La noche es para cazar conejos

Por: Rafael Azgra

La noche es cerrada y fría, pero yo lo ignoro. El aire vaporoso emerge de mis fauces de forma rítmica al tiempo que sigo un rastro claro. El instinto me dice que a pocos metros un conejo zigzaguea intentando darme esquinazo.

“La noche es para cazar conejos”, suele decir el hermano Alfa. Y eso hago: procurarme una buena pieza para subsistir esta noche.

Voy ganando terreno. No lo veo, no necesito verlo. Su olor es intenso, puede distinguirse fácilmente entre los demás aromas del bosque.

Al saltar por encima de un matorral atisbo por primera vez mi presa. Su pelaje es pardo, un poco más claro que el mío, lo suficiente para contrastar con la negra superficie de la arteria de alquitrán que divide en dos nuestro hogar. Ya casi lo tengo. Un par de zancadas más y cumpliré mi deber como depredador de la naturaleza.

Súbitamente, al comenzar a cruzar sobre el asfalto, algo me ciega. Los dos deslumbrantes ojos de una de esas bestias de metal se acercan rápidamente. No consigo reaccionar y recibo el golpe en mi pata izquierda.

Mi lamento se expande por el aire nocturno mientras el monstruo se aleja sin siquiera aminorar la marcha. El conejo me lanza una última mirada burlona desde el otro lado, antes de alejarse en dirección a la laguna.

Tengo que salir de aquí. Podría haber más de aquellas temibles bestias, cuya letalidad aumenta a medida que se hacen cada vez más silenciosas.

Con enorme esfuerzo y dolor consigo ponerme en pie y mantenerme sobre mis tres patas medianamente sanas. Y me oculto entre la maleza, hacia la oscuridad.

No consigo reprimir algún aullido lastimero, pero no me detengo. El sabor de mi propia sangre me inunda la boca y cada vez siento más frío y cansancio.

Llego a un claro. Este podría ser un buen lugar para tumbarme un rato y descansar.

Escucho a los hermanos de mi manada llamándome. A todos: los pasados y los presentes.

Yo les respondo: “Estoy aquí” y me doy cuenta de que ya no me duele nada.

Es una sensación como no he experimentado antes. Corro al tiempo que me elevo. Mi pata está perfectamente y, por primera vez, contemplo el mundo por encima de las copas de los árboles.

Veo a mis hermanos acercándose al claro. Mis ancestros aúllan como uno solo a la luz de la luna y yo me reúno con ellos. Me despido de la vida y a mis hermanos les digo: “Hasta la vista, soy uno con el viento”.

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Imagen de Pixabay

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