Fiel

Por: Rafael Azgra

Cuenta la leyenda que una vez hubo un niño que amaba tanto a su mascota que jamás se separaba de ella. No se sabe qué especie de animal era, pero al fin y al cabo no importaba. Era la mejor amiga del niño.

Un día cayó enferma y el niño no quiso separarse de ella tampoco. No comía, no iba a la escuela, no dormía… Excepto una vez. Sólo una vez en la que apenas cabeceó 10 minutos. Su fiel amiga, forzando su corazón para que siguiese latiendo para que el niño no viese el final, exhaló su ultimo suspiro.

Pero su historia no acaba ahí, sino no sería una leyenda. Cuentan que los espíritus ancianos que moran en la tierra para cuidar de sus descendientes oyeron llorar al niño. Era tal el lazo de amistad que había conseguido forjar aquella pequeña mascota con él que quisieron premiar a todos aquellos que dedican su vida a sus amigos humanos. Les permitieron quedarse a su alrededor, pues los humanos son muy despistados, y así, al llegar su momento, les guiarían al lugar donde los amos son felices con sus mascotas para siempre. Y así será hasta el fin de los tiempos, pues la amistad de verdad es eterna.

Imagen de Pixabay

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Oliver y la oruga

Por: Yara Zemo

El niño corría con lágrimas en los ojos a través de la alta hierba que se mecía con el viento del atardecer. Las gotas en los ojos apenas le dejaban ver, pero seguía moviendo las piernas con fuerza. Cada vez se sentía más libre. Paró en seco. Se restregó la manga por la cara, dejándose los surcos de la tristeza marcados en sus mejillas.

Miró a su alrededor. El paisaje era todo calma, pequeños pájaros volaban en el cielo y las ramas de los árboles bailaban con ellos.

De repente escuchó una pequeña voz, parecía un gritito que le hablaba. No sabía de dónde venía y comenzó a buscar. Se agacho entre las briznas y vio una pequeña oruga. La miró, pensando que sólo era una oruga más.

– ¿Por qué lloras? -alzó la voz el pequeño ser. Oliver se quedó perplejo, pero no había duda, ¡le estaba hablando!

– Me he escapado, nadie me entiende. – comenzó el niño, con pequeñas lágrimas que empezaban a nublar sus ojos -Todos se meten conmigo. Soy más grande que los otros niños, y les gusta meterse conmigo porque siempre estoy leyendo libros y contando historias que nadie entiende.

– Vaya – dijo la oruga- ¿Y por qué no te defiendes? Si eres más grande que ellos….

– Porque no quiero hacer daño a nadie. A veces no controlo mi fuerza…Yo sólo quiero tener amigos. A veces desearía ser tan pequeño y que no pudieran encontrarme…

– Pues yo también estoy triste. Yo quisiera ser grande, igual que tú. Me gustaría poder recorrer grandes distancias, ver qué hay fuera de estas altas hierbas que sólo me dejan ver un poco de cielo.

El muchacho se arrodilló y, con mucho cuidado, cogió a su nueva amiga, y se la colocó en el hombro. La pequeña larva se asustó un poco, pero en cuanto estuvo acomodada y pudo ver a todo lo que había a su alrededor, se quedó maravillada.

-¿Quieres que demos un paseo? – preguntó el niño -.

-¡Claro! Me encantaría- la oruga casi saltaba- ¿cómo te llamas?

-Me llamo Oliver, ¿y tú?

-Yo no tengo nombre….

-Bueno, eso tiene arreglo, te voy a llamar Oru.- Para la oruga el día no podía ser mejor.

Comenzaron a pasear por el bello paisaje, Oliver le explicaba cosas a su compañera sobre las plantas y animales que iban viendo. Y de repente el pequeño niño se acordó de algo.

-Oru, ¿sabes que algún día serás una mariposa? Tendrás alas y podrás volar y llegar tan alto como quieras. Podrás posarte sobre las flores y las ramas, todo lo que ahora ves desde abajo, lo verás desde arriba.

-¿De verdad? No lo sabía…pero, ¡eso será maravilloso! ¿Y tu Oliver? ¿Serás algo distinto cuando seas mayor? ¿Tendrás alas como yo?

-No…yo no tendré alas. Sólo seré…mayor.- La oruga se quedó en silencio, pensativa. Finalmente dijo.

– Creo que no tendrás alas, pero también puedes cambiar y conseguir todo lo que te propongas, ¿no? Parece que en el fondo todos somos orugas. Demasiado pequeños y frágiles al principio, pero después volaremos alto.

Oliver nunca se había parado a pensar en su futuro. Recordó todas las veces que se habían metido con él. Todo el miedo que sentía al llegar a casa con malas notas, a pesar de sus esfuerzos. Nadie le entendía, cuando hablaba de los libros y cuentos de aventuras que ocupaban sus horas. Se sentía solo, demasiado grande para ser pequeño, demasiado joven para ser mayor.

Se dio cuento de que Oru tenía razón. Los otros niños se metían con él por ser diferente, pero en el fondo todos tenían inseguridades. Y algún día al igual que Oru, conseguiría alcanzar el cielo.

-No llores más- dijo Oru- Como ves todos queremos algo, solo necesitamos tiempo.

Oliver comenzó el paseo de vuelta a casa. Se despidió de Oru, a la que prometió visitar. – Recuerda, Oliver, todos somos orugas.

Más calmado, más valiente, más maduro, Oliver volvió a su casa.

Imagen de Pixabay

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Como luces en la oscuridad

Por: Yara Zemo

Cuenta la leyenda que en las noches oscuras, podía verse titilar una luz en las montañas. Danzaba en las sombras, bailaba en los árboles y rondaba el viento suave.

Muchos lugareños subían en las noches de verano para dormir al raso y descubrir el misterio de aquella pequeña luz. Nadie conseguía encontrarla a pesar de buscar por todo el lugar, pasando la noche en vela. Al regresar a la mañana siguiente al pueblo, muchos decían haberla visto desde sus ventanas, pero los aventureros volvían con la desilusión en los ojos.

Tal era el misterio, que eruditos de todos los rincones visitaban el lugar y analizaban cada rincón con extraños aparatos. Algunos decían que era una acumulación de luciérnagas, otros que un efecto óptico al reflejarse la luna sobre algún charco de agua.

Un día, un muchacho que siempre veía la pequeña luz, decidió aventurarse a descubrir el misterio. Al llegar al lugar donde se producía el efecto, no encontraba nada. Agotado, los párpados vencieron la batalla y se quedó dormido.

Fue entonces cuando sucedió. Una ligera brisa movió las ramas cercanas. El viento levantó pequeñas briznas de hierba a su alrededor. Un silencio extraño envolvió el lugar, y de repente, la luz comenzó a brillar. El muchacho recuerda levantarse y seguir el pequeño haz, que brincaba por las hojas, las rocas y las flores.

Consiguió alcanzarla y vio un muchacho con cara pícara que brincaba y reía sin parar.

– ¿Quién eres? – preguntó el joven asustado.

– ¿Quién eres? – respondió la voz pícara del extraño ser luminoso.

Vaya, parecía que era un ser juguetón y que no sería fácil…volvió a intentarlo.

– Soy Roby, un granjero del pueblo, no voy a hacerte daño.

– Soy un sueño, pequeño Roby.

– Algo es algo – pensó Roby – a ver si consigo saber más.

– Y dime…¿no tienes nombre?

– Tengo mil nombres y ninguno. Depende de quién sueñe. Para los más fantasiosos soy un duende o un hada, con nombres de lo más curiosos. Para los más escépticos solo soy una luz de un faro o una luciérnaga. Algunos incluso creen que soy la respuesta a sus dudas y para otros únicamente una ilusión.

– Pero…¿cómo puede ser? Tienes que tener un nombre, una edad…si no, no existirías.

– Existo, si crees que existo. Ha sido así desde siempre.

– ¿Desde siempre? – cada vez Roby estaba más confundido, pero tenía que conocer el secreto. – ¿Estás diciendo que eres inmortal?

– Ni mortal ni inmortal, ni bien ni mal, no soy celestial pero tampoco del mundo real.

– ¿Cómo llegaste aquí?

– Como todos los demás. Cuando el sol choca con las montañas, miles de partículas se esparcen, creando pequeños seres de luz que nacen de los sueños de aquellos que miran el atardecer.

– Entonces…¿hay más como tú?

– Si, estamos en los pensamientos de los que duermen. Somos parte de las esperanzas y deseos. En el cielo puedes ver muchos más como yo.

– ¿Te refieres a las estrellas? Pero las estrellas no brincan como tú.

– Las estrellas, como tu las llamas, son las más antiguas luces que nacieron, tras miles de años de brincar, se quedaron quietas en el firmamento, para que la gente siguiera mirando al cielo.

– ¿Y dónde estamos ahora? Parece el mundo real, pero no lo es…¿verdad?

– Estás donde las horas no pasan, donde la luz es más fuerte y más débil. Donde las aves no vuelan, donde las nubes no llegan. Estás en tus sueños, donde todo puede ser y donde nada es.

Cada vez se sentía más confundido, casi mareado. Pero no tenía miedo y aunque todo parecía de lo más normal, el joven Roby, sólo estaba teniendo un sueño. Os preguntaréis porqué nadie había tenido tal sueño antes. Y es que nadie se quedaba dormido en aquél lugar para buscar la pequeña luz. Pero la luz es parte de los sueños y despierto no podías verlas.

Roby, sin quererlo, se había quedado dormido con tal deseo de conocer el misterio, que sus sueños se habían hecho realidad. Roby quería seguir hablando con la pequeña estrella.

– Entonces no eres real, eres un fuego fatuo, una mentira de la mente.

– No Roby, soy una ilusión, que existe para que siga la esperanza de la gente. Si fuera una mentira, desaparecerían los sueños y sin sueños la gente no tendría ganas de vivir. Todo se convertiría en monotonía, en desilusión, en una rutina triste.

En ese instante, un escalofrío recorrió la nuca de Roby. Se despertó. La luz no estaba. Un instante antes podía casi tocarla y se había desvanecido. Había resuelto el misterio de la luz, pero no se lo diría a nadie. Sabía que la gente tendría que seguir creyendo en hadas y duendes para que se mantuvieran las fantasías. Como luces en la oscuridad.

 

Imagen de Moyan Brenn

Imagen de Moyan Brenn

Duerme pequeño

Por: Yara Zemo

Duerme mi niño,
Ten dulces sueños.

Surca el cielo celeste,
salta en las nubes resplandecientes.

Imagina ser caballero,
con dragones y guerreros.

Viaja en un cohete,
roza las estrellas, se valiente.

Recuerda las historias,
revive las leyendas,
recorre las páginas
de aquellas novelas.

Duerme mi niño, duerme.
Ten dulces sueños.

Imagen de noticias impactantes

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Al atardecer…

Por: Yara Zemo

cuentoHabía una vez una montaña con forma de res.
Había una vez una nube del revés.
Había una vez un río donde vivía un pez.
Había una vez un pájaro y un ciempiés.
Había una vez un árbol que era un ciprés.

El pájaro saludo al pez.
El ciempiés se subió al ciprés.
Y la nube del revés,
giró en la montaña con forma de res.

En la madriguera

Lydia Gala
topo_poesia
Algo se ha movido en la madriguera
Creo que es un topo que tiene ceguera
No ve un pimiento, pero eso no importa
Se desliza y corre con su vista corta.
 
Patas diminutas, manos de rastrillo
Para cavar hoyos donde vive el pillo.
Suele tener todo pulcro y cuidado
Que otros topos vean que es muy ordenado.
 
¿Y qué es lo que come este animal?
Gusanos y larvas es lo más normal.
Un sitio secreto tiene escondido
Con muchas lombrices que él ha reunido
 
Águilas y zorros son el enemigo
Buscan a los topos en campos de trigo
Pero este topo es muy temeroso
Siempre cuando sale, mira cauteloso
 
Topo solitario le suelen llamar
Pocas amistades bajan a charlar
Su única amiga es una culebra
Con ojos saltones y rayas de cebra.

Cuchufleto y Antón

Por: Inma Tante

Por el desierto de arena caminaba Cuchufleto con sus dos jorobas llenas. Lo hacía muy despacito porque hacía mucho calor, que en el desierto sucede que no hay ni una sola flor que te dé un poco de sombra y un poco de buen olor.

Antón el escorpión, que estaba tomando el sol, asombrado se quedó cuando vio a Cuchufleto que a él se acercó y muy curioso preguntó.

¿Qué traes dentro de esos sacos que llevas en el lomo? ¡Dromedario, dímelo!

Pues en ellas pongo todo lo bonito que encuentro por el camino. Hoy he metido un bastón, una manta, dos mandarinas y un dátil que es marrón Cuchufleto respondió.

¿Hum? —dijo el escorpión—. Pues a mí no me parece bonito nada de eso. ¡Yo tengo una idea mejor! Yo metería un jamón, una cama y un tambor.

¿Eh? ¿Y qué harías con esas cosas escorpión?

Pues mira dromedario Cuchufleto, el jamón me lo comería al sol tumbado en mi cama con un bonito colchón, y el tambor lo tocaría cuando viese una serpiente y así del susto se iría.

Cuchufleto se rió, y acercándose a Antón, lo que sabía contó.

Ay, ay, ay mi amigo Antón, del desierto no sabes mucho, ¡no, señor¡ Pues el jamón está salado y te daría mucha sed y ya sabes que en el desierto mucha agua no vas a ver. Si en la cama te tumbas al sol, te va a dar un patatús y más seco que un higo te vas a quedar tú. Y finalmente amiguito escorpión, todo el mundo sabe que las serpientes sordas son, y no oirán el ruido del tambor.

El escorpión miró a Cuchufleto con preocupación y una lagrimilla en su cara asomó.

Ven, anda, no te preocupes, que yo con mis cosas bonitas que he recogido hoy te voy a ayudar, que de noche se está haciendo y nos tenemos que cuidar.

Cuchufleto sacó el bastón y puso la manta encima y una tienda de campaña en un minutejo montó. Los dos se metieron dentro y las mandarinas comieron, y de postre el dátil marrón, lo de fuera para Cuchufleto y Antón el hueso chupó.

La noche entera pasaron hablando de los desiertos y de planes de los dos; uno con viajar en velero por el mar, y otro con un jamón sin sal.

Y Cuchufleto abrazó al escorpión con muchísimo cuidado, que por todos es sabido que tienen un aguijón, y que cuando te lo clavan tienes que ir al doctor, y contentos se durmieron y soñaron encontrar un oasis con palmeras y con amigos nadar.

Y viendo cómo dormía el pequeño escorpión, Cuchufleto sonrió porque un secreto guardó a su muy querido Antón y susurrando le dijo: “Yo no soy un dromedario. No, señor. Lo que soy es un camello con carnet de explorador”.