Voces en mi cabeza

Por: Pepe Ramos

Cae la lluvia con fuerza, el viento que la acompaña es recio, frío y el barro del camino me impiden andar con la rapidez que desearía. El hecho de llevar a cuestas una pala no ayuda mucho. Pero tengo que llegar al cementerio; ella me llama. Es imposible, ya que la maté, pero su voz sigue atormentándome, gritándome que la libere de su tumba, que no está muerta, y no puedo dormir.

Tengo que trepar la valla para acceder al interior. Ahora la oigo con más claridad, y me estremezco, no puede ser su voz, y sin embargo es inconfundible.

Avanzo con dificultad entre las lápidas hasta que encuentro el lugar donde ella descansa para siempre. Empiezo a cavar, a cada palada que doy, su voz es más nítida. Finalmente llego a su ataúd, lo abro y su voz me atormenta, pero es imposible, está muerta, le corté la lengua y le cosí los labios.

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Suplemento vitalicio

Por: Alejandro Enríquez

Dios impreso en pubertad,
contigo llévame al exilio,
iracundo de los más lejanos mares,
y arrástrame viento a piedra
en el ocaso, éste que viene.

Se acercan a las 5:52 pe eme,
tú, que sustituyes sol por luna
y abriéndote paso entre natura,
grande gozo al pronunciar palabra
y que me choque con el cuerpo:
materia de voces, de murmullos,
de rumores fuertes no hacen otra cosa
sino prometerle al paraíso tu existencia,
y el pródigo segundo en que me tocas
va externándose como una aguja
que reclama la presión de la medida.

Suplemento vitalicio,
aquí estoy en el acantilado,
le platico de ti a las matemáticas,
a la retórica, a la física y a la literatura;
piensas siempre en cada bella disciplina,
y aquí estás, implícito a una altura elástica,
a la cama que llora, a la ensalivada almohada;
y aquí estás, disuelto como sal que corta y punza
si lo tocas; palabras se escurren en tu boca: gracias.

Las 6 marca el reloj amarillo de mi espejo,
son las 6 de la tarde lo que dicta la voz grave del tiempo.
Prendo otro cigarro ahora en nombre de tu esencia.
¡Que se quede! ¡Que se quede!,
grito a calavera con calada
¡Que se quede y no se vaya nada,
ni un pedazo de su aroma!
Bebo al amargo té verde
que me envuelve -no me embriaga-.
en la suculenta atmósfera caliente.
El humo se combina con el té,
con la sepia, con el sol
con el rocío, el viento,
el paño de la ventana fría abierta:
tu perfume desde fuera entra.

Cálidos son uniformes tus huesos
que me cargan tan sabrosa penitencia,
amor, recárgate en mi hoguera
que el atardecer es estupendo.

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Hacer poesía

Por: Álvaro Fernández

Se trata de perforar sienes, traspasar barrotes, limar muros y quitar respiradores artificiales.

 

Se trata del fuego sin la cáscara, de la brasa en el celofán, de la ceniza en la llaga.

 

Se trata de soplar telarañas, destrozar hímenes y atrapar moscas con la lengua.

 

Se trata de oler caro para traspirar barato, de astillar la noche y de ahogar al astro

en un blues de alcohol fino y jugo de naranja.

 

Se trata de adorar demonios, de pervertir a las monjas, morderles los pezones

e inmolar sacerdotes en la misa de una orgía.

 

Se trata de ser el que sueñas, el dotado perfecto, la adicta exitosa, el puto de un amigo,

la perversa de la iglesia o el mejor amigo de tu peor enemigo.

 

Se trata de la pestaña en el pulgar, de la suerte en un hueso de pollo, de la moneda en el aire y del ramo de viuda de la novia.

 

Se trata de juntar las partes de un reflejo hecho añicos, de acomodarlas mal a propósito y que salga lo que salga.

 

Se trata del secreto que guardan, el que todos cuentan, el que nadie sabe.

 

Se trata de mear los paradigmas, de cagar en los rincones del que dirán, de lo que no se animan a decir,

 

Se trata de las verdades del puro verso, de lo que solo puede escribirse, con la sangre del infinito…

 

Se trata de hacer poesía.

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Renacer

Por: María Villa

Nunca tome los caminos más sencillos y creo que ya no los encontraré, asumo el riesgo de vivir así como lo hice y como lo haré.

¿Por qué miro al frente si no quiero tropezar en el asfalto?
Por lo mismo que me gusta el café solo, el humo blanquecino de un cigarro, dormir con un pie desnudo alzado sobre el edredón. Saltar un charco, reír al mirar un árbol, tomar de la mano, soñar con los ojos abiertos mientras las nubes cruzan un cielo que se empobrece de tiempo.

Puede que me lastimen, puede que no. Es necesario que comprendan que nunca seré una mujer inclinada. No me rindo, no señor ni al sueño ni a sobrevolar al propio halcón. Aún no he dado la vuelta al círculo, falta lo más importante. No me rindo a ser yo, y hoy no, no escribiré un punto final.

Entiéndanlo jamás seré mortal.

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Tarjeta verde de Gloria Jiménez Peña

Título:Tarjeta verde
Autora: Gloria Jiménez Peña
Editorial: Donbuk

Sinopsis
tarjeta verde libroManolo y Marcos son dos treintañeros que, como tantos otros, deciden buscar una oportunidad en el extranjero y huir de la crisis española. Sólo uno de ellos consigue hacer el sueño de ambos realidad al recibir el visado de trabajo de Estados Unidos. El portador de la Tarjeta Verde (Green Card) pone rumbo a Los Ángeles convencido de que todo allí será tan fácil como en las películas de Hollywood.
Tras meses de adaptación, trabajos horribles y problemas de comunicación, finalmente logra que su vida empiece a tomar un nuevo rumbo, pero un hecho inesperado hará que todo lo que ha construido en Estados Unidos se derrumbe. 
Tarjeta Verde es una novela realista, que refleja la situación actual de muchos españoles, pero, ante todo, es una historia sobre el verdadero significado de la amistad.

Autora
Gloria Jiménez Peña  (Baena – Córdoba, 1981) ha pasado buena parte de su vida entre Jaén, de donde es su familia; Málaga, donde estudió periodismo; y el Campo de Gibraltar, donde trabajó casi diez años en diferentes medios de comunicación.
En 2013 acabó en el paro por lo que decidió pasar una temporada en Los Ángeles, allí empezó a escribir Tarjeta Verde, novela que acabó unos meses más tarde tras su regreso a España.
Como los protagonistas de su novela, ha vivido de cerca la crisis y no le ha quedado otra opción que buscar trabajo en el extranjero. Tras descartar la opción de quedarse en Estados Unidos sin la preciada Tarjeta Verde, tuvo que cambiar el sol californiano por el frío de Polonia, donde reside desde principios de 2015.
Acostumbrada desde hace años a escribir artículos en periódicos, ahora su relación con el periodismo se limita a participaciones ocasionales en blogs y revistas digitales. ‘Tarjeta Verde’ es su primera incursión en el mundo literario.

El sueño de William

Relato encadenado escrito por: Rafael Azgra, Camila Contreras, Carlos Ortega, Ian Gómez, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Matteo Barbato y Esther G.R.

cabeceraRelatoEncadenadoEl joven William, ensimismado en los futuros romances y tragedias de los que su genio sería padre, pasea lentamente bajo la luna estival. Un sopor le atenaza, y cae en un profundo sueño de una noche de verano.

 Entre fantasías, magia y amor la ingravidez del mundo de los elfos envuelve a William en espirales de ensueño.

¡Qué caprichoso es el amor! Que entra y sale del escenario onírico para trascender en el alma del hombre.

 Inquieta se pone tu pluma mi querido Willliam cuando se acerca aquel moro de Venecia, un Otelo que pide a gritos:

 “Te lo ruego, háblame en la lengua de tus propios pensamientos y dale al peor de todos la peor de las palabras”.

 Sobre todo a ese bufón de Christopher Marlowe. Protegido de la reina, niño mimado de la corte. Cabrón con suerte. No contento con tu fama inmerecida, osas robarme los favores de la niña Juliette. No sé si por cuyo rostro zarparon más de mil naves, pero buena parte de mi generosa heredad sí me han costado sus insaciables caprichos. A ti, en cambio, te habrá valido con verter un poco de esa basura italianizante ―sonetos, los llamáis… ¡Sonetos! Jesús― en su oído, más acostumbrado al tintineo de las monedas que a los buenos versos. Sin embargo, cualquier día la fortuna dejará de sonreírte. Te verás envuelto en otra reyerta tabernaria de la que no saldrás tan bien parado como de la anterior. De hecho no verás la luz del alba esta vez. La espada ―o en su defecto la daga― de la justicia se abatirá sobre ti. Y entonces el mundo sabrá por fin quien es William Shakespeare.

Incluso mi querida Juliette, que tantas noches observé desde la lejanía. Ese pequeño balcón testigo de las miradas furtivas, de los versos a la luz de tu ventana y que respondías con dulces y pícaras sonrisas. Todos conocerán al poeta, al autor, al valiente y joven William, esa fue la promesa que durante aquel sueño del dulce ocaso se hizo a si mismo. No importan las promesas de los noctámbulos, pues al segundo un nuevo sueño envuelve al soñador, y de nuevo empieza el subconsciente a atraparlo.

En el acertijo de las ausencias, su rostro se difumina. Apenas recuerda los rasgos. La evocación del hijo reclama para sí ardiente soledad. El dolor de su pérdida se vierte en desafiante ternura, “Mas si entonces viviera un hijo tuyo / mi rima y él dos vidas te darían / para darla a la muerte y los gusanos“. La brevedad del gozo, la infinitud de la pérdida. En  años anteriores la huella vital del escritor nacido en Strafford-upon-Avon se extravía y reaparece en Londres. Hamlet está a punto de emerger. El ritual de escritor le impele a proseguir, a no cejar en su empeño creador. La sombra le acompaña. El Príncipe dirigiéndose a su madre, la Reina de Dinamarca, habla por él, “Lo que yo llevo dentro no se expresa: lo demás es  de la pena

Y tras cubrirse de pena y sombras, mi arte se viste de dudas y de eterno: mi conciencia grita al mundo desde el teatro el acertijo más arduo, y mi voz resuena en la historia a través del talento. Londres se balancea sobre mí, actor mediocre, para convertirme a imperecedero recuerdo…

Y todas las penas, las sombras y las dudas fluyen, deambulando de obra en obra, hasta volatilizarse en sueño.

Soy el amor caprichoso que se viste de mujer, y de sus promesas fértiles: mientras ansío al ángel blanco revivo la ilusión de una noche de verano… Y el deseo, languidecido, se pierde entre miradas homófobas…

Entonces, tras largo y placentero paseo la flora parece moverse, acercarse. William se sobresalta, movido por el instinto primario de la huída; mas no lo hace. De entre los árboles tres figuras oscuras emergen como proyecciones del propio bosque. Tres mujeres, extrañas, cautivadoras. Le rodean y él, aterrado y atraído, se queda quieto contemplándolas. Son sus voces en su mente las que le hablan sin despegar sus labios. «Habla. Pregúntanos. A todo te responderemos». William las mira fascinado. «¿Seré admirado?, ¿querido?, ¿un gran genio?» Las ancianas comenzaron a girar alrededor de él, bañadas por la luz de luna. «Todo te llegará» dice una. «Todo llega en la vida» contesta otra. «Amores, fama, tristeza y alegría» sentencia la tercera parándose en seco frente a William. Baja la cabeza y la capucha ensombrece su tez, al levantarla la cara de una joven doncella conocida aparece frente a él.
―¿Qué hace a mi esposo salir de nuestro lecho a estas horas de la madrugada?
William contempla a Anne, su vientre cada vez más abultado. No hay brujas que le rodeen en la noche veraniega, ni sueños por cumplirse. Y en su interior se gesta una batalla mayor que las habidas hasta la época. Ser padre, esposo y hombre o dejarse volar por los versos que le elevan y le convierten en Dios. Esa noche el dilema concluye como las anteriores veces, acompañando a su esposa de vuelta a la calidez de las sábanas; pero algún día cambiará. Porque el destino es quien baraja las cartas, pero nosotros somos quienes las jugamos.

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Reloj cucú

Por: Crono Axel

El bolígrafo se reía de mi, el papel era indiferente y mis ideas incontrolables, el momento estaba en mi contra, en el instante, tan solo pensaba más allá de las letras y escuchaba muy adentro de mi obscuro egoísmo, el eco de la voz del reloj cucú al decirme…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

La puerta del enorme reloj crujía con cada palabra. Los maderos se astillaban con cada coma, se quejaban en cada asentó y descansaban en cada punto… no era un viejo reloj, tan solo su mal uso lo llevo hasta la descompostura, esa frase repetirse una y otra vez, me llevo al borde de la imprudencia, no la entendía…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto.

Era frustrante escuchar el tic tac solo en mi recuerdos… no quería el pasado en mi presente, y la hora tan solo estaba mal. Cuando pensaba que mis recuerdos eran lo peor, ahí estaba de nuevo esa frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Mientras el día transcurría, yo seguía en el mismo sitio, congelado en el tiempo. Mi espacio era infinito y mi locura inevitable; Ver volar el sol, pero no el tiempo y mucho menos al pequeño jilguero… me deprimía cada vez más. Seguía sin entender la temática del mundo, y el por qué ese hinchado reloj de madera repetía una y otra vez las misma frase…

Los engranes y cabos están sueltos, el segundero no avanza, y el pequeño jilguero ha muerto…

Me harte que las voces del ayer tomasen el lugar de la mía…

Me harte de ver que ese enorme reloj no diera la hora…

Y la aburrida quietud extrañaba, el dulce canto del jilguero para acompañarla a dueto.

Y con el no tiempo, la tinta de mi bolígrafo se había secado, mi indiferente papel se volvió amarillento y mis ideas marchitas estaban… y ni así y de ninguna forma me di cuenta que los engranes y cabos estaban sueltos, que el segundero no avanzaba, y el pequeño jilguero había muerto.

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Mi sueños

Por: Perera

Soñé con ser un cantante popular
pero mi voz era horrible. Y es.
Luego formé un grupo musical
pero nadie deseaba escucharme,
ni los enfermos, ni los curas perdidos.
Ni los sordos,  ni mi propia madre.
Luego seguí soñando y traté de ser un deportista.
Pero en todos los equipos siempre estaba sentado.
Pensé en estudiar medicina, pero no aprobé el examen de ingreso.
Al final no sé cómo me hice abogado y de paso poeta.
Algo parecido me pasó con el amor.
Pero eso es otra historia.

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Cara Pepona

Por: Ed Kürten

En su casucha aguarda enfurruñado la expiración de la noche de difuntos.  Tras lustros, el viejo psicópata conocido como Cara Pepona, ha aprendido a odiar tan significativa fecha; la única que, con  pesar, renuncia a sus herramientas de placer: su máscara de muñeca y su motosierra. Desde que la estúpida moda de Halloween preñara las tinieblas de intrusismo profesional  ha perdido las ganas de asustar y matar.

«Truco o trato», gritan unos pequeñuelos frente a su puerta. Y resignado sonríe mientras les invita a pasar. Renovarse o morir, piensa cuando vuelve a enmascararse tras el sonriente semblante de una pepona.

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Vendetta

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Miré hacia arriba; solo se veían nubes en el cielo. Producían innumerables formas que bailaban en mi imaginación. De repente, la alarma sonó.

Vuelta a la realidad. Subí en el ascensor con la mirada fija en la placa del ascensor: “ELEVAMOS SUEÑOS”. Hoy tocaba reunión con McDorty; era un ser despreciable, un magnate sin escrúpulos. Había conseguido el monopolio de las producciones de televisión aplastando a sus competidores con argucias y trampas.

Entré en su despacho en la planta 27; mi número de la suerte. Mcdorty estaba reunido en una sala adyacente. Me puse cómodo; quería disfrutar lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando salió de la sala, me miró fijamente. Se avecinaba tormenta. ¿El motivo? Tenía en mi poder unas fotos comprometidas de él con Emma, la secretaria. Quería llegar a lo más alto de la empresa costara lo que costara. Sí, esa es mi forma de elevar mis sueños; sólo seguía el mantra de la empresa. Pero Mcdorty no valoraba mi creatividad.

No salió ni una palabra de su boca de dinosaurio. Me miró y me extendió  un cheque por un valor de un millón de euros. Suculenta oferta. Aún así, quería destrozarle. Podía notar como su corazón se aceleraba y empezaba a sudar como un cerdo de camino al matadero.

Me fui sin mediar palabra; Mcdorty se quedó petrificado, sin hacer nada. Tan solo dijo: “Tendrá noticias mías, señor Betray”. Me encantó ver al hombre que tenía el mundo en la palma de su mano sucumbir ante mí como una pequeña hormiga. Cuando las puertas del ascensor se estaban cerrando una mano gigante las abrió. Entraron dos hombres de 2 metros cada uno y con buenos trajes.

Ahora era yo el ser acorralado; Mcdorty no se caracterizaba por sus métodos suaves, precisamente. Esos gigantes bien podrían ser matones que Mcdorty había contratado para robarme las fotos.

Los números iban bajando. 26,25…Imaginaos un león enjaulado durante dos minutos esperando que le ataquen dos hienas agazapadas. 23,22…
Mi cuerpo empezó a temblar por la tensión mantenida. 18,16…

Solo se escuchaba mi corazón martilleando en mi pecho con cada piso que bajábamos.

Finalmente salí; estaba a salvo. Había que celebrarlo; fui al mejor burdel de la ciudad y me pedí una copa de su mejor whisky. A la media hora se me acercó una joven increíble; una diosa. Me lo merecía. Cuando subimos a la habitación noté algo raro en el ambiente; marqué 0027 en mi móvil. Iba a necesitar suerte.

Mis sospechas se confirmaron cuando Jade, mi diosa, se fue al baño. Oí como echaba el cerrojo; no era lo habitual. Al instante siguiente una lluvia de golpes caía sobre mí. ¿Recordáis los dos gorilas del ascensor? Ahí estaban. Este león se defendió como pudo, pero las hienas vencieron.

Sin embargo, me fui con una sonrisa de este mundo. A veces el número de la suerte es algo más de lo que parece a simple vista. La señora Mcdorty recibió un mail con unas fotos muy curiosas.

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