El pacto de los pícaros

Por: Rafael Azgra, Víctor José Rodríguez, Pepe Ramos, Carlos Ortega, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Esther G.R., Ian Gómez.

cabeceraRelatoEncadenado

En un lugar de Sevilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, el alguacil avanzaba presto mientras el maestro Cervantes hacía tintinear tres monedas de plata en su mano buena. Al llegar a la puerta del literato éste tendió su diestra entre los barrotes para pagar el unto que le permitiría continuar sin compañía en su celda. Sin embargo, para su pasmo, Alonso, que así se llamaba el funcionario, llegó acompañado y con expresión de penalidad:

            – Lo siento, Miguelín, pero esta vez va a ser imposible. Te traigo compañía.

            – Pero… ¿cómo? – preguntó Cervantes, entre enfadado y perplejo – ¿no puedes meterlo en otra celda? Seguro que hay otras en donde quepa. Si hace falta te conseguiré más monedas.

            – Es imposible, ya oyes el estruendo del gentío de los últimos días. Estamos atiborrados. El alcaide nos ha ordenado llenar todas las celdas. Da gracias a que te aviso antes de cogerte las monedas, que podría haberme callado y obligarte a pagarme igualmente.

            – Pues dale mis monedas al alcaide… – contestó, con un ligero tono de desesperación en su voz.

            – Oye… lo siento… pero no puedo reñir ahora – Alonso abrió con expresión seria la puerta e introdujo a un tipo desarrapado, con largas greñas y barbas, empujándole al interior con brusquedad. Le liberó de los grilletes y salió cerrando con un portazo y echando el cerrojo con saña – Ahora portaros bien y no me deis quehaceres innecesarios, que bastantes tenemos ya con tanto bandido por aquí – y se fue con paso rápido.

            El recién llegado saludó con una mirada acompañada de media sonrisa mientras se paseaba por la pequeña estancia, acariciándose las enrojecidas muñecas. Cervantes empezó a notar el pestilente hedor que desprendía, cual errabundo temeroso del agua. Se acercó a la escotilla que daba al patio resoplando, sintiéndose impotente. No había tenido una buena experiencia con sus primeros concurrentes en la cárcel, todos ejecutados ya por la Santa Inquisición. Quería pasar su condena en soledad, como hacían otros reos, gracias al favor de los alguaciles. Se sentía inseguro, pues su nombre y su delito eran distinguidos entre la chusma y no eran pocos los que querían aprovecharse de la aparente debilidad del Manco de Lepanto. Y éste se sentía en inferioridad a la hora de defenderse ante una posible agresión de un mal compañero. Se dio la vuelta, buscando su camastro, cuando se encontró con la mirada ensimismada del apestoso.

            – ¿Qué estás mirando, gaznápiro? – preguntó con molestia.

            – Verás, Miguelín – empezó, con una inquietante firmeza en su voz y cambiando sus formas – me han prometido la libertad y el cobijo del Justicia de Aragón a cambio de tu cabeza.

            Quedó en silencio. Sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad, al final un loco había conseguido llegar hasta él. Poco podía hacer si la demencia de aquel hombre, tan alta como su apestoso aspecto, se cumplía. No podría defenderse, y por primera vez desde que fue encerrado, sintió el miedo recorrer su esquelético cuerpo.

– ¿Sorprendido, Miguelín? – dijo con esa firmeza en la voz que imponía.

Miguel no quiso contestar, tampoco sabía qué decir. Si su vida estaba en manos de aquel hombre, lo más sensato era no decir nada, estudiarlo lo mejor posible y permanecer ojo avizor. Lo segundo iba a ser lo más complicado, su hedor lo llenaba todo y cuanto más lejos estuviese mejor. Se dirigió hacia su camastro, necesitaba pensar alguna estrategia por si la cosa iba a mayores. ¿Qué podía hacer? De momento lo único que podía hacer era esperar. Y si algo no le faltaba a él era la paciencia.

– Bueno veo que no quieres hablar conmigo – dijo de nuevo con esa voz – bueno, tú te lo pierdes, Miguelín, puesto que me he negado a ello…

Se incorporó con tal rapidez que casi se cayó al suelo. De todas las posibilidades que hubiese podido pensar, esa no entraba entre ellas. Había conseguido que la curiosidad, la misma que en un principio se negó a darle importancia, se instalase. Como no dejaba de mirarle y de clavar su mirada fijamente en sus ojos le preguntó:

– ¿Y por qué te has negado?

– Veo que he conseguido tu atención – sentenció jocosamente.

Paseó por la pequeña estancia con aire casi marcial. A cada paso que daba la pestilencia se extendía más y más a tal extremo que Miguel tuvo que taparse la nariz, para no sentir el nauseabundo olor que desprendía. A aquel hombre no parecía importarle demasiado su propio aspecto, pero algo en su porte hacía sospechar que no era un simple vagabundo. Su forma de hablar autoritaria y esa forma de mirar escondían algo más.

– A cambio de tu vida quiero que haga algo por mí – sentenció.

­- Te escucho – dijo Miguel que estaba dispuesto a lo que fuese por salvar su vida.

– Quiero que escribas la historia más grande que nunca se haya escrito. Quiero que el mundo conozca a un hombre singular, único. Quiero que escribas la historia de Alonso Quijano.

– ¿Y ese quién es? – Preguntó Miguel, que parecía mucho más tranquilo.

– El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – dijo aquel hombre con una mirada llena de locura – el mejor y más grande caballero que haya nunca marchado sobre la tierra – dicho lo cual se sentó sobre el mugriento suelo.

A continuación procedió a dar cuenta pormenorizada de las gestas del tal Don Quijote suyo. Cervantes se resignó a escuchar lo que no tardó en aparecérsele como una amalgama alucinada, hija de la imaginación febril de un lector indiscriminado de basura caballeresca: fantásticos lances de amor y de armas, caballeros andantes de todo color y condición, mundos exóticos recorridos por gigantes, dragones y demás quimeras contra natura.

– Palmerín, Roldán, Amadís… – enumeraba entusiasmado los modelos que debían servir de inspiración para cincelar al héroe protagonista de la historia – Tirant… ¡El Cid! – Añadió, los ojos fuera de las órbitas, sacudiéndolo por los hombros como si quisiera desencajarle hasta el último hueso del maltrecho esqueleto.

Mientras trataba de rehuir el aguacero de saliva que acompañaba al arrebatado discurso de su interlocutor, le vino a la mente el encuentro que en una posada de mala muerte del camino entre Madrid y Sevilla – en medio precisamente de esa Mancha desolada donde su compañero de celda quería radicar al paladín de su novelucha – había tenido, hacía casi diez años ya, con aquel espía inglés de cuyo impronunciable nombre no lograba acordarse y que allá en su patria gozaba de buena fama y alta estima merced a sus innovadoras tragicomedias. ¿Qué habría sido de él? ¿Y cómo se llamaba? En cualquier caso, sí recordó cómo, entre tiento y tiento al cuartillo de vino y a las carnes lozanas de la Maritornes, el simpático hereje le había insistido en que era el teatro lo que lo iba a sacar de pobre. Porque la chusma no leía, ni leería aunque pasasen otros quinientos años. Con que no quedaba sino dramatizar, dándoselos por tanto bien masticados, aquellos escritos que uno ambicionase ver divulgados. La pregunta, obvia, lo fustigó entonces tanto o más inclemente que los salivazos de su vecino: ¡¿Por qué coño no le habría hecho caso?! 

De esta manera tan atropellada como azarosa, el que otrora fuera comisario de abastos, fiel cumplidor en su tarea de requisar trigo y cebada para los galeones de la Flota de la Carrera de Indias hasta su defenestración regia y encarcelamiento, se resignó a la providencia de este malogrado encuentro y aceptó la propuesta de aquel desarrapado sicario ganado en el último momento para la caridad, cuyo tufo se cortaba a cuchillo. Lo cierto y verdad es que la narración del bienoliente, le recordó pasajes de aquélla que le refiriera, cuando niño, un viejo morisco a quien gustaba frecuentar por las atractivas historias que contaba. Cide Hamete Benengeli era un libro viviente. Y de entre sus páginas orales no olvidó aquel caballero cuyo nombre le pareció tan extravagante como digno de compasión, El caballero de la triste figura. Fue así, entre la sombra de sus recuerdos y las alucinaciones de un loco que en la mente de Cervantes fue desdibujándose algo. Su presencia irrumpió como una sombra a contraluz, como un gran señor de noble porte; pero a medida que las palabras de su apestoso acompañante lo ilustraban cayó en la cuenta que junto a él, allí mismo, se encontraba el rostro del hombre de su ensoñación. No tenía ese espantoso aspecto de mendigo, sus greñas estaban cuidadas, sus barbas recortadas y su porte era recto e imponente; pero su mirada mostraba la misma locura que el hombre que le hablaba.

Se sentó, confuso y asustado mientras en su interior crecía una extraña emoción. Ellas, musas caprichosas, lo habían vuelto a hacer.

– ¿Me estáis escuchando? -preguntó el hombre con vehemencia-. Ella tiene que aparecer.

– Ella… -repitió Cervantes imbuido por un torrente de sensaciones que se extendían hasta hacer temblar su cuerpo.

– Dulcinea, tan hermosa que daña. Con cabellos dorados, la frente despejada, las cejas como dos arcos, sus ojos brillan como soles y sus mejillas se colorean al sonreír -Cervantes lo miró intentando dibujar en su imaginación la mujer descrita-. Permitidme ilustraros con un garabato que sin duda os hará verla con la mayor de las claridades.

El hombre se agachó junto a la puerta y cogió un pedazo de carbón, caído de una de las antorchas cercanas que iluminaban el pasillo por el que los celadores paseaban. En la piedra del suelo comenzó a garabatear un rostro que a Cervantes se le antojó grotesco, espeluznante. Las dotes artísticas de aquel hombre eran nulas, pero lejos de sacarle de su ilusión, le dejó hacer.

– ¿Acaso no es la mujer más hermosa que hayáis contemplado?

Cervantes asintió. No le pasó desapercibida la forma en que los ojos de aquel demente se iluminaban al hablar de ella. Puede que hubiera sido hermosa en persona, pero aquellos trazos de carbón simulaban una bestia más que una mujer. «La tal Dulcinea es una idealización de este pobre loco», pensó para sí.

– Debe encontrarla, Don Quijote ha de encontrar a Dulcinea del Toboso.

Cervantes se arrodilló junto a él, intrigado, y mientras escrutaba los ojos del lunático le preguntó:

– ¿Por qué?

Las pupilas del hombre se clavaron en él como dagas y con la expresión de contar algo obvio respondió:

– Porque no hay mujer igual, se lo prometo.

Cervantes se quedó pensativo. Aquel hombre estaba realmente loco, no había duda, pero aún así había conseguido que se interesase por aquella historia. Estaba encerrado en aquella celda, no había motivo para seguir discutiendo con su nuevo compañero, ya que estaba claro que no iba a cejar en su empeño de convencerle.

– Está bien, escribiré la historia. – dijo Cervantes. – Escribiré la historia de este hidalgo manchego.

Una sonrisa apareció en el rostro del hombre, los ojos se le tornaron brillantes, casi parecía que iba a ponerse a saltar. – Bien, entonces le contaré todos los detalles.

Y así comenzó la historia del hombre de la triste figura, llena de locuras imposibles, donde un caballero se volvía invencible al llevar su casco, y su fiel escudero le seguía allá donde fuera. ¿Porqué no escribirla? En la mente ya envenenada de Cervantes, tomaba forma la historia…

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. 

Imagen de Pixabay

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Un comentario en “El pacto de los pícaros

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