Dentro de mí

Por: Ed Kürten

            El doctor intercala miradas furtivas con la impronta del TAC mientras pugna por mantener la serenidad, aunque la mueca de alabastro que dibuja su rostro delata lo contrario.

—Señorita, tiene usted arañas en su interior; decenas, cientos —sus palabras se atropellan.

            Pronóstico que torna en certeza mi sospecha. Siempre las he notado correteando y tejiendo dentro de mí con sus ocho patas a través de mi estomago, de mis venas, de mi garganta, de mi cabeza; intuyendo su funesta naturaleza bajo mi piel.

            Aquel hombrecillo de batín blanco, más excitado por el prodigio que por el pánico de lo inverosímil, me cuenta que es un milagro; algo único. Me ruega que regrese a su consulta, me implora que realice más pruebas, me insta a encontrar juntos una explicación.

            Las arañas me susurran y por una ciencia imposible puedo entenderlas. Me insinúan tortuosas jornadas de análisis y biopsias. Por primera vez noto su miedo no carente de fundamento; un temor que hago propio cuando me veo relegada al presidio de la ciencia.

            Así las regurgito. Decenas, centenas, miles de ellas apresurándose desde mis entrañas. Las hay pequeñas de vistosos colores, otras vastas y peludas; todas con un objetivo común.

            Salgo de la consulta cuando el grito del doctor queda ahogado por el bozal de artrópodos que asedian sus vísceras.

            Sé que volverán, pero ya no me importa. Ahora soy consciente de mi propia naturaleza y debo aprender a convivir con ella. También a convivir con ellas.

Imagen de Pixabay

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Una mañana muy larga

Por: Carlos Plaza

El teléfono sonó a las 4:45 de la mañana, despertando al general Morgan, que respondió con voz soñolienta.

—¿Sí? —tras hacer esta pregunta soltó un bostezo.

—¡Señor, se requiere su presencia en el campamento montado en el barrio de cuadrante tres, señor!

—Está bien, voy para allá —el militar se incorporó, se aseó con rapidez y cogió su coche para encaminarse a la isla neoyorquina.

No le costó mucho llegar ya que, a pesar de vivir en Brooklyn, a aquellas horas apenas había tráfico. Cuando aparcó cerca del campamento, que en realidad se había montado en un piso, estaba amaneciendo. Subió hasta la cuarta planta y vio a varios compañeros suyos vestidos con uniforme de campaña y mirando diversos aparatos de medición y seguimiento. Cuando le vieron entrar todos se cuadraron ante él y un soldado se le acercó para decirle:

—¡Señor, el hotel Majestic ha cobrado vida y está destrozando la ciudad, señor!

—¿Qué? —preguntó Morgan parpadeando dos veces.

—¡Señor, el hotel Majes…

—Le he entendido, soldado —el general le cortó con un gesto—. ¿Se puede ver desde aquí?

—¡Señor, sí, señor! ¡Salgamos a la terraza y lo verá, señor!

“Esta va a ser una mañana muy larga…” pensó Morgan mientras acompañaba a su subordinado. Salieron al balcón y el chico le alcanzó unos prismáticos indicándole en qué dirección debía mirar. El general ajustó las lentes, y… En efecto, allí estaba la enorme estructura de granito había adquirido una apariencia antropomórfica y había empezado a bajar por la qui, sus plantas inferiores se habían separado hasta transformarse en una suerte de piernas que iban aplastando coches y objetos a su paso, de los lados habían salido unos brazos pétreos que destrozaban alegremente las paredes a su alrededor y las ventanas superiores se habían deformado y juntado hasta formar una boca. En cuanto a los ojos, la “O” y la “E” del cartel luminoso que rezaba “HOTEL” habían permanecido encendidas e intactas, así que Morgan dedujo que el monstruo veía por allí. Se quitó los prismáticos de los ojos y soltó un bufido.

—¿Qué dicen los científicos?

—¡Señor, los científicos creen que puede tratarse de un ataque alienígena, señor!

—¿Un… ataque alienígena? ¿Pero en qué mundo viv… vale, es una posibilidad —se rectificó a sí mismo al pensar en lo que acababa de ver unas calles más abajo. Ambos entraron en el improvisado campamento, el general vio como todos sus hombres. Porque aquellos eran sus hombres ahora —le miraban.

—Señor, ¿qué hacemos, señor? —le preguntó otro de los soldados, un teniente con el que había hecho maniobras en Irak el año pasado.

—Pues… —Morgan se sentó en el sillón de mando junto al aparato de seguimiento, que tenía pinchadas las cámaras de tráfico de la ciudad. Podían observar al edificio viviente avanzando inexorablemente, no sabían cuál era su destino aunque parecía estar dirigiéndose a Liberty Island. El coronel cogió el micrófono y empezó a dar órdenes— ¡Por el momento, que un helicóptero le lance una baliza de seguimiento! ¡Y sitúen un escuadrón de tanques a cuatro manzanas, que se preparen para disparar en cuanto vean al hotel! ¿Está lista la fuerza aérea? ¡Coronel Stephens, necesito situación de los escuadrones de cazas a la voz de ya!

Definitivamente, iba a ser una mañana muy larga…

“Definitivamente, va a ser una mañana muy larga…”

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El sabor de la carne

Por: Ramón Hernández

            Todo cambió para David cuando la infección dio comienzo. Su entorno, su modo de vida y su propia alma, que contaba con tan solo cinco años de vida. Sus padres desaparecieron, junto con la mayoría de sus seres queridos. Sus juguetes ahora solo eran recuerdos, y sus amigos se convirtieron en una neblina de humo tiznada con sangre en su mente. El inicio de algo nuevo significó la desaparición de su antiguo mundo, sencillo y bello.

            A sus padres los trituraron delante de sus ojos, y a él los infectados le devoraron parte del cuero cabelludo y la cara, antes de salir corriendo sin rumbo fijo. En ese momento pensó que se convertiría en uno de ellos, pero no fue así. Caminó a la deriva por su ciudad natal durante días, sin saber qué hacer y alimentándose de los cubos de basura y supermercados que encontraba en su camino, porque frente a todo pronóstico, él no se convirtió totalmente en un loco come-carne. Él conservó la cordura y el libre albedrío. O por lo menos conservó su mente de niño. Se sentía triste y solo como nunca antes en su corta vida. ¿Y si solo él, de entre todos los Muertos vivientes, era el único que no perdió la cabeza?

        Su respuesta quedó resuelta al cabo de una semana andando por las calles. Se encontró con Paul, un hombre de mediana edad que cuidó de él desde ese mismo momento. Pasó a ser su padre adoptivo sin mediar palabra, y David aceptó a aquel hombre como su nuevo papá, imaginando que nada había cambiado. Era como él, un infectado que no sucumbió al estado tan deplorable en el que había quedado la mayoría de la humanidad, y eso le dio esperanzas. ¿Existiría más gente como ellos?

            No tardaron mucho en encontrarse a más como él y Paul. Y al cabo de tres meses, consiguieron reunirse más de mil doscientos en el centro de San Luis, su ciudad natal. Se instalaron en uno de los rascacielos del centro, adecuando su interior para vivir de forma permanente, y durante unos meses, todo volvió a la normalidad. Pero no todo dura eternamente. Los suministros que existían a su alrededor desaparecieron con una velocidad asombrosa, y cada vez que necesitaban conseguir comida, medicamentos o cualquier otro elemento básico para la supervivencia debían partir más lejos, y la mayoría de los supervivientes tomaron la decisión de irse de la ciudad. Los No Muertos les ignoraban, por lo que podían viajar y vivir donde les diera la gana, sin temer morir despedazados. Al final solo quedaron unas doscientas personas en el centro de San Luis, rebuscando entre los restos de la civilización.

            Lo que no sabía David era que lo peor vendría después. La mayoría de las personas se volvieron locas, cada uno inmerso en sus pensamientos. Hasta hubo ataques que produjeron varias muertes. Paul, al ver qué camino estaban tomando los últimos habitantes vivos de San Luis, creó un pequeño libro, llamado los “Cuentos de los Muertos”, en el que escribió varios relatos, incluso unos evangelios, con el que pretendió instaurar la paz y un mismo pensamiento para todos ellos.

            Pero no salió como Paul planeó. Los habitantes del rascacielos sucumbieron a ese libro, adoptándolo como una nueva fe, y no tuvo más remedio que seguirlos la corriente. En un mes dejaron el rascacielos, y se instalaron en el jardín botánico de Missouri, rodeando el Climatron. Cada uno se montó su propia cabaña al lado de la estructura, y de un plumazo retrocedieron por lo menos mil años en el camino de la evolución humana. Al poco tiempo parecían un grupo de homínidos del paleolítico. Se dieron nuevos nombres, tomaron costumbres nuevas, y se forjaron un nuevo método de vida, muy primitivo. David quería irse cuanto antes, pero Paul se negó. Dijo que su labor aquí no había terminado, y por ello, se integraron en aquel grupo que parecía ahondarse cada vez más en la locura.

            El punto más álgido de aquella pesadilla se culminó un día, cuando varios hombres atraparon a un superviviente solitario, y convocaron una reunión en el Climatrón para la noche. Todos sin excepción acudieron, junto con algún que otro No Muerto solitario, pues ellos pululaban sin fronteras, y el grupo se había acostumbrado a su presencia. La estructura en su interior sufrió muchos cambios en las últimas semanas. El cincuenta por ciento de las plantas tropicales allí situadas las eliminaron para dejar más espacio a sus rituales, y crearon muchos más caminos para poder moverse por el recinto. El interior del Climatrón era sagrado, y por ello nadie podía construir su casa dentro del recinto. En el centro dejaron una explanada limpia lo suficientemente extensa para poder alojar de pie a la mitad de las personas del grupo, y cuando llegaron David y Paul nada más caer la noche les costó llegar al centro. Cuando pasaron el anillo de personas, se encontraron con los líderes del grupo junto a una gran olla, en la que había un estofado cocinándose. El olor a comida inundaba sus fosas nasales, y de pronto le rugió el estómago. Desde ese momento no pudo pensar en más que en comer.

—¡Hermanos, a la luz de las estrellas, del día ciento cuatro después del levantamiento de los muertos, se nos ha concedido una revelación! —empezó a decir Krokatum, el líder del grupo—. ¡Después de varios meses a base de alimentarnos con latas de comida y potingues del antiguo mundo, hemos conseguido traer algo de carne fresca a la mesa! ¡Un manjar que ha venido de manera voluntaria a nosotros, traído por las dríades! No temáis, pues nuestro Chamán nos dará consejo en este instante. Por favor, Akavalpa, ven conmigo —Akavalpa era el nuevo nombre que había adoptado Paul. Para David era un nombre más bonito que los de la mayoría. Se acercó al centro de la explanada y comenzó a hablar en voz alta.

—Todos sabéis quienes somos. Aquellos que se fueron no lo comprendían. Somos los bendecidos por los divinos, aquellos a los que los No Muertos perdonan. Y por ello somos la evolución de la especie humana, el siguiente eslabón de la cadena evolutiva. Y por lo tanto, como los No Muertos, podemos alimentarnos de la especie anterior, los homo sapiens —se oyó un murmullo entre los presentes, cuestionándose lo que decía Krokatum—. ¡Hermanos, no tengáis atisbo de duda, pues entre nosotros está el profeta, aquél que nació del vientre de una No Muerta! ¡Nuestro guía hacia lo más alto!

            David era ese guía. Paul, en un intento de darles importancia entre el grupo, en su libro escribió una leyenda en la que colocaba a David como un salvador y mesías, alguien intocable. Su nuevo nombre fue Khroetuliah, el nacido entre los muertos. Porque entre ellos no existía ningún niño, él era un caso muy excepcional. ¿Quién se atrevería a rebatir las palabras del chamán del grupo?

         Khroetuliah se acercó al círculo y se colocó entre Akavalpa y Krokatum, mostrándose al público. Todos miraban con fervor a los tres, como si fuesen una luz en un túnel oscuro. Nadie parecía querer ser el primero en probar el potaje recién preparado, y por esa razón volvió a hablar el líder de todos ellos.

—Veo que no os mostráis muy seguros. No desconfiéis. Quiero lo mejor para vosotros, y será eso lo que os serviré, os lo aseguro. Está en juego nuestra propia supervivencia, y el Homo Sapiens solo es un impedimento para llevarla a cabo. Somos una amenaza para ellos, y solo es cuestión de tiempo que nos ataquen. Son ellos o nosotros, no lo olvidéis. Profeta Khroetuliah, muestra ante todos el poder de la fe. Come del puchero.

            Khroetuliah miró a todos los presentes. Poco los diferenciaban de los No Muertos. Sucios, con el cuerpo lleno de granos y pústulas sanguinolentas, los ojos verde ciénaga… Khroetuliah hace tiempo que perdió su infancia. Justo el día en que le mordieron. El día que perdió a sus padres. El día que vio la muerte por primera vez con sus propios ojos…

            Toda su vida pasó ante sus ojos mientras se acercaba a la gran olla y cogía un trozo de carne caliente. Ya no era un niño, sino una bestia, una bestia pequeñita en forma infantil. Le dio un buen mordisco a la carne y la saboreó. Todos aullaron y se acercaron lentamente a por su parte. Y en lo más recóndito de la mente, recordó un día de verano en el que fue con sus padres a la reserva Carlyle, donde comió en un restaurante al pie del lago. Comió algo muy parecido, y desde entonces fue su plato favorito. Solo pudo tener un pensamiento en su cabeza mientras devoraba la carne caliente. “Sabe a pollo.”

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Amigos imaginarios

Por: Loreto Liz (Lilith)

Nuestra historia, un poco absurda,
si seguimos así no contará
entre sus finales con uno muy feliz.
Somos dos amigos desconocidos,
esto es raro, ya lo sé, que no saben dónde ir ni si quieren ir a alguna parte,
dos extraños que se tratan tan familiarmente
que hasta se hacen exigencias,
dos oscuros personajes, casi se diría, de ficción.
Reza para que un día no nos pase como a aquellos dos
que con el tiempo descubrieron
que no eran sino amigos imaginarios
y desde ese instante no pudieron
ni quisieron ni supieron
volver a verse.

Imagen de Immer_Lebend

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