asentía mientras Jesús, que estaba girado observando el cuadro, hablaba–. Al inventarse la fotografía, ya no tenía sentido buscar la realidad al pintar, razón que impulsó a un grupo de pintores a dedicarse a buscar otros motivos en sus pinturas. En este caso es la luz. La luz y el color. Observa el color del cielo. Mira cómo desprende sensación de humedad –Alba pensó que en el bar había más humedad que en el aquel paisaje–. Es el primer movimiento pictórico en el que prima la impresión por delante de la copia. En su momento fue un verdadero escándalo, tuvo que soportar muchas burlas y desprecios –Jesús se volvió y bebió un trago de vino. Alba no sabía qué decir, así que siguió asintiendo.

–¿Y ese? ¿Lo conoces? –Se le ocurrió preguntar a Alba, que señalaba un cuadro al lado de la pintura de Monet.

–Eh…, no…, ese no –Jesús se ruborizó.

A Alba le hizo gracia la reacción de Jesús y tuvo que reprimir la risa. Jesús se había sonrojado y procuraba disimularlo bebiendo un trago de vino.

–Pues es muy bonito. Es el que más me gusta –dijo Alba.

El cuadro era No. 61 de Mark Rothko.

–¿Tú lo conoces? –preguntó Jesús en voz más baja de lo habitual.

–No…, pero puedo inventármelo –Alba apoyó los codos en la mesa y acercó su cara a Jesús. Este se acercó a Alba con los ojos muy abiertos. En su frente se formaron tres profundas arrugas. Alba empezó a hablar más despacio y en voz baja, teatralizando sus gestos–. El pobre Monet estaba desolado. Todo el mundo se había reído de su cuadro del barquito. Monet estaba convencido de que era por pura envidia, ya que él era el mejor pintor de la ciudad. No obstante, la opinión de que su barquito parecía una caca de paloma se instauró de inmediato en toda la población. Hasta su mujer le decía… ¿Cómo se llamaba Monet?

–Claude –respondió Jesús atento.

–Su mujer le decía: «Claude, cariño, no puedes ir por ahí pintando barquitos que ni se distinguen. Mira Velázquez, que pintó a la familia real hasta con perros y todo. Así no te vas a ganar la vida». Y es que a Monet le gustaba su cuadro. Quería que la gente entendiese su arte. Él erre que erre. Justificaba su pintura diciendo que no era un maldito fotógrafo y que habría sido mejor si algunos de los personajes del cuadro de Velázquez hubiesen salido con la cara tan borrosa como su barquito. Ya ni su mujer lo comprendía. Una persona incluso indicó que a lo mejor Monet quería pintar un paisaje realista, pero quizás sufría de miopía galopante –Alba hizo una pausa solemne y continuó con una voz más profunda–. Al cabo de un mes, uno de los críticos de Monet se encontró un cuadro en la puerta de su casa. Estaba firmado por un tal… François…, ¡François Tenom! –Gesticulaba histriónica Alba. Jesús soltó una carcajada–. ¡Qué maravilla de pintura! ¡Qué trazos! Pronto se lo enseñó a todos sus amigos pintores. Todos quedaron maravillados por aquella pintura tan vanguardista del enigmático François Tenom. La expectación acerca del pintor misterioso crecía por momentos. Sin previo aviso, apareció una nota en la que se anunciaba que el gran François llegaba a la ciudad a presentar su nueva creación. Todos enloquecieron. Cuando llegó el día, cientos de personas se congregaron para ver en persona al artista. En esto, apareció Monet y les dijo: «Señores, yo soy François Tenom. Criticasteis con vehemencia mi trabajo anterior, firmado por mí, y alabáis este, que no tiene ni barquito ni nada, pero está firmado por otro. Con esto queda demostrado que sois unos cochinos envidiosos» –Jesús no paraba de reír–. La gente se quedó perpleja y Monet dijo: «Os he impresionado, ¿eh?», y de ahí viene lo de Monet como padre del impresionismo –Alba se recostó en su silla.

–¡Fantástico! ¡Me ha encantado! –Aplaudió Jesús, con los ojos llorosos a causa de la risa.

Detrás de Jesús, un chico muy atractivo miraba fijamente a Alba. Ella le esquivó la mirada. Hacía seis meses que había conocido a un hombre muy parecido a ese. Un chico de una noche. De una tarde, en realidad. No tenía nada que ver con Jesús. Lo conoció en una discoteca. Hablaron poco, se cayeron bien y quedaron para tomar café al día siguiente. A Alba le gustaba más la cafetería de aquella cita. Apenas tenía decoración. Todo el local estaba pintado en tonos grises: las paredes, gris perla; las mesas, gris marengo; la barra, gris antracita. Le parecía elegante. El chico también le parecía elegante. Se fijó en Jesús. Vestía como un hombre de su edad. Por el hueco que dejaba el último botón de la camisa sin abrochar se asomaban algunos pelos negros y otros blancos. Se lo imaginó sin ropa. ¿Tendría mucho vello en el cuerpo? ¿Se mantendría en forma? Miró sus brazos. La camisa no le quedaba estrecha, no podía adivinar si se le notaban los bíceps. Al chico-de-una-tarde sí se le notaban. A él no le interesaba Mateo Alemán ni la literatura del siglo de oro, sin embargo, para Alba no era el típico guaperas de gimnasio sin cerebro. Le gustaba el deporte y la música. No era tan culto como Jesús, pero se podía mantener una conversación con él. Y también había que tener en cuenta el físico, claro, y el chico-de-una-tarde tenía un gran físico. ¿Por qué tuvo que inventarse una excusa para no quedar otro día? ¿Tan mal se lo había pasado? ¿No le resultó atractiva a la luz del día? Si bien sabía que esa era la mejor solución posible si quería evitar problemas, la intranquilizaba no saber cuál era el motivo para no querer verla más. Fuera cual fuese la causa, Alba no lograba apartar de sus pensamientos a ese chico.

Continuará…..

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Entumecido por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

Sentado frente a la ventana en este día de chubascos me he asomado a la acera y he descubierto que bajo los paraguas había tanta lluvia como la que estaba cayendo desde el cielo, decenas, cientos y miles de gotas idénticas desplazándose pasivamente y creyendo tomar un camino propio y personalmente escogido, como si esa elección, igual que la mayoría, les perteneciera sin que ninguna fuerza mayor les empujara realmente.
Sin embargo, a pesar de toda la inercia que nos va guiando, siento cierto alivio esperanzador cuando se oye la tormenta y los imprevisibles vientos hacen danzar los aguaceros con la suficiente rebeldía como para empapar el fino papel que se despliega altivo en intramuros.
Somos seres sociales y sociables pero a veces debo girarme, pedir a la gravedad un respiro porque individuos singulares hacen de la sociedad un hábitat demasiado hostil para vivir, vivir en el sentido más profundo de su acepción y que se aleja del logro de enlazar el hoy con el mañana en una consecución tediosa en el calendario. Buscamos la libertad creyendo saber donde encontrarla, pero a menudo nuestros pasos nos llevan una y otra vez a callejones sin salida en un laberinto de decisiones supuestamente propias.

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Llueve por fin

Por: Loreto Liz (Lilith)

Llueve por fin y aún en unos días
empezarán las quejas y el aburrimiento…
Llueve por fin y no llueve mansamente
como cabría esperarse a esta altura del otoño,
llueve con la prisa y las ganas
del que baja en un andén
y pone los pies en tierra
y busca a su alma con los ojos…
Llueve por fin y corre calle abajo
y yo me voy detrás y ruedo
bebiéndome un secreto,
pisando en cada una de tus huellas
para que el agua no se atreva a disiparlas.
Llueve otra vez y la vida se repite
pero brillan en mis ojos tus palabras
y me meto en este charco que no ahoga,
porque yo también soy
como dijiste un día
un canto muy rodado
que hasta en los charcos flota…

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