La salida

Por: Alice Miller

Tres y doce de la madrugada. La habitación está a oscuras. La única luz emana de la pantalla del portátil. Cantidades ingentes de nicotina y agua (hace años el líquido elemento era amarillo) llevan a su cuerpo al estado de relajación que ella busca. Con heridas en la piel abiertas y el humor suficientes para llenar de contenido las películas que Woody Allen filma en un año, intenta buscar las palabras que algún ladrón le robó. Cada madrugada. Con los dedos rotos, las yemas sangran al reescribir la historia.

De mayor quiere ser escritora, siempre lo tuvo claro. Desde que mentía a los quiosqueros para sacar el doble de paga un domingo. De niña quiere ser mayor para explicarle a su madre dónde está la salida. Ella de momento se esconde en su habitación. Cuando cierra su puerta, la habitación rosa poco a poco se transforma en un bosque verde. Y no escucha gritos, excusas, cristales rotos, llantos agónicos. Sólo pájaros, el viento y la naturaleza. Pero sabe que existe todo eso ahí fuera. Evita abrir la puerta no vaya a ser que el verde bosque se le escape como aquel periquito azul. “

“Esto es una porquería”, piensa mientras borra el párrafo dejando la pantalla en blanco… Tiene cincuenta y dos años y todavía no ha publicado ningún libro. Es su frase preferida cuando quiere flagelarse.

Escribe para varias revistas digitales y da conferencias sobre su especialidad: La Terapia Racional Emotivo Conductual aplicada a la prevención de depresiones en adolescentes. Apenas sonríe desde que le abandonó el publicista que adoraba al escritor esquizofrénico argentino, hace año y medio. Toma mucho café y fuma como una colonia de indios eternamente peleados. Vive en un pequeño ático en el centro de la ciudad. Devora libros. Consume comida ecológica y es adicta al sol y al Pilates.

Investiga dos veces por semana en la universidad. Los jueves queda con Eva para tomar gin- tonics e intercambiar impresiones sobre sus semanas. Así durante los últimos quince años. Es feliz asumiendo que se dedica a lo que más le gusta, su especialidad médica, pero ella de mayor quiere ser escritora. Para volver al bosque y no escuchar mentiras y justificaciones absurdas. Para abrir  la ventana todos los anocheceres y salir a volar después de cenar, media horita: lo recomiendan todos los facultativos en el País de Nunca Jamás.

Duerme mal desde que él le escribió un email hace un mes diciendo que necesitaba verla. ¡Qué cutre! Ni siquiera una llamada. Se repite el vals nocturno del último mes: Todas las noches se despierta. Mira el reloj. Va a la cocina a beber agua. Vuelve a la cama. Todo está tranquilo y eso la intranquiliza. El desasosiego le obliga a levantarse de nuevo.

Sentada frente al ordenador, intenta por enésima vez esa noche escribir algo bueno. Que revolucione al público. Un bestseller, sus publicaciones médicas, infinitas, no las cuenta como literatura. Enciende otro cigarrillo esperando que la inspiración llame a su puerta y traiga algo de sushi y una botella de champán rosado.

“La muy zorra debe estar pasando la noche con algún cantautor joven de pelo negro y barba de tres días”, sonríe para sí, pensando que ella antes desaparecía con músicos y le vienen a la memoria aquellas noches llenas de sexo, guitarras y promesas hechas estribillo. Recuerda que el publicista toca la guitarra. Le hace un hueco a la melancolía en su escritorio. La resignación le vence y vuelve a meterse en la cama.

Sale a la mañana siguiente de su casa camino del trabajo. En el coche siente otra vez esa extraña sensación. Espera en el semáforo y percibe algo raro en el conductor del vehículo de detrás. No puede ver bien, parece un coche pilotado por una enorme masa negra. Pasa el semáforo en rojo, acelera y su acompañante hace lo mismo. Le pisa los talones. Lo tiene muy cerca. Puede ver lo que parece… Dios, una coma, un signo de interrogación, un par de heterónimos, los verbos comodín, la maldita polisemia…? No entiende nada.

Pisa el freno para reducir  y tomar la siguiente curva y así evitar el camino hacia el acantilado en la carretera de sentido único. Un momento. No puede frenar. Desesperada pisa el pedal de freno que no responde, y puede ver a toda velocidad el cartel de “No pasar”. Grita. Suelta el volante. El corazón le va a mil. Cierra los ojos.

El teléfono móvil vibra. Eva está llamando. Responde al teléfono todavía atontada.

Dormilona, a la ducha. En media hora te paso a buscar. Hoy nos reunimos a las doce por lo de tu libro, ¿recuerdas?. Me llamó ayer el elfo (Eva no soportaba al ex de su amiga), seguramente vaya esta noche a la presentación de Lorenzo Silva. ¡Qué cretino!

—¿Qué? —ella iba rumbo a la universidad, no entiendía nada…

—La pesadilla otra vez… ¿Qué necesitas para acabar con la autoexigencia? ¿Un cirujano? Arréglate que salgo para tu casa en cinco minutos. Mua, mua.

Se dirige al cuarto de baño pensando qué ponerse, sobre todo para la presentación de esa noche. Hace un año que no se ven. Regaña consigo misma y le da un toque de atención a su amor propio. Toda la vida luchando contra su miedo al compromiso. Hoy admite que le quiere y contra eso no puede hacer nada.

Con el agua caliente cayéndole por el cuerpo toma conciencia de su materia y de su espíritu. Y sonríe porque le da igual ser correspondida en el amor: Es una de las finalistas del premio Planeta.

Más tarde, esa noche, enfundada en su mejor vestido de gala rojo charla de espaldas a la multitud con un viejo amigo abogado y, con Eva y el marido de ésta. Le agradece a la vida el aprovisionamiento de alcohol sin el que la fiesta sería un auténtico coñazo. De repente, reconoce esa dulce voz que todavía hace que ardan sus entrañas:

—Vaya, la finalista… —sonríe y se gira sabiendo que va a encontrarse con esos ojos en los que hacía submarinismo en otra vida.

—Ganadora, cretino. Tu misoginia te impedía encontrar literatura femenina pasable a tu alrededor, y mira por donde, compartía cama contigo.

—El libro es estupendo, de verdad. Y esta velada un fastidio. Vámonos de aquí.

A pesar de los gritos de advertencia de su orgullo, su autoestima y su seguridad, ella no escucha nada porque ya está bañándose en los ojos de él. Abandonó la fiesta del brazo de su amado, con la cara iluminada por la sonrisa que hace más de un año había perdido. Él volvió a cantar después de hacerle el amor en un hotel. Ella cerró los ojos y disfrutó de su canción sabiendo que todo en la vida es efímero. La salida no consiguió ganar el primer premio. Ella vive en la playa escribiendo libros y ayudando a otros a superar bloqueos vitales. Del elfo nada se volvió a saber en mucho tiempo. Ella se compró un periquito y lo llamó Légolas.

Imagen de Pixabay

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