Voces en mi cabeza

Por: Pepe Ramos

Cae la lluvia con fuerza, el viento que la acompaña es recio, frío y el barro del camino me impiden andar con la rapidez que desearía. El hecho de llevar a cuestas una pala no ayuda mucho. Pero tengo que llegar al cementerio; ella me llama. Es imposible, ya que la maté, pero su voz sigue atormentándome, gritándome que la libere de su tumba, que no está muerta, y no puedo dormir.

Tengo que trepar la valla para acceder al interior. Ahora la oigo con más claridad, y me estremezco, no puede ser su voz, y sin embargo es inconfundible.

Avanzo con dificultad entre las lápidas hasta que encuentro el lugar donde ella descansa para siempre. Empiezo a cavar, a cada palada que doy, su voz es más nítida. Finalmente llego a su ataúd, lo abro y su voz me atormenta, pero es imposible, está muerta, le corté la lengua y le cosí los labios.

Imagen de Pixabay

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Suplemento vitalicio

Por: Alejandro Enríquez

Dios impreso en pubertad,
contigo llévame al exilio,
iracundo de los más lejanos mares,
y arrástrame viento a piedra
en el ocaso, éste que viene.

Se acercan a las 5:52 pe eme,
tú, que sustituyes sol por luna
y abriéndote paso entre natura,
grande gozo al pronunciar palabra
y que me choque con el cuerpo:
materia de voces, de murmullos,
de rumores fuertes no hacen otra cosa
sino prometerle al paraíso tu existencia,
y el pródigo segundo en que me tocas
va externándose como una aguja
que reclama la presión de la medida.

Suplemento vitalicio,
aquí estoy en el acantilado,
le platico de ti a las matemáticas,
a la retórica, a la física y a la literatura;
piensas siempre en cada bella disciplina,
y aquí estás, implícito a una altura elástica,
a la cama que llora, a la ensalivada almohada;
y aquí estás, disuelto como sal que corta y punza
si lo tocas; palabras se escurren en tu boca: gracias.

Las 6 marca el reloj amarillo de mi espejo,
son las 6 de la tarde lo que dicta la voz grave del tiempo.
Prendo otro cigarro ahora en nombre de tu esencia.
¡Que se quede! ¡Que se quede!,
grito a calavera con calada
¡Que se quede y no se vaya nada,
ni un pedazo de su aroma!
Bebo al amargo té verde
que me envuelve -no me embriaga-.
en la suculenta atmósfera caliente.
El humo se combina con el té,
con la sepia, con el sol
con el rocío, el viento,
el paño de la ventana fría abierta:
tu perfume desde fuera entra.

Cálidos son uniformes tus huesos
que me cargan tan sabrosa penitencia,
amor, recárgate en mi hoguera
que el atardecer es estupendo.

Imagen de Pixabay

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Una noche contigo

Por: Carolina Peña

Aquellos momentos en los que sus labios rozaron los de ella, sintió una inmensa necesidad de él, de embriagarse con su aroma y perderse en el mar de sus ojos. Se acercó a su cuerpo, le rodeó la cintura con las piernas y devoró sus labios poco a poco, lentamente, sin prisa, pero con hambre y ansiedad. Deseaba locamente enredarse en sus labios y sentir la calidez de su piel contra la suya. Su imaginación voló y en tan sólo unos imperceptibles segundos se encontraba a horcajadas sobre él, acariciando su rostro con los dedos temblorosos, la emoción y los nervios se adueñaban de ella, recorrió con delicadeza cada milímetro de su torso desnudo, con las yemas de sus dedos repasó la línea de su clavícula y el contorno de sus músculos que se tensaban bajo su toque. Pasaron algunos minutos en esta posición, sus miradas se cruzaban llenas de esperanza e inocencia, cómo podía ella, una chica tan común tener a alguien tan perfecto en sus brazos, al alcance de un solo beso. Él era un compendio de ironías, era egocéntrico, pero a la vez humilde, tierno, pero a la vez apasionado, inteligente y prudente al mismo tiempo…, eso era él, era todo lo que ella deseaba, y sin embargo, lo que sabía no podría tener.

Él, con desesperación acunó el rostro de la chica entre sus manos, la besó con pasión absorbiendo el cáliz de su boca. En cuestión de instantes, y sin saber exactamente cómo, su torso y pecho estaban desnudos, la mirada del chico oscilaba entre aquellas curvas y el rostro esperanzado de ella, un leve e imperceptible rubor se expandía por sus mejillas y pómulos, debería sentirse avergonzada, o eso creía, pero con él sentía que podía ser ella misma. En realidad, era casi imposible para ella describir la singular manera en la que se sintió a su lado, su corazón era una mezcla de sensaciones en ese momento; ternura, cariño, deseo, pasión, hambre, desesperación, etc. Todo sucedió así, de repente y a la vez mesuradamente lento, las prendas cayeron, sus cuerpos se exploraron como por instinto propio, sus manos se movieron al unísono como sí de tocar un instrumento se tratara, las yemas de sus dedos quemando la piel a su paso, dejando el rastro inequívoco del fuego de la pasión.

Él se detenía en cada una de sus formas maravillándose de las curvas que observaba, repasaba cada relieve con la punta de sus dedos queriendo memorizar hasta el más mínimo detalle de aquella chica. Seguramente en el mundo habrían chicas más hermosas que ella, con cintura definida y cuerpo de diosa, pero ella, ella era especial, su estructura perfecta, sus bordes y curvas únicos por sobre los demás, sus ojos y su sonrisa  hipnotizarían a cualquiera y lo llevarían a la locura sí quisieran. Su corazón se aceleraba irremediablemente cada vez que la tenía cerca, sus labios en los suyos hacían que estallaran fuegos artificiales dentro de su estómago y que la llama del amor se instalara en los aposentos de su alma. Se declaraba adicto a sus besos, podría quedarse en esa boca una eternidad sí fuese necesario, suaves como el terciopelo y tan provocadores como ningunos otros podrían ser.

Ella, por su parte se encontraba concentrada en su cuerpo, en las suaves líneas que las sombras dibujaban en su abdomen y cuello, con un estremecimiento llevó su boca a la suya, deslizando su lengua entre sus labios, probando de su miel y embriagándose con ella. Su boca se movió suavemente a su cuello, a su clavícula, a sus bíceps, sus dientes haciéndose presentes en algunos momentos. ¡Dios, esto era perfecto! Lo había soñado muchas veces, pero esto era increíble, fuera de serie, parecía magia. ¡Oh, esperen! ¿Sería magia? Chasqueó sus dedos unas cuantas veces y murmuró “kaboom”, pero nada sucedió, la escena permaneció intacta, pero acaso… ¿sería un sueño? Con sus dedos pulgar e índice pellizcó al chico en un brazo, este levemente se quejó, lo cual indicaba que no lo era. Ya más tranquila continúo su camino, sus labios se deshicieron en el abdomen del chico, en sus montañas y líneas se perdieron los besos tiernos y delicados que le dio.

Las prendas cayeron al suelo como una gota de agua resbala por un cristal. El momento estaba lleno de contrastes, de una cascada de cabello negro por acá y rizos castaños por allá, de ojos color avellana en este lado y café oscuro en este otro, de piel tostada por el sol aquí y blanca como la leche allí. El pudor quedó atrás, tan sólo existían ellos dos, y la luna como único testigo de aquellos breves minutos de felicidad.

Los brazos de él se encontraron rodeándola y de algún modo protegiéndola de lo que fuere que quisiera herirla. Sus dedos rozaron su barbilla y posó un suave beso en aquellos labios que lo llevaban al borde de la locura. Sus ojos la recorrieron con interés y cuidado, como sí la pequeña chica fuera tan frágil y pudiera romperse, la habitación se encontraba en total silencio, tan sólo perturbada por el ruido que producía el contacto de sus labios. Sus pieles parecían irradiar en la oscuridad, brillar con luz propia, el fuego se expandía por sus cuerpos. Las yemas de sus dedos se movían por el cuerpo de ella como sí tocara un instrumento, tocaba un DO por aquí y un RE menor por allí, la tonada que producía era tan deliciosa y armoniosa a sus oídos que podría pasar su vida entera en aquellos brazos, en medio de aquellos sonidos.

Su corazón latía muy rápido, golpeaba contra sus costillas amenazando con perforar su pecho, sus uñas se clavaron en la espalda del chico mientras escuchaba sus respiraciones agitadas cerca de sus oídos. Lentamente los suspiros de placer se acompasaron y sus corazones latieron al unísono. La chica le deslizó las manos por su espalda y enredó sus dedos en el cabello disfrutando de la agradable sensación. Él hundió la cabeza en el hueco de su clavícula dejando que el aroma que emanaba de su piel lo dominara.

  • ¿Dónde está tu corazón? – preguntó ella moviendo sus dedos buscándolo. En medio de suspiros el chico levantó la cabeza lentamente y mirándola a los ojos respondió  – te lo robaste tú. –

Una sonrisa se expandió por el rostro de la chica y lo besó, la sensación de sus labios en los suyos siempre haría que su pulso se acelerara, se perdió en el fuego y la pasión, en el tierno y delicado roce de las pieles, en aquel momento.

  • Ven aquí – dijo ella con una sonrisa traviesa rodeándolo con sus brazos y trazando patrones informes en su espalda, mientras repasaba con besos cada parte de su cuerpo – Esto aún no termina. –
Imagen de Pixabay

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