Tras el cristal, la lluvia – Segunda parte

Por: Samuel J. Noé

SEGUNDA PARTE

Se quedaron unos segundos en silencio. Jesús creyó ver, apoyada, al final de la barra, a una mujer que conocía y entornó los ojos para enfocar mejor. Alba entendió que Jesús quería otra copa.
–Mi turno –dijo Alba, que se levantó y fue hacia la barra.
Jesús no hizo ademán de levantarse de su asiento. Observó a Alba alejarse. Aún seguía teniendo el pelo mojado, lo que provocó que la camiseta estuviese mojada en una franja que recorría su espalda desde el cuello hasta la cintura. Movía las caderas con gracia al caminar. Tenía una cadencia particular. Sus glúteos subían y bajaban, danzarines, pero la redondez de su trasero era inmutable al movimiento. Apartó la vista y dirigió su mirada hacia la calle. Un anciano intentaba tirar al contenedor de basura un vetusto árbol de Navidad artificial, de tamaño mediano y ramas casi desnudas. El contenedor rebosaba bolsas de basura y el anciano no encontraba hueco para colocar su árbol. Después de varios intentos, lo depositó con cuidado a los pies del contenedor y se marchó.
Hacía muchos años que Jesús no celebraba la Navidad. Recordó la última que celebró. Su relación con Ana ya se encontraba sumida en la crisis y ninguno tenía ganas de festejos. Ese año dejaron que Rubén decorase, él solo, el árbol de Navidad. El día 25 de diciembre le regalaron una bicicleta sin ruedines. Rubén se alegró mucho, dio saltos de alegría y abrazó a sus padres con efusividad. Ana y Jesús no se miraron.
Más tarde, el mismo día, los tres salieron a dar un paseo para que Rubén estrenase su bicicleta nueva. Volviendo a su casa se encontraron de frente con un hombre. Ana se puso nerviosa y empezó a hablar con su hijo fingiendo que no lo había visto. El hombre fingió no conocerla y miró, aparentando naturalidad, hacia el lado contrario de la calle. Los dos buscaban camuflarse entre la gente. Pero Jesús no pudo reprimirse. Cuando pasó a su altura se abalanzó sobre él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. Él reaccionó rápido y ambos se enzarzaron en una pelea. Ana intentó separarlos, sin conseguirlo. Rubén, de pie e inmóvil, lloraba desconsolado viendo a su padre pelear con otro hombre. La gente se alejaba del foco de la pelea y se quedaba a mirar. Solo se escuchaba el sonido de los golpes y un sonoro murmullo. Nadie intervenía ayudando a Ana en su intento de separarlos. Jesús perdió la conciencia del tiempo que pasó peleando, solo recordaba revolcarse por el suelo, dar y recibir puñetazos. Finalmente, Ana logró separarlos. Rubén seguía sin moverse, con un llanto incontenible. Ese mismo día Ana tomó una decisión.
Una angustia repentina le subió por la garganta al descubrir que no recordaba con exactitud la cara de su hijo. Recordaba a Rubén saltar, abrazarle, llorar. Recordaba acciones, no imágenes. Recordaba verbos, no adjetivos.
Jesús miró a Alba, que regresaba con las bebidas. Se preguntó si su hijo haría buena pareja con ella.
–Está bonita la calle adornada para Navidad, ¿verdad?
–Sí –dijo Jesús–, muy bonita.
Alba se sentó. Pasaron unos minutos en silencio. Él pasaba la yema de su dedo índice por el borde de la copa de vino, trazando círculos. A Alba no se lo ocurrió un tema de conversación interesante, por lo que no tuvo más remedio que recurrir de nuevo a su trabajo.
–¿Qué tal van las otras clases? –le preguntó, sacando a Jesús de su ensimismamiento.
–Un poco liado preparando exámenes y trabajos.
–¿Sabes a qué escritor he escogido para hacer el trabajo de este cuatrimestre?
–Sorpréndeme.
–A Mateo Alemán.
Jesús no sabía qué pensar acerca de eso. Hacía una semana que había mandado hacer un trabajo a cada alumno sobre una obra en prosa de un autor, a escoger, del siglo de Oro. Estaba convencido de que la mayoría de los alumnos iba a escoger a Cervantes o a Quevedo. Él había expresado en clase varias veces su interés por Mateo Alemán y su obra Guzmán de Alfarache. ¿Por qué Alba había escogido ese autor? Esa pregunta no le gustó e intentó apartarla de su mente.
–No hablemos de eso. Cuéntame algo de ti –La exhortó Jesús de improviso.
–¿Qué? –El ex abrupto la había descolocado.
–Cuéntame algo de ti. No sé dónde vives, si tienes hermanos… Lo que sea. ¿Tienes animales en casa?
–Eh… –Alba tardó unos segundos en responder–. Sí, tengo un gato.
–Me gustan los gatos. Yo tuve uno. ¿Cómo se llama?
–Se llama Duda.
–¿Es gata?
–No, no. Es gato. ¿Qué le pasó a tu gato? ¿Murió?
–Se lo llevó mi mujer –dijo Jesús con una franqueza que a Alba le resultó incómoda.
–Lo siento. ¿Cómo se llamaba?
–No tenía nombre. Lo llamábamos Gato.
–Bueno, Gato ya es un nombre en sí –dijo Alba. Jesús entorno los ojos y perfiló una sonrisa.
–Hay gente que dice que las personas inteligentes prefieren los gatos a los perros –dijo Jesús.
–Nunca lo había escuchado. He de reconocerte que yo no escogí a mi gato, se lo regalaron a mi hermano hace años.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Solo ese; Pablo.
–Muchos grandes escritores tuvieron gato: Poe, Scott Fitzgerald, Hemingway, Cortázar… ¿Es mayor?
–¿Mi gato?
–No, tu hermano.
–Cinco años menor.
–¿Menor que el gato?
–¡No, menor que yo! –Alba rio.
–Ajá.
–Ahora está en la típica época rebelde y no le hace ningún caso al pobre gato.
–Claro, está en la edad.
–Sí.
–Duda es más nombre de gata que de gato, ¿no?
–No veo por qué.
–¿Quién escogió el nombre?
–Yo. ¿Por?
–Me desconcierta. Siendo una niña, lo normal es que lo hubieras llamado Manchitas, Pelusa o Bigotes –dijo Jesús. Alba soltó una carcajada.
–Ya ves, así soy yo.
–Me gusta –Jesús sonrió.
Ella bajó la mirada.
–Voy al servicio –dijo Alba levantándose.
En el servicio, Alba se miró en el espejo. Se inclinó para observarse con detalle. Su cara no le resultó familiar. Le recordó al cuadro que vio en el castillo de Skokloster, el año anterior, en el viaje a Suecia que hizo con sus padres. El país le gustó tanto que desde su vuelta guardaba el deseo de ir a trabajar allí en cuanto acabase la carrera. Para llegar al castillo tuvieron que coger un tren desde Estocolmo hasta Bälsta, y de allí un autobús hasta el castillo. Durante la hora que duró el trayecto creyó estar viviendo en un cuento. A un lado y a otro solo veía bosques frondosos. Le resultó muy curioso ver paradas de autobús en medio del bosque, sin rastro alguno de civilización, y a la gente bajarse en ellas y avanzar a través de los bosques con una expresión tan cotidiana en sus rostros que Alba pudo adivinar que lo hacían a menudo. El castillo, por dentro, parecía más bien un palacete, y aunque su decoración era muy untuosa, lo que más llamó la atención de Alba fue un cuadro de Arcimboldo en el que, con frutas y verduras, había compuesto el retrato de un emperador. Así veía su cara en ese momento. Allí donde antes estaban las mejillas, veía dos melocotones, suaves y con una leve pelusa blanca que se veía al trasluz. Notaba sus pómulos rojos y muy marcados. No eran pómulos, sino cerezas. Al maquillarse antes de salir de su casa no se había dado cuenta de las grandes bolsas que le colgaban bajo los ojos. Se acercó un poco más al cristal y notó que eran dos gajos de naranja. Los tocó; estaban blandos. Se acercó aún más, hasta casi tocarlo con la nariz. Los ojos le parecían dos pequeñas cabezas de ajo. Consideró que así era imposible resultarle atractiva a algún hombre. Recordó que sus amigas siempre le reprochaban que tuviese una autoestima muy baja. «Al fin y al cabo a casi todo el mundo le gusta el ajo», pensó, justo antes de que a su mente acudiese sin avisar la imagen de Saturno devorando a un hijo, de Goya, y le entrasen arcadas. Bajó la taza del váter y se sentó. Tardó bastante en salir del cuarto de baño.
Al regresar, Jesús estaba escribiendo en el móvil. En la mesa había una nueva ronda de bebidas. Cuando Alba se sentó, pudo leer de pasada «… esta noche». Jesús guardó el móvil. Alba pensó que el bar ya no olía tanto a humedad.
Siguieron hablando del hermano de Alba y de su gato. La conversación derivó a El gato negro de Poe, porque Jesús supuso que ese cuento le gustaría a Alba. Jesús siguió hablando sobre la vida de Poe y de ahí pasó a la literatura del Romanticismo. Habló largo y tendido sobre eso. Alba solo lograba escuchar fragmentos sueltos sin conexión. «¿Quién se acuerda de alguna obra de Lord Byron?», «… postrománticos como Bécquer y…», «¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir…». Alba dijo que ella se consideraba romántica, aunque pensaba que estaba pasado de moda, y Jesús le respondió que él no se consideraba exactamente un hombre romántico. Alba logró que Jesús hablase un poco sobre sus sentimientos y su vida pasada; su relación con su ex mujer y con su hijo.
–Se nota que quieres mucho a tu hijo –dijo Alba.
Él no respondió. Una mujer pasó a su lado y se tropezó con la pata de la silla, provocando que Jesús estuviese a punto de caer al suelo.
–¿Sabes qué? Creo que eres una persona sensible –continuó Alba.
–¿Por qué lo piensas?
–Creo que eres ese tipo de persona que parece dura, pero no lo es. Aparentas ser una persona seria y estricta. E insensible también, como si nada te afectara. Tú eres consciente de eso. Todos en la universidad tienen esa imagen de ti. La tienen porque tú la proyectas. La imagen de un hombre que no siente, recto en sus costumbres e inamovible en sus pensamientos.
–¿Tú pensabas eso de mí?
–Al principio sí. Luego noté que había algo más. Muchos hombres quieren dar esa imagen, pero es solo fachada. Pronto me di cuenta de que dentro de ti vivía el verdadero Jesús y cambié mi forma de verte. Quizás mezclé algo de realidad con mi imaginación, no lo sé. Ahora creo que eres alguien más sentimental, que cuida y se preocupa por la gente a la que quiere, una persona compasiva y buena. Siempre me recordaste… No te enfades, ¿eh? Siempre me recordaste a Bukowski. Tu apariencia es solo una coraza que te pones conscientemente para que no te hagan daño, para no sufrir. En realidad tú no eres insensible. Lo veo en tus ojos.
–Sabes que no me gusta Bukowski, ¿no? –Jesús sonrió.
–Me lo imaginé. No te gusta nada que haya existido después del siglo XVII –respondió ella en tono jocoso.
–Ahí te equivocas –Jesús la miró a los ojos y Alba se sonrojó.
Se fijó en la silueta de la cara de Alba. Trazó mentalmente una línea por su contorno. Las facciones de su cara eran suaves y armoniosas. Jesús imaginó su mano subir, con los dedos extendidos, por su nuca. La realidad y la ficción se mezclaron en su cerebro. Vio como sus dedos se perdieron entre los mechones de su pelo que, travieso, le provocaron cosquillas. Se asió a su nuca con firmeza. Con la otra mano, deslizó el dedo índice desde su frente hacia su nariz, llegando a sus labios y los bordeó, sin tocarlos. Se acercó peligrosamente a la comisura y sintió el calor leve de su aliento. Llegó a la barbilla y bajó muy despacio por su cuello. Notó que ella tragaba saliva. Subió por el lateral de su cuello y pulsó el lunar que lo esperaba, escondido, debajo de la oreja derecha, rozando su lóbulo con el pulgar.
–Me gustan tus pendientes.
–¿Ah, sí? –Se sorprendió Alba–. Gracias.
Jesús creyó verla más nerviosa que antes, como si hubiera podido adivinar sus pensamientos.
–Son originales –Estiró el brazo y tocó el pendiente, acariciándole el lóbulo de la oreja con su pulgar derecho.
–Me los regaló una amiga hace una semana –Alba se tocó el otro pendiente.
–Tienes unas orejas muy bonitas –dijo Jesús, que tardó un poco en retirar la mano.
–A mí no me gustan.
–¿Por qué?
–No me gustan las orejas que tienen el lóbulo despegado.
–A mí sí. Mucho más que las que lo tienen pegado, de hecho.
–Los hombres creéis que os dividís entre los que sois más de tetas y los que sois más de culo, pero realmente os dividís entre los que os gustan el lóbulo separado y los que no.
Jesús no pudo adivinar si lo decía en serio.
–Una vez leí que los hombres nos dividimos entre los que nos enamoramos de la Maga y los que no.
–¿Y tú en qué grupo estás? –preguntó Alba entornando los ojos.
–Con mi edad debería decirte que estoy entre los que no.
–Pero no es así, ¿verdad?
–No, no es así.
–¿Te ha pasado alguna vez? ¿Hubo alguna Maga en tu vida?
–Te mentiría si te dijese que no.
–¿Y no quieres encontrar otra Maga?
–La Maga no es tan maravillosa como parece, Alba. La literatura suele mostrar la vida sesgada. Enfoca retazos; buenos o malos, que no se corresponden con la totalidad del comportamiento, del pensamiento. Convivir con la Maga día a día genera muchos quebraderos de cabeza.
–¿Y prefieres llevar una vida monótona y aburrida?
–La vida real es aburrida –Jesús enfatizó el verbo es.
–No estoy de acuerdo.
–Mira los personajes de la novela. Oliveira solo puede existir en la ficción. La vida de Cortázar no ha sido como la de Oliveira. Ni siquiera ha sido como la de Morelli. La vida real es aburrida y los problemas suelen terminar mal, al contrario que en las novelas.
–No digas eso.
Jesús suspiró.
–Ya me dirás cuando tengas mi edad –le respondió.
A Alba le molestó el comentario y no se afanó en fingir normalidad. Giró la cabeza hacia la cristalera.
–Alba, tienes menos edad que yo. Es difícil que puedas encontrar una sola persona de mi edad que haya vivido más alegrías que tristezas. Es normal que yo sea más cauto que tú.
–Nadie aquí está hablando de cautela. Estamos hablando de vivir la vida o verla pasar ante tus ojos.
–Pero vivir la vida puede acarrear muchos problemas, Alba.
–La gente relativiza los problemas, Jesús. Aún recuerdo la frase de Woody Allen que nos dijiste en clase: «Una comedia es…
–… un drama con el paso del tiempo» –Terminó Jesús.
–Y Woody Allen ha tenido muchos problemas personales a lo largo de su vida.
–Al menos él ha tenido reconocimiento. Desde su posición quizás es fácil no ser tan pesimista.
–Siempre ves la parte buena de los demás, pero no la tuya. ¿Qué es lo que te hace ser pesimista? Dímelo.
–La existencia misma, Alba. El peso de la vida y el paso de los años. Vivir solo para trabajar, trabajar para comer y comer para no morir. ¿Acaso no es eso vivir para nada?
–Jesús, necesitas encontrar un motivo para ser feliz.
–Pero ¿qué motivo?
–Uno que dé un giro a tu vida, que te haga sentir ilusión y puedas levantarte por las mañanas con una sonrisa.
–Algo co…
–Tienes que encontrar a la Maga. A la verdadera Maga –interrumpió Alba.
–¿Tú crees que me conviene?
–Te conviene ser feliz. Eso es. Te conviene dejar los prejuicios a un lado –Estiró los brazos y envolvió las manos cerradas de Jesús con las suyas.
–Dime cómo.
Alba recordó su cumpleaños, una semana atrás. Marcos la llevó a cenar a un restaurante italiano. Era la primera vez en los dos años de relación que no se olvidó de su cumpleaños. No era un auténtico restaurante italiano, solo una mala y cara imitación. Por todas partes había candelabros de hierro forjado. Las servilletas eran de tela y estaban amarillentas. Alba las prefería de papel. El camarero se les acercó y adivinó que iban a pedir. A ella no le extrañó demasiado; de toda la carta, solo conocía tres o cuatro platos. También supuso que no tenían pinta de ir con asiduidad a cenar a un sitio caro y que el camarero ya se habría encontrado con muchas parejas jóvenes iguales a ellos. Durante la cena, Marcos le regaló unos pendientes. A Alba le molestó la interrupción porque se enfriaron sus espaguetis, pero no lo manifestó. Miró a Marcos a los ojos y le dijo que lo dejaba. Sin lágrimas. Él respondió que se lo esperaba, aunque no era cierto. Después llegaron las explicaciones, las excusas y los reproches. Alba no se encontraba triste ni enfadada y desconocía el motivo. No se terminó sus espaguetis y se marchó, llevándose los pendientes.
–Solo tienes que dejarte llevar, Jesús.
–Eso es fácil de decir –contestó con pesar.
Alba inclinó su cuerpo hacia delante y entrelazó sus dedos con los de Jesús.
–Eres un hombre muy interesante.
–Alba… –Jesús notó que perdía el control de sus pensamientos y se le humedeció la vista.
–Mira aquellos chicos –Alba señaló con la mirada una pareja de jóvenes sentados ambos al mismo lado de la mesa, al final del bar, muy juntos. Estaban leyendo un cómic. El chico pasaba las páginas y ella apoyaba su cabeza en el hombro de él–. ¿Crees que piensan en el qué dirán?
–Ellos lo tienen más fácil, Alba.
Ella sonrió, compasiva.
–Mírame –Jesús no la obedeció–. Mírame, Jesús.
Los dos se miraron en silencio. De fondo, el murmullo de varias conversaciones en el resto de mesas del bar ahogaba la música jazz. Alba apretó las manos de Jesús. En el exterior, las gotas de lluvia repiqueteaban incesantes en la cristalera; mientras, los balcones adornados esperaban que llegase Navidad.

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