La garganta del diablo – Parte II

Por: Merlin Chambi
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V

—¡Rápido, llamen urgente a un médico! —gritó el detective.
Lo encontraron tirado casi moribundo en medio del bosque. Daba señales de no haber comido en varios días y las numerosas llagas en el cuerpo revelaban que los insectos estuvieron a punto de ganarle la batalla.
—¿Está vivo? —preguntó uno de los policías mientras tomaba fotografías del impactante hallazgo.
—Respira débilmente pero aún puede ser salvado si llega rápido ese bendito médico —dijo el detective consultando apresuradamente su reloj.
Cuando el médico lo revisó dentro de la improvisada tienda de primeros auxilios armado en el bosque, chasqueó fuertemente la lengua en señal de desaprobación.
—Este muchacho no ha probado alimento en semanas, se encuentra en un estado de debilidad único. Tampoco da señales de haber bebido líquido alguno por la misma cantidad de tiempo. Las llagas en el cuerpo sanarán, al parecer son quemaduras, aún no puedo pensar en cómo se las hizo. Finalmente, debo decir que este muchacho ha perdido la visión.
Luego de oír el diagnóstico, la desesperada madre se desmayó siendo socorrida por una docena de policías quienes le echaban aire y salpicaban algo de agua. Solo el detective continuó mirando a los ojos del médico. Tan solo quedaban dos dudas. Cada una más misteriosa que la otra.
—Doctor ¿Por qué apareció tirado en ese estado en medio del bosque? —dijo pensativamente el detective observando al anciano galeno—. Y… —pausó un momento—. ¿Dónde está su hermano?

Epílogo

—Hace demasiado frío —dijo Braulio mirando el parche de luz que estaba muy por encima de ellos. Ese diminuto círculo de luz los separaba del mundo. Ahora eran solo dos frágiles arañas pendiendo de la voluntad de un trozo de traicionera cuerda.
—Resiste un poco más —dijo César jadeando mientras seguía bajando—. Ya calculo que la cuerda debe estar por acabarse, entonces encenderemos la luz para ver si encontramos algo.
El descenso había sido más fácil de lo que habían pensado. La adrenalina por la aventura más el alivio de saber que su viaje había terminado como lo pensaron les hacía imaginar que todo ello había valido la pena.
Era curioso en donde se encontraban. Si uno miraba arriba vería un parche de luz redondo donde estaba una alfombra azul salpicada de estrellas que los veían, casi en calidad de espectadores, a cada paso que daban. Por otro lado, si uno miraba hacia abajo podría ver el negro más impactante que podría registrar la retina humana. El vacío absoluto.
¿Quién había hecho tal monumental pozo? Nadie lo sabía. Incluso Braulio llegó a pensar que ese pozo nunca había estado allí antes. Cuando su padre vivía, habían recorrido el bosque muchas veces y estaba seguro de haber pasado por allí en más de una ocasión, pero en ninguna vio el pozo.
Esta era la famosa Garganta del Diablo. Tan profunda e insondable que sería imposible describirla con lo imperfecto del lenguaje. Las promesas de riqueza en su interior eran inimaginables y la gloria y la fama que alcanzarían al final terminarían por completar el cuadro apoteósico que proyectarían luego. O al menos eso pensó.
Fue la voz de César la que lo sacó del trance.
—¡Se acabó la cuerda! —gritó entusiasmadamente César—. Pásame la lámpara.
Braulio se dio cuenta que su cuerda también se había tensado y sacó la lámpara de la mochila, la prendió y se la lanzó a César. Lo que vieron estuvo a punto de arrancarles la cordura casi de tajo.
La luz amarillenta de la lámpara de cera comenzó a iluminar las paredes del pozo. O al menos hasta ese momento pensaron que verían un pozo. Lo que había allí eran cientos de pequeñas viviendas pegadas a las paredes circulares de la Garganta del Diablo.
Parecían abandonadas. Quizás sus habitantes las dejaron deshabitadas producto de una hambruna o alguna plaga, pero se podían ver claramente algunas rústicas ventanas y puertas de piedra que hacían que el pozo pareciese más un condominio vertical de alguna raza de hombrecillos enanos. Pero la ciudadela vertical no era lo único que llamaba la atención, había algo más y ello era lo principal.
Pegado a las paredes del pozo, miles de trozos blancos de cristal estaban pegadas allí como las chispas de chocolate a las galletas. Las había de todos los tamaños y todos los pesos. Los diamantes decoraban el panorama como si hubiesen llegado a alguna clase de civilización perdida donde el diamante no tuvo casi ningún valor por la enorme cantidad que allí estaba. Para buena suerte, en la generación presente, el diamante era el objeto valioso por excelencia.
Pero la codicia y el interés terminan cegando el corazón al hombre. Y a veces no esperaba a las personas hasta que se hagan hombres. César, como movido por una fuerza divina, se apegó a la pared y comenzó a meter diamantes a su bolso. Braulio sabía, por alguna extraña razón, que eso no estaba bien. “Vámonos, César”, dijo débilmente, pero el fulgor de la codicia ya se había apoderado de su consciencia.
César recogió un diamante, dos diamantes, tres diamantes pero cuando llegó al cuarto, algo pasó. Algo terrible e inverosímil. Algo tan extraordinario que, no solamente terminó por dañar terriblemente a uno de ellos, sino que la narración de esta historia como verídica haría que seas un candidato sumamente considerable para integrar los cuarteles de algún manicomio.
Como protestando por los repentinos intrusos, el gran pozo emitió un quejido.
De los miles de diamantes incrustados en las paredes, comenzaron a salir poderosos haz de luz. Las poderosas luces rebotaron en las paredes y estas a su vez rebotaron en otros diamantes creando una especie de circuito fotónico mortal.
César y Braulio se taparon los ojos pero los haz de luz seguían rebotando por todas las paredes como expulsando a aquellos intrusos que habían llegado a interrumpir su sueño. La potencia de las luces los había dejado ciegos ya que las retinas no toleraron tanto resplandor.
—¡Subamos! —grita desesperadamente César con los ojos cerrados—. Si nos quedamos aquí moriremos, no sé qué demonios está pasando.
—No puedo subir —gritó Braulio mientras sentía como la luz le iba abrasando la ropa—. Mi cuerda se atascó en la polea, tenemos que soltarnos, César.
—¡Estás loco! —bramó su hermano mayor—. Si nos soltamos podríamos caer en una base de piedra y quebrarnos en pedazos, necesitamos subir. Pero el calor, este calor aumenta demasiado rápido, no puedo ver nada, sólo siento calor.
Braulio sabía que estar allí un segundo más sería una locura, el calor aumentaba monstruosamente y los rayos de luz habían terminado por llenar todas las paredes del pozo. No lo pensó un minuto más. Sacó una navaja de su bolsillo y cortó la cuerda suplicando a los dioses que su hermano haga lo mismo.
Lamentablemente no lo hizo.
Sintió que su cuerpo caía y caía sin probable límite. Le parecieron minutos, días, meses incluso años de caída por aquel infinito pozo. Sintió que en el trayecto recorría los infernales círculos del infierno que había leído en la Divina Comedia. Quiso abrir los ojos pero se dio cuenta que sería inútil. Así sus obsoletos ojos continuasen operativos, observar las entrañas de la tierra lo harían entrar en un estado de desesperación absoluta. Siguió cayendo y tuvo la sensación que miles de ojos seguían su trayecto, ojos culpables y pecadores. Ojos que, en alguna otra vida, correspondieron a gente de su calaña: desobedientes y temerarios. Siguió cayendo. ¿A dónde llegaría? No lo sabía.
Cuando las ramas más altas de un árbol rozaron sus codos, supo que estaba cerca al suelo. ¿Un árbol dentro del pozo? Se preguntó, le parecía muy improbable. Supo que el colapso sería inminente y que en cuanto llegue, sus frágiles huesos saltarían de sus viles pellejos dejando el suelo tapizado con una funesta alfombra humana.
Cuando terminó de reflexionar, Braulio tocó el fondo del pozo. Estaba chamuscado, lleno de llagas y completamente ciego. Lo bueno era que lo encontrarían casi quince días después.

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La garganta del diablo – Parte I

Por: Merlin Chambi

I

—¿Estás seguro que es una buena idea? —preguntó Braulio mirando desesperanzadoramente la negrura del bosque.
—Claro que sí, cobarde —respondió tajantemente César mientras contaba las provisiones que había en la mochila—. Llevamos semanas planeando esto, sería de tontos no continuar.
La espesura del bosque no prometía otra cosa que no sea peligro. Total, ¿existe el límite cuando se es joven? Quizás no, pero los escarmientos siempre estarían allí para hacernos recordar que las canas tienen la razón en estos casos. Sabían que, al regresar, les lloverían los coscorrones y los jalones de cabello. Por más héroes que regresen, el primer reclamo que oirán será: “¿para eso te escapabas todas las tardes del colegio?”. Mamá no entendía de aventuras, Papá quizás si entendía (y demasiado) y era justamente por eso que ya no se encontraba con ellos.
—Aquí están las lámparas pero no tenemos cera suficiente como para mantenerlas encendidas toda la noche —dijo Braulio aun pensando en lo aterrador que sería pasar, no una, sino probablemente varias noches fuera de casa buscando Dios sabe qué.
Braulio pareció entender la angustia de César pero la disimuló bien.
—No las necesitaremos toda la noche, hermano —dijo César viendo a Braulio como lo miraba con la mirada llena de aplomo—. Necesitaremos cera solo para los momentos en que estaremos despiertos, el resto del tiempo podremos dormir en lugares elevados donde no se acerque ninguna fiera.
—¿Fieras? —dijo Braulio casi gritando—. ¡Nunca me dijiste que habrían fieras en el viaje!
—Sorpresa —dijo secamente Braulio mientras probaba la brújula.
Pese a las dudas y los recelos, ambos partieron hacia la aventura por la noche. Durante la tarde, las voces ya se habían hecho paso como una estampida de elefantes.
—Los secuestraron —dijo una señora mientras parloteaba con la barrendera.
—Se perdieron —le dijo Jack el carnicero a sus clientes.
—Se escaparon —dijo el canillita a los lustrabotas.
—Cuando los atrape los reventaré a palazos —dijo la airada madre a todo aquel que tocaba el tema.
Todos sabían que los hermanos Galio se habían ido de casa, la gran pregunta era: “¿Por qué?”. Numerosas hipótesis habían surgido, pero todas con la rigurosidad científica de un chismoso. Nadie sabía a ciencia cierta por qué se habían ido de casa… Al menos no hasta que revisaron su historial académico en la escuela.
—César era un chico muy inquieto por saber —dijo la bibliotecaria mirando al techo en un intento sobrehumano por superar su Alzheimer—. Le gustaba leer novelas de aventuras y consultar textos sobre mitos y exploradores populares. Si desean pueden revisar su actividad en estos últimos meses.
Cuando los oficiales revisaron el historial de visitas a la biblioteca de la escuela, se toparon con algo increíble.
—Dios santo —suspiró uno de los oficiales cerrando de golpe el registro de la biblioteca mientras observaba fijamente hacia la pared con la mirada perdida—. Se han ido en busca de la Garganta del Diablo.

II

Ya habían vagado cerca de dos días alimentándose solo de cecina, galletas y agua. De cuando en cuando, César sacaba una que otra barra de chocolate para animar a Braulio sobre lo gloriosa de su aventura. A Braulio le daba la impresión que el chocolate había sido llevado allí solo con ese propósito. En efecto así fue.
—Carambas, César, estamos tan cerca de encontrar la garganta del diablo como de que nos encontremos por ahí un billete de cien dólares.
—Nadie dijo que sería fácil, hombre de poca fe —dijo César mientras volvía a consultar el mapa que él mismo había diseñado antes de partir
—Pero ni siquiera sabemos si es cierto —dijo Braulio pensando ingenuamente que podría disuadir a su hermano de tal locura—. Todo lo que hemos oído es relatos de mendigos y pequeñas menciones en libros de historia. Nada concreto.
–Pero si ese es el sentido de esta misión —dijo gloriosamente César mirando a su hermano con una radiante sonrisa–. La Garganta del Diablo sólo está reservado para aquellos dignos que vayan en busca de ella. ¿No te hice leer aquella historia sobre Parsifal? ¿Acaso sabía dónde estaba el Santo Grial? ¡No! Simplemente fue, lo buscó y lo encontró. Ese es nuestro destino. Imagínate, según las leyendas, en la Garganta del Diablo hay inmensas cantidades de riquezas que están solo accesibles a los dignos. Nosotros somos esos dignos, Braulio.
Cuando Braulio terminó de comer el chocolate, solo suspiró resignándose a que la falta de provisiones y el cansancio harían el trabajo de disuadir a su testarudo hermano. Penosamente, ni uno ni otro quisieron cumplir su rol adecuadamente.
A la mañana siguiente caminaron lo suficiente como para que las suelas de las zapatillas se retiraran indignadas de sus lugares. No había ni muestras de la misteriosa cueva, ni de las piedras que marcaban el territorio de la posición de las sombras a determinadas horas. Nada de nada.
En circunstancias normales, estos indicios habrían hecho rendir cualquier tentativa de continuar tan disparatada aventura, pero César era César. Terco como el más rebelde de los jumentos, la búsqueda del mítico lugar había enceguecido su voluntad ya que revisaba frenéticamente los mapas y la brújula, estaba atento a la posición del sol y miraba de forma inquisidora toda roca que se le cruzaba en el camino.
Braulio era la cara cuerda de la moneda. Siempre pensando en cómo regresar y en qué clase de explicaciones tendría que dar para convencer a mamá de que aquello que habían hecho no era tan grave, pero como todo lo malo tiende a empeorar, esta no fue la excepción.
—¡Que te robaste qué! —gritó Braulio lanzando otro chocolate—. Pacificador a unos matorrales.
—Era necesario, hermano. Estos equipos están caros y comprarlos era algo imposible. Por otro lado, luego de que papá muriese, todo su equipamiento estaba guardado en el baúl de mamá y bueno, para algo tendría que servir ¿no?
—No César —dijo Braulio señalándolo con un dedo tembloroso—. Ahora sí has firmado nuestra sentencia de muerte. Mamá nos va a matar y lo sabes. ¿Qué haremos ahora?
—Por eso es tan importante que lo encontremos. Si lo hacemos, podremos volver envueltos en gloria y justificarlo todo. Y si no, bueno, no dirás que estos días no fueron emocionantes ¿No?
Por la cara de Braulio, emocionante era lo último para calificar esa locura.
—Por cierto —dijo César mirando preocupadamente al suelo—. ¿Has visto donde dejé el reloj?

III

—¿Ese es el reloj de su difunto marido, señora? —dijo el policía mientras metía en la bolsa otra evidencia más de la fuga de los chiquillos. Dentro había servilletas usadas, cucharas descartables, huesos de pollo y muchas pero muchas envolturas de chocolate.
—Sí —dijo la madre mirando preocupadamente el viejo Rolex de su esposo—. Al parecer se llevaron toda su utilería de trabajo.
Mientras los policías iban buscando en el bosque más evidencia de la presencia de los muchachos, uno de ellos corrió súbitamente hasta donde estaba el policía con la bolsa de objetos.
—¡Cabo! —dijo el detective de golpe asustando a los presentes—. ¡Fíjese en la fecha y hora del reloj!
El policía miró por un momento indeciso al detective pero entendió rápidamente lo que se proponía. Si el reloj había estado allí unas horas, la humedad y la baja temperatura de la zona habrían hecho que el mecanismo se detenga revelando el momento en que los muchachos habían acampado allí con un margen de error de dos o tres horas. Lo realmente inesperado fue que el resultado distaba mucho del esperado.
—22:45 del 14 de Noviembre —dijo el policía aun sin darse cuenta de lo que había dicho.
Todo el equipo de investigación se puso de pie de golpe ante la repentina revelación. Dos de ellos cuchichearon y algunos de los perros aullaron timoratamente.
—14 de Noviembre — dijo lentamente un policía mientras le ponía el bozal a su perro aun con la cara de incredulidad — eso fue… hace más de veinte días…
–La pregunta es —dijo el detective—. ¿Dónde están ahora?

IV

Nunca supieron como lo lograron ni cómo podrían volver a repetirlo. El asunto estaba en que simplemente lo encontraron.
A pesar de lo complejas de las indicaciones y de lo intrincadas de las explicaciones, César encontró el tan anhelado lugar a tan solo ocho días de su temeraria expedición. Les había tomado mucho menos tiempo del escatimado y ello era un alivio. Los recursos se les estaban agotando.
Como en toda aventura no puede faltar el incrédulo, este papel le cayó casi a la medida a Braulio.
—En el libro decía que era “una cueva” —dijo comiendo uno de sus últimos chocolates solo por rutina más que por premio a su esperanza.
—Pero esto es una cueva desde otra perspectiva, cerebro de frijol. La leyenda refería a una abertura en la tierra y este lugar cae preciso en las indicaciones —dijo radiante César.
Quizás César tenía algo de razón. La “cueva” que encontraron era un pozo. Tal pozo había estado siempre allí, invisible para las personas que transitaban por el bosque porque hace mucho había dejado de dar agua. Pero hoy tenía una significación especial.
Tras vigilarlo cautelosamente, César había reunido las características que se indicaban en los relatos. El pozo estaba flanqueado por cuatro grandes piedras ubicadas simétricamente a una distancia de treinta metros, tenía una profundidad imprecisa por lo que les hacía sospechar que su profundidad era insondable. Finalmente la prueba decisiva estaba al atardecer.
Cuando el sol se escurría como el oro fundido por las montañas tiñendo de ocre el valle entero, las sombras comenzaban a salir de sus sepulcrales refugios. Poco a poco, figuras monstruosas se iban dibujando en el suelo dando a entender que la noche ahora les pertenecía. César, atento particularmente a las sombras del roble más alto, vio que la punta señalaba directamente al pozo abandonado cuando caía la medianoche. ¿Para qué esperar más?
Prendieron las lámparas de cera y se pusieron al borde del pozo para pensar su siguiente paso, el problema estaba en que ambos tenían ideas demasiado distintas.
—Bien, al parecer sí es. Es hora de regresar al pueblo para buscar a alguien que nos ayude a explorar —dijo Braulio suspirando de alivio al saber que por fin volverían.
—¿Y dejar que nos quiten una parte de la recompensa? —dijo indignado César—. Ni pensarlo. Bajaremos nosotros y lo haremos hoy mismo, cerebro de tomate. Pásame una roca.
A regañadientes, Braulio tomó un guijarro del suelo y se lo pasó a su hermano. César dejó caer la roca pero no se oyó ningún ruido que confirme su caída.
—Creo que es muy profundo —dijo serenamente César—. Tenemos casi trescientos metros de cuerda en la mochila. Supongo que eso más la lámpara serán suficientes para explorar la bajada. En caso que no sea suficiente volveremos por más cosas de la manera más clandestinamente posible.
Como Braulio sabía que un retorno clandestino solo haría que las cosas se pongan peor, decidió apoyar a su hermano en acabar tal misión de una vez.
Afirmaron la soga en uno de los pilares de piedra y se ataron las cinturas. El objetivo era ir descendiendo por las paredes del pozo como si este fuese una rampa. Como las paredes del pozo parecían completamente lizas, no habría razones para prender las lámparas antes de tiempo, solo cuando la cuerda se acabe, prenderían las lámparas para observar los alrededores y ver si realmente habían logrado encontrar lo que querían o si solo habían encontrado el castigo más largo del mundo.
Antes de descender, Braulio miró por última vez a su hermano.
—¿Estás seguro de que es una buena idea?
César solo puso los ojos en blanco hacia arriba y dio el primer paso.

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