El alma nunca muere

Por: Hector Cediel

Regresé demolido del cementerio. Me senté solo a escuchar nuestra música. Me serví uno tras otro, varios vasos de whisky para ahogar mis penas y asegurarme así, que no sobrevivirían. Siempre viví rodeado de personas maravillosas, aunque subsistía llevando una vida absurda en una isla casi solitaria urbana; mientras uno a uno, iban partiendo sin avisar, mis grandes amigos. Ya la vida me ha acostumbrado a que mis “pecaditos mortales y veniales” no mueren, simplemente: ¡desaparecen!, como si todo hubiera sido un sueño o una nueva pesadilla; ahora a las ilusiones amorosas las llamo: ilusiones de verano. Además llamaba cariñosamente “brujitas” a estas hechiceras de sentimientos. Todas parecían tener o gozar del don, de transformar en “mierda” al hombrecito enamorado o a sus sentimientos; a algunas, a las más malosas, las llamaba “las químicas”, por esta misma virtud.

Nunca tomé conciencia de haber envejecido; pienso que me hice a un lado para que la vida fluyera y ni siquiera me preocupé por madurar o asumir responsabilidades. Desde siempre tomé la vida “easy” y me refugié en el amor para no declinar o degenerarme como un obsoleto vetusto. El amor y el sexo, son la fórmula ideal para jamás envejecer. Elegí amar a mi manera muchas veces y me enredé en relaciones que recuerdo con nostalgia. Mis seres más queridos y cercanos, terminaron aceptando y perdonando “el lesbianismo de su viejo loco”; así nadie me crea, “mi corazón puto y vagabundo, siempre fue fiel y honesto, así tuviera dos o tres amores al mismo tiempo. Tuve un Gran Amor en mi vida como todos y muchos parecidos a ese”.

“Voy a irme al rincón del poeta, a pensar pensamientos”, les dije, “necesito encontrarme con el pasado, beber lo necesario hasta despertar los sentimientos y escribir un poco embriagado, para disfrutar de los apasionadores atardeceres y esas auroras románticas”.

No sé si podría volver a soportar las paredes blancas, las blusas blancas, sintiéndome atrapado y sin salida, en un absurdo laberinto blanco. No es fácil acostumbrarse a que se nos miren y trate como animales de laboratorio. La salud mental huele a carroña o ha miseria humana. Nada hay más interesante que la vagina de una psiquiatra o de una psicóloca… ¡Cómo las extraño!

Ahora mi compañera sentimental, no es más que otro fastidioso accesorio en mi vida; odia la literatura, la poesía y solo le aporta a mi vida: zozobra y angustia. A veces siento remordimiento con mi “adorada mecenas”, mi “pequeña mecenitas” y con mi amante o “novia”; es como ella prefiere que le llame. ¿Será que los escritores y los poetas, somos como los bipolares o esos enfermos mentales, que no sirven para nada? Nuestra vida como todo en esta vidorria, tiene dos caras: una cumbre y un demencial abismo. Desde que mi vida se partió en dos, vivo en el infierno o en el abismo. Nadie me escucha, nadie cree en mis sueños ni en mi gran proyecto; es como si me hubiese vuelto invisible para todos; antes era admirado y considerado un ganador, ahora siento todo lo contrario, salvo por un par de amigas. Solo ellas me ven y me escuchan. Solo para ellas, soy real. Para mis hijos soy una mascota apreciada, consentida, amaestrada para divertir y cuidar a sus hijos; no sé si me alcance el tiempo para ser “su filosofo de cabecera”. Hoy más que nunca los adolescentes necesitan de sueños e ideas. Sé que serán muy afortunados por tener unos padres amorosos y una abuela que les dejará asegurada su educación y bienestar en gran parte; aunque sus padres sean exitosos y amorosos, “el mundo da muchas vueltas” decía mi abuela y vaya si volteó mi vida, como una  arepa.

No es fácil aprender a hablar en pasado y sé que será más difícil, el acostumbrarme a hablar en tiempo futuro, cuando la noción de tiempo, desaparezca. Me duele ver o imaginar, si una vez más he generado: lágrimas y lástima; sé que soy apreciado, que les hago falta y que me extrañan con verdadero sentimiento. Quizás su exceso de amor les impidió, el permitirme vivir con más libertad la vida. Mi libertinaje desde hace ya un buen tiempo, no es más que una sana bohemia.

No es fácil el acostúmbrame a verme, sin cuerpo; extraño hasta las necesidades físicas básicas y sobre todo: por las que renegué en vida, ¡cientos de veces! No hay cielo ni infierno. Nadie vino a recibirme. No supe lo que era el túnel azul. No me cruzo ni con un alma en pena. Me teletransporto con el solo hecho de intentar un pensamiento. Traspaso el océano, atravieso paredes, estoy en todas las partes que deseo. Esto es bueno y es malo. Me hacen daño estas primeras experiencias voyeristas, pero sé que tendré que acostumbrarme ¡afortunadamente no sufrí de celos enfermizos en vida! El deseo es insoportable, me enloquece. Creo que morí a medias, así o muy parecido a como viví siempre. Cuando uno se acostumbra a medio vivir o a sobrevivir medio muerto, aprende a soportar al tedio del matrimonio, los absurdos de algunas relaciones, a las noviecitas cansonas, a la amante de turno. Vivir y dejar vivir, viviendo con pasión el momento, fue siempre una buena opción de vida, para esos hoy y ahora, que conforman nuestra existencia. “No haga la guerra, haga el amor” fue algo más que el hermoso slogan de una primavera de la vida. Todo parece como si hubiese sido ayer y más ahora. En verdad extraño mi cuerpo. Era un amigo incondicional; gozamos y sufrimos a la par. Pensaba que él era un sinvergüenza y él decía, que yo ya no tenía arreglo, que era un árbol que había nacido torcido. Los dos conformábamos a ese maravilloso ser: El perro vagabundo; bautizado así por la reina de las fruticas, mi amada mogollita. En verdad me sentí muy orgulloso representando a este personaje o al viejo loco, en la obra de este absurdo teatro en donde todo parece ser irracional, ilógico, desatinado o paradójico. Cada uno actúa y representa su propio monologo. Aquí uno es cuerpo y alma, interpretando el mismo guión y representando a veces, varios papeles simultáneos. Afortunadamente siempre viví convencido que somas carne y espíritu. Necesito un buen trago. No sé cómo podría hacerlo, ni siquiera sé si aquí se bebe. No deseo ni pensar, si se puede tener sexo. ¿Será que no se me desconectaron los sentidos o será que no desaparecen? No veo a Dios, ni a un santo siquiera o una maldita alma. Si esto es así de tedioso, me daría lo mismo, si esto es el cielo, el paraíso, el infierno, el averno, el purgatorio o como se llame. No sé si soportaré la muerte.

La luz es la corneta de la vida. Una vez más despierto y soy consciente que he llorado un poco. Hay demasiado de verdad en los sueños y por eso, es inevitable ver con tristeza o con cierta nostalgia, a esa vida que se aleja. Amar siempre fue delicioso ¡sensacional!, pero entre tres o cuatro es ¡fantástico! Sonrío cuando me llaman el Señor Roa, personaje árabe de un comercial televisivo que aparecía con su haremcito. (Pienso si debo o no explicar, qué es la televisión. Puede ser otro término que desaparezca entre muy poco, como ya lo hicieron algunas palabras como betamax, diskette, Nintendo, Vespa, “la negrita” Singer, Topolino, Constelletion, cuchilla Guillete, radio de onda larga y corta, radio transistor,etc).

—Abue, ¿ustedes se amaban mucho?

—¡Mucho! Aprendimos a querernos a nuestra manera. Aprendimos a sobrevivir, gracias a los recuerdos de cada uno. Dicen que recordar es vivir. A veces se resucita recordando y muchos vuelven a morir haciéndolo.

Jamás debí a haber donado mi cuerpo, para la experimentación científica. He despertado para enfrentar la peor pesadilla. Éste no es mi mundo, ni mi vida. Todos mis seres queridos han muerto y calculo que han pasado seis u ocho generaciones. Soy un ser extraño para todos. Todo es nuevo. Jamás me imaginé que el espíritu estuviera presente, en cada parte viva de nuestro cuerpo. Llevo casi un año “resucitado” y en verdad me siento demasiado deprimido. Ahora sólo pienso en el suicidio. Desde hace unos meses me han confinado a terapias de sueño, pero sólo veo paredes blancas, personas vestidas de blanco, es como si intentaran dejar mi mente en blanco ¡recuperarme!- Dicen ellos- y yo sólo deseo morir.

—¿Lo desconectamos?

—¿Está usted seguro que desea morir?

—Desde que desperté, lo he estado. Siempre he pensado y actuado como un muerto en vida. Ahora simplemente deseo soñar.

—Piense en algo agradable. Para ayudarle le hemos editado estas imágenes con sonidos de la naturaleza que usted conoció. Buen viaje, querido amigo.

—Yo sólo… Deseo…

Un pito anuncia que el proceso ha terminado.

Ellos incumplieron con mi última voluntad. Han vuelto a tomar mi cuerpo para investigación científica ¡qué horror! ¡Qué desgracia! ¡Qué tristeza!

Ahora estoy allí. Desnudo. Me observan como un conejillo de indias o a un mono de laboratorio, completamente rasurado. Sé que generó demasiada curiosidad en los noveles cibernéticos galenos, que sólo practicaban su medicina mecatrónica con robots. Aquí el pudor se pone a prueba: no deseo ni imaginar una erección o ver cómo me deshuesan como si fuese chatarra. Sólo le pido a mi cuerpo que se relaje y que por favor: no se fije en los senos de las urólogas. La vida me enseñó que si una mentira se repite 100 veces, termina convertida en verdad. ¿Qué pasaría si repitiera, 100 veces esta verdad?

—Yo sólo deseo…

—”Perrito vagabundo” o si quiere lo llamamos “Animal de vuelo”. Pórtese bien y no tenemos que amarrarlo ni inyectarlo. Tómese juicioso la droga.

La vida me ha enseñado que luchar contra los loqueros o los enfermeros, es una pelea de león contra burro amarrado.

—¿Está bien doctor? ¿Se mejorará? ¿Qué necesita?

—Papel y lápiz o mejor unos cuadernos rayados, argollados y varios bolígrafos. Ahora dice que escribe versos. Que es escritor y poeta. Pienso que no lo hace tan mal.

—¿Usted lo ha leído?

—¡Jamás escuché de él! Será porque solo leo artículos científicos.

—Doctor ¿Volverá a ser, el mismo “loquito”? ¿Volverá a sonreír y a bromear?

—Simplemente se cansó de vivir. Se suicidó en vida. Solo desea vivir muerto en vida. Pienso que se acostumbró a vivir, muerto en vida.

—El alma nunca muere, doctor.

—Conozco miles de personas con el alma muerta. A veces pienso que soy más un brujo resucitador de almas, que un médico.

Qué difícil es ser un poeta y qué fácil es ser, un hijo de puta murte con suerte. Me siento como un Ferrari sin motor. A la mujer la alucina el dinero y un buen sexo ¿por qué me enamoré de las palabras?

El alma nunca muere. El alma nunca muere. Mi alma no ha muerto. No estoy muerto. Si no estoy muerto, mi alma no ha muerto. El alma nunca muere. El alma nunca muere. No estoy muerto… no estoy muerto… el alma nunca muere…

—¿Doctor, ya estoy bien? ¿Ya me puedo ir, a casa?

—Su alma aun está muerta… ¡Pero la estamos resucitando!

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Imagen de Pixabay

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