Tras el cristal, la lluvia – Primera parte

Por: Samuel J. Noé

PRIMERA PARTE

Ella tenía que hacer esfuerzos para acompasar sus pasos a los de él. Sus piernas eran más cortas, sin embargo, andaba más rápido. Cuando se daba cuenta ya se encontraba dos o tres pasos por delante. Entonces, con disimulo, ralentizaba su paso y volvía a intentarlo. Izquieeerda, dereeecha, izquieeerda, dereeecha. Se podría decir que los movimientos de él eran de elefante y los de ella de lagartija. Le resultaba dificultoso adoptar una manera de caminar tan pausada y uniforme. Le dio la impresión de que los pasos de él estaban calculados. Cada uno de ellos. En cada paso avanzaba la misma distancia que en el paso anterior y la misma que en el paso siguiente. ¿Cómo podía hacerlo? Ella no se veía capaz. El afán de controlar sus pasos la llevaba a dar, inconscientemente, pequeños saltitos, simulando el avanzar de un caballo en un tiovivo.

Lo miró de soslayo. Tenía la vista fija en el frente y parecía no estar pendiente de la situación. Si ella hubiera podido observar su rostro con detenimiento habría percibido un pequeño movimiento en su ojo izquierdo. Un leve temblor espasmódico en el párpado que él trataba de controlar, sin éxito, evitando pestañear con demasiada frecuencia y abriendo los ojos un poco más de lo habitual.

A ella no le habría molestado.

–¿Qué tal le va el trabajo, Jesús? –se aventuró a preguntar. Al escuchar su propia voz salir de su cuerpo notó una extraña sensación.

Él esperó unos segundos antes de responder.

–No me hables de usted, que me haces más viejo.

Ella soltó una risita nerviosa.

–¿Qué tal te va el trabajo, Jesús? –dijo con una voz impostada.

–Bien, como siempre.

Se preguntó si él también se encontraba nervioso, si ese andar tan monótono respondería a una intención de aparentar tranquilidad.

Siguieron andando en silencio. A Jesús no le importaban los silencios, pero para ella eran trágicos. Como si cada minuto que pasaran sin hablar fuese una derrota. Su mente bullía incansable imaginando posibles temas de conversación. Volvió a mirarlo de reojo y observó que apretaba los músculos de la mandíbula. Visualizó la situación desde fuera y le resultó cómica. Eso la tranquilizó un poco. Al fin y al cabo, se podía esperar que Jesús no empezase una conversación de cortesía para romper el hielo.

–¿Sabes que terminé de leer El desdén, con el desdén?

–Ah, ¿y qué tal? –Jesús seguía mirando al frente.

–Me ha gustado. Está muy bien –mintió.

Se cruzaron con una mujer de mediana edad que llevaba de la mano a un niño pequeño. La mujer saludó a Jesús con cortesía. Este apenas la miró, le devolvió el saludo y retomó, raudo, la conversación.

–¿Te fijaste en los saltos temporales?

–Sí, sí, me gustó mucho, todo en general –mintió de nuevo.

Jesús sabía que no se había apercibido de ellos. A él le gustaba mucho esa obra.

–¿Recuerdas la regla de las tres unidades del teatro? –le preguntó, haciendo evidente que no se había creído su respuesta.

–Acción, lugar y tiempo –respondió, seca. El tono brusco de Jesús la había incomodado.

–Moreto respeta dos de ellas: acción y lugar. No así la de tiempo. Para esta sigue la recomendación de Lope de Vega. ¿Recuerdas la transición del primer al segundo acto? –Jesús la miró por primera vez desde que habían empezado a caminar–. Hay un salto importante. Es curioso, un escritor de la escuela de Calderón siguiendo una idea de Lope. Un claro ejemplo de la influencia de este –La expresión de Jesús mostraba un rostro más relajado.

Ella asentía con la cabeza. No sabía qué era peor, si soportar los incómodos silencios o un monólogo acerca de teatro barroco español. Le asaltaron dudas sobre si había sido buena idea quedar, pero se acordó de una película que había visto hace algunos años: ¿En qué piensan las mujeres? En ella, Mel Gibson, después de un accidente, puede escuchar los pensamientos de todas las mujeres. Le entró un escalofrío y apartó esa idea de su cabeza. No quería que Jesús se marchase, así que decidió dejarle terminar.

–Y una cosa muy importante. ¿Viste que no hay ningún elemento innecesario en la obra? Todo lo dispuesto contribuye en la trama. Para que veas, el arma de Chéjov ya estaba inventada más de doscientos años atrás.

Ella no sabía qué era el arma de Chéjov. Le molestó un poco que Jesús hablase dando por hecho que entendía todo aquello que él decía. No sabía si él era consciente de eso y aun así no le importaba o es que en realidad no se daba cuenta.

Pasaron por un puesto de castañas. Ella se quedó mirando; le encantaban. Cuando era pequeña, su madre solía comprarle un cucurucho de castañas cada vez que salían a pasear en invierno. Le gustaba el olor, el sabor, el calor que le aliviaba el frío de las manos, todo.

–¿Te gustan?

Ella recibió el cambio de tema con alegría, tanto que le respondió con una sonrisa desmedida.

–Mucho.

–Vamos a comprar.

Ella dudó. No quería comportarse como una niña pequeña.

Horas antes de salir de su casa había ensayado cómo comportarse para dar una apariencia de mujer interesante. No debería mostrarse demasiado alegre ni demasiado risueña ni moverse demasiado. Todo en ella sería comedido, decidió. También tenía intención de parecer enigmática y, para eso, nada mejor que hablar poco y sugerir serenidad, e incluso una pizca de altivez.

No sabía si un simple cucurucho de castañas podría bastar para acabar con la imagen que quería dar. «¿A Jesús le gustarán las castañas? –pensó–. No hay muchas personas adultas que compren castañas en la calle». Era imposible saberlo. No conocía nada de su vida aparte de su pasión por la literatura. ¿Cuál era su rutina? ¿Cuáles sus gustos? Se entristeció al pensar que ella se empeñaba en proyectar una imagen de persona misteriosa y él, en cambio, lo era de manera natural.

            –¿A ti te apetece?

            Jesús no pudo evitar pensar en su hijo, Rubén. El nombre le sonó impersonal. Rubén. Lo sintió ajeno, poco familiar. Como aquellas veces en las que una palabra de uso ordinario se deforma hasta que su pronunciación causa extrañeza. Rubén. Ru-ben. Rrruuubbbeeennn. Rubenrubenrubenrubén. Rubén.

Recordó un día de Navidad, hace años, en el que él y su mujer, Ana, salieron a dar un paseo con su hijo, como acostumbraban a hacer cada domingo. A Rubén le gustaban mucho las castañas. Ese día, su madre le compró un cartucho, peló una y se la dio, pero Rubén la rechazó y pidió pelarlas él. Ana no le prestó atención y siguieron paseando, gesto que provocó un enfado de Rubén y un posterior llanto. Ana se excusó recriminándole su ineptitud. Rubén miró a su padre; sus ojos estaban húmedos, llenos de impotencia y rabia contenida. Ante los sollozos de su hijo, Jesús decidió sentarse con él en un banco y, con paciencia, explicarle paso a paso cómo se pela una castaña. Los deditos torpes de Rubén no acertaban a quitar la cáscara de una sola vez, y como las castañas estaban calientes, se quemaba los dedos y se soplaba las manos por turnos. La izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha. Ana miraba con atención sin pronunciar palabra. Rubén tardó cinco minutos en pelar una castaña completa. Cuando lo consiguió, alzó el brazo mostrando a sus padres la castaña, libre de cáscara. Un triunfo. Jesús le felicitó y le pasó la mano por la cabeza, despeinándolo. Finalmente, Rubén consiguió pelar todas las castañas él solo.

–Sí, sí me apetece –respondió Jesús esbozando una sonrisa. Las arrugas que se le formaron en las comisuras de los labios le daban un aire cálido y sereno.

Compró un cucurucho y reanudaron la marcha. Él sostenía el cucurucho, de modo que cuando ella quería una castaña tenía que acercar su mano a él para cogerla. Cada vez que tomaba una, lo miraba y sonreía. Se encontraba más tranquila. Jesús se preguntó si a su hijo aún seguirían gustándole las castañas. Ambos siguieron caminando, alejándose del puesto de castañas. Él con su paso regular, ella intentando acompasar su paso al de él.

De repente, una gota cayó en el cristal de las gafas de Jesús.

–Parece que va a llover –dijo, y antes de terminar la frase empezó a caer una tromba de agua.

–¿Has traído paraguas? –preguntó Jesús, alzando la voz.

–¡No! –gritó ella cubriéndose la cabeza con sus brazos y mirando hacia los lados, buscando un lugar donde refugiarse–. ¡No sabía que iba a llover!

Jesús la cogió de la mano y empezó a correr tirando de ella.

            –¡Vamos!

Alba corría tras Jesús y miraba cómo la agarraba. Era la primera vez que se tocaban, ni siquiera se habían rozado casualmente antes. Sintió los dedos de Jesús gruesos y ásperos. Pensó que no habría adivinado que esas manos pertenecían a un profesor de literatura. Le apretaba tan fuerte la mano que sintió mucho calor en los dedos y le empezaron a doler los nudillos, pero no le importó. Tampoco le importó que la lluvia le arruinase el peinado y el poco maquillaje que llevaba. A lo largo de la acera se habían formado grandes charcos de agua que Jesús intentaba esquivar con desigual fortuna. Pasaron deprisa delante de una multitud de personas que se agolpaban bajo una parada de autobús, afanados en resguardarse de la lluvia torrencial. Jesús se distrajo un instante y casi se choca con una pareja que corría en dirección opuesta y llevaban los abrigos por encima de sus cabezas. Ella iba ajena a todo; aferrada a su mano, dejaba que Jesús la guiara.

Corrieron unos minutos esquivando personas y charcos. Jesús se metía por calles estrechas y giraba brusco sin previo aviso. La escena era divertida para ella, hasta que Jesús se detuvo en seco.

–Aquí es –Jesús separó su mano con brusquedad–. Pasa.

Entraron. El bar estaba lleno de gente que se resguardaba de la lluvia y el olor a humedad era intenso. Jesús la invitó a sentarse en la única mesa que quedaba libre. Una mesa pequeña con dos taburetes, uno enfrente del otro, pegada a una cristalera enorme que separaba el bar de la calle. Jesús se dirigió a la barra y ella tomó asiento. A través del cristal observó la calle engalanada con las luces de Navidad. Este año el ayuntamiento había escogido unas luces con forma de velas de diferente tamaño y grosor que se encendían intermitentes. Por mucho que las miraba, no lograba encontrar una secuencia. Dedujo que debía ser aleatoria. Algunos balcones estaban decorados. Unos eran elegantes y otros no tanto. En el edificio de enfrente, un balcón del primer piso estaba adornado con un manto rojo oscuro con los bordes dorados. En el centro había un dibujo del niño Jesús. Ese le gustaba. En el mismo edificio, en el tercer piso, había un balcón adornado con decenas de lucecitas de muchos colores que se encendían y apagaban muy rápido y llamaban demasiado la atención. Colgados del mismo balcón, tres muñecos de los reyes magos. Ella sentía más simpatía por Papá Noel. Le parecía más bonachón. Recordó a su abuela preparando la comida de Nochebuena. Le daba tantas vueltas a la cabeza valorando tantas cenas posibles que siempre se le echaba el tiempo encima. Al final, todos los años hacía lo mismo: besugo al horno y leche frita de postre. «Hoy habría salido, con prisas, a comprar la comida», pensó. La echaba mucho de menos.

–¡Alba!, ¿qué vas a tomar?

            Alba se giró con rapidez. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Sintió un escalofrío que la devolvió al mundo real. Pidió una cerveza y Jesús un vaso de vino tinto. Alba no solía beber cerveza, pero, después de comerse las castañas, había decidido no pedir una Coca-Cola por temor a parecer una cría. Pensó que resultaba curioso que Jesús la hubiese cogido de la mano antes de pronunciar su nombre.

El bar le pareció un sitio confortable. Al fondo de la barra había una estantería con decenas de botellines vacíos de diversas cervezas. Las paredes estaban abarrotadas de reproducciones de cuadros famosos. Los había más grandes y más pequeños, cuadrados, redondos, rectangulares. Alba intentó reconocer alguno sin éxito. El sitio era alternativo, «quizás demasiado para Jesús», pensó Alba. Dudó si era un bar frecuentado por él o lo había escogido solo porque había quedado con ella. De fondo, sonaba música a un volumen muy bajo. Alba tuvo que aguzar el oído para escucharla con claridad entre el murmullo de los clientes. Dedujo que era jazz. No entendía mucho de jazz. No le gustaba. Lo detestaba, de hecho. No podía comprender cómo podían existir personas que escuchasen una música que no tenía ritmo. Se imaginó un típico bar de jazz de los que salen en las películas, lleno de clientes blancos, con sombrero y bigote, disertando, en medio de una nube de humo, sobre la técnica de un saxofonista heroinómano.

Jesús puso la cerveza y el vino en la mesa y se sentó. Miró hacia el cielo a través de la cristalera.

–Vaya cómo llueve.

–¿Este era el sitio al que me ibas a traer? –preguntó Alba.

–Sí… ¿Por qué? ¿No te gusta? –respondió Jesús, removiéndose en su asiento.

–Sí, sí. Lo decía porque como nos ha sorprendido la lluvia, no sabía si habías improvisado el plan.

            –Este era el sitio –Jesús sonrió.

–¿Vienes mucho a este bar?

            –No suelo salir mucho, pero sí he venido algunas veces.

            –Son bonitos –Alba señaló la pared llena de cuadros que quedaba a la espalda de Jesús. Este se giró.

            –¿Verdad que sí?

            –Sí –respondió.

Los cuadros no le interesaban, solo quería iniciar una conversación.

–Mira –dijo Jesús señalando un gran cuadro en el centro de la pared–. ¿Ves ese de ahí, el azul grande? Se llama Impresión, sol naciente, de Monet. Es considerada la primera pintura impresionista. –Alba asentía mientras Jesús, que estaba girado observando el cuadro, hablaba–. Al inventarse la fotografía, ya no tenía sentido buscar la realidad al pintar, razón que impulsó a un grupo de pintores a dedicarse a buscar otros motivos en sus pinturas. En este caso es la luz. La luz y el color. Observa el color del cielo. Mira cómo desprende sensación de humedad –Alba pensó que en el bar había más humedad que en el aquel paisaje–. Es el primer movimiento pictórico en el que prima la impresión por delante de la copia. En su momento fue un verdadero escándalo, tuvo que soportar muchas burlas y desprecios –Jesús se volvió y bebió un trago de vino. Alba no sabía qué decir, así que siguió asintiendo.

–¿Y ese? ¿Lo conoces? –Se le ocurrió preguntar a Alba, que señalaba un cuadro al lado de la pintura de Monet.

–Eh…, no…, ese no –Jesús se ruborizó.

A Alba le hizo gracia la reacción de Jesús y tuvo que reprimir la risa. Jesús se había sonrojado y procuraba disimularlo bebiendo un trago de vino.

–Pues es muy bonito. Es el que más me gusta –dijo Alba.

El cuadro era No. 61 de Mark Rothko.

–¿Tú lo conoces? –preguntó Jesús en voz más baja de lo habitual.

–No…, pero puedo inventármelo –Alba apoyó los codos en la mesa y acercó su cara a Jesús. Este se acercó a Alba con los ojos muy abiertos. En su frente se formaron tres profundas arrugas. Alba empezó a hablar más despacio y en voz baja, teatralizando sus gestos–. El pobre Monet estaba desolado. Todo el mundo se había reído de su cuadro del barquito. Monet estaba convencido de que era por pura envidia, ya que él era el mejor pintor de la ciudad. No obstante, la opinión de que su barquito parecía una caca de paloma se instauró de inmediato en toda la población. Hasta su mujer le decía… ¿Cómo se llamaba Monet?

–Claude –respondió Jesús atento.

–Su mujer le decía: «Claude, cariño, no puedes ir por ahí pintando barquitos que ni se distinguen. Mira Velázquez, que pintó a la familia real hasta con perros y todo. Así no te vas a ganar la vida». Y es que a Monet le gustaba su cuadro. Quería que la gente entendiese su arte. Él erre que erre. Justificaba su pintura diciendo que no era un maldito fotógrafo y que habría sido mejor si algunos de los personajes del cuadro de Velázquez hubiesen salido con la cara tan borrosa como su barquito. Ya ni su mujer lo comprendía. Una persona incluso indicó que a lo mejor Monet quería pintar un paisaje realista, pero quizás sufría de miopía galopante –Alba hizo una pausa solemne y continuó con una voz más profunda–. Al cabo de un mes, uno de los críticos de Monet se encontró un cuadro en la puerta de su casa. Estaba firmado por un tal… François…, ¡François Tenom! –Gesticulaba histriónica Alba. Jesús soltó una carcajada–. ¡Qué maravilla de pintura! ¡Qué trazos! Pronto se lo enseñó a todos sus amigos pintores. Todos quedaron maravillados por aquella pintura tan vanguardista del enigmático François Tenom. La expectación acerca del pintor misterioso crecía por momentos. Sin previo aviso, apareció una nota en la que se anunciaba que el gran François llegaba a la ciudad a presentar su nueva creación. Todos enloquecieron. Cuando llegó el día, cientos de personas se congregaron para ver en persona al artista. En esto, apareció Monet y les dijo: «Señores, yo soy François Tenom. Criticasteis con vehemencia mi trabajo anterior, firmado por mí, y alabáis este, que no tiene ni barquito ni nada, pero está firmado por otro. Con esto queda demostrado que sois unos cochinos envidiosos» –Jesús no paraba de reír–. La gente se quedó perpleja y Monet dijo: «Os he impresionado, ¿eh?», y de ahí viene lo de Monet como padre del impresionismo –Alba se recostó en su silla.

–¡Fantástico! ¡Me ha encantado! –Aplaudió Jesús, con los ojos llorosos a causa de la risa.

Detrás de Jesús, un chico muy atractivo miraba fijamente a Alba. Ella le esquivó la mirada. Hacía seis meses que había conocido a un hombre muy parecido a ese. Un chico de una noche. De una tarde, en realidad. No tenía nada que ver con Jesús. Lo conoció en una discoteca. Hablaron poco, se cayeron bien y quedaron para tomar café al día siguiente. A Alba le gustaba más la cafetería de aquella cita. Apenas tenía decoración. Todo el local estaba pintado en tonos grises: las paredes, gris perla; las mesas, gris marengo; la barra, gris antracita. Le parecía elegante. El chico también le parecía elegante. Se fijó en Jesús. Vestía como un hombre de su edad. Por el hueco que dejaba el último botón de la camisa sin abrochar se asomaban algunos pelos negros y otros blancos. Se lo imaginó sin ropa. ¿Tendría mucho vello en el cuerpo? ¿Se mantendría en forma? Miró sus brazos. La camisa no le quedaba estrecha, no podía adivinar si se le notaban los bíceps. Al chico-de-una-tarde sí se le notaban. A él no le interesaba Mateo Alemán ni la literatura del siglo de oro, sin embargo, para Alba no era el típico guaperas de gimnasio sin cerebro. Le gustaba el deporte y la música. No era tan culto como Jesús, pero se podía mantener una conversación con él. Y también había que tener en cuenta el físico, claro, y el chico-de-una-tarde tenía un gran físico. ¿Por qué tuvo que inventarse una excusa para no quedar otro día? ¿Tan mal se lo había pasado? ¿No le resultó atractiva a la luz del día? Si bien sabía que esa era la mejor solución posible si quería evitar problemas, la intranquilizaba no saber cuál era el motivo para no querer verla más. Fuera cual fuese la causa, Alba no lograba apartar de sus pensamientos a ese chico.

Continuará…..

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