Otra vez 15 de abril

Por: John Sebastián Castrillón Correa

Aquí estás, 15 de abril, ¿me herirás como la última vez? Te recuerdo muy bien, y mucho más lo que en ti viví.

Recuerda, sí, hazlo, recuerda la última vez que llegaste. Claro, ahí me ves; por supuesto, se me notan las ansias. Mira el rostro palidecido, pero que sonríe y se sonroja al son de un pensamiento. Mira la ropa: más lustrada no pudo haber existido. Huele, sí, hazlo, huele el fino perfume reservado para la ocasión; huele el sudor que se mezcla con él. No te olvides de aquel tonto papel que llevaba en mis manos. ¡Pensar que árboles y pulpos fueron triturados para brindarme papel y tinta y lograra escribir lo que habría de ser mi sentencia de muerte!

¿Recuerdas el largo viaje que tuve que hacer? Obviamente lo haces. Allí lo ves: todo un recorrido; un completo calvario. Lo recuerdo como el camino en el que yo dejaba de ser yo, y me entregaba al pozo sin fin en el que me encuentro.

Mira los ojos alegres y vivos que no sabían de maldad o traición; mira cómo se pierden en bastos lugares desconocidos por la raza humana. El éxtasis y lo que los griegos llamaban hybris estaban allí.

Sé valiente y sigue mirando los hechos; deja la cobardía y observa con el mismo placer morboso que tuviste aquella vez.

Mira al joven enamorado; ve la estupidez que cometerá.

Ahí está el texto: no tiene una sola falla, pues el joven se percató de haberle dedicado las suficientes lunas y soles para que en él no existiese la mácula. La esperanza de su existencia se hallaba en aquel texto; no dudó en hacer su mayor, y más vano, esfuerzo.

¿Aún puedes acordarte de mí cuando lo entregué? ¡Claro que sí, mísero burlón! Ve fijamente, sí, ahí se pasan de unas manos a otras los siete párrafos perfectamente escritos; ahí se van los Siete Grandes que no habrán de recibir ni la más mínima prueba de gratitud.

El joven sonríe decentemente después del rechazo, pero puedes ver cómo los colores de la escena parecen mezclarse con ácido, y se van derritiendo mientras espumean para pasar a tonos otoñales y terminar en escala de grises.

La muerte había venido en forma de rechazo y obtuvo sus ojos.

¡Mira, mira al hombre joven cómo envejece y se queda sin alma; mira cómo pierde la lámpara que encendía su ser!

Ahora le ha llegado la noche, y las tinieblas le han sofocado hasta las lágrimas. Ve cómo pierde sus fuerzas y se reduce a casi un cadáver maloliente; mira la ropa cómo se destiñe para luego desintegrarse.

¡Oh, destructor imperante, ¿cómo te atreviste a abatir a un alma así? Ya no importa, ya no importa.

Hoy estás aquí de nuevo, 15 de abril; mira las cenizas que quedan de mi ser cómo vuelan, sin sentido, tratando de encontrarla; mira mis moléculas restantes perderse rumbo a la nada.

Imagen de Pixabay

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