Una historia que contar

Por: Pepe Ramos

Caía la noche en la llanura de La Mancha. A lomos de su caballo, en compañía de unos amigos Miguel de Cervantes volvía a Madrid, cuando sobre la luna llena que se vislumbraba en el horizonte se recortaba la silueta de dos hombres, uno alto y delgado montado a caballo, con una lanza; y otro bajito y regordete sobre un asno. Cervantes se giró hacia uno de sus amigos y preguntó:

-¿Quiénes son?

-Un loco y su sirviente- dijo uno de sus acompañantes.

-Se cree caballero- dijo otro entre risas.

-¿Y cómo se llama tan peculiar caballero?- preguntó de nuevo.

-Su nombre es Alonso Quijano, pero se hace llamar Don Quijote de la Mancha.

Nuevas risas.

Cervantes meditó un rato y dijo:

-Tal vez merezca que se escriba su historia…

Durante unos instantes reinó el silencio, que se rompió al unísono por las carcajadas de sus compañeros de viaje. Uno de ellos sentenció:

-No merece la pena, nadie la leería.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Molinos de vieno

Por: Pepe Ramos

El calor era sofocante, hacía tiempo que no escuchaba la narración de la guía turística que llevaba dos horas enseñándonos tierra y molinos. Decidí apoyar mi espalda en uno de ellos y sentarme.

               -Aquí fue donde El Quijote confundió los molinos con gigantes…

Cerré los ojos. Aquella agradable sombra bajo la que me cobijaba hizo que poco a poco me adormeciese…

Al despertar, encontré frente a mí, a un hombrecillo gordo, montado en un burro, y a otro alto y delgado sobre un caballo tan escuchimizado como él. Decían:

               -Pero no son gigantes, son molinos…

               -Son gigantes y ese el brujo que les ordena…

Dicho lo cual trotó hacia mí con la lanza apuntándome. Apenas tuve tiempo de moverme antes de que caballero y pica se estrellasen a escasos centímetros de mi cabeza.

Desperté sobresaltado, todo había sido un sueño, aunque tal vez el desconchón que encontré a menos de un palmo de mi cabeza pueda indicar lo contrario.

Imagen de pixabay

Imagen de pixabay