Lazos de sangre

Por: Alejandro Mariana Muñoz

-¡Vamos, despierta! ¡Es tu cumple!- me gritó mi hermano zarandeándome para que me despertara. Era el día en el que cumplía 7 años. Al instante me levanté de la cama. ¡Quería ver mis regalos! Mi hermano me regaló un balón de fútbol y mis papás un libro.

Al día siguiente fuimos aprobar el balón a un parque cercano de casa. Como él tenía siete años más siempre me ganaba, aunque también me enseñaba muchas cosas. Me iba ganando por goleada cuando aparecieron unos chicos y empezaron a hablar con mi hermano aunque creo que no se llevaban muy bien. Mi hermano tenía cara de estar enfadado. Cuando se fueron, mi hermano parecía asustado y nos fuimos al instante.

Unos días después, mi hermano decidió ayudarme con unos ejercicios de matemáticas que no conseguía solucionar. No me gustaba de profesor; era demasiado estricto. Lo bueno era que cuando acabábamos siempre jugábamos a algo. Esta vez tocó el coche teledirigido que él tenía desde hace años. Tras un rato enseñándome cómo se manejaba, llegó mi turno. Aunque se me volcó varias veces, al final conseguí controlarlo. De vuelta a casa, me dijo:

– Ya lo manejas muy bien. Por eso, te lo quiero regalar- lo noté triste, y sabía que ese coche le gustaba mucho, así que le di las gracias y un abrazo para que se pusiera contento.

Al día siguiente, íbamos mi hermano y yo en el tren y me enseñó una lección que nunca olvidaría.

Nos sentamos y en los asientos de al lado había un hombre tumbado; parecía enfermo. Fuimos un rato charlando y, de repente, apareció un hombre con unos papeles que iba poniendo en los asientos. Leí lo que ponía y decía que estaba arruinado y que necesitaba dinero. Sin pensarlo, el señor que parecía enfermo le dio unas monedas. Mi hermano me dijo:

– ¿Ves, David? Se generoso siempre. Si el que no tiene nada es capaz de ofrecer lo poco que tiene, ¿qué no podremos ofrecer nosotros?- desde ese momento aprendí a compartir lo mucho o poco que tuviera.

Tras pasar unos días, estaba leyendo en mi habitación mi nuevo libro cuando oí gritos que venían de la cocina: eran mi madre y mi hermano discutiendo. Quería saber lo que estaba pasando, así que me asomé sin que me vieran. Por lo que pude escuchar, mamá estaba enfadada con mi hermano:

– No quiero que te juntes con esa chica. Tiene unos amigos muy poco adecuados; mi hermano parecía muy enfadado.

Me tuve que esconder rápidamente porque salió dando un portazo de casa y podría haberme visto espiándolos.

Pasaron unos días y me di cuenta de que mis papás estaban muy nerviosos. Mi papá estaba todo el rato con el teléfono en la mano, como esperando que sonara en cualquier momento. No sabía por qué estaban así, así que fui a preguntar a mi hermano a su habitación. Me dijo que no era nada y me tranquilicé un poco, así nos pusimos a jugar con el coche teledirigido.

Pasó el tiempo y notaba que mis padres estaban cada vez más tristes. Cuando veía eso, para no ponerme yo triste también, me iba a la habitación de mi hermano y jugábamos a inventarnos historias con mis muñecos o al fútbol en el portal de casa. Una tarde, estaba leyendo cuando sonó el teléfono y oí un grito de mi madre; me asomé rápidamente y vi que estaba de rodillas en el suelo abrazada a mi padre. Me asusté muchísimo, ¿qué podría haber pasado? Pero miré a mi hermano y éste me sonrió. No debía pasar nada malo.

Al día siguiente, todos mis miedos se esfumaron ya que vino toda la familia a casa. No sabía que fuera un día especial pero si estaban todos allí, algo se celebraría. Me gustó ver a toda la familia junta, y a ellos también, porque no paraban de llorar de alegría. Aquella tarde me quedé en casa de una vecina, porque toda la familia se había ido a celebrar.

Al cabo de un tiempo, mi madre me llevó a un lugar donde había muchas piedras con nombres de personas. En una ponía el nombre de mi hermano y creí que era algo malo. Sin embargo, él me sonrió y me dijo: “Es un juego. Si pones algo ahí será como si me regalaras algo”. Yo no entendía por qué tenía que ponerlo ahí y no dárselo directamente, pero así lo hice. Antes de colocar el coche teledirigido miré a mi madre y supe que era importante. Le dije a mi hermano: “Toma, nuestro juguete favorito. Así, siempre que venga, podremos jugar”. Coloqué el coche teledirigido al lado de la piedra.

Y salí de allí de la mano de mi madre y acompañado por mi hermano.

Imagen de Pixabay

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