Me estás matando

Por: Loreto Liz (Lilith)

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Haz algo, porque me estás matando…
no vas a entender mis palabras,
ni mis peligros, mi dolor, mi angustia,
seguro que estarás pensando que exagero,
pero si sigues así vas a matarme…
a matar el brillo en mis ojos cuando hablamos,
a matar mis dedos ligeros para atenderte,
a matar las risas tontas en las madrugadas…
Te extraño y seguirte esperando,
eso, también me está matando…
sueles decirme loca y creo que aciertas,
me vacío y me termino envolviendo
en la locura de no saber
si debo insistir, si debo abandonar,
abandonarte, abandonar la idea
de que me sigas queriendo…

Tarjeta verde de Gloria Jiménez Peña

Título:Tarjeta verde
Autora: Gloria Jiménez Peña
Editorial: Donbuk

Sinopsis
tarjeta verde libroManolo y Marcos son dos treintañeros que, como tantos otros, deciden buscar una oportunidad en el extranjero y huir de la crisis española. Sólo uno de ellos consigue hacer el sueño de ambos realidad al recibir el visado de trabajo de Estados Unidos. El portador de la Tarjeta Verde (Green Card) pone rumbo a Los Ángeles convencido de que todo allí será tan fácil como en las películas de Hollywood.
Tras meses de adaptación, trabajos horribles y problemas de comunicación, finalmente logra que su vida empiece a tomar un nuevo rumbo, pero un hecho inesperado hará que todo lo que ha construido en Estados Unidos se derrumbe. 
Tarjeta Verde es una novela realista, que refleja la situación actual de muchos españoles, pero, ante todo, es una historia sobre el verdadero significado de la amistad.

Autora
Gloria Jiménez Peña  (Baena – Córdoba, 1981) ha pasado buena parte de su vida entre Jaén, de donde es su familia; Málaga, donde estudió periodismo; y el Campo de Gibraltar, donde trabajó casi diez años en diferentes medios de comunicación.
En 2013 acabó en el paro por lo que decidió pasar una temporada en Los Ángeles, allí empezó a escribir Tarjeta Verde, novela que acabó unos meses más tarde tras su regreso a España.
Como los protagonistas de su novela, ha vivido de cerca la crisis y no le ha quedado otra opción que buscar trabajo en el extranjero. Tras descartar la opción de quedarse en Estados Unidos sin la preciada Tarjeta Verde, tuvo que cambiar el sol californiano por el frío de Polonia, donde reside desde principios de 2015.
Acostumbrada desde hace años a escribir artículos en periódicos, ahora su relación con el periodismo se limita a participaciones ocasionales en blogs y revistas digitales. ‘Tarjeta Verde’ es su primera incursión en el mundo literario.

El pacto de los pícaros

Por: Rafael Azgra, Víctor José Rodríguez, Pepe Ramos, Carlos Ortega, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Esther G.R., Ian Gómez.

cabeceraRelatoEncadenado

En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, el alguacil avanzaba presto mientras el maestro Cervantes hacía tintinear tres monedas de plata en su mano buena. Al llegar a la puerta del literato éste tendió su diestra entre los barrotes para pagar el unto que le permitiría continuar sin compañía en su celda. Sin embargo, para su pasmo, Alonso, que así se llamaba el funcionario, llegó acompañado y con expresión de penalidad:

            – Lo siento, Miguelín, pero esta vez va a ser imposible. Te traigo compañía.

            – Pero… ¿cómo? – preguntó Cervantes, entre enfadado y perplejo – ¿no puedes meterlo en otra celda? Seguro que hay otras en donde quepa. Si hace falta te conseguiré más monedas.

            – Es imposible, ya oyes el estruendo del gentío de los últimos días. Estamos atiborrados. El alcaide nos ha ordenado llenar todas las celdas. Da gracias a que te aviso antes de cogerte las monedas, que podría haberme callado y obligarte a pagarme igualmente.

            – Pues dale mis monedas al alcaide… – contestó, con un ligero tono de desesperación en su voz.

            – Oye… lo siento… pero no puedo reñir ahora – Alonso abrió con expresión seria la puerta e introdujo a un tipo desarrapado, con largas greñas y barbas, empujándole al interior con brusquedad. Le liberó de los grilletes y salió cerrando con un portazo y echando el cerrojo con saña – Ahora portaros bien y no me deis quehaceres innecesarios, que bastantes tenemos ya con tanto bandido por aquí – y se fue con paso rápido.

            El recién llegado saludó con una mirada acompañada de media sonrisa mientras se paseaba por la pequeña estancia, acariciándose las enrojecidas muñecas. Cervantes empezó a notar el pestilente hedor que desprendía, cual errabundo temeroso del agua. Se acercó a la escotilla que daba al patio resoplando, sintiéndose impotente. No había tenido una buena experiencia con sus primeros concurrentes en la cárcel, todos ejecutados ya por la Santa Inquisición. Quería pasar su condena en soledad, como hacían otros reos, gracias al favor de los alguaciles. Se sentía inseguro, pues su nombre y su delito eran distinguidos entre la chusma y no eran pocos los que querían aprovecharse de la aparente debilidad del Manco de Lepanto. Y éste se sentía en inferioridad a la hora de defenderse ante una posible agresión de un mal compañero. Se dio la vuelta, buscando su camastro, cuando se encontró con la mirada ensimismada del apestoso.

            – ¿Qué estás mirando, gaznápiro? – preguntó con molestia.

            – Verás, Miguelín – empezó, con una inquietante firmeza en su voz y cambiando sus formas – me han prometido la libertad y el cobijo del Justicia de Aragón a cambio de tu cabeza.

            Quedó en silencio. Sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad, al final un loco había conseguido llegar hasta él. Poco podía hacer si la demencia de aquel hombre, tan alta como su apestoso aspecto, se cumplía. No podría defenderse, y por primera vez desde que fue encerrado, sintió el miedo recorrer su esquelético cuerpo.

– ¿Sorprendido, Miguelín? – dijo con esa firmeza en la voz que imponía.

Miguel no quiso contestar, tampoco sabía qué decir. Si su vida estaba en manos de aquel hombre, lo más sensato era no decir nada, estudiarlo lo mejor posible y permanecer ojo avizor. Lo segundo iba a ser lo más complicado, su hedor lo llenaba todo y cuanto más lejos estuviese mejor. Se dirigió hacia su camastro, necesitaba pensar alguna estrategia por si la cosa iba a mayores. ¿Qué podía hacer? De momento lo único que podía hacer era esperar. Y si algo no le faltaba a él era la paciencia.

– Bueno veo que no quieres hablar conmigo – dijo de nuevo con esa voz – bueno, tú te lo pierdes, Miguelín, puesto que me he negado a ello…

Se incorporó con tal rapidez que casi se cayó al suelo. De todas las posibilidades que hubiese podido pensar, esa no entraba entre ellas. Había conseguido que la curiosidad, la misma que en un principio se negó a darle importancia, se instalase. Como no dejaba de mirarle y de clavar su mirada fijamente en sus ojos le preguntó:

– ¿Y por qué te has negado?

– Veo que he conseguido tu atención – sentenció jocosamente.

Paseó por la pequeña estancia con aire casi marcial. A cada paso que daba la pestilencia se extendía más y más a tal extremo que Miguel tuvo que taparse la nariz, para no sentir el nauseabundo olor que desprendía. A aquel hombre no parecía importarle demasiado su propio aspecto, pero algo en su porte hacía sospechar que no era un simple vagabundo. Su forma de hablar autoritaria y esa forma de mirar escondían algo más.

– A cambio de tu vida quiero que haga algo por mí – sentenció.

­- Te escucho – dijo Miguel que estaba dispuesto a lo que fuese por salvar su vida.

– Quiero que escribas la historia más grande que nunca se haya escrito. Quiero que el mundo conozca a un hombre singular, único. Quiero que escribas la historia de Alonso Quijano.

– ¿Y ese quién es? – Preguntó Miguel, que parecía mucho más tranquilo.

– El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – dijo aquel hombre con una mirada llena de locura – el mejor y más grande caballero que haya nunca marchado sobre la tierra – dicho lo cual se sentó sobre el mugriento suelo.

A continuación procedió a dar cuenta pormenorizada de las gestas del tal Don Quijote suyo. Cervantes se resignó a escuchar lo que no tardó en aparecérsele como una amalgama alucinada, hija de la imaginación febril de un lector indiscriminado de basura caballeresca: fantásticos lances de amor y de armas, caballeros andantes de todo color y condición, mundos exóticos recorridos por gigantes, dragones y demás quimeras contra natura.

– Palmerín, Roldán, Amadís… – enumeraba entusiasmado los modelos que debían servir de inspiración para cincelar al héroe protagonista de la historia – Tirant… ¡El Cid! – Añadió, los ojos fuera de las órbitas, sacudiéndolo por los hombros como si quisiera desencajarle hasta el último hueso del maltrecho esqueleto.

Mientras trataba de rehuir el aguacero de saliva que acompañaba al arrebatado discurso de su interlocutor, le vino a la mente el encuentro que en una posada de mala muerte del camino entre Madrid y Sevilla – en medio precisamente de esa Mancha desolada donde su compañero de celda quería radicar al paladín de su novelucha – había tenido, hacía casi diez años ya, con aquel espía inglés de cuyo impronunciable nombre no lograba acordarse y que allá en su patria gozaba de buena fama y alta estima merced a sus innovadoras tragicomedias. ¿Qué habría sido de él? ¿Y cómo se llamaba? En cualquier caso, sí recordó cómo, entre tiento y tiento al cuartillo de vino y a las carnes lozanas de la Maritornes, el simpático hereje le había insistido en que era el teatro lo que lo iba a sacar de pobre. Porque la chusma no leía, ni leería aunque pasasen otros quinientos años. Con que no quedaba sino dramatizar, dándoselos por tanto bien masticados, aquellos escritos que uno ambicionase ver divulgados. La pregunta, obvia, lo fustigó entonces tanto o más inclemente que los salivazos de su vecino: ¡¿Por qué coño no le habría hecho caso?! 

De esta manera tan atropellada como azarosa, el que otrora fuera comisario de abastos, fiel cumplidor en su tarea de requisar trigo y cebada para los galeones de la Flota de la Carrera de Indias hasta su defenestración regia y encarcelamiento, se resignó a la providencia de este malogrado encuentro y aceptó la propuesta de aquel desarrapado sicario ganado en el último momento para la caridad, cuyo tufo se cortaba a cuchillo. Lo cierto y verdad es que la narración del bienoliente, le recordó pasajes de aquélla que le refiriera, cuando niño, un viejo morisco a quien gustaba frecuentar por las atractivas historias que contaba. Cide Hamete Benengeli era un libro viviente. Y de entre sus páginas orales no olvidó aquel caballero cuyo nombre le pareció tan extravagante como digno de compasión, El caballero de la triste figura. Fue así, entre la sombra de sus recuerdos y las alucinaciones de un loco que en la mente de Cervantes fue desdibujándose algo. Su presencia irrumpió como una sombra a contraluz, como un gran señor de noble porte; pero a medida que las palabras de su apestoso acompañante lo ilustraban cayó en la cuenta que junto a él, allí mismo, se encontraba el rostro del hombre de su ensoñación. No tenía ese espantoso aspecto de mendigo, sus greñas estaban cuidadas, sus barbas recortadas y su porte era recto e imponente; pero su mirada mostraba la misma locura que el hombre que le hablaba.

Se sentó, confuso y asustado mientras en su interior crecía una extraña emoción. Ellas, musas caprichosas, lo habían vuelto a hacer.

– ¿Me estáis escuchando? -preguntó el hombre con vehemencia-. Ella tiene que aparecer.

– Ella… -repitió Cervantes imbuido por un torrente de sensaciones que se extendían hasta hacer temblar su cuerpo.

– Dulcinea, tan hermosa que daña. Con cabellos dorados, la frente despejada, las cejas como dos arcos, sus ojos brillan como soles y sus mejillas se colorean al sonreír -Cervantes lo miró intentando dibujar en su imaginación la mujer descrita-. Permitidme ilustraros con un garabato que sin duda os hará verla con la mayor de las claridades.

El hombre se agachó junto a la puerta y cogió un pedazo de carbón, caído de una de las antorchas cercanas que iluminaban el pasillo por el que los celadores paseaban. En la piedra del suelo comenzó a garabatear un rostro que a Cervantes se le antojó grotesco, espeluznante. Las dotes artísticas de aquel hombre eran nulas, pero lejos de sacarle de su ilusión, le dejó hacer.

– ¿Acaso no es la mujer más hermosa que hayáis contemplado?

Cervantes asintió. No le pasó desapercibida la forma en que los ojos de aquel demente se iluminaban al hablar de ella. Puede que hubiera sido hermosa en persona, pero aquellos trazos de carbón simulaban una bestia más que una mujer. «La tal Dulcinea es una idealización de este pobre loco», pensó para sí.

– Debe encontrarla, Don Quijote ha de encontrar a Dulcinea del Toboso.

Cervantes se arrodilló junto a él, intrigado, y mientras escrutaba los ojos del lunático le preguntó:

– ¿Por qué?

Las pupilas del hombre se clavaron en él como dagas y con la expresión de contar algo obvio respondió:

– Porque no hay mujer igual, se lo prometo.

Cervantes se quedó pensativo. Aquel hombre estaba realmente loco, no había duda, pero aún así había conseguido que se interesase por aquella historia. Estaba encerrado en aquella celda, no había motivo para seguir discutiendo con su nuevo compañero, ya que estaba claro que no iba a cejar en su empeño de convencerle.

– Está bien, escribiré la historia. – dijo Cervantes. – Escribiré la historia de este hidalgo manchego.

Una sonrisa apareció en el rostro del hombre, los ojos se le tornaron brillantes, casi parecía que iba a ponerse a saltar. – Bien, entonces le contaré todos los detalles.

Y así comenzó la historia del hombre de la triste figura, llena de locuras imposibles, donde un caballero se volvía invencible al llevar su casco, y su fiel escudero le seguía allá donde fuera. ¿Porqué no escribirla? En la mente ya envenenada de Cervantes, tomaba forma la historia…

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. 

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Amor y Guerra

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Allí estaban. Dos locos enamorados.

Se habían conocido hacía no mucho tiempo pero la conexión entre ellos había sido instantánea y extraordinaria. Ninguno de los dos se creía lo que estaba pasando; ella le abrazó. Quería sentirse segura entre sus brazos. Se miraban el uno al otro y encontraban paz en los ojos del otro en ese ambiente de destrucción. Las bombas caían a pocos metros de donde estaban ellos.

– ¿Me querrás pase lo que pase?- le preguntó ella.

– Te querré pase lo que pase- le contestó el, sabiendo que posiblemente sería la última vez que iban a estar juntos.

Se besaron por última vez y él salió de su escondite; tenía que ir a buscar sustento. Llevaban allí dos días y si no comían algo pronto iban a desfallecer. Ella esperó durante largo rato, esperando ver esa figura que tanto conocía aparecer entre el polvo que levantaban las explosiones. Estuvo durante varias horas esperando pero se estaba haciendo a la idea de que no volvería a ver al chico al que quería con toda su alma.

Empezó a llorar sumida en su soledad cuando, de repente, sintió un dolor punzante en el estómago; un trozo de metralla la había alcanzado. Aguantó el dolor como pudo, teniendo sólo en la cabeza la imagen de ese chico que se estaba jugando la vida por ella, con la esperanza de que pronto regresara, al menos para despedirse. Sabía que iba a morir.

En medio de su agonía, lo vio. Estaba allí parado frente a ella, como si fuera un fantasma, una aparición. Nunca supo si era una alucinación producto de su dolor o si realmente estuvo allí.

– Lo siento. No pude ayudarte. Una bomba me alcanzó. Pero aguanta, pronto estaremos juntos- dijo él con lágrimas en los ojos.

– ¡No te vayas! Tengo miedo; te necesito- gritó ella intentando alcanzarle con la mano. Parecía que estaba muy lejos de allí; no conseguía tocarle.

– No me voy a ir. Me voy a quedar contigo hasta el final. Recuerda lo que hablamos; para siempre juntos, pase lo que pase.

Y así, tirada en medio de la nada, con la destrucción y el caos abriéndose a su paso, se despidió de este mundo junto con su amado. Los dos partieron de la mano hacia lo desconocido; no sabían muy bien hacia donde se dirigían.

De lo que estaban seguros era que estarían juntos allá donde fueran.

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Otra vez 15 de abril

Por: John Sebastián Castrillón Correa

Aquí estás, 15 de abril, ¿me herirás como la última vez? Te recuerdo muy bien, y mucho más lo que en ti viví.

Recuerda, sí, hazlo, recuerda la última vez que llegaste. Claro, ahí me ves; por supuesto, se me notan las ansias. Mira el rostro palidecido, pero que sonríe y se sonroja al son de un pensamiento. Mira la ropa: más lustrada no pudo haber existido. Huele, sí, hazlo, huele el fino perfume reservado para la ocasión; huele el sudor que se mezcla con él. No te olvides de aquel tonto papel que llevaba en mis manos. ¡Pensar que árboles y pulpos fueron triturados para brindarme papel y tinta y lograra escribir lo que habría de ser mi sentencia de muerte!

¿Recuerdas el largo viaje que tuve que hacer? Obviamente lo haces. Allí lo ves: todo un recorrido; un completo calvario. Lo recuerdo como el camino en el que yo dejaba de ser yo, y me entregaba al pozo sin fin en el que me encuentro.

Mira los ojos alegres y vivos que no sabían de maldad o traición; mira cómo se pierden en bastos lugares desconocidos por la raza humana. El éxtasis y lo que los griegos llamaban hybris estaban allí.

Sé valiente y sigue mirando los hechos; deja la cobardía y observa con el mismo placer morboso que tuviste aquella vez.

Mira al joven enamorado; ve la estupidez que cometerá.

Ahí está el texto: no tiene una sola falla, pues el joven se percató de haberle dedicado las suficientes lunas y soles para que en él no existiese la mácula. La esperanza de su existencia se hallaba en aquel texto; no dudó en hacer su mayor, y más vano, esfuerzo.

¿Aún puedes acordarte de mí cuando lo entregué? ¡Claro que sí, mísero burlón! Ve fijamente, sí, ahí se pasan de unas manos a otras los siete párrafos perfectamente escritos; ahí se van los Siete Grandes que no habrán de recibir ni la más mínima prueba de gratitud.

El joven sonríe decentemente después del rechazo, pero puedes ver cómo los colores de la escena parecen mezclarse con ácido, y se van derritiendo mientras espumean para pasar a tonos otoñales y terminar en escala de grises.

La muerte había venido en forma de rechazo y obtuvo sus ojos.

¡Mira, mira al hombre joven cómo envejece y se queda sin alma; mira cómo pierde la lámpara que encendía su ser!

Ahora le ha llegado la noche, y las tinieblas le han sofocado hasta las lágrimas. Ve cómo pierde sus fuerzas y se reduce a casi un cadáver maloliente; mira la ropa cómo se destiñe para luego desintegrarse.

¡Oh, destructor imperante, ¿cómo te atreviste a abatir a un alma así? Ya no importa, ya no importa.

Hoy estás aquí de nuevo, 15 de abril; mira las cenizas que quedan de mi ser cómo vuelan, sin sentido, tratando de encontrarla; mira mis moléculas restantes perderse rumbo a la nada.

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Reloj cucú

Por: Crono Axel

El bolígrafo se reía de mi, el papel era indiferente y mis ideas incontrolables, el momento estaba en mi contra, en el instante, tan solo pensaba más allá de las letras y escuchaba muy adentro de mi obscuro egoísmo, el eco de la voz del reloj cucú al decirme…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

La puerta del enorme reloj crujía con cada palabra. Los maderos se astillaban con cada coma, se quejaban en cada asentó y descansaban en cada punto… no era un viejo reloj, tan solo su mal uso lo llevo hasta la descompostura, esa frase repetirse una y otra vez, me llevo al borde de la imprudencia, no la entendía…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

Era frustrante escuchar el tic tac solo en mi recuerdos… no quería el pasado en mi presente, y la hora tan solo estaba mal. Cuando pensaba que mis recuerdos eran lo peor, ahí estaba de nuevo esa frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Mientras el día transcurría, yo seguía en el mismo sitio, congelado en el tiempo. Mi espacio era infinito y mi locura inevitable; Ver volar el sol, pero no el tiempo y mucho menos al pequeño jilguero… me deprimía cada vez más. Seguía sin entender la temática del mundo, y el por qué ese hinchado reloj de madera repetía una y otra vez las misma frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Me harte que las voces del ayer tomasen el lugar de la mía…

Me harte de ver que ese enorme reloj no diera la hora…

Y la aburrida quietud extrañaba, el dulce canto del jilguero para acompañarla a dueto.

Y con el no tiempo, la tinta de mi bolígrafo se había secado, mi indiferente papel se volvió amarillento y mis ideas marchitas estaban… y ni así y de ninguna forma me di cuenta que los engranes y cabos estaban sueltos, que el segundero no avanzaba, y el pequeño jilguero había muerto.

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Mi sueños

Por: Perera

Soñé con ser un cantante popular
pero mi voz era horrible. Y es.
Luego formé un grupo musical
pero nadie deseaba escucharme,
ni los enfermos, ni los curas perdidos.
Ni los sordos,  ni mi propia madre.
Luego seguí soñando y traté de ser un deportista.
Pero en todos los equipos siempre estaba sentado.
Pensé en estudiar medicina, pero no aprobé el examen de ingreso.
Al final no sé cómo me hice abogado y de paso poeta.
Algo parecido me pasó con el amor.
Pero eso es otra historia.

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Una noche contigo

Por: Carolina Peña

Aquellos momentos en los que sus labios rozaron los de ella, sintió una inmensa necesidad de él, de embriagarse con su aroma y perderse en el mar de sus ojos. Se acercó a su cuerpo, le rodeó la cintura con las piernas y devoró sus labios poco a poco, lentamente, sin prisa, pero con hambre y ansiedad. Deseaba locamente enredarse en sus labios y sentir la calidez de su piel contra la suya. Su imaginación voló y en tan sólo unos imperceptibles segundos se encontraba a horcajadas sobre él, acariciando su rostro con los dedos temblorosos, la emoción y los nervios se adueñaban de ella, recorrió con delicadeza cada milímetro de su torso desnudo, con las yemas de sus dedos repasó la línea de su clavícula y el contorno de sus músculos que se tensaban bajo su toque. Pasaron algunos minutos en esta posición, sus miradas se cruzaban llenas de esperanza e inocencia, cómo podía ella, una chica tan común tener a alguien tan perfecto en sus brazos, al alcance de un solo beso. Él era un compendio de ironías, era egocéntrico, pero a la vez humilde, tierno, pero a la vez apasionado, inteligente y prudente al mismo tiempo…, eso era él, era todo lo que ella deseaba, y sin embargo, lo que sabía no podría tener.

Él, con desesperación acunó el rostro de la chica entre sus manos, la besó con pasión absorbiendo el cáliz de su boca. En cuestión de instantes, y sin saber exactamente cómo, su torso y pecho estaban desnudos, la mirada del chico oscilaba entre aquellas curvas y el rostro esperanzado de ella, un leve e imperceptible rubor se expandía por sus mejillas y pómulos, debería sentirse avergonzada, o eso creía, pero con él sentía que podía ser ella misma. En realidad, era casi imposible para ella describir la singular manera en la que se sintió a su lado, su corazón era una mezcla de sensaciones en ese momento; ternura, cariño, deseo, pasión, hambre, desesperación, etc. Todo sucedió así, de repente y a la vez mesuradamente lento, las prendas cayeron, sus cuerpos se exploraron como por instinto propio, sus manos se movieron al unísono como sí de tocar un instrumento se tratara, las yemas de sus dedos quemando la piel a su paso, dejando el rastro inequívoco del fuego de la pasión.

Él se detenía en cada una de sus formas maravillándose de las curvas que observaba, repasaba cada relieve con la punta de sus dedos queriendo memorizar hasta el más mínimo detalle de aquella chica. Seguramente en el mundo habrían chicas más hermosas que ella, con cintura definida y cuerpo de diosa, pero ella, ella era especial, su estructura perfecta, sus bordes y curvas únicos por sobre los demás, sus ojos y su sonrisa  hipnotizarían a cualquiera y lo llevarían a la locura sí quisieran. Su corazón se aceleraba irremediablemente cada vez que la tenía cerca, sus labios en los suyos hacían que estallaran fuegos artificiales dentro de su estómago y que la llama del amor se instalara en los aposentos de su alma. Se declaraba adicto a sus besos, podría quedarse en esa boca una eternidad sí fuese necesario, suaves como el terciopelo y tan provocadores como ningunos otros podrían ser.

Ella, por su parte se encontraba concentrada en su cuerpo, en las suaves líneas que las sombras dibujaban en su abdomen y cuello, con un estremecimiento llevó su boca a la suya, deslizando su lengua entre sus labios, probando de su miel y embriagándose con ella. Su boca se movió suavemente a su cuello, a su clavícula, a sus bíceps, sus dientes haciéndose presentes en algunos momentos. ¡Dios, esto era perfecto! Lo había soñado muchas veces, pero esto era increíble, fuera de serie, parecía magia. ¡Oh, esperen! ¿Sería magia? Chasqueó sus dedos unas cuantas veces y murmuró “kaboom”, pero nada sucedió, la escena permaneció intacta, pero acaso… ¿sería un sueño? Con sus dedos pulgar e índice pellizcó al chico en un brazo, este levemente se quejó, lo cual indicaba que no lo era. Ya más tranquila continúo su camino, sus labios se deshicieron en el abdomen del chico, en sus montañas y líneas se perdieron los besos tiernos y delicados que le dio.

Las prendas cayeron al suelo como una gota de agua resbala por un cristal. El momento estaba lleno de contrastes, de una cascada de cabello negro por acá y rizos castaños por allá, de ojos color avellana en este lado y café oscuro en este otro, de piel tostada por el sol aquí y blanca como la leche allí. El pudor quedó atrás, tan sólo existían ellos dos, y la luna como único testigo de aquellos breves minutos de felicidad.

Los brazos de él se encontraron rodeándola y de algún modo protegiéndola de lo que fuere que quisiera herirla. Sus dedos rozaron su barbilla y posó un suave beso en aquellos labios que lo llevaban al borde de la locura. Sus ojos la recorrieron con interés y cuidado, como sí la pequeña chica fuera tan frágil y pudiera romperse, la habitación se encontraba en total silencio, tan sólo perturbada por el ruido que producía el contacto de sus labios. Sus pieles parecían irradiar en la oscuridad, brillar con luz propia, el fuego se expandía por sus cuerpos. Las yemas de sus dedos se movían por el cuerpo de ella como sí tocara un instrumento, tocaba un DO por aquí y un RE menor por allí, la tonada que producía era tan deliciosa y armoniosa a sus oídos que podría pasar su vida entera en aquellos brazos, en medio de aquellos sonidos.

Su corazón latía muy rápido, golpeaba contra sus costillas amenazando con perforar su pecho, sus uñas se clavaron en la espalda del chico mientras escuchaba sus respiraciones agitadas cerca de sus oídos. Lentamente los suspiros de placer se acompasaron y sus corazones latieron al unísono. La chica le deslizó las manos por su espalda y enredó sus dedos en el cabello disfrutando de la agradable sensación. Él hundió la cabeza en el hueco de su clavícula dejando que el aroma que emanaba de su piel lo dominara.

  • ¿Dónde está tu corazón? – preguntó ella moviendo sus dedos buscándolo. En medio de suspiros el chico levantó la cabeza lentamente y mirándola a los ojos respondió  – te lo robaste tú. –

Una sonrisa se expandió por el rostro de la chica y lo besó, la sensación de sus labios en los suyos siempre haría que su pulso se acelerara, se perdió en el fuego y la pasión, en el tierno y delicado roce de las pieles, en aquel momento.

  • Ven aquí – dijo ella con una sonrisa traviesa rodeándolo con sus brazos y trazando patrones informes en su espalda, mientras repasaba con besos cada parte de su cuerpo – Esto aún no termina. –
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Carta desde el infierno de un perro vagabundo a su amada

Por: Hector Cediel

Vivo el infierno de lo que es estar muerto en vida, porque así lo siento. Deseo gritar y que el eco le arranque el palpitar a mi corazón. La vida se ha tornado en un absurdo laberinto oscuro, sin puertas de escape. La soledad no es ese plácido paraíso en donde encuentran inspiración los sentidos, sino un túnel lleno de desconciertos, de preguntas absurdas, sin respuestas lógicas, de miedos con colmillos.

Siento las manos heladas y congelados los pies. Siento burbujear a la angustia por mis venas. No encuentro respuestas lógicas a una enfermedad invisible, me vislumbro un atisbo de luz de esperanza siquiera. Nadie se imagina el infierno que genera una angustia, sin respuestas. Sabía que tarde o temprano te cansarías de compartir un mundo sin mañanas, un paradójico  manojo de esperanzas marchitas, y quizá siempre fui o no soy más que eso: un talego de ilusiones muertas.

Sin ti, lo he perdido todo. Sé que a pesar de no ser las cosas como parecen, o como tú imaginabas que eran, terminarías por cansarte de esperar o de intentar comprender que las cosas eran o son, como yo te decía. Una lluvia de te amos, jamás serán suficientes para edificar una relación hermosa, o para augurar un futuro promisorio a una relación.

Me siento despedazado por la realidad de mi entorno, así me consideren muchos una persona demasiado afortunada, e inclusive sé que he sido envidiado por algunas personas. En verdad me siento demasiado solo, después de haber sido admirado como un hombre  amiguero y exitoso.

Ya no sé qué hacer para recuperar y disfrutar de un espacio propio, por mínimo que sea. Me cansé de escuchar injurias o comentarios malintencionados, y que han puesto mi paciencia y mis nervios, al borde del límite extremo. Irónicamente en este momento sólo cuento con una amiga virtual, pero tampoco deseo fastidiarla con mis problemas. No sé si entienda o comprenda la razón por la cual he huido de todas las comunidades virtuales. Hoy más que nunca, necesito un mínimo de sosiego y de una absoluta soledad. No deseo reventarme, a si la felicidad sea tan relativa y frágil, como la belleza de una pompa de jabón.

Sólo deseo darte las gracias por tus generosas palabras y compañía. Jamás te olvidaré, así que haya defraudado como amigo en algún momento. Sé que no fui el mejor amigo y quizás me comporte como un tonto contigo, y por eso te pido perdón una vez más. Sólo deseo conservar un hermoso recuerdo mi corazón.

Te quiero, te envío una vez más, mil besos, porque no deseo que tu piel, sienta el frío de mi ausencia. Recuérdame como un perro callejero, como un cariñoso perro vagabundo, que pasó por tu vida e intentó regalarte hermosos recuerdos.

Con todo el amor de mi corazón,

Tu perro vagabundo.

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Cara Pepona

Por: Ed Kürten

En su casucha aguarda enfurruñado la expiración de la noche de difuntos.  Tras lustros, el viejo psicópata conocido como Cara Pepona, ha aprendido a odiar tan significativa fecha; la única que, con  pesar, renuncia a sus herramientas de placer: su máscara de muñeca y su motosierra. Desde que la estúpida moda de Halloween preñara las tinieblas de intrusismo profesional  ha perdido las ganas de asustar y matar.

«Truco o trato», gritan unos pequeñuelos frente a su puerta. Y resignado sonríe mientras les invita a pasar. Renovarse o morir, piensa cuando vuelve a enmascararse tras el sonriente semblante de una pepona.

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