Fisioterapia

Por: Pepe Ramos

Había leído que era el mejor centro de fisioterapia de la ciudad, barato y con profesionales cualificados, y del que no se conocían quejas. Tal vez el único punto negativo era que se encontraba en las afueras. Ya hacía más de media hora que había dejado atrás la urbe propiamente dicha y me había adentrado en las pequeñas urbanizaciones que pululaban aquí y allí. Estaba claro que en una de aquellas casas estaría mi destino. Y no me equivocaba, un bonito cartel, visible desde cierta distancia, lo anunciaba.

Aparqué el coche, descendí y crucé la corta distancia que me separaba de la puerta de entrada. La sorpresa que sentí al cruzar el umbral fue mayúscula: todo era de un blanco, tan blanco que cegaba. Una chica en recepción me preguntó si tenía cita. Asentí y tras darle mi nombre me dijo que esperase un momento a que me llamasen. Me senté en una de las impolutas sillas y cogí una revista de las muchas que había sobre la mesa de cristal, impecable sin una mota de polvo, en el centro de la sala de espera en la que me encontraba. Frente a mí, la recepción, y un pequeño pasillo por el que se accedía, sin duda, a las salas donde se realizaba la rehabilitación.

Todo era perfecto, incluso las revistas que formaban el montón del que cogí la primera, estaban apiladas formando dos grupos iguales. E incluso éstas eran nuevas, como si nadie las hubiese ojeado jamás. Las paredes, como ya he dicho, pintadas en un blanco radiante y sin una sola mancha de suciedad. Para ser una clínica de la que tan bien hablaban los anuncios, no había nadie más en aquella sala. Apenas dos minutos tardó una bella mujer rubia de blanco en llamarme e indicarme que la acompañara. Tenía una sonrisa tan hermosa, que no hubiera dudado en seguirla al mismísimo infierno.

En el pasillo pude distinguir tres puertas, una de ellas era el lavabo, la otra podría ser un pequeño almacén o una oficina y estaban situadas a mi derecha, y por la que cruzamos, situada a la izquierda, daba a una sala mucho más grande, en la que pude contabilizar al menos seis camillas, y varios aparatos de electro estimulación, pero todas estaban vacías.

-Quítese la camisa y túmbese boca abajo, por favor, ahora me pongo con usted y esa lumbalgia.

¿Cómo podía saber qué es lo que me dolía sino se lo había comunicado ni siquiera a la chica de recepción? Iba a hacerle esa pregunta, pero cuando me giré para mirarla, aquel pelo rubio, aquellos ojos azules y esa sonrisa encantadora me hipnotizaron y sin darme apenas cuenta, me encontraba tumbado en una de aquellas camillas, que estaba nueva, sobre una sábana incluso más blanca que las paredes.

-¿Es aquí donde le duele, verdad?- preguntó ella mientras sus manos se deslizaban por mi espalda con extremada dulzura.

-Sí- fue lo único que pude balbucear.

De hecho eso fue todo lo que pude decir. Sus colmillos blancos y alargados se clavaron en mi cuello y me dejé llevar. Ahora sé el motivo por el que nadie se quejaba de aquel centro de fisioterapia, nadie volvía con vida.

hospital-bed-315869_1280

Imagen de Pixabay

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s