Recuerdos

Por: Carolina Peña

Sigo preguntándome cómo estás, sí tan sólo pensaras en mí de la manera en la que yo lo hago. Sí aún queda algo del inmenso amor que nos profesamos. Sí aún se acelera tu corazón al escuchar mi nombre tal como lo hace el mío cuando escucha el tuyo.

Ha pasado más de una década desde que te fuiste y aún no logro olvidarte, ha sido imposible sacarte de mi mente; de mi corazón.  Sigo anhelando tus besos y tus caricias; tan dulces como el cáliz y tan frescas como la tinta en el papel, tu sonrisa; esa que le daba luz a mi vida, tan brillante y esplendorosa como ninguna otra, tu cabello; un bosque de rizos en el que me perdía intentando explorarte, tu boca; la única que despertó en mí mucho más que fuego, aquella que me llevó al borde de la locura tantas veces.

Recuerdo todo de ti; el tono de tu voz y la suavidad de tus “te amo” en mi oído. Recuerdo el sabor de tus labios y tu piel. Es un acto de masoquismo recordarte,  pero al recordar tu risa y tu mirada mis días dejan de ser grises, sin embargo… los recuerdos duelen.

Podría intentar olvidarte, pero eso es tan doloroso como si laceraran mi corazón porque mi piel aún está impregnada con tu olor; como a fresas silvestres y libertad. Si, libertad porque cuando estuve a tu lado jamás me sentí cautivo. Tu amor era mi oxígeno. Y mentiría sí digo que no fuiste importante cada vez que me preguntan por ti, mentiría sí te digo que ya no te amo y lo haría otra vez sí dijera que ya no significas nada para mí. Y mentir duele, duele más que la verdad. Sí fingir amor es difícil, no quiero imaginar la idea de tener que fingir olvido. Sí buscaran en el diccionario el antónimo de la palabra olvidar, seguramente tu nombre estaría allí. Eres como ese libro que he leído mil veces, del cual conozco todos los detalles, pero que aun así jamás dejaría de sorprenderme. Eres hielo y fuego, tristeza y alegría, atardecer y amanecer, sol y lluvia… Tú eres todo y nada.

Puedo decir quién eres sin omitir detalles. Decir que odias que las personas te llamen por tu primer nombre, que te encanta el chocolate y que jamás te gustaron los champiñones. Puedo mencionar que tu sonrisa es tan blanca que contrasta perfectamente con el rojo de tus labios, dándole a tu rostro sensualidad y picardía.  Y no estaría de más decir que preferirías morir antes de lastimar a un animal o de romper un libro. Podría quedarme aquí escribiendo sobre ti, sobre tu tersa piel o las maravillosas curvas que tiene tu cuerpo. Podría sentarme horas a hablar sobre tu belleza, sin embargo, ninguna pieza de papel sería suficiente para plasmarla.

¿Qué sí recuerdo el día en que nos conocimos? Si, por supuesto que lo hago, o tal vez tan sólo recuerdo la manera en la que te sonrojaste cuando dije que eras hermosa.

O quizá solo tengo en mi mente el momento en el que te  besé por primera vez, el delicado roce de tus labios con los míos y las punzadas de electricidad que se extendieron por todo mi cuerpo, el leve temblor de tu cuerpo en mis brazos y la bella sensación de tener alguien como tú a quien aferrarme.

Hoy escribo todo esto porque no quiero olvidarte, quiero inmortalizarte, que todo el mundo vea cómo te veo yo a través de mis ojos. No quiero olvidarte nunca porque es la única manera de poder revivir los momentos que pasamos juntos una y otra vez. Creo que no sólo es que no puedo olvidarte, es que no quiero, y tengo muy claro que querer es diferente a poder. Olvidarte significaría perderte; perderte para siempre. Y créeme no estoy dispuesto a correr ese riesgo.

*******

 El otro día caminaba por el parque observando los frondosos árboles y te vi. Estabas tan hermosa como la primera vez, en esta ocasión llevabas un vestido corto de flores, unas sandalias de tacón y tu bella sonrisa puesta. Me quedé congelado al verte y podía escuchar el eco de los latidos de mi corazón. No estabas sola, estabas con él, quien ocupó mi lugar, quien te dio lo que yo jamás pude. No sentí rabia ni celos porque sabía que estabas feliz; que lo estabas sin mí. Al marcharme, no pude evitar mirarte una vez más, grabarte en mi mente, así, con sonrisas en lugar de lágrimas, con esperanza en tus ojos en lugar de tristeza. Caminé con la cabeza gacha y una lágrima rodó por mi mejilla, la enjugué con mi pulgar, y supe que ningún sufrimiento podría compensar el daño que te hice.

Te pido perdón por lastimarte, por romper tu corazón, por jugar con tus sentimientos, por no amarte como lo merecías. Te pido perdón por no curar tus heridas aun cuando pude hacerlo. Pido perdón por no ser lo qué necesitabas. Sé que nunca será suficiente y que es tarde, pero tan sólo al perderte me di cuenta de tu valor, del amor que sentía por ti, ese que jamás te entregué por miedo, por cobardía…

Y al grabar estas palabras en el papel lloro, lloro porque no aproveché la enorme fortuna de haberte encontrado. Lloro porque tan sólo a unos pasos de la muerte pude realmente apreciar el tesoro que tuve a mi lado, aquel que dejé escapar por ir en busca de más. La muerte llama a mi puerta, sé que está cerca, puedo sentirla, el hielo recorre mis venas, tengo miedo, miedo porque no sé qué me espera más allá, pero sobretodo, miedo de no toparme contigo en mi próxima vida. Ya casi llega, mi fin está cerca, intentaré llevar esta carta conmigo, ya sabes, para recordarte allá, en lo lejano, donde te esperaré. Una densa oscuridad se posa tras mis ojos, creo que ya llegó, es hora de partir hacia un viaje sin retorno.

Allí está mi cuerpo inerte con una pluma en una mano y un pergamino en la otra con sus ojos cerrados y su piel pálida y languidecida.

Adiós o mejor, hasta luego.

Imagen de Pixabay

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