El Jinete

Por: Matteo Barbato

Fotografía: St. George and the Dragon - Peter Paul Ruebens - 1606

Fotografía: St. George and the Dragon – Peter Paul Ruebens – 1606

Ella, estaba hambrienta, añoraba un hombre de sentimientos puros. Él era un ángel demoníaco o tal vez un espectro protector, pero sin dudas poblaba su sueño, el desierto de su soledad, sus noches áridas, el desamparo de su amor: se llamaba Pedro y era acompañante indiscutible de sus descansos.

Fecundo desamor por un lado, sensual pesadilla por otro, Pedro le recordaba lo que más deseaba y lo que menos tenía. Luchaba en contra del deseo de soñar entre sus brazos y anhelaba casarse con su olvido. La soledad era su media naranja y él supo acaparar toda su atención.

Tras meses de diálogos y de imaginación, el uso de las palabras virtuales de su ordenador se vio superada por una bienaventurada proposición. Iban a verse sobre las 22,00 horas, al caer de la luz…

De tez blanca, de ojos dulces, con sus manos tibias y dedos largos, Ana le solía teclear mientra miraba en el salón su obra de arte preferida, la de un caballero de antaño que hacía justicia eliminando la maldad con su espada y conquistando el amor de su pretendida. Era casi la misma persona para ella cuando le escribía… un jinete de la edad moderna.  Ana soñaba, deseaba ser su noble doncella…

Finalmente iban a conocerse en el parque cerca de su casa, un lugar con mucha historia.

Ana iba temblando, temerosa de equivocarse…

—Hola Ana, Eres exactamente como te imaginaba le dijo una voz tras ella..
—¿Cómo sabes que soy yo? Contestó ella…
—Es fácil, ¡no hay nadie en el parque!
—¡Es verdad, perdona!

Ana reía frente a la situación embarazosa (estaba algo nerviosa) pero las sonrisas de su acompañante le regalaba seguridad y confianza. Le gustaba la manera de ser de aquel desconocido. Le veía atractivo y galante, sensual y divertido.

Fueron a tomar un café y en el Café San Jordi le dieron una calurosa bienvenida…

Tomaron asiento: una dama que trataba de esconder sus voluptuosas curvas, un caballero que escondía sus impulsos por de bajo de su traje. Durante aquella conversación entretenida, de reojo Ana observaba su cuerpo imponente, el volumen de sus músculos, la mirada penetrante de aquel moreno que alternaba continuamente la atención entre sus ojos y la barra del bar.

— ¿Te pasa algo? ¿Porque no me miras? Le dijo Ana.
— Disculpa, debemos irnos…
— Pero que demonio pasa…

Les estaban mirando unos caballeros, debían irse. Demasiado tarde: de repente dos de aquellos hombres se acercaron de manera inquietante a la mesa, aunque Pedro se anticipó sacando de su funda una pistola.

Tras los disparos y sin instrucciones ajenas (los sicarios son de pocas palabras), todo el mundo empezó a huir. Solo se quedó quieto el dueño del local, por quedarse sin vida.

Ana y Pedro tomaron ventaja sobre su ultimo perseguidor y se escondieron. Ella, sin saber como, se encontró segura en su casa con un inhóspito dilema. Demasiados acontecimientos para su vida tranquila. Pero Pedro goteaba: ahora su jinete estaba malherido y ella sabía que la muerte llegaría con la soledad, pero la doncella deseaba acompañarle y…  ¡a cualquier precio!

Setenta horas después, tras la llamada preocupada de unos vecinos, llegaba la policía en el domicilio de Ana. La inspectora Ruebens tras sus debidas comprobaciones vio que estaba todo en orden: no había nadie, solo había un detalle que no encajaba. Sin haber signos de robo, en el salón estaba colgado un marco sin lámina…

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