Solos en el andén

Por: John Sebastián Castrillón

No sucedió lo que quería. Anduve pensándola por varios días tratando de idear un buen lugar para besarla; y, al parecer, todo había conspirado a mi favor.

Después de salir de clase y haber ido a comer con un grupo de compañeros, en el cual, de manera obvia, estaba ella, nos quedamos solos. Ella debía esperar que su padre viniera a recogerla, y, para mi beneficio, ella le había dicho que la recogiese en un lugar que es poco seguro. En el momento en que hablaba con él por teléfono no me atreví a darle consejo sobre un mejor lugar, para lograr mi plan. Me quedé haciéndole compañía con la excusa de que no podía dejar a una mujer sola en un lugar como ese (en parte era verdad, pero esa no era la principal intención).

Nos sentamos en un andén solitario cerca de una tienda. Comenzamos a hablar y, como tenemos por costumbre, a fingir que discutíamos, para después reírnos. Yo miraba fijamente a aquellos ojos naranjas, que me derretían de pasión, no con la mirada de un conquistador, pues ella ni siquiera sospechará que me gusta. Mientras se comía un chocolate traté de crear una nueva discusión, pero ya no le generó risa. Se quedó muy seria.

El punto es que, por estar sentado allí, me había dejado el último autobús que habría de llevarme hasta mi casa que, por cierto, quedaba demasiado lejos de aquel lugar, pero eso no me importaba con tal de pasar a su lado unos cuantos minutos…y tal vez lograr rozar su boca con la mía.

Hubo un momento en el que nos reímos, y aproveché para recostar mi cabeza sobre su hombro. Creo que le dio igual, porque se quedó quieta y no movió ni uno de sus músculos ¡Ni uno!

Ya se me agotaba el tiempo; en cualquier momento vendrían a recogerle, pero ¿qué podía hacer yo? ¿Cómo haría para besarla?…No había terminado de plantearme el segundo interrogante cuando se oyó sonar el freno  de un auto al otro lado de la acera. Era su padre. Nos levantamos rápidamente y dijimos unas cuantas palabras. No había terminado de decirme adiós y ya estaba dentro del auto. No se dignó tan siquiera a darme un beso en la mejilla.

Allí quedé solo físicamente, porque de manera sentimental estaba más que acompañado. No sabía qué sentir. ¿Habría de adolecerme por su ingratitud? ¿Habría de sentir nostalgia por la soledad en que quedé? ¿Habría de enojarme porque ahora tendría que caminar kilómetros en la fría noche para llegar a casa? Esas cosas me dolían, por supuesto, pero no tanto como regresar a mi hogar con un corazón vacío y una boca seca por falta de amor.

Ya ha pasado mucho desde aquél suceso; tanto que logré conocer los motivos de su indiferencia. Ana, quien en algún momento fue su gran amiga, me lo dijo todo:

Mira, te lo diré, pero prométeme que no se lo dirás a nadie. Cuando entramos al segundo semestre de carrera universitaria, tuvimos como compañero a un estudiante de intercambio. Venía de California; se llamaba Francis, era alto, de cuerpo esbelto, ojos verdes y cabello muy claro. Él llamó la atención de todas nosotras, ya que en el grupo era el único hombre apuesto. El primer día de clase, cuando se estaba presentado, pidió el favor de que alguien le ayudara en su ámbito escolar, pues no sabía muy bien el español. Elizabeth se aprovechó de tener buen conocimiento del inglés, y se ofreció. Desde el principio él se vio interesado por ella, tal vez por sus envidiables ojos naranjas. Francis aprovechó su físico extranjero para seducirla…y tuvo éxito. Ya sabes cómo somos en esta ciudad: tratamos a los extranjeros como si fueran ángeles. Comenzaron una relación: eran la pareja de los ojos hermosos. Se les veía pasar siempre tomados de la mano sonriendo y dándose uno que otro beso. Así duraron tres meses, porque terminaron. Francis llevaba tiempo pidiéndole la tan conocida ‘prueba de amor’, pero ella no quiso acceder. Fue más lo que se demoraron terminando, que él en conseguirse otras. ¡Elizabeth me llamaba llorando todos los días a la madrugada! Me decía que no lo había podido olvidar, que era todo para ella, que esa depresión la iba a matar. Persistentemente le dije que lo olvidara, pero no tomó consejo.

Pues resulta que una de esas noches, cuando ya llevaban como dos meses de separados, ella, impulsada por el alcohol, decidió llamarlo a él en vez de a mí. Le dijo que fuera a su casa, que se sentía muy sola, que no lo había olvidado. Por supuesto que fue, más con oscuras intenciones. Sucedió lo que ella se buscó: se aprovechó de su estado, y logró su meta. Yo se lo había advertido muchas veces, pero a un corazón herido no hay palabras que le valgan. Lo que ninguno sabía era que a los cuatro días Francis volvería a California, pero no, claro, sin haber dejado un recuerdo antes.

En el tiempo que estuvieron separados, Francis aspiró disfrutar al máximo; y en uno de esos “disfrutes” contrajo sífilis.

Oh, querido Luis, Elizabeth está muriendo por esa enfermedad, pero no tanto como muere de amor por ti. Antes de pensar en sus sentimientos ha pensado en tu bienestar. Todo este tiempo te ha cuidado; ella no permitiría que te pasara algo malo.

Cuando Ana terminó de contarme la historia, no hice más que llorar de manera desconsolada. Alguien se había aprovechado de lo que más añoro en esta mísera vida. Ahora que conozco la verdad, no sé qué hacer. Voy a tener que olvidarla sin remedio.

Si no la olvido he de correr un riesgo enorme y sin igual. Yo no quiero morir tan joven, quiero vivir mucho más… ¡¡PERO QUÉ TONTERÍAS ESTOY PENSANDO!! ¿No es, acaso, la mujer por quien me estremezco? ¿No es quien sin haberla tan siquiera besado me enloquece? ¿Entonces he de ser tan necio como para rechazar a quien todo este tiempo me ha cuidado? Por supuesto que no. Tengo que confesarle mi amor.

Llevo puesta mi mejor ropa, y me he aplicado mi mejor perfume. Estoy en un bus repleto de personas, parado, incómodo y fastidiado por quienes me rodean. No me importa nadie más que ella.

Estoy a una hora de su casa, pero parece que la tuviera en frente por el miedo que me genera.

Me tiemblan las piernas, por poco puedo mantener el equilibrio. No hago más que imaginarme ese momento, ¿cómo será?

Ya he bajado del autobús, pero me he detenido en una esquina a pensar. Llevo treinta minutos cuestionándome qué le diré. He decidido dejar hablar al corazón y dejarme llevar por el momento.

Estoy tocando el timbre de su casa. Nadie abre. Qué desesperación. Abrieron la ventana; allí logro ver los ojos naranjas. Me sudan las manos. Parece que el pecho se me fuera a estallar. Abrió la puerta; me ha invitado a pasar a la sala. Está sola. Me pregunta por el motivo de mi visita. Primero me he sentado en el sofá amarillo; me encuentro tan pálido que mi rostro contrasta con él. Se sentó a mi lado; es el momento justo…

Acabo de decirle todo. Le confesé mi gran amor, lo desesperado que me encuentro por ella y mis más profundos anhelos. También le dije que no me importaba que tuviera aquella enfermedad, que Ana me lo había dicho todo, que yo lucharía hasta el final por los dos, que no retuviese más su amor por mí. No entiendo por qué se echó a reír. Ay, no. No. ¡¡NO PUEDE SER!! Acaba de preguntarme “¿Y fuiste capaz de creerle todo eso?” mientras pierde la respiración debido a  las carcajadas. Está diciéndome que Ana acostumbra a inventar historias falsas. Dice que está agradecida por lo que le dije, pero que, si no me molesta, me retire de su casa, porque espera a alguien más importante. Ya estoy a la puerta; me voy. Parece que todo el amor que le tengo se convierte, en este mismo instante, en odio. Ana me ha hecho quedar como un completo idiota, y Elizabeth me ha desechado por alguien “más importante”.

Par de mujeres desalmadas. En vano he sufrido por amor. Me iré, pues, caminado a mi hogar, como la primera vez; solo que en esta ocasión no me ha dejado el bus, me han dejado las ganas de vivir.

anden

Imagen de pixabay

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