Me estás matando

Por: Loreto Liz (Lilith)

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Haz algo, porque me estás matando…
no vas a entender mis palabras,
ni mis peligros, mi dolor, mi angustia,
seguro que estarás pensando que exagero,
pero si sigues así vas a matarme…
a matar el brillo en mis ojos cuando hablamos,
a matar mis dedos ligeros para atenderte,
a matar las risas tontas en las madrugadas…
Te extraño y seguirte esperando,
eso, también me está matando…
sueles decirme loca y creo que aciertas,
me vacío y me termino envolviendo
en la locura de no saber
si debo insistir, si debo abandonar,
abandonarte, abandonar la idea
de que me sigas queriendo…

El pacto de los pícaros

Por: Rafael Azgra, Víctor José Rodríguez, Pepe Ramos, Carlos Ortega, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Esther G.R., Ian Gómez.

cabeceraRelatoEncadenado

En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, el alguacil avanzaba presto mientras el maestro Cervantes hacía tintinear tres monedas de plata en su mano buena. Al llegar a la puerta del literato éste tendió su diestra entre los barrotes para pagar el unto que le permitiría continuar sin compañía en su celda. Sin embargo, para su pasmo, Alonso, que así se llamaba el funcionario, llegó acompañado y con expresión de penalidad:

            – Lo siento, Miguelín, pero esta vez va a ser imposible. Te traigo compañía.

            – Pero… ¿cómo? – preguntó Cervantes, entre enfadado y perplejo – ¿no puedes meterlo en otra celda? Seguro que hay otras en donde quepa. Si hace falta te conseguiré más monedas.

            – Es imposible, ya oyes el estruendo del gentío de los últimos días. Estamos atiborrados. El alcaide nos ha ordenado llenar todas las celdas. Da gracias a que te aviso antes de cogerte las monedas, que podría haberme callado y obligarte a pagarme igualmente.

            – Pues dale mis monedas al alcaide… – contestó, con un ligero tono de desesperación en su voz.

            – Oye… lo siento… pero no puedo reñir ahora – Alonso abrió con expresión seria la puerta e introdujo a un tipo desarrapado, con largas greñas y barbas, empujándole al interior con brusquedad. Le liberó de los grilletes y salió cerrando con un portazo y echando el cerrojo con saña – Ahora portaros bien y no me deis quehaceres innecesarios, que bastantes tenemos ya con tanto bandido por aquí – y se fue con paso rápido.

            El recién llegado saludó con una mirada acompañada de media sonrisa mientras se paseaba por la pequeña estancia, acariciándose las enrojecidas muñecas. Cervantes empezó a notar el pestilente hedor que desprendía, cual errabundo temeroso del agua. Se acercó a la escotilla que daba al patio resoplando, sintiéndose impotente. No había tenido una buena experiencia con sus primeros concurrentes en la cárcel, todos ejecutados ya por la Santa Inquisición. Quería pasar su condena en soledad, como hacían otros reos, gracias al favor de los alguaciles. Se sentía inseguro, pues su nombre y su delito eran distinguidos entre la chusma y no eran pocos los que querían aprovecharse de la aparente debilidad del Manco de Lepanto. Y éste se sentía en inferioridad a la hora de defenderse ante una posible agresión de un mal compañero. Se dio la vuelta, buscando su camastro, cuando se encontró con la mirada ensimismada del apestoso.

            – ¿Qué estás mirando, gaznápiro? – preguntó con molestia.

            – Verás, Miguelín – empezó, con una inquietante firmeza en su voz y cambiando sus formas – me han prometido la libertad y el cobijo del Justicia de Aragón a cambio de tu cabeza.

            Quedó en silencio. Sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad, al final un loco había conseguido llegar hasta él. Poco podía hacer si la demencia de aquel hombre, tan alta como su apestoso aspecto, se cumplía. No podría defenderse, y por primera vez desde que fue encerrado, sintió el miedo recorrer su esquelético cuerpo.

– ¿Sorprendido, Miguelín? – dijo con esa firmeza en la voz que imponía.

Miguel no quiso contestar, tampoco sabía qué decir. Si su vida estaba en manos de aquel hombre, lo más sensato era no decir nada, estudiarlo lo mejor posible y permanecer ojo avizor. Lo segundo iba a ser lo más complicado, su hedor lo llenaba todo y cuanto más lejos estuviese mejor. Se dirigió hacia su camastro, necesitaba pensar alguna estrategia por si la cosa iba a mayores. ¿Qué podía hacer? De momento lo único que podía hacer era esperar. Y si algo no le faltaba a él era la paciencia.

– Bueno veo que no quieres hablar conmigo – dijo de nuevo con esa voz – bueno, tú te lo pierdes, Miguelín, puesto que me he negado a ello…

Se incorporó con tal rapidez que casi se cayó al suelo. De todas las posibilidades que hubiese podido pensar, esa no entraba entre ellas. Había conseguido que la curiosidad, la misma que en un principio se negó a darle importancia, se instalase. Como no dejaba de mirarle y de clavar su mirada fijamente en sus ojos le preguntó:

– ¿Y por qué te has negado?

– Veo que he conseguido tu atención – sentenció jocosamente.

Paseó por la pequeña estancia con aire casi marcial. A cada paso que daba la pestilencia se extendía más y más a tal extremo que Miguel tuvo que taparse la nariz, para no sentir el nauseabundo olor que desprendía. A aquel hombre no parecía importarle demasiado su propio aspecto, pero algo en su porte hacía sospechar que no era un simple vagabundo. Su forma de hablar autoritaria y esa forma de mirar escondían algo más.

– A cambio de tu vida quiero que haga algo por mí – sentenció.

­- Te escucho – dijo Miguel que estaba dispuesto a lo que fuese por salvar su vida.

– Quiero que escribas la historia más grande que nunca se haya escrito. Quiero que el mundo conozca a un hombre singular, único. Quiero que escribas la historia de Alonso Quijano.

– ¿Y ese quién es? – Preguntó Miguel, que parecía mucho más tranquilo.

– El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – dijo aquel hombre con una mirada llena de locura – el mejor y más grande caballero que haya nunca marchado sobre la tierra – dicho lo cual se sentó sobre el mugriento suelo.

A continuación procedió a dar cuenta pormenorizada de las gestas del tal Don Quijote suyo. Cervantes se resignó a escuchar lo que no tardó en aparecérsele como una amalgama alucinada, hija de la imaginación febril de un lector indiscriminado de basura caballeresca: fantásticos lances de amor y de armas, caballeros andantes de todo color y condición, mundos exóticos recorridos por gigantes, dragones y demás quimeras contra natura.

– Palmerín, Roldán, Amadís… – enumeraba entusiasmado los modelos que debían servir de inspiración para cincelar al héroe protagonista de la historia – Tirant… ¡El Cid! – Añadió, los ojos fuera de las órbitas, sacudiéndolo por los hombros como si quisiera desencajarle hasta el último hueso del maltrecho esqueleto.

Mientras trataba de rehuir el aguacero de saliva que acompañaba al arrebatado discurso de su interlocutor, le vino a la mente el encuentro que en una posada de mala muerte del camino entre Madrid y Sevilla – en medio precisamente de esa Mancha desolada donde su compañero de celda quería radicar al paladín de su novelucha – había tenido, hacía casi diez años ya, con aquel espía inglés de cuyo impronunciable nombre no lograba acordarse y que allá en su patria gozaba de buena fama y alta estima merced a sus innovadoras tragicomedias. ¿Qué habría sido de él? ¿Y cómo se llamaba? En cualquier caso, sí recordó cómo, entre tiento y tiento al cuartillo de vino y a las carnes lozanas de la Maritornes, el simpático hereje le había insistido en que era el teatro lo que lo iba a sacar de pobre. Porque la chusma no leía, ni leería aunque pasasen otros quinientos años. Con que no quedaba sino dramatizar, dándoselos por tanto bien masticados, aquellos escritos que uno ambicionase ver divulgados. La pregunta, obvia, lo fustigó entonces tanto o más inclemente que los salivazos de su vecino: ¡¿Por qué coño no le habría hecho caso?! 

De esta manera tan atropellada como azarosa, el que otrora fuera comisario de abastos, fiel cumplidor en su tarea de requisar trigo y cebada para los galeones de la Flota de la Carrera de Indias hasta su defenestración regia y encarcelamiento, se resignó a la providencia de este malogrado encuentro y aceptó la propuesta de aquel desarrapado sicario ganado en el último momento para la caridad, cuyo tufo se cortaba a cuchillo. Lo cierto y verdad es que la narración del bienoliente, le recordó pasajes de aquélla que le refiriera, cuando niño, un viejo morisco a quien gustaba frecuentar por las atractivas historias que contaba. Cide Hamete Benengeli era un libro viviente. Y de entre sus páginas orales no olvidó aquel caballero cuyo nombre le pareció tan extravagante como digno de compasión, El caballero de la triste figura. Fue así, entre la sombra de sus recuerdos y las alucinaciones de un loco que en la mente de Cervantes fue desdibujándose algo. Su presencia irrumpió como una sombra a contraluz, como un gran señor de noble porte; pero a medida que las palabras de su apestoso acompañante lo ilustraban cayó en la cuenta que junto a él, allí mismo, se encontraba el rostro del hombre de su ensoñación. No tenía ese espantoso aspecto de mendigo, sus greñas estaban cuidadas, sus barbas recortadas y su porte era recto e imponente; pero su mirada mostraba la misma locura que el hombre que le hablaba.

Se sentó, confuso y asustado mientras en su interior crecía una extraña emoción. Ellas, musas caprichosas, lo habían vuelto a hacer.

– ¿Me estáis escuchando? -preguntó el hombre con vehemencia-. Ella tiene que aparecer.

– Ella… -repitió Cervantes imbuido por un torrente de sensaciones que se extendían hasta hacer temblar su cuerpo.

– Dulcinea, tan hermosa que daña. Con cabellos dorados, la frente despejada, las cejas como dos arcos, sus ojos brillan como soles y sus mejillas se colorean al sonreír -Cervantes lo miró intentando dibujar en su imaginación la mujer descrita-. Permitidme ilustraros con un garabato que sin duda os hará verla con la mayor de las claridades.

El hombre se agachó junto a la puerta y cogió un pedazo de carbón, caído de una de las antorchas cercanas que iluminaban el pasillo por el que los celadores paseaban. En la piedra del suelo comenzó a garabatear un rostro que a Cervantes se le antojó grotesco, espeluznante. Las dotes artísticas de aquel hombre eran nulas, pero lejos de sacarle de su ilusión, le dejó hacer.

– ¿Acaso no es la mujer más hermosa que hayáis contemplado?

Cervantes asintió. No le pasó desapercibida la forma en que los ojos de aquel demente se iluminaban al hablar de ella. Puede que hubiera sido hermosa en persona, pero aquellos trazos de carbón simulaban una bestia más que una mujer. «La tal Dulcinea es una idealización de este pobre loco», pensó para sí.

– Debe encontrarla, Don Quijote ha de encontrar a Dulcinea del Toboso.

Cervantes se arrodilló junto a él, intrigado, y mientras escrutaba los ojos del lunático le preguntó:

– ¿Por qué?

Las pupilas del hombre se clavaron en él como dagas y con la expresión de contar algo obvio respondió:

– Porque no hay mujer igual, se lo prometo.

Cervantes se quedó pensativo. Aquel hombre estaba realmente loco, no había duda, pero aún así había conseguido que se interesase por aquella historia. Estaba encerrado en aquella celda, no había motivo para seguir discutiendo con su nuevo compañero, ya que estaba claro que no iba a cejar en su empeño de convencerle.

– Está bien, escribiré la historia. – dijo Cervantes. – Escribiré la historia de este hidalgo manchego.

Una sonrisa apareció en el rostro del hombre, los ojos se le tornaron brillantes, casi parecía que iba a ponerse a saltar. – Bien, entonces le contaré todos los detalles.

Y así comenzó la historia del hombre de la triste figura, llena de locuras imposibles, donde un caballero se volvía invencible al llevar su casco, y su fiel escudero le seguía allá donde fuera. ¿Porqué no escribirla? En la mente ya envenenada de Cervantes, tomaba forma la historia…

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. 

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Entre monstruos: Historia de una vida de Johannes Otter-Wiesel

Título: Entre monstruos: Historia de una vida
Autor: Johannes Otter-Wiesel
Editorial: Donbuk

entre-monstruos-segunda-tiradaSinopsis
Un largo camino plagado de lágrimas, decepciones y lecciones que aprender. Un viaje hacia un futuro incierto cercado por las sombras de personas que, incapaces de aportar luz a su vida, se dejaron difuminar por la oscuridad.
“Entre monstruos: Historia de una vida” es un relato duro y desgarrador, que salpicado con un ácido y retorcido sentido del humor y contado de una manera personal pero clara, consigue hacernos partícipes del mismo y con ello soltar ora una lágrima ora una ligera sonrisa de complicidad.

Autor
Nacido en Vigo en 1982, Johannes Otter-Wiesel tuvo una infancia dificil, viviendo en cuatro naciones diferentes antes de la mayoría de edad, con sus respectivos cambios de domicilio, que le impidieron echar raíces incluso de adulto, lo que le ha convertido en un alma inquieta que cabalga sobre el viento.
Desde siempre amante de los libros, ha escrito numerosos cuentos cortos y poemas siendo esta su primera novela oficialmente publicada. Actualmente vive en Madrid con su esposa Sandra y su hurona Milka.

Cara Pepona

Por: Ed Kürten

En su casucha aguarda enfurruñado la expiración de la noche de difuntos.  Tras lustros, el viejo psicópata conocido como Cara Pepona, ha aprendido a odiar tan significativa fecha; la única que, con  pesar, renuncia a sus herramientas de placer: su máscara de muñeca y su motosierra. Desde que la estúpida moda de Halloween preñara las tinieblas de intrusismo profesional  ha perdido las ganas de asustar y matar.

«Truco o trato», gritan unos pequeñuelos frente a su puerta. Y resignado sonríe mientras les invita a pasar. Renovarse o morir, piensa cuando vuelve a enmascararse tras el sonriente semblante de una pepona.

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Vendetta

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Miré hacia arriba; solo se veían nubes en el cielo. Producían innumerables formas que bailaban en mi imaginación. De repente, la alarma sonó.

Vuelta a la realidad. Subí en el ascensor con la mirada fija en la placa del ascensor: “ELEVAMOS SUEÑOS”. Hoy tocaba reunión con McDorty; era un ser despreciable, un magnate sin escrúpulos. Había conseguido el monopolio de las producciones de televisión aplastando a sus competidores con argucias y trampas.

Entré en su despacho en la planta 27; mi número de la suerte. Mcdorty estaba reunido en una sala adyacente. Me puse cómodo; quería disfrutar lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando salió de la sala, me miró fijamente. Se avecinaba tormenta. ¿El motivo? Tenía en mi poder unas fotos comprometidas de él con Emma, la secretaria. Quería llegar a lo más alto de la empresa costara lo que costara. Sí, esa es mi forma de elevar mis sueños; sólo seguía el mantra de la empresa. Pero Mcdorty no valoraba mi creatividad.

No salió ni una palabra de su boca de dinosaurio. Me miró y me extendió  un cheque por un valor de un millón de euros. Suculenta oferta. Aún así, quería destrozarle. Podía notar como su corazón se aceleraba y empezaba a sudar como un cerdo de camino al matadero.

Me fui sin mediar palabra; Mcdorty se quedó petrificado, sin hacer nada. Tan solo dijo: “Tendrá noticias mías, señor Betray”. Me encantó ver al hombre que tenía el mundo en la palma de su mano sucumbir ante mí como una pequeña hormiga. Cuando las puertas del ascensor se estaban cerrando una mano gigante las abrió. Entraron dos hombres de 2 metros cada uno y con buenos trajes.

Ahora era yo el ser acorralado; Mcdorty no se caracterizaba por sus métodos suaves, precisamente. Esos gigantes bien podrían ser matones que Mcdorty había contratado para robarme las fotos.

Los números iban bajando. 26,25…Imaginaos un león enjaulado durante dos minutos esperando que le ataquen dos hienas agazapadas. 23,22…
Mi cuerpo empezó a temblar por la tensión mantenida. 18,16…

Solo se escuchaba mi corazón martilleando en mi pecho con cada piso que bajábamos.

Finalmente salí; estaba a salvo. Había que celebrarlo; fui al mejor burdel de la ciudad y me pedí una copa de su mejor whisky. A la media hora se me acercó una joven increíble; una diosa. Me lo merecía. Cuando subimos a la habitación noté algo raro en el ambiente; marqué 0027 en mi móvil. Iba a necesitar suerte.

Mis sospechas se confirmaron cuando Jade, mi diosa, se fue al baño. Oí como echaba el cerrojo; no era lo habitual. Al instante siguiente una lluvia de golpes caía sobre mí. ¿Recordáis los dos gorilas del ascensor? Ahí estaban. Este león se defendió como pudo, pero las hienas vencieron.

Sin embargo, me fui con una sonrisa de este mundo. A veces el número de la suerte es algo más de lo que parece a simple vista. La señora Mcdorty recibió un mail con unas fotos muy curiosas.

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El estúpido de los despojos

Por: Alejandro Enriquez

Repasar con mis arterias
el saber que usted existe,
si viera tardes esas con la gracia
que las paso, viva, usted es la materia
tan descalza como nubes:
aroma donde gran Misterio
oculta la seguridad de yo clavar mirada
en sus pupilas negras.
Usted tiene en sus ojos pájaros
las tardes asepiadas de recuerdos.

Yo me acuerdo cuando usted,
no usted, otra usted
llevaba en su canasto flores,
nos poníamos sobre un mantel,
bajo el sol que bosteaba,
y usted, radiante como respirando
me encontraba bello,
y entonaba no recuerdo
qué canción.

¡Aquellos tiempos!
¡Aquel verano!
Todo el té cargado
descansaba plácido
en el equinoccio.
Nosotros nos hartábamos
de magdalenas
aun cuando la ráfaga canícula
abrazaba amor de pieles y miradas,
y el verano entonces era primavera
y los recuerdos de la infancia rebozaban
de cariño entre los dos:
tus manos suaves y calientes
recorrían eternas mis carnes,
yo volaba, contento sobre el nido
y mi alma, que hasta entonces fue capullo
florecía su paloma de progreso:
paloma ya hecha huesos;
¿recordará que usted me vio
tirado sobre el amarillo pasto,
sollozando al lado de las flores?
Recogía huesos, restos óseos,
y parvadas negras escupían realidades
sobre mí:

el estúpido de los despojos.

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La salida

Por: Alice Miller

Tres y doce de la madrugada. La habitación está a oscuras. La única luz emana de la pantalla del portátil. Cantidades ingentes de nicotina y agua (hace años el líquido elemento era amarillo) llevan a su cuerpo al estado de relajación que ella busca. Con heridas en la piel abiertas y el humor suficientes para llenar de contenido las películas que Woody Allen filma en un año, intenta buscar las palabras que algún ladrón le robó. Cada madrugada. Con los dedos rotos, las yemas sangran al reescribir la historia.

De mayor quiere ser escritora, siempre lo tuvo claro. Desde que mentía a los quiosqueros para sacar el doble de paga un domingo. De niña quiere ser mayor para explicarle a su madre dónde está la salida. Ella de momento se esconde en su habitación. Cuando cierra su puerta, la habitación rosa poco a poco se transforma en un bosque verde. Y no escucha gritos, excusas, cristales rotos, llantos agónicos. Sólo pájaros, el viento y la naturaleza. Pero sabe que existe todo eso ahí fuera. Evita abrir la puerta no vaya a ser que el verde bosque se le escape como aquel periquito azul. “

“Esto es una porquería”, piensa mientras borra el párrafo dejando la pantalla en blanco… Tiene cincuenta y dos años y todavía no ha publicado ningún libro. Es su frase preferida cuando quiere flagelarse.

Escribe para varias revistas digitales y da conferencias sobre su especialidad: La Terapia Racional Emotivo Conductual aplicada a la prevención de depresiones en adolescentes. Apenas sonríe desde que le abandonó el publicista que adoraba al escritor esquizofrénico argentino, hace año y medio. Toma mucho café y fuma como una colonia de indios eternamente peleados. Vive en un pequeño ático en el centro de la ciudad. Devora libros. Consume comida ecológica y es adicta al sol y al Pilates.

Investiga dos veces por semana en la universidad. Los jueves queda con Eva para tomar gin- tonics e intercambiar impresiones sobre sus semanas. Así durante los últimos quince años. Es feliz asumiendo que se dedica a lo que más le gusta, su especialidad médica, pero ella de mayor quiere ser escritora. Para volver al bosque y no escuchar mentiras y justificaciones absurdas. Para abrir  la ventana todos los anocheceres y salir a volar después de cenar, media horita: lo recomiendan todos los facultativos en el País de Nunca Jamás.

Duerme mal desde que él le escribió un email hace un mes diciendo que necesitaba verla. ¡Qué cutre! Ni siquiera una llamada. Se repite el vals nocturno del último mes: Todas las noches se despierta. Mira el reloj. Va a la cocina a beber agua. Vuelve a la cama. Todo está tranquilo y eso la intranquiliza. El desasosiego le obliga a levantarse de nuevo.

Sentada frente al ordenador, intenta por enésima vez esa noche escribir algo bueno. Que revolucione al público. Un bestseller, sus publicaciones médicas, infinitas, no las cuenta como literatura. Enciende otro cigarrillo esperando que la inspiración llame a su puerta y traiga algo de sushi y una botella de champán rosado.

“La muy zorra debe estar pasando la noche con algún cantautor joven de pelo negro y barba de tres días”, sonríe para sí, pensando que ella antes desaparecía con músicos y le vienen a la memoria aquellas noches llenas de sexo, guitarras y promesas hechas estribillo. Recuerda que el publicista toca la guitarra. Le hace un hueco a la melancolía en su escritorio. La resignación le vence y vuelve a meterse en la cama.

Sale a la mañana siguiente de su casa camino del trabajo. En el coche siente otra vez esa extraña sensación. Espera en el semáforo y percibe algo raro en el conductor del vehículo de detrás. No puede ver bien, parece un coche pilotado por una enorme masa negra. Pasa el semáforo en rojo, acelera y su acompañante hace lo mismo. Le pisa los talones. Lo tiene muy cerca. Puede ver lo que parece… Dios, una coma, un signo de interrogación, un par de heterónimos, los verbos comodín, la maldita polisemia…? No entiende nada.

Pisa el freno para reducir  y tomar la siguiente curva y así evitar el camino hacia el acantilado en la carretera de sentido único. Un momento. No puede frenar. Desesperada pisa el pedal de freno que no responde, y puede ver a toda velocidad el cartel de “No pasar”. Grita. Suelta el volante. El corazón le va a mil. Cierra los ojos.

El teléfono móvil vibra. Eva está llamando. Responde al teléfono todavía atontada.

Dormilona, a la ducha. En media hora te paso a buscar. Hoy nos reunimos a las doce por lo de tu libro, ¿recuerdas?. Me llamó ayer el elfo (Eva no soportaba al ex de su amiga), seguramente vaya esta noche a la presentación de Lorenzo Silva. ¡Qué cretino!

—¿Qué? —ella iba rumbo a la universidad, no entiendía nada…

—La pesadilla otra vez… ¿Qué necesitas para acabar con la autoexigencia? ¿Un cirujano? Arréglate que salgo para tu casa en cinco minutos. Mua, mua.

Se dirige al cuarto de baño pensando qué ponerse, sobre todo para la presentación de esa noche. Hace un año que no se ven. Regaña consigo misma y le da un toque de atención a su amor propio. Toda la vida luchando contra su miedo al compromiso. Hoy admite que le quiere y contra eso no puede hacer nada.

Con el agua caliente cayéndole por el cuerpo toma conciencia de su materia y de su espíritu. Y sonríe porque le da igual ser correspondida en el amor: Es una de las finalistas del premio Planeta.

Más tarde, esa noche, enfundada en su mejor vestido de gala rojo charla de espaldas a la multitud con un viejo amigo abogado y, con Eva y el marido de ésta. Le agradece a la vida el aprovisionamiento de alcohol sin el que la fiesta sería un auténtico coñazo. De repente, reconoce esa dulce voz que todavía hace que ardan sus entrañas:

—Vaya, la finalista… —sonríe y se gira sabiendo que va a encontrarse con esos ojos en los que hacía submarinismo en otra vida.

—Ganadora, cretino. Tu misoginia te impedía encontrar literatura femenina pasable a tu alrededor, y mira por donde, compartía cama contigo.

—El libro es estupendo, de verdad. Y esta velada un fastidio. Vámonos de aquí.

A pesar de los gritos de advertencia de su orgullo, su autoestima y su seguridad, ella no escucha nada porque ya está bañándose en los ojos de él. Abandonó la fiesta del brazo de su amado, con la cara iluminada por la sonrisa que hace más de un año había perdido. Él volvió a cantar después de hacerle el amor en un hotel. Ella cerró los ojos y disfrutó de su canción sabiendo que todo en la vida es efímero. La salida no consiguió ganar el primer premio. Ella vive en la playa escribiendo libros y ayudando a otros a superar bloqueos vitales. Del elfo nada se volvió a saber en mucho tiempo. Ella se compró un periquito y lo llamó Légolas.

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Cómo entender a un escritor

Por: Mel Koiv

Si viniste aquí buscando como entender a un escritor, no es el sitio indicado.

Cómo saber lo que piensa, cómo saber lo que siente… Es imposible.

Si te preguntas:
¿Es el escritor de mi misma especie?
Hmm… Creo que se está investigando.
¿El escritor nace o se hace?
Estudios de diversas universidades de Londres y Massachusetts aseguran que no tienen ni idea.
¿Es el escritor un ser superior?
Ellos lo dan por hecho, el ego de un escritor sobrepasa los límites de la naturaleza, pero probablemente sea tan pringado o incluso más que tú.
¿Siente el escritor de la misma forma que yo?
De eso quiero hablar hoy.

Hay algo que ni yo como escritora sé con certeza, los escritores ¿sentimos diferente o solo expresamos diferente?
Quizá con este don de apreciar las pequeñas cosas, porque son las que realmente enriquecen los escritos, realmente multiplicamos por mil cada sentimiento. O quizás sentimos lo mismo que cualquiera y somos unos malditos exagerados cuando queremos expresarlo.

Porque un escritor no siente una caricia. Un escritor siente un calambre en su piel que le estremece y dilata cada poro de su ser, un escalofrío desde la zona acariciada hasta su nuca, un suspiro que sale desde el fondo de sus pulmones y escapa entre sus labios para no volver.

Porque un escritor no ve un hoja de un árbol cayendo. Un escritor admira el balanceo de una hoja en el viento, divertida como si de un niño en un columpio se tratase o melancólica huyendo lentamente como un recuerdo. Porque también depende de los ojos del escritor.

Un escritor no se enamora de tus labios carnosos. Un escritor quiere perderse en ellos con los cinco sentidos, sentirlos suaves y tiernos y húmedos como una fruta madura. Quiere saborearlos hasta que su lengua se seque. Quiere oírlos reír, suspirar, besar, gemir.
Quiere verlos entreabrirse esperando… algo.

Un escritor es sutil, y por eso no has notado que en algunas de esas frases puedo estar refiriéndome a otros labios.

Porque un escritor es capaz de decir todo sin decir nada. Pero también es capaz de no decir nada diciéndolo todo.
Pero es incapaz de no sentir y experimentarlo todo con cada fibra de su ser.

Porque un escritor es capaz de hacerte inmortal, porque si conoces a un escritor, probablemente ya estés perdido entre sus letras, en alguna parte, algo que escribió, lo hizo pensando en ti. Somos así de egocéntricos, porque en nuestro mundo de letras no somos escritores, somos creadores, como dioses. Al fin y al cabo, creamos un universo que solo nosotros controlamos. Por lo tanto nos creemos con el don y el derecho de inmortalizaros, ni siquiera necesitamos vuestro permiso.

¿Un consejo? Cuando conozcas a un escritor huye antes de que sea demasiado tarde.
Corres el riesgo de enamorarte y, lo que sería aun peor, enamorarle.

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Vidas caninas: reflexiones en torno al perro en la narrativa contemporánea

Juan Manuel Aguilar Antonio.

vidas_Caninas

El perro nunca ha sido el animal predilecto de la literatura, y mucho menos, el de los escritores. Si tuviera que escogerse a aquel ser que ocupa ese puesto, inevitablemente, se señalaría al gato, debido al carácter de independencia y noctambulismo que representa. Sin embargo, los perros ostentan un sinfín de cualidades que la mayoría de las veces son inalcanzables para el hombre, como la lealtad, nobleza e incondicionalidad. Facultades que aprecia todo ser humano pero que en su actuar le son imposibles de mantener. Ante esta perspectiva, el perro se presenta como un ser resuelto, un animal sobre el cual no existen misterios y en el que no se materializa la incertidumbre, principal motor de la ficción, la cual ama el drama y las tramas intrincadas.

No obstante, a pesar de esta condición el perro ha tenido momentos cúspide en la obra de varios grandes escritores, tales como Virgina Woolf, Milan Kundera y Silvina Ocampo. En el que más que presentarse como un enigma, el perro se transforma en un noble compañero, que sin comprender las emociones y problemas de la sociedad, permanece junto a las personas que ama con cariño y lealtad hasta donde la brevedad de su vida lo permite.

En este sentido, el primer can del que hablaré será del cocker spaniel Flush. Mascota de la legendaria poeta Elizabeth Barret Browning, y a quien Woolf dedica una novela entera de su producción narrativa para crear una ficción en torno a su vida.

Frente esto, es importante destacar que los años que corresponden al momento histórico en el que se desarrolla esta novela son los del inicio de la revolución industrial en Inglaterra. Aquella época en que la sociedad inglesa vivió una intensa transformación estructural que cambio los medios de producción y desplazó a miles de personas del campo a la ciudad. Al mismo tiempo que volvió a las grandes urbes, como Londres, centros con una alta densidad poblacional y espacios caóticos que reflejaban una nueva era del desarrollo económico de Europa.

Es precisamente entre esas personas que terminan por instalarse en la capital que se encuentra Miss Browning, quien llevaba consigo al pequeño Flush, su fiel compañero y confidente.

De esta forma, es en ese Londres industrial que Flush entra en razón de los confusos protocolos, relaciones y aspectos que giran alrededor de la vida de los humanos, incluida su dueña, quien a menudo se ve contrariada por la tortuosa relación que mantenía con su padre, la exagerada solemnidad que trataba de ejercer la sociedad victoriana y por la gloria de una ciudad que crecía a ritmos tan acelerados que sólo eran comparables en el mismo nivel que crecían las asimetrías entre los grupos sociales de Inglaterra.

A menudo en ese contexto Flush se pregunta porque el origen social es tan relevante entre las personas, así como la riqueza que detentan o mantienen en sus bolsillos o la forma en la que saludan o beben su taza durante la hora del té. ¿Qué hay detrás de esos hechos y actos?, ¿acaso a través de ellos podemos encontrar los designios de la nobleza y la buena cultura?

Por otra parte, es más interesante la reflexión que crea Flush respecto a la necesidad de Miss Browning al momento de centrarse en su obra. Para la poeta ninguna emoción puede ser expresada sin las palabras. En contraposición, Flush llega a la conclusión de que tanto el amor, el color, la música, arquitectura, hasta la política, son olor. Aspectos y emociones que se pueden percibir por medio de su aroma, porque si de emociones se trata, y de sentir las cosas, para el pequeño cocker no hacen falta palabras que lo señalen o califiquen, sino solamente la posibilidad de sentirlas a través de su olfato.

Y es precisamente bajo esta consigna que la superioridad de Flush frente a los seres humanos es revelada, la cual reside en su capacidad de conocer el mundo a través de sus emociones, condición en la que no importa su incapacidad de poder expresarse por medio de las palabras. Ya que como menciona Woolf nadie jamás como el pequeño can conoció mejor Florencia, aún por encima de Ruskin o Georg Eliot. Además de que cuando veía taciturna a Miss Browning, afligida y contrariada por el papel social que debía ejercer, y que de alguna forma la definía, el pequeño cocker se preguntaba ¿qué tanto de eso es real? Y ¿Qué tanto de esas obligaciones en verdad representaba lo que era su dueña? Para el la solución era sencilla, acercarse a besar a su amiga, para recordarle que ese tipo de muestras de cariño al menos son reales.

Respecto a esto, y al hablar de lo complicado que puede tornarse nuestro mundo como hombres y mujeres que poseemos un lenguaje bien definido para comunicarnos, pero que somos muchas veces incapaces de expresar nuestras emociones. Podemos acercarnos al segundo can que desea abordar este texto, la cual es Karenin. La mascota de Teresa y Tomas, los protagonistas de la “Insoportable Levedad del Ser”, de Milan Kundera.

Porqué es precisamente el amor aquella emoción que más se ha abordado desde la literatura, al grado de convertirse en uno de los temas eternos de la ficción, junto con la muerte y el paso del tiempo.

Por lo que en su novela Kundera trata de abordar las dinámicas, protocolos, actos y fallas que existen al interior de una pareja de amantes. Es decir, todo lo que representa el conflicto y las debilidades típicas del amor entre dos personas, que son definidos por la desconfianza, el miedo a ser aquel que ama más y recibe menos, la aspiración a cambiar a nuestra pareja y el inevitable advenimiento de los celos, el tedio y la traición.

En relación a lo anterior, las personalidades de Teresa y Tomas son definidas por esta disyuntiva. Teresa representa todo lo bueno y noble del amor, mientras Tomas todo lo endeble. Ya que mientras ella lo ama con intensidad y desea su fidelidad, él a pesar de amarla a su manera, no puede ser leal a ese ideal.

Así, en el desarrollo de toda la novela Karenin es fiel testigo de todos los altibajos de su relación, y después del largo pasar de los años, la perrita envejece y contrae cáncer. Pronto empieza a dejar de caminar y aúlla llena de dolor por la enfermedad. Tomas y Teresa descubren que lo más humano es sacrificarla y terminar con su vida de una forma caritativa.

En las tramas perfectamente construidas por Kundera nunca hay coincidencias. Y Karenin desempeña un papel crucial en la historia. El día que ambos terminan con la vida de la perrita, poco antes del acto, Teresa descubre un pensamiento que en primera instancia puede parecer una blasfemia. El amor que existe entre ella y Karenin es mejor que el que tiene con Tomas. Y resalto, es mejor, no mayor.

El verdadero héroe, por Anton Chéjov

Por: Tery Logan

“Hace tiempo que todo duerme. Tan sólo la joven esposa del boticario Chernomordik, propietario de la botica del lugar, está despierta. Tres veces se ha echado sobre la cama; pero, sin saber por qué, el sueño huye tercamente de ella. Sentada, en camisón, junto a la ventana abierta, mira a la calle. Tiene una sensación de ahogo, está aburrida y siente tal desazón que hasta quisiera llorar. ¿Por qué…? No sabría decirlo, pero un nudo en la garganta la oprime constantemente… Detrás de ella, unos pasos más allá y vuelto contra la pared, ronca plácidamente el propio Chernomordik. Una pulga glotona se ha adherido a la ventanilla de su nariz, pero no la siente y hasta sonríe, porque está soñando con que toda la ciudad tose y no cesa de comprarle Gotas del rey de Dinamarca. ¡Ni con pinchazos, ni con cañonazos, ni con caricias, podría despertárselo!”

“La mujer del boticario”, de Anton Chéjov)

Así comienza uno de los más de 200 cuentos del gran maestro ruso, internacionalmente reconocido (sobre todo a nivel póstumo) por su novedoso “estilo chejoviano”, que inspiró a escritores estadounidenses como Tennessee Williams, Raymond Carver o Arthur Miller.

La literatura de la Rusia zarista versaba sobre cuestiones sociales, políticas y filosóficas. Lejos del estilo romántico y rompiendo con la estructura clásica, el Realismo Psicológico de Chéjov más que sorprender con grandilocuentes diálogos, intrigas o desenlaces sorprendentes, buscaba envolver poco a poco al lector en la emoción humana. Esta nueva perspectiva realista refleja el ambiente social de su época, las conversaciones, comportamientos e indumentarias de sus gentes, las normas sociales… Pero lo hace de una forma sencilla, precisa y breve pero sumamente eficaz. La clave, además del lenguaje simplista, es la incorporación de elementos narrativos aparentemente insignificantes (como las propias circunstancias y anécdotas de los personajes). Introdujo con sumo arte la denomina acción indirecta, en la que los detalles de la caracterización e interacción de los personajes tiene más peso que la propia acción (directa) de la historia.

Chéjov crea una situación de confusión para que despegue la historia y combina personalidades variopintas y absurdas con un tono cómico con el que narra sus insulsas vidas. Niños, criadas y campesinos o modestos intelectuales como maestros, bibliotecarios o médicos, son los verdaderos protagonistas de sus historias. Chéjov les dota de un lenguaje adaptado a su estrato social, alcanzando niveles muy coloquiales si la situación lo requiere, y así potencia aún más su verosimilitud.

“Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración… No habrá…

—¡Fuera! ¡Vete ya! —gritó el consejero temblando de ira.

—¿Qué significa eso? —murmuró Tcherviakof inmóvil de terror.

—¡Fuera! ¡Te digo que te vayas! —repitió el consejero, pataleando de ira.

Tcherviakof sintió como si en el vientre algo se le estremeciera. Sin ver ni entender, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y volvió lentamente a su casa… Entrando, pasó maquinalmente a su cuarto, se acostó en el sofá, sin quitarse el uniforme, y… murió”.

(“La muerte de un funcionario”, de Anton Chéjov)

Sus personajes no conversan sobre problemas políticos o sociales de forma explícita, pero Chéjov consigue, una vez más, que los expresen de forma subliminal. El autor arremete con disimulo y recurriendo a la casualidad contra las grandes lacras sociales: ignorancia, engreimiento, burocratismo, mediocridad y las consecuencias negativas que generan en las personas: incultura, atraso, servilismo, adulación, hipocresía, mentira… Desnuda y critica la sociedad de su época, dejando entrever que está erróneamente planteada. “No deseo mostrar una convención social, sino mostrar a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen”, afirmó.

Y así, sus simpáticos protagonistas, carentes de iniciativa e incapaces de escalar peldaños en la jerarquía social, se bastan y se entretienen con su rutina diaria. Sienten y padecen cuestiones propias de la naturaleza y la psicología humana, como la temporalidad del amor, la vulnerabilidad del matrimonio, la dureza de la soledad o el inevitable paso del tiempo. Y resignados y abandonados a su amarga realidad, viven sus anhelos, decepciones y fracasos de una forma descafeinada pero entrañablemente humana, convirtiéndose en los verdaderos héroes de su época, a la espera de que la vida no sea perfecta sino sencillamente soportable.