Ahora que lo pienso

Por: Alejandro Enríquez

Y no lo pienso
veo en el eterno
de tus ojos fósforos
la dormida adrenalina,
y me llega el olor de años,
y por triste o raro que parezca
ya morí en el iris de tus chacras;
de tus pulmones implosión metálica,
pum, para adentro máquina de hierro,
no he pensado nada, no he vivido turbio,
sólo soy humano triste al no encontrarse erecto;
cabizbajo me apodaron las aceras, lloro en una rima
de expulsión viscosa donde parques y familias pierden
la moral que los somete: al fin el padre, que era pilar moral
se desteje de su fierro; levanta el pantalón (mojado) y se masturba
enfrente de su mujer y de sus hijos; de esa forma imploro a los psicólogos
el tratamiento de mi pene, y después lloro otra vez porque me siento loco,
como si todo progreso obtenido  la marea se lo llevase de a poco llorando,
como si el árbol que apenas da su jugoso fruto regrese a semilla, desnudo,
como si opresión del Estado se hiciera presente en ceremonia de patria,
como si vomitaras y vomitaras y vomitaras y vomitaras hasta la próstata,
como si lo que llevas leído a la última frase se deshiciese por un olvido,
como un ancho camino que a cada paso se angustia y se colorea gris,
como la cola del diablo que se prolonga en el viento llorase muriera,
como si todo lo que pensaras y digas al final del día nada valiera,
y te preguntas, y me pregunto, ¿qué pensar cuando uno ya jura
que la luna se empareja a llorar por el sol infiel? ¿pensar en ir?
¿pensar en darle piola a mi único suspiro, y correr tras de ti?
¡como si descalzo andar por la avenida fuese no sacrificio!
Salir a la tarde otoñal, húmeda y suculenta, respirar:
esencia de lobos, en el suelo con hojas se trazan
mensajes de amor de parejas que ya murieron;
pienso en la nostalgia impresa en blanco y negro,
siento que me sulfuro y que crezco llorando un río
de sales de baño cortantes, me muero en mí mismo,
exploto por dentro, migajas de órganos, los sudo, lloro,
mis manos lloran; los ojos de mis manos lloran. Ausencias:
comienza a crecer el ancla evolutiva de la virtud muerta
por el tiempo indeciso, punzante maligno. Recuerdos de pan
estremecen las hojas secas. Huelen a mermelada, a flores, a miel,
huelen los colibríes que me devuelven el rocío de años pasados,
me atrapa el olor a café, a rayo de luz desnudando el polvo del aire,
¿es mi cerebro una hielera que conserva pedazos de uretras que la cagan?
Las almas devoran todo y quedamos con el hambre de dos niños,
ambos sabemos lo que padece el otro, ¿por qué tarda el abrazo?
la marcha turca llora. Tarde da filosos pasos y penetra, carraspeo,
llega al punto carcinógeno, lo estimula y brinda doce orgasmos:
ya no hay vuelta atrás en esto de mirar las hojas y tocarme.

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Imagen de Pixabay

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