No te quiero

Por: Loreto Liz (Lilith)

Quiero hablarte y quisiera estrecharte
contra las cosas que no entendemos.
Cambiar un reproche por un “te espero”
hacerte comprender que algunos de mis gritos
están hechos de silencios.
Yo no te quiero para mí, pero no tenerte
es como sentir que me caigo a un agujero.
Quisiera hablarte y te espero dando gritos en silencio,
pero no te quiero…

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Un paseo en barca

Por: Pepe Ramos

Es tres de febrero de 1945 y mientras los soldados americanos luchan en el frente, me relajo en mi barca, disfrutando de lo que más me gusta en este mundo: navegar. Sé que debería estar con mis compatriotas luchando por nuestro país, pero soy un cobarde, siempre lo he sido. En el colegio mis compañeros no dejaban de burlarse de mí, me golpeaban, lo único que hacía era agachar la cabeza.

Más tarde, en el instituto, fui el blanco de las burlas por no participar en las actividades deportivas, propias de los chicos. Siempre me alejé de las confrontaciones.

Hasta que mi vecino se tiró a mi mujer, entonces no me lo pensé dos veces, cogí la pistola que guardo en un cajón del mueble de la entrada y vacié el cargador sobre él. Menos la última bala, esa fue para mi mujer. Ahora descansan bajo el lago, mientras me alejo del lugar donde los arrojé, en mi barca.

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Fisioterapia

Por: Pepe Ramos

Había leído que era el mejor centro de fisioterapia de la ciudad, barato y con profesionales cualificados, y del que no se conocían quejas. Tal vez el único punto negativo era que se encontraba en las afueras. Ya hacía más de media hora que había dejado atrás la urbe propiamente dicha y me había adentrado en las pequeñas urbanizaciones que pululaban aquí y allí. Estaba claro que en una de aquellas casas estaría mi destino. Y no me equivocaba, un bonito cartel, visible desde cierta distancia, lo anunciaba.

Aparqué el coche, descendí y crucé la corta distancia que me separaba de la puerta de entrada. La sorpresa que sentí al cruzar el umbral fue mayúscula: todo era de un blanco, tan blanco que cegaba. Una chica en recepción me preguntó si tenía cita. Asentí y tras darle mi nombre me dijo que esperase un momento a que me llamasen. Me senté en una de las impolutas sillas y cogí una revista de las muchas que había sobre la mesa de cristal, impecable sin una mota de polvo, en el centro de la sala de espera en la que me encontraba. Frente a mí, la recepción, y un pequeño pasillo por el que se accedía, sin duda, a las salas donde se realizaba la rehabilitación.

Todo era perfecto, incluso las revistas que formaban el montón del que cogí la primera, estaban apiladas formando dos grupos iguales. E incluso éstas eran nuevas, como si nadie las hubiese ojeado jamás. Las paredes, como ya he dicho, pintadas en un blanco radiante y sin una sola mancha de suciedad. Para ser una clínica de la que tan bien hablaban los anuncios, no había nadie más en aquella sala. Apenas dos minutos tardó una bella mujer rubia de blanco en llamarme e indicarme que la acompañara. Tenía una sonrisa tan hermosa, que no hubiera dudado en seguirla al mismísimo infierno.

En el pasillo pude distinguir tres puertas, una de ellas era el lavabo, la otra podría ser un pequeño almacén o una oficina y estaban situadas a mi derecha, y por la que cruzamos, situada a la izquierda, daba a una sala mucho más grande, en la que pude contabilizar al menos seis camillas, y varios aparatos de electro estimulación, pero todas estaban vacías.

-Quítese la camisa y túmbese boca abajo, por favor, ahora me pongo con usted y esa lumbalgia.

¿Cómo podía saber qué es lo que me dolía sino se lo había comunicado ni siquiera a la chica de recepción? Iba a hacerle esa pregunta, pero cuando me giré para mirarla, aquel pelo rubio, aquellos ojos azules y esa sonrisa encantadora me hipnotizaron y sin darme apenas cuenta, me encontraba tumbado en una de aquellas camillas, que estaba nueva, sobre una sábana incluso más blanca que las paredes.

-¿Es aquí donde le duele, verdad?- preguntó ella mientras sus manos se deslizaban por mi espalda con extremada dulzura.

-Sí- fue lo único que pude balbucear.

De hecho eso fue todo lo que pude decir. Sus colmillos blancos y alargados se clavaron en mi cuello y me dejé llevar. Ahora sé el motivo por el que nadie se quejaba de aquel centro de fisioterapia, nadie volvía con vida.

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A la Amazonia

Por: Héctor Cediel

Mi alma ha navegado de puerto en puerto

descubriendo la magia hechicera

y los colores de una amazonia que me recorre.

¡Oh, Amazonas! Es bello el verde de tu selva.

¡Alfombra de sueños

a los pies desnudos de tus hijos!

 

Qué bella eres ¡Selva del alma y de los colonos

de los indios y de las hojas verdes!

Sobre tu dulce sombra se ve caminando

el amanecer de tus paisajes.

Tus soles y lunas llenan de verde mi vida.

¡Alegrías llenas de perlas

colores esmeralda floresta!

 

Amada eres tú ¡Selva amazónica!

Verde esplendor y guía de mi esperanza.

Toda tu belleza se refleja en el cutis de tú cuerpo

mansa y suave como la piel de un recién nacido.

¡Amada Amazonas! Selva maltratada por

guerreros adictos a la madera.

¡Inmensas sierras te descuartizan y

te van arrinconando más todos los días!

 

¡Oh, querida Amazonas! Ya no braman tus aguas

ni lloran nubarrones sin parar

hasta rebozar las afluentes y los ríos.

¡Amazonas de mi alma!

Grandioso  manantial de árboles.

Las aves se desprenden

como hojas caídas del sol o lágrimas secas.

Nubes verdes se despeñan y embellecen el suelo

mientras una gigantesca comunidad de conocimientos

nos enseña a querer más:

Las anacondas y los animales salvajes.

 

Eres tú, mi amada ¡selva amazónica!:

El verde que brota bajo mis pies.

Tus pájaros son músicos emplumados

que hacen florecer poesía del paisaje.

La anaconda te envuelve

profetizando tu hermosura.

Tus aguas color tierra-esperanza

le regalan el sabor a las frutas.

 

 

 

Eres grande, majestuosa, extensa,

¡inmensa! Llena de colores y vida

Fuente de la naturaleza que brota.

¡Siempre serás el pulmón del mundo!

que hoy tose tuberculoso.

 

Los colores y los aromas de la naturaleza

llenan con  flores el verde de mi existir.

Me quedaré con tú policromía  y los árboles.

Flores multicolores nacen en los verdes corazones.

Paz y tranquilidad regalan: la fauna y la flora.

 

El aire le da movimiento a los sueños

y el sol brilla con la sombra de los indígenas.

Los Curacas conjuran la cultura del hombre blanco.

Mal hermano. Mal amigo. Malnacidos.

El color tropical de las aves y mariposas

se confunden con la belleza exótica de sus paisajes.

¡El hombre bruto los está exterminando a pedazos!

 

Tu nombre, es de guerreras legendarias.

En tu cuerpo guardas poderes, mitos y leyendas

como los reducidores de cabezas o

los asesinos de la Casa Arana.

Tus cabellos largos e infinitos se te arrancan

como a las niñas que la naturaleza inicia.

 

Maldigo a los que te privan de tus hijos por placer.

No se pueden alimentar unas pocas bocas

con hambruna para evitar la asfixia del mundo,

¡Aguas de grandes sentimientos

lloran recuerdos tus ardientes ojos!

Tu sonrisa ¡flor de madera roja!

me hace refugiar en la agitada selva.

 

Tus olas parecen atarrayas atrapando peces.

Los árboles miran saltar con alegría a los delfines.

El señor Sol, Señor de Señores, Fuente de luz y vida

se oculta en un atardecer: color fuego-pasión.

 

El canto de los más bello pájaros

despiertan el alumbrar mañanero

con el fulgor verde del viento amazónico.

¡Pasión ardiente de la tierra!

Retoño impetuoso del Río más Grande

leche que mana de tu  virgen pecho

alimenta tu descendiente estirpe.

 

 

 

 

Juguetón te tornas, Maestro de la Vida.

Son candentes tus meandros

y la historia de quienes te han visto lúgubre,

protestando impecable dignidad.

Reclama tu linaje, tu nobleza, tu paz:

A toda criatura viviente

que intente borrar tu majestuosidad.

Rió Amazonas ¡No te detengas jamás!

No eres alto ni bajo:

¡Eres el mar más temperamental!

Arrastras como las tormentas: todo a tu paso

ignorando la soberbia del Mar de Mares.

 

Con pasión ardiente, engendras vidas,

¡mueren los laberintos que se escudriñan!

Ahora los espantos son fantasmas vivos

susurros del viento entre tus alamedas,

dueños de las esperanzas que agonizan.

¡Gitanos de la selva! ¡Gitanos salvajes!

¡siempre abonan con su sangre la tierra!

 

¡Oh, madre selva! A pesar de las

noches de desesperanza,

enséñale los peligros de tu cuerpo

a los hijos de la oscuridad.

Así tus cabellos nos regalen sus frutos

tenemos que desconfiar de tus ojos claros.

Enseñaré a cuidar tus virtudes.

La ciudad tiene el sonido de un violín.

¡Tú gozas del sonido fino y suave del amor!

 

No te pediré que luches contra el acecho

de la dama de la guadaña,

depredadora asesina de arma blanca.

La flama que en ti habita

me observa aterrada.

¡Lentamente se quema tu indomable piel!

 

Una manada de unicornios salvajes

quieren domar los gladiadores más valientes

mientras retumban llamas sobre tú cuerpo.

Fuego de misterios indescifrables

como el porqué de las misiones.

 

No sabemos ni queremos conocer

las respuestas que le dan sentido a la vida.

Si sigues perdiendo tu belleza

el molde quedará vació y desolado

llenando de tristeza la cuenca de sus ojos.

Si no hay fuego candente en el corazón

no tendría sentido cantarte: ¡Río Amazonas!

 

¡Oh, Amazonas: luminosa gozosuela!

Luciérnaga que acoges con virtud neblinos,

lluvias de estrellas fugaces

Sobre la magia de tu verde alfombra

guardas esperanzas como cualquier guacamaya

para quien llega sin presagio

pero con los bolsillos repletos de viento.

 

Luchas cual fiera en combate

para que nunca se apague tu luz brillante.

Quasar de sueños e ilusiones húmedas

como el amor expuesto al fuego.

La mirada oculta de la ardiente selva

el  murmullo de los silencios en la soledad.

Los versos brotan cual puñados de arroz

y el trinar de los pájaros, y el soplar del viento

y la fragancia de las flores salvajes, y las olas del río.

 

La amorosa mirada de la luna

al verde jardín de rosas

donde las playas lloran las emboscadas.

El presagio de los sonidos de las flores

los frutos que alegres te miran,

la lluvia ardiente que me quema,

las voces que corren por tus pasillos,

las aves que pasan sobre cristales,

las mariposas que abren sus alas,

sin saber quién las observa con fervor.

 

Es hermoso escuchar las melodías que inventas

llenas la selva con alegrías y sentimientos

con temores, suspensos y sonidos de amoríos

quizás sea la armonía de los animales

con el ritmo apasionado de los colores.

¡Caen las hojas de los árboles cual

lágrimas que humedecen mi corazón!

¡Una fuente luz, atraviesa mi alma!

 

 

Los micos acróbatas saltan a los brazos del verde mar,

estelas sonoras de aviones emplumados

atraviesan el corazón de los gigantescos árboles.

¡Amazonas! ¡Mi linda Amazonas!

escudo de paz verde, de la verde paz.

¡Te juro mi linda y hermosa Amazonas

que jamás estarás en mi olvidar!

 

 

 

 

La felicidad de la luz del Sol suspira

cuando conoce tus oasis y paisajes

¡Oh, Amazonas! ¡Mi amada Amazonas!

Cuando muera te llevaré:

¡En la mirada y en el corazón!

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El festín de los muñecos

Por: Jonathan Muñoz Ovalle

 

Estaba harta de los temores de su hijo. En un principio fueron una o dos veces a la semana, después, todos los días. “Ma, no puedo dormir, oigo ruidos raros en mi cuarto”. No obstante, la madre aseguró que eran meras fantasías y no tardó en regañar al pequeño: “Ya basta de tonterías, entiende que nada de eso existe. O te duermes o te voy a dar”.

El pequeño se vio inmerso en una atmósfera fatal. Cada vez que escuchaba aquellos movimientos suaves, diminutos, ya sea en el closet, las repisas o los cajones, lloraba, temblaba; incluso, a veces se orinaba: dirigirse a su habitación se volvió un acto horroroso.

Eran los muñecos, malditos, en su cruel despertar. Movimientos suaves y diminutos, sí, pero al fin y al cabo, plagados de terror. El pequeño no sólo se horrorizaba por lo que oía, también por lo que sentía: estaba seguro que algo malo le podía suceder.

Los muñecos, en cuanto despertaban, unos primero, otros después, todos con una intención maligna…

 

Ángel de mi guarda,

mi dulce compañía,

 

…lo primero que hacían era mirar al pequeño: en su mirada se percibía un brillo extraño, mordaz y perturbador.

 

no me desampares,

ni de noche ni de día…

 

Nunca imaginó que esos objetos tan preciados para él eran los causantes de su escabroso mal.

Era la décimo octava noche cuando un movimiento abrupto despertó a la madre: abrupto, mas no ensordecedor. Fue un movimiento acertado, sigiloso, como quien se mueve de forma natural entre las sombras. Cuando la madre llegó a la habitación de su hijo, vio a todos los muñecos, arremolinados, encima de él. A toda prisa, a tropezones, se acercó y los arrojó a manotazos. Fue entonces cuando la mujer gritó. Y gritó. Y volvió a gritar. Entre las sábanas ensangrentadas, lo único que quedaba del pequeño era el esqueletito.

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A los campos de guerra

Por: Héctor Cediel

Qué absurdos son los conflictos, cuando se engendran con odio, los sueños de los hermanos. Qué doloroso y qué secuelas más sanguinolentas se tatúan, cuando hablamos de la toma de espacios a la fuerza. Las noticias me producen vómito. No entiendo, como solo escucho rebuznar, a los que piensan que es el caos de la desinformación. Se lucha por los intereses de un pueblo que siempre tiene que huir desplazado. El ocaso reemplazó al Sol de la vida, al Sol de los enamorados, al Sol de los eclipses románticos. El campo hiede, como cualquier campo de batalla. La aristocracia mutó en convenciones de chacales, en bestias con pezuñas y con una hambruna, murte rapiñera. Los combates se ganan, sacrificando jóvenes ilusos, inocentes de parte y parte. Los cerdos jamás pensaron ni pensarán en un acuerdo limpio y justo. Ambos viven convencidos de estar ganando esta guerra; ninguno ve todo el terreno perdido ni cuantas páginas blancas escritas con negras historias. Cayó el muro y algunas doctrinas obsoletas, pero aquí aparece como si nunca se hubiesen conocido, esas noticias. El dinosaurio del Caribe se muere de nostalgia. Hoy escribo en la oscuridad añorando la luz del alba…Y tus besos…Y tu sexo… ¡Para huir del infierno!

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Tras el cristal, la lluvia – Primera parte

Por: Samuel J. Noé

PRIMERA PARTE

Ella tenía que hacer esfuerzos para acompasar sus pasos a los de él. Sus piernas eran más cortas, sin embargo, andaba más rápido. Cuando se daba cuenta ya se encontraba dos o tres pasos por delante. Entonces, con disimulo, ralentizaba su paso y volvía a intentarlo. Izquieeerda, dereeecha, izquieeerda, dereeecha. Se podría decir que los movimientos de él eran de elefante y los de ella de lagartija. Le resultaba dificultoso adoptar una manera de caminar tan pausada y uniforme. Le dio la impresión de que los pasos de él estaban calculados. Cada uno de ellos. En cada paso avanzaba la misma distancia que en el paso anterior y la misma que en el paso siguiente. ¿Cómo podía hacerlo? Ella no se veía capaz. El afán de controlar sus pasos la llevaba a dar, inconscientemente, pequeños saltitos, simulando el avanzar de un caballo en un tiovivo.

Lo miró de soslayo. Tenía la vista fija en el frente y parecía no estar pendiente de la situación. Si ella hubiera podido observar su rostro con detenimiento habría percibido un pequeño movimiento en su ojo izquierdo. Un leve temblor espasmódico en el párpado que él trataba de controlar, sin éxito, evitando pestañear con demasiada frecuencia y abriendo los ojos un poco más de lo habitual.

A ella no le habría molestado.

–¿Qué tal le va el trabajo, Jesús? –se aventuró a preguntar. Al escuchar su propia voz salir de su cuerpo notó una extraña sensación.

Él esperó unos segundos antes de responder.

–No me hables de usted, que me haces más viejo.

Ella soltó una risita nerviosa.

–¿Qué tal te va el trabajo, Jesús? –dijo con una voz impostada.

–Bien, como siempre.

Se preguntó si él también se encontraba nervioso, si ese andar tan monótono respondería a una intención de aparentar tranquilidad.

Siguieron andando en silencio. A Jesús no le importaban los silencios, pero para ella eran trágicos. Como si cada minuto que pasaran sin hablar fuese una derrota. Su mente bullía incansable imaginando posibles temas de conversación. Volvió a mirarlo de reojo y observó que apretaba los músculos de la mandíbula. Visualizó la situación desde fuera y le resultó cómica. Eso la tranquilizó un poco. Al fin y al cabo, se podía esperar que Jesús no empezase una conversación de cortesía para romper el hielo.

–¿Sabes que terminé de leer El desdén, con el desdén?

–Ah, ¿y qué tal? –Jesús seguía mirando al frente.

–Me ha gustado. Está muy bien –mintió.

Se cruzaron con una mujer de mediana edad que llevaba de la mano a un niño pequeño. La mujer saludó a Jesús con cortesía. Este apenas la miró, le devolvió el saludo y retomó, raudo, la conversación.

–¿Te fijaste en los saltos temporales?

–Sí, sí, me gustó mucho, todo en general –mintió de nuevo.

Jesús sabía que no se había apercibido de ellos. A él le gustaba mucho esa obra.

–¿Recuerdas la regla de las tres unidades del teatro? –le preguntó, haciendo evidente que no se había creído su respuesta.

–Acción, lugar y tiempo –respondió, seca. El tono brusco de Jesús la había incomodado.

–Moreto respeta dos de ellas: acción y lugar. No así la de tiempo. Para esta sigue la recomendación de Lope de Vega. ¿Recuerdas la transición del primer al segundo acto? –Jesús la miró por primera vez desde que habían empezado a caminar–. Hay un salto importante. Es curioso, un escritor de la escuela de Calderón siguiendo una idea de Lope. Un claro ejemplo de la influencia de este –La expresión de Jesús mostraba un rostro más relajado.

Ella asentía con la cabeza. No sabía qué era peor, si soportar los incómodos silencios o un monólogo acerca de teatro barroco español. Le asaltaron dudas sobre si había sido buena idea quedar, pero se acordó de una película que había visto hace algunos años: ¿En qué piensan las mujeres? En ella, Mel Gibson, después de un accidente, puede escuchar los pensamientos de todas las mujeres. Le entró un escalofrío y apartó esa idea de su cabeza. No quería que Jesús se marchase, así que decidió dejarle terminar.

–Y una cosa muy importante. ¿Viste que no hay ningún elemento innecesario en la obra? Todo lo dispuesto contribuye en la trama. Para que veas, el arma de Chéjov ya estaba inventada más de doscientos años atrás.

Ella no sabía qué era el arma de Chéjov. Le molestó un poco que Jesús hablase dando por hecho que entendía todo aquello que él decía. No sabía si él era consciente de eso y aun así no le importaba o es que en realidad no se daba cuenta.

Pasaron por un puesto de castañas. Ella se quedó mirando; le encantaban. Cuando era pequeña, su madre solía comprarle un cucurucho de castañas cada vez que salían a pasear en invierno. Le gustaba el olor, el sabor, el calor que le aliviaba el frío de las manos, todo.

–¿Te gustan?

Ella recibió el cambio de tema con alegría, tanto que le respondió con una sonrisa desmedida.

–Mucho.

–Vamos a comprar.

Ella dudó. No quería comportarse como una niña pequeña.

Horas antes de salir de su casa había ensayado cómo comportarse para dar una apariencia de mujer interesante. No debería mostrarse demasiado alegre ni demasiado risueña ni moverse demasiado. Todo en ella sería comedido, decidió. También tenía intención de parecer enigmática y, para eso, nada mejor que hablar poco y sugerir serenidad, e incluso una pizca de altivez.

No sabía si un simple cucurucho de castañas podría bastar para acabar con la imagen que quería dar. «¿A Jesús le gustarán las castañas? –pensó–. No hay muchas personas adultas que compren castañas en la calle». Era imposible saberlo. No conocía nada de su vida aparte de su pasión por la literatura. ¿Cuál era su rutina? ¿Cuáles sus gustos? Se entristeció al pensar que ella se empeñaba en proyectar una imagen de persona misteriosa y él, en cambio, lo era de manera natural.

            –¿A ti te apetece?

            Jesús no pudo evitar pensar en su hijo, Rubén. El nombre le sonó impersonal. Rubén. Lo sintió ajeno, poco familiar. Como aquellas veces en las que una palabra de uso ordinario se deforma hasta que su pronunciación causa extrañeza. Rubén. Ru-ben. Rrruuubbbeeennn. Rubenrubenrubenrubén. Rubén.

Recordó un día de Navidad, hace años, en el que él y su mujer, Ana, salieron a dar un paseo con su hijo, como acostumbraban a hacer cada domingo. A Rubén le gustaban mucho las castañas. Ese día, su madre le compró un cartucho, peló una y se la dio, pero Rubén la rechazó y pidió pelarlas él. Ana no le prestó atención y siguieron paseando, gesto que provocó un enfado de Rubén y un posterior llanto. Ana se excusó recriminándole su ineptitud. Rubén miró a su padre; sus ojos estaban húmedos, llenos de impotencia y rabia contenida. Ante los sollozos de su hijo, Jesús decidió sentarse con él en un banco y, con paciencia, explicarle paso a paso cómo se pela una castaña. Los deditos torpes de Rubén no acertaban a quitar la cáscara de una sola vez, y como las castañas estaban calientes, se quemaba los dedos y se soplaba las manos por turnos. La izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha. Ana miraba con atención sin pronunciar palabra. Rubén tardó cinco minutos en pelar una castaña completa. Cuando lo consiguió, alzó el brazo mostrando a sus padres la castaña, libre de cáscara. Un triunfo. Jesús le felicitó y le pasó la mano por la cabeza, despeinándolo. Finalmente, Rubén consiguió pelar todas las castañas él solo.

–Sí, sí me apetece –respondió Jesús esbozando una sonrisa. Las arrugas que se le formaron en las comisuras de los labios le daban un aire cálido y sereno.

Compró un cucurucho y reanudaron la marcha. Él sostenía el cucurucho, de modo que cuando ella quería una castaña tenía que acercar su mano a él para cogerla. Cada vez que tomaba una, lo miraba y sonreía. Se encontraba más tranquila. Jesús se preguntó si a su hijo aún seguirían gustándole las castañas. Ambos siguieron caminando, alejándose del puesto de castañas. Él con su paso regular, ella intentando acompasar su paso al de él.

De repente, una gota cayó en el cristal de las gafas de Jesús.

–Parece que va a llover –dijo, y antes de terminar la frase empezó a caer una tromba de agua.

–¿Has traído paraguas? –preguntó Jesús, alzando la voz.

–¡No! –gritó ella cubriéndose la cabeza con sus brazos y mirando hacia los lados, buscando un lugar donde refugiarse–. ¡No sabía que iba a llover!

Jesús la cogió de la mano y empezó a correr tirando de ella.

            –¡Vamos!

Alba corría tras Jesús y miraba cómo la agarraba. Era la primera vez que se tocaban, ni siquiera se habían rozado casualmente antes. Sintió los dedos de Jesús gruesos y ásperos. Pensó que no habría adivinado que esas manos pertenecían a un profesor de literatura. Le apretaba tan fuerte la mano que sintió mucho calor en los dedos y le empezaron a doler los nudillos, pero no le importó. Tampoco le importó que la lluvia le arruinase el peinado y el poco maquillaje que llevaba. A lo largo de la acera se habían formado grandes charcos de agua que Jesús intentaba esquivar con desigual fortuna. Pasaron deprisa delante de una multitud de personas que se agolpaban bajo una parada de autobús, afanados en resguardarse de la lluvia torrencial. Jesús se distrajo un instante y casi se choca con una pareja que corría en dirección opuesta y llevaban los abrigos por encima de sus cabezas. Ella iba ajena a todo; aferrada a su mano, dejaba que Jesús la guiara.

Corrieron unos minutos esquivando personas y charcos. Jesús se metía por calles estrechas y giraba brusco sin previo aviso. La escena era divertida para ella, hasta que Jesús se detuvo en seco.

–Aquí es –Jesús separó su mano con brusquedad–. Pasa.

Entraron. El bar estaba lleno de gente que se resguardaba de la lluvia y el olor a humedad era intenso. Jesús la invitó a sentarse en la única mesa que quedaba libre. Una mesa pequeña con dos taburetes, uno enfrente del otro, pegada a una cristalera enorme que separaba el bar de la calle. Jesús se dirigió a la barra y ella tomó asiento. A través del cristal observó la calle engalanada con las luces de Navidad. Este año el ayuntamiento había escogido unas luces con forma de velas de diferente tamaño y grosor que se encendían intermitentes. Por mucho que las miraba, no lograba encontrar una secuencia. Dedujo que debía ser aleatoria. Algunos balcones estaban decorados. Unos eran elegantes y otros no tanto. En el edificio de enfrente, un balcón del primer piso estaba adornado con un manto rojo oscuro con los bordes dorados. En el centro había un dibujo del niño Jesús. Ese le gustaba. En el mismo edificio, en el tercer piso, había un balcón adornado con decenas de lucecitas de muchos colores que se encendían y apagaban muy rápido y llamaban demasiado la atención. Colgados del mismo balcón, tres muñecos de los reyes magos. Ella sentía más simpatía por Papá Noel. Le parecía más bonachón. Recordó a su abuela preparando la comida de Nochebuena. Le daba tantas vueltas a la cabeza valorando tantas cenas posibles que siempre se le echaba el tiempo encima. Al final, todos los años hacía lo mismo: besugo al horno y leche frita de postre. «Hoy habría salido, con prisas, a comprar la comida», pensó. La echaba mucho de menos.

–¡Alba!, ¿qué vas a tomar?

            Alba se giró con rapidez. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Sintió un escalofrío que la devolvió al mundo real. Pidió una cerveza y Jesús un vaso de vino tinto. Alba no solía beber cerveza, pero, después de comerse las castañas, había decidido no pedir una Coca-Cola por temor a parecer una cría. Pensó que resultaba curioso que Jesús la hubiese cogido de la mano antes de pronunciar su nombre.

El bar le pareció un sitio confortable. Al fondo de la barra había una estantería con decenas de botellines vacíos de diversas cervezas. Las paredes estaban abarrotadas de reproducciones de cuadros famosos. Los había más grandes y más pequeños, cuadrados, redondos, rectangulares. Alba intentó reconocer alguno sin éxito. El sitio era alternativo, «quizás demasiado para Jesús», pensó Alba. Dudó si era un bar frecuentado por él o lo había escogido solo porque había quedado con ella. De fondo, sonaba música a un volumen muy bajo. Alba tuvo que aguzar el oído para escucharla con claridad entre el murmullo de los clientes. Dedujo que era jazz. No entendía mucho de jazz. No le gustaba. Lo detestaba, de hecho. No podía comprender cómo podían existir personas que escuchasen una música que no tenía ritmo. Se imaginó un típico bar de jazz de los que salen en las películas, lleno de clientes blancos, con sombrero y bigote, disertando, en medio de una nube de humo, sobre la técnica de un saxofonista heroinómano.

Jesús puso la cerveza y el vino en la mesa y se sentó. Miró hacia el cielo a través de la cristalera.

–Vaya cómo llueve.

–¿Este era el sitio al que me ibas a traer? –preguntó Alba.

–Sí… ¿Por qué? ¿No te gusta? –respondió Jesús, removiéndose en su asiento.

–Sí, sí. Lo decía porque como nos ha sorprendido la lluvia, no sabía si habías improvisado el plan.

            –Este era el sitio –Jesús sonrió.

–¿Vienes mucho a este bar?

            –No suelo salir mucho, pero sí he venido algunas veces.

            –Son bonitos –Alba señaló la pared llena de cuadros que quedaba a la espalda de Jesús. Este se giró.

            –¿Verdad que sí?

            –Sí –respondió.

Los cuadros no le interesaban, solo quería iniciar una conversación.

–Mira –dijo Jesús señalando un gran cuadro en el centro de la pared–. ¿Ves ese de ahí, el azul grande? Se llama Impresión, sol naciente, de Monet. Es considerada la primera pintura impresionista. –Alba asentía mientras Jesús, que estaba girado observando el cuadro, hablaba–. Al inventarse la fotografía, ya no tenía sentido buscar la realidad al pintar, razón que impulsó a un grupo de pintores a dedicarse a buscar otros motivos en sus pinturas. En este caso es la luz. La luz y el color. Observa el color del cielo. Mira cómo desprende sensación de humedad –Alba pensó que en el bar había más humedad que en el aquel paisaje–. Es el primer movimiento pictórico en el que prima la impresión por delante de la copia. En su momento fue un verdadero escándalo, tuvo que soportar muchas burlas y desprecios –Jesús se volvió y bebió un trago de vino. Alba no sabía qué decir, así que siguió asintiendo.

–¿Y ese? ¿Lo conoces? –Se le ocurrió preguntar a Alba, que señalaba un cuadro al lado de la pintura de Monet.

–Eh…, no…, ese no –Jesús se ruborizó.

A Alba le hizo gracia la reacción de Jesús y tuvo que reprimir la risa. Jesús se había sonrojado y procuraba disimularlo bebiendo un trago de vino.

–Pues es muy bonito. Es el que más me gusta –dijo Alba.

El cuadro era No. 61 de Mark Rothko.

–¿Tú lo conoces? –preguntó Jesús en voz más baja de lo habitual.

–No…, pero puedo inventármelo –Alba apoyó los codos en la mesa y acercó su cara a Jesús. Este se acercó a Alba con los ojos muy abiertos. En su frente se formaron tres profundas arrugas. Alba empezó a hablar más despacio y en voz baja, teatralizando sus gestos–. El pobre Monet estaba desolado. Todo el mundo se había reído de su cuadro del barquito. Monet estaba convencido de que era por pura envidia, ya que él era el mejor pintor de la ciudad. No obstante, la opinión de que su barquito parecía una caca de paloma se instauró de inmediato en toda la población. Hasta su mujer le decía… ¿Cómo se llamaba Monet?

–Claude –respondió Jesús atento.

–Su mujer le decía: «Claude, cariño, no puedes ir por ahí pintando barquitos que ni se distinguen. Mira Velázquez, que pintó a la familia real hasta con perros y todo. Así no te vas a ganar la vida». Y es que a Monet le gustaba su cuadro. Quería que la gente entendiese su arte. Él erre que erre. Justificaba su pintura diciendo que no era un maldito fotógrafo y que habría sido mejor si algunos de los personajes del cuadro de Velázquez hubiesen salido con la cara tan borrosa como su barquito. Ya ni su mujer lo comprendía. Una persona incluso indicó que a lo mejor Monet quería pintar un paisaje realista, pero quizás sufría de miopía galopante –Alba hizo una pausa solemne y continuó con una voz más profunda–. Al cabo de un mes, uno de los críticos de Monet se encontró un cuadro en la puerta de su casa. Estaba firmado por un tal… François…, ¡François Tenom! –Gesticulaba histriónica Alba. Jesús soltó una carcajada–. ¡Qué maravilla de pintura! ¡Qué trazos! Pronto se lo enseñó a todos sus amigos pintores. Todos quedaron maravillados por aquella pintura tan vanguardista del enigmático François Tenom. La expectación acerca del pintor misterioso crecía por momentos. Sin previo aviso, apareció una nota en la que se anunciaba que el gran François llegaba a la ciudad a presentar su nueva creación. Todos enloquecieron. Cuando llegó el día, cientos de personas se congregaron para ver en persona al artista. En esto, apareció Monet y les dijo: «Señores, yo soy François Tenom. Criticasteis con vehemencia mi trabajo anterior, firmado por mí, y alabáis este, que no tiene ni barquito ni nada, pero está firmado por otro. Con esto queda demostrado que sois unos cochinos envidiosos» –Jesús no paraba de reír–. La gente se quedó perpleja y Monet dijo: «Os he impresionado, ¿eh?», y de ahí viene lo de Monet como padre del impresionismo –Alba se recostó en su silla.

–¡Fantástico! ¡Me ha encantado! –Aplaudió Jesús, con los ojos llorosos a causa de la risa.

Detrás de Jesús, un chico muy atractivo miraba fijamente a Alba. Ella le esquivó la mirada. Hacía seis meses que había conocido a un hombre muy parecido a ese. Un chico de una noche. De una tarde, en realidad. No tenía nada que ver con Jesús. Lo conoció en una discoteca. Hablaron poco, se cayeron bien y quedaron para tomar café al día siguiente. A Alba le gustaba más la cafetería de aquella cita. Apenas tenía decoración. Todo el local estaba pintado en tonos grises: las paredes, gris perla; las mesas, gris marengo; la barra, gris antracita. Le parecía elegante. El chico también le parecía elegante. Se fijó en Jesús. Vestía como un hombre de su edad. Por el hueco que dejaba el último botón de la camisa sin abrochar se asomaban algunos pelos negros y otros blancos. Se lo imaginó sin ropa. ¿Tendría mucho vello en el cuerpo? ¿Se mantendría en forma? Miró sus brazos. La camisa no le quedaba estrecha, no podía adivinar si se le notaban los bíceps. Al chico-de-una-tarde sí se le notaban. A él no le interesaba Mateo Alemán ni la literatura del siglo de oro, sin embargo, para Alba no era el típico guaperas de gimnasio sin cerebro. Le gustaba el deporte y la música. No era tan culto como Jesús, pero se podía mantener una conversación con él. Y también había que tener en cuenta el físico, claro, y el chico-de-una-tarde tenía un gran físico. ¿Por qué tuvo que inventarse una excusa para no quedar otro día? ¿Tan mal se lo había pasado? ¿No le resultó atractiva a la luz del día? Si bien sabía que esa era la mejor solución posible si quería evitar problemas, la intranquilizaba no saber cuál era el motivo para no querer verla más. Fuera cual fuese la causa, Alba no lograba apartar de sus pensamientos a ese chico.

Continuará…..

Imagen de Pixabay

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