Una mañana muy larga

Por: Carlos Plaza

El teléfono sonó a las 4:45 de la mañana, despertando al general Morgan, que respondió con voz soñolienta.

—¿Sí? —tras hacer esta pregunta soltó un bostezo.

—¡Señor, se requiere su presencia en el campamento montado en el barrio de cuadrante tres, señor!

—Está bien, voy para allá —el militar se incorporó, se aseó con rapidez y cogió su coche para encaminarse a la isla neoyorquina.

No le costó mucho llegar ya que, a pesar de vivir en Brooklyn, a aquellas horas apenas había tráfico. Cuando aparcó cerca del campamento, que en realidad se había montado en un piso, estaba amaneciendo. Subió hasta la cuarta planta y vio a varios compañeros suyos vestidos con uniforme de campaña y mirando diversos aparatos de medición y seguimiento. Cuando le vieron entrar todos se cuadraron ante él y un soldado se le acercó para decirle:

—¡Señor, el hotel Majestic ha cobrado vida y está destrozando la ciudad, señor!

—¿Qué? —preguntó Morgan parpadeando dos veces.

—¡Señor, el hotel Majes…

—Le he entendido, soldado —el general le cortó con un gesto—. ¿Se puede ver desde aquí?

—¡Señor, sí, señor! ¡Salgamos a la terraza y lo verá, señor!

“Esta va a ser una mañana muy larga…” pensó Morgan mientras acompañaba a su subordinado. Salieron al balcón y el chico le alcanzó unos prismáticos indicándole en qué dirección debía mirar. El general ajustó las lentes, y… En efecto, allí estaba la enorme estructura de granito había adquirido una apariencia antropomórfica y había empezado a bajar por la qui, sus plantas inferiores se habían separado hasta transformarse en una suerte de piernas que iban aplastando coches y objetos a su paso, de los lados habían salido unos brazos pétreos que destrozaban alegremente las paredes a su alrededor y las ventanas superiores se habían deformado y juntado hasta formar una boca. En cuanto a los ojos, la “O” y la “E” del cartel luminoso que rezaba “HOTEL” habían permanecido encendidas e intactas, así que Morgan dedujo que el monstruo veía por allí. Se quitó los prismáticos de los ojos y soltó un bufido.

—¿Qué dicen los científicos?

—¡Señor, los científicos creen que puede tratarse de un ataque alienígena, señor!

—¿Un… ataque alienígena? ¿Pero en qué mundo viv… vale, es una posibilidad —se rectificó a sí mismo al pensar en lo que acababa de ver unas calles más abajo. Ambos entraron en el improvisado campamento, el general vio como todos sus hombres. Porque aquellos eran sus hombres ahora —le miraban.

—Señor, ¿qué hacemos, señor? —le preguntó otro de los soldados, un teniente con el que había hecho maniobras en Irak el año pasado.

—Pues… —Morgan se sentó en el sillón de mando junto al aparato de seguimiento, que tenía pinchadas las cámaras de tráfico de la ciudad. Podían observar al edificio viviente avanzando inexorablemente, no sabían cuál era su destino aunque parecía estar dirigiéndose a Liberty Island. El coronel cogió el micrófono y empezó a dar órdenes— ¡Por el momento, que un helicóptero le lance una baliza de seguimiento! ¡Y sitúen un escuadrón de tanques a cuatro manzanas, que se preparen para disparar en cuanto vean al hotel! ¿Está lista la fuerza aérea? ¡Coronel Stephens, necesito situación de los escuadrones de cazas a la voz de ya!

Definitivamente, iba a ser una mañana muy larga…

“Definitivamente, va a ser una mañana muy larga…”

Imagen de Pixabay

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