Para eso son las amigas

Por: Katy Chocrón

Ingresó sola y recelosa al mayestático salón de fiestas donde se llevaría a cabo la boda del año.
Estaba invitada por el lado de la novia, así que después de casi 2 meses sin salir ni divertirse, le apeteció ir a ese evento que prometía ser inolvidable.
Estaba muy ilusionada y ese domingo después de almorzar y dejar a sus niños listos, se fue a secar y a maquillar para llegar y probarse varios de los trajes que habían sido los preseleccionados antes de decantarse por el ganador. No todos le quedaban como ella hubiese soñado. La depresión hizo que aumentase algunos kilos en poco tiempo, así que fue muy difícil escoger y más aún creer, que alguno se le vería bien. El ego últimamente se le había escapado y no lo hallaba por ningún lado.
Pero a pesar de todo, esa noche tenía ganas de ir a esa fiesta y olvidarse de sus complejos.
Cuando se separó de su marido, supo con resignación que el aburrimiento y la nostalgia no eran un estado de ánimo, sino su modus vivendi, y solo las veces que salía esporádicamente a tomarse algo con sus amigas, llegaba renovada a su casa y con ganas de abrazar a sus hijos que lo que obtenían de ella eran gritos y hostilidad. ¿Pero quién puede culparla ni menos juzgarla?
A veces su mustio estado de ánimo la dominaba más de la cuenta. Lo pensó mil veces antes de entregarse a esa osada aventura.
Ella creía que no se estilaba que una mujer de 39 años, se apersonara sin compañía, a un evento al que la mayoría asiste acompañado, y no porque fuese un mandato divino el hecho de tener que ir con alguien, pero era prejuiciosa y ya de antemano se angustiaba de imaginarse sola y aburrida.
Sin embargo esa noche “quería ir a ver y dejarse ver, a ver si alguien de buen ver la veía”. Pero como en todo reto, corría el riesgo de que aquel hombre quimérico con el que soñaba, estuviese, pero no se interesase en ella, o que si estuviese, no hubiese forma de que se conocieran (últimamente ya nadie se toma la molestia de presentar a terceros), o que simplemente no estuviese y ella esa noche llegara a su casa sin coincidir con el que remotamente pudiese reunir las características, que deseaba, portara el caballero ideal.
Aunque tenía a alguien, no era lo que quería para su vida. Sabía que debía rehacerla, porque aquel hombre con el que había salido unas cuantas veces, para nada le convenía. Aunque ya se habían dejado, él seguía llamándola y buscándola, y ella cedía, porque en el fondo le encantaba.
Y así fue como esa tarde, contra todo pronóstico asumió que iría a esa boda. Una vez que llegó, se adentró con pies de plomo en el salón, aparentando una seguridad atípica en ella. Iba recorriendo con la mirada las caras a veces conocidas y otras no tanto, al tiempo que saludaba con la efusividad que se merecía el personaje fortuito que se iba topando. A unos más a otros menos, porque la reciprocidad debía ser directamente proporcional de ambos lados y emanar en partes iguales.
Mujeres que lucían altivas sus pomposos trajes de lentejuelas y strass, desfilaban glamorosas y con aires de petulancia. La misión de algunas era recorrer la espaciosa sala de una punta a otra buscando ser el epicentro de cotilleos y miradas delatadoras por parte de la competencia femenina.
Los saludos y comentarios alusivos acerca de la magnífica decoración y lo hermosas que estaban las mujeres protagónicas, era la conversación que sostenían las féminas, mientras los caballeros -con vasos semi llenos de añejados whiskys- charlaban con desenfado de la grave crisis que afectaba el país, aunque eso no evidenciara que les deprimiese un ápice. Ellos, entre chistes y comentarios vacuos, pasaban las horas picando de aquí y allá, lo que camareros diligentes ofrecían.
La pugna de las damas era de otra índole, y ella lo presintió enseguida. Ninguna admitiría (ni a punto de ser quemada en la hoguera) que alguna de ellas lucía preciosa o llevaba un vestido espectacular.
Cada una discreta, recorría sin ser vista, el traje enaltecido por maquillaje, peluquería y accesorios de su compañera, y solo si había un vestigio de bondad y las palabras no se le enganchaban en la campañilla, aquella alma piadosa, dejaba aflorar un comentario de que la otra se veía muy bien, lo que naturalmente era agradecido por su homóloga socialité.

Pero a veces ese halago sincero, no siempre sería devuelto en la medida de quien con mucho esfuerzo lograba romper la barrera de lo infranqueable. Sucedía que la proveedora de halagos, no siempre obtenía el beneplácito de recibir de boca de su amiga, el mismo adjetivo calificativo. A veces ese toma y dame era perversamente medido y no era devuelto con inmediatez.
Pero lo peor no era no recibir después de haber dado. Lo agónico era que en vez de una rosa, a ella le lanzaron en esta oportunidad, una piedra filosa que le quebró aún más el ego. Y es que si el adjetivo calificativo no se pronuncia con el fin de enaltecer, y por el contrario sólo busca ofender, lo mejor será ahogarlo entre las paredes del estómago para que los líquidos gástricos, lo fulminen para siempre.
A pesar de la guerra sin cuartel que se desata cuando coinciden varias mujeres que están locas por llevarse el cetro virtual de la corona, (que no es más que el del título nobiliario de ser la máxima representante de la elegancia), hay un código honorable que debería hacerse presente con la regla irrestricta de jamás romperse. Y es el de abrir la boca, únicamente para pronunciar palabras que sean para loar y halagar.
En caso contrario, de que las entrañas de aquella dama estén tan ulceradas como para sólo pronunciar palabras ofensivas, debería hacerse un favor tomándose 2 litros de Tabasco con extra de Wasabi para que toda la mucosa bucal y lingual, se incineren como si fuera una gran feria de fuegos artificiales.
No es posible que la gente sea tan despreciable que no pueda admitir lo bueno en los demás, y solo estén en este mundo para destruir.
Y eso justamente fue lo que le pasó a mi susceptible protagonista.
Ella, que sí fue capaz de decir con total sinceridad lo guapa que estaba la amiga a quien acababa de encontrarse, no recibió a cambio el clásico “tú también lo estás”. La respuesta de aquella fue “tú lo estás sólo de cara” y a ella que no había que recordarle que tenía un extra de 10 kilos le respondió “Gracias. Qué sutil que me específicas que es sólo de cara”.
Pero la que cometió la falta, lejos de disculparse volvió a arremeter recordándole que estaba gordita, y que no pretendiera que las personas le dijeran lo bien que se veía, cuando eso no era cierto.
Y entonces mi protagonista se silenció a pesar de las ganas que tenía de engancharse, porque necesitaba desaparecer y dejar de hacerse mala sangre. No estaba dispuesta a seguir recibiendo golpes bajos y menos de ella.
Excusándose vagamente, le dijo que necesitaba ir al baño con intenciones de no volvérsela a encontrar en toda la noche. Pero irónicamente, estaba feliz de haberla visto; tenía un motivo oculto que aquella amiga no podía siquiera imaginar.
Cuando comenzó a alejarse, supo que aquel hombre que no le convenía, (pero que todavía le gustaba), estaba en la fiesta y empezó a buscarlo ansiosa.
Una vez que ambos coincidieron con los ojos y se miraron fijamente, ella entonces dudó, si él le atraía más que nunca, porque estaba vulnerable esa noche, ó porque precisamente aquel fascinante caballero, era el esposo de su amiga.

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Imagen de Pixabay

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