Nieve roja

Por: Pepe Ramos

Era 24 de diciembre y los copos que hacía apenas una hora habían empezado a caer prometían la Navidad perfecta. En algunos portales los niños ya habían salido a jugar una batalla de bolas de nieve, y los más artistas estaban empezando a fabricar muñecos, aunque todavía la cantidad del blanco elemento acumulado no era suficiente. Pero eso no iba a ser un problema para los chiquillos cuyo único interés era pasárselo bien. Las sonrisas y los gritos de aquella chavalería ya llenaban las calles, y se mezclaban con los villancicos que en muchas de las casas ya sonaban. Solo faltaba Papa Noel con sus renos y sus regalos y todo sería perfecto. Para eso todavía quedaban unas cuantas horas, pero la diversión nadie se la iba a quitar a esos niños.

Pero en todas las casas no reinaba la alegría. A unas pocas manzanas del lugar donde se estaba librando aquella batalla de bolas de nieve, un muchacho de apenas cinco años, miraba por la ventana como aquellos niños se divertían. Esta Navidad no iba a ser como la de otros años, no habría regalos, ni siquiera habría cena especial. Su madre no estaba para celebraciones y de hecho él tampoco, pero esa inocencia que tiene la infancia, hacía que su máxima preocupación fuese el saber si esta noche Papa Noel iba a venir o no. El hecho de que su padre hubiese fallecido la noche anterior, quedaba relegado a un segundo plano, ya tendría tiempo de llorarle, ahora lo único realmente importante es que era Navidad, había nieve y era noche de regalos. Pero mientras él miraba a los otros niños correr y tirarse bolas de nieve, su madre lloraba desconsolada en la cocina. La pérdida del hombre que más quería, la tenía sumida en la desesperación y la tristeza. Para ella la Navidad y todo lo que ella conlleva ya no tenía importancia. Echaba de menos a su marido, la Navidad ya nunca sería lo mismo sin él. Y sin duda su hijo también lo echaría de menos pero en su mente infantil ahora lo único importante era la fecha: era 24 de diciembre.

-Mamá, ¿puedo salir?

No contestó, como única respuesta un sollozo.

Aunque era un niño no era tonto, sabía que su papá estaba muerto y sin duda eso era terrible, pero hoy era Navidad, hoy tenía que ser un día de alegría. No quería ser mayor si eso significaba que no se podía celebrar Navidad, era el día más importante de todos. Además había otra cosa que no entendía de los mayores. Su madre le había dicho que no tenía que preocuparse, que ahora su papá estaría en el cielo, y que allí sería feliz, entonces ¿por qué no dejaba de llorar? Si estaba en un sitio en el que iba a estar mejor, tenía que estar contenta.

-¿Puedo salir?- volvió a preguntar con voz trémula.

Su madre no contestaba, y él no podía dejar pasar más tiempo sin disfrutar de aquel blanco espectáculo. No solía nevar en Navidad en aquella ciudad, y quería hacer un muñeco de nieve. Pero si su madre no le daba permiso, no podía salir, y estaba claro que ella tenía la mente en otro lugar. Era mejor no insistir y dejar que pasara un rato, y eso sería bueno, ya que la capa sería mayor y sería más fácil fabricar su monigote. La dejó allí, llorando en la cocina y se fue a su habitación, tenía que revisar la lista de regalos y comprobar que cuando llegase Papa Noel, estuviesen todos, ya que había sido un niño bueno. Además este año tampoco había pedido muchas cosas. Se tumbó en la cama, con las manos sobre el pecho y cerró los ojos. No podía añadir nada a la carta ya que ayer, la entregó a Papa Noel, justo unos minutos antes de que a su mamá le llamasen por teléfono para decirle que su padre había muerto, pero si pudiera pediría volver a ser una familia feliz. Si de verdad Santa Claus era real, tenía que saberlo aunque no lo hubiese puesto en la misiva.

Finalmente se levantó y se dirigió a la cocina. Su madre se había levantado de la silla, y parecía estar preparando algo de comer, así que se acercó, tal vez ahora le diese permiso para salir un rato. Mientras se acercaba, pudo comprobar que seguía llorando.

-Mamá, por favor ¿puedo salir a jugar un ratito?

Entre sollozos le dijo:

-Prefiero que te quedes conmigo, no me gustaría perderos a los dos.

-Pero mamá, está nevando…

Su madre se giró y le miró. Dejó el cuchillo y el pimiento que estaba cortando sobre la tabla, y se acercó a su hijo para abrazarlo.

-Te quiero, lo sabes ¿verdad?

-Sí mamá.

-Y también sabes que si te digo algo lo hago por tu bien…

-Pero mamá está nevando…

-Mañana podrás salir a jugar te lo prometo.

-Pero mañana a lo mejor ya no hay nieve- dijo el niño enfurruñado.

-Ahora vete a tu habitación, cuando esté lista la comida te llamo, cariño.

Al muchacho no le quedó más remedio que obedecer. Aunque por dentro se moría de ganas de salir a disfrutar de la nieve, sabía que si no obedecía a su madre, se quedaría sin regalos y eso no estaría bien. Mientras se dirigía hacia su dormitorio, volvió a escuchar los llantos de su madre, y deseó con todas sus fuerzas que volviese a ser feliz.

En la cocina la madre intentaba preparar algo ligero para la cena, pero cada vez resultaba más complicado hacerlo sin pensar en el marido que acababa de perder. Se suponía que tenía que estar en el tanatorio velándolo, pero no podía dejar solo a Kevin, era demasiado pequeño y nunca le gustaron las niñeras, así que mientras el resto de la familia permanecía allí, ella quiso estar con su hijo en casa. Además no quería que él viese el lamentable estado en el que había quedado su padre tras el terrible accidente que acabó con su vida. Pero era duro, muy duro. Las lágrimas no habían dejado de brotar de unos preciosos ojos azules y nunca imaginó que se pudiese llorar tanto, que uno pudiese sentir tanta pena, tanta tristeza.

La cena fue triste, en silencio, de vez en cuando Kevin tarareaba algún villancico y miraba a su madre que seguía con el rostro compungido, y que apenas probaba bocado. Él, por el contrario, comía con ganas, tenía que comérselo todo para ser bueno, hoy no podía fallar, era el día que venía Papa Noel y tenía que esforzarse al máximo.

No hizo falta que su madre le enviase a la cama, sabía que tenía que irse pronto, y eso hizo. Ella se quedó en la cocina, sentada mirando su plato del que no había comido casi nada. Volvía a llorar, o para ser más precisos, seguía haciéndolo. Kevin seguía sin entender el comportamiento de los mayores, pero ahora lo importante, lo verdaderamente importante, era esperar la llegada de aquel hombre entrado en kilos y vestido de rojo que vendría cargado de regalos. Una vez en su habitación se desvistió, se puso su pijama favorito de Bob Esponja, se arrodilló y rezó. Fue una oración breve y se podría resumir en una frase: “Haz que mi papá vuelva, y mi mamá sea feliz”. No hay nada más sincero que aquello que sale del corazón de un niño.

A pesar de la tensión y de los nervios, no tardó en dormirse. Soñó que correteaba por el parque, con sus padres, disfrutando de los regalos que sin duda Papa Noel le iba a dejar por haber sido tan bueno. Miraba a un lado y a otro, a sus progenitores que le escoltaban y sonreía, todos eran felices. Junto a ellos otros niños y niñas con sus juguetes, con sus padres, disfrutando de una maravillosa mañana navideña. No había otro día igual, Navidad era el mejor día del año, ni siquiera el del cumpleaños se puede comparar. El parque, estaba precioso, y como en los sueños cada uno ve lo que quiere, había trozos en los que había mucha nieve, la justa para hacer una batalla de bolas y algunos muñecos, y otros en los que el verde del césped y las flores lo llenaban todo. También se veían algunos patos, el animal favorito de Kevin, nadando en el lago, que se encontraba en el centro mismo del parque. Si había alguna palabra para definir el día era una: maravilloso. Su padre reía, su madre estaba alegre, él estaba feliz con sus juguetes, y para hacerlo todo perfecto, estaba con sus padres, y ellos también eran felices viendo retozar a su retoño. Ojalá ese momento durase para siempre, pensó en sus propio sueño, pero sabía que solo era eso, un sueño y que cuando despertase, volvería a la realidad.

Y despertó. La realidad le esperaba, los regalos de Papa Noel también. No tenía tiempo para vestirse, así que se puso las zapatillas y se dirigió al salón, dónde estaba el árbol y bajo el mismo tendría que haber un montón de paquetes envueltos en papeles de bonitos colores. Su madre, a pesar de lo triste que se encontraba, había colocado bajo el abeto todos los presentes que los familiares habían traído para Kevin, seguramente todo lo que éste había pedido. En cuanto comprobó que casi todos aquellos paquetes eran para él, corrió a buscar a su madre a su dormitorio, tenía que decirle que Papa Noel había llegado y que era hora de abrir los regalos. No hizo falta que abriese la puerta para comprobar que seguía llorando, los sollozos eran patentes desde el exterior de la misma, la abrió un poco y quiso decirle algo a aquella mujer que había perdido todo rastro de la belleza de su madre, pero no lo hizo.

Volvió cinco minutos después, en sus manos relucía algo. Se acercó al cuerpo yacente de su madre, y le clavó el cuchillo de cocina en el corazón. Una sola puñalada certera.

-Ahora estarás en el cielo con papá y serás feliz.

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Imagen de Pixabay

 

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