Para eso son las amigas

Por: Katy Chocrón

Ingresó sola y recelosa al mayestático salón de fiestas donde se llevaría a cabo la boda del año.
Estaba invitada por el lado de la novia, así que después de casi 2 meses sin salir ni divertirse, le apeteció ir a ese evento que prometía ser inolvidable.
Estaba muy ilusionada y ese domingo después de almorzar y dejar a sus niños listos, se fue a secar y a maquillar para llegar y probarse varios de los trajes que habían sido los preseleccionados antes de decantarse por el ganador. No todos le quedaban como ella hubiese soñado. La depresión hizo que aumentase algunos kilos en poco tiempo, así que fue muy difícil escoger y más aún creer, que alguno se le vería bien. El ego últimamente se le había escapado y no lo hallaba por ningún lado.
Pero a pesar de todo, esa noche tenía ganas de ir a esa fiesta y olvidarse de sus complejos.
Cuando se separó de su marido, supo con resignación que el aburrimiento y la nostalgia no eran un estado de ánimo, sino su modus vivendi, y solo las veces que salía esporádicamente a tomarse algo con sus amigas, llegaba renovada a su casa y con ganas de abrazar a sus hijos que lo que obtenían de ella eran gritos y hostilidad. ¿Pero quién puede culparla ni menos juzgarla?
A veces su mustio estado de ánimo la dominaba más de la cuenta. Lo pensó mil veces antes de entregarse a esa osada aventura.
Ella creía que no se estilaba que una mujer de 39 años, se apersonara sin compañía, a un evento al que la mayoría asiste acompañado, y no porque fuese un mandato divino el hecho de tener que ir con alguien, pero era prejuiciosa y ya de antemano se angustiaba de imaginarse sola y aburrida.
Sin embargo esa noche “quería ir a ver y dejarse ver, a ver si alguien de buen ver la veía”. Pero como en todo reto, corría el riesgo de que aquel hombre quimérico con el que soñaba, estuviese, pero no se interesase en ella, o que si estuviese, no hubiese forma de que se conocieran (últimamente ya nadie se toma la molestia de presentar a terceros), o que simplemente no estuviese y ella esa noche llegara a su casa sin coincidir con el que remotamente pudiese reunir las características, que deseaba, portara el caballero ideal.
Aunque tenía a alguien, no era lo que quería para su vida. Sabía que debía rehacerla, porque aquel hombre con el que había salido unas cuantas veces, para nada le convenía. Aunque ya se habían dejado, él seguía llamándola y buscándola, y ella cedía, porque en el fondo le encantaba.
Y así fue como esa tarde, contra todo pronóstico asumió que iría a esa boda. Una vez que llegó, se adentró con pies de plomo en el salón, aparentando una seguridad atípica en ella. Iba recorriendo con la mirada las caras a veces conocidas y otras no tanto, al tiempo que saludaba con la efusividad que se merecía el personaje fortuito que se iba topando. A unos más a otros menos, porque la reciprocidad debía ser directamente proporcional de ambos lados y emanar en partes iguales.
Mujeres que lucían altivas sus pomposos trajes de lentejuelas y strass, desfilaban glamorosas y con aires de petulancia. La misión de algunas era recorrer la espaciosa sala de una punta a otra buscando ser el epicentro de cotilleos y miradas delatadoras por parte de la competencia femenina.
Los saludos y comentarios alusivos acerca de la magnífica decoración y lo hermosas que estaban las mujeres protagónicas, era la conversación que sostenían las féminas, mientras los caballeros -con vasos semi llenos de añejados whiskys- charlaban con desenfado de la grave crisis que afectaba el país, aunque eso no evidenciara que les deprimiese un ápice. Ellos, entre chistes y comentarios vacuos, pasaban las horas picando de aquí y allá, lo que camareros diligentes ofrecían.
La pugna de las damas era de otra índole, y ella lo presintió enseguida. Ninguna admitiría (ni a punto de ser quemada en la hoguera) que alguna de ellas lucía preciosa o llevaba un vestido espectacular.
Cada una discreta, recorría sin ser vista, el traje enaltecido por maquillaje, peluquería y accesorios de su compañera, y solo si había un vestigio de bondad y las palabras no se le enganchaban en la campañilla, aquella alma piadosa, dejaba aflorar un comentario de que la otra se veía muy bien, lo que naturalmente era agradecido por su homóloga socialité.

Pero a veces ese halago sincero, no siempre sería devuelto en la medida de quien con mucho esfuerzo lograba romper la barrera de lo infranqueable. Sucedía que la proveedora de halagos, no siempre obtenía el beneplácito de recibir de boca de su amiga, el mismo adjetivo calificativo. A veces ese toma y dame era perversamente medido y no era devuelto con inmediatez.
Pero lo peor no era no recibir después de haber dado. Lo agónico era que en vez de una rosa, a ella le lanzaron en esta oportunidad, una piedra filosa que le quebró aún más el ego. Y es que si el adjetivo calificativo no se pronuncia con el fin de enaltecer, y por el contrario sólo busca ofender, lo mejor será ahogarlo entre las paredes del estómago para que los líquidos gástricos, lo fulminen para siempre.
A pesar de la guerra sin cuartel que se desata cuando coinciden varias mujeres que están locas por llevarse el cetro virtual de la corona, (que no es más que el del título nobiliario de ser la máxima representante de la elegancia), hay un código honorable que debería hacerse presente con la regla irrestricta de jamás romperse. Y es el de abrir la boca, únicamente para pronunciar palabras que sean para loar y halagar.
En caso contrario, de que las entrañas de aquella dama estén tan ulceradas como para sólo pronunciar palabras ofensivas, debería hacerse un favor tomándose 2 litros de Tabasco con extra de Wasabi para que toda la mucosa bucal y lingual, se incineren como si fuera una gran feria de fuegos artificiales.
No es posible que la gente sea tan despreciable que no pueda admitir lo bueno en los demás, y solo estén en este mundo para destruir.
Y eso justamente fue lo que le pasó a mi susceptible protagonista.
Ella, que sí fue capaz de decir con total sinceridad lo guapa que estaba la amiga a quien acababa de encontrarse, no recibió a cambio el clásico “tú también lo estás”. La respuesta de aquella fue “tú lo estás sólo de cara” y a ella que no había que recordarle que tenía un extra de 10 kilos le respondió “Gracias. Qué sutil que me específicas que es sólo de cara”.
Pero la que cometió la falta, lejos de disculparse volvió a arremeter recordándole que estaba gordita, y que no pretendiera que las personas le dijeran lo bien que se veía, cuando eso no era cierto.
Y entonces mi protagonista se silenció a pesar de las ganas que tenía de engancharse, porque necesitaba desaparecer y dejar de hacerse mala sangre. No estaba dispuesta a seguir recibiendo golpes bajos y menos de ella.
Excusándose vagamente, le dijo que necesitaba ir al baño con intenciones de no volvérsela a encontrar en toda la noche. Pero irónicamente, estaba feliz de haberla visto; tenía un motivo oculto que aquella amiga no podía siquiera imaginar.
Cuando comenzó a alejarse, supo que aquel hombre que no le convenía, (pero que todavía le gustaba), estaba en la fiesta y empezó a buscarlo ansiosa.
Una vez que ambos coincidieron con los ojos y se miraron fijamente, ella entonces dudó, si él le atraía más que nunca, porque estaba vulnerable esa noche, ó porque precisamente aquel fascinante caballero, era el esposo de su amiga.

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La noche es para cazar conejos

Por: Rafael Azgra

La noche es cerrada y fría, pero yo lo ignoro. El aire vaporoso emerge de mis fauces de forma rítmica al tiempo que sigo un rastro claro. El instinto me dice que a pocos metros un conejo zigzaguea intentando darme esquinazo.

“La noche es para cazar conejos”, suele decir el hermano Alfa. Y eso hago: procurarme una buena pieza para subsistir esta noche.

Voy ganando terreno. No lo veo, no necesito verlo. Su olor es intenso, puede distinguirse fácilmente entre los demás aromas del bosque.

Al saltar por encima de un matorral atisbo por primera vez mi presa. Su pelaje es pardo, un poco más claro que el mío, lo suficiente para contrastar con la negra superficie de la arteria de alquitrán que divide en dos nuestro hogar. Ya casi lo tengo. Un par de zancadas más y cumpliré mi deber como depredador de la naturaleza.

Súbitamente, al comenzar a cruzar sobre el asfalto, algo me ciega. Los dos deslumbrantes ojos de una de esas bestias de metal se acercan rápidamente. No consigo reaccionar y recibo el golpe en mi pata izquierda.

Mi lamento se expande por el aire nocturno mientras el monstruo se aleja sin siquiera aminorar la marcha. El conejo me lanza una última mirada burlona desde el otro lado, antes de alejarse en dirección a la laguna.

Tengo que salir de aquí. Podría haber más de aquellas temibles bestias, cuya letalidad aumenta a medida que se hacen cada vez más silenciosas.

Con enorme esfuerzo y dolor consigo ponerme en pie y mantenerme sobre mis tres patas medianamente sanas. Y me oculto entre la maleza, hacia la oscuridad.

No consigo reprimir algún aullido lastimero, pero no me detengo. El sabor de mi propia sangre me inunda la boca y cada vez siento más frío y cansancio.

Llego a un claro. Este podría ser un buen lugar para tumbarme un rato y descansar.

Escucho a los hermanos de mi manada llamándome. A todos: los pasados y los presentes.

Yo les respondo: “Estoy aquí” y me doy cuenta de que ya no me duele nada.

Es una sensación como no he experimentado antes. Corro al tiempo que me elevo. Mi pata está perfectamente y, por primera vez, contemplo el mundo por encima de las copas de los árboles.

Veo a mis hermanos acercándose al claro. Mis ancestros aúllan como uno solo a la luz de la luna y yo me reúno con ellos. Me despido de la vida y a mis hermanos les digo: “Hasta la vista, soy uno con el viento”.

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A los campos de guerra

Por: Héctor Cediel

Qué absurdos son los conflictos, cuando se engendran con odio, los sueños de los hermanos. Qué doloroso y qué secuelas más sanguinolentas se tatúan, cuando hablamos de la toma de espacios a la fuerza. Las noticias me producen vómito. No entiendo, como solo escucho rebuznar, a los que piensan que es el caos de la desinformación. Se lucha por los intereses de un pueblo que siempre tiene que huir desplazado. El ocaso reemplazó al Sol de la vida, al Sol de los enamorados, al Sol de los eclipses románticos. El campo hiede, como cualquier campo de batalla. La aristocracia mutó en convenciones de chacales, en bestias con pezuñas y con una hambruna, murte rapiñera. Los combates se ganan, sacrificando jóvenes ilusos, inocentes de parte y parte. Los cerdos jamás pensaron ni pensarán en un acuerdo limpio y justo. Ambos viven convencidos de estar ganando esta guerra; ninguno ve todo el terreno perdido ni cuantas páginas blancas escritas con negras historias. Cayó el muro y algunas doctrinas obsoletas, pero aquí aparece como si nunca se hubiesen conocido, esas noticias. El dinosaurio del Caribe se muere de nostalgia. Hoy escribo en la oscuridad añorando la luz del alba…Y tus besos…Y tu sexo… ¡Para huir del infierno!

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Buen gusto

Por: Álvaro Fernández

Buen gusto, lo que se dice buen gusto.

¿Quién lo define?

¿Hay normas que establezcan el buen gusto?

Dalí decía que era sencillo reconocer a una persona con buen gusto porque la alfombra debería combinarle con las cejas.

Tengo placeres que horrorizarían a más de uno, pero también —por qué no—  darían ganas de probar o celebrar la coincidencia.

La decencia de aquél es escándalo en el paladar del hipócrita.

Es picante y dulce. Es el lunar que succionan los infames, el ácido que los atraganta, el bocado que chupan sin digerir. Es el reflejo del espejo que no aceptan, su proyección personal de lo prohibido, los ojos que no se atreven a mirar.

No les gusta.

Hay buenos gustos que definitivamente no me gustan.

¿Protocolo?

Sí. Lo interpreto con tolerancia y hasta lo disfruto con gusto, siempre y cuando no sea en exceso. Me empalaga, como mucha de la literatura que consumo a diario.

“Hasta los papeles que hay en el piso”, como sugería Cervantes.

Y así voy.

Leyendo buenas historias mal contadas, y auténticos bodrios, que de lo bien escrito que están, dan ganas de volver a leerlos.

También están los poemas. Las metáforas a mano armada, las imágenes desempolvadas, los sonetos usurpados y las rimas patrimonio de la humanidad.

Porque verso sobra, lo que faltan son poetas.

La subjetividad tiene esa magia: nos da la razón a pesar de ser opuestos. Aunque vos blanco y yo negro. No importa. Los dos la pegamos con el color, los dos dimos en el blanco, dimos en el negro.

Tu verdad es igual o más absoluta que la mía.

Pero hoy no…

Por eso ese cuento, ese relato que a vos te partió la cabeza, o ese poema que iluminó de abstractos tu alma soñadora, para mí es una auténtica porquería.

Y viceversa, claro.

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Recuerdos

Por: Carolina Peña

Sigo preguntándome cómo estás, sí tan sólo pensaras en mí de la manera en la que yo lo hago. Sí aún queda algo del inmenso amor que nos profesamos. Sí aún se acelera tu corazón al escuchar mi nombre tal como lo hace el mío cuando escucha el tuyo.

Ha pasado más de una década desde que te fuiste y aún no logro olvidarte, ha sido imposible sacarte de mi mente; de mi corazón.  Sigo anhelando tus besos y tus caricias; tan dulces como el cáliz y tan frescas como la tinta en el papel, tu sonrisa; esa que le daba luz a mi vida, tan brillante y esplendorosa como ninguna otra, tu cabello; un bosque de rizos en el que me perdía intentando explorarte, tu boca; la única que despertó en mí mucho más que fuego, aquella que me llevó al borde de la locura tantas veces.

Recuerdo todo de ti; el tono de tu voz y la suavidad de tus “te amo” en mi oído. Recuerdo el sabor de tus labios y tu piel. Es un acto de masoquismo recordarte,  pero al recordar tu risa y tu mirada mis días dejan de ser grises, sin embargo… los recuerdos duelen.

Podría intentar olvidarte, pero eso es tan doloroso como si laceraran mi corazón porque mi piel aún está impregnada con tu olor; como a fresas silvestres y libertad. Si, libertad porque cuando estuve a tu lado jamás me sentí cautivo. Tu amor era mi oxígeno. Y mentiría sí digo que no fuiste importante cada vez que me preguntan por ti, mentiría sí te digo que ya no te amo y lo haría otra vez sí dijera que ya no significas nada para mí. Y mentir duele, duele más que la verdad. Sí fingir amor es difícil, no quiero imaginar la idea de tener que fingir olvido. Sí buscaran en el diccionario el antónimo de la palabra olvidar, seguramente tu nombre estaría allí. Eres como ese libro que he leído mil veces, del cual conozco todos los detalles, pero que aun así jamás dejaría de sorprenderme. Eres hielo y fuego, tristeza y alegría, atardecer y amanecer, sol y lluvia… Tú eres todo y nada.

Puedo decir quién eres sin omitir detalles. Decir que odias que las personas te llamen por tu primer nombre, que te encanta el chocolate y que jamás te gustaron los champiñones. Puedo mencionar que tu sonrisa es tan blanca que contrasta perfectamente con el rojo de tus labios, dándole a tu rostro sensualidad y picardía.  Y no estaría de más decir que preferirías morir antes de lastimar a un animal o de romper un libro. Podría quedarme aquí escribiendo sobre ti, sobre tu tersa piel o las maravillosas curvas que tiene tu cuerpo. Podría sentarme horas a hablar sobre tu belleza, sin embargo, ninguna pieza de papel sería suficiente para plasmarla.

¿Qué sí recuerdo el día en que nos conocimos? Si, por supuesto que lo hago, o tal vez tan sólo recuerdo la manera en la que te sonrojaste cuando dije que eras hermosa.

O quizá solo tengo en mi mente el momento en el que te  besé por primera vez, el delicado roce de tus labios con los míos y las punzadas de electricidad que se extendieron por todo mi cuerpo, el leve temblor de tu cuerpo en mis brazos y la bella sensación de tener alguien como tú a quien aferrarme.

Hoy escribo todo esto porque no quiero olvidarte, quiero inmortalizarte, que todo el mundo vea cómo te veo yo a través de mis ojos. No quiero olvidarte nunca porque es la única manera de poder revivir los momentos que pasamos juntos una y otra vez. Creo que no sólo es que no puedo olvidarte, es que no quiero, y tengo muy claro que querer es diferente a poder. Olvidarte significaría perderte; perderte para siempre. Y créeme no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

*******

 El otro día caminaba por el parque observando los frondosos árboles y te vi. Estabas tan hermosa como la primera vez, en esta ocasión llevabas un vestido corto de flores, unas sandalias de tacón y tu bella sonrisa puesta. Me quedé congelado al verte y podía escuchar el eco de los latidos de mi corazón. No estabas sola, estabas con él, quien ocupó mi lugar, quien te dio lo que yo jamás pude. No sentí rabia ni celos porque sabía que estabas feliz; que lo estabas sin mí. Al marcharme, no pude evitar mirarte una vez más, grabarte en mi mente, así, con sonrisas en lugar de lágrimas, con esperanza en tus ojos en lugar de tristeza. Caminé con la cabeza gacha y una lágrima rodó por mi mejilla, la enjugué con mi pulgar, y supe que ningún sufrimiento podría compensar el daño que te hice.

Te pido perdón por lastimarte, por romper tu corazón, por jugar con tus sentimientos, por no amarte como lo merecías. Te pido perdón por no curar tus heridas aun cuando pude hacerlo. Pido perdón por no ser lo qué necesitabas. Sé que nunca será suficiente y que es tarde, pero tan sólo al perderte me di cuenta de tu valor, del amor que sentía por ti, ese que jamás te entregué por miedo, por cobardía…

Y al grabar estas palabras en el papel lloro, lloro porque no aproveché la enorme fortuna de haberte encontrado. Lloro porque tan sólo a unos pasos de la muerte pude realmente apreciar el tesoro que tuve a mi lado, aquel que dejé escapar por ir en busca de más. La muerte llama a mi puerta, sé que está cerca, puedo sentirla, el hielo recorre mis venas, tengo miedo, miedo porque no sé qué me espera más allá, pero sobretodo, miedo de no toparme contigo en mi próxima vida. Ya casi llega, mi fin está cerca, intentaré llevar esta carta conmigo, ya sabes, para recordarte allá, en lo lejano, donde te esperaré. Una densa oscuridad se posa tras mis ojos, creo que ya llegó, es hora de partir hacia un viaje sin retorno.

Allí está mi cuerpo inerte con una pluma en una mano y un pergamino en la otra con sus ojos cerrados y su piel pálida y languidecida.

Adiós o mejor, hasta luego.

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Tras el cristal, la lluvia – Segunda parte

Por: Samuel J. Noé

SEGUNDA PARTE

Se quedaron unos segundos en silencio. Jesús creyó ver, apoyada, al final de la barra, a una mujer que conocía y entornó los ojos para enfocar mejor. Alba entendió que Jesús quería otra copa.
–Mi turno –dijo Alba, que se levantó y fue hacia la barra.
Jesús no hizo ademán de levantarse de su asiento. Observó a Alba alejarse. Aún seguía teniendo el pelo mojado, lo que provocó que la camiseta estuviese mojada en una franja que recorría su espalda desde el cuello hasta la cintura. Movía las caderas con gracia al caminar. Tenía una cadencia particular. Sus glúteos subían y bajaban, danzarines, pero la redondez de su trasero era inmutable al movimiento. Apartó la vista y dirigió su mirada hacia la calle. Un anciano intentaba tirar al contenedor de basura un vetusto árbol de Navidad artificial, de tamaño mediano y ramas casi desnudas. El contenedor rebosaba bolsas de basura y el anciano no encontraba hueco para colocar su árbol. Después de varios intentos, lo depositó con cuidado a los pies del contenedor y se marchó.
Hacía muchos años que Jesús no celebraba la Navidad. Recordó la última que celebró. Su relación con Ana ya se encontraba sumida en la crisis y ninguno tenía ganas de festejos. Ese año dejaron que Rubén decorase, él solo, el árbol de Navidad. El día 25 de diciembre le regalaron una bicicleta sin ruedines. Rubén se alegró mucho, dio saltos de alegría y abrazó a sus padres con efusividad. Ana y Jesús no se miraron.
Más tarde, el mismo día, los tres salieron a dar un paseo para que Rubén estrenase su bicicleta nueva. Volviendo a su casa se encontraron de frente con un hombre. Ana se puso nerviosa y empezó a hablar con su hijo fingiendo que no lo había visto. El hombre fingió no conocerla y miró, aparentando naturalidad, hacia el lado contrario de la calle. Los dos buscaban camuflarse entre la gente. Pero Jesús no pudo reprimirse. Cuando pasó a su altura se abalanzó sobre él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. Él reaccionó rápido y ambos se enzarzaron en una pelea. Ana intentó separarlos, sin conseguirlo. Rubén, de pie e inmóvil, lloraba desconsolado viendo a su padre pelear con otro hombre. La gente se alejaba del foco de la pelea y se quedaba a mirar. Solo se escuchaba el sonido de los golpes y un sonoro murmullo. Nadie intervenía ayudando a Ana en su intento de separarlos. Jesús perdió la conciencia del tiempo que pasó peleando, solo recordaba revolcarse por el suelo, dar y recibir puñetazos. Finalmente, Ana logró separarlos. Rubén seguía sin moverse, con un llanto incontenible. Ese mismo día Ana tomó una decisión.
Una angustia repentina le subió por la garganta al descubrir que no recordaba con exactitud la cara de su hijo. Recordaba a Rubén saltar, abrazarle, llorar. Recordaba acciones, no imágenes. Recordaba verbos, no adjetivos.
Jesús miró a Alba, que regresaba con las bebidas. Se preguntó si su hijo haría buena pareja con ella.
–Está bonita la calle adornada para Navidad, ¿verdad?
–Sí –dijo Jesús–, muy bonita.
Alba se sentó. Pasaron unos minutos en silencio. Él pasaba la yema de su dedo índice por el borde de la copa de vino, trazando círculos. A Alba no se lo ocurrió un tema de conversación interesante, por lo que no tuvo más remedio que recurrir de nuevo a su trabajo.
–¿Qué tal van las otras clases? –le preguntó, sacando a Jesús de su ensimismamiento.
–Un poco liado preparando exámenes y trabajos.
–¿Sabes a qué escritor he escogido para hacer el trabajo de este cuatrimestre?
–Sorpréndeme.
–A Mateo Alemán.
Jesús no sabía qué pensar acerca de eso. Hacía una semana que había mandado hacer un trabajo a cada alumno sobre una obra en prosa de un autor, a escoger, del siglo de Oro. Estaba convencido de que la mayoría de los alumnos iba a escoger a Cervantes o a Quevedo. Él había expresado en clase varias veces su interés por Mateo Alemán y su obra Guzmán de Alfarache. ¿Por qué Alba había escogido ese autor? Esa pregunta no le gustó e intentó apartarla de su mente.
–No hablemos de eso. Cuéntame algo de ti –La exhortó Jesús de improviso.
–¿Qué? –El ex abrupto la había descolocado.
–Cuéntame algo de ti. No sé dónde vives, si tienes hermanos… Lo que sea. ¿Tienes animales en casa?
–Eh… –Alba tardó unos segundos en responder–. Sí, tengo un gato.
–Me gustan los gatos. Yo tuve uno. ¿Cómo se llama?
–Se llama Duda.
–¿Es gata?
–No, no. Es gato. ¿Qué le pasó a tu gato? ¿Murió?
–Se lo llevó mi mujer –dijo Jesús con una franqueza que a Alba le resultó incómoda.
–Lo siento. ¿Cómo se llamaba?
–No tenía nombre. Lo llamábamos Gato.
–Bueno, Gato ya es un nombre en sí –dijo Alba. Jesús entorno los ojos y perfiló una sonrisa.
–Hay gente que dice que las personas inteligentes prefieren los gatos a los perros –dijo Jesús.
–Nunca lo había escuchado. He de reconocerte que yo no escogí a mi gato, se lo regalaron a mi hermano hace años.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Solo ese; Pablo.
–Muchos grandes escritores tuvieron gato: Poe, Scott Fitzgerald, Hemingway, Cortázar… ¿Es mayor?
–¿Mi gato?
–No, tu hermano.
–Cinco años menor.
–¿Menor que el gato?
–¡No, menor que yo! –Alba rio.
–Ajá.
–Ahora está en la típica época rebelde y no le hace ningún caso al pobre gato.
–Claro, está en la edad.
–Sí.
–Duda es más nombre de gata que de gato, ¿no?
–No veo por qué.
–¿Quién escogió el nombre?
–Yo. ¿Por?
–Me desconcierta. Siendo una niña, lo normal es que lo hubieras llamado Manchitas, Pelusa o Bigotes –dijo Jesús. Alba soltó una carcajada.
–Ya ves, así soy yo.
–Me gusta –Jesús sonrió.
Ella bajó la mirada.
–Voy al servicio –dijo Alba levantándose.
En el servicio, Alba se miró en el espejo. Se inclinó para observarse con detalle. Su cara no le resultó familiar. Le recordó al cuadro que vio en el castillo de Skokloster, el año anterior, en el viaje a Suecia que hizo con sus padres. El país le gustó tanto que desde su vuelta guardaba el deseo de ir a trabajar allí en cuanto acabase la carrera. Para llegar al castillo tuvieron que coger un tren desde Estocolmo hasta Bälsta, y de allí un autobús hasta el castillo. Durante la hora que duró el trayecto creyó estar viviendo en un cuento. A un lado y a otro solo veía bosques frondosos. Le resultó muy curioso ver paradas de autobús en medio del bosque, sin rastro alguno de civilización, y a la gente bajarse en ellas y avanzar a través de los bosques con una expresión tan cotidiana en sus rostros que Alba pudo adivinar que lo hacían a menudo. El castillo, por dentro, parecía más bien un palacete, y aunque su decoración era muy untuosa, lo que más llamó la atención de Alba fue un cuadro de Arcimboldo en el que, con frutas y verduras, había compuesto el retrato de un emperador. Así veía su cara en ese momento. Allí donde antes estaban las mejillas, veía dos melocotones, suaves y con una leve pelusa blanca que se veía al trasluz. Notaba sus pómulos rojos y muy marcados. No eran pómulos, sino cerezas. Al maquillarse antes de salir de su casa no se había dado cuenta de las grandes bolsas que le colgaban bajo los ojos. Se acercó un poco más al cristal y notó que eran dos gajos de naranja. Los tocó; estaban blandos. Se acercó aún más, hasta casi tocarlo con la nariz. Los ojos le parecían dos pequeñas cabezas de ajo. Consideró que así era imposible resultarle atractiva a algún hombre. Recordó que sus amigas siempre le reprochaban que tuviese una autoestima muy baja. «Al fin y al cabo a casi todo el mundo le gusta el ajo», pensó, justo antes de que a su mente acudiese sin avisar la imagen de Saturno devorando a un hijo, de Goya, y le entrasen arcadas. Bajó la taza del váter y se sentó. Tardó bastante en salir del cuarto de baño.
Al regresar, Jesús estaba escribiendo en el móvil. En la mesa había una nueva ronda de bebidas. Cuando Alba se sentó, pudo leer de pasada «… esta noche». Jesús guardó el móvil. Alba pensó que el bar ya no olía tanto a humedad.
Siguieron hablando del hermano de Alba y de su gato. La conversación derivó a El gato negro de Poe, porque Jesús supuso que ese cuento le gustaría a Alba. Jesús siguió hablando sobre la vida de Poe y de ahí pasó a la literatura del Romanticismo. Habló largo y tendido sobre eso. Alba solo lograba escuchar fragmentos sueltos sin conexión. «¿Quién se acuerda de alguna obra de Lord Byron?», «… postrománticos como Bécquer y…», «¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir…». Alba dijo que ella se consideraba romántica, aunque pensaba que estaba pasado de moda, y Jesús le respondió que él no se consideraba exactamente un hombre romántico. Alba logró que Jesús hablase un poco sobre sus sentimientos y su vida pasada; su relación con su ex mujer y con su hijo.
–Se nota que quieres mucho a tu hijo –dijo Alba.
Él no respondió. Una mujer pasó a su lado y se tropezó con la pata de la silla, provocando que Jesús estuviese a punto de caer al suelo.
–¿Sabes qué? Creo que eres una persona sensible –continuó Alba.
–¿Por qué lo piensas?
–Creo que eres ese tipo de persona que parece dura, pero no lo es. Aparentas ser una persona seria y estricta. E insensible también, como si nada te afectara. Tú eres consciente de eso. Todos en la universidad tienen esa imagen de ti. La tienen porque tú la proyectas. La imagen de un hombre que no siente, recto en sus costumbres e inamovible en sus pensamientos.
–¿Tú pensabas eso de mí?
–Al principio sí. Luego noté que había algo más. Muchos hombres quieren dar esa imagen, pero es solo fachada. Pronto me di cuenta de que dentro de ti vivía el verdadero Jesús y cambié mi forma de verte. Quizás mezclé algo de realidad con mi imaginación, no lo sé. Ahora creo que eres alguien más sentimental, que cuida y se preocupa por la gente a la que quiere, una persona compasiva y buena. Siempre me recordaste… No te enfades, ¿eh? Siempre me recordaste a Bukowski. Tu apariencia es solo una coraza que te pones conscientemente para que no te hagan daño, para no sufrir. En realidad tú no eres insensible. Lo veo en tus ojos.
–Sabes que no me gusta Bukowski, ¿no? –Jesús sonrió.
–Me lo imaginé. No te gusta nada que haya existido después del siglo XVII –respondió ella en tono jocoso.
–Ahí te equivocas –Jesús la miró a los ojos y Alba se sonrojó.
Se fijó en la silueta de la cara de Alba. Trazó mentalmente una línea por su contorno. Las facciones de su cara eran suaves y armoniosas. Jesús imaginó su mano subir, con los dedos extendidos, por su nuca. La realidad y la ficción se mezclaron en su cerebro. Vio como sus dedos se perdieron entre los mechones de su pelo que, travieso, le provocaron cosquillas. Se asió a su nuca con firmeza. Con la otra mano, deslizó el dedo índice desde su frente hacia su nariz, llegando a sus labios y los bordeó, sin tocarlos. Se acercó peligrosamente a la comisura y sintió el calor leve de su aliento. Llegó a la barbilla y bajó muy despacio por su cuello. Notó que ella tragaba saliva. Subió por el lateral de su cuello y pulsó el lunar que lo esperaba, escondido, debajo de la oreja derecha, rozando su lóbulo con el pulgar.
–Me gustan tus pendientes.
–¿Ah, sí? –Se sorprendió Alba–. Gracias.
Jesús creyó verla más nerviosa que antes, como si hubiera podido adivinar sus pensamientos.
–Son originales –Estiró el brazo y tocó el pendiente, acariciándole el lóbulo de la oreja con su pulgar derecho.
–Me los regaló una amiga hace una semana –Alba se tocó el otro pendiente.
–Tienes unas orejas muy bonitas –dijo Jesús, que tardó un poco en retirar la mano.
–A mí no me gustan.
–¿Por qué?
–No me gustan las orejas que tienen el lóbulo despegado.
–A mí sí. Mucho más que las que lo tienen pegado, de hecho.
–Los hombres creéis que os dividís entre los que sois más de tetas y los que sois más de culo, pero realmente os dividís entre los que os gustan el lóbulo separado y los que no.
Jesús no pudo adivinar si lo decía en serio.
–Una vez leí que los hombres nos dividimos entre los que nos enamoramos de la Maga y los que no.
–¿Y tú en qué grupo estás? –preguntó Alba entornando los ojos.
–Con mi edad debería decirte que estoy entre los que no.
–Pero no es así, ¿verdad?
–No, no es así.
–¿Te ha pasado alguna vez? ¿Hubo alguna Maga en tu vida?
–Te mentiría si te dijese que no.
–¿Y no quieres encontrar otra Maga?
–La Maga no es tan maravillosa como parece, Alba. La literatura suele mostrar la vida sesgada. Enfoca retazos; buenos o malos, que no se corresponden con la totalidad del comportamiento, del pensamiento. Convivir con la Maga día a día genera muchos quebraderos de cabeza.
–¿Y prefieres llevar una vida monótona y aburrida?
–La vida real es aburrida –Jesús enfatizó el verbo es.
–No estoy de acuerdo.
–Mira los personajes de la novela. Oliveira solo puede existir en la ficción. La vida de Cortázar no ha sido como la de Oliveira. Ni siquiera ha sido como la de Morelli. La vida real es aburrida y los problemas suelen terminar mal, al contrario que en las novelas.
–No digas eso.
Jesús suspiró.
–Ya me dirás cuando tengas mi edad –le respondió.
A Alba le molestó el comentario y no se afanó en fingir normalidad. Giró la cabeza hacia la cristalera.
–Alba, tienes menos edad que yo. Es difícil que puedas encontrar una sola persona de mi edad que haya vivido más alegrías que tristezas. Es normal que yo sea más cauto que tú.
–Nadie aquí está hablando de cautela. Estamos hablando de vivir la vida o verla pasar ante tus ojos.
–Pero vivir la vida puede acarrear muchos problemas, Alba.
–La gente relativiza los problemas, Jesús. Aún recuerdo la frase de Woody Allen que nos dijiste en clase: «Una comedia es…
–… un drama con el paso del tiempo» –Terminó Jesús.
–Y Woody Allen ha tenido muchos problemas personales a lo largo de su vida.
–Al menos él ha tenido reconocimiento. Desde su posición quizás es fácil no ser tan pesimista.
–Siempre ves la parte buena de los demás, pero no la tuya. ¿Qué es lo que te hace ser pesimista? Dímelo.
–La existencia misma, Alba. El peso de la vida y el paso de los años. Vivir solo para trabajar, trabajar para comer y comer para no morir. ¿Acaso no es eso vivir para nada?
–Jesús, necesitas encontrar un motivo para ser feliz.
–Pero ¿qué motivo?
–Uno que dé un giro a tu vida, que te haga sentir ilusión y puedas levantarte por las mañanas con una sonrisa.
–Algo co…
–Tienes que encontrar a la Maga. A la verdadera Maga –interrumpió Alba.
–¿Tú crees que me conviene?
–Te conviene ser feliz. Eso es. Te conviene dejar los prejuicios a un lado –Estiró los brazos y envolvió las manos cerradas de Jesús con las suyas.
–Dime cómo.
Alba recordó su cumpleaños, una semana atrás. Marcos la llevó a cenar a un restaurante italiano. Era la primera vez en los dos años de relación que no se olvidó de su cumpleaños. No era un auténtico restaurante italiano, solo una mala y cara imitación. Por todas partes había candelabros de hierro forjado. Las servilletas eran de tela y estaban amarillentas. Alba las prefería de papel. El camarero se les acercó y adivinó que iban a pedir. A ella no le extrañó demasiado; de toda la carta, solo conocía tres o cuatro platos. También supuso que no tenían pinta de ir con asiduidad a cenar a un sitio caro y que el camarero ya se habría encontrado con muchas parejas jóvenes iguales a ellos. Durante la cena, Marcos le regaló unos pendientes. A Alba le molestó la interrupción porque se enfriaron sus espaguetis, pero no lo manifestó. Miró a Marcos a los ojos y le dijo que lo dejaba. Sin lágrimas. Él respondió que se lo esperaba, aunque no era cierto. Después llegaron las explicaciones, las excusas y los reproches. Alba no se encontraba triste ni enfadada y desconocía el motivo. No se terminó sus espaguetis y se marchó, llevándose los pendientes.
–Solo tienes que dejarte llevar, Jesús.
–Eso es fácil de decir –contestó con pesar.
Alba inclinó su cuerpo hacia delante y entrelazó sus dedos con los de Jesús.
–Eres un hombre muy interesante.
–Alba… –Jesús notó que perdía el control de sus pensamientos y se le humedeció la vista.
–Mira aquellos chicos –Alba señaló con la mirada una pareja de jóvenes sentados ambos al mismo lado de la mesa, al final del bar, muy juntos. Estaban leyendo un cómic. El chico pasaba las páginas y ella apoyaba su cabeza en el hombro de él–. ¿Crees que piensan en el qué dirán?
–Ellos lo tienen más fácil, Alba.
Ella sonrió, compasiva.
–Mírame –Jesús no la obedeció–. Mírame, Jesús.
Los dos se miraron en silencio. De fondo, el murmullo de varias conversaciones en el resto de mesas del bar ahogaba la música jazz. Alba apretó las manos de Jesús. En el exterior, las gotas de lluvia repiqueteaban incesantes en la cristalera; mientras, los balcones adornados esperaban que llegase Navidad.

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Aguijones encantados

Por: Álvaro Fernández

Debajo de la piel, una serpiente se ondula al acecho del viento.

Arranca por el postre.

Un manjar de adoquines y lunares succionados por el scanner de una mirada inalámbrica.

Aguijones que navegan en los besos de una prostituta dormida, de una puta que sueña, que se llena de amores sin arrugas, y con el semen estéril de los mancebos inmunes a la muerte.

A la rueda de reconocimiento del crimen que siempre está por cometerse.

Al que aspiran los testigos que perdieron la ropa y la inocencia.

Declarantes de falacias encantadas y seductoras, llenas de la esperanza que precisa el amanecer de esas almas que se tragan el sol de un solo bocado.

Y encima, ni llagas le salen.

Los envidio.

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En nombre del amor

Por: Conxita Casamitjana

Envíame un mensaje cuando llegues.

Al principio le había parecido precioso que se preocupara tanto. Había tanto cariño en sus gestos. Ni una duda, ni una vacilación. No requería ningún esfuerzo, no le costaba nada. Era fácil hacer que el otro estuviera tranquilo. Se querían tanto. Estaban tan enamorados.

Se acostumbró a informar. Empezó cuando llegaba a la oficina, salía para casa o a donde fuera ese día y después de cada paso que daba. Cada situación de su vida, tenía un mensaje o una llamada.

Se añadió la preocupación, cuando había una cena, ir al cine o quedar con los amigos y no asistían ambos. Casi sin salir ya había un compromiso de no tardar.

Te esperaré sin dormir.

Y era fácil. No costaba tanto llegar pronto, no le molestaba. Se sentía bien. Se adoraban.  El desvelo y el amor en cada mensaje, en cada palabra. Estaban tan unidos, todos se daban cuenta. Rechazaba cualquier comentario que no fuera lo mucho que se querían. Cuando hay amor, es natural ese interés por la otra persona, cuidar y preocuparse por el otro. Era bonito sentirse así de estimado.

—¿A qué hueles?

También se añadió esa pregunta y esa, quizá ya le molestaba más. Ese humeo desconfiado al llegar a casa. Justificar el humo, el perfume o cualquier olor que hubiera en el restaurante y que se le hubiera pegado. No le gustaba, pero era su manera de amar. En el fondo sabía que odiaba esa humillación al sufrir una inspección en toda regla. Había empezado a adorar los sitios cutres con olor a fritanga.

Se fueron terminando las salidas sin el otro, cuando se ama se comparte todo. Nada tiene sentido sin la otra persona. ¿Por qué salir solos? ¿Por qué tener amigos distintos? ¿Por qué ir de compras, al cine o vivir momentos con otros?

Se acostumbró a tener su móvil siempre a la vista. Su correo electrónico más público que nunca. Nada que esconder. Sabía en cada momento lo que estaba haciendo y con quién estaba. Antes de salir, antes de marchar, cuando iba a comer, cuando volvía. Imposible olvidarse, el resultado eran malas caras, silencio y lágrimas.

No conseguía recordar cuándo dejó de verlo hermoso. Se tornó insoportable, se asfixiaba en una red invisible de preocupación, cariño y amor. Esa telaraña, cada vez más espesa, más paralizante, imposible escapar. Costaba darse cuenta. Adoración, querer, estima y en nombre de todo eso, el derecho a sentirse propietario del otro.

—Envíame un mensaje cuando llegues.

Y dijo basta. No más preocupación, no más control, no más celos, no más obsesión. Aquello no era amor ni la vida que quería.

Y acabó.
Y se lo dijo.
Y la dejó.
Y no tuvo miedo.
Y no pasó nada…
Porque él era un hombre.

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Hacer poesía

Por: Álvaro Fernández

Se trata de perforar sienes, traspasar barrotes, limar muros y quitar respiradores artificiales.

 

Se trata del fuego sin la cáscara, de la brasa en el celofán, de la ceniza en la llaga.

 

Se trata de soplar telarañas, destrozar hímenes y atrapar moscas con la lengua.

 

Se trata de oler caro para traspirar barato, de astillar la noche y de ahogar al astro

en un blues de alcohol fino y jugo de naranja.

 

Se trata de adorar demonios, de pervertir a las monjas, morderles los pezones

e inmolar sacerdotes en la misa de una orgía.

 

Se trata de ser el que sueñas, el dotado perfecto, la adicta exitosa, el puto de un amigo,

la perversa de la iglesia o el mejor amigo de tu peor enemigo.

 

Se trata de la pestaña en el pulgar, de la suerte en un hueso de pollo, de la moneda en el aire y del ramo de viuda de la novia.

 

Se trata de juntar las partes de un reflejo hecho añicos, de acomodarlas mal a propósito y que salga lo que salga.

 

Se trata del secreto que guardan, el que todos cuentan, el que nadie sabe.

 

Se trata de mear los paradigmas, de cagar en los rincones del que dirán, de lo que no se animan a decir,

 

Se trata de las verdades del puro verso, de lo que solo puede escribirse, con la sangre del infinito…

 

Se trata de hacer poesía.

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El pacto de los pícaros

Por: Rafael Azgra, Víctor José Rodríguez, Pepe Ramos, Carlos Ortega, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Esther G.R., Ian Gómez.

cabeceraRelatoEncadenado

En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, el alguacil avanzaba presto mientras el maestro Cervantes hacía tintinear tres monedas de plata en su mano buena. Al llegar a la puerta del literato éste tendió su diestra entre los barrotes para pagar el unto que le permitiría continuar sin compañía en su celda. Sin embargo, para su pasmo, Alonso, que así se llamaba el funcionario, llegó acompañado y con expresión de penalidad:

            – Lo siento, Miguelín, pero esta vez va a ser imposible. Te traigo compañía.

            – Pero… ¿cómo? – preguntó Cervantes, entre enfadado y perplejo – ¿no puedes meterlo en otra celda? Seguro que hay otras en donde quepa. Si hace falta te conseguiré más monedas.

            – Es imposible, ya oyes el estruendo del gentío de los últimos días. Estamos atiborrados. El alcaide nos ha ordenado llenar todas las celdas. Da gracias a que te aviso antes de cogerte las monedas, que podría haberme callado y obligarte a pagarme igualmente.

            – Pues dale mis monedas al alcaide… – contestó, con un ligero tono de desesperación en su voz.

            – Oye… lo siento… pero no puedo reñir ahora – Alonso abrió con expresión seria la puerta e introdujo a un tipo desarrapado, con largas greñas y barbas, empujándole al interior con brusquedad. Le liberó de los grilletes y salió cerrando con un portazo y echando el cerrojo con saña – Ahora portaros bien y no me deis quehaceres innecesarios, que bastantes tenemos ya con tanto bandido por aquí – y se fue con paso rápido.

            El recién llegado saludó con una mirada acompañada de media sonrisa mientras se paseaba por la pequeña estancia, acariciándose las enrojecidas muñecas. Cervantes empezó a notar el pestilente hedor que desprendía, cual errabundo temeroso del agua. Se acercó a la escotilla que daba al patio resoplando, sintiéndose impotente. No había tenido una buena experiencia con sus primeros concurrentes en la cárcel, todos ejecutados ya por la Santa Inquisición. Quería pasar su condena en soledad, como hacían otros reos, gracias al favor de los alguaciles. Se sentía inseguro, pues su nombre y su delito eran distinguidos entre la chusma y no eran pocos los que querían aprovecharse de la aparente debilidad del Manco de Lepanto. Y éste se sentía en inferioridad a la hora de defenderse ante una posible agresión de un mal compañero. Se dio la vuelta, buscando su camastro, cuando se encontró con la mirada ensimismada del apestoso.

            – ¿Qué estás mirando, gaznápiro? – preguntó con molestia.

            – Verás, Miguelín – empezó, con una inquietante firmeza en su voz y cambiando sus formas – me han prometido la libertad y el cobijo del Justicia de Aragón a cambio de tu cabeza.

            Quedó en silencio. Sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad, al final un loco había conseguido llegar hasta él. Poco podía hacer si la demencia de aquel hombre, tan alta como su apestoso aspecto, se cumplía. No podría defenderse, y por primera vez desde que fue encerrado, sintió el miedo recorrer su esquelético cuerpo.

– ¿Sorprendido, Miguelín? – dijo con esa firmeza en la voz que imponía.

Miguel no quiso contestar, tampoco sabía qué decir. Si su vida estaba en manos de aquel hombre, lo más sensato era no decir nada, estudiarlo lo mejor posible y permanecer ojo avizor. Lo segundo iba a ser lo más complicado, su hedor lo llenaba todo y cuanto más lejos estuviese mejor. Se dirigió hacia su camastro, necesitaba pensar alguna estrategia por si la cosa iba a mayores. ¿Qué podía hacer? De momento lo único que podía hacer era esperar. Y si algo no le faltaba a él era la paciencia.

– Bueno veo que no quieres hablar conmigo – dijo de nuevo con esa voz – bueno, tú te lo pierdes, Miguelín, puesto que me he negado a ello…

Se incorporó con tal rapidez que casi se cayó al suelo. De todas las posibilidades que hubiese podido pensar, esa no entraba entre ellas. Había conseguido que la curiosidad, la misma que en un principio se negó a darle importancia, se instalase. Como no dejaba de mirarle y de clavar su mirada fijamente en sus ojos le preguntó:

– ¿Y por qué te has negado?

– Veo que he conseguido tu atención – sentenció jocosamente.

Paseó por la pequeña estancia con aire casi marcial. A cada paso que daba la pestilencia se extendía más y más a tal extremo que Miguel tuvo que taparse la nariz, para no sentir el nauseabundo olor que desprendía. A aquel hombre no parecía importarle demasiado su propio aspecto, pero algo en su porte hacía sospechar que no era un simple vagabundo. Su forma de hablar autoritaria y esa forma de mirar escondían algo más.

– A cambio de tu vida quiero que haga algo por mí – sentenció.

­- Te escucho – dijo Miguel que estaba dispuesto a lo que fuese por salvar su vida.

– Quiero que escribas la historia más grande que nunca se haya escrito. Quiero que el mundo conozca a un hombre singular, único. Quiero que escribas la historia de Alonso Quijano.

– ¿Y ese quién es? – Preguntó Miguel, que parecía mucho más tranquilo.

– El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – dijo aquel hombre con una mirada llena de locura – el mejor y más grande caballero que haya nunca marchado sobre la tierra – dicho lo cual se sentó sobre el mugriento suelo.

A continuación procedió a dar cuenta pormenorizada de las gestas del tal Don Quijote suyo. Cervantes se resignó a escuchar lo que no tardó en aparecérsele como una amalgama alucinada, hija de la imaginación febril de un lector indiscriminado de basura caballeresca: fantásticos lances de amor y de armas, caballeros andantes de todo color y condición, mundos exóticos recorridos por gigantes, dragones y demás quimeras contra natura.

– Palmerín, Roldán, Amadís… – enumeraba entusiasmado los modelos que debían servir de inspiración para cincelar al héroe protagonista de la historia – Tirant… ¡El Cid! – Añadió, los ojos fuera de las órbitas, sacudiéndolo por los hombros como si quisiera desencajarle hasta el último hueso del maltrecho esqueleto.

Mientras trataba de rehuir el aguacero de saliva que acompañaba al arrebatado discurso de su interlocutor, le vino a la mente el encuentro que en una posada de mala muerte del camino entre Madrid y Sevilla – en medio precisamente de esa Mancha desolada donde su compañero de celda quería radicar al paladín de su novelucha – había tenido, hacía casi diez años ya, con aquel espía inglés de cuyo impronunciable nombre no lograba acordarse y que allá en su patria gozaba de buena fama y alta estima merced a sus innovadoras tragicomedias. ¿Qué habría sido de él? ¿Y cómo se llamaba? En cualquier caso, sí recordó cómo, entre tiento y tiento al cuartillo de vino y a las carnes lozanas de la Maritornes, el simpático hereje le había insistido en que era el teatro lo que lo iba a sacar de pobre. Porque la chusma no leía, ni leería aunque pasasen otros quinientos años. Con que no quedaba sino dramatizar, dándoselos por tanto bien masticados, aquellos escritos que uno ambicionase ver divulgados. La pregunta, obvia, lo fustigó entonces tanto o más inclemente que los salivazos de su vecino: ¡¿Por qué coño no le habría hecho caso?! 

De esta manera tan atropellada como azarosa, el que otrora fuera comisario de abastos, fiel cumplidor en su tarea de requisar trigo y cebada para los galeones de la Flota de la Carrera de Indias hasta su defenestración regia y encarcelamiento, se resignó a la providencia de este malogrado encuentro y aceptó la propuesta de aquel desarrapado sicario ganado en el último momento para la caridad, cuyo tufo se cortaba a cuchillo. Lo cierto y verdad es que la narración del bienoliente, le recordó pasajes de aquélla que le refiriera, cuando niño, un viejo morisco a quien gustaba frecuentar por las atractivas historias que contaba. Cide Hamete Benengeli era un libro viviente. Y de entre sus páginas orales no olvidó aquel caballero cuyo nombre le pareció tan extravagante como digno de compasión, El caballero de la triste figura. Fue así, entre la sombra de sus recuerdos y las alucinaciones de un loco que en la mente de Cervantes fue desdibujándose algo. Su presencia irrumpió como una sombra a contraluz, como un gran señor de noble porte; pero a medida que las palabras de su apestoso acompañante lo ilustraban cayó en la cuenta que junto a él, allí mismo, se encontraba el rostro del hombre de su ensoñación. No tenía ese espantoso aspecto de mendigo, sus greñas estaban cuidadas, sus barbas recortadas y su porte era recto e imponente; pero su mirada mostraba la misma locura que el hombre que le hablaba.

Se sentó, confuso y asustado mientras en su interior crecía una extraña emoción. Ellas, musas caprichosas, lo habían vuelto a hacer.

– ¿Me estáis escuchando? -preguntó el hombre con vehemencia-. Ella tiene que aparecer.

– Ella… -repitió Cervantes imbuido por un torrente de sensaciones que se extendían hasta hacer temblar su cuerpo.

– Dulcinea, tan hermosa que daña. Con cabellos dorados, la frente despejada, las cejas como dos arcos, sus ojos brillan como soles y sus mejillas se colorean al sonreír -Cervantes lo miró intentando dibujar en su imaginación la mujer descrita-. Permitidme ilustraros con un garabato que sin duda os hará verla con la mayor de las claridades.

El hombre se agachó junto a la puerta y cogió un pedazo de carbón, caído de una de las antorchas cercanas que iluminaban el pasillo por el que los celadores paseaban. En la piedra del suelo comenzó a garabatear un rostro que a Cervantes se le antojó grotesco, espeluznante. Las dotes artísticas de aquel hombre eran nulas, pero lejos de sacarle de su ilusión, le dejó hacer.

– ¿Acaso no es la mujer más hermosa que hayáis contemplado?

Cervantes asintió. No le pasó desapercibida la forma en que los ojos de aquel demente se iluminaban al hablar de ella. Puede que hubiera sido hermosa en persona, pero aquellos trazos de carbón simulaban una bestia más que una mujer. «La tal Dulcinea es una idealización de este pobre loco», pensó para sí.

– Debe encontrarla, Don Quijote ha de encontrar a Dulcinea del Toboso.

Cervantes se arrodilló junto a él, intrigado, y mientras escrutaba los ojos del lunático le preguntó:

– ¿Por qué?

Las pupilas del hombre se clavaron en él como dagas y con la expresión de contar algo obvio respondió:

– Porque no hay mujer igual, se lo prometo.

Cervantes se quedó pensativo. Aquel hombre estaba realmente loco, no había duda, pero aún así había conseguido que se interesase por aquella historia. Estaba encerrado en aquella celda, no había motivo para seguir discutiendo con su nuevo compañero, ya que estaba claro que no iba a cejar en su empeño de convencerle.

– Está bien, escribiré la historia. – dijo Cervantes. – Escribiré la historia de este hidalgo manchego.

Una sonrisa apareció en el rostro del hombre, los ojos se le tornaron brillantes, casi parecía que iba a ponerse a saltar. – Bien, entonces le contaré todos los detalles.

Y así comenzó la historia del hombre de la triste figura, llena de locuras imposibles, donde un caballero se volvía invencible al llevar su casco, y su fiel escudero le seguía allá donde fuera. ¿Porqué no escribirla? En la mente ya envenenada de Cervantes, tomaba forma la historia…

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. 

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