Buen gusto

Por: Álvaro Fernández

Buen gusto, lo que se dice buen gusto.

¿Quién lo define?

¿Hay normas que establezcan el buen gusto?

Dalí decía que era sencillo reconocer a una persona con buen gusto porque la alfombra debería combinarle con las cejas.

Tengo placeres que horrorizarían a más de uno, pero también —por qué no—  darían ganas de probar o celebrar la coincidencia.

La decencia de aquél es escándalo en el paladar del hipócrita.

Es picante y dulce. Es el lunar que succionan los infames, el ácido que los atraganta, el bocado que chupan sin digerir. Es el reflejo del espejo que no aceptan, su proyección personal de lo prohibido, los ojos que no se atreven a mirar.

No les gusta.

Hay buenos gustos que definitivamente no me gustan.

¿Protocolo?

Sí. Lo interpreto con tolerancia y hasta lo disfruto con gusto, siempre y cuando no sea en exceso. Me empalaga, como mucha de la literatura que consumo a diario.

“Hasta los papeles que hay en el piso”, como sugería Cervantes.

Y así voy.

Leyendo buenas historias mal contadas, y auténticos bodrios, que de lo bien escrito que están, dan ganas de volver a leerlos.

También están los poemas. Las metáforas a mano armada, las imágenes desempolvadas, los sonetos usurpados y las rimas patrimonio de la humanidad.

Porque verso sobra, lo que faltan son poetas.

La subjetividad tiene esa magia: nos da la razón a pesar de ser opuestos. Aunque vos blanco y yo negro. No importa. Los dos la pegamos con el color, los dos dimos en el blanco, dimos en el negro.

Tu verdad es igual o más absoluta que la mía.

Pero hoy no…

Por eso ese cuento, ese relato que a vos te partió la cabeza, o ese poema que iluminó de abstractos tu alma soñadora, para mí es una auténtica porquería.

Y viceversa, claro.

Imagen de Pixabay

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Suplemento vitalicio

Por: Alejandro Enríquez

Dios impreso en pubertad,
contigo llévame al exilio,
iracundo de los más lejanos mares,
y arrástrame viento a piedra
en el ocaso, éste que viene.

Se acercan a las 5:52 pe eme,
tú, que sustituyes sol por luna
y abriéndote paso entre natura,
grande gozo al pronunciar palabra
y que me choque con el cuerpo:
materia de voces, de murmullos,
de rumores fuertes no hacen otra cosa
sino prometerle al paraíso tu existencia,
y el pródigo segundo en que me tocas
va externándose como una aguja
que reclama la presión de la medida.

Suplemento vitalicio,
aquí estoy en el acantilado,
le platico de ti a las matemáticas,
a la retórica, a la física y a la literatura;
piensas siempre en cada bella disciplina,
y aquí estás, implícito a una altura elástica,
a la cama que llora, a la ensalivada almohada;
y aquí estás, disuelto como sal que corta y punza
si lo tocas; palabras se escurren en tu boca: gracias.

Las 6 marca el reloj amarillo de mi espejo,
son las 6 de la tarde lo que dicta la voz grave del tiempo.
Prendo otro cigarro ahora en nombre de tu esencia.
¡Que se quede! ¡Que se quede!,
grito a calavera con calada
¡Que se quede y no se vaya nada,
ni un pedazo de su aroma!
Bebo al amargo té verde
que me envuelve -no me embriaga-.
en la suculenta atmósfera caliente.
El humo se combina con el té,
con la sepia, con el sol
con el rocío, el viento,
el paño de la ventana fría abierta:
tu perfume desde fuera entra.

Cálidos son uniformes tus huesos
que me cargan tan sabrosa penitencia,
amor, recárgate en mi hoguera
que el atardecer es estupendo.

Imagen de Pixabay

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