No me importa

Por: Fernando Bermúdez.

No me importan ni las penas, ni tus días, ni las fraguas que pudieron recorrerte. Estoy aquí declamando un suspiro, es necesario quererte a voces, extrañarte a pautas, mirarte mientras no dices nada. No me importan las condenas que has pasado, las caricias que hoy son recuerdos, no importan tus fantasmas que me visitan cada noche, no me importan los kilómetros que te rigen, ni mucho menos las leguas de tus besos.

Te he plantado en todas partes, te hecho silencio por que así gritas más fuerte, le he dicho al viento que te abrace, que te regale escalofríos, sé que odias el frío, que amas los abrazos,  te gusta el mar en tiempo de lluvia, que esperas  a las estrellas en el balcón, que la soledad te da miedo, que no te gusta la noche si no hay luna que vigile, sé que te gustan los claveles, que lees a Sabines cuando estás enamorada, también sé que no me importa amarte sin  recibir alguna mirada.

No me importa saber que tienes miradas para todos, no me importa… No importa saber que el amor es un proyecto de largo plazo, no me importa saber que te extraño cada noche y nunca te he tocado, no me importan ni los días, ni mis ganas, ni nada de lo que pasa en este momento si no estás tú en mi vida.

Tiemblo por cada suspiro perdido, me dejo morir en cada día muerto, voy a diario recogiendo tus pasos, tengo Fe y te rezo a besos, como dulce religión en busca de crecimiento. Y aquí estoy con versos cobardes, con valientes letras diciéndote lo que yo no puedo por falta de esmero, por falta de cielo, es que las piernas se me contraen, mi corazón se torna en coma, no sé cómo no puedo ir y besarte, dejar que el tiempo se consuma, dejar todo a la playa y sus vientos.

El resto de mi vida si tú quieres la tienes para escribirla, te puedo dejar la tinta, mis hojas, te dejaría con un abecedario amplio, con letras indelebles, dejaría todo en tus manos con tal de que escribieras. Mi vida no es demasiado sorprendente, pero tiene muchas fábulas y pocas moralejas, mi vida está hecha de lágrimas y lluvia, de caricias mermadas, de tertulias en el armario, de pieles en el olvido, no me importa naufragar si tú escribes la historia, no me importa estar entre letras, pero siempre tocando al cielo, escuchando el silencio mientras nuestros labios hacen orquesta con nuestros cuerpos.

 

No me importa ser tus suspiros.

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Lo que de verdad importa

Por: Pablo León Alcaide

Me siento en medio de una amplia habitación, lo suficiente como para que resuene el eco de mis pensamientos; dejo abiertos ambos grifos: el de las desgracias y el de las alegrías, lentamente mi piel se va empapando de todo lo que veo y lo que recuerdo haber visto, proyecciones que me ahogan si no consigo abrir la válvula de lo que verdaderamente importa: que seguimos en pie, que aún tengo ojos para ver y manos para tejer mis propias conclusiones.

Me sorprende cómo todo llega a ser sumamente sencillo, a veces la felicidad es algo tan simple como pasar la noche entera con alguien que encaja con tu manera de pensar tan cómodamente como dos piezas de puzle, otras veces la desgracia irrumpe con una ecuación tan elemental como que uno mas uno dejan de ser dos, o que nuestra afición no se convirtió en nuestro oficio. Humildes experiencias como un café a la orilla del mar, una cerveza tumbado a la luz de la luna, o encontrar la paz interior al rimar un par de versos nada recargados… Me gusta pensar que todo lo que puede destruirnos o alzarnos pueda depender de cuestiones sencillas pues, de este modo, pienso que encontrar la felicidad puede no ser otra cosa que construir nuestra vida a base de pequeñas piedras fáciles de corregir o moldear cuando alguna termine por mellarse o desprenderse de nuestra estabilidad.

Hace años pensaba que la felicidad debía compartirse con muchas personas, debía demostrarse a los cuatro vientos que estabas contento, gritarlo bien alto para que nadie pudiera instalar un No por encima de tu voz… Pero me equivoqué, la felicidad solo es real cuando se comparte, pero no significa que debamos compartirla con cualquiera, no significa que debamos demostrarle nada a nadie, se cuela en nuestra vida a través de los pequeños gestos, y a través de pequeños gestos debe seguir fluyendo. El problema de querer complicar este tráfico es que no todos (a veces ni siquiera la mayoría) compartirán tu visión, no tienen por qué opinar igual que tu o querer lo mismo que tu para estar a gusto; entonces entra en juego el equilibrio, hacer malabares con la forma de ser de cada uno de aquellos que te rodean y tratar de encontrar el término medio en el que todos estéis medianamente bien. A veces ya es demasiado complicado compaginar tu vida real con aquello que te hace feliz (y eso que “solo estudio” como dicen algunos) como para también incluir en la ecuación la realidad y los sueños de muchos otros individuos… Sin contar con esa irritante costumbre que los medios de comunicación y la sociedad que nos envuelve  tienen de decirnos y tratar de convencernos de qué es lo que necesitamos para ser felices, qué es lo que queremos y anhelamos… Lo siento, pero aún no he hipotecado mis sueños a CityBank.

Y a pesar de todo lo que de verdad importa no es lo mucho o poco que nos compliquemos para ser felices, sino que logremos serlo, tenemos una sola vida, mejor o peor, pero es lo único que tenemos y a veces nos pasamos tanto tiempo preocupados en bobadas que después no nos queda tiempo para disfrutar, para sonreír… Lo que de verdad importa no es lo mal que lo hemos pasado o si cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que tenemos un presente, y en él podemos decidir si resolver las ecuaciones o seguir odiando las matemáticas, si  confiamos en que desde lo más sencillo hasta lo más enrevesado puede conducirnos a una explosión de Serotonina que invada nuestro cuerpo de alegría…
Lo que importa es lo que hacemos con el tiempo que nos toca.
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El precio de la libertad

Por: Crono Axel

 

Hola, mi nombre es lucia tengo 19 años y soy estudiante de la facultad de derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El actual presidente e integrante del Partido Revolucionario Institucional, es el señor de gran dentadura, Gustavo Díaz Ordaz, mejor conocido como, la Changa Díaz Ordaz.

Hoy es 2 de octubre de 1968 y una de mis mejores amigas y yo, nos dirigimos a la plaza de las 3 culturas en el barrio central de Tlatelolco; Ahí nos disponemos a realizar un mitin en donde estudiantes de preparatoria y universitarios pedimos de manera pacífica que se nos brinde un poco de libertad de expresión.

El pasado 26 de julio dio inicio nuestra revolución, salimos a la calle a marchar, ya que la juventud vivimos en un estricto régimen de conducta; La manera de vestir, la música que escuchamos, como pensamos, todo, es impuesto por nuestro gobierno. Nosotros dimos el primer paso y con esto hemos dejando a nuestro presidente, con un mal sabor de boca.

El primero de septiembre, el descontento de parte del gobierno se hizo público, tropas militares se dirigieron hasta las escuelas y detuvieron a muchos de nuestros compañeros, afortunadamente los líderes de las manifestaciones escaparon, entre ellos Adrián, un chico que gracias a esta situación he podido conocer, él me gusta.

Creo que si seguimos de esta manera podremos llegar a un acuerdo favorable para nosotros, no creí que tantos jóvenes pensáramos de la misma manera. Antes de esto me sentía fuera de lugar, pero ahora que veo que no estoy sola, puedo decir lo que me gusta y lo que no, teniendo por seguro que por lo menos uno de mis compañeros estará de acuerdo conmigo.

En algunos días más se llevaran a cabo los juegos olímpicos, aquí, en nuestro país. A pesar de ser un evento de gran importancia, no vamos a desistir.

Me sorprende que haya tantas personas, en un inicio éramos estudiantes contra el mundo, jóvenes con una voz desesperada por ser escuchada, ahora, se nos han sumado profesores, trabajadores e inclusive nuestras familias. Esto es un impulso más para nosotros, seguir al pie del cañón.

La plaza de las 3 culturas es un lugar histórico y es bastante amplio. Son casi las 4 de la tarde, miles de personas han llegado y como siempre ya hay militares en los alrededores, no falta mucho para que el mitin de inicio y tampoco pasará mucho para que termine.

Ingenua que fui; pero quién se iba a imaginar que todo se trataba de una trampa.

Mientras que nuestros líderes estudiantiles daban inicio a la manifestación, un helicóptero se acercó de entre los edificios, sobrevolando una iglesia que ahí se encuentra. De la nada este dejo caer una bengala verde. Todos mirábamos con extrañeza, realmente no sabíamos de qué se trataba, o qué era lo que nos esperaba. Muchos echaron a correr, quizás por instinto, y sin previo aviso una ráfaga de balas golpeó a la multitud. Los militares comenzaron a rodearnos, parecíamos un rebaño de ovejas siendo guiado hacia un acantilado y a una muerte segura.

Los disparos provenían del mismo edificio donde se encontraba Adrián. Mi amiga me jalaba fuerte del brazo, me encontraba en estado de shock mientras veía fijamente la ventana donde se encontraba el muchacho que yo quería abrazar. El silencio de la multitud se volvió en una temible sinfonía de balas, gritos y llantos. No podía moverme, veía anonadada como muchos de mis compañeros caían al suelo, algunos muertos y muchos otros heridos.

Mi mejor amiga estaba desesperada no quería dejarme ahí, por reflejo me dio una fuerte bofetada ayudándome a reaccionar, aún sin poder pronunciar palabra alguna corrimos lo más rápido que pudimos, tropezábamos con cuerpos y nuestros pasos eran muy torpes a causa del miedo. Su mano sostenía la mía con fuerza, claro, no por nada, éramos inseparables. Había algo, una sensación extraña, poco a poco bajé la velocidad, el mundo se movía en cámara lenta, los gritos se convirtieron en ecos y comencé a sentir mucho sueño.

Lucia, era mi mejor amiga, ella, fue asesinada el 2 de octubre de 1968 durante la manifestación pacífica en la plaza de las 3 culturas. Ella murió en mis brazos, nosotros estábamos en busca de un poco de libertad. Hoy en México las cosas son muy distintas, pero Lucia ya no está aquí para darse cuenta de eso. Sangre, ese es el precio de la libertad.

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El alma nunca muere

Por: Hector Cediel

Regresé demolido del cementerio. Me senté solo a escuchar nuestra música. Me serví uno tras otro, varios vasos de whisky para ahogar mis penas y asegurarme así, que no sobrevivirían. Siempre viví rodeado de personas maravillosas, aunque subsistía llevando una vida absurda en una isla casi solitaria urbana; mientras uno a uno, iban partiendo sin avisar, mis grandes amigos. Ya la vida me ha acostumbrado a que mis “pecaditos mortales y veniales” no mueren, simplemente: ¡desaparecen!, como si todo hubiera sido un sueño o una nueva pesadilla; ahora a las ilusiones amorosas las llamo: ilusiones de verano. Además llamaba cariñosamente “brujitas” a estas hechiceras de sentimientos. Todas parecían tener o gozar del don, de transformar en “mierda” al hombrecito enamorado o a sus sentimientos; a algunas, a las más malosas, las llamaba “las químicas”, por esta misma virtud.

Nunca tomé conciencia de haber envejecido; pienso que me hice a un lado para que la vida fluyera y ni siquiera me preocupé por madurar o asumir responsabilidades. Desde siempre tomé la vida “easy” y me refugié en el amor para no declinar o degenerarme como un obsoleto vetusto. El amor y el sexo, son la fórmula ideal para jamás envejecer. Elegí amar a mi manera muchas veces y me enredé en relaciones que recuerdo con nostalgia. Mis seres más queridos y cercanos, terminaron aceptando y perdonando “el lesbianismo de su viejo loco”; así nadie me crea, “mi corazón puto y vagabundo, siempre fue fiel y honesto, así tuviera dos o tres amores al mismo tiempo. Tuve un Gran Amor en mi vida como todos y muchos parecidos a ese”.

“Voy a irme al rincón del poeta, a pensar pensamientos”, les dije, “necesito encontrarme con el pasado, beber lo necesario hasta despertar los sentimientos y escribir un poco embriagado, para disfrutar de los apasionadores atardeceres y esas auroras románticas”.

No sé si podría volver a soportar las paredes blancas, las blusas blancas, sintiéndome atrapado y sin salida, en un absurdo laberinto blanco. No es fácil acostumbrarse a que se nos miren y trate como animales de laboratorio. La salud mental huele a carroña o ha miseria humana. Nada hay más interesante que la vagina de una psiquiatra o de una psicóloca… ¡Cómo las extraño!

Ahora mi compañera sentimental, no es más que otro fastidioso accesorio en mi vida; odia la literatura, la poesía y solo le aporta a mi vida: zozobra y angustia. A veces siento remordimiento con mi “adorada mecenas”, mi “pequeña mecenitas” y con mi amante o “novia”; es como ella prefiere que le llame. ¿Será que los escritores y los poetas, somos como los bipolares o esos enfermos mentales, que no sirven para nada? Nuestra vida como todo en esta vidorria, tiene dos caras: una cumbre y un demencial abismo. Desde que mi vida se partió en dos, vivo en el infierno o en el abismo. Nadie me escucha, nadie cree en mis sueños ni en mi gran proyecto; es como si me hubiese vuelto invisible para todos; antes era admirado y considerado un ganador, ahora siento todo lo contrario, salvo por un par de amigas. Solo ellas me ven y me escuchan. Solo para ellas, soy real. Para mis hijos soy una mascota apreciada, consentida, amaestrada para divertir y cuidar a sus hijos; no sé si me alcance el tiempo para ser “su filosofo de cabecera”. Hoy más que nunca los adolescentes necesitan de sueños e ideas. Sé que serán muy afortunados por tener unos padres amorosos y una abuela que les dejará asegurada su educación y bienestar en gran parte; aunque sus padres sean exitosos y amorosos, “el mundo da muchas vueltas” decía mi abuela y vaya si volteó mi vida, como una  arepa.

No es fácil aprender a hablar en pasado y sé que será más difícil, el acostumbrarme a hablar en tiempo futuro, cuando la noción de tiempo, desaparezca. Me duele ver o imaginar, si una vez más he generado: lágrimas y lástima; sé que soy apreciado, que les hago falta y que me extrañan con verdadero sentimiento. Quizás su exceso de amor les impidió, el permitirme vivir con más libertad la vida. Mi libertinaje desde hace ya un buen tiempo, no es más que una sana bohemia.

No es fácil el acostúmbrame a verme, sin cuerpo; extraño hasta las necesidades físicas básicas y sobre todo: por las que renegué en vida, ¡cientos de veces! No hay cielo ni infierno. Nadie vino a recibirme. No supe lo que era el túnel azul. No me cruzo ni con un alma en pena. Me teletransporto con el solo hecho de intentar un pensamiento. Traspaso el océano, atravieso paredes, estoy en todas las partes que deseo. Esto es bueno y es malo. Me hacen daño estas primeras experiencias voyeristas, pero sé que tendré que acostumbrarme ¡afortunadamente no sufrí de celos enfermizos en vida! El deseo es insoportable, me enloquece. Creo que morí a medias, así o muy parecido a como viví siempre. Cuando uno se acostumbra a medio vivir o a sobrevivir medio muerto, aprende a soportar al tedio del matrimonio, los absurdos de algunas relaciones, a las noviecitas cansonas, a la amante de turno. Vivir y dejar vivir, viviendo con pasión el momento, fue siempre una buena opción de vida, para esos hoy y ahora, que conforman nuestra existencia. “No haga la guerra, haga el amor” fue algo más que el hermoso slogan de una primavera de la vida. Todo parece como si hubiese sido ayer y más ahora. En verdad extraño mi cuerpo. Era un amigo incondicional; gozamos y sufrimos a la par. Pensaba que él era un sinvergüenza y él decía, que yo ya no tenía arreglo, que era un árbol que había nacido torcido. Los dos conformábamos a ese maravilloso ser: El perro vagabundo; bautizado así por la reina de las fruticas, mi amada mogollita. En verdad me sentí muy orgulloso representando a este personaje o al viejo loco, en la obra de este absurdo teatro en donde todo parece ser irracional, ilógico, desatinado o paradójico. Cada uno actúa y representa su propio monologo. Aquí uno es cuerpo y alma, interpretando el mismo guión y representando a veces, varios papeles simultáneos. Afortunadamente siempre viví convencido que somas carne y espíritu. Necesito un buen trago. No sé cómo podría hacerlo, ni siquiera sé si aquí se bebe. No deseo ni pensar, si se puede tener sexo. ¿Será que no se me desconectaron los sentidos o será que no desaparecen? No veo a Dios, ni a un santo siquiera o una maldita alma. Si esto es así de tedioso, me daría lo mismo, si esto es el cielo, el paraíso, el infierno, el averno, el purgatorio o como se llame. No sé si soportaré la muerte.

La luz es la corneta de la vida. Una vez más despierto y soy consciente que he llorado un poco. Hay demasiado de verdad en los sueños y por eso, es inevitable ver con tristeza o con cierta nostalgia, a esa vida que se aleja. Amar siempre fue delicioso ¡sensacional!, pero entre tres o cuatro es ¡fantástico! Sonrío cuando me llaman el Señor Roa, personaje árabe de un comercial televisivo que aparecía con su haremcito. (Pienso si debo o no explicar, qué es la televisión. Puede ser otro término que desaparezca entre muy poco, como ya lo hicieron algunas palabras como betamax, diskette, Nintendo, Vespa, “la negrita” Singer, Topolino, Constelletion, cuchilla Guillete, radio de onda larga y corta, radio transistor,etc).

—Abue, ¿ustedes se amaban mucho?

—¡Mucho! Aprendimos a querernos a nuestra manera. Aprendimos a sobrevivir, gracias a los recuerdos de cada uno. Dicen que recordar es vivir. A veces se resucita recordando y muchos vuelven a morir haciéndolo.

Jamás debí a haber donado mi cuerpo, para la experimentación científica. He despertado para enfrentar la peor pesadilla. Éste no es mi mundo, ni mi vida. Todos mis seres queridos han muerto y calculo que han pasado seis u ocho generaciones. Soy un ser extraño para todos. Todo es nuevo. Jamás me imaginé que el espíritu estuviera presente, en cada parte viva de nuestro cuerpo. Llevo casi un año “resucitado” y en verdad me siento demasiado deprimido. Ahora sólo pienso en el suicidio. Desde hace unos meses me han confinado a terapias de sueño, pero sólo veo paredes blancas, personas vestidas de blanco, es como si intentaran dejar mi mente en blanco ¡recuperarme!- Dicen ellos- y yo sólo deseo morir.

—¿Lo desconectamos?

—¿Está usted seguro que desea morir?

—Desde que desperté, lo he estado. Siempre he pensado y actuado como un muerto en vida. Ahora simplemente deseo soñar.

—Piense en algo agradable. Para ayudarle le hemos editado estas imágenes con sonidos de la naturaleza que usted conoció. Buen viaje, querido amigo.

—Yo sólo… Deseo…

Un pito anuncia que el proceso ha terminado.

Ellos incumplieron con mi última voluntad. Han vuelto a tomar mi cuerpo para investigación científica ¡qué horror! ¡Qué desgracia! ¡Qué tristeza!

Ahora estoy allí. Desnudo. Me observan como un conejillo de indias o a un mono de laboratorio, completamente rasurado. Sé que generó demasiada curiosidad en los noveles cibernéticos galenos, que sólo practicaban su medicina mecatrónica con robots. Aquí el pudor se pone a prueba: no deseo ni imaginar una erección o ver cómo me deshuesan como si fuese chatarra. Sólo le pido a mi cuerpo que se relaje y que por favor: no se fije en los senos de las urólogas. La vida me enseñó que si una mentira se repite 100 veces, termina convertida en verdad. ¿Qué pasaría si repitiera, 100 veces esta verdad?

—Yo sólo deseo…

—”Perrito vagabundo” o si quiere lo llamamos “Animal de vuelo”. Pórtese bien y no tenemos que amarrarlo ni inyectarlo. Tómese juicioso la droga.

La vida me ha enseñado que luchar contra los loqueros o los enfermeros, es una pelea de león contra burro amarrado.

—¿Está bien doctor? ¿Se mejorará? ¿Qué necesita?

—Papel y lápiz o mejor unos cuadernos rayados, argollados y varios bolígrafos. Ahora dice que escribe versos. Que es escritor y poeta. Pienso que no lo hace tan mal.

—¿Usted lo ha leído?

—¡Jamás escuché de él! Será porque solo leo artículos científicos.

—Doctor ¿Volverá a ser, el mismo “loquito”? ¿Volverá a sonreír y a bromear?

—Simplemente se cansó de vivir. Se suicidó en vida. Solo desea vivir muerto en vida. Pienso que se acostumbró a vivir, muerto en vida.

—El alma nunca muere, doctor.

—Conozco miles de personas con el alma muerta. A veces pienso que soy más un brujo resucitador de almas, que un médico.

Qué difícil es ser un poeta y qué fácil es ser, un hijo de puta murte con suerte. Me siento como un Ferrari sin motor. A la mujer la alucina el dinero y un buen sexo ¿por qué me enamoré de las palabras?

El alma nunca muere. El alma nunca muere. Mi alma no ha muerto. No estoy muerto. Si no estoy muerto, mi alma no ha muerto. El alma nunca muere. El alma nunca muere. No estoy muerto… no estoy muerto… el alma nunca muere…

—¿Doctor, ya estoy bien? ¿Ya me puedo ir, a casa?

—Su alma aun está muerta… ¡Pero la estamos resucitando!

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Un millón de amigos

Por: Rafael Azgra

Recuerdo los walkie talkies que tenía cuando era niño. La primera vez que los vi, en el escaparate de una compra-venta llamada La Tortuga de Plata, se me presentaron como la puerta a la popularidad que tanto necesitaba.

Eran asombrosos, aunque tuvieran el tamaño de dos ladrillos. Costaban mil quinientas pesetas, mi paga de cinco semanas. Pero el cristal me devolvía el reflejo de una escena que casi me hizo sonreír. Aparecía yo en el patio del colegio, rodeado de los compañeros que normalmente me desdeñaban, todos compitiendo por ser el custodio de uno de los walkies.

Bien merecía la pena sacrificar algunas chuches y los sobres de cromos para mi colección de Dragon Ball.

 

Por fin llegó la quinta semana. Entré en La Tortuga de Plata con aire triunfal y, como un forajido en un saloon del Lejano Oeste, dejé todo mi dinero sobre el mostrador.

-Buenas tardes -dije al longevo tendero que me observaba con diversión -, quiero los walkie talkies del escaparate.

Hasta yo me sorprendí de la decisión que rebosaba. El tendero caminó hacia el panel de madera que protegía la mercancía a la venta y abrió el candado con una llave que, mediante una fina cadena, llevaba unida al cinturón.

El sol se reflejaba en el plástico negro y en los rebordes de metal y me sentí como si me fueran a entregar dos lingotes de oro.

-Pues parece que vas a tener suerte -dijo el hombre mirando la etiqueta que colgaba de uno de los aparatos-. Están rebajados.

Separó con un dedo una moneda de cien pesetas y la deslizó hacia mí arqueando las cejas. Aquello ya era lo más. Podía invertir cinco duros en un sobre de cromos y el resto en chuches para acompañar la noticia de mi nueva adquisición. Entonces sí que me aclamarían.

 

Al día siguiente, a la hora del recreo, fue cuando puse en marcha mi plan. Me acerqué a tres compañeros con los que nunca había tenido problemas y saqué los walkies de la mochila.

-¡Qué chulos! -oí exclamar a mi derecha. Era Adrián, el más popular y cruel de la clase-. ¿Me dejas ver?

Perfecto, aquello podía ser perfecto. Que quien más influencia tenía se convirtiera en mi aliado al otro lado de las ondas podría suponer el fin de mis problemas de popularidad. Me apresuré en sacar la bolsa de chucherías mientras Adrián examinaba uno de los aparatos y le ofrecí.

-¿Quieres?

Adrián se rio y tomó toda la bolsa de un tirón.

-Mira esto, eh -me dijo y acto seguido lanzó el walkie talkie contra la pared, haciendo que sus piezas salieran volando en todas direcciones.

Me quedé helado y el resto de los presentes no dijo nada. Adrián masticó una fresa de gominola mientras se reía y se largó en el mismo momento en que comenzaron a caer espesas gotas de lluvia.

Recogí todas las partes del maltrecho walkie lo más deprisa que pude mientras no recibía más que miradas de lástima de cuantos pasaban por mi lado para ponerse a cubierto.

El resto de las clases las pasé en silencio e intentando no llorar. Y cuando llegó la hora de la salida tomé la puerta que se usaba para los cursos de preescolar. No quería volver a enfrentarme a las mismas miradas de antes o algo peor, así que di un rodeo antes de tomar el camino hacia mi casa.

 

Me costó toda una tarde volver a ensamblar cada pieza en su sitio. Para ello abrí con cuidado el walkie talkie sano y tomé su mecanismo como modelo. Tuve que unir las partes de la cubierta con cinta aislante, pero conseguí que funcionase.

 

Descubrí canales en los que escuchaba conversaciones de diversos radioaficionados, aunque yo no podía emitir más que entre mis dos walkie talkies. Poco a poco me fui sumergiendo en mi solitario mundo de escuchas en la sombra. Transcribía cuanto escuchaba y tenía el mínimo interés. Trasladaba vidas ajenas al papel.

Después comencé a llevar siempre conmigo uno de los walkies y, mediante unos auriculares, escuchaba otras tertulias cercanas.

Los demás acabaron asumiendo que yo era un niño solitario, pero se equivocaban. Yo tenía un millón de amigos, aunque no lo supieran.

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Chica Selva

Por: Álvaro Fernández

Elevada a diez o quince centímetros del piso, la chica selva se viene.

Tira de su cuello una cadena reluciente que la une a un albino y excéntrico caniche.

La sensación de ruedas bajo sus pies, y el resplandor grisáceo de donde parece emerger, responden a hipótesis que Ángel no puede analizar tan temprano. La madrugada dejó su lucidez a contramano y no son horas de enarbolar conjeturas disparatadas.

Varios pájaros ya cantaron, y una vida sana trota alrededor de la plaza. Es una mañana de sol, con una muchacha bonita que se aproxima. Solo eso ¿Qué más pensar?

El trayecto que la señorita recorre, se interrumpe en los árboles.

Un olfateo por allí, un chorrito por allá y la correa que vuelve a jalar…

Montada a cúmulos voladores que le nublan las caderas, la mujer esmeralda le ofrece a Ángel su perfil más sensual.

De la cintura hacia arriba, ella es pura actitud, y sin pestañear, Ángel concentra su atención en sus marcados hombros que sostienen pechos firmes y altaneros.

No se advierte rebote, y Ángel no comprende la insistencia en unas tetas que no se menean.

Todo es deslice sobre un torbellino de tinieblas que la centrifuga hasta la altura del ombligo, y las piernas de la hembra son parte de lo incomprendido de esta mañana.

No deja huellas y nadie viene tras sus pasos. No trota, no camina, no hay tobillos… ¿Qué lleva en los pies? ¿Zapatillas o tacos? ¿Está descalza? ¿Tiene pies?

Con la visión alterada por los nubarrones, los interrogantes invaden a Ángel, que a esta altura, se siente bajo amenaza, pero excitado. Caliente.

Siempre en silencio, Ángel elucubra instantáneas respecto los detalles faltantes.  «Se la ve bajita, debe calzar treinta y seis, treinta y siete, cómo mucho, y seguro que viene descalza» Arriesga y cae en la trampa de un consuelo estúpido.

Cuando quien pasea a la encadenada, decide marcar territorio en cerca de Ángel, las nubes se disipan y el sol comienza a dejar a la chica selva en evidencia.

La anónima y ¿descalza? trae un bosque encima. El verde la cubre por donde se la mire.

Ahora, con la necesidad de sentirla hasta por los poros, Ángel, el que disfrutaba de una mañana de sol en la plaza de su barrio, no se siente decepcionado por las partes bajas de la mujer verde que viaja atada a la cadena.

En igual sintonía que sus tetas vienen sus ancas. Un verde vinilo encaja a la perfección sus piernas y las caderas. Le cuelgan anillos con flores de toda variedad, pero todas, y cada una de ellas de color verde. Rosas, calas, orquídeas, claveles, todas del color de sus hojas. Los pétalos, el cádiz, el estigma, las espinas, todo verde.

El azar de un perro decide las escalas de su viaje hacía él.

No echa raíces, no la dejan, y efectivamente, sus pies están desnudos…

A poco del cara a cara, los aromas frescos de su aspecto, desconciertan a Ángel, que se siente víctima de una bendición. Él, que había madrugado sin pedir ayuda, recibe una inesperada  dosis de naturaleza.

Pero no solo las ropas de la muchacha traen maleza.  Sus pies, talla no mayor a treinta y siete, también vienen teñidos de tanto pasto deslizado.

De entre las uñas asoman restos de césped que entró allí para quedarse, y los dedos, preciosos como uvas de vino blanco a punto de emborrachar, llamaron tanto o más la atención de Ángel, que la quietud de pechos de aquel primer contacto visual.

Si por él hubiese sido, se habría masturbado a sus pies.

Con una pésimamente disimulada inocencia, y advertida del asombro que Ángel encierra en la mirada, la chica selva decide encararlo con decisión.

— ¡Hola! — su voz es dulce y dueña del control.

Ángel, que en circunstancias de vidas pasadas o por venir, se habría desenvuelto con eficaz seducción, destroza cualquier hipotético acto de galantería, detrás de un triste y bobo balbuceo…

—   Odra, — con el pánico contenido hasta donde puede, Ángel demanda respuestas. Intenta continuar con la charla pero su voz no pronuncia. Precisa tenerle fe, confiar en ella, que se brinda generosa a los sentidos. — Pero si estás toda verde…

La mujer vegetal, con una sonrisa triste pero con

el alivio de la costumbre, apoyó un dedo en los labios de Ángel y lo silenció. Él pasó su lengua libidinosa por aquel tallo divino. Ella se dejó chupar unos instantes, y le quitó la fruta de la boca…

—   No ¿Ves? Mirá mis ojos, son verdes, por eso me ves así…

Olvidado hasta la inminente despedida, el caniche excéntrico que encadenaba a la chica selva, tiró como buey a la rama a la que está sujeto.

Separada de su presencia, Ángel sintió que se la arrancaban de un brazo, como si le deshojaran la piel de los codos con broches para la ropa. Como si le tallaran en el pecho el silencio de una despedida, el milagro sin revelar.  El milagro de la madreselva.

Ángel quedó mutilado, y el sol no volvió a salir hasta la tercera mañana desde aquel día.

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De nuevo en la brecha, ruego que me disculpen

Por: Pablo León Alcaide

Había tropezado, un traspiés inoportuno en la brecha que separa la cortesía de la estupidez, y al acuse del dolor decidí sentarme y dejar mis pies colgando en aquella sima. Contemplé el relieve a mi alrededor y todo parecía difuso, como las pinceladas de un Van Gogh  en el que solo descubren su auténtica forma cuando nos alejamos lo suficiente del lienzo.

Mis pies, a veces distraídos, me han llevado en ocasiones a este tipo de depresiones en las que la estrecha línea de lo socialmente correcto se vuelve accidentada y peligrosa para la integridad de uno mismo, comienzas por agradecer un gesto amable y si no tienes cuidado puedes acabar por descubrir un yugo que rodea tu piel con la mayor naturalidad.

Es difícil caminar en el término medio cuando los vértices de ambas caras resultan tan afilados e incisivos; aquellos que optan por la incondicional pleitesía hacia cualquier gesto, real o figurado, o los que optan por la ingratitud generalizada se liberan, por así decirlo, del continuado juicio de valor que supone contemplar cada conducta de la cual seamos foco. Pero esta respuesta rápida implica meter a todos en el mismo saco, vanagloriar sin mérito a unos o menospreciar la buena acción de otros, al fin y al cabo, ni todo lo que reluce es oro ni todo el oro brilla. A menudo nos balanceamos y ponemos un pie al otro lado por miedo a caer, por miedo a no hacer lo correcto, pero en este empeño por congraciar a los demás nos perdemos a nosotros mismos e incluso perdemos a quienes menos gritan pidiendo un más que merecido agradecimiento, sólo porque creemos que quien mas alce la voz será quien más atención requiera, solo porque vivimos en una sociedad en la que quien no llora no mama y no importa de donde saquemos la leche, pero hay que saciar los estómagos hambrientos y excusarnos si el plato llegó frío.

Me gustan las personas con un claro sentido de la justicia, las que aplauden solo porque lo creen merecido y dan las gracias una sola vez por cada acto que deba ser agradecido. Me asusta caer en un valle de reverencias inmerecidas o de silencios que eclipsen cualquier conducta elogiable, quizás porque crecí con la enseñanza de que debían felicitarme por mis méritos y reprochar mis errores; y de acuerdo a esto es como me gusta actuar, tratando de ser justo en un mundo atiborrado de convenios y acuerdos sobre quien será ensalzado y quien caerá en el olvido, tratando de no vender a bajo coste mis principios ni mis ideas y así, si algún día la vida me brinda hijos a los que legar alguna experiencia, poder decirles que hagan lo que consideran correcto y no lo que otros decidan que es correcto.

Había tropezado en aquella brecha y al levantarme, al cubrir la distancia hasta la colina cercana pude ver en perspectiva donde tantos caemos, pude ver donde me precipité, pero también el camino que sigue mas allá y una nota en mi diario de descubrimientos, otra pista en la búsqueda del hombre sabio.

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Fisioterapia

Por: Pepe Ramos

Había leído que era el mejor centro de fisioterapia de la ciudad, barato y con profesionales cualificados, y del que no se conocían quejas. Tal vez el único punto negativo era que se encontraba en las afueras. Ya hacía más de media hora que había dejado atrás la urbe propiamente dicha y me había adentrado en las pequeñas urbanizaciones que pululaban aquí y allí. Estaba claro que en una de aquellas casas estaría mi destino. Y no me equivocaba, un bonito cartel, visible desde cierta distancia, lo anunciaba.

Aparqué el coche, descendí y crucé la corta distancia que me separaba de la puerta de entrada. La sorpresa que sentí al cruzar el umbral fue mayúscula: todo era de un blanco, tan blanco que cegaba. Una chica en recepción me preguntó si tenía cita. Asentí y tras darle mi nombre me dijo que esperase un momento a que me llamasen. Me senté en una de las impolutas sillas y cogí una revista de las muchas que había sobre la mesa de cristal, impecable sin una mota de polvo, en el centro de la sala de espera en la que me encontraba. Frente a mí, la recepción, y un pequeño pasillo por el que se accedía, sin duda, a las salas donde se realizaba la rehabilitación.

Todo era perfecto, incluso las revistas que formaban el montón del que cogí la primera, estaban apiladas formando dos grupos iguales. E incluso éstas eran nuevas, como si nadie las hubiese ojeado jamás. Las paredes, como ya he dicho, pintadas en un blanco radiante y sin una sola mancha de suciedad. Para ser una clínica de la que tan bien hablaban los anuncios, no había nadie más en aquella sala. Apenas dos minutos tardó una bella mujer rubia de blanco en llamarme e indicarme que la acompañara. Tenía una sonrisa tan hermosa, que no hubiera dudado en seguirla al mismísimo infierno.

En el pasillo pude distinguir tres puertas, una de ellas era el lavabo, la otra podría ser un pequeño almacén o una oficina y estaban situadas a mi derecha, y por la que cruzamos, situada a la izquierda, daba a una sala mucho más grande, en la que pude contabilizar al menos seis camillas, y varios aparatos de electro estimulación, pero todas estaban vacías.

-Quítese la camisa y túmbese boca abajo, por favor, ahora me pongo con usted y esa lumbalgia.

¿Cómo podía saber qué es lo que me dolía sino se lo había comunicado ni siquiera a la chica de recepción? Iba a hacerle esa pregunta, pero cuando me giré para mirarla, aquel pelo rubio, aquellos ojos azules y esa sonrisa encantadora me hipnotizaron y sin darme apenas cuenta, me encontraba tumbado en una de aquellas camillas, que estaba nueva, sobre una sábana incluso más blanca que las paredes.

-¿Es aquí donde le duele, verdad?- preguntó ella mientras sus manos se deslizaban por mi espalda con extremada dulzura.

-Sí- fue lo único que pude balbucear.

De hecho eso fue todo lo que pude decir. Sus colmillos blancos y alargados se clavaron en mi cuello y me dejé llevar. Ahora sé el motivo por el que nadie se quejaba de aquel centro de fisioterapia, nadie volvía con vida.

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Cartoon trip

Por: Álvaro Fernández

No todo es lo que ves, no todo es lo que parece. Y menos esta noche, donde las estrellas se ofrecen como las uvas de un parral de adornos navideños, que solo encienden y encienden.

Otra iluminación empaña el ambiente y los sentidos la asumen con una intensidad de improvisto y accidentada.

Y encandilado con los detalles, siento el cielo aterrizar en el techo de mi humilde plataforma de despegue.

Turbinas, hélices y azafatas de sex shop anuncian la partida y el traslado a un universo que irriga sangre en las sienes enfermas.

Las personas que proyectan sus imágenes de ausencia, brindan tonalidades anti age, y un hueco en la cama que no pienso ocupar esta noche.

Profundos pero sin relieve, los poros de esas entidades se sudan la vida en cada gesto. Hay tensión en las comisuras de sus labios, y la anestesia de una juventud indestructible, los vuelve maniquíes insensibles pero excitantes.

Sus  movimientos se congelan y las postales de piedra se exhiben en la dinámica de un film en 3D.

Lo que se escucha, va de la respiración del estruendo, hasta el silencio de las músicas que recuerdan lo que hoy quiero olvidar.

Y de nada sirve escapar. Es inútil quitar la mirada. Cerrar los ojos es ver más de lo aconsejable, es ver el infinito en caída libre, es viajar oscuro en un cielo rojo y equivocado.

Es buscar el alivio ciego y de cara al sol.

Luz, ruidos y calor me entusiasman, me ajustan el aire en el pecho. Soy una bomba de huesos y músculos apunto de agarrar a alguien del cuello ¿Es conmigo?  Y la confusión, los malos entendidos, las voces que pronuncian cacofonías que hechizan mi nombre. Pero esos gritos no son para mí.

Mejor es ajustar el cinturón y disfrutar…

Los flashes son dardos certeros y alucinantes que dan en el fácil blanco de mi mente, que luego de su ráfaga lisérgica, engendra un arcoíris de neuronas que sobreviven al cofre de oro de uno de sus génesis.

Un enano de jardín primitivo, pone a prueba las caries de sus muelas, dándole un mordisco a los dieciocho quilates de una moneda que gira en el aire.

Sol y agua ejecutan la fantasía, y hasta tengo las manos manchadas con la sangre de sus colores, pero…

¿El arcoíris no viene tras la lluvia?

¿Es verdad lo del cofre de oro?

¿Y el enano y la azafata del sex shop?

Pretendo entender lo que imagino.

Las hélices guillotinan el viento y la partida es inminente.

Atravesaré las lágrimas a pura carcajada. Esa lluvia que no moja, que no duele, que no existe…

Tu lluvia, hoy no me duele.

Dragones, Simpsons y Popeyes, todos juntos, en el mismo dibujo animado, en la misma pantalla que esconde a sus héroes bajo la lengua, o detrás de un ojo audaz y ensangrentado, dispuesto a ver las realidades y las fantasías juntas, bajo el mismo lente y en un mismo trago.

La oscuridad me encandila y las luces me ocultan en tinieblas, parecen haberse pegado al revés las postales de este viaje, las fotos de este ácido álbum.

Nada de fotos, por favor…

A®F – 2016

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Nieve roja

Por: Pepe Ramos

Era 24 de diciembre y los copos que hacía apenas una hora habían empezado a caer prometían la Navidad perfecta. En algunos portales los niños ya habían salido a jugar una batalla de bolas de nieve, y los más artistas estaban empezando a fabricar muñecos, aunque todavía la cantidad del blanco elemento acumulado no era suficiente. Pero eso no iba a ser un problema para los chiquillos cuyo único interés era pasárselo bien. Las sonrisas y los gritos de aquella chavalería ya llenaban las calles, y se mezclaban con los villancicos que en muchas de las casas ya sonaban. Solo faltaba Papa Noel con sus renos y sus regalos y todo sería perfecto. Para eso todavía quedaban unas cuantas horas, pero la diversión nadie se la iba a quitar a esos niños.

Pero en todas las casas no reinaba la alegría. A unas pocas manzanas del lugar donde se estaba librando aquella batalla de bolas de nieve, un muchacho de apenas cinco años, miraba por la ventana como aquellos niños se divertían. Esta Navidad no iba a ser como la de otros años, no habría regalos, ni siquiera habría cena especial. Su madre no estaba para celebraciones y de hecho él tampoco, pero esa inocencia que tiene la infancia, hacía que su máxima preocupación fuese el saber si esta noche Papa Noel iba a venir o no. El hecho de que su padre hubiese fallecido la noche anterior, quedaba relegado a un segundo plano, ya tendría tiempo de llorarle, ahora lo único realmente importante es que era Navidad, había nieve y era noche de regalos. Pero mientras él miraba a los otros niños correr y tirarse bolas de nieve, su madre lloraba desconsolada en la cocina. La pérdida del hombre que más quería, la tenía sumida en la desesperación y la tristeza. Para ella la Navidad y todo lo que ella conlleva ya no tenía importancia. Echaba de menos a su marido, la Navidad ya nunca sería lo mismo sin él. Y sin duda su hijo también lo echaría de menos pero en su mente infantil ahora lo único importante era la fecha: era 24 de diciembre.

-Mamá, ¿puedo salir?

No contestó, como única respuesta un sollozo.

Aunque era un niño no era tonto, sabía que su papá estaba muerto y sin duda eso era terrible, pero hoy era Navidad, hoy tenía que ser un día de alegría. No quería ser mayor si eso significaba que no se podía celebrar Navidad, era el día más importante de todos. Además había otra cosa que no entendía de los mayores. Su madre le había dicho que no tenía que preocuparse, que ahora su papá estaría en el cielo, y que allí sería feliz, entonces ¿por qué no dejaba de llorar? Si estaba en un sitio en el que iba a estar mejor, tenía que estar contenta.

-¿Puedo salir?- volvió a preguntar con voz trémula.

Su madre no contestaba, y él no podía dejar pasar más tiempo sin disfrutar de aquel blanco espectáculo. No solía nevar en Navidad en aquella ciudad, y quería hacer un muñeco de nieve. Pero si su madre no le daba permiso, no podía salir, y estaba claro que ella tenía la mente en otro lugar. Era mejor no insistir y dejar que pasara un rato, y eso sería bueno, ya que la capa sería mayor y sería más fácil fabricar su monigote. La dejó allí, llorando en la cocina y se fue a su habitación, tenía que revisar la lista de regalos y comprobar que cuando llegase Papa Noel, estuviesen todos, ya que había sido un niño bueno. Además este año tampoco había pedido muchas cosas. Se tumbó en la cama, con las manos sobre el pecho y cerró los ojos. No podía añadir nada a la carta ya que ayer, la entregó a Papa Noel, justo unos minutos antes de que a su mamá le llamasen por teléfono para decirle que su padre había muerto, pero si pudiera pediría volver a ser una familia feliz. Si de verdad Santa Claus era real, tenía que saberlo aunque no lo hubiese puesto en la misiva.

Finalmente se levantó y se dirigió a la cocina. Su madre se había levantado de la silla, y parecía estar preparando algo de comer, así que se acercó, tal vez ahora le diese permiso para salir un rato. Mientras se acercaba, pudo comprobar que seguía llorando.

-Mamá, por favor ¿puedo salir a jugar un ratito?

Entre sollozos le dijo:

-Prefiero que te quedes conmigo, no me gustaría perderos a los dos.

-Pero mamá, está nevando…

Su madre se giró y le miró. Dejó el cuchillo y el pimiento que estaba cortando sobre la tabla, y se acercó a su hijo para abrazarlo.

-Te quiero, lo sabes ¿verdad?

-Sí mamá.

-Y también sabes que si te digo algo lo hago por tu bien…

-Pero mamá está nevando…

-Mañana podrás salir a jugar te lo prometo.

-Pero mañana a lo mejor ya no hay nieve- dijo el niño enfurruñado.

-Ahora vete a tu habitación, cuando esté lista la comida te llamo, cariño.

Al muchacho no le quedó más remedio que obedecer. Aunque por dentro se moría de ganas de salir a disfrutar de la nieve, sabía que si no obedecía a su madre, se quedaría sin regalos y eso no estaría bien. Mientras se dirigía hacia su dormitorio, volvió a escuchar los llantos de su madre, y deseó con todas sus fuerzas que volviese a ser feliz.

En la cocina la madre intentaba preparar algo ligero para la cena, pero cada vez resultaba más complicado hacerlo sin pensar en el marido que acababa de perder. Se suponía que tenía que estar en el tanatorio velándolo, pero no podía dejar solo a Kevin, era demasiado pequeño y nunca le gustaron las niñeras, así que mientras el resto de la familia permanecía allí, ella quiso estar con su hijo en casa. Además no quería que él viese el lamentable estado en el que había quedado su padre tras el terrible accidente que acabó con su vida. Pero era duro, muy duro. Las lágrimas no habían dejado de brotar de unos preciosos ojos azules y nunca imaginó que se pudiese llorar tanto, que uno pudiese sentir tanta pena, tanta tristeza.

La cena fue triste, en silencio, de vez en cuando Kevin tarareaba algún villancico y miraba a su madre que seguía con el rostro compungido, y que apenas probaba bocado. Él, por el contrario, comía con ganas, tenía que comérselo todo para ser bueno, hoy no podía fallar, era el día que venía Papa Noel y tenía que esforzarse al máximo.

No hizo falta que su madre le enviase a la cama, sabía que tenía que irse pronto, y eso hizo. Ella se quedó en la cocina, sentada mirando su plato del que no había comido casi nada. Volvía a llorar, o para ser más precisos, seguía haciéndolo. Kevin seguía sin entender el comportamiento de los mayores, pero ahora lo importante, lo verdaderamente importante, era esperar la llegada de aquel hombre entrado en kilos y vestido de rojo que vendría cargado de regalos. Una vez en su habitación se desvistió, se puso su pijama favorito de Bob Esponja, se arrodilló y rezó. Fue una oración breve y se podría resumir en una frase: “Haz que mi papá vuelva, y mi mamá sea feliz”. No hay nada más sincero que aquello que sale del corazón de un niño.

A pesar de la tensión y de los nervios, no tardó en dormirse. Soñó que correteaba por el parque, con sus padres, disfrutando de los regalos que sin duda Papa Noel le iba a dejar por haber sido tan bueno. Miraba a un lado y a otro, a sus progenitores que le escoltaban y sonreía, todos eran felices. Junto a ellos otros niños y niñas con sus juguetes, con sus padres, disfrutando de una maravillosa mañana navideña. No había otro día igual, Navidad era el mejor día del año, ni siquiera el del cumpleaños se puede comparar. El parque, estaba precioso, y como en los sueños cada uno ve lo que quiere, había trozos en los que había mucha nieve, la justa para hacer una batalla de bolas y algunos muñecos, y otros en los que el verde del césped y las flores lo llenaban todo. También se veían algunos patos, el animal favorito de Kevin, nadando en el lago, que se encontraba en el centro mismo del parque. Si había alguna palabra para definir el día era una: maravilloso. Su padre reía, su madre estaba alegre, él estaba feliz con sus juguetes, y para hacerlo todo perfecto, estaba con sus padres, y ellos también eran felices viendo retozar a su retoño. Ojalá ese momento durase para siempre, pensó en sus propio sueño, pero sabía que solo era eso, un sueño y que cuando despertase, volvería a la realidad.

Y despertó. La realidad le esperaba, los regalos de Papa Noel también. No tenía tiempo para vestirse, así que se puso las zapatillas y se dirigió al salón, dónde estaba el árbol y bajo el mismo tendría que haber un montón de paquetes envueltos en papeles de bonitos colores. Su madre, a pesar de lo triste que se encontraba, había colocado bajo el abeto todos los presentes que los familiares habían traído para Kevin, seguramente todo lo que éste había pedido. En cuanto comprobó que casi todos aquellos paquetes eran para él, corrió a buscar a su madre a su dormitorio, tenía que decirle que Papa Noel había llegado y que era hora de abrir los regalos. No hizo falta que abriese la puerta para comprobar que seguía llorando, los sollozos eran patentes desde el exterior de la misma, la abrió un poco y quiso decirle algo a aquella mujer que había perdido todo rastro de la belleza de su madre, pero no lo hizo.

Volvió cinco minutos después, en sus manos relucía algo. Se acercó al cuerpo yacente de su madre, y le clavó el cuchillo de cocina en el corazón. Una sola puñalada certera.

-Ahora estarás en el cielo con papá y serás feliz.

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