La palabra

Por: Juan Manuel Aguilar Antonio

1. La entrevista

Recostó la cabeza en la silla con seguridad. Sabía que la siguiente pregunta sería la última. Acababa de ver su reloj y habían transcurrido ya cincuenta y cinco minutos de una hora que su editor le había exigido para atender al joven e inexperto periodista que tenía enfrente.

Con la mejor cara de condescendencia que le permitieron sus gestos miró a su interlocutor y escuchó con atención el cuestionamiento. Pensaba responder lo primero que viniera a su mente, sin importar lo absurdo que esto fuera. Pero, no estaba listo para esa pregunta:

-¿Cuál es la palabra más bella?-

Se quedó pasmado y tardó varios minutos en encontrar en su mente la respuesta.

2. Mañana

Despertó al día siguiente con una inusual energía y ansias por escribir. Con un vigor que no recordaba en su cuerpo desde hace aproximadamente treinta años. Cuando sus primeros relatos empezaron a ser publicados por revistas y su primera novela vio la luz en el modesto mundo editorial de Montevideo.

Tomó un poco de whisky de la tasa que estaba en su buró y no pudo evitar pensar que ese imberbe periodista del día anterior era un genio. ¿Cómo diablos se la había ocurrido semejante pregunta? Era una gran interrogante para todo escritor, ya que después de todo, él había dedicado su vida a las palabras, a agruparlas en oraciones y párrafos para contar relatos o ficciones.

Sus días estaban llenos de ellas, eran sus aliadas en esa misión que había consistido en crear todos esos textos que en la actualidad eran su obra, a la par de que se consolidaron como la principal materia para edificar ese mundo imaginario que existía en sus novelas. Con ellas nombró a los personajes que nacieron un su mente y relató las emociones, miedos, anhelos y miserias de cada uno.

Pronto reconoció que pocas veces se había detenido a pensar cual palabra para su juicio era la más bella. Cuál la más divertida o jocosa, o la más desagradable. Todo había sido inconsciente, y supo, que tenía una inmensa deuda con ellas.

3. El recuerdo

Las palabras se nutren de recuerdos. Debido a que el significado de estas sólo tiene sentido a razón de la memoria. Porque ¿de qué nos sirve el verbo amar sino podemos relacionarlo con alguien? ¿Qué significa Montevideo si no tenemos la capacidad de pensar en las tardes que recorrimos esa ciudad, los cafés que tomamos en ella, los bares que visitamos y las personas que la habitan? ¿Para qué utilizar el sustantivo miedo, sin conocer qué tememos perder?

Su respuesta había sido la más certera. Lo dudo un par de minutos pero después de unos segundos de reflexión todo se volvió claro. Después de todo, le había puesto a una ciudad ese nombre a razón de sus múltiples significados.

Para él esa palabra representaba la ciudad que había edificado con su pluma y mente. Pero también, la primera mujer que sintió plenamente suya. De hecho, ese nombre representaba tres personas en su vida. Su primera esposa, la violinista diez años menor que él que conoció una tarde en Buenos Aires y a la que se aferró para nunca dejar partir, y la joven dama de la cual quedó prendado en Madrid.

Cada uno fue un cuerpo distinto. Una forma diferente de sentir el amor y atarse a la vida. Una sonrisa que lo hizo sentir vivo y de la cual se supo capaz de hacer nacer en cada uno de esos bellos rostros. Del mismo modo, también esa palabra representaba tres formas en las que fracasó en el pasado. Tres momentos de dolor y decepción que minaron su ánimo por su incapacidad de amar y hacer perdurar una relación que en determinado momento de su vida deseo tener con toda la fuerza de su corazón.

Esa palabra representaba el fin, el fracaso y la decepción. Sí, pero también el amor, la felicidad, el placer y la dicha. Esa era la grandeza que sólo él podía percibir en ese nombre. Y todo, gracias a los recuerdos.

4. Escritura

Se sentó frente a su vieja máquina de escribir. Sentía la seguridad de poder empezar este texto desde el inicio sin hacer un borrador previo, a pesar de no saber si lo que tenía en mente era un artículo, relato o novela. Trasunto que al final de cuentas no le interesaba.

En su piel estaba impresa la emoción que sólo siente el escritor cuando sabe que puede comenzar a escribir por horas sin tener que detenerse. Un cáliz que pocas veces llega y que algunos de forma pesada y romántica suelen llamar inspiración, término que le desagradaba.

Acomodó la hoja y la ajustó. Por vez primera inauguraría un texto con la escritura del título. No como en el pasado, cuando escribía por meses y al poco tiempo llegaba a su mente el nombre de cada historia.

Una vez más estaba con sus cómplices y aliadas, la substancia básica para construir un mundo desde la ficción. Sobre la hoja plasmó “María” y no dejó de teclear hasta después de la media noche.

Imagen de Pixabay

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