De nuevo en la brecha, ruego que me disculpen

Por: Pablo León Alcaide

Había tropezado, un traspiés inoportuno en la brecha que separa la cortesía de la estupidez, y al acuse del dolor decidí sentarme y dejar mis pies colgando en aquella sima. Contemplé el relieve a mi alrededor y todo parecía difuso, como las pinceladas de un Van Gogh  en el que solo descubren su auténtica forma cuando nos alejamos lo suficiente del lienzo.

Mis pies, a veces distraídos, me han llevado en ocasiones a este tipo de depresiones en las que la estrecha línea de lo socialmente correcto se vuelve accidentada y peligrosa para la integridad de uno mismo, comienzas por agradecer un gesto amable y si no tienes cuidado puedes acabar por descubrir un yugo que rodea tu piel con la mayor naturalidad.

Es difícil caminar en el término medio cuando los vértices de ambas caras resultan tan afilados e incisivos; aquellos que optan por la incondicional pleitesía hacia cualquier gesto, real o figurado, o los que optan por la ingratitud generalizada se liberan, por así decirlo, del continuado juicio de valor que supone contemplar cada conducta de la cual seamos foco. Pero esta respuesta rápida implica meter a todos en el mismo saco, vanagloriar sin mérito a unos o menospreciar la buena acción de otros, al fin y al cabo, ni todo lo que reluce es oro ni todo el oro brilla. A menudo nos balanceamos y ponemos un pie al otro lado por miedo a caer, por miedo a no hacer lo correcto, pero en este empeño por congraciar a los demás nos perdemos a nosotros mismos e incluso perdemos a quienes menos gritan pidiendo un más que merecido agradecimiento, sólo porque creemos que quien mas alce la voz será quien más atención requiera, solo porque vivimos en una sociedad en la que quien no llora no mama y no importa de donde saquemos la leche, pero hay que saciar los estómagos hambrientos y excusarnos si el plato llegó frío.

Me gustan las personas con un claro sentido de la justicia, las que aplauden solo porque lo creen merecido y dan las gracias una sola vez por cada acto que deba ser agradecido. Me asusta caer en un valle de reverencias inmerecidas o de silencios que eclipsen cualquier conducta elogiable, quizás porque crecí con la enseñanza de que debían felicitarme por mis méritos y reprochar mis errores; y de acuerdo a esto es como me gusta actuar, tratando de ser justo en un mundo atiborrado de convenios y acuerdos sobre quien será ensalzado y quien caerá en el olvido, tratando de no vender a bajo coste mis principios ni mis ideas y así, si algún día la vida me brinda hijos a los que legar alguna experiencia, poder decirles que hagan lo que consideran correcto y no lo que otros decidan que es correcto.

Había tropezado en aquella brecha y al levantarme, al cubrir la distancia hasta la colina cercana pude ver en perspectiva donde tantos caemos, pude ver donde me precipité, pero también el camino que sigue mas allá y una nota en mi diario de descubrimientos, otra pista en la búsqueda del hombre sabio.

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Imagen de Pixabay

 

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