El sueño de William

Relato encadenado escrito por: Rafael Azgra, Camila Contreras, Carlos Ortega, Ian Gómez, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Matteo Barbato y Esther G.R.

cabeceraRelatoEncadenadoEl joven William, ensimismado en los futuros romances y tragedias de los que su genio sería padre, pasea lentamente bajo la luna estival. Un sopor le atenaza, y cae en un profundo sueño de una noche de verano.

 Entre fantasías, magia y amor la ingravidez del mundo de los elfos envuelve a William en espirales de ensueño.

¡Qué caprichoso es el amor! Que entra y sale del escenario onírico para trascender en el alma del hombre.

 Inquieta se pone tu pluma mi querido Willliam cuando se acerca aquel moro de Venecia, un Otelo que pide a gritos:

 “Te lo ruego, háblame en la lengua de tus propios pensamientos y dale al peor de todos la peor de las palabras”.

 Sobre todo a ese bufón de Christopher Marlowe. Protegido de la reina, niño mimado de la corte. Cabrón con suerte. No contento con tu fama inmerecida, osas robarme los favores de la niña Juliette. No sé si por cuyo rostro zarparon más de mil naves, pero buena parte de mi generosa heredad sí me han costado sus insaciables caprichos. A ti, en cambio, te habrá valido con verter un poco de esa basura italianizante ―sonetos, los llamáis… ¡Sonetos! Jesús― en su oído, más acostumbrado al tintineo de las monedas que a los buenos versos. Sin embargo, cualquier día la fortuna dejará de sonreírte. Te verás envuelto en otra reyerta tabernaria de la que no saldrás tan bien parado como de la anterior. De hecho no verás la luz del alba esta vez. La espada ―o en su defecto la daga― de la justicia se abatirá sobre ti. Y entonces el mundo sabrá por fin quien es William Shakespeare.

Incluso mi querida Juliette, que tantas noches observé desde la lejanía. Ese pequeño balcón testigo de las miradas furtivas, de los versos a la luz de tu ventana y que respondías con dulces y pícaras sonrisas. Todos conocerán al poeta, al autor, al valiente y joven William, esa fue la promesa que durante aquel sueño del dulce ocaso se hizo a si mismo. No importan las promesas de los noctámbulos, pues al segundo un nuevo sueño envuelve al soñador, y de nuevo empieza el subconsciente a atraparlo.

En el acertijo de las ausencias, su rostro se difumina. Apenas recuerda los rasgos. La evocación del hijo reclama para sí ardiente soledad. El dolor de su pérdida se vierte en desafiante ternura, “Mas si entonces viviera un hijo tuyo / mi rima y él dos vidas te darían / para darla a la muerte y los gusanos“. La brevedad del gozo, la infinitud de la pérdida. En  años anteriores la huella vital del escritor nacido en Strafford-upon-Avon se extravía y reaparece en Londres. Hamlet está a punto de emerger. El ritual de escritor le impele a proseguir, a no cejar en su empeño creador. La sombra le acompaña. El Príncipe dirigiéndose a su madre, la Reina de Dinamarca, habla por él, “Lo que yo llevo dentro no se expresa: lo demás es  de la pena

Y tras cubrirse de pena y sombras, mi arte se viste de dudas y de eterno: mi conciencia grita al mundo desde el teatro el acertijo más arduo, y mi voz resuena en la historia a través del talento. Londres se balancea sobre mí, actor mediocre, para convertirme a imperecedero recuerdo…

Y todas las penas, las sombras y las dudas fluyen, deambulando de obra en obra, hasta volatilizarse en sueño.

Soy el amor caprichoso que se viste de mujer, y de sus promesas fértiles: mientras ansío al ángel blanco revivo la ilusión de una noche de verano… Y el deseo, languidecido, se pierde entre miradas homófobas…

Entonces, tras largo y placentero paseo la flora parece moverse, acercarse. William se sobresalta, movido por el instinto primario de la huída; mas no lo hace. De entre los árboles tres figuras oscuras emergen como proyecciones del propio bosque. Tres mujeres, extrañas, cautivadoras. Le rodean y él, aterrado y atraído, se queda quieto contemplándolas. Son sus voces en su mente las que le hablan sin despegar sus labios. «Habla. Pregúntanos. A todo te responderemos». William las mira fascinado. «¿Seré admirado?, ¿querido?, ¿un gran genio?» Las ancianas comenzaron a girar alrededor de él, bañadas por la luz de luna. «Todo te llegará» dice una. «Todo llega en la vida» contesta otra. «Amores, fama, tristeza y alegría» sentencia la tercera parándose en seco frente a William. Baja la cabeza y la capucha ensombrece su tez, al levantarla la cara de una joven doncella conocida aparece frente a él.
―¿Qué hace a mi esposo salir de nuestro lecho a estas horas de la madrugada?
William contempla a Anne, su vientre cada vez más abultado. No hay brujas que le rodeen en la noche veraniega, ni sueños por cumplirse. Y en su interior se gesta una batalla mayor que las habidas hasta la época. Ser padre, esposo y hombre o dejarse volar por los versos que le elevan y le convierten en Dios. Esa noche el dilema concluye como las anteriores veces, acompañando a su esposa de vuelta a la calidez de las sábanas; pero algún día cambiará. Porque el destino es quien baraja las cartas, pero nosotros somos quienes las jugamos.

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Amor y Guerra

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Allí estaban. Dos locos enamorados.

Se habían conocido hacía no mucho tiempo pero la conexión entre ellos había sido instantánea y extraordinaria. Ninguno de los dos se creía lo que estaba pasando; ella le abrazó. Quería sentirse segura entre sus brazos. Se miraban el uno al otro y encontraban paz en los ojos del otro en ese ambiente de destrucción. Las bombas caían a pocos metros de donde estaban ellos.

– ¿Me querrás pase lo que pase?- le preguntó ella.

– Te querré pase lo que pase- le contestó el, sabiendo que posiblemente sería la última vez que iban a estar juntos.

Se besaron por última vez y él salió de su escondite; tenía que ir a buscar sustento. Llevaban allí dos días y si no comían algo pronto iban a desfallecer. Ella esperó durante largo rato, esperando ver esa figura que tanto conocía aparecer entre el polvo que levantaban las explosiones. Estuvo durante varias horas esperando pero se estaba haciendo a la idea de que no volvería a ver al chico al que quería con toda su alma.

Empezó a llorar sumida en su soledad cuando, de repente, sintió un dolor punzante en el estómago; un trozo de metralla la había alcanzado. Aguantó el dolor como pudo, teniendo sólo en la cabeza la imagen de ese chico que se estaba jugando la vida por ella, con la esperanza de que pronto regresara, al menos para despedirse. Sabía que iba a morir.

En medio de su agonía, lo vio. Estaba allí parado frente a ella, como si fuera un fantasma, una aparición. Nunca supo si era una alucinación producto de su dolor o si realmente estuvo allí.

– Lo siento. No pude ayudarte. Una bomba me alcanzó. Pero aguanta, pronto estaremos juntos- dijo él con lágrimas en los ojos.

– ¡No te vayas! Tengo miedo; te necesito- gritó ella intentando alcanzarle con la mano. Parecía que estaba muy lejos de allí; no conseguía tocarle.

– No me voy a ir. Me voy a quedar contigo hasta el final. Recuerda lo que hablamos; para siempre juntos, pase lo que pase.

Y así, tirada en medio de la nada, con la destrucción y el caos abriéndose a su paso, se despidió de este mundo junto con su amado. Los dos partieron de la mano hacia lo desconocido; no sabían muy bien hacia donde se dirigían.

De lo que estaban seguros era que estarían juntos allá donde fueran.

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Otra vez 15 de abril

Por: John Sebastián Castrillón Correa

Aquí estás, 15 de abril, ¿me herirás como la última vez? Te recuerdo muy bien, y mucho más lo que en ti viví.

Recuerda, sí, hazlo, recuerda la última vez que llegaste. Claro, ahí me ves; por supuesto, se me notan las ansias. Mira el rostro palidecido, pero que sonríe y se sonroja al son de un pensamiento. Mira la ropa: más lustrada no pudo haber existido. Huele, sí, hazlo, huele el fino perfume reservado para la ocasión; huele el sudor que se mezcla con él. No te olvides de aquel tonto papel que llevaba en mis manos. ¡Pensar que árboles y pulpos fueron triturados para brindarme papel y tinta y lograra escribir lo que habría de ser mi sentencia de muerte!

¿Recuerdas el largo viaje que tuve que hacer? Obviamente lo haces. Allí lo ves: todo un recorrido; un completo calvario. Lo recuerdo como el camino en el que yo dejaba de ser yo, y me entregaba al pozo sin fin en el que me encuentro.

Mira los ojos alegres y vivos que no sabían de maldad o traición; mira cómo se pierden en bastos lugares desconocidos por la raza humana. El éxtasis y lo que los griegos llamaban hybris estaban allí.

Sé valiente y sigue mirando los hechos; deja la cobardía y observa con el mismo placer morboso que tuviste aquella vez.

Mira al joven enamorado; ve la estupidez que cometerá.

Ahí está el texto: no tiene una sola falla, pues el joven se percató de haberle dedicado las suficientes lunas y soles para que en él no existiese la mácula. La esperanza de su existencia se hallaba en aquel texto; no dudó en hacer su mayor, y más vano, esfuerzo.

¿Aún puedes acordarte de mí cuando lo entregué? ¡Claro que sí, mísero burlón! Ve fijamente, sí, ahí se pasan de unas manos a otras los siete párrafos perfectamente escritos; ahí se van los Siete Grandes que no habrán de recibir ni la más mínima prueba de gratitud.

El joven sonríe decentemente después del rechazo, pero puedes ver cómo los colores de la escena parecen mezclarse con ácido, y se van derritiendo mientras espumean para pasar a tonos otoñales y terminar en escala de grises.

La muerte había venido en forma de rechazo y obtuvo sus ojos.

¡Mira, mira al hombre joven cómo envejece y se queda sin alma; mira cómo pierde la lámpara que encendía su ser!

Ahora le ha llegado la noche, y las tinieblas le han sofocado hasta las lágrimas. Ve cómo pierde sus fuerzas y se reduce a casi un cadáver maloliente; mira la ropa cómo se destiñe para luego desintegrarse.

¡Oh, destructor imperante, ¿cómo te atreviste a abatir a un alma así? Ya no importa, ya no importa.

Hoy estás aquí de nuevo, 15 de abril; mira las cenizas que quedan de mi ser cómo vuelan, sin sentido, tratando de encontrarla; mira mis moléculas restantes perderse rumbo a la nada.

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Una noche contigo

Por: Carolina Peña

Aquellos momentos en los que sus labios rozaron los de ella, sintió una inmensa necesidad de él, de embriagarse con su aroma y perderse en el mar de sus ojos. Se acercó a su cuerpo, le rodeó la cintura con las piernas y devoró sus labios poco a poco, lentamente, sin prisa, pero con hambre y ansiedad. Deseaba locamente enredarse en sus labios y sentir la calidez de su piel contra la suya. Su imaginación voló y en tan sólo unos imperceptibles segundos se encontraba a horcajadas sobre él, acariciando su rostro con los dedos temblorosos, la emoción y los nervios se adueñaban de ella, recorrió con delicadeza cada milímetro de su torso desnudo, con las yemas de sus dedos repasó la línea de su clavícula y el contorno de sus músculos que se tensaban bajo su toque. Pasaron algunos minutos en esta posición, sus miradas se cruzaban llenas de esperanza e inocencia, cómo podía ella, una chica tan común tener a alguien tan perfecto en sus brazos, al alcance de un solo beso. Él era un compendio de ironías, era egocéntrico, pero a la vez humilde, tierno, pero a la vez apasionado, inteligente y prudente al mismo tiempo…, eso era él, era todo lo que ella deseaba, y sin embargo, lo que sabía no podría tener.

Él, con desesperación acunó el rostro de la chica entre sus manos, la besó con pasión absorbiendo el cáliz de su boca. En cuestión de instantes, y sin saber exactamente cómo, su torso y pecho estaban desnudos, la mirada del chico oscilaba entre aquellas curvas y el rostro esperanzado de ella, un leve e imperceptible rubor se expandía por sus mejillas y pómulos, debería sentirse avergonzada, o eso creía, pero con él sentía que podía ser ella misma. En realidad, era casi imposible para ella describir la singular manera en la que se sintió a su lado, su corazón era una mezcla de sensaciones en ese momento; ternura, cariño, deseo, pasión, hambre, desesperación, etc. Todo sucedió así, de repente y a la vez mesuradamente lento, las prendas cayeron, sus cuerpos se exploraron como por instinto propio, sus manos se movieron al unísono como sí de tocar un instrumento se tratara, las yemas de sus dedos quemando la piel a su paso, dejando el rastro inequívoco del fuego de la pasión.

Él se detenía en cada una de sus formas maravillándose de las curvas que observaba, repasaba cada relieve con la punta de sus dedos queriendo memorizar hasta el más mínimo detalle de aquella chica. Seguramente en el mundo habrían chicas más hermosas que ella, con cintura definida y cuerpo de diosa, pero ella, ella era especial, su estructura perfecta, sus bordes y curvas únicos por sobre los demás, sus ojos y su sonrisa  hipnotizarían a cualquiera y lo llevarían a la locura sí quisieran. Su corazón se aceleraba irremediablemente cada vez que la tenía cerca, sus labios en los suyos hacían que estallaran fuegos artificiales dentro de su estómago y que la llama del amor se instalara en los aposentos de su alma. Se declaraba adicto a sus besos, podría quedarse en esa boca una eternidad sí fuese necesario, suaves como el terciopelo y tan provocadores como ningunos otros podrían ser.

Ella, por su parte se encontraba concentrada en su cuerpo, en las suaves líneas que las sombras dibujaban en su abdomen y cuello, con un estremecimiento llevó su boca a la suya, deslizando su lengua entre sus labios, probando de su miel y embriagándose con ella. Su boca se movió suavemente a su cuello, a su clavícula, a sus bíceps, sus dientes haciéndose presentes en algunos momentos. ¡Dios, esto era perfecto! Lo había soñado muchas veces, pero esto era increíble, fuera de serie, parecía magia. ¡Oh, esperen! ¿Sería magia? Chasqueó sus dedos unas cuantas veces y murmuró “kaboom”, pero nada sucedió, la escena permaneció intacta, pero acaso… ¿sería un sueño? Con sus dedos pulgar e índice pellizcó al chico en un brazo, este levemente se quejó, lo cual indicaba que no lo era. Ya más tranquila continúo su camino, sus labios se deshicieron en el abdomen del chico, en sus montañas y líneas se perdieron los besos tiernos y delicados que le dio.

Las prendas cayeron al suelo como una gota de agua resbala por un cristal. El momento estaba lleno de contrastes, de una cascada de cabello negro por acá y rizos castaños por allá, de ojos color avellana en este lado y café oscuro en este otro, de piel tostada por el sol aquí y blanca como la leche allí. El pudor quedó atrás, tan sólo existían ellos dos, y la luna como único testigo de aquellos breves minutos de felicidad.

Los brazos de él se encontraron rodeándola y de algún modo protegiéndola de lo que fuere que quisiera herirla. Sus dedos rozaron su barbilla y posó un suave beso en aquellos labios que lo llevaban al borde de la locura. Sus ojos la recorrieron con interés y cuidado, como sí la pequeña chica fuera tan frágil y pudiera romperse, la habitación se encontraba en total silencio, tan sólo perturbada por el ruido que producía el contacto de sus labios. Sus pieles parecían irradiar en la oscuridad, brillar con luz propia, el fuego se expandía por sus cuerpos. Las yemas de sus dedos se movían por el cuerpo de ella como sí tocara un instrumento, tocaba un DO por aquí y un RE menor por allí, la tonada que producía era tan deliciosa y armoniosa a sus oídos que podría pasar su vida entera en aquellos brazos, en medio de aquellos sonidos.

Su corazón latía muy rápido, golpeaba contra sus costillas amenazando con perforar su pecho, sus uñas se clavaron en la espalda del chico mientras escuchaba sus respiraciones agitadas cerca de sus oídos. Lentamente los suspiros de placer se acompasaron y sus corazones latieron al unísono. La chica le deslizó las manos por su espalda y enredó sus dedos en el cabello disfrutando de la agradable sensación. Él hundió la cabeza en el hueco de su clavícula dejando que el aroma que emanaba de su piel lo dominara.

  • ¿Dónde está tu corazón? – preguntó ella moviendo sus dedos buscándolo. En medio de suspiros el chico levantó la cabeza lentamente y mirándola a los ojos respondió  – te lo robaste tú. –

Una sonrisa se expandió por el rostro de la chica y lo besó, la sensación de sus labios en los suyos siempre haría que su pulso se acelerara, se perdió en el fuego y la pasión, en el tierno y delicado roce de las pieles, en aquel momento.

  • Ven aquí – dijo ella con una sonrisa traviesa rodeándolo con sus brazos y trazando patrones informes en su espalda, mientras repasaba con besos cada parte de su cuerpo – Esto aún no termina. –
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Entumecido por la lluvia

Por: Pablo León Alcaide

Sentado frente a la ventana en este día de chubascos me he asomado a la acera y he descubierto que bajo los paraguas había tanta lluvia como la que estaba cayendo desde el cielo, decenas, cientos y miles de gotas idénticas desplazándose pasivamente y creyendo tomar un camino propio y personalmente escogido, como si esa elección, igual que la mayoría, les perteneciera sin que ninguna fuerza mayor les empujara realmente.
Sin embargo, a pesar de toda la inercia que nos va guiando, siento cierto alivio esperanzador cuando se oye la tormenta y los imprevisibles vientos hacen danzar los aguaceros con la suficiente rebeldía como para empapar el fino papel que se despliega altivo en intramuros.
Somos seres sociales y sociables pero a veces debo girarme, pedir a la gravedad un respiro porque individuos singulares hacen de la sociedad un hábitat demasiado hostil para vivir, vivir en el sentido más profundo de su acepción y que se aleja del logro de enlazar el hoy con el mañana en una consecución tediosa en el calendario. Buscamos la libertad creyendo saber donde encontrarla, pero a menudo nuestros pasos nos llevan una y otra vez a callejones sin salida en un laberinto de decisiones supuestamente propias.

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Pegar el salto

Por: Álvaro Fernández

Dicen que escribir es como volar. Que las palabras son alas y que la hoja en blanco es la noche donde surcan letras de un poeta que naufraga. Estrellas que sangran con indiferencia, destellos incomprensibles.

Pero no solo de ángel se gana el cielo.

Se puede en un jet privado, en ochenta globos aerostáticos, o en una nave espacial, si es que nos importa el futuro. Se puede saltar por la ventana de un piso diecisiete, en ala delta desde el Peñón usurpado, o ser el hombre bala que lanza el cañón de un circo de payasos tristes.

Innumerables son las destrezas con las que se pretende vulnerar la ley de gravedad, llegar a la miel de la luna o volar de mi balcón al tuyo.

Yo elijo mis alas. Con ellas, me río del vértigo. Las despliego en el abismo y allí bailo sin derretirme. Apago el sol con la lengua, y enciendo otros, para dejar una luz prendida.

Me abrazo a la tormenta que se escurre entre tus piernas, y huyo como un ave a la que le sacuden la rama. Me monto al cometa de Bill Halley, y me desintegro en caída libre como meteorito que no se atreve a tocar la tierra. Me apropio de los truenos, y cumplo el milagro de las estrellas fugaces.

¿Hasta dónde llegan mis alas?

¿Adónde me llevarán esta noche?

¿Y mañana?

Los paisajes son míos. Puedo regar con versos la sed de los desiertos o ahogar las penas del mar en las rimas de las olas. Nadar entre delfines infieles y oír el canto de las sirenas sin enloquecer.

Puedo tardar tres sílabas en desnudarte, o escribir hasta la muerte por un perdón que no vendrá.

Mis padres pueden pasear nietos en la plaza, y vos podés estar acá, delante de mí, sonriendo, agitada…

Todo está a al alcance de las manos, de un batir y cerrar de alas.

Solo hay que animarse.

¿Acaso no estuvimos más alto?

Es que volar es lo más cercano a cualquier destino. Nos hace inmensos. Y trastabillar en las alturas de la cornisa de turno, latir esas ansias de lo inevitable, nos invita a probar suerte en esto de escribir y pegar el salto.

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Vendetta

Por: Alejandro Mariana Muñoz

Miré hacia arriba; solo se veían nubes en el cielo. Producían innumerables formas que bailaban en mi imaginación. De repente, la alarma sonó.

Vuelta a la realidad. Subí en el ascensor con la mirada fija en la placa del ascensor: “ELEVAMOS SUEÑOS”. Hoy tocaba reunión con McDorty; era un ser despreciable, un magnate sin escrúpulos. Había conseguido el monopolio de las producciones de televisión aplastando a sus competidores con argucias y trampas.

Entré en su despacho en la planta 27; mi número de la suerte. Mcdorty estaba reunido en una sala adyacente. Me puse cómodo; quería disfrutar lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando salió de la sala, me miró fijamente. Se avecinaba tormenta. ¿El motivo? Tenía en mi poder unas fotos comprometidas de él con Emma, la secretaria. Quería llegar a lo más alto de la empresa costara lo que costara. Sí, esa es mi forma de elevar mis sueños; sólo seguía el mantra de la empresa. Pero Mcdorty no valoraba mi creatividad.

No salió ni una palabra de su boca de dinosaurio. Me miró y me extendió  un cheque por un valor de un millón de euros. Suculenta oferta. Aún así, quería destrozarle. Podía notar como su corazón se aceleraba y empezaba a sudar como un cerdo de camino al matadero.

Me fui sin mediar palabra; Mcdorty se quedó petrificado, sin hacer nada. Tan solo dijo: “Tendrá noticias mías, señor Betray”. Me encantó ver al hombre que tenía el mundo en la palma de su mano sucumbir ante mí como una pequeña hormiga. Cuando las puertas del ascensor se estaban cerrando una mano gigante las abrió. Entraron dos hombres de 2 metros cada uno y con buenos trajes.

Ahora era yo el ser acorralado; Mcdorty no se caracterizaba por sus métodos suaves, precisamente. Esos gigantes bien podrían ser matones que Mcdorty había contratado para robarme las fotos.

Los números iban bajando. 26,25…Imaginaos un león enjaulado durante dos minutos esperando que le ataquen dos hienas agazapadas. 23,22…
Mi cuerpo empezó a temblar por la tensión mantenida. 18,16…

Solo se escuchaba mi corazón martilleando en mi pecho con cada piso que bajábamos.

Finalmente salí; estaba a salvo. Había que celebrarlo; fui al mejor burdel de la ciudad y me pedí una copa de su mejor whisky. A la media hora se me acercó una joven increíble; una diosa. Me lo merecía. Cuando subimos a la habitación noté algo raro en el ambiente; marqué 0027 en mi móvil. Iba a necesitar suerte.

Mis sospechas se confirmaron cuando Jade, mi diosa, se fue al baño. Oí como echaba el cerrojo; no era lo habitual. Al instante siguiente una lluvia de golpes caía sobre mí. ¿Recordáis los dos gorilas del ascensor? Ahí estaban. Este león se defendió como pudo, pero las hienas vencieron.

Sin embargo, me fui con una sonrisa de este mundo. A veces el número de la suerte es algo más de lo que parece a simple vista. La señora Mcdorty recibió un mail con unas fotos muy curiosas.

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¿Alguna vez has hecho el amor de verdad?

Por: Fernando Bermúdez

El pasado siempre ha tenido un toque de curiosidad para mí, para ser exacto es  un tremendo trecho de muertes insaciables, que pocos de sus restos salen al presente. Pertenecer a uno mismo es lo que te hace tan deseable, la vida busca lo que aún no domina, lo que no es suyo, lo que no muere por ella, la vida es un delirio lleno de nostalgia y pasión.

La valentía suele acabar viendo a la muerte de forma cautiva, amada y amiga. Es lo mismo ha poseer el miedo de una forma tangente, dolorosa, inspirada, y con sus olvidos en caída libre.

Hacer el amor es el equilibrio perfecto entre lo humano y lo divino, suelo poseer mis pensamientos al termino de una nota, de un silencio, de lo que mis recuerdos quieren declamar. El miedo me visita cada momento inesperado, en cada exilió de mi mente al creer en mi, es apocalíptico sentir que no eres lo suficientemente bueno para dejar marea en la vida de tu gente.

Y me retorno a pensar en el amor profundo que Mozart, Beethoven, Hemingway, los Fitzgerald, Sabines, Picasso, Dalí, Paz, Benedetti, Márquez, Galeana, Rivera, Orozco, Rulfo, Velarde, y otros más al copular en sus obras, haciendo treguas con la muerte, compartiendo con sus soledad sus emociones, su prosa llena de verdad, sus miedos, ese amor tan profundo que llenaba cada partidura, cada recinto al pintar, cada musa, cada hoja vacía que es penetrada por la tinta. Que bondad, que amor tan grande para trascender con ellos mismos y compartir la sensación a quienes con sus obras se cautivaban.

Hacer el amor, es olvidar que uno existe, es brindar el todo y sentirte con la nada, es ser, en medio de una tregua, es dejarse llevar por la malicia, la lujuria y lo interminable, hacer el amor, es perder el miedo a la muerte, es aún mayor, es morir, tocar el cielo y revivir. No hay mayor sensación que perderse con el miedo y regresar con el cómo grandes amigos.

” Al hacer el amor, sientes una pasión que te hace perder el miedo a la muerte, pienso que el amor que es cierto y real hace una tregua con la muerte, debido que aman con suficiente pasión que apartan a la muerte de su mente. hasta que vuelve y es hora de hacer el amor de verdad”.

Ernst Hemingway (Media noche en parís)

“Soy el ancla que se clava entre los mares, sobre los puertos que desean escuchar nuestros nombres”

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El lápiz mágico

Por: Conxita Casamitjana

Claudia mira el lápiz. Lo coge dándole vueltas entre sus dedos mientras una sonrisa vuelve a sus labios.

«Si pudiera hablar… todo lo que contaría». Aliado fiel a lo largo de muchos años y un puntal imprescindible para su seguridad, aún ahora la acompaña en el bolso.

«Mamá»

La echa de menos, sus abrazos cálidos, los besos de mariposa que la hacían reír y esas cosquillas que tanto la molestaban pero que ahora evoca con nostalgia.

Aún puede recordar el día que le dio ese regalo. Todo lo que mamá hacía siempre estaba envuelto en un no sé qué de misterio, en una delicadeza y en un gusto exquisito. De hecho era casi tan precioso el envoltorio en el que lo escondía, como lo que había en su interior, ¡daba pena deshacerlo! Así fue con aquel paquetito, envuelto en un atractivo papel de resplandecientes reflejos acharolados, de un color dorado y cruzado con un lazo de diminutas estrellas, «tan bonitas como tú» le había dicho en el momento de entregárselo.

Ella lo abrió con cuidado y allí estaba, una cajita con un simple lápiz, eso sí de un flamante color verde brillante.

Claudia recuerda que miró a mamá boquiabierta, ella le guiñó un ojo al tiempo que le susurraba:

– Es mágico…

Acababa de llegar de uno de sus viajes y le explicó que le habían asegurado que era capaz de hacer cumplir los sueños. Le había sonreído al tiempo que le daba un beso.

Ella sólo lo podía mirar, ¡era tan bonito! Lo acariciaba con la punta de los dedos casi sin atreverse a tocarlo. Ese color tan brillante, puro, de líneas armónicas y con unas inscripciones que, según mamá, decían «no hay límite para tus sueños».

Claudia acaricia su lápiz mágico.

Había empezado ese mismo día a escribir sus cuentos. Era como si el lápiz la empujara y las palabras brotaran solas, deseosas de explicar historias. Una tras otra construían mundos, personajes, relatos imaginativos que la hacían sonreír, llorar, pero siempre disfrutar. No volvió a sentirse sola, se había despertado un universo que la llenaba de satisfacción.

El lápiz se convirtió en algo imprescindible. La acompañaba a la escuela, en sus primeros pinitos como escritora, en sus exámenes, en su primer premio…Claudia sonríe al recordarlo, mamá la inmortalizó recogiéndolo, el lápiz mágico en su bolsillo. La foto ocupó un lugar destacado en su habitación.

También puede recordar la desolación que sintió cuando creyó que lo había extraviado, como se desmoronó pensando que estaba perdida, que nada le saldría bien… pero de nuevo mamá acudió, con su sabiduría infinita, explicándole que el poder del lapicero estaba en su interior, que era una parte de ella y que, nada ni nadie, la podría distraer de sus objetivos, que ya no necesitaba apoyarse en nada externo porque toda la fuerza le salía de dentro.

Aún puede verla mirándola con sus ojos verdes.

– Mi amor, toda la magia está en ti, tu eres todo lo que quieras ser. El lápiz ya te lo transmitió junto con la importancia de creer en ti misma. Lo has visto, puedes conseguir lo que quieras, solo tienes que creer y hacer. No hay límite para tus sueños.

A pesar de no estar muy convencida, superó con una nota excelente sus exámenes y siguió recogiendo galardones en su incipiente carrera de escritora. Mamá nunca le decía « ¿lo ves? Es como yo te decía», pero era evidente que, ahora, ella también era mágica.

Mucho más tarde, pasados unos largos meses quizás hasta un par de años, apareció el lápiz de nuevo. Siempre había estado en su habitación aunque parecía haberse escondido, quizás para ponerla a prueba.

Satisfecha, una Claudia ya adulta lo mira mientras sigue acariciando las inscripciones…«No hay límite para tus sueños». Sonríe, ahora sabe que no pone eso en la inscripción, que era algo que mamá había inventado para ayudarla a superar sus miedos, a que confiara en sus recursos y sobre todo, en ella misma.

El lápiz había venido de un lugar especial, de Catemaco, en Veracruz. Un lugar donde se decía que lo que no es mágico, embruja. La capital de los brujos más famosos del planeta, al menos eso es lo que explicaba la propaganda turística, y para ella, ese regalo de mamá había sido algo muy especial en su vida, y aún lo seguía siendo, le había ayudado a superar cada una de las pruebas que la vida le había puesto.

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La salida

Por: Alice Miller

Tres y doce de la madrugada. La habitación está a oscuras. La única luz emana de la pantalla del portátil. Cantidades ingentes de nicotina y agua (hace años el líquido elemento era amarillo) llevan a su cuerpo al estado de relajación que ella busca. Con heridas en la piel abiertas y el humor suficientes para llenar de contenido las películas que Woody Allen filma en un año, intenta buscar las palabras que algún ladrón le robó. Cada madrugada. Con los dedos rotos, las yemas sangran al reescribir la historia.

De mayor quiere ser escritora, siempre lo tuvo claro. Desde que mentía a los quiosqueros para sacar el doble de paga un domingo. De niña quiere ser mayor para explicarle a su madre dónde está la salida. Ella de momento se esconde en su habitación. Cuando cierra su puerta, la habitación rosa poco a poco se transforma en un bosque verde. Y no escucha gritos, excusas, cristales rotos, llantos agónicos. Sólo pájaros, el viento y la naturaleza. Pero sabe que existe todo eso ahí fuera. Evita abrir la puerta no vaya a ser que el verde bosque se le escape como aquel periquito azul. “

“Esto es una porquería”, piensa mientras borra el párrafo dejando la pantalla en blanco… Tiene cincuenta y dos años y todavía no ha publicado ningún libro. Es su frase preferida cuando quiere flagelarse.

Escribe para varias revistas digitales y da conferencias sobre su especialidad: La Terapia Racional Emotivo Conductual aplicada a la prevención de depresiones en adolescentes. Apenas sonríe desde que le abandonó el publicista que adoraba al escritor esquizofrénico argentino, hace año y medio. Toma mucho café y fuma como una colonia de indios eternamente peleados. Vive en un pequeño ático en el centro de la ciudad. Devora libros. Consume comida ecológica y es adicta al sol y al Pilates.

Investiga dos veces por semana en la universidad. Los jueves queda con Eva para tomar gin- tonics e intercambiar impresiones sobre sus semanas. Así durante los últimos quince años. Es feliz asumiendo que se dedica a lo que más le gusta, su especialidad médica, pero ella de mayor quiere ser escritora. Para volver al bosque y no escuchar mentiras y justificaciones absurdas. Para abrir  la ventana todos los anocheceres y salir a volar después de cenar, media horita: lo recomiendan todos los facultativos en el País de Nunca Jamás.

Duerme mal desde que él le escribió un email hace un mes diciendo que necesitaba verla. ¡Qué cutre! Ni siquiera una llamada. Se repite el vals nocturno del último mes: Todas las noches se despierta. Mira el reloj. Va a la cocina a beber agua. Vuelve a la cama. Todo está tranquilo y eso la intranquiliza. El desasosiego le obliga a levantarse de nuevo.

Sentada frente al ordenador, intenta por enésima vez esa noche escribir algo bueno. Que revolucione al público. Un bestseller, sus publicaciones médicas, infinitas, no las cuenta como literatura. Enciende otro cigarrillo esperando que la inspiración llame a su puerta y traiga algo de sushi y una botella de champán rosado.

“La muy zorra debe estar pasando la noche con algún cantautor joven de pelo negro y barba de tres días”, sonríe para sí, pensando que ella antes desaparecía con músicos y le vienen a la memoria aquellas noches llenas de sexo, guitarras y promesas hechas estribillo. Recuerda que el publicista toca la guitarra. Le hace un hueco a la melancolía en su escritorio. La resignación le vence y vuelve a meterse en la cama.

Sale a la mañana siguiente de su casa camino del trabajo. En el coche siente otra vez esa extraña sensación. Espera en el semáforo y percibe algo raro en el conductor del vehículo de detrás. No puede ver bien, parece un coche pilotado por una enorme masa negra. Pasa el semáforo en rojo, acelera y su acompañante hace lo mismo. Le pisa los talones. Lo tiene muy cerca. Puede ver lo que parece… Dios, una coma, un signo de interrogación, un par de heterónimos, los verbos comodín, la maldita polisemia…? No entiende nada.

Pisa el freno para reducir  y tomar la siguiente curva y así evitar el camino hacia el acantilado en la carretera de sentido único. Un momento. No puede frenar. Desesperada pisa el pedal de freno que no responde, y puede ver a toda velocidad el cartel de “No pasar”. Grita. Suelta el volante. El corazón le va a mil. Cierra los ojos.

El teléfono móvil vibra. Eva está llamando. Responde al teléfono todavía atontada.

Dormilona, a la ducha. En media hora te paso a buscar. Hoy nos reunimos a las doce por lo de tu libro, ¿recuerdas?. Me llamó ayer el elfo (Eva no soportaba al ex de su amiga), seguramente vaya esta noche a la presentación de Lorenzo Silva. ¡Qué cretino!

—¿Qué? —ella iba rumbo a la universidad, no entiendía nada…

—La pesadilla otra vez… ¿Qué necesitas para acabar con la autoexigencia? ¿Un cirujano? Arréglate que salgo para tu casa en cinco minutos. Mua, mua.

Se dirige al cuarto de baño pensando qué ponerse, sobre todo para la presentación de esa noche. Hace un año que no se ven. Regaña consigo misma y le da un toque de atención a su amor propio. Toda la vida luchando contra su miedo al compromiso. Hoy admite que le quiere y contra eso no puede hacer nada.

Con el agua caliente cayéndole por el cuerpo toma conciencia de su materia y de su espíritu. Y sonríe porque le da igual ser correspondida en el amor: Es una de las finalistas del premio Planeta.

Más tarde, esa noche, enfundada en su mejor vestido de gala rojo charla de espaldas a la multitud con un viejo amigo abogado y, con Eva y el marido de ésta. Le agradece a la vida el aprovisionamiento de alcohol sin el que la fiesta sería un auténtico coñazo. De repente, reconoce esa dulce voz que todavía hace que ardan sus entrañas:

—Vaya, la finalista… —sonríe y se gira sabiendo que va a encontrarse con esos ojos en los que hacía submarinismo en otra vida.

—Ganadora, cretino. Tu misoginia te impedía encontrar literatura femenina pasable a tu alrededor, y mira por donde, compartía cama contigo.

—El libro es estupendo, de verdad. Y esta velada un fastidio. Vámonos de aquí.

A pesar de los gritos de advertencia de su orgullo, su autoestima y su seguridad, ella no escucha nada porque ya está bañándose en los ojos de él. Abandonó la fiesta del brazo de su amado, con la cara iluminada por la sonrisa que hace más de un año había perdido. Él volvió a cantar después de hacerle el amor en un hotel. Ella cerró los ojos y disfrutó de su canción sabiendo que todo en la vida es efímero. La salida no consiguió ganar el primer premio. Ella vive en la playa escribiendo libros y ayudando a otros a superar bloqueos vitales. Del elfo nada se volvió a saber en mucho tiempo. Ella se compró un periquito y lo llamó Légolas.

Imagen de Pixabay

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