Reivindicación de Jack Kerouac

Por: Carlos Ortega Pardo

Jack Kerouac - Imagen de Google

Jack Kerouac – Imagen de Google

En trabajo anterior, de hará varios meses ya y consagrado a la Beat Generation, amenazaba con el deseo de, a su debido tiempo, dedicar una semblanza a su figura más icónica: Jack Kerouac. Pues bien, ahora que Hapi Books, editorial un poco —o no tan poco— new age, publica Despierta, aproximación de Kerouac—imagino, eso sí, que muy particular—a la biografía de Buda, parece un buen momento para ello.
De antemano permítanme confesarles lo arduo que se me hace escribir con —dejémoslo en tentativa de— cierta ecuanimidad acerca de alguien por quien, en su día, sintiera enfebrecida, casi enfermiza admiración. A ello se suma, además, el consabido riesgo de erudición excesiva, que pudiera engrosar el texto hasta mucho más allá de los límites de lo razonable.
Con todo, espero solamente no abochornarme ni aburrirles. Ni, por cierto, seguir irritándoles con reiteradas muestras de falsa humildad como ésta en la que llevo ya bastantes líneas incurriendo. Para qué negarlo, vaya, que aspiro, como siempre, a entregar un buen artículo. El mejor posible, de hecho.
A tal fin dejaré de lado la fluctuante impresión que, a lo largo de aproximadamente una década, me causó la lectura sucesiva de sus obras y que ya detallé en el documento citado al comienzo. En cambio, y por arrogante que pueda sonarles —de nuevo la falsa humildad, mis disculpas una vez más—, voy a procurar centrarme en el hombre tras el escritor/personaje —pues, si no del todo protagonista en sus historias de marcado cariz autobiográfico, sí testigo privilegiado de las mismas—. En los condicionantes personales que hubo de afrontar su construcción como fenómeno cultural y que, en parte al menos, coadyuvaron a una decadencia física tan prematura como previsible, hasta su muerte, siempre temprana, a la edad de 47 años.
Lo primero que llama la atención de Kerouac es que, aun nacido en Lowell, Massachusetts, fue en el seno de una familia francocanadiense, de modo que su lengua materna no era el inglés sino el francés, muy alejada, tanto en lo fonético como en lo morfológico, de aquélla. En palabras de Javier Marías que suscribo de la primera a la última sílaba, el inglés es una lengua endiablada, y lo sabemos quienes llevamos toda la vida manejándonos con ella, siempre de manera imperfecta. Lo cual no hace sino multiplicar el mérito de un autor capaz de colorearla con tonalidades inauditas, dotándola de una elástica musicalidad bebop en la que no hay crítico, estudioso o simple devoto que no coincidan. Vean, si no, la entrevista que en 1959 le hiciera el showman Steve Allen y, en concreto, el pasaje de la misma en que Kerouac lee en voz alta un fragmento de On the Road. No tiene pérdida, está en Youtube. Ni que decir tiene que tampoco precio, un impagable tesoro audiovisual.
Por otra parte, el Kerouac de dicha entrevista es un hombre todavía joven, no exento de atractivo y en la cima de su carrera. Sin embargo, lo vemos desenvolverse con extrema timidez, reflejo de una personalidad muy frágil, a la que sólo consigue sobreponerse echado en brazos de una embriaguez sempiterna que acabará llevándoselo a la tumba en diez años apenas. De todos conocida es la aversión de Kerouac a la fama y, por ende, a las intervenciones en el por entonces aún novedoso medio televisivo. El par de lingotazos que había de meterse entre pecho y espalda para infundirse valor no tardó en tornarse hábito cada vez más insalubre, hasta llegar al humillante deterioro que evidencian apariciones posteriores. Por cierto que también en Youtube, para aquellos que gusten de los ídolos caídos.
Creo haber leído a algún comentarista, o prologuista, afirmar que la prosa de Kerouac recuerda a la verborrea atropellada del borrachín que insiste en contar una anécdota inacabable. Algo así. Sin ánimo de disentir más de lo necesario, el aserto me parece de un ventajismo miserable, además de intelectualmente pobre, pese a sus pretensiones de agudeza.
Kerouac era muchas cosas. Un alcohólico, por supuesto. Una especie de sociópata de perfil bajo que nunca logró salir de tras las faldas de su madre, quizá también. Pero igual de innegables resultan su honda sensibilidad y arrollador talento. Cierto que la deriva autodestructiva en que se zambulló llegado el reconocimiento afectó, y no poco, a la calidad de su obra posterior. No obstante, quien nos legara la celebérrima On the Road —posiblemente la Gran Novela Americana, ese grial literario, de la segunda mitad del siglo XX— y The Subterraneans, menos conocida aunque tan valiosa, si no más que la primera, bien merece el homenaje de quienes nos atrevimos a vivir para contarla —conste que no anida en mí un fan de García Márquez— movidos a ello por aquel santo loco. Voz de una generación, sí. Y de tantas más después.
¿Qué prometí ecuanimidad? Eso les pasa por fiarse.

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