Solos en el andén

Por: John Sebastián Castrillón

No sucedió lo que quería. Anduve pensándola por varios días tratando de idear un buen lugar para besarla; y, al parecer, todo había conspirado a mi favor.

Después de salir de clase y haber ido a comer con un grupo de compañeros, en el cual, de manera obvia, estaba ella, nos quedamos solos. Ella debía esperar que su padre viniera a recogerla, y, para mi beneficio, ella le había dicho que la recogiese en un lugar que es poco seguro. En el momento en que hablaba con él por teléfono no me atreví a darle consejo sobre un mejor lugar, para lograr mi plan. Me quedé haciéndole compañía con la excusa de que no podía dejar a una mujer sola en un lugar como ese (en parte era verdad, pero esa no era la principal intención).

Nos sentamos en un andén solitario cerca de una tienda. Comenzamos a hablar y, como tenemos por costumbre, a fingir que discutíamos, para después reírnos. Yo miraba fijamente a aquellos ojos naranjas, que me derretían de pasión, no con la mirada de un conquistador, pues ella ni siquiera sospechará que me gusta. Mientras se comía un chocolate traté de crear una nueva discusión, pero ya no le generó risa. Se quedó muy seria.

El punto es que, por estar sentado allí, me había dejado el último autobús que habría de llevarme hasta mi casa que, por cierto, quedaba demasiado lejos de aquel lugar, pero eso no me importaba con tal de pasar a su lado unos cuantos minutos…y tal vez lograr rozar su boca con la mía.

Hubo un momento en el que nos reímos, y aproveché para recostar mi cabeza sobre su hombro. Creo que le dio igual, porque se quedó quieta y no movió ni uno de sus músculos ¡Ni uno!

Ya se me agotaba el tiempo; en cualquier momento vendrían a recogerle, pero ¿qué podía hacer yo? ¿Cómo haría para besarla?…No había terminado de plantearme el segundo interrogante cuando se oyó sonar el freno  de un auto al otro lado de la acera. Era su padre. Nos levantamos rápidamente y dijimos unas cuantas palabras. No había terminado de decirme adiós y ya estaba dentro del auto. No se dignó tan siquiera a darme un beso en la mejilla.

Allí quedé solo físicamente, porque de manera sentimental estaba más que acompañado. No sabía qué sentir. ¿Habría de adolecerme por su ingratitud? ¿Habría de sentir nostalgia por la soledad en que quedé? ¿Habría de enojarme porque ahora tendría que caminar kilómetros en la fría noche para llegar a casa? Esas cosas me dolían, por supuesto, pero no tanto como regresar a mi hogar con un corazón vacío y una boca seca por falta de amor.

Ya ha pasado mucho desde aquél suceso; tanto que logré conocer los motivos de su indiferencia. Ana, quien en algún momento fue su gran amiga, me lo dijo todo:

Mira, te lo diré, pero prométeme que no se lo dirás a nadie. Cuando entramos al segundo semestre de carrera universitaria, tuvimos como compañero a un estudiante de intercambio. Venía de California; se llamaba Francis, era alto, de cuerpo esbelto, ojos verdes y cabello muy claro. Él llamó la atención de todas nosotras, ya que en el grupo era el único hombre apuesto. El primer día de clase, cuando se estaba presentado, pidió el favor de que alguien le ayudara en su ámbito escolar, pues no sabía muy bien el español. Elizabeth se aprovechó de tener buen conocimiento del inglés, y se ofreció. Desde el principio él se vio interesado por ella, tal vez por sus envidiables ojos naranjas. Francis aprovechó su físico extranjero para seducirla…y tuvo éxito. Ya sabes cómo somos en esta ciudad: tratamos a los extranjeros como si fueran ángeles. Comenzaron una relación: eran la pareja de los ojos hermosos. Se les veía pasar siempre tomados de la mano sonriendo y dándose uno que otro beso. Así duraron tres meses, porque terminaron. Francis llevaba tiempo pidiéndole la tan conocida ‘prueba de amor’, pero ella no quiso acceder. Fue más lo que se demoraron terminando, que él en conseguirse otras. ¡Elizabeth me llamaba llorando todos los días a la madrugada! Me decía que no lo había podido olvidar, que era todo para ella, que esa depresión la iba a matar. Persistentemente le dije que lo olvidara, pero no tomó consejo.

Pues resulta que una de esas noches, cuando ya llevaban como dos meses de separados, ella, impulsada por el alcohol, decidió llamarlo a él en vez de a mí. Le dijo que fuera a su casa, que se sentía muy sola, que no lo había olvidado. Por supuesto que fue, más con oscuras intenciones. Sucedió lo que ella se buscó: se aprovechó de su estado, y logró su meta. Yo se lo había advertido muchas veces, pero a un corazón herido no hay palabras que le valgan. Lo que ninguno sabía era que a los cuatro días Francis volvería a California, pero no, claro, sin haber dejado un recuerdo antes.

En el tiempo que estuvieron separados, Francis aspiró disfrutar al máximo; y en uno de esos “disfrutes” contrajo sífilis.

Oh, querido Luis, Elizabeth está muriendo por esa enfermedad, pero no tanto como muere de amor por ti. Antes de pensar en sus sentimientos ha pensado en tu bienestar. Todo este tiempo te ha cuidado; ella no permitiría que te pasara algo malo.

Cuando Ana terminó de contarme la historia, no hice más que llorar de manera desconsolada. Alguien se había aprovechado de lo que más añoro en esta mísera vida. Ahora que conozco la verdad, no sé qué hacer. Voy a tener que olvidarla sin remedio.

Si no la olvido he de correr un riesgo enorme y sin igual. Yo no quiero morir tan joven, quiero vivir mucho más… ¡¡PERO QUÉ TONTERÍAS ESTOY PENSANDO!! ¿No es, acaso, la mujer por quien me estremezco? ¿No es quien sin haberla tan siquiera besado me enloquece? ¿Entonces he de ser tan necio como para rechazar a quien todo este tiempo me ha cuidado? Por supuesto que no. Tengo que confesarle mi amor.

Llevo puesta mi mejor ropa, y me he aplicado mi mejor perfume. Estoy en un bus repleto de personas, parado, incómodo y fastidiado por quienes me rodean. No me importa nadie más que ella.

Estoy a una hora de su casa, pero parece que la tuviera en frente por el miedo que me genera.

Me tiemblan las piernas, por poco puedo mantener el equilibrio. No hago más que imaginarme ese momento, ¿cómo será?

Ya he bajado del autobús, pero me he detenido en una esquina a pensar. Llevo treinta minutos cuestionándome qué le diré. He decidido dejar hablar al corazón y dejarme llevar por el momento.

Estoy tocando el timbre de su casa. Nadie abre. Qué desesperación. Abrieron la ventana; allí logro ver los ojos naranjas. Me sudan las manos. Parece que el pecho se me fuera a estallar. Abrió la puerta; me ha invitado a pasar a la sala. Está sola. Me pregunta por el motivo de mi visita. Primero me he sentado en el sofá amarillo; me encuentro tan pálido que mi rostro contrasta con él. Se sentó a mi lado; es el momento justo…

Acabo de decirle todo. Le confesé mi gran amor, lo desesperado que me encuentro por ella y mis más profundos anhelos. También le dije que no me importaba que tuviera aquella enfermedad, que Ana me lo había dicho todo, que yo lucharía hasta el final por los dos, que no retuviese más su amor por mí. No entiendo por qué se echó a reír. Ay, no. No. ¡¡NO PUEDE SER!! Acaba de preguntarme “¿Y fuiste capaz de creerle todo eso?” mientras pierde la respiración debido a  las carcajadas. Está diciéndome que Ana acostumbra a inventar historias falsas. Dice que está agradecida por lo que le dije, pero que, si no me molesta, me retire de su casa, porque espera a alguien más importante. Ya estoy a la puerta; me voy. Parece que todo el amor que le tengo se convierte, en este mismo instante, en odio. Ana me ha hecho quedar como un completo idiota, y Elizabeth me ha desechado por alguien “más importante”.

Par de mujeres desalmadas. En vano he sufrido por amor. Me iré, pues, caminado a mi hogar, como la primera vez; solo que en esta ocasión no me ha dejado el bus, me han dejado las ganas de vivir.

anden

Imagen de pixabay

Esta de aquí

Por: Loreto Liz (Lilith)

Has de saber que no me da miedo
ninguna novedad,
que me encanta perderme
y no siempre espero
que vengas a buscarme.
Que no necesito que me digas
guapa cada vez que me miras,
que cuando te hablo de solidaridad
estoy pensando en tus manos
cuidando mis piernas cansadas
al final del día…
Has de saber que no me parezco
a lo que pensé que sería,
que soy mejor, aunque a veces
me miro y me disgusto,
pero que si escucho a esta mujer
me gusta lo que hay dentro.
Que de todas mis arrugas
muy pocas las hizo el tiempo.
Quiero que sepas también
que quiero tener cerca tu risa,
que me encanta hacerte perder la paciencia,
que doy gracias a la vida
por la feliz coincidencia
que nos puso en el camino,
yo en el tuyo y tú
casi siempre tan perdido.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Carta del Maestro antes de partir hacia la isla

Por: Hector Cediel

Para Vera, ni abnegada y dadivosa estrella:

Deseo morir de tristeza y de olvido. No hay luz en el horizonte, ni colores en el arco iris. El silencio tu piel, es un abismo profundo. Los suspiros se desvanecen sobre la agonía. Me horroriza el futuro que nace huérfano y da traspiés profanos. ¡Todos sus pasos son juerguistas e intrascendentales! El vivir se ha tornado en una inmoral e impúdica costumbre. Día a día las actuaciones son más escandalosas y obscenas; es como si avanzamos hacia la autodestrucción o un suicidio colectivo. Hemos quedado en manos de un dios liberticida o cancerbero de nuestro tanatorio de sentimientos. Un dios que fomenta la anarquía y nos encarcela en mundanas pasiones. La realidad es incoherente con la lógica de la razón. El desvergonzado se ha declarado libre, para entregarse al desenfreno. Sobre el caos y la confusión general, se edifica. Los tiranos, los más calaveras, asumen los déspotas roles de la deshonestidad. Tenemos que abandonar el barco, así tengamos que saltar hacia la muerte. Los chacales nos acechan ahora que nos ven heridos o resignados a la bestialidad de la suerte. El paraíso se encuentra en llamas y casi nada se intenta para salvarlo el desencanto es inimaginable. De nada valen algunas esporádicas buenas intenciones. El meduseo cáncer se ha regado sobre la faz de la tierra. La continencia innata también ha desaparecido. Todo se ha convertido en una torpe y absurda orgía.

El vivir el ahora es privilegio muy pocos. El hombre se ha convertido en legiones de insectos, que vagabundean desesperados en un diario rebusque. La mayoría ya no piensa, ni se detienen para cuestionarse. Vivimos sin tiempo para nada, pero ni siquiera el tiempo nos pertenece. Estoy cansado y triste. Me siento desilusionado, desencantado. Pienso que todo fue en vano, se perdió el tiempo y desperdicie mi vida luchando por utopías. Se despilfarró y desaprovecharon los mejores momentos de esta vidorria; tal vez el error fue el pensar demasiado o cuestionarnos más de la cuenta. No entiendo como muchos pueden bloquear sus sentidos, insensibilizarse y simplemente dejarse arrastrar por los vientos.

Día tras día, la emancipación del hombre será una utopía. Nadie aspira o intenta evadirse de las murallas invisibles del destino; ninguno trata de fugarse de la caravana de los conformistas; la sumisión es absoluta y la esclavitud es universal. La sanguijuela se ha libado, lo mejor de mi sangre. Se ha difamado la buena intención de los sueños emancipadores o paladines.

Mi amor, estoy asfixiado por tanta inmundicia. No quiero desembarazarme de ti, pero quiero que tengas toda la libertad para volar hacia donde lo desees hacer. Analiza tus opciones y exhibe con autonomía plena lo que consideres óptimo o más conveniente. Tienes que atreverte a volar con osadía; ahora nadie te volverá someter a su voluntad. Tu destino desde ahora depende de tu libre albedrío, ahora que te has zafado de las garras que te esclavizaban. Recuerda que el amor jamás muere, simplemente anida en otro corazón.

Con el más profundo sentimiento,

El Maestro, tu animal de vuelo.

Marzo 2010

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

La alegría

Por: Miguel Madrid

La verdadera concepción y la verdadera esencia de los todos los significados, siempre se ocultan al ojo humano por pura modestia. Lo que es bueno y lo que es malo suele estar bajo la interpretación de ilusiones. Se tarda en despertar de las ilusiones, pero una vez hecho, se sabe que nunca más vivirán de igual modo que un día lo hicieron.

Marcus era un joven intérprete de la vida, vivía bajo todas esas ilusiones. Esperando, como todos, un futuro mejor al que vivía. Como siempre, lo mejor está en el futuro y nunca en el presente. Caso erróneo, pero socialmente aceptado como verdad. A raíz de esto, Marcus no labraba por un futuro mejor. Todo lo contrario, se empalagaba sin saberlo, esperanzado de ilusiones que pensaba que un día llegarían. Así, por mera casualidad, un día conoció en internet a una magnífica chica llamada Eleanor. En su perfil, vio una foto de ella. ¡Qué ojos! ¡Qué bonita cara! ¡Qué preciosidad! Nunca conocería a nadie como ella. Sin esperanzas, mandó un mensaje presentándose y ella contestó. ¡Ella contestó! De esta forma, poco a poco se fue formando amistad entre ellos. Él no sabía cuán especial era ella, decidió no fijarse en ella porque su corazón ya tenía dueña. Pero, como el tiempo pone todo en su correspondiente lugar, Marcus empezó a ver en ella lo que nunca antes había visto en nadie. Era agradable, risueña, increíble… ¿Qué le faltaba a ella? ¡No le faltaba nada! Su inteligencia era tan grande como el Everest, pero vivía en discordia, pues él sabía que ella no le quería.

Con el paso de los meses, ella se olvidó de él. Pero él de ella, nunca. Dejaron de hablar, ella cerró su cuenta de internet y desapareció. Entonces, Marcus, en un día de alto desespero, decidió viajar a la ciudad donde ella vivía. Las largas horas de avión pasaron volando, bajo la esperanza todo se ve muy bonito. Pensaba en la sorpresa que le daría, en la alegría que le daría. Pero al llegar allí, no hubo nada de eso. La buscó en su casa, ya no vivía allí. La buscó por todo el pueblo, ya no vivía allí. Se compró una moto y recorrió hasta el último centímetro del enorme país, ya no vivía allí.

¿Dónde estaba? ¿Dónde te has metido Eleanor? Con esa misma moto, emprendió un viaje por todo el continente. País tras país, año tras años, todo esfuerzo parecía poco frente a la gran recompensa. Poco importaban las noches sin comer o sin dormir. Poco importaba ya la vida para él, pues ella, ya no vivía allí. Ya desesperanzado, empezó a darle a la bebida. Todo empezó con una copa en una noche. Luego en una borrachera. Luego en emborracharse todos los días, pues, ella ya no vivía allí. Residía en todos los bares, hasta que era echado por borracho. Acabó por volver a su casa, pensando que ya poco tiempo le quedaba a su vida. Un amigo de la familia, tenía un bar y Marcus, descorazonado de la vida, acudía todos los días hasta que se hacía de noche. Todos lo odiaban, sabían que su vida estaba acabada. Pero un día, cuando ya todo estaba perdido. Marcus fue al bar, pidió un whisky y empezó a emborracharse. Al cabo de unas horas, todas las personas se le parecían a Eleanor. Todas, menos una. Era una chica que acababa de entrar al bar, una chica que tenía el pelo de oro y los ojos tan bonitos como el cielo. Una chica que ya no vivía allí, pero que tenía el rostro más real que las fotos. Una chica que venía a salvarlo, una chica que se llamaba Eleanor, pero se pronunciaba “alegría”.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

No te quiero

Por: Loreto Liz (Lilith)

Quiero hablarte y quisiera estrecharte
contra las cosas que no entendemos.
Cambiar un reproche por un “te espero”
hacerte comprender que algunos de mis gritos
están hechos de silencios.
Yo no te quiero para mí, pero no tenerte
es como sentir que me caigo a un agujero.
Quisiera hablarte y te espero dando gritos en silencio,
pero no te quiero…

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

El veneno que bebí (Campanilla)

Por: Loreto Liz (Lilith)

Imagen de Ryhmäteatteri

Imagen de Ryhmäteatteri

Ha llegado ese día que creí que nunca iba a llegar,
es que ya estoy muy cansada de suplicarte,
entre bromas, que me quieras…
de rondar por la esquina de tu calle
por si bajas, por si te acercas, por si me miras,
muy cansada de envolverme en trapos
y enterrar entre paños mi corazón en un capazo
y abandonarme en la puerta de tu casa
por si me acoges, por si me adoptas
como un trozo de tu vida.
Cansada de mi aire triste de niña perdida,
sin sombra ni dedales, sin risas
ni polvos mágicos de esos que te hacen volar.
Y con todo el veneno que bebí por ti…
Que no me salvarán ni mil manos dando palmas,
porque ha llegado el día en el que soy yo
la que ya no cree en las hadas.

Hace un año

Por: Ana Rodriguez

Ya hace un año de esas noche de teatro,
de esconder nuestro secreto por Preciados,
de arrancarnos aquel frío de Noviembre
con la manos, con los ojos, y a bocados.
Ya hace un año que probé esa cuesta abajo,
y subidas como puertos de montaña,
yo llevando tu mochila en mi espalda,
tú dudando cada noche entre dos camas.
Ya hace un año que reté hasta a mi sombra
gritando a todo el mundo, sin creerlo,
que yo sería más fuerte que tus sueños,
que esta vez, ganaría en este juego.
Y es curiosa la medida de los tiempos,
que hace un año eras todo mi camino,
y renové mi pasaporte olvidando,
que jamás pensaste en que fuera contigo.

Y hace un rato, revolvía mis pensamientos
intentando averiguar por qué este día,
me sonaba que tenía algún evento.
Y sonrío de reojo al calendario,
recordando que jamás he sido de esas,
que marcaba y celebraba aniversarios.

Ima

Ima

Piel de ébano

Por: Juan A. Marín

En Praga había aprendido que los sueños no alivian de un pasado que retorna con creces o de lo contrario, que condenan a seguir caminando al frente sin atreverse a echar la vista atrás. Sueños que deben perdurar impasibles. Ensueños deseosos del roce de una piel de ébano, en contrapartida de tantas noches de insomnio que son sorprendidas al alba por actos sin moral ni escrúpulos. Noches en las cuales una sensación de vértigo acorralará mi cuerpo, dejando atrás silencios atemporales por el desdén de huir de este lugar. Las habitaciones rojizas del Diamante rojo se difuminan entre cortos lamentos y suspiros marcados por la sensación de ahogo, de una incomprensible apnea emocional que solo es solventada con éxito si de repente olvido su rostro y, aun así, no lograré encontrar una respuesta. Es en ese instante cuando inicias la huida. Cuando aceptas que si te vas es para siempre; para sobrevivir al poder que ejercen sus ojos. No voy a echarla de menos, porque de siempre he sabido que no fui nadie para ella. La diosa de ébano interpretó y aceptó, a la perfección, ser el personaje secundario. Personaje que logró construirlo con todos sus matices, sus cualidades tanto buenas como malas, a pesar de que estas últimas predominaban casi sin esforzase en demasía. Un personaje que le dominó de tal manera obligándola a armarlo con tal intensidad, que a veces pienso, que llegó a quererlo más que a mí. Personaje que se asentaba cada vez más, por completo, alimentándose de mentiras, odio e infidelidades, tantas como cupieran en nuestra habitación y fuesen bien remuneradas. Hasta que logré romper los hilos invisibles con los que manejaba las sombras chinescas en que se había convertido mi persona. Con el paso del tiempo aprendí, que el mismo te sana las heridas superficiales, junto a algún ligero rasguño, excepto las profundas, ya que esas están ancladas de manera tal, que dormitan temerosas en un rincón del olvido. Aprendí que odiarte no era la mejor y honrosa manera de vencer, pero tampoco lo era quererte. Aprendí que escribiendo lograba alejar mis fantasmas provocados por tus ausencias y silencios. Que escuchar, es una buena terapia con la que puedo evitar romper las cartas que cada noche escribo, a sabiendas de que nunca serán enviadas. Aprendí que puedo sobrevivir sin ti y eso es lo que más temías; que descubriera que eras indispensable y que llegaría el día en que el tiempo me daría la razón; aunque tu recuerdo se haya acoplado al aroma del humo de los Chester que se cuelen sin permiso, en cada poro de mi piel, mezclándose con el  almizcle que deja el poso del vodka que sujeto en mi mano, vaso marcado del mismo color de su carmín, y mis lagrimas. Desnudos, tumbados sobre aquella lujosa y cómoda cama, Judith, acariciándose el tatuaje de un dragón que lucía sobre su vientre cuya cola se perdía entre sus muslos, me dijo:

—Ella te quiere ¿sabes? — dijo acariciando la palma de mi mano derecha. Pero, ¿quién era ella para saber eso? No nos conocía a ninguno de los dos.

—Ella te quiere, hazme caso —repitió con la misma asertividad y seguridad de la vez primera. Y dando la última calada al cigarrillo, estrellé el vaso contra la pared, para acto seguido vestirme.

Le dejé sobre la mesita de noche lo acordado. Doscientos euros y salí cabizbajo de aquella habitación, tan distinta a las otras, del hotel situado en la céntrica avenida Svatovitska, desde cuyo interior se escuchaba el discurrir de la marea humana al anochecer, y a lo lejos se divisaban los puentes sobre el Moldava. Y sé que en alguno de aquellos puentes, habrá un momento en que la encontraría. Encontraría a la otra Miriam, tan distinta a la diosa de ébano, y suplicarle otra oportunidad.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Dándose por vencido en el intento

Por: Sierra N

“No es tan sencillo”, pensé. Todo mientras estábamos frente a frente. Todo ocurría, pero faltaba algo.

¿Dónde quedó el amor?, eso era lo que teníamos. Se nos nubla la mente, explotan las emociones por la boca, llanto, ceño fruncido, gritos, manoteos. Personalmente pienso que si se va a terminar una relación hay que recordar por qué empezó, y si los motivos por los que se va a acabar todo, valen más que la pelea que ocurre. Es necesario acordarse de la primera sonrisa cómplice, de la primera vez que vimos una película de terror en cine, la majestuosa primera vez en que dormimos juntos, creyendo que, no existía más universo.

Recordar esos simples momentos en que las estrellas confabulan para la perfección. Cuando nos miramos a los ojos y reíamos sin sentido, seguido de un beso. Pero en otros momentos es todo lo contrario. Todo se vuelve nada por alguna cosa ridícula, y todo se arruina. Le miraba con los ojos aguados mientras me hablaba, era muy difícil no caer en lágrimas y pensar de manera objetiva. Quería creer que todo era falso, parpadear y que me estuviera besando. Al mismo tiempo quería que todo acabase y tener paz.

Nuestra historia era ciertamente complicada. Dicen que cuando dos personas se enamoran a primera vista, es que se aman desde una vida pasada, y lucharon para encontrarse en este mundo. Y, el tan generoso cosmos hizo que nos juntáramos. También cuentan que quienes se hicieron para amarse, sólo pueden amarse. Pero, es muy tarde. Nuestro tiempo cósmico acabó.

—Para —dije—. Terminemos aquí —su reacción a mis palabras me sorprendió. Miró unos segundos a la izquierda, viendo todo y nada al mismo tiempo; bajó la mirada, metió las manos en sus bolsillos, acto seguido, me miró. Nos miramos,  no pude contener mis ojos.

—¿Hablas en serio? —preguntó.

—Me cansé de peleas —hubo silencio—. Sin embargo, será un hasta otro día.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Al silencio de una caricia

Por: Héctor Cediel

El hablar cimenta un regusto de vino rojo sobre bases sanas en toda relación. No soy un estafeta de la verdad, ni un pregonero, ni siquiera un simple versificador. Soy un escribano y un cantor de los versos que brotan del alma; de lo que captan los sentidos; de lo que siente y piensa el yo interno; a veces pienso que es el espíritu descifrando códigos para poder digerir todo lo que aclara, o ha pensando en voz alta. Es la poesía automática de la vida, del alma. Es el conocimiento existencialista del pensamiento y de la vida –savia de la vida para la supervivencia-. Son ideas puras que brotan, hasta donde pueden, ignorando el juicio extraño. No soy moralista, ni hay moralidad en mis pensamientos. Todos mis pensamientos son sucios por ser humanos; pero engendraron la ideología pragmática de todos mis pasos. No siento remordimiento por ninguna sombra en mi alma, ni siquiera por uno de mis actos; porque todo lo que decimos, pensamos o hacemos, es fruto de la voluntad del espíritu. Hay una ley natural que debemos respetar y esa ley es infalible, porque nos garantiza aciertos para nuestra  seguridad. Allí el bien y el mal se pueden pesar, sin el más mínimo margen de error. Escuchar la sabiduría de la voz interna, es encontrar armonía. La justicia divina es justa y exacta. No es relativa ni circunstancial; como algo casual o fortuito. No se puede ajustar o pactar por conveniencias, con las ventajas que dan los regalos. Así es el amor, amor mío. Mi pequeña y adorada doncella de la primavera. Todo tiene que ser ganancias en la llanura azul de los lucros. Sueños rescatados de los sótanos ardientes. Nunca debemos beber mares cenicientos a la orilla del amor. Debemos escribir, para poder pintar estrellas en el cielo con nuestros bramidos. Todo lo que espanta a la luz, es un grito embravecido del infierno.

¡Mi fetico burgués, mi adorado pachulí!: Una vez una amiga me bajó y me regaló una estrella con la punta de sus dedos. Hoy deseo que me regales una con tus labios. Sé que nunca serás una estrella fugaz en mi vida, porque has escrito hermosos versos de amor en mi corazón. No más laberintos, ni encierros con cerrojos. No más exilios en islas perdidas y sin tesoros. No hay que escarbar la vida cual escarabajos o sumergirnos en el estiércol, ignorando el dolor y el sufrimiento de nuestros seres queridos. No más escrúpulos con doble moral, que nos privan de vivir con pasión la vida. No más oídos a las palabras necias de los falsos sacerdotes. No más diezmos para que se propague como palabra divina, el pensamiento manipulado de un emperador romano. No más nuestro destino en manos del horóscopo o de una charlatana. Todo lo que tengamos y podamos reconstruir, lo podemos hacer con buenos sueños. La orfandad y la soledad, no son más que sensaciones espirituales. Desde que tengamos esperanzas, tendremos estrellas en el cielo para nosotros. El minotauro no es más que un mito. Nadie es único, ni indispensable. En esencia todos los falos son lo mismo. Es el sentimiento, la pasión, la magia lo que hace ver a los amantes hermosos y únicos. Su fragancia es el mejor bálsamo. Su aroma embriaga; su efluvio enloquece la sed de los labios y derrite las paredes y las puertas de las amorosas cavernas. El sexo es un pebetero de sensaciones. Los genitales de las amadas siempre serán bienolientes; fragancia de efluvios con aroma a hierba verde, a hierba húmeda, a hierba recién cortada, a yerba alucinante. Tenemos que aprender a gozarnos con el sahumerio embalsamador del amor cuando llame a nuestra puerta. El amor por lo general es timorato y solo toca una vez en el portón de nuestra vida. Amar es conocimiento, comprensión y sensatez; quién no ha amado no puede ser idóneo o competente en una relación inteligente. Experiencia es dar o servir con generosidad; enseñar para que otros metan bien la cabeza; recibir que es tomar o adoptar lo que se ha sembrado; o aprender que es instruirse y cultivarse para relaciones exitosas. La práctica nos hace más imaginativos, aptos o perspicaces para las relaciones. La inexperiencia solo genera desencantos, dolores de ovarios o de testículos. Tenemos que estar siempre dispuestos o preparados para vivir un momento amoroso. Un pacto amoroso premeditado, pierde cierta pizca de originalidad, de magia. Las espinas de la noche son el encanto encoñero de las amorosas sombras. Cuando el amor respira, jamás naufraga en el tedio. Todas las esperanzas deben brotar de la piel y nunca de una bola de cristal. Nunca debemos ignorar a los desesperados gemidos del fuego, porque la muerte se puede inventar otro cuerpo desnudo. He conocido por la lluvia, el diccionario y los mejores versos del amor, que el vino del cuerpo es luz y belleza implacable. Solo enamorándonos podemos abandonar la isla, donde sanaron nuestras infernales heridas, para que podamos inventar como los relámpagos un nuevo cielo; o como los pájaros, un mundo para sus sueños.

Amor mío, escucha los violines de las canciones y de las melodías amorosas. Hay voces que parecen el canto de un saxo. La música amorosa hay que sentirla y vivirla como chispas de esperanza por las venas. No más derrumbes en tú corazón. Nada ni nadie puede volver a erosionar tú vida. Una mujer hermosa como tú, sin ilusiones, camina absurdamente hacia la profundidad del abismo. Es verdad que los caminos de la vida, están bordeados por despeñaderos, pero siempre sobre ti, habrá un cielo como ángel guardián. De cuando en vez es bueno andar en solitario, patear algunos charcos o piedras, pero hay que encontrar respuestas. Hay que escuchar las melodías que acarician al viento y los poemas que brotan de los suspiros del saxo con coquetería. Siempre habrá ayeres que debemos ignorar para poder emprender un nuevo viaje. El esplendor de las cumbres por descubrir, pueden depender de nuestros silencios. Estoy cansado con los monólogos con piedras rodantes, insensibles y poco piadosas; con vaginas con ojeras o absurdas telarañas. Solo mujeres con música brillante en sus páginas, se pueden transformar en un hermoso libro de poemas.

Mi adorado monstruo, mi fetico burgués, ¡cómo ansío huracanar la tarde contigo para  embriagarme y extasiarme de miel en tu boca!; para transportarme gozoso a la cabellera de luz, donde bebe para embrujarse el sol; y donde nacen estrellas del agua de las bellas, cuando  invade el verano con sus uñas a las ninfas. Embriágame gota a gota con tú amor, para enajenarme y encantarme con demenciales sensaciones. Deseo barrer con mis labios las cenizas de tu cuerpo y de tu corazón. Vestirle a tu cuerpo una máscara ebria de deseos. Traducir a una misma lengua, las palabras y los versos prohibidos de tus instintos. Deseo con mis manos exorcizar hasta expulsar de tu cuerpo, todos tus miedos. Hechizarte con el polvo mágico de los verbos del amoroso efluvio. Evocar los recuerdos de nuestros ancestros que nos puedan conducir al amoroso encantamiento. Aprender a soportar o sobrellevar la vida sin amor, tolerando y soportando murtes bellaquerías, no tiene sentido. Conjuremos los complots del destino. La envidia es feliz maquinando contra los enamorados. Todo lo que nace de la conspiración, nunca es bueno. Dejemos que el fuego nos ligue, sin jurarnos nada; sin hacernos promesas necias, que por lo general nunca se cumplen. Deja que cante manzanas tu nombre en mis labios, para que deliren desnudas hermosas imágenes. Soy la espiga del pavo real que te coquetea desde una botella madriguera, para dormir los silencios de las aguas que manchan tus sueños. Roca me enseñó a dibujar sueños llovidos del alma con palabras. Maria Mercedes nos sirvió copas con vino rojo; para ahogar como los ruiseñores las penas de ese absurdo mundo de oropeles, o en el lago donde crecen rosas a la orilla de sus nauseabundas aguas.

Seamos tolerantes e indulgentes con nuestros errores. Aprendamos a amarnos en silencio y con la complicidad demencial de nuestros deseos. Cierra los ojos. Siente al silencio como una caricia por tu cuerpo y a los versos como si fuesen los favores de mis privanzas predilectas. Cuando apagues la luz, me gustaría que estas palabras iluminen tu camino. Las noches no pueden perder su infinito encanto, así nos embosque la nieve o creamos que el invierno será de ahora en adelante, la única estación en nuestras vidas. Me siento como un halcón abandonado por la belleza, cuando tu no estas para encender la chimenea y contemplar el fuego.

Eres la música de un hermoso poema. Te amo. Aún conservo el regusto de tus pezones. Solo la muerte me haría regresar al valle de las sombras.

boca