Los diarios de Uriel

Por: JJ Conti

I

El sabor dulzón y abrasador me hizo cerrar los ojos, con el vaso en la mano, sintiendo el frio vidrio, en contraste con el calor que abrasaba mi garganta al tragar su contenido. Aspiro una fuerte calada a mi cigarrillo, e intento captar el mayor número posible de matices en cada una de las cosas que me rodean. Para mí es como ponerme mi capa y mi traje de lycra. Volver al tablero de juego, continuar con el show.

Expulso el aire entrecerrando los ojos para protegerlos del humo al bajar la mirada y comienzo a escribir:

Los diarios de Uriel

Saben eso que dicen de que lo sientes, que no sabes por qué, pero lo sabes. Esa certeza de origen extraño que te invade en según que momentos. A eso lo llamo yo Deriva. A mí me la acentúa la bebida. O eso creo. O a eso me he acostumbrado. Mi nombre es Uriel. Creo que ese detalle ya debería de hacer suponer algo, a mi me lo hizo, en el momento que pude ser consciente de lo que significa un nombre. No solo es una forma de llamar tu atención, también es una etiqueta, y al igual que casi todo en esta vida,  y digo casi por dejar un ínfimo porcentaje al azar, no es fruto de la casualidad. Pero tampoco es algo que venga al caso, prefiero dejar eso a la elección del lector.

II

The Hum.

El lector más avezado, aquel lector que cuente, aunque sea básico, con el dominio del inglés, habrá traducido ese nombre como el zumbido. Bueno, partimos de ese gusto americano por simplificar todo en una palabra o frase corta que genere impacto y sonoridad. Al contrario, los europeos, nos vemos en la obligación de emitir una diatriba, ralentizando todo al extremo, como si fuera necesario explicar.  Y claro, después está el modo de Don Cosme, Mi jefe:

—Uriel— aunque en sus labios siempre suena como Urié, se come la l final, dice que resta sonoridad y energía a su llamada— Necesito que vayas a Córdoba, tenemos varios mensajes de personas que creen haber escuchado un ruido extraño. Parece que tenemos un caso que podríamos englobarlo en el fenómeno que llaman “de zum”, o el zumbido. Coño con lo fácil que era decir bolas de luz u orbes, no ahora hay que decir orbs. Pues un carajo— Escuché en silencio la pelea consigo mismo, y por miedo a salir mal parado, no intenté separarlos y esperé a que terminara.

— ¿Sigues ahí?

—Sí.

—Pues habla coño, te mando por email las direcciones de posibles testigos. Y si tienes tiempo también la de una loca que dice que ha visto una aparición flotando en su casa desde hace tres noches o no sé qué.

—De acuerdo, mand… Cuando iba a seguir hablando me di cuenta que Don Cosme ya había colgado. Un encargo preciso, conciso y con cierto regusto amargo, las tres notas que definen el sabor de Don Cosme. Sonreí al pensarlo, porque el güisqui que estaba tomando en ese momento tenía un sabor muy parecido al de él. Apuré el vaso, y miré la hora.

Comprobé el buzón del móvil y vi que Don Cosme ya había enviado las direcciones. El correo contenía nombre, teléfono y dirección y como asunto: Direcciones. Tampoco hacía falta nada más, la educación y el protocolo están sobrestimados. Barajé las posibilidades y finalmente, y si soy sincero, sin darme cuenta, pedí una nueva bebida con un gesto rápido, como con miedo de que yo mismo me viera y miré los trenes disponibles. En dos horas salía uno.

Perfecto, tampoco tengo a nadie que me espere.

—Sí, gracias. Con mucho hielo.

 III

—Entonces, me decía usted señora que lo oye todos los días a eso de las once, ¿no?

El patio común era alargado, y ambos lados se acumulaban las casas adosadas, encaladas como todo en estas tierras. El blanco no absorbe luz, la repele. Ya saben, eso de los polos iguales se repelen, y aquí es básico repeler el calor. LA pareja que abrió la casa era un ejemplo de justo lo contrario. Ella era incluso algo más alta que él, lo que es atípico, pero que cuando sucede nos brinda un tópico en el que cabe poca excepción. Ellos eran la viva imagen de ese tópico: ella hablaba y miraba en las pocas ocasiones que pasaba, cuando su marido decía algo. El hacía lo propio y acertaba según el ángulo de apertura de los ojos si lo que estaba diciendo iba por buen camino o no. Por lo que hablaba muy despacio, para poder percibir en todo su detalle dicha apertura.

—Sí. Respondía con brusquedad, yo miraba entonces al marido que asentía con un ojo en su mujer. Recogí varias palabras más de aquella mujer y callé unos segundos, guardando la libreta, dejando que ese gesto calara en el ánimo de ella.

—Señora, ¿podría traerme un vaso de agua?

—Claro, dijo con tono solícito y se marchó.

—Usted no oye nada ¿verdad? Susurré al marido al tiempo que con un gesto y una sonrisa le daba las gracias a la mujer que echó la cabeza a tras desde el pasillo.

—Nada, ni un ruido.

—Gracias, respondí y esperamos en silencio a que volviera la mujer que lo hizo a los diez segundos exactos con un vaso de nocilla reciclado.

En la siguiente dirección era la mujer la que no escuchaba nada, pero que respetaba lo que pensaba su marido. Aunque en realidad parecía más que le dejaba disfrutar del minuto de gloria que todos merecemos en la vida alguna vez. Su vida debe de ser una mierda si este es ese minuto, pensé, no sin cierta desesperanza al notar que la mía no era mucho mejor si estaba allí con él.

Miré la hora, eran las diez de la noche. Era agosto y apenas se había rebajado la temperatura unos pocos grados. Un termómetro que había en la calle junto a un semáforo marcaba aún 38 grados. Volví a mirar el reloj.

El resto de testigos contaron experiencias similares. Incluso con sinceridad varios ocupantes en la casa contaron que ellos no escuchaban nada. Siendo el blanco de miradas fugaces de desaprobación. Nadie quiere estar loco, pero muchas veces la locura es lo único que nos salva. Lo extraño era que por mucho que yo lo intentaba el flujo me era esquivo. Nada se me alojaba en el pecho, nada me agarraba desde el interior para lanzarme al nuevo destino.

Nada.

Eso me hizo sospechar que tal vez el planteamiento no era el adecuado. Cuando se habla de The Hum nos referimos a un sonido como metálico; como un run run que proviene de las entrañas de la Tierra; como el lamento de Gaia; como el rozar de engranajes secretos, de Morlocks que mantienen el mundo girando en las profundidades. Pero los diferentes testigos insistían en la idea de que era el sonido de un avión que iba en aumento, como si se acercara. Nada de lo que había visto hasta ahora cuadraba.

Tal vez sea eso, pensé, un aeroplano, o un avión de grandes características que simplemente sobrevuela la zona. Pero entonces, porqué no todos lo escuchaban.

Decidí detener la búsqueda por un rato y tomar algo. El alcohol acentúa mi resplandor, y en ese caso estaba ausente, tal vez fuera la primera vez en que la borrachera llegara antes que mi mesticidad. Entré a un pequeño bar de barrio. Contaba con todos los elementos que a mí más me atraían de aquella rancia escena. Su cenicero metálico de publicidad de Osborne, su reloj de Coca Cola, algún que otro azulejo con frases tan tremendamente manidas como: hoy hace un día estupendo ya verás como entra alguien y nos lo jode. Y yo estaba dispuesto a no ser ese. Pedí un JB con Pepsi y me alojé en una esquina. Tranquilamente.

Al segundo combinado, y con la pesadez del vapor alcohólico ya dueño de mis sentidos noté como si de pronto cayera. Me agarré, imperceptiblemente, a la barra. O todo lo imperceptiblemente de lo que fui capaz, y aguanté la embestida del flujo. Cerré los ojos y me froté el entrecejo, como si estuviera cansado, pero que realmente sintonizaba los sonidos en mi cabeza. Tras un instante lo escuché:

—Te juro que llevo noches soñando lo mismo. Dura poco, pero a cada noche el sonido es como mayor. Y cuando me despierto nada. Ni una mosca.

Me di la vuelta pausadamente, adoptando un rictus simpático y amigable. Pero no debió de estar muy conseguido, por que los dos parroquianos que estaban charlando entre ellos se me quedaron mirando con extrañeza. Aunque lo extraño para mí era verlos sentados en una mesa y no charlando animadamente en la barra. Las mesas en sitios como aquel solía servir más como perchas horizontales que como mesa propiamente dicha.

—Perdonen que interrumpa su charla. Dije a modo de disculpa. Los hombres se relajaron.

—No, no pasa nada.

—Es que no es la primera vez que oigo lo del avión aquí en Córdoba, pero nunca había escuchado que fuera un sueño. Dije mostrando interés en el relato del hombre.

—Pues yo lo escucho en sueños, pero cada vez más fuerte. De dos días para acá incluso me da miedo ya dormirme, por eso me atiborro aquí. Dijo terminando con una sonora carcajada que su compañero secundó con un golpe en el hombro ante la ocurrencia. Mi risa fue más fingida, pero aún así coló.

—Yo también lo he oído, y la verdad que me deja un mal cuerpo siempre… Dijo una voz al otro lado del bar. Aquello marchaba, y el atenazamiento que sentía en mi pecho me confirmaba mi suposición. Me giré y miré fijamente a ese otro hombre que tocado con una boina que le llegaba casi hasta el entrecejo hablaba mirando su copa de coñac. Levantó la vista y el vértigo se hizo de nuevo presente. Retiré con delicadeza mi cubata, alejándolo de mí. Ya no hacía falta más.

—Como que le deja un mal cuerpo… Pregunté, aquello era un cambio, hasta ahora nadie había contado las sensaciones que aquel ruido dejaba en él, solo la circunstancia de oírlo.

—Sí, como un nudo. Cómo si fuera a pasar algo malo— Respondió el hombre levantando la mirada como avergonzado— Además está la polilla esa gigante que siempre aparece.

 IV

Salí de aquel sitio tras pagar mi consumición. Mi cabeza era todo un hervidero. Miré la hora, aún no era demasiado tarde, las 23,30. Saqué el teléfono que tengo, el cual apenas sirve para llamar y mandar SMS y recibir mails. Marqué el único número que sé de memoria:

—Don Cosme. Recibí un gruñido a modo de respuesta, lo que me hizo darme cuenta de que quizás si era tarde.

—Don Cosme, esto que está pasando aquí no tiene nada que ver con el zumbido— dije obviando voluntariamente la nomenclatura americana del fenómeno que tanto sabía que fastidiaba a Don Cosme— esto parece más otra cosa. Aún no se que es, pero parece que puede ser algo gordo. Algunos de los testigos lo oyen en sueños y no despiertos.

— ¿Pero tienes algo? Escupió Don Cosme al tiempo que exhalaba el humo de su eterno cigarrillo que se habría encendido nada más despertar. La imagen era nítida, Don Cosme coge el teléfono ve el nombre de quien llama, gruñe y se dirige al salón al tiempo que se enciende un cigarrillo y se siente en la mesa camilla que tiene.

—No, respondí como ausente.

—Pues para que me llamas entonces.

—Me ayuda a pensar. Respondí con una sonrisa en los labios y una idea en la cabeza. Aquello fue demasiado para Don Cosme que expulsó el aire con fuerza y añadió antes de colgar:

—Pues espero que te haya servido de ayuda, ahora vete a la mierda. Esperé a que la pantalla volviera a inicio tras colgar Don Cosme y busqué la bandeja de entrada de los mails. Abrí el mail con la dirección de los testigos y allí estaba:

“Loca que ha visto el pájaro negro en su casa…”

Lo del pájaro no me lo había mencionado, pero aquello tenía ahora todavía mejor pinta. Cuadraba a la perfección. Casi eran las doce pero la dirección no distaba mucho de donde estaba así que decidí ir. Me puse la mano delante de la boca y olfateé mi aliento. Saqué un chicle de menta de mi bolsillo y me encaminé hacia la casa.

Pájaro negro, fue lo único que acerté a pensar en todo el camino, polilla gigante, me respondía a mí mismo.

En apenas unos minutos estaba frente a la puerta de aquella casa. Conocía bien la ciudad y sabía moverme por el intrincado laberinto que eran sus calles en el barrio histórico. La casa necesitaba una mano de pintura, y las ventanas, aunque de buena calidad, tenían la madera también descolorida. El resto, como era de esperar, estaba muy limpio, incluso la zona que precede al escalón de la entrada. Agucé el oído y pudo oír el sonido de la televisión, como a lo lejos, supuse que en el patio. Dudé varias veces pero al final llamé a la puerta. Primero levemente y después con cierta insistencia. Finalmente oí los pasos renqueantes de la señora, que aposté antes de que la puerta se abriera, llevaría aún puesto el delantal.

Correcto.

La mujer me miraba desde la profundidad de su entrecejo al tiempo que sujetaba la puerta con fuerza, por si debiera volver a cerrar de golpe. Le mostré una gran sonrisa, y ahora sí, me identifiqué como periodista. Nunca subestimes la soledad de una persona, siempre necesita de cierto reconocimiento aunque sea de un desconocido. Y el consumo exacerbado de programas de cotilleo, al estilo de Sálvame convertía en potencial confidente de miserias a cualquier persona.

—Buenas noches señora. Soy Uriel, trabajo para la revista espiral. Es una publicación especializada en periodismos de investigación. No quise añadir nada más, la entradilla me resultó correcta y por el relajamiento de sus nudillos que como tenazas sujetaban el vano, también a ella.

— ¿Es por lo del pájaro?— Preguntó la mujer con cierta violencia en su voz y desconfianza— mi nieto se emperró en mandar un mailo de esos a una de las revistas que el lee llena de pegos— pegos, en Córdoba, significa tonterías. No me di por aludido y seguí manteniendo mi sonrisa al más puro estilo Tom Cruise. La típica que encanta más a madres y abuelas que a hijas.

Asentí y ella se apartó para dejarme pasar.

El olor era el que hubiera esperado en una casa de aquellas, mezcla de tiempo y arrugas. Pero el pasillo, así como el salón estaban impolutos. La mujer anduvo hasta la mesa camilla del mismo y se sentó sin esperarme. La mesa tenía un cristal para sujetar las enagüillas y bajo el mismo un tapete de hule y varias postales, sepias por el paso del tiempo, de viajes y recuerdos demasiado lejanos ya incluso para hablar de ellos sin que duela. Me senté sin esperar a que me ofreciera asiento y juntando mucho las rodillas me tapé, como un niño que espera que su abuela le cuente un cuento.

—Pues verá. Yo todas las noches veo la televisión, los chismorreos me gustan. Es lo único que me entretiene. Pero antes de irme a dormir siempre salgo a mi patio que está allí— dijo señalando una pequeña puerta metálica en la cocina— y le doy las buenas noches a mi Antonio. Está arriba esperándome, sabe usted. Ya me enteraré si me oía o no. En vida no lo hizo mucho pero ya sabe usted que las cosas se valoran más cuando se van, y ahora que no me tiene a lo mejor sí que me escucha. Si no dígame usted que va hacer todo el tiempo allí solo—

Sonreí ante aquella afirmación, pero intenté hacerlo con levedad para no ofenderla. Ella esperó a que terminara mi sonrisa y continuó:

—Pues hace dos noches, cuando fui a salir escuché un ruido. Como de un pájaro grande, pero más rápido. Como si fuera un abejorro con plumas. No se explicárselo mejor.

—Lo ha hecho usted perfecto.

—Pues eso, como una gallina cuando la echas a volar. Que mueven las alas nerviosas. Miré arriba y la vi. Las alas no se veían de lo rápido que las movía y tenía una cabeza pequeña y un cuerpo muy grande y canijo. Como si fuera una libélula de esas. — Ella lo pronunció más como labilula. — Le juro que por un momento pensé que era un hombre, pero, que iba a hacer un hombre ahí. Exclamó al fin.

Yo me mantuve en silencio, y fingí apuntar la información que ella había contado. La anciana intentó mirar de reojo pero yo tenía el cuaderno levemente levantado por la parte superior. Después cerré el cuaderno y busque en mi móvil una imagen, que se pareciere lo más posible a la descripción y se la enseñé.

—Por Dios— dijo persignándose— muy parecido— Sentenció al final con un fuerte acento andaluz.

—Cuantas veces lo ha visto.

—Dos. Anoche lo volví a ver, pero mucho más lejos. Pero la vista la tengo aún muy bien.

Asentí con los labios apretados y me levanté.

—Pero me va a dejar así, dígame que es esa cosa del demonio.

—Precisamente eso señora, un demonio al que le atrae la sangre.

V

La noche la pasé en vela. Leyendo información y recopilando, ahora sí, las historias de forma correcta. De camino al hotel me había parado en una gasolinera y había comprado un callejero de la ciudad. En ese momento lo tenía sobre la cama y había señalado con un rotulador la localización de las personas que había entrevistado. Todo encajaba, ahora sí. Aquello no era ningún zumbido sino la reminiscencia que precede a una catástrofe.

—Don Cosme.

— ¿Otra vez necesitas pensar? Contestó como si las diez de la mañana fuera una hora tan intempestiva como la de la anterior llamada.

—No, ya he pensado suficiente.

—Dime.

—Anoche estuve en la casa de la loca del pájaro y no es precisamente eso lo que vio. Percibí a través del auricular el sonido de la respiración de Don Cosme, eso significaba que estaba a punto de hablar.

—Es la Polilla verdad. Preguntó en un tono que no esperaba respuesta, tras expulsar el aire con fuerza. Yo asentí y él intuyendo el movimiento continuó— Haré las consultas pertinentes a Londres y Estados Unidos. No sé si nos dirán algo, para ellos somos el culo del mundo y ni para sus predicciones nos tienen en cuenta.

—Gracias. Respondí y colgué, sabiendo que la conversación había terminado.

Tras las numerosas pruebas que se recogieron por escrito y de forma fehaciente antes de las mayores catástrofes se habían creado sendos centros de premoniciones en Londres y Estados Unidos. El caso del Titanic era el mejor documentado, pues no solo había testimonios de personas que no habían llegado a montar al barco estando ya su equipaje dentro, si no que existía una novela completa que advertía de forma pormenorizada de lo que iba a pasar. La novela se llamaba Futilidad y fue publicada por Morgan Andrew Robertson, diecisiete años antes de la tragedia. Esa y otros casos similares hicieron que se crearan dichos centros. Ningún Gobierno admite la validez de dichas premoniciones, pero es innegable que se consultan periódicamente y que cuando va a ocurrir algo de envergadura existen picos en su actividad. También es cierto que con la facilidad de contacto que proporciona internet dichos picos son ahora más difícil de dilucidar.   Pero un detalle que se cumple en la mayoría de los que sí su cumple es la visita del Mothman u hombre polilla. Sus apariciones parecen estar íntimamente relacionadas con la inminencia de grandes catástrofes, siendo a veces definido como un “heraldo de desgracias y muerte”.

Comí algo ligero y de postre me tome dos gin tonics. Necesitaba sintonizarme lo antes posible. Decidí volver a visitar a dos de los testigos pero ahora con una actitud diferente. Pero al comenzar a llamar ocurrió algo extraño, al principio pensé que era casualidad, aunque si algo me ha enseñado Don Cosme es a no fiarme de la casualidad.

— La casualidad es la puta de Dios, la manda siempre a hacer el trabajo sucio por él.

Ninguno de los testigos estaba en la ciudad, todos habían salido de forma, unos justificada y otros imprevista, de la ciudad. Los que no me cogieron el teléfono supuse que sería por la misma razón. El último número al que llame fue al de la primera pareja con la que hablé. Cogió el teléfono su marido, al que reconocí en seguida por el tono dubitativo:

—Dígame.

—Sí, perdone, no recuerdo bien su nombre, soy Uriel. El periodista que les visitó ayer. Me gustaría hacerles unas preguntas.

—Estamos a punto de salir. Respondió como en un susurro, me lo imagine al instante: encorvado, con la mano junto al teléfono y mirando de reojo que su mujer no estuviera por las cercanías.

—Será un segundo.

—Vaya al mirador de la sierra. Allí vamos todos.

Y dicho esto colgó.

Vaya al mirador, allí vamos todos. Había dicho todos. Pero que todos. Sin esperar un segundo me dirigí a casa de la señora que había reportado la visión del Mothman. Cuando llegué, su nieto, un chico aún más oscuro que ella pero sin luto me miró con curiosidad y antes de que pudiera contestar escuché la voz de la menuda mujer:

—Este es el que vino de la revista esa que lees.

El chico me miró aún con más curiosidad, vestía pantalones vaqueros negros y una camiseta del mismo color con el símbolo de Thundercats en el pecho.

—Sí, exacto, soy Uriel, de la revista Espiral.

—Oh sí, me encanta su revista, la compro todos los meses.

—Bueno no es mía, y si conocieras al dueño tal vez no la compraras. Respondí sin pensarlo. El chico solo me sonrió con condescendencia y ayudó a su abuela a salir a la puerta. Vi que la señora llevaba una bolsa con marcos de fotos y las viejas postales que anoche estaban en la mesa.

— ¿Donde van? Pregunte encogiendo el entrecejo.

—Al mirador— respondió el nieto— mi abuela dice que es importante que el hombre se lo dijo.

— ¿El hombre?

—Sí, al final era un hombre, raro, pero un hombre.

VI

Lo que sucedió a continuación es extraño de contar. Para que el lector pueda entenderlo lo compararé a la noche en la que en la película Encuentros en la Tercera fase todos esperaban en el campo la llegada de los extraterrestres. Igual pero sin melodías de country silbadas. Cuando llegamos, el nieto accedió a que los acompañara y a la mujer le importó un carajo, había varios de los testigos que había interrogado. Entre ellos la pareja con la que primero hablé. Con el encorvado mirando a todos con cara de desconcierto y ella satisfecha de no ser una de las que no se había enterado.

No hubo palabras. No hubo tiempo. El zumbido fue atronador. Las caras fueron serias, tristes. Todos sabían que debían estar allí pero no porqué. Yo lo intuía.

El avión apenas tuvo una caída de un minuto o menos. Al principio el resplandor era tenue, pero en el momento que tocó suelo todo se iluminó. Los gritos de los allí congregados resumieron seguramente los de allí abajo, y desde donde estaba me sentí como la Princesa Leía, salvando las distancias claro, viendo como Tatooine era destruido.

—¿Don Cosme? Cogí el móvil sin darme cuenta, inconscientemente, con la mirada perdida en el fuego. Y en la pareja de antes, en la que ahora sí él la abrazaba a ella y dejaba que escondiera la cabeza en su hombro.

—Sí, hablan de un avión, pero comprobaron que allí no había aeropuerto comercial así que no avisaron a nadie.

—Ya no tiene importancia. Dije en un tono neutro, casi perdido.

—Entiendo. Mañana lo veré todo en las noticias. Si ves que puedes, trae fotos.

—No creo que pueda.

—Si ves que puedes.

Y colgó.

Los titulares no dejaron lugar a dudas. Avión de carga, de la marca Antonov, estrellado anoche en el casco histórico de Córdoba. Las victimas se cuentas por decenas. Nadie mencionó los sueños, o premoniciones. Las visitas de la polilla o las noches de vigilia que lo precedieron. Para eso estamos nosotros, los encargados de hacer dudar.

Aunque, añadiría yo, muchas de ellas se encontraban lejos, mirando su casa, no fueron víctimas de sangre pero sí de culpa. Remordimientos. A veces no es solo tener la información, en todos y cada uno de los casos que suceden todo se limita a una cosa: Creer.

Imagen de Pixabay

Imagen de Pixabay

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s