Si tuvieras corazón

Por: Loreto Liz (Lilith)

Si estuviera segura de que tienes corazón

trataría de tocarlo

apenas con la punta de mis dedos…

Haría el esfuerzo por acunarlo en mi pecho,

no dejaría que nadie lacerase sus costuras…

Si tuviese la certeza de que en tu pecho

no hay más que un hueco,

yo misma iría contigo

hasta las puertas de la Ciudad Esmeralda

a ver al Mago…

Si supiera a ciencia cierta

que no me explotará en las manos

lo amasaría fuerte hasta que recuperase

al menos un latido

cada vez que estoy enfrente…

y no sé si es por miedo o por vergüenza

pero nunca has demostrado que tuvieras corazón…

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Lo que de verdad importa

Por: Pablo León Alcaide

Me siento en medio de una amplia habitación, lo suficiente como para que resuene el eco de mis pensamientos; dejo abiertos ambos grifos: el de las desgracias y el de las alegrías, lentamente mi piel se va empapando de todo lo que veo y lo que recuerdo haber visto, proyecciones que me ahogan si no consigo abrir la válvula de lo que verdaderamente importa: que seguimos en pie, que aún tengo ojos para ver y manos para tejer mis propias conclusiones.

Me sorprende cómo todo llega a ser sumamente sencillo, a veces la felicidad es algo tan simple como pasar la noche entera con alguien que encaja con tu manera de pensar tan cómodamente como dos piezas de puzle, otras veces la desgracia irrumpe con una ecuación tan elemental como que uno mas uno dejan de ser dos, o que nuestra afición no se convirtió en nuestro oficio. Humildes experiencias como un café a la orilla del mar, una cerveza tumbado a la luz de la luna, o encontrar la paz interior al rimar un par de versos nada recargados… Me gusta pensar que todo lo que puede destruirnos o alzarnos pueda depender de cuestiones sencillas pues, de este modo, pienso que encontrar la felicidad puede no ser otra cosa que construir nuestra vida a base de pequeñas piedras fáciles de corregir o moldear cuando alguna termine por mellarse o desprenderse de nuestra estabilidad.

Hace años pensaba que la felicidad debía compartirse con muchas personas, debía demostrarse a los cuatro vientos que estabas contento, gritarlo bien alto para que nadie pudiera instalar un No por encima de tu voz… Pero me equivoqué, la felicidad solo es real cuando se comparte, pero no significa que debamos compartirla con cualquiera, no significa que debamos demostrarle nada a nadie, se cuela en nuestra vida a través de los pequeños gestos, y a través de pequeños gestos debe seguir fluyendo. El problema de querer complicar este tráfico es que no todos (a veces ni siquiera la mayoría) compartirán tu visión, no tienen por qué opinar igual que tu o querer lo mismo que tu para estar a gusto; entonces entra en juego el equilibrio, hacer malabares con la forma de ser de cada uno de aquellos que te rodean y tratar de encontrar el término medio en el que todos estéis medianamente bien. A veces ya es demasiado complicado compaginar tu vida real con aquello que te hace feliz (y eso que “solo estudio” como dicen algunos) como para también incluir en la ecuación la realidad y los sueños de muchos otros individuos… Sin contar con esa irritante costumbre que los medios de comunicación y la sociedad que nos envuelve  tienen de decirnos y tratar de convencernos de qué es lo que necesitamos para ser felices, qué es lo que queremos y anhelamos… Lo siento, pero aún no he hipotecado mis sueños a CityBank.

Y a pesar de todo lo que de verdad importa no es lo mucho o poco que nos compliquemos para ser felices, sino que logremos serlo, tenemos una sola vida, mejor o peor, pero es lo único que tenemos y a veces nos pasamos tanto tiempo preocupados en bobadas que después no nos queda tiempo para disfrutar, para sonreír… Lo que de verdad importa no es lo mal que lo hemos pasado o si cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que tenemos un presente, y en él podemos decidir si resolver las ecuaciones o seguir odiando las matemáticas, si  confiamos en que desde lo más sencillo hasta lo más enrevesado puede conducirnos a una explosión de Serotonina que invada nuestro cuerpo de alegría…
Lo que importa es lo que hacemos con el tiempo que nos toca.
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El precio de la libertad

Por: Crono Axel

 

Hola, mi nombre es lucia tengo 19 años y soy estudiante de la facultad de derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El actual presidente e integrante del Partido Revolucionario Institucional, es el señor de gran dentadura, Gustavo Díaz Ordaz, mejor conocido como, la Changa Díaz Ordaz.

Hoy es 2 de octubre de 1968 y una de mis mejores amigas y yo, nos dirigimos a la plaza de las 3 culturas en el barrio central de Tlatelolco; Ahí nos disponemos a realizar un mitin en donde estudiantes de preparatoria y universitarios pedimos de manera pacífica que se nos brinde un poco de libertad de expresión.

El pasado 26 de julio dio inicio nuestra revolución, salimos a la calle a marchar, ya que la juventud vivimos en un estricto régimen de conducta; La manera de vestir, la música que escuchamos, como pensamos, todo, es impuesto por nuestro gobierno. Nosotros dimos el primer paso y con esto hemos dejando a nuestro presidente, con un mal sabor de boca.

El primero de septiembre, el descontento de parte del gobierno se hizo público, tropas militares se dirigieron hasta las escuelas y detuvieron a muchos de nuestros compañeros, afortunadamente los líderes de las manifestaciones escaparon, entre ellos Adrián, un chico que gracias a esta situación he podido conocer, él me gusta.

Creo que si seguimos de esta manera podremos llegar a un acuerdo favorable para nosotros, no creí que tantos jóvenes pensáramos de la misma manera. Antes de esto me sentía fuera de lugar, pero ahora que veo que no estoy sola, puedo decir lo que me gusta y lo que no, teniendo por seguro que por lo menos uno de mis compañeros estará de acuerdo conmigo.

En algunos días más se llevaran a cabo los juegos olímpicos, aquí, en nuestro país. A pesar de ser un evento de gran importancia, no vamos a desistir.

Me sorprende que haya tantas personas, en un inicio éramos estudiantes contra el mundo, jóvenes con una voz desesperada por ser escuchada, ahora, se nos han sumado profesores, trabajadores e inclusive nuestras familias. Esto es un impulso más para nosotros, seguir al pie del cañón.

La plaza de las 3 culturas es un lugar histórico y es bastante amplio. Son casi las 4 de la tarde, miles de personas han llegado y como siempre ya hay militares en los alrededores, no falta mucho para que el mitin de inicio y tampoco pasará mucho para que termine.

Ingenua que fui; pero quién se iba a imaginar que todo se trataba de una trampa.

Mientras que nuestros líderes estudiantiles daban inicio a la manifestación, un helicóptero se acercó de entre los edificios, sobrevolando una iglesia que ahí se encuentra. De la nada este dejo caer una bengala verde. Todos mirábamos con extrañeza, realmente no sabíamos de qué se trataba, o qué era lo que nos esperaba. Muchos echaron a correr, quizás por instinto, y sin previo aviso una ráfaga de balas golpeó a la multitud. Los militares comenzaron a rodearnos, parecíamos un rebaño de ovejas siendo guiado hacia un acantilado y a una muerte segura.

Los disparos provenían del mismo edificio donde se encontraba Adrián. Mi amiga me jalaba fuerte del brazo, me encontraba en estado de shock mientras veía fijamente la ventana donde se encontraba el muchacho que yo quería abrazar. El silencio de la multitud se volvió en una temible sinfonía de balas, gritos y llantos. No podía moverme, veía anonadada como muchos de mis compañeros caían al suelo, algunos muertos y muchos otros heridos.

Mi mejor amiga estaba desesperada no quería dejarme ahí, por reflejo me dio una fuerte bofetada ayudándome a reaccionar, aún sin poder pronunciar palabra alguna corrimos lo más rápido que pudimos, tropezábamos con cuerpos y nuestros pasos eran muy torpes a causa del miedo. Su mano sostenía la mía con fuerza, claro, no por nada, éramos inseparables. Había algo, una sensación extraña, poco a poco bajé la velocidad, el mundo se movía en cámara lenta, los gritos se convirtieron en ecos y comencé a sentir mucho sueño.

Lucia, era mi mejor amiga, ella, fue asesinada el 2 de octubre de 1968 durante la manifestación pacífica en la plaza de las 3 culturas. Ella murió en mis brazos, nosotros estábamos en busca de un poco de libertad. Hoy en México las cosas son muy distintas, pero Lucia ya no está aquí para darse cuenta de eso. Sangre, ese es el precio de la libertad.

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Vuelta

Por: Andrea Gómez

Estoy harta de escribir y no parar de borrar por el simple hecho de sentirte demasiado lejos como para que sigas formando parte de mis líneas.
Has dejado que las mismas manos que antes me acariciaban a mí, ahora le acaricien a ella, descubriendo un idioma que solo conocíamos nosotros, nuestro perfecto idioma.
Mis mañanas están ocupadas de tristes despertares, amaneceres recordándote y que al girarme encuentre tu sitio vacío, lleno de silencio demasiado ruidoso en mi mente.
No cierro los ojos por miedo a soñar contigo pero sufro al abrirlos porque te veo desaparecer; me blindas sueños amargos llenos de sonrisas que bailan al son de tus deseos, o de los míos, quién sabe.
Muchas noches intento contar las estrellas, pero me es imposible, porque les haces sombra, y es que incluso me has robado las rutas de los lugares a donde solía huir.
Recuerdo cuando me decías que las ojeras simplemente eran el reflejo de las noches en las que nos besábamos mucho y ahora mis ojeras son el reflejo de pensarte.
Estoy cansada de escribir mentiras creyendo que ocurrirán, cansada de seguir anclada en el lugar en el que dejamos nuestros sueños.
A pesar de todo, seguiré esperando esa casualidad, ese destino que en su día nos unió y que espero que vuelva a unirnos.
Por eso dejé mi corazón contigo, para que el día que me lo devuelvas, vengas con él.

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Amando

Por: Rolando Perera

Cuando pienso en lo inaudito de mi horrible soledad,
escondido en la esencia de lo imposible,
inventando delirios para amar en silencio
y cultivando letras en una copa de poemas.
Con toda sinceridad me siento un poeta
¡de frágil cristal!
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El alma nunca muere

Por: Hector Cediel

Regresé demolido del cementerio. Me senté solo a escuchar nuestra música. Me serví uno tras otro, varios vasos de whisky para ahogar mis penas y asegurarme así, que no sobrevivirían. Siempre viví rodeado de personas maravillosas, aunque subsistía llevando una vida absurda en una isla casi solitaria urbana; mientras uno a uno, iban partiendo sin avisar, mis grandes amigos. Ya la vida me ha acostumbrado a que mis “pecaditos mortales y veniales” no mueren, simplemente: ¡desaparecen!, como si todo hubiera sido un sueño o una nueva pesadilla; ahora a las ilusiones amorosas las llamo: ilusiones de verano. Además llamaba cariñosamente “brujitas” a estas hechiceras de sentimientos. Todas parecían tener o gozar del don, de transformar en “mierda” al hombrecito enamorado o a sus sentimientos; a algunas, a las más malosas, las llamaba “las químicas”, por esta misma virtud.

Nunca tomé conciencia de haber envejecido; pienso que me hice a un lado para que la vida fluyera y ni siquiera me preocupé por madurar o asumir responsabilidades. Desde siempre tomé la vida “easy” y me refugié en el amor para no declinar o degenerarme como un obsoleto vetusto. El amor y el sexo, son la fórmula ideal para jamás envejecer. Elegí amar a mi manera muchas veces y me enredé en relaciones que recuerdo con nostalgia. Mis seres más queridos y cercanos, terminaron aceptando y perdonando “el lesbianismo de su viejo loco”; así nadie me crea, “mi corazón puto y vagabundo, siempre fue fiel y honesto, así tuviera dos o tres amores al mismo tiempo. Tuve un Gran Amor en mi vida como todos y muchos parecidos a ese”.

“Voy a irme al rincón del poeta, a pensar pensamientos”, les dije, “necesito encontrarme con el pasado, beber lo necesario hasta despertar los sentimientos y escribir un poco embriagado, para disfrutar de los apasionadores atardeceres y esas auroras románticas”.

No sé si podría volver a soportar las paredes blancas, las blusas blancas, sintiéndome atrapado y sin salida, en un absurdo laberinto blanco. No es fácil acostumbrarse a que se nos miren y trate como animales de laboratorio. La salud mental huele a carroña o ha miseria humana. Nada hay más interesante que la vagina de una psiquiatra o de una psicóloca… ¡Cómo las extraño!

Ahora mi compañera sentimental, no es más que otro fastidioso accesorio en mi vida; odia la literatura, la poesía y solo le aporta a mi vida: zozobra y angustia. A veces siento remordimiento con mi “adorada mecenas”, mi “pequeña mecenitas” y con mi amante o “novia”; es como ella prefiere que le llame. ¿Será que los escritores y los poetas, somos como los bipolares o esos enfermos mentales, que no sirven para nada? Nuestra vida como todo en esta vidorria, tiene dos caras: una cumbre y un demencial abismo. Desde que mi vida se partió en dos, vivo en el infierno o en el abismo. Nadie me escucha, nadie cree en mis sueños ni en mi gran proyecto; es como si me hubiese vuelto invisible para todos; antes era admirado y considerado un ganador, ahora siento todo lo contrario, salvo por un par de amigas. Solo ellas me ven y me escuchan. Solo para ellas, soy real. Para mis hijos soy una mascota apreciada, consentida, amaestrada para divertir y cuidar a sus hijos; no sé si me alcance el tiempo para ser “su filosofo de cabecera”. Hoy más que nunca los adolescentes necesitan de sueños e ideas. Sé que serán muy afortunados por tener unos padres amorosos y una abuela que les dejará asegurada su educación y bienestar en gran parte; aunque sus padres sean exitosos y amorosos, “el mundo da muchas vueltas” decía mi abuela y vaya si volteó mi vida, como una  arepa.

No es fácil aprender a hablar en pasado y sé que será más difícil, el acostumbrarme a hablar en tiempo futuro, cuando la noción de tiempo, desaparezca. Me duele ver o imaginar, si una vez más he generado: lágrimas y lástima; sé que soy apreciado, que les hago falta y que me extrañan con verdadero sentimiento. Quizás su exceso de amor les impidió, el permitirme vivir con más libertad la vida. Mi libertinaje desde hace ya un buen tiempo, no es más que una sana bohemia.

No es fácil el acostúmbrame a verme, sin cuerpo; extraño hasta las necesidades físicas básicas y sobre todo: por las que renegué en vida, ¡cientos de veces! No hay cielo ni infierno. Nadie vino a recibirme. No supe lo que era el túnel azul. No me cruzo ni con un alma en pena. Me teletransporto con el solo hecho de intentar un pensamiento. Traspaso el océano, atravieso paredes, estoy en todas las partes que deseo. Esto es bueno y es malo. Me hacen daño estas primeras experiencias voyeristas, pero sé que tendré que acostumbrarme ¡afortunadamente no sufrí de celos enfermizos en vida! El deseo es insoportable, me enloquece. Creo que morí a medias, así o muy parecido a como viví siempre. Cuando uno se acostumbra a medio vivir o a sobrevivir medio muerto, aprende a soportar al tedio del matrimonio, los absurdos de algunas relaciones, a las noviecitas cansonas, a la amante de turno. Vivir y dejar vivir, viviendo con pasión el momento, fue siempre una buena opción de vida, para esos hoy y ahora, que conforman nuestra existencia. “No haga la guerra, haga el amor” fue algo más que el hermoso slogan de una primavera de la vida. Todo parece como si hubiese sido ayer y más ahora. En verdad extraño mi cuerpo. Era un amigo incondicional; gozamos y sufrimos a la par. Pensaba que él era un sinvergüenza y él decía, que yo ya no tenía arreglo, que era un árbol que había nacido torcido. Los dos conformábamos a ese maravilloso ser: El perro vagabundo; bautizado así por la reina de las fruticas, mi amada mogollita. En verdad me sentí muy orgulloso representando a este personaje o al viejo loco, en la obra de este absurdo teatro en donde todo parece ser irracional, ilógico, desatinado o paradójico. Cada uno actúa y representa su propio monologo. Aquí uno es cuerpo y alma, interpretando el mismo guión y representando a veces, varios papeles simultáneos. Afortunadamente siempre viví convencido que somas carne y espíritu. Necesito un buen trago. No sé cómo podría hacerlo, ni siquiera sé si aquí se bebe. No deseo ni pensar, si se puede tener sexo. ¿Será que no se me desconectaron los sentidos o será que no desaparecen? No veo a Dios, ni a un santo siquiera o una maldita alma. Si esto es así de tedioso, me daría lo mismo, si esto es el cielo, el paraíso, el infierno, el averno, el purgatorio o como se llame. No sé si soportaré la muerte.

La luz es la corneta de la vida. Una vez más despierto y soy consciente que he llorado un poco. Hay demasiado de verdad en los sueños y por eso, es inevitable ver con tristeza o con cierta nostalgia, a esa vida que se aleja. Amar siempre fue delicioso ¡sensacional!, pero entre tres o cuatro es ¡fantástico! Sonrío cuando me llaman el Señor Roa, personaje árabe de un comercial televisivo que aparecía con su haremcito. (Pienso si debo o no explicar, qué es la televisión. Puede ser otro término que desaparezca entre muy poco, como ya lo hicieron algunas palabras como betamax, diskette, Nintendo, Vespa, “la negrita” Singer, Topolino, Constelletion, cuchilla Guillete, radio de onda larga y corta, radio transistor,etc).

—Abue, ¿ustedes se amaban mucho?

—¡Mucho! Aprendimos a querernos a nuestra manera. Aprendimos a sobrevivir, gracias a los recuerdos de cada uno. Dicen que recordar es vivir. A veces se resucita recordando y muchos vuelven a morir haciéndolo.

Jamás debí a haber donado mi cuerpo, para la experimentación científica. He despertado para enfrentar la peor pesadilla. Éste no es mi mundo, ni mi vida. Todos mis seres queridos han muerto y calculo que han pasado seis u ocho generaciones. Soy un ser extraño para todos. Todo es nuevo. Jamás me imaginé que el espíritu estuviera presente, en cada parte viva de nuestro cuerpo. Llevo casi un año “resucitado” y en verdad me siento demasiado deprimido. Ahora sólo pienso en el suicidio. Desde hace unos meses me han confinado a terapias de sueño, pero sólo veo paredes blancas, personas vestidas de blanco, es como si intentaran dejar mi mente en blanco ¡recuperarme!- Dicen ellos- y yo sólo deseo morir.

—¿Lo desconectamos?

—¿Está usted seguro que desea morir?

—Desde que desperté, lo he estado. Siempre he pensado y actuado como un muerto en vida. Ahora simplemente deseo soñar.

—Piense en algo agradable. Para ayudarle le hemos editado estas imágenes con sonidos de la naturaleza que usted conoció. Buen viaje, querido amigo.

—Yo sólo… Deseo…

Un pito anuncia que el proceso ha terminado.

Ellos incumplieron con mi última voluntad. Han vuelto a tomar mi cuerpo para investigación científica ¡qué horror! ¡Qué desgracia! ¡Qué tristeza!

Ahora estoy allí. Desnudo. Me observan como un conejillo de indias o a un mono de laboratorio, completamente rasurado. Sé que generó demasiada curiosidad en los noveles cibernéticos galenos, que sólo practicaban su medicina mecatrónica con robots. Aquí el pudor se pone a prueba: no deseo ni imaginar una erección o ver cómo me deshuesan como si fuese chatarra. Sólo le pido a mi cuerpo que se relaje y que por favor: no se fije en los senos de las urólogas. La vida me enseñó que si una mentira se repite 100 veces, termina convertida en verdad. ¿Qué pasaría si repitiera, 100 veces esta verdad?

—Yo sólo deseo…

—”Perrito vagabundo” o si quiere lo llamamos “Animal de vuelo”. Pórtese bien y no tenemos que amarrarlo ni inyectarlo. Tómese juicioso la droga.

La vida me ha enseñado que luchar contra los loqueros o los enfermeros, es una pelea de león contra burro amarrado.

—¿Está bien doctor? ¿Se mejorará? ¿Qué necesita?

—Papel y lápiz o mejor unos cuadernos rayados, argollados y varios bolígrafos. Ahora dice que escribe versos. Que es escritor y poeta. Pienso que no lo hace tan mal.

—¿Usted lo ha leído?

—¡Jamás escuché de él! Será porque solo leo artículos científicos.

—Doctor ¿Volverá a ser, el mismo “loquito”? ¿Volverá a sonreír y a bromear?

—Simplemente se cansó de vivir. Se suicidó en vida. Solo desea vivir muerto en vida. Pienso que se acostumbró a vivir, muerto en vida.

—El alma nunca muere, doctor.

—Conozco miles de personas con el alma muerta. A veces pienso que soy más un brujo resucitador de almas, que un médico.

Qué difícil es ser un poeta y qué fácil es ser, un hijo de puta murte con suerte. Me siento como un Ferrari sin motor. A la mujer la alucina el dinero y un buen sexo ¿por qué me enamoré de las palabras?

El alma nunca muere. El alma nunca muere. Mi alma no ha muerto. No estoy muerto. Si no estoy muerto, mi alma no ha muerto. El alma nunca muere. El alma nunca muere. No estoy muerto… no estoy muerto… el alma nunca muere…

—¿Doctor, ya estoy bien? ¿Ya me puedo ir, a casa?

—Su alma aun está muerta… ¡Pero la estamos resucitando!

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Un millón de amigos

Por: Rafael Azgra

Recuerdo los walkie talkies que tenía cuando era niño. La primera vez que los vi, en el escaparate de una compra-venta llamada La Tortuga de Plata, se me presentaron como la puerta a la popularidad que tanto necesitaba.

Eran asombrosos, aunque tuvieran el tamaño de dos ladrillos. Costaban mil quinientas pesetas, mi paga de cinco semanas. Pero el cristal me devolvía el reflejo de una escena que casi me hizo sonreír. Aparecía yo en el patio del colegio, rodeado de los compañeros que normalmente me desdeñaban, todos compitiendo por ser el custodio de uno de los walkies.

Bien merecía la pena sacrificar algunas chuches y los sobres de cromos para mi colección de Dragon Ball.

 

Por fin llegó la quinta semana. Entré en La Tortuga de Plata con aire triunfal y, como un forajido en un saloon del Lejano Oeste, dejé todo mi dinero sobre el mostrador.

-Buenas tardes -dije al longevo tendero que me observaba con diversión -, quiero los walkie talkies del escaparate.

Hasta yo me sorprendí de la decisión que rebosaba. El tendero caminó hacia el panel de madera que protegía la mercancía a la venta y abrió el candado con una llave que, mediante una fina cadena, llevaba unida al cinturón.

El sol se reflejaba en el plástico negro y en los rebordes de metal y me sentí como si me fueran a entregar dos lingotes de oro.

-Pues parece que vas a tener suerte -dijo el hombre mirando la etiqueta que colgaba de uno de los aparatos-. Están rebajados.

Separó con un dedo una moneda de cien pesetas y la deslizó hacia mí arqueando las cejas. Aquello ya era lo más. Podía invertir cinco duros en un sobre de cromos y el resto en chuches para acompañar la noticia de mi nueva adquisición. Entonces sí que me aclamarían.

 

Al día siguiente, a la hora del recreo, fue cuando puse en marcha mi plan. Me acerqué a tres compañeros con los que nunca había tenido problemas y saqué los walkies de la mochila.

-¡Qué chulos! -oí exclamar a mi derecha. Era Adrián, el más popular y cruel de la clase-. ¿Me dejas ver?

Perfecto, aquello podía ser perfecto. Que quien más influencia tenía se convirtiera en mi aliado al otro lado de las ondas podría suponer el fin de mis problemas de popularidad. Me apresuré en sacar la bolsa de chucherías mientras Adrián examinaba uno de los aparatos y le ofrecí.

-¿Quieres?

Adrián se rio y tomó toda la bolsa de un tirón.

-Mira esto, eh -me dijo y acto seguido lanzó el walkie talkie contra la pared, haciendo que sus piezas salieran volando en todas direcciones.

Me quedé helado y el resto de los presentes no dijo nada. Adrián masticó una fresa de gominola mientras se reía y se largó en el mismo momento en que comenzaron a caer espesas gotas de lluvia.

Recogí todas las partes del maltrecho walkie lo más deprisa que pude mientras no recibía más que miradas de lástima de cuantos pasaban por mi lado para ponerse a cubierto.

El resto de las clases las pasé en silencio e intentando no llorar. Y cuando llegó la hora de la salida tomé la puerta que se usaba para los cursos de preescolar. No quería volver a enfrentarme a las mismas miradas de antes o algo peor, así que di un rodeo antes de tomar el camino hacia mi casa.

 

Me costó toda una tarde volver a ensamblar cada pieza en su sitio. Para ello abrí con cuidado el walkie talkie sano y tomé su mecanismo como modelo. Tuve que unir las partes de la cubierta con cinta aislante, pero conseguí que funcionase.

 

Descubrí canales en los que escuchaba conversaciones de diversos radioaficionados, aunque yo no podía emitir más que entre mis dos walkie talkies. Poco a poco me fui sumergiendo en mi solitario mundo de escuchas en la sombra. Transcribía cuanto escuchaba y tenía el mínimo interés. Trasladaba vidas ajenas al papel.

Después comencé a llevar siempre conmigo uno de los walkies y, mediante unos auriculares, escuchaba otras tertulias cercanas.

Los demás acabaron asumiendo que yo era un niño solitario, pero se equivocaban. Yo tenía un millón de amigos, aunque no lo supieran.

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No te quiero

Por: Loreto Liz (Lilith)

Quiero hablarte y quisiera estrecharte
contra las cosas que no entendemos.
Cambiar un reproche por un “te espero”
hacerte comprender que algunos de mis gritos
están hechos de silencios.
Yo no te quiero para mí, pero no tenerte
es como sentir que me caigo a un agujero.
Quisiera hablarte y te espero dando gritos en silencio,
pero no te quiero…

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Un paseo en barca

Por: Pepe Ramos

Es tres de febrero de 1945 y mientras los soldados americanos luchan en el frente, me relajo en mi barca, disfrutando de lo que más me gusta en este mundo: navegar. Sé que debería estar con mis compatriotas luchando por nuestro país, pero soy un cobarde, siempre lo he sido. En el colegio mis compañeros no dejaban de burlarse de mí, me golpeaban, lo único que hacía era agachar la cabeza.

Más tarde, en el instituto, fui el blanco de las burlas por no participar en las actividades deportivas, propias de los chicos. Siempre me alejé de las confrontaciones.

Hasta que mi vecino se tiró a mi mujer, entonces no me lo pensé dos veces, cogí la pistola que guardo en un cajón del mueble de la entrada y vacié el cargador sobre él. Menos la última bala, esa fue para mi mujer. Ahora descansan bajo el lago, mientras me alejo del lugar donde los arrojé, en mi barca.

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Chica Selva

Por: Álvaro Fernández

Elevada a diez o quince centímetros del piso, la chica selva se viene.

Tira de su cuello una cadena reluciente que la une a un albino y excéntrico caniche.

La sensación de ruedas bajo sus pies, y el resplandor grisáceo de donde parece emerger, responden a hipótesis que Ángel no puede analizar tan temprano. La madrugada dejó su lucidez a contramano y no son horas de enarbolar conjeturas disparatadas.

Varios pájaros ya cantaron, y una vida sana trota alrededor de la plaza. Es una mañana de sol, con una muchacha bonita que se aproxima. Solo eso ¿Qué más pensar?

El trayecto que la señorita recorre, se interrumpe en los árboles.

Un olfateo por allí, un chorrito por allá y la correa que vuelve a jalar…

Montada a cúmulos voladores que le nublan las caderas, la mujer esmeralda le ofrece a Ángel su perfil más sensual.

De la cintura hacia arriba, ella es pura actitud, y sin pestañear, Ángel concentra su atención en sus marcados hombros que sostienen pechos firmes y altaneros.

No se advierte rebote, y Ángel no comprende la insistencia en unas tetas que no se menean.

Todo es deslice sobre un torbellino de tinieblas que la centrifuga hasta la altura del ombligo, y las piernas de la hembra son parte de lo incomprendido de esta mañana.

No deja huellas y nadie viene tras sus pasos. No trota, no camina, no hay tobillos… ¿Qué lleva en los pies? ¿Zapatillas o tacos? ¿Está descalza? ¿Tiene pies?

Con la visión alterada por los nubarrones, los interrogantes invaden a Ángel, que a esta altura, se siente bajo amenaza, pero excitado. Caliente.

Siempre en silencio, Ángel elucubra instantáneas respecto los detalles faltantes.  «Se la ve bajita, debe calzar treinta y seis, treinta y siete, cómo mucho, y seguro que viene descalza» Arriesga y cae en la trampa de un consuelo estúpido.

Cuando quien pasea a la encadenada, decide marcar territorio en cerca de Ángel, las nubes se disipan y el sol comienza a dejar a la chica selva en evidencia.

La anónima y ¿descalza? trae un bosque encima. El verde la cubre por donde se la mire.

Ahora, con la necesidad de sentirla hasta por los poros, Ángel, el que disfrutaba de una mañana de sol en la plaza de su barrio, no se siente decepcionado por las partes bajas de la mujer verde que viaja atada a la cadena.

En igual sintonía que sus tetas vienen sus ancas. Un verde vinilo encaja a la perfección sus piernas y las caderas. Le cuelgan anillos con flores de toda variedad, pero todas, y cada una de ellas de color verde. Rosas, calas, orquídeas, claveles, todas del color de sus hojas. Los pétalos, el cádiz, el estigma, las espinas, todo verde.

El azar de un perro decide las escalas de su viaje hacía él.

No echa raíces, no la dejan, y efectivamente, sus pies están desnudos…

A poco del cara a cara, los aromas frescos de su aspecto, desconciertan a Ángel, que se siente víctima de una bendición. Él, que había madrugado sin pedir ayuda, recibe una inesperada  dosis de naturaleza.

Pero no solo las ropas de la muchacha traen maleza.  Sus pies, talla no mayor a treinta y siete, también vienen teñidos de tanto pasto deslizado.

De entre las uñas asoman restos de césped que entró allí para quedarse, y los dedos, preciosos como uvas de vino blanco a punto de emborrachar, llamaron tanto o más la atención de Ángel, que la quietud de pechos de aquel primer contacto visual.

Si por él hubiese sido, se habría masturbado a sus pies.

Con una pésimamente disimulada inocencia, y advertida del asombro que Ángel encierra en la mirada, la chica selva decide encararlo con decisión.

— ¡Hola! — su voz es dulce y dueña del control.

Ángel, que en circunstancias de vidas pasadas o por venir, se habría desenvuelto con eficaz seducción, destroza cualquier hipotético acto de galantería, detrás de un triste y bobo balbuceo…

—   Odra, — con el pánico contenido hasta donde puede, Ángel demanda respuestas. Intenta continuar con la charla pero su voz no pronuncia. Precisa tenerle fe, confiar en ella, que se brinda generosa a los sentidos. — Pero si estás toda verde…

La mujer vegetal, con una sonrisa triste pero con

el alivio de la costumbre, apoyó un dedo en los labios de Ángel y lo silenció. Él pasó su lengua libidinosa por aquel tallo divino. Ella se dejó chupar unos instantes, y le quitó la fruta de la boca…

—   No ¿Ves? Mirá mis ojos, son verdes, por eso me ves así…

Olvidado hasta la inminente despedida, el caniche excéntrico que encadenaba a la chica selva, tiró como buey a la rama a la que está sujeto.

Separada de su presencia, Ángel sintió que se la arrancaban de un brazo, como si le deshojaran la piel de los codos con broches para la ropa. Como si le tallaran en el pecho el silencio de una despedida, el milagro sin revelar.  El milagro de la madreselva.

Ángel quedó mutilado, y el sol no volvió a salir hasta la tercera mañana desde aquel día.

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