Negro corazón

Por: Loreto Liz (Lilith)

Te persigo como un río
persigue una escapada,
la promesa del mar,
algún día llegar a ser lluvia.
Te persigo y me vacío,
me quedo hueca
por si vienes y me abrazas
y vienen tus ojos a hacerle
compañía a mi mirada.
Y aunque me muera de miedo
te seguiré hasta lo más hondo
de cualquier rincón,
hasta el pozo más negro
del fondo de tu negro corazón…

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El mar en Madrid

Por: Ana Rodríguez

Una vez vi el mar desde Madrid,

mientras nos follábamos al amor

en una de esas siestas imposibles

si le tenía en mi espalda.

Ahora entiendo que no es que él

pusiera el listón muy alto,

sino que eso es lo mínimo exigible

en este tiempo de frío:

Que te hagan ver el mar

en un piso con vistas a un patio interior.

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De olores traídos por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

A hierro mojado me huelen tus dedos,

será de borrar con el simple roce de tus manos

las cadenas que me mantenían preso,

será de quebrar esta jaula de ser humano

y llevarme un poco más alto, un poco más lejos.

A café intenso me huelen todos los poros,

quizás interrumpimos nuestra merienda

y te perdiste entre mi piel a medio sorbo,

quizás mi cuerpo gastándote una tetera

para que acudas como el rebaño hacia los lobos.

A un otoño lleno de hojas doradas, tu pelo,

como perdido en un bosque de cabellos marrones

adornado de briznas áureas queriendo tocar el cielo,

como el verano queriendo usurpar estaciones,

y abrazado a tu melena, contigo amor, me quedo.

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Vuelta

Por: Andrea Gómez

Estoy harta de escribir y no parar de borrar por el simple hecho de sentirte demasiado lejos como para que sigas formando parte de mis líneas.
Has dejado que las mismas manos que antes me acariciaban a mí, ahora le acaricien a ella, descubriendo un idioma que solo conocíamos nosotros, nuestro perfecto idioma.
Mis mañanas están ocupadas de tristes despertares, amaneceres recordándote y que al girarme encuentre tu sitio vacío, lleno de silencio demasiado ruidoso en mi mente.
No cierro los ojos por miedo a soñar contigo pero sufro al abrirlos porque te veo desaparecer; me blindas sueños amargos llenos de sonrisas que bailan al son de tus deseos, o de los míos, quién sabe.
Muchas noches intento contar las estrellas, pero me es imposible, porque les haces sombra, y es que incluso me has robado las rutas de los lugares a donde solía huir.
Recuerdo cuando me decías que las ojeras simplemente eran el reflejo de las noches en las que nos besábamos mucho y ahora mis ojeras son el reflejo de pensarte.
Estoy cansada de escribir mentiras creyendo que ocurrirán, cansada de seguir anclada en el lugar en el que dejamos nuestros sueños.
A pesar de todo, seguiré esperando esa casualidad, ese destino que en su día nos unió y que espero que vuelva a unirnos.
Por eso dejé mi corazón contigo, para que el día que me lo devuelvas, vengas con él.

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Amando

Por: Rolando Perera

Cuando pienso en lo inaudito de mi horrible soledad,
escondido en la esencia de lo imposible,
inventando delirios para amar en silencio
y cultivando letras en una copa de poemas.
Con toda sinceridad me siento un poeta
¡de frágil cristal!
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Ahora que lo pienso

Por: Alejandro Enríquez

Y no lo pienso
veo en el eterno
de tus ojos fósforos
la dormida adrenalina,
y me llega el olor de años,
y por triste o raro que parezca
ya morí en el iris de tus chacras;
de tus pulmones implosión metálica,
pum, para adentro máquina de hierro,
no he pensado nada, no he vivido turbio,
sólo soy humano triste al no encontrarse erecto;
cabizbajo me apodaron las aceras, lloro en una rima
de expulsión viscosa donde parques y familias pierden
la moral que los somete: al fin el padre, que era pilar moral
se desteje de su fierro; levanta el pantalón (mojado) y se masturba
enfrente de su mujer y de sus hijos; de esa forma imploro a los psicólogos
el tratamiento de mi pene, y después lloro otra vez porque me siento loco,
como si todo progreso obtenido  la marea se lo llevase de a poco llorando,
como si el árbol que apenas da su jugoso fruto regrese a semilla, desnudo,
como si opresión del Estado se hiciera presente en ceremonia de patria,
como si vomitaras y vomitaras y vomitaras y vomitaras hasta la próstata,
como si lo que llevas leído a la última frase se deshiciese por un olvido,
como un ancho camino que a cada paso se angustia y se colorea gris,
como la cola del diablo que se prolonga en el viento llorase muriera,
como si todo lo que pensaras y digas al final del día nada valiera,
y te preguntas, y me pregunto, ¿qué pensar cuando uno ya jura
que la luna se empareja a llorar por el sol infiel? ¿pensar en ir?
¿pensar en darle piola a mi único suspiro, y correr tras de ti?
¡como si descalzo andar por la avenida fuese no sacrificio!
Salir a la tarde otoñal, húmeda y suculenta, respirar:
esencia de lobos, en el suelo con hojas se trazan
mensajes de amor de parejas que ya murieron;
pienso en la nostalgia impresa en blanco y negro,
siento que me sulfuro y que crezco llorando un río
de sales de baño cortantes, me muero en mí mismo,
exploto por dentro, migajas de órganos, los sudo, lloro,
mis manos lloran; los ojos de mis manos lloran. Ausencias:
comienza a crecer el ancla evolutiva de la virtud muerta
por el tiempo indeciso, punzante maligno. Recuerdos de pan
estremecen las hojas secas. Huelen a mermelada, a flores, a miel,
huelen los colibríes que me devuelven el rocío de años pasados,
me atrapa el olor a café, a rayo de luz desnudando el polvo del aire,
¿es mi cerebro una hielera que conserva pedazos de uretras que la cagan?
Las almas devoran todo y quedamos con el hambre de dos niños,
ambos sabemos lo que padece el otro, ¿por qué tarda el abrazo?
la marcha turca llora. Tarde da filosos pasos y penetra, carraspeo,
llega al punto carcinógeno, lo estimula y brinda doce orgasmos:
ya no hay vuelta atrás en esto de mirar las hojas y tocarme.

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Me tenías

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Por: Loreto Liz (Lilith)

Me tuviste esperando
como un crío la noche de Reyes.
Me tenías ansiando y deseando
una sonrisa brillante, leve.
Me dejaste en un suspiro
derramada, estúpida y un poco triste.
Fui a verte y esa noche de calor, de ansia y de arte,
me tuviste, me tenías, me dejaste…

Recuerdos

Por: Carolina Peña

Sigo preguntándome cómo estás, sí tan sólo pensaras en mí de la manera en la que yo lo hago. Sí aún queda algo del inmenso amor que nos profesamos. Sí aún se acelera tu corazón al escuchar mi nombre tal como lo hace el mío cuando escucha el tuyo.

Ha pasado más de una década desde que te fuiste y aún no logro olvidarte, ha sido imposible sacarte de mi mente; de mi corazón.  Sigo anhelando tus besos y tus caricias; tan dulces como el cáliz y tan frescas como la tinta en el papel, tu sonrisa; esa que le daba luz a mi vida, tan brillante y esplendorosa como ninguna otra, tu cabello; un bosque de rizos en el que me perdía intentando explorarte, tu boca; la única que despertó en mí mucho más que fuego, aquella que me llevó al borde de la locura tantas veces.

Recuerdo todo de ti; el tono de tu voz y la suavidad de tus “te amo” en mi oído. Recuerdo el sabor de tus labios y tu piel. Es un acto de masoquismo recordarte,  pero al recordar tu risa y tu mirada mis días dejan de ser grises, sin embargo… los recuerdos duelen.

Podría intentar olvidarte, pero eso es tan doloroso como si laceraran mi corazón porque mi piel aún está impregnada con tu olor; como a fresas silvestres y libertad. Si, libertad porque cuando estuve a tu lado jamás me sentí cautivo. Tu amor era mi oxígeno. Y mentiría sí digo que no fuiste importante cada vez que me preguntan por ti, mentiría sí te digo que ya no te amo y lo haría otra vez sí dijera que ya no significas nada para mí. Y mentir duele, duele más que la verdad. Sí fingir amor es difícil, no quiero imaginar la idea de tener que fingir olvido. Sí buscaran en el diccionario el antónimo de la palabra olvidar, seguramente tu nombre estaría allí. Eres como ese libro que he leído mil veces, del cual conozco todos los detalles, pero que aun así jamás dejaría de sorprenderme. Eres hielo y fuego, tristeza y alegría, atardecer y amanecer, sol y lluvia… Tú eres todo y nada.

Puedo decir quién eres sin omitir detalles. Decir que odias que las personas te llamen por tu primer nombre, que te encanta el chocolate y que jamás te gustaron los champiñones. Puedo mencionar que tu sonrisa es tan blanca que contrasta perfectamente con el rojo de tus labios, dándole a tu rostro sensualidad y picardía.  Y no estaría de más decir que preferirías morir antes de lastimar a un animal o de romper un libro. Podría quedarme aquí escribiendo sobre ti, sobre tu tersa piel o las maravillosas curvas que tiene tu cuerpo. Podría sentarme horas a hablar sobre tu belleza, sin embargo, ninguna pieza de papel sería suficiente para plasmarla.

¿Qué sí recuerdo el día en que nos conocimos? Si, por supuesto que lo hago, o tal vez tan sólo recuerdo la manera en la que te sonrojaste cuando dije que eras hermosa.

O quizá solo tengo en mi mente el momento en el que te  besé por primera vez, el delicado roce de tus labios con los míos y las punzadas de electricidad que se extendieron por todo mi cuerpo, el leve temblor de tu cuerpo en mis brazos y la bella sensación de tener alguien como tú a quien aferrarme.

Hoy escribo todo esto porque no quiero olvidarte, quiero inmortalizarte, que todo el mundo vea cómo te veo yo a través de mis ojos. No quiero olvidarte nunca porque es la única manera de poder revivir los momentos que pasamos juntos una y otra vez. Creo que no sólo es que no puedo olvidarte, es que no quiero, y tengo muy claro que querer es diferente a poder. Olvidarte significaría perderte; perderte para siempre. Y créeme no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

*******

 El otro día caminaba por el parque observando los frondosos árboles y te vi. Estabas tan hermosa como la primera vez, en esta ocasión llevabas un vestido corto de flores, unas sandalias de tacón y tu bella sonrisa puesta. Me quedé congelado al verte y podía escuchar el eco de los latidos de mi corazón. No estabas sola, estabas con él, quien ocupó mi lugar, quien te dio lo que yo jamás pude. No sentí rabia ni celos porque sabía que estabas feliz; que lo estabas sin mí. Al marcharme, no pude evitar mirarte una vez más, grabarte en mi mente, así, con sonrisas en lugar de lágrimas, con esperanza en tus ojos en lugar de tristeza. Caminé con la cabeza gacha y una lágrima rodó por mi mejilla, la enjugué con mi pulgar, y supe que ningún sufrimiento podría compensar el daño que te hice.

Te pido perdón por lastimarte, por romper tu corazón, por jugar con tus sentimientos, por no amarte como lo merecías. Te pido perdón por no curar tus heridas aun cuando pude hacerlo. Pido perdón por no ser lo qué necesitabas. Sé que nunca será suficiente y que es tarde, pero tan sólo al perderte me di cuenta de tu valor, del amor que sentía por ti, ese que jamás te entregué por miedo, por cobardía…

Y al grabar estas palabras en el papel lloro, lloro porque no aproveché la enorme fortuna de haberte encontrado. Lloro porque tan sólo a unos pasos de la muerte pude realmente apreciar el tesoro que tuve a mi lado, aquel que dejé escapar por ir en busca de más. La muerte llama a mi puerta, sé que está cerca, puedo sentirla, el hielo recorre mis venas, tengo miedo, miedo porque no sé qué me espera más allá, pero sobretodo, miedo de no toparme contigo en mi próxima vida. Ya casi llega, mi fin está cerca, intentaré llevar esta carta conmigo, ya sabes, para recordarte allá, en lo lejano, donde te esperaré. Una densa oscuridad se posa tras mis ojos, creo que ya llegó, es hora de partir hacia un viaje sin retorno.

Allí está mi cuerpo inerte con una pluma en una mano y un pergamino en la otra con sus ojos cerrados y su piel pálida y languidecida.

Adiós o mejor, hasta luego.

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Sin moverme de la silla

Por: Rolando Perera

Aunque lo duden o no lo crean
soy especialista en resolver problemas de amores de mujeres.
Sano separaciones desajustadas,
restablezcos pasiones conmutadas,
amparo en mis brazos mujeres abandonadas.
Recojo sus lágrimas en recipientes especiales,
guardo en mis libros cada verbo bien fundamentado,
dibujo en óleo sus desmayos y la muerte de sus ilusiones.
Escucho sus lamentos: SIN MOVERME DE LA SILLA
me es muy dura y contagiosa esta actividad,
Me afecta en lo personal y en lo espiritual.
Quizas por eso….Aún sigo escribiendo:
SIN MOVERME DE LA SILLA.

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En nombre del amor

Por: Conxita Casamitjana

Envíame un mensaje cuando llegues.

Al principio le había parecido precioso que se preocupara tanto. Había tanto cariño en sus gestos. Ni una duda, ni una vacilación. No requería ningún esfuerzo, no le costaba nada. Era fácil hacer que el otro estuviera tranquilo. Se querían tanto. Estaban tan enamorados.

Se acostumbró a informar. Empezó cuando llegaba a la oficina, salía para casa o a donde fuera ese día y después de cada paso que daba. Cada situación de su vida, tenía un mensaje o una llamada.

Se añadió la preocupación, cuando había una cena, ir al cine o quedar con los amigos y no asistían ambos. Casi sin salir ya había un compromiso de no tardar.

Te esperaré sin dormir.

Y era fácil. No costaba tanto llegar pronto, no le molestaba. Se sentía bien. Se adoraban.  El desvelo y el amor en cada mensaje, en cada palabra. Estaban tan unidos, todos se daban cuenta. Rechazaba cualquier comentario que no fuera lo mucho que se querían. Cuando hay amor, es natural ese interés por la otra persona, cuidar y preocuparse por el otro. Era bonito sentirse así de estimado.

—¿A qué hueles?

También se añadió esa pregunta y esa, quizá ya le molestaba más. Ese humeo desconfiado al llegar a casa. Justificar el humo, el perfume o cualquier olor que hubiera en el restaurante y que se le hubiera pegado. No le gustaba, pero era su manera de amar. En el fondo sabía que odiaba esa humillación al sufrir una inspección en toda regla. Había empezado a adorar los sitios cutres con olor a fritanga.

Se fueron terminando las salidas sin el otro, cuando se ama se comparte todo. Nada tiene sentido sin la otra persona. ¿Por qué salir solos? ¿Por qué tener amigos distintos? ¿Por qué ir de compras, al cine o vivir momentos con otros?

Se acostumbró a tener su móvil siempre a la vista. Su correo electrónico más público que nunca. Nada que esconder. Sabía en cada momento lo que estaba haciendo y con quién estaba. Antes de salir, antes de marchar, cuando iba a comer, cuando volvía. Imposible olvidarse, el resultado eran malas caras, silencio y lágrimas.

No conseguía recordar cuándo dejó de verlo hermoso. Se tornó insoportable, se asfixiaba en una red invisible de preocupación, cariño y amor. Esa telaraña, cada vez más espesa, más paralizante, imposible escapar. Costaba darse cuenta. Adoración, querer, estima y en nombre de todo eso, el derecho a sentirse propietario del otro.

—Envíame un mensaje cuando llegues.

Y dijo basta. No más preocupación, no más control, no más celos, no más obsesión. Aquello no era amor ni la vida que quería.

Y acabó.
Y se lo dijo.
Y la dejó.
Y no tuvo miedo.
Y no pasó nada…
Porque él era un hombre.

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