Chica Selva

Por: Álvaro Fernández

Elevada a diez o quince centímetros del piso, la chica selva se viene.

Tira de su cuello una cadena reluciente que la une a un albino y excéntrico caniche.

La sensación de ruedas bajo sus pies, y el resplandor grisáceo de donde parece emerger, responden a hipótesis que Ángel no puede analizar tan temprano. La madrugada dejó su lucidez a contramano y no son horas de enarbolar conjeturas disparatadas.

Varios pájaros ya cantaron, y una vida sana trota alrededor de la plaza. Es una mañana de sol, con una muchacha bonita que se aproxima. Solo eso ¿Qué más pensar?

El trayecto que la señorita recorre, se interrumpe en los árboles.

Un olfateo por allí, un chorrito por allá y la correa que vuelve a jalar…

Montada a cúmulos voladores que le nublan las caderas, la mujer esmeralda le ofrece a Ángel su perfil más sensual.

De la cintura hacia arriba, ella es pura actitud, y sin pestañear, Ángel concentra su atención en sus marcados hombros que sostienen pechos firmes y altaneros.

No se advierte rebote, y Ángel no comprende la insistencia en unas tetas que no se menean.

Todo es deslice sobre un torbellino de tinieblas que la centrifuga hasta la altura del ombligo, y las piernas de la hembra son parte de lo incomprendido de esta mañana.

No deja huellas y nadie viene tras sus pasos. No trota, no camina, no hay tobillos… ¿Qué lleva en los pies? ¿Zapatillas o tacos? ¿Está descalza? ¿Tiene pies?

Con la visión alterada por los nubarrones, los interrogantes invaden a Ángel, que a esta altura, se siente bajo amenaza, pero excitado. Caliente.

Siempre en silencio, Ángel elucubra instantáneas respecto los detalles faltantes.  «Se la ve bajita, debe calzar treinta y seis, treinta y siete, cómo mucho, y seguro que viene descalza» Arriesga y cae en la trampa de un consuelo estúpido.

Cuando quien pasea a la encadenada, decide marcar territorio en cerca de Ángel, las nubes se disipan y el sol comienza a dejar a la chica selva en evidencia.

La anónima y ¿descalza? trae un bosque encima. El verde la cubre por donde se la mire.

Ahora, con la necesidad de sentirla hasta por los poros, Ángel, el que disfrutaba de una mañana de sol en la plaza de su barrio, no se siente decepcionado por las partes bajas de la mujer verde que viaja atada a la cadena.

En igual sintonía que sus tetas vienen sus ancas. Un verde vinilo encaja a la perfección sus piernas y las caderas. Le cuelgan anillos con flores de toda variedad, pero todas, y cada una de ellas de color verde. Rosas, calas, orquídeas, claveles, todas del color de sus hojas. Los pétalos, el cádiz, el estigma, las espinas, todo verde.

El azar de un perro decide las escalas de su viaje hacía él.

No echa raíces, no la dejan, y efectivamente, sus pies están desnudos…

A poco del cara a cara, los aromas frescos de su aspecto, desconciertan a Ángel, que se siente víctima de una bendición. Él, que había madrugado sin pedir ayuda, recibe una inesperada  dosis de naturaleza.

Pero no solo las ropas de la muchacha traen maleza.  Sus pies, talla no mayor a treinta y siete, también vienen teñidos de tanto pasto deslizado.

De entre las uñas asoman restos de césped que entró allí para quedarse, y los dedos, preciosos como uvas de vino blanco a punto de emborrachar, llamaron tanto o más la atención de Ángel, que la quietud de pechos de aquel primer contacto visual.

Si por él hubiese sido, se habría masturbado a sus pies.

Con una pésimamente disimulada inocencia, y advertida del asombro que Ángel encierra en la mirada, la chica selva decide encararlo con decisión.

— ¡Hola! — su voz es dulce y dueña del control.

Ángel, que en circunstancias de vidas pasadas o por venir, se habría desenvuelto con eficaz seducción, destroza cualquier hipotético acto de galantería, detrás de un triste y bobo balbuceo…

—   Odra, — con el pánico contenido hasta donde puede, Ángel demanda respuestas. Intenta continuar con la charla pero su voz no pronuncia. Precisa tenerle fe, confiar en ella, que se brinda generosa a los sentidos. — Pero si estás toda verde…

La mujer vegetal, con una sonrisa triste pero con

el alivio de la costumbre, apoyó un dedo en los labios de Ángel y lo silenció. Él pasó su lengua libidinosa por aquel tallo divino. Ella se dejó chupar unos instantes, y le quitó la fruta de la boca…

—   No ¿Ves? Mirá mis ojos, son verdes, por eso me ves así…

Olvidado hasta la inminente despedida, el caniche excéntrico que encadenaba a la chica selva, tiró como buey a la rama a la que está sujeto.

Separada de su presencia, Ángel sintió que se la arrancaban de un brazo, como si le deshojaran la piel de los codos con broches para la ropa. Como si le tallaran en el pecho el silencio de una despedida, el milagro sin revelar.  El milagro de la madreselva.

Ángel quedó mutilado, y el sol no volvió a salir hasta la tercera mañana desde aquel día.

angel-1497271_1920

Imagen de Pixabay

Buen gusto

Por: Álvaro Fernández

Buen gusto, lo que se dice buen gusto.

¿Quién lo define?

¿Hay normas que establezcan el buen gusto?

Dalí decía que era sencillo reconocer a una persona con buen gusto porque la alfombra debería combinarle con las cejas.

Tengo placeres que horrorizarían a más de uno, pero también —por qué no—  darían ganas de probar o celebrar la coincidencia.

La decencia de aquél es escándalo en el paladar del hipócrita.

Es picante y dulce. Es el lunar que succionan los infames, el ácido que los atraganta, el bocado que chupan sin digerir. Es el reflejo del espejo que no aceptan, su proyección personal de lo prohibido, los ojos que no se atreven a mirar.

No les gusta.

Hay buenos gustos que definitivamente no me gustan.

¿Protocolo?

Sí. Lo interpreto con tolerancia y hasta lo disfruto con gusto, siempre y cuando no sea en exceso. Me empalaga, como mucha de la literatura que consumo a diario.

“Hasta los papeles que hay en el piso”, como sugería Cervantes.

Y así voy.

Leyendo buenas historias mal contadas, y auténticos bodrios, que de lo bien escrito que están, dan ganas de volver a leerlos.

También están los poemas. Las metáforas a mano armada, las imágenes desempolvadas, los sonetos usurpados y las rimas patrimonio de la humanidad.

Porque verso sobra, lo que faltan son poetas.

La subjetividad tiene esa magia: nos da la razón a pesar de ser opuestos. Aunque vos blanco y yo negro. No importa. Los dos la pegamos con el color, los dos dimos en el blanco, dimos en el negro.

Tu verdad es igual o más absoluta que la mía.

Pero hoy no…

Por eso ese cuento, ese relato que a vos te partió la cabeza, o ese poema que iluminó de abstractos tu alma soñadora, para mí es una auténtica porquería.

Y viceversa, claro.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Aguijones encantados

Por: Álvaro Fernández

Debajo de la piel, una serpiente se ondula al acecho del viento.

Arranca por el postre.

Un manjar de adoquines y lunares succionados por el scanner de una mirada inalámbrica.

Aguijones que navegan en los besos de una prostituta dormida, de una puta que sueña, que se llena de amores sin arrugas, y con el semen estéril de los mancebos inmunes a la muerte.

A la rueda de reconocimiento del crimen que siempre está por cometerse.

Al que aspiran los testigos que perdieron la ropa y la inocencia.

Declarantes de falacias encantadas y seductoras, llenas de la esperanza que precisa el amanecer de esas almas que se tragan el sol de un solo bocado.

Y encima, ni llagas le salen.

Los envidio.

Imagen de pixabay

Imagen de pixabay

Hacer poesía

Por: Álvaro Fernández

Se trata de perforar sienes, traspasar barrotes, limar muros y quitar respiradores artificiales.

 

Se trata del fuego sin la cáscara, de la brasa en el celofán, de la ceniza en la llaga.

 

Se trata de soplar telarañas, destrozar hímenes y atrapar moscas con la lengua.

 

Se trata de oler caro para traspirar barato, de astillar la noche y de ahogar al astro

en un blues de alcohol fino y jugo de naranja.

 

Se trata de adorar demonios, de pervertir a las monjas, morderles los pezones

e inmolar sacerdotes en la misa de una orgía.

 

Se trata de ser el que sueñas, el dotado perfecto, la adicta exitosa, el puto de un amigo,

la perversa de la iglesia o el mejor amigo de tu peor enemigo.

 

Se trata de la pestaña en el pulgar, de la suerte en un hueso de pollo, de la moneda en el aire y del ramo de viuda de la novia.

 

Se trata de juntar las partes de un reflejo hecho añicos, de acomodarlas mal a propósito y que salga lo que salga.

 

Se trata del secreto que guardan, el que todos cuentan, el que nadie sabe.

 

Se trata de mear los paradigmas, de cagar en los rincones del que dirán, de lo que no se animan a decir,

 

Se trata de las verdades del puro verso, de lo que solo puede escribirse, con la sangre del infinito…

 

Se trata de hacer poesía.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabayo

Pegar el salto

Por: Álvaro Fernández

Dicen que escribir es como volar. Que las palabras son alas y que la hoja en blanco es la noche donde surcan letras de un poeta que naufraga. Estrellas que sangran con indiferencia, destellos incomprensibles.

Pero no solo de ángel se gana el cielo.

Se puede en un jet privado, en ochenta globos aerostáticos, o en una nave espacial, si es que nos importa el futuro. Se puede saltar por la ventana de un piso diecisiete, en ala delta desde el Peñón usurpado, o ser el hombre bala que lanza el cañón de un circo de payasos tristes.

Innumerables son las destrezas con las que se pretende vulnerar la ley de gravedad, llegar a la miel de la luna o volar de mi balcón al tuyo.

Yo elijo mis alas. Con ellas, me río del vértigo. Las despliego en el abismo y allí bailo sin derretirme. Apago el sol con la lengua, y enciendo otros, para dejar una luz prendida.

Me abrazo a la tormenta que se escurre entre tus piernas, y huyo como un ave a la que le sacuden la rama. Me monto al cometa de Bill Halley, y me desintegro en caída libre como meteorito que no se atreve a tocar la tierra. Me apropio de los truenos, y cumplo el milagro de las estrellas fugaces.

¿Hasta dónde llegan mis alas?

¿Adónde me llevarán esta noche?

¿Y mañana?

Los paisajes son míos. Puedo regar con versos la sed de los desiertos o ahogar las penas del mar en las rimas de las olas. Nadar entre delfines infieles y oír el canto de las sirenas sin enloquecer.

Puedo tardar tres sílabas en desnudarte, o escribir hasta la muerte por un perdón que no vendrá.

Mis padres pueden pasear nietos en la plaza, y vos podés estar acá, delante de mí, sonriendo, agitada…

Todo está a al alcance de las manos, de un batir y cerrar de alas.

Solo hay que animarse.

¿Acaso no estuvimos más alto?

Es que volar es lo más cercano a cualquier destino. Nos hace inmensos. Y trastabillar en las alturas de la cornisa de turno, latir esas ansias de lo inevitable, nos invita a probar suerte en esto de escribir y pegar el salto.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay