Abanico de esperanza

Por: Hector Cediel

Absorto contemplo

el insondable abanico.

Ninguna alternativa

permite el lóbrego destino.

La pasión ígnea luce

cual monolítica replica,

esculpida en el recuerdo.

Las lágrimas de la esfinge

me roban un nostálgico suspiro.

El frío de mi vida

me enceguece ante el paisaje.

Ni una estrella ni un neón

brillan para orientar mi incertidumbre.

El destino se devoró.

Las huellas del regreso…

¡Se desdibujó la última esperanza,

que era el as que reservaba!

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Pasa el tiempo

Por: Loreto Liz (Lilith)

Volviste a mí con la segunda luna llena del otoño.
Te instalaste en la azotea y pasabas las noches
contemplando las estrellas.
Yo buscaba mis respuestas, tú preguntabas,
preguntabas cómo es todo.
Yo te dije que soñar es como contarse a uno mismo
historias que aún no se conocen,
tú quisiste desvelar el final de aquel sueño
antes de que se acabara enero.
Pero te fuiste otra vez
y se me helaron en la sangre
los cortos días de febrero.
Y me quedé partida en dos,
y me rompí en mil pedazos,
estallé en silencio,
me deshice por ti…
Tal vez tenga que esperar flotando en el viento
a que marzo me lleve
hasta la primera luna nueva de la primavera.
Así que ya ves, se pasan los años y yo te espero.

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La alegría

Por: Miguel Madrid

La verdadera concepción y la verdadera esencia de los todos los significados, siempre se ocultan al ojo humano por pura modestia. Lo que es bueno y lo que es malo suele estar bajo la interpretación de ilusiones. Se tarda en despertar de las ilusiones, pero una vez hecho, se sabe que nunca más vivirán de igual modo que un día lo hicieron.

Marcus era un joven intérprete de la vida, vivía bajo todas esas ilusiones. Esperando, como todos, un futuro mejor al que vivía. Como siempre, lo mejor está en el futuro y nunca en el presente. Caso erróneo, pero socialmente aceptado como verdad. A raíz de esto, Marcus no labraba por un futuro mejor. Todo lo contrario, se empalagaba sin saberlo, esperanzado de ilusiones que pensaba que un día llegarían. Así, por mera casualidad, un día conoció en internet a una magnífica chica llamada Eleanor. En su perfil, vio una foto de ella. ¡Qué ojos! ¡Qué bonita cara! ¡Qué preciosidad! Nunca conocería a nadie como ella. Sin esperanzas, mandó un mensaje presentándose y ella contestó. ¡Ella contestó! De esta forma, poco a poco se fue formando amistad entre ellos. Él no sabía cuán especial era ella, decidió no fijarse en ella porque su corazón ya tenía dueña. Pero, como el tiempo pone todo en su correspondiente lugar, Marcus empezó a ver en ella lo que nunca antes había visto en nadie. Era agradable, risueña, increíble… ¿Qué le faltaba a ella? ¡No le faltaba nada! Su inteligencia era tan grande como el Everest, pero vivía en discordia, pues él sabía que ella no le quería.

Con el paso de los meses, ella se olvidó de él. Pero él de ella, nunca. Dejaron de hablar, ella cerró su cuenta de internet y desapareció. Entonces, Marcus, en un día de alto desespero, decidió viajar a la ciudad donde ella vivía. Las largas horas de avión pasaron volando, bajo la esperanza todo se ve muy bonito. Pensaba en la sorpresa que le daría, en la alegría que le daría. Pero al llegar allí, no hubo nada de eso. La buscó en su casa, ya no vivía allí. La buscó por todo el pueblo, ya no vivía allí. Se compró una moto y recorrió hasta el último centímetro del enorme país, ya no vivía allí.

¿Dónde estaba? ¿Dónde te has metido Eleanor? Con esa misma moto, emprendió un viaje por todo el continente. País tras país, año tras años, todo esfuerzo parecía poco frente a la gran recompensa. Poco importaban las noches sin comer o sin dormir. Poco importaba ya la vida para él, pues ella, ya no vivía allí. Ya desesperanzado, empezó a darle a la bebida. Todo empezó con una copa en una noche. Luego en una borrachera. Luego en emborracharse todos los días, pues, ella ya no vivía allí. Residía en todos los bares, hasta que era echado por borracho. Acabó por volver a su casa, pensando que ya poco tiempo le quedaba a su vida. Un amigo de la familia, tenía un bar y Marcus, descorazonado de la vida, acudía todos los días hasta que se hacía de noche. Todos lo odiaban, sabían que su vida estaba acabada. Pero un día, cuando ya todo estaba perdido. Marcus fue al bar, pidió un whisky y empezó a emborracharse. Al cabo de unas horas, todas las personas se le parecían a Eleanor. Todas, menos una. Era una chica que acababa de entrar al bar, una chica que tenía el pelo de oro y los ojos tan bonitos como el cielo. Una chica que ya no vivía allí, pero que tenía el rostro más real que las fotos. Una chica que venía a salvarlo, una chica que se llamaba Eleanor, pero se pronunciaba “alegría”.

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Nada es como esperabas

Por: Juan Manuel Aguilar Antonio

Quedamos de vernos a las siete.

Yo llegué en punto, ella con un retraso de quince minutos.

Al mirarla a lo lejos pensé en lo bien que se veía, pero en el fondo esperaba que hoy algo fuera diferente.

Tomamos un café y platicamos por horas, caminamos por cientos de calles, a tal grado que creo que rodeamos la ciudad entera.

Casi al final de todo, entendí que desde el primer momento en que la vi acercarse supe que nada en este encuentro saldría como imaginé.

Nada fue como predije, y sin embargo, me la he pasado tan bien que quiero evitar la posibilidad de perder este recuerdo algún día.

De ahí la necesidad de escribirlo y vivirlo en cada lectura.

Imagen de Pixabay

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